Violencia en los jóvenes

Por: Patricio Bustos Pizarro
Fuente: http://www.elclarin.cl (08.06.08)

Titulo original del artículo: “Institucionalidad y democracia: violencia en los jóvenes”

Los medios de comunicación suelen informar profusamente hechos de violencia en los que aparecen los jóvenes como protagonistas. Un somero y tendencioso análisis podría tentarse a afirmar que tal violencia responde a la histórica relación de conflicto que existe entre el Estado y sus nuevas generaciones. Nada más apartado de la realidad. La violencia que desde hace algunos años manifiestan los jóvenes en sus conductas y comportamientos sociales obedece a razones más profundas, relacionadas directamente con la actual institucionalidad política y con el tipo de democracia que desde 1990 se ha venido construyendo en Chile.

La violencia juvenil no constituye un mero fenómeno mediático que contribuye a estigmatizar aún más a los jóvenes ni menos la simple manifestación generacional de una actitud natural de rebeldía antisistémica, en contra de una realidad construida desde una perspectiva adultocéntrica. Muy por el contrario, las diversas formas de violencia que es posible identificar en los jóvenes más bien responden a particulares maneras de construir sus biografías y de desarrollar sus relaciones con la sociedad, con sus pares, con sus proyectos de vida y con el Estado.

Ahora bien, en el último tiempo, algunos medios de comunicación y personalidades de ámbitos diversos han tendido a vincular en forma antojadiza la violencia en los jóvenes con la delincuencia juvenil. Si bien es cierto que los jóvenes infractores a la ley cometen ilícitos cada vez con mayor decisión, osadía y agresividad, el porcentaje de delitos con violencia continúa siendo menor. En otras palabras, relacionar violencia en los jóvenes con delincuencia juvenil para estimular y/o justificar el endurecimiento del accionar de las policías y de la normativa legal vigente sólo los estigmatiza e invisibiliza el problema de fondo, cual es la exclusión y la marginación de que son objetos.

Nadie desconoce que el tema de la delincuencia, de la seguridad ciudadana y de la violencia en la comisión de algunos delitos no sea relevante y significativo para el conjunto de la sociedad. Es más, la opinión pública y la ciudadanía en general se encuentran bastante sensibles frente al tema. Sin embargo, otra cosa es afirmar que la condición de ser joven sea sinónimo de delincuencia, de infracción a la ley y de comisión de actos esencialmente violentos.

La violencia en los jóvenes, distinta a la violencia delincuencial, encuentra su causa directa en las características de la sociedad chilena actual. La violencia no es neutra y tampoco emerge y se manifiesta fuera de un determinado contexto social. Tampoco la violencia en los jóvenes se relaciona con una inclinación natural y/o biológica a actuar de una determinada manera por el sólo hecho de encontrarse en una fase neuronal de desarrollo, en un proceso de definición de la personalidad o de asunción de algún tipo de rol en la sociedad.

De algún modo, los jóvenes son el producto de lo que la sociedad les transmite a través de sus conductas, de sus visiones y de las imágenes que ésta percibe y proyecta acerca de sus nuevas generaciones. Los mecanismos institucionales y democráticos de socialización utilizados para integrar y facilitar la participación de los jóvenes en la sociedad generan efectos directos en sus biografías individuales y en sus relaciones sociales, llegando muchas veces a determinar conductas y comportamientos juveniles posteriores. Este es un elemento clave para entender el fenómeno de la denominada violencia juvenil.

Desde esta perspectiva, es posible sostener entonces que la violencia en los jóvenes no es privativa de un determinado sector socioeconómico, ni que se desarrolle sólo en zonas urbanas socialmente depreciadas o que se manifieste con mayor fuerza entre jóvenes que experimentan de manera más cruda y radical los efectos y las consecuencias de la exclusión y de la marginación que produce el modelo socioeconómico.

Una breve revisión de los ámbitos en los que los jóvenes chilenos son marginados y excluidos por el sistema permite dimensionar adecuadamente el fenómeno del surgimiento de expresiones, conductas y comportamientos de tipo violentos.

La institucionalidad económica:

Es sabido que la institucionalidad económica segrega, segmenta, excluye y margina a importantes sectores juveniles del país. En efecto, el modelo de desarrollo y de crecimiento económico por el que Chile optó en los años ochenta, y que la Concertación de Partidos por la Democracia ha intentado perfeccionar y humanizar a partir de los años noventa, tiende a generar un conjunto de limitaciones y restricciones de orden distributivo que condena inevitablemente a importantes segmentos de la sociedad a vivir en condiciones de precariedad e inseguridad social permanentes; afectando gravemente sus expectativas de desarrollo y su calidad de vida. La incertidumbre termina instalándose en sus horizontes inmediatos.

Para nadie resulta un misterio que la participación de los jóvenes en el mercado se reduce casi exclusivamente a las alternativas o modalidades que éstos se construyen -legítimas o no- para acceder al consumo. La imposibilidad de consumir bienes y servicios genera exclusión, resentimiento, frustración, inconformidad y en determinados momentos expresiones de violencia física contra la propiedad pública, privada y hasta contra la integridad de las personas. Pero también es posible identificar otro tipo de violencia, aquella que se constata en actitudes de distanciamiento respecto del sistema, de desvinculación de las instancias de socialización, en el discurso, en el lenguaje, en la música, en los rayados, graffitis, etc.

La institucionalidad política:

Por otro lado, la institucionalidad política chilena y los diversos enclaves autoritarios heredados de la dictadura militar progresivamente han socavado los sentidos y los significados integradores y distributivos que la democracia representa, en general, para los ciudadanos. En el caso particular de los jóvenes, simplemente los ha distanciado y desafectado de una forma de organización, de convivencia y de construcción de relaciones sociales que en el pasado implicaba sentido de pertenencia, de comunidad, construcción de sociedad, de espíritu cívico y de preocupación por el bien común.

La ausencia de espacios de participación efectivos y de posibilidades reales de influencia en los procesos de desarrollo del país y de la sociedad ha terminado alejando a los jóvenes de la política y generando la percepción en ellos que la democracia es una mera expresión nominal, carente de sentidos y de elementos simbólicos a partir de los cuales construir nuevas expresiones ciudadanas. Desde el punto de vista simbólico, la no inscripción de los jóvenes en los registros electorales constituye una forma de violencia pasiva, una manera de rechazar las formas de participación que la institucionalidad ofrece a sus jóvenes.

La institucionalidad social:

La institucionalidad social que el mundo adulto presenta a los jóvenes chilenos también es fuente constante de desigualdades y de exclusiones. Estas dan origen a diversas reacciones y modalidades de conductas juveniles violentas; conductas que sólo buscan dejar de manifiesto que el sentido de comunidad y de integración social que se promueve en la sociedad es sólo una quimera o que la debilidad estructural que presenta el sistema (representación y participación) no asegura absolutamente nada. Todo parece indicar que la institucionalidad social actual no facilita los procesos de construcción de comunidades ni de sentidos de pertenencia a espacios sociales que integren la diversidad, las diferencias y que al mismo tiempo faciliten el surgimiento de actores sociales juveniles, reconocidos socialmente.

Muy por el contrario, la evidente rigidez de la institucionalidad social suele alejar los deseos e intensiones de los jóvenes por reestablecer las relaciones con el sistema, bajo nuevas dinámicas. La sociedad no reconoce ni acepta las nuevas modalidades organizativas, de participación y de expresión de los jóvenes. Por ser éstas diferentes y discrepantes, en diversos aspectos, la institucionalidad termina por rechazarlas y hasta por estigmatizarlas. Es así como los nuevos agrupamientos juveniles no tienen cabida en sus respectivos espacios de convivencia cotidiana, llegando a ser catalogados hasta de amenazas o de peligrosos para la convivencia comunitaria.

La institucionalidad cultural:

La institucionalidad cultural que se ha ido estructurando en los últimos quince años ha sido quizá la más permeable a las expresiones y propuestas que cada cierto tiempo advienen desde el mundo juvenil; en todo caso más por presión de los propios jóvenes que por iniciativa de la propia institucionalidad. No obstante lo señalado, y desde el punto de vista valórico-cultural, el mundo adulto actúa sin complejos para invisibilizar, estigmatizar, excluir o rechazar las nuevas expresiones que emergen desde la cotidianidad juvenil y desde sus particulares formas de percibir y representar la realidad.

Diversos obstáculos impiden que la fuerza creativa y creadora de los jóvenes se vuelque positivamente hacia el conjunto de la sociedad. Aquellas expresiones culturales que no calzan con los patrones tradicionales del mundo adulto suelen transformarse en manifestaciones clandestinas o marginales. Diversos rayados, graffitis y tags, entre otras tantas formas, irrumpen con fuerza en los muros de las principales ciudades del país. Nadie puede desconocer que tales rayados son expresiones juveniles que envían un mensaje potente e inequívoco al mundo adulto. La música, los bailes y otras expresiones denotan crítica y violencia hacia una exclusión más que evidente.

En otras palabras, las conductas y comportamientos de violencia que es posible constatar en algunas modalidades de organización juvenil y en expresiones espontáneas de los jóvenes en su relación con el sistema y la sociedad sólo reflejan y dan cuenta de las restricciones, de las limitaciones y de los dispositivos socioculturales que presenta la institucionalidad política y el sistema democrático en Chile. En consecuencia, a nadie debería sorprender el fenómeno de la violencia juvenil.

Enfrentar decididamente el tema de la violencia en los jóvenes, desde perspectivas diversas, integradoras, multidisciplinarias y con presencia de los jóvenes, parece ser lo más indicado. De este modo podrían evitarse consecuencias mayores para nuestra institucionalidad futura, para la calidad de la democracia en construcción, para el desarrollo de procesos de formación de ciudadanía y para asegurar la diversidad, el pluralismo y el desarrollo de la tolerancia en la sociedad chilena. En otras palabras, una sociedad más convocante, respetuosa, acogedora e integradora, capaz que generar oportunidades de integración y desarrollo efectiva. Otra cosa sería simplemente no preocuparse del tema y evadirlo.

La institución de la familia surge como elemento fundamental para comenzar a trabajar la violencia en los jóvenes, desde los espacios cotidianos. El principal agente que modela procesos de socialización es la familia. Es sabido que la familia transmite tempranamente valores, patrones de conducta, preceptos morales y normas de convivencia que luego sus integrantes, principalmente los hijos, desarrollarán y reproducirán.

Al parecer ha llegado el momento en que el conjunto de la sociedad chilena observe desprejuiciadamente y con mayor detenimiento a sus jóvenes, que los acoja y respete en su diversidad, pero que al mismo tiempo, se ocupe de generar condiciones estructurales, institucionales y simbólicas efectivas de desarrollo integral y de construcción de ciudadanía; elementos esenciales para el fortalecimiento, profundización y proyección de la institucionalidad y de la democracia en Chile.

Patricio Bustos Pizarro

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