La educación en tiempos de globalización

Por: Sergio Fernández Aguayo*
Fuente: Revista “Analecta N° 2

Discurso de inauguración del año académico 2007 de la escuela de educación Universidad de Viña del Mar

*Director de la Universidad de Viña del Mar

Existe actualmente en el mundo en general –por cierto también en nuestro país– una situación de fractura entre educación y sociedad, que puede percibirse también como una divergencia entre escuela y ciudadanía.

LA EDUCACIÓN CLÁSICA. SU EVOLUCIÓN

Básicamente el modelo educativo de las sociedades actuales tuvo su origen en la cultura greco-latina. El ideal griego de educación proponía un humanismo ciudadano, es decir, una manera de vivir en la ciudad a la medida del hombre.

Esta pedagogía original llamada “paideia” tenía como objetivo la formación del ser humano en su integridad: cuerpo, alma, imaginación, razón, carácter, espíritu .

Pero esta educación no utilitaria estaba destinada a una elite gobernante de ciudadanos activos, muy minoritaria, en una sociedad aristocrática que consideraba a la mayoría como no-ciudadanos, para no decir simplemente esclavos. Alguien ha dicho que era una educación para filósofos y oradores. Los romanos se convirtieron en propagadores de esta pedagogía. Cicerón traducía “paideia” por “humanitas,” centrando el objetivo de la educación en la transmisión de valores.

La difusión del cristianismo en todo el Imperio provocó una nueva síntesis, en la que se integraron los valore clásicos con la visión evangélica de la persona humana y su destino trascendente

En este nuevo contexto y a través de los siglos, surge una nueva concepción de la vida en que se valoriza el trabajo, antes mirado con desprecio, se buscan relaciones humanas mas igualitarias, se aprecia la vinculación del hombre con la naturaleza, se inicia la exploración del planeta y su universo, se genera la ciencia moderna, la preocupación por los derechos humanos, la democracia, el derecho, etc.

Anotemos al haber de este modelo cultural y educativo que hemos heredado el prodigioso desarrollo de los conocimientos que llevó a las sucesivas revoluciones tecnológicas y al nacimiento del espíritu moderno. Pero anotemos al debe que durante muchos siglos la educación siguió orientada a los segmentos superiores de la sociedad, poco vinculada al trabajo efectivo que realiza la mayoría de los habitantes del planeta.

La academia huía de la preparación para la vida laboral, por considerarla, entre otras cosas, deshumanizante. Recién en 1930 algunas recomendaciones de organizaciones internacionales afirmaban que el fin de la formación profesional era adecuar el hombre a su función laboral.

De esa larga evolución llegamos a la situación actual, en que a la educación le cuesta fatiga definirse, en una cultura marcada actualmente por nuevas características.
He aquí algunas:

el pluralismo de las ideas y los comportamientos,
la caducidad y rápida sustitución de los conocimientos,
la socialización de los bienes culturales,
la escolaridad generalizada y la universidad de masas,
el papel dominante de los medios de comunicación;
las exigencias del crecimiento económico, que impulsan la investigación y la innovación constante.

Todos vamos teniendo conciencia de que vivimos hoy un mundo en cambio acelerado, una aceleración del tiempo histórico: un mundo que acepta menos las elites intelectuales y mucho más las económicas; un mundo en que el crecimiento exponencial de la información hace muy difícil conocer la realidad, que se nos presenta siempre mediatizada, interpretada por el medio a través del cual nos llega; un mundo donde la ampliación casi infinita de los conocimientos convierte en un verdadero problema la pregunta sobre qué se debe enseñar y cómo se debe aprender.

EDUCACIÓN UNIVERSITARIA Y MUNDO ACTUAL

Si el tema planteado es crucial para la educación en general, lo es mucho más para las universidades. Durante siglos la humanidad ha entendido como universidades aquellos lugares de estudio e investigación, consagrados a reunir y extender el conocimiento del universo.

En nuestra América Latina las universidades se fundaron durante el período colonial. Su preocupación central estaba en la enseñanza del idioma de la metrópolis, la teología y el desarrollo del pensar filosófico. Los sucesivos procesos de independencia las nacionalizaron, en la lógica de reforzar la identidad republicana de los nuevos países.

El proceso de ampliación del radio de acción universitario se acentúa sólo
después de la II Guerra Mundial, ayudado por el boom demográfico. A fines del siglo XX las limitaciones del Estado para incorporar nuevas y sucesivas olas de estudiantes, de acuerdo al progreso social y a los requerimientos de la economía, genera múltiples universidades privadas.

En nuestro mundo latinoamericano, las universidades fueron islas en el mar de una sociedad agraria. Hoy día deben ser puntos neurálgicos en una sociedad del conocimiento. La complejidad creciente de la sociedad actual implica una exigencia de especialización, pero una necesidad de profundización y diálogo entre distintas especialidades.

Pero no hay verdadera cultura cuando no existe una idea global que reúna, unificándolos, todos los aspectos de la vida humana, a la luz de valores guías, propios del ser humano en cuanto tal. La esencia de la cultura es la finalidad, el sentido. Pero hoy día la cultura ambiente parece poner como fin de la sociedad el crecimiento económico. Se firman tratados de libre comercio, los países tienen que ser competitivos, hay que vender productos en todos los mercados, si, está bien, en parte eso es verdad, pero la búsqueda de la competitividad ha enfatizado exageradamente el individualismo, ha deshecho las solidaridades.

¿Son solidarios nuestros tiempos? Ciertamente son globales, vivimos en la globalización, en la creciente interdependencia entre hombres y naciones. Esos son los hechos. Pero hay que saber distinguir los hechos de las ideologías que están detrás de los hechos.

Las exigencias económicas se imponen por doquier, mundialización de las
empresas y de los mercados, hay una transformación del espacio, las distancias y los tiempos se acortan, comunicaciones en tiempo real, la aldea global.

La ideología que orienta estas realidades se impone en todas partes, se absolutiza, parece ser la única forma de universalización posible la única alternativa histórica viable. El mercado es entendido como el único regulador de la vida social. Todo puede ser negociado, en cualquier momento, en todas partes Muchos afirman que este tipo de globalización provoca consecuencias sociales deshumanizantes, una mentalidad de exclusión que provocaría también nefastas consecuencias para la riqueza de la diversidad cultural. Y el deber de los planteles universitarios es formar personas cultas. No personas que solo logren un título universitario. Porque un título universitario no es el fin de la vida.

Un hombre culto es quien percibe el valor y fundamento de la vida humana. La capacidad de captar su “sentido” y componerlo con todos los elementos de la realidad. En la tarea de las universidades la creación y transmisión de conocimientos es básica, efectivamente, pero integrando dichos conocimientos a una visión global, que ciertamente no puede ser cerrada en un círculo fundamentalista, sino abierta a la pluralidad de visiones y conceptos que nos presenta la realidad.

A mi juicio las universidades deben apuntar a la formación de personas mediante procesos de gestión de conocimientos, en ámbitos académicos donde estén presentes aspectos humanísticos, tecnológicos y empresariales, de manera integrada.

El humanismo tiende esencialmente a hacer al ser humano mas verdaderamente humano, para que manifieste todas sus potencialidades y su grandeza original, permitiéndole participar en todo cuanto puede enriquecerlo en la naturaleza y en la historia. Como decía aproximadamente Max Scheler: “concentrando al mundo en el hombre” o bien “dilatando al hombre en el mundo.”

El humanismo apunta a que el hombre desarrolle las virtualidades que contiene, sus posibilidades creadoras y el ejercicio pleno de su razón, y que al mismo tiempo trabaje para convertir las fuerzas del mundo físico en instrumentos de su libertad.

Así entendido, el humanismo es inseparable de la civilización o de la cultura, tomadas ambas palabras como sinónimos. En nuestro concepto, la Universidad de hoy necesita ser tecnológica y empresarial, pero tiene que procurar ser profundamente humanista –no hay contradicción en ello– y por eso mismo menos elitista, más vinculada al mundo de la empresa y el trabajo, que es la realidad donde hoy día la gran mayoría de los seres humanos se desempeña y busca su plenitud.

Su gran desafío es educar en un mundo en constantes y acelerados cambios, sabiendo trasmitir los valores y conocimientos esenciales del pasado, pero preparando al educando para enfrentarse a un mundo futuro que no conocemos.

Según Hanna Arendt, filósofa discípula de Heidegger, la educación se coloca “entre el pasado y el futuro,” entre la estabilidad y el cambio, entre la tradición y la innovación.

EDUCACIÓN Y COYUNTURA NACIONAL

La educación vive en Chile una realidad en crisis, pero dándole a esta palabra su significado auténtico, que se vincula al crisol en que se funde el presente y se forja una nueva realidad.

Hace prácticamente un año los estudiantes chilenos impulsaron un movimiento cuyas demandas removieron el piso mismo en que se sustenta el actual sistema educativo. Protestas por el pase escolar y los costos de la PSU se convirtieron rápidamente en demandas de derogación de la LOCE, la revisión de la JEC y el término de la municipalización.

Algunas demandas de más fácil solución fueron resueltas. Respecto a los temas de fondo, el gobierno formó una amplio Consejo Asesor para la Calidad de la Educación, que recién a fines del año pasado entrego sus conclusiones. Hay importantes temas que permanecen en la agenda, pendientes de resolución. A esa realidad en discusión y transformación los nuevos alumnos universitarios desean incorporarse. Chile ha porfiado por una reforma para transformar la calidad y equidad de la educación. Ellos pueden llegar a ser en pocos años actores de ese proceso en marcha.

Hay que comprender que detrás del movimiento estudiantil hay un sentimiento de insatisfacción por el hecho que los dos pilares del diseño educativo actual, el mercado y el individuo, la competencia y la libre elección, no pueden ser los únicos elementos de la matriz sociocultural del país.

Nuestro sistema de educación está diseñado como un canal de movilidad, un dispositivo de acceso al progreso material y humano, una frase preparatoria al desempeño de ocupaciones en el mercado laboral. En el sistema educativo se juega en parte el destino de las personas en su vida posterior, y de allí que todas aspiren a un acceso equitativo a una educación de mejor calidad.

Pero hay que tener claro que la calidad de la educación no depende exclusivamente de los educadores, sino también de la disposición de los educandos. En el mundo actual tenemos que aprender a vivir con un margen inmenso de no saber. Los que enseñan dominan solamente un archipiélago de certezas en un océano de incertidumbres. Y los alumnos –gracias a Dios– no han perdido la capacidad de preguntar, de cuestionar, tienen el deseo de ser actores en esta historia y subirse al escenario del Existir con mayúscula Las respuestas que hoy damos a los jóvenes deben labrarse día a día en una interacción profesor-alumno. Por eso educar hoy significa enseñar a los alumnos a auto-educarse sin cesar en un ambiente fluido, en sociedades en constante evolución. En el pasado considerábamos la Universidad como la última etapa del proceso educativo; hoy se podría decir que es “el fin del principio.” La educación permanente se ha vuelto una exigencia ineludible.

El objetivo de la educación en nuestro país debiera ser facilitar la construcción de un porvenir más digno para todos. Si se limita la educación a alcanzar únicamente objetivos económicos y bienes materiales, dejándose llevar por los aparentes requerimientos de la llamada globalización, se traicionaría su misión.

Un sociólogo francés contemporáneo, Gilles Lipovetsky, ha descrito nuestra sociedad actual en libros que llevan por títulos La era de vacío y El crepúsculo del deber.

Para llenar los vacíos –principalmente morales– y enaltecer los deberes –el respeto al principio democrático de convivencia, los derechos y libertades fundamentales, la solidaridad social– la educación debe abarcar formación e información, técnica y valores, de manera que forje ante todo hombres y mujeres plenamente humanos, verdaderos ciudadanos, eficientes profesionales.

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