La psicología al servicio del poder de los terroristas comunicacionales

Por: Anzonith Albano
Fuente: http://www.surysur.net (03.08.08)

Título original: “El origen del poder de los terroristas comunicacionales”

La historia de la formación de los imperios siempre es mucho más profunda y extensa, encubriendo a personajes, doctrinas y acciones específicas que determinaron su estructuración. Las elites del poder se han valido del dominio de un instrumento valiosísimo dentro de las sociedades modernas: los medios de comunicación.

La manipulación de la opinión pública, que hacen operativa a través del control de dichos medios, ha permitido que la información sirva como elemento opresor de las conciencias de una parte importante de la población mundial.

En el marco de la bonanza económica y el avance tecnológico desarrollado durante el primer periodo de posguerra, Estados Unidos fue testigo de la concreción de una alianza entre empresarios, políticos y científicos que promovería como razón de estado, la imposición en la población de los parámetros consumistas, necesario para la sustentabilidad del sistema capitalista de producción. Eduard Barneys sería la persona clave para la concreción de las aspiraciones de dicha alianza, que contrariando el paradigma democrático, secuestraría la participación política de la ciudadanía estadounidense.

Barneys, sobrino del fundador del psicoanálisis Sigmund Fraud, fungió como un importante publicista en la ciudad de Nueva York durante comienzos del siglo pasado. Utilizando postulados del psicoanálisis que intentan describir los fenómenos intrínsecos que sustentan el comportamiento humano, y valiéndose del avance elemental de las tecnologías de la comunicación, Barneys promovió el desarrollo de técnicas mediáticas dirigidas a fomentar la transformación de las relaciones sociales mediante el uso apropiado de la información, moviéndolas a la satisfacción de los deseos: “la gente ya no adquiriría las cosas por su valor de uso como ha sido históricamente, sino por el prestigio social que implicaría su posesión”.

Mediante la implementación de dicho postulado a través de los medios de comunicación, la alianza de empresarios, políticos y científicos tuvo la posibilidad de manejar los instintos y deseos inconscientes que se mueven subterráneamente en cada ser humano dentro de su entorno social; su éxito significaría que la sociedad de consumo se impondría y con ello, la consolidación del capitalismo contemporáneo.

Siendo testigo de este fenómeno instrumentado por el constante bombardeo comunicacional a que empezaba a ser expuesta la sociedad estadounidense de la época, el escritor y político Walter Lippmann propuso utilizar la mismas tácticas publicitarias-manipuladoras en el escenario político, a fin de direccionar a la opinión pública, con la finalidad de favores a los intereses del establishment gubernamental, y despojando a la información periodística de su verdadera función social liberadora y formadora de los pueblos. Es así como Lippman, adoptando en su columna periodística un discurso persuasivo y utilizando elementos emocionales desarrollados anteriormente por Barneys promovió la manipulación del sistema de valores del ciudadano estadounidense de la época, direccionando su conducta política, a favor de la clase dominante. Lippman buscaban, más allá de presentar la realidad en su justo contexto, suprimir la voluntad crítica y contestataria de la población e inclinar la opinión pública a fin de legitimar a los grupos hegemónicos de la época.

De esta forma, se inició la utilización de los medios de comunicación por parte de las elites dominantes, con la finalidad de servir de agentes legitimadores de los esquemas represivos que lesionaron, principalmente en América Latina, los conceptos elementales de autodeterminación popular y participación ciudadana: sirvieron y sirven como instrumentos de la clase dominante para monopolizar el poder. Con la masificación de la televisión, las formas de manipulación ciudadana habrían de potenciarse por parte de los consorcios mediáticos, refinando su papel protagónico en la expansión imperial acelerada por el globalismo.

Es así como, el control de la opinión pública se ha convertido para el imperialismo en un nuevo escenario de guerra mundial, teniendo en la figura de las grandes cadenas noticiosas sus principales posiciones de ataque. Para el profesor Manuel Freytas, esta “Guerra Psicológica”, se enmarca en lo que distintos analistas han dado a conocer como el inicio de las guerras de cuarta generación. Freytas define a dichas Guerras Psicológicas como “el empleo planificado de la propaganda y de la acción psicológica orientadas a direccionar conductas, en la búsqueda de objetivos de control social, político o militar, sin recurrir al uso de la armas… El bombardeo militar es sustituido por el bombardeo mediático: las consignas y las imágenes sustituyen a las bombas, misiles y proyectiles del campo militar” (Tomado de su artículo “Cuidado, su cerebro está siendo bombardeado”).

La imposición de los peores valores occidentales se transmite mediante los grandes medios de comunicación. Mediante las tácticas de valoración y selección de las noticias más influyentes, las grandes cadenas informativas han fomentado la homogenización de la conciencia colectiva, proceso este tan necesario para la supervivencia del sistema capitalista de consumo masificado. Pero también han creado las condiciones psicológicas para la imposición de un “pensamiento único occidentalizado”, mutilando el principio de diversidad cultural que caracteriza a la humanidad.

La estrategia pareciera consistir en la masificación de la transmisión de información diversa, desconectada entre sí a fin de fragmentar las conciencias y el análisis, convirtiendo a cada ciudadano en un simple consumidor, cuya conciencia se encuentra direccionada a la voluntad de unos pocos: de las grandes empresas multinacionales que controlan los consorcios comunicacionales.

De acuerdo a esta lógica, los acontecimientos noticiosos creados por las grandes cadenas mediáticas marcan la pautan de la opinión pública, provocando que una capa considerable de la población deforme y desvíe la comprensión real de su contexto social y político. Con ello ratifica la veracidad de los postulados gramscianos, que afirman que la dominación social viene ejercida por la “hegemonía cultural” que las clases dominantes logran ejercer sobre las clases sometidas, a través del control del sistema educativo, de las instituciones religiosas y de los medios de comunicación; mediante estos, las clases dominantes transmiten su valoración a los dominados alienándolos de su realidad, a fin de que perciban la supremacía de las primeras como algo natural y beneficioso, inhibiendo así su potencialidad revolucionaria.

En este contexto, si la tenencia de los medios de comunicación implica librarse de la dominación psicológica que por años han desarrollado la clase dominante, el pueblo organizado y conciente de su realidad debe de empoderarse de su tenencia, y desde esa trinchera de lucha combatir las embestidas que a diario promueve el imperialismo contra la dignidad y la independencia de nuestras naciones latinoamericanas.

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