La guerra contra el terrorismo: mitos y desmentidos

Por:  William Blum
Fuente:  ZNet, (19.08.03)

Traducido por Beatriz Martínez Ruiz y revisado por Joana Llinàs

Cuesta acabar con ella. Cuesta tanto acabar con ella. La idea de que los actos terroristas cometidos contra los Estados Unidos pueden explicarse por la envidia y el odio irracional y no por las actividades de los Estados Unidos en el mundo -es decir, por la política exterior estadounidense- goza de una inmejorable salud.

Las llamas aún ardían vivamente en la Zona Cero cuando Colin Powell declaró: «Una vez más, somos testigos del terrorismo, damos fe de que los terroristas, personas que no creen en la democracia…»[1]

George W. se apropió la cantinela y prosiguió con el concierto. De hecho, ha sido su principal defensor desde el 11 de septiembre con su repetida insistencia, dicho de uno u otro modo, en que «esas personas odian a los Estados Unidos y odian todo lo que representan; odian nuestra democracia, nuestra libertad, nuestro bienestar, nuestro gobierno secular». (Irónicamente, el presidente y John Ashcroft odian nuestro gobierno secular como los que más).

Una de las tantas versiones posteriores de este conjuro de Bush, pronunciada más de un año después del 11 de septiembre, rezaba: «Nos enfrentamos con la amenaza de ataques terroristas en todo el mundo. Esa es la amenaza. Y cuanto más amemos la libertad, mayores serán las probabilidades de un ataque».[2]

En septiembre de 2002, la Casa Blanca publicó la «Estrategia de Seguridad Nacional», un informe que, al parecer, debe mucho a Condoleezza Rice, en el que se cita a «estados insubordinados» que «apoyan el terrorismo en todo el planeta, desprecian los valores humanos fundamentales y odian a los Estados Unidos y todo lo que representan».

Todavía en julio de este año, el portavoz de Seguridad Nacional, Brian Roehrkasse, manifestó: «Los terroristas odian nuestras libertades. Desean cambiar nuestras costumbres».[3]

Thomas Friedman, el conocido analista de política exterior del New York Times, diría amén. Los terroristas, escribió en 1998 tras los atentados contra dos embajadas estadounidenses en África, «carecen de un programa ideológico y de reivindicaciones concretas. Lo que les mueve, más bien, es un odio generalizado hacia los Estados Unidos, Israel y otros supuestos enemigos del Islam.»[4]

Esta idea fija de que el aumento del terrorismo contra los Estados Unidos no tiene nada que ver con la política de dicho país presupone que Estados Unidos es siempre el inocente agraviado en un mundo traidor, que el benévolo gobierno estadounidense se ocupa tranquilamente de su trabajo pero se ve «obligado» a tomar medidas extremas para defender a sus ciudadanos, su libertad y democracia. Por lo tanto, no hay motivo fundado para modificar la política exterior estadounidense y muchas personas que, de otro modo, serían más críticas, temen oponerse a las guerras del imperio porque creen que no existe otra salida que la de aplastar sin piedad -e incluso sin pruebas- a esa irracional fuerza internacional que odia a los Estados Unidos con una pasión inquebrantable.

Así fue como Afganistán e Iraq fueron bombardeados e invadidos sin que, por lo visto, a Washington le importara demasiado que estas operaciones desencadenaran la aparición de nuevos terroristas antiestadounidenses. De hecho, desde el primer ataque contra Afganistán, los atentados terroristas contra instituciones estadounidenses han batido récords en Oriente Próximo, el Este asiático y el Pacífico. Sólo en Paquistán, se han registrado cerca de una docena entre objetivos militares, civiles, cristianos y de otra índole asociados con los Estados Unidos. El último de ellos fue el grave atentado en el hotel Marriott, en Yakarta, Indonesia, gestionado por estadounidenses y lugar dedicado a las recepciones diplomáticas y a las celebraciones del 4 de julio organizadas por la embajada de los Estados Unidos.

Durante los últimos años, se ha abusado tanto de la palabra «terrorismo» que ahora suele emplearse simplemente para estigmatizar a cualquier persona o grupo que no es visto con agrado, para describir cualquier comportamiento que conlleve el uso de la fuerza. Sin embargo, tradicionalmente, la razón de ser de la palabra consistía en designar un significado político, algo parecido al uso deliberado de la violencia contra civiles y propiedades con el fin de intimidar o coaccionar a un gobierno o a la población como apoyo a un objetivo político.

El terrorismo es, en esencia, propaganda; una forma muy sanguinaria de propaganda.

De ello se sigue que, si los autores de un atentado terrorista anuncian cuál era su objetivo, su declaración debería gozar de credibilidad, independientemente de lo que uno opine sobre el objetivo o el método usado para conseguirlo. Repasemos algunos casos reales.

Los terroristas responsables del atentado contra el World Trade Center en 1993 enviaron una carta al New York Times en uno de cuyos fragmentos anunciaban: «Asumimos la responsabilidad de la explosión en el citado edificio. Este acto responde al apoyo político, financiero y militar de los Estados Unidos al estado terrorista de Israel y al resto de países dictatoriales en la zona». [5]

Richard Reid, quien intentó prender fuego a una bomba en su zapato a bordo de un vuelo de la American Airline con destino a Miami en diciembre de 2001, declaró a la policía que, con su ataque suicida, pretendía asestar un golpe contra la campaña estadounidense en Afganistán y contra la economía occidental. En un correo electrónico que envió a su madre con la idea de que ésta lo leyera tras la muerte del hijo, Reid escribió que tenía el deber de «ayudar a expulsar de territorio musulmán a las fuerzas de represión estadounidenses».[6]

Tras los atentados de octubre de 2002 en Bali, Indonesia, en los que se destruyeron dos clubes nocturnos y murieron más de 200 personas, uno de los principales sospechosos confesó a la policía que se trataba de una «venganza» por «lo que los estadounidenses han hecho a los musulmanes». Afirmó asimismo que deseaba «matar al máximo posible de estadounidenses» porque «los Estados Unidos oprimen a los musulmanes».[7]

En noviembre de 2002, un mensaje grabado de Osama bin Laden empezaba diciendo: «El camino hacia la seguridad comienza donde acaba la agresión. La justicia pasa por un tratamiento recíproco. Los incidentes [terroristas] que han tenido lugar … no son más que reacciones y acciones recíprocas».[8]

Ese mismo mes, cuando Mir Aimal Kasi, responsable del asesinato de varias personas a las puertas de la sede de la CIA en 1993, estaba en el corredor de la muerte, declaró: «Lo que hice fue en represalia contra el gobierno de los Estados Unidos», contra la política estadounidense en Oriente Próximo y su apoyo a Israel.[9]

Cabe señalar que el Departamento de Estado avisó en su momento de que la ejecución de Kasi podría provocar atentados contra ciudadanos estadounidenses en todo el mundo.[10] Eso sí, no avisó de que los atentados serían obra de extranjeros que odiaban o envidiaban la democracia, la libertad, el bienestar o el gobierno secular de los Estados Unidos.

Del mismo modo, en los días que siguieron al inicio de los bombardeos de los Estados Unidos contra Afganistán, hubo numerosos avisos de funcionarios del gobierno estadounidense sobre la necesidad de estar preparados ante actos de represalia. También durante la guerra en Iraq, el Departamento de Estado anunció: «Puede que los últimos restos de la tensión derivada de los últimos sucesos en Iraq aumenten la amenaza potencial contra los ciudadanos y los intereses de los Estados Unidos en el extranjero, incluida la de grupos terroristas».[11]

Veamos otro ejemplo de las dificultades con las que se topa la administración Bush para mantener esta idea fija tan simplista. En junio de 2002, tras la explosión de un coche bomba a las puertas del consulado de los Estados Unidos en Karachi, en la que resultaron muertas o heridas más de 60 personas, el Washington Post publicó que «funcionarios estadounidense han manifestado que, probablemente, el ataque ha sido obra de extremistas enojados con los Estados Unidos y con el presidente de Paquistán, el general Pervez Musharraf, por prestar apoyo a los Estados Unidos tras el 11 de septiembre y retirárselo al gobierno talibán afgano».[12]

George W. y otros altos cargos de su administración creerán o no lo que explican al mundo sobre los motivos que se esconden tras el terrorismo contra los Estados Unidos pero, como indican los ejemplos que acabamos de ver, otros funcionarios del estado han cuestionado esta línea durante años. Un estudio del Departamento de Defensa en 1997 concluyó: «Los datos históricos demuestran que existe una estrecha correlación entre la participación de los Estados Unidos en asuntos internacionales y el aumento de los atentados terroristas contra dicho país».[13]

En una entrevista para el New York Times celebrada en 1989, Jimmy Carter comentó: «Enviamos marines al Líbano y basta con ir a ese país, a Siria o a Jordania, para comprobar de primera mano el intenso odio que sienten muchas personas contra los Estados Unidos porque bombardeamos y matamos sin piedad a ciudadanos inocentes – mujeres, niños, campesinos y amas de casa- en aldeas cercanas a Beirut. … Como resultado … nos convertimos en una especie de Satán a los ojos de aquellos que sienten un profundo rencor. Eso es lo que precipitó la toma de nuestros rehenes y algunos de los ataques terroristas».[14]

También Colin Powell ha demostrado que comprende perfectamente la situación. En su memoria de 1995 sobre el desastre del Líbano, omite los tópicos sobre terroristas que no creen en la democracia:

El buque de guerra New Jersey empezó a lanzar proyectiles de grueso alcance hacia las montañas sobre Beirut del mismo modo que en la Segunda Guerra Mundial, como si estuviéramos debilitando posiciones en las playas de algún atolón del Pacífico antes de una invasión. Lo que solemos pasar por alto en ese tipo de situaciones es que los otros responderán con la misma fuerza con la que lo haríamos nosotros.[15]

Los subsiguientes ataques terroristas contra cuarteles de los marines en el Líbano se cobraron la vida de 241 miembros del personal militar estadounidense.

El ataque de Beirut en 1983 y 1984 no es más que uno de tantos ejemplos de la violencia de los Estados Unidos contra Oriente Próximo y los musulmanes desde la década de los ochenta. La lista completa incluye: el abatimiento de dos aviones libios en 1981; el suministro de ayuda militar y estratégica a ambos bandos de la guerra Irán-Iraq de 1980-88, incluido material para la guerra química y biológica a Iraq con el fin de agravar el daño que se causarían las partes entre sí; el bombardeo de Libia en 1986; el bombardeo y el hundimiento de un barco iraní en 1987; el abatimiento de un avión de pasajeros iraní en 1988; el abatimiento de otros dos aviones libios en 1989; el bombardeo masivo del pueblo iraquí en 1991; los incesantes bombardeos y sanciones contra Iraq durante los 12 años que siguieron; el bombardeo de Afganistán y Sudán en 1988; en éste último, se destruyó una planta farmacéutica que suministraba a la empobrecida nación la mitad de las medicinas; el tradicional apoyo a Israel a pesar de los continuos estragos y torturas que inflige al pueblo palestino; la constante condena de la resistencia palestina ante estos hechos; el secuestro de «supuestos terroristas» de países musulmanes como Malasia, Paquistán, el Líbano y Albania, a los que se les traslada a lugares como Egipto y Arabia Saudí para torturarlos; la enorme presencia militar y tecnológica en Arabia Saudí, la tierra más sagrada del Islam, y en el resto de la zona del Golfo Pérsico; el apoyo a los gobiernos antidemocráticos de Oriente Próximo, desde el Sah a los saudíes.

«¿Cómo reacciono cuando veo que en algunos países islámicos existe un odio mortal hacia los Estados Unidos?», se preguntaba George W. «Os diré como reacciono. Me quedo atónito. Me quedo atónito de que se comprenda tan poco a nuestro país como para que se nos odie. Y yo, al igual que la mayoría de los estadounidenses, simplemente no puedo creérmelo porque sé lo buenos que somos».[16]

¿Hasta qué punto se creen realmente los estadounidenses la falta de relación oficial entre las operaciones de los Estados Unidos en el mundo y el terrorismo en contra de su país? Un indicio de que el público se muestra un tanto escéptico se dejó notar durante los días que siguieron al inicio del bombardeo contra Iraq, el 20 de marzo de este año. Las compañías aéreas anunciaron que se había producido un fuerte aumento en las cancelaciones y una caída en picado de las reservas para los días siguientes.[17]

En junio, el Pew Research Center publicó el resultado de una encuesta realizada en 20 países musulmanes y en los territorios palestinos que planteaba esta falta de relación oficial entre los hechos de manera, si cabe, aún más cruda. El sondeo revelaba que a los encuestados les inspiraba mayor «confianza» Osama bin Laden que George W. Bush. Sin embargo, «el estudio apenas indicaba una correlación entre el apoyo a bin Laden y la hostilidad hacia las ideas y los productos culturales de los Estados Unidos. Las personas que expresaron una opinión favorable acerca de bin Laden mostraron la misma probabilidad de valorar positivamente la tecnología y los productos culturales estadounidenses que las personas opuestas a bin Laden. Tanto los defensores como los detractores de bin Laden difirieron poco en su visión sobre la viabilidad de una democracia de tipo occidental en el mundo árabe».[18]

La mentalidad de Washington sobre las supuestas motivaciones de los terroristas también se refleja en la actual política estadounidense de ocupación en Iraq. El Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, ha declarado que hay cinco grupos opuestos a las fuerzas de los Estados Unidos: saqueadores, criminales, los integrantes que quedan del gobierno de Saddam Hussein, terroristas extranjeros y aquellos influidos por Irán.[19] Un oficial estadounidense en Iraq sostiene que muchas de las personas que disparan contra las tropas de los Estados Unidos son «jóvenes pobres iraquíes» a quienes se les ha pagado entre 20 y 100 USD a cambio de perpetrar ataques relámpago contra los soldados estadounidenses. «No son combatientes profesionales», afirma, «son personas que sólo querían soltar unos tiros».[20]

Con este tipo de retórica, los funcionarios estadounidenses evitan tener que enfrentarse a la idea de que parte de esa resistencia podría estar compuesta por ciudadanos iraquíes que expresan su resentimiento porque, sencillamente, no les gusta ser bombardeados, invadidos, ocupados y sometidos a humillaciones diarias. Algunos de estos funcionarios se convencieron de que los ataques diarios contra los estadounidenses eran en su mayoría obra de los más fieles partidarios de Saddam Hussein y de sus dos hijos y que, por lo tanto, la resistencia desaparecería con la captura o la eliminación de la malvada familia. De hecho, se ofrecieron decenas de millones de dólares como recompensa por cualquier tipo de información que condujera a este feliz desenlace. Así pues, el asesinato de los dos hijos causó euforia entre el personal militar. Camiones del ejército estadounidense armados con altavoces recorrieron las pequeñas ciudades y aldeas para difundir la noticia sobre la muerte de los hijos de Hussein. «Las fuerzas de la coalición han conseguido una gran victoria frente al partido Baath y el régimen de Saddam Hussein con la muerte de Uday y Qusay Hussein en Mosul», rezaba el mensaje, emitido en árabe. «El partido Baath carece de poder en Iraq. Si no abandonan el partido Baath, corren un grave peligro». También instaba a todos los funcionarios del gobierno de Hussein a entregarse.[21]

En los días que siguieron se produjeron algunos de los ataques más cruentos contra personal estadounidense desde que empezó la guerra de guerrillas. Sin siquiera inmutarse, los funcionarios estadounidenses en Washington e Iraq siguen señalando que la eliminación de Saddam pondrá punto final a los atentados contra los Estados Unidos.

Otro factor que ensombrece el origen político del terrorismo se debe a la costumbre de atribuir la culpa del surgimiento de terroristas a la pobreza o la represión ejercida por los gobiernos de Oriente Próximo (a diferencia del apoyo estadounidense a dichos gobiernos). Los defensores de la política exterior estadounidense citan esta idea para poder demostrar lo progresistas que son. Aquí tenemos a Condoleezza Rice:

«[Oriente Próximo] es una zona donde la desesperanza constituye un suelo fértil para las ideologías que disuaden a su prometedora juventud para que no aspire a una carrera universitaria, una profesión o una familia, sino para que se haga saltar por los aires llevándose consigo tantas vidas inocentes como sea posible. … Debemos abordar el problema desde su raíz.»[22]

Muchos de la izquierda utilizan un discurso parecido, ajenos al parecer a la confusión que siembran. Este análisis confunde el terrorismo con la revolución.

A la luz de los numerosos ejemplos mencionados -y de otros muchos- de funcionarios estadounidenses que se delatan y, de hecho, admiten que los terroristas y las guerrillas podrían estar respondiendo, o responden sin duda, a lo que entienden como agravios e injusticias, puede que George W. sea el único de ellos que se cree realmente la versión oficial; si es que él es uno de ellos. Los dirigentes del Imperio Estadounidense probablemente saben -aunque sólo sea a ratos, cuando están solos a medianoche- que todas las justificaciones expresadas sobre la invasión de Iraq y Afganistán y sobre su «guerra contra el terrorismo» no son más que cuentos chinos para niños o para adultos inocentes. Las declaraciones de los círculos oficiales no pretenden ser reflejo de la realidad, sino crear historias que persiguen determinados intereses. Y los intereses en juego aquí son de una disuasión arrolladora: crear el imperio más poderoso de toda la historia, enriquecer a sus camaradas de clase, recrear el mundo a su propia imagen ideológica.

Como ya he escrito en alguna otra ocasión, si yo fuera presidente, podría acabar con los ataques terroristas contra los Estados Unidos en apenas unos días. Para siempre. En primer lugar, pediría disculpas -de manera pública y muy sincera- a todas las viudas y todos los huérfanos, a los empobrecidos y los torturados, a todos los demás millones de víctimas del imperialismo estadounidense. A continuación, anunciaría el fin de las intervenciones militares de los Estados Unidos en todo el mundo. Después comunicaría a Israel que ya no es 51° estado de la unión, sino sólo -por extraño que parezca- un país extranjero. Pasaría entonces a reducir el presupuesto militar en, al menos, un 90% y emplearía los ahorros para indemnizar a las víctimas y subsanar el daño provocado por los numerosos bombardeos, invasiones y sanciones de los Estados Unidos. Dinero no faltaría. Un año de nuestro presupuesto militar equivale a más de 20.000 USD por hora, por cada hora desde que nació Jesucristo. Y eso es sólo un año.

A eso me dedicaría durante mis primeros tres días en la Casa Blanca. El cuarto, aparecería asesinado.

Notas al pie

1. Miami Herald, 12 de septiembre de 2001 [regresar]

2. Agence France Presse, 19 de noviembre de 2002 [regresar]

3. Washington Post, 1 de agosto de 2003, p.4 [regresar]

4. New York Times, 22 de agosto de 1998, p. 15 [regresar]

5. Jim Dwyer, et al., Two Seconds Under the World (New York, 1994), p.196; véase también la declaración ante los tribunales de Ramzi Ahmed Yousef, la persona que planeó el atentado, New York Times, 9 de enero de 1998, p.B4 [regresar]

6. Washington Post, 3 de octubre de 2002, p.6 [regresar]

7. Washington Post, 9 de noviembre de 2002; Agence France Press, 23 de diciembre de 2002[regresar]

8. Los Angeles Times, 13 de noviembre de 2002, p.6 [regresar]

9. Associated Press, 7 de noviembre de 2002 [regresar]

10. Ibid. [regresar]

11. Voice of America News, 21 de abril de 2003 [regresar]

12. Washington Post, 15 de junio, 02 [regresar]

13. Departamento de Defensa de los Estados Unidos, Defense Science Board 1997 Summer Study Task Force on DOD Responses to Transnational Threats, octubre de 1997, Final Report, Vol.1. http://www.acq.osd.mil/dsb/trans.pdf, p.31 [regresar]

14. New York Times, 26 de marzo de 1989, p.16 [regresar]

15. Colin Powell con Joseph E. Persico, My American Journey (New York, 1995), p.291 [regresar]

16. Boston Globe, 12 de octubre de 2001, p.28 [regresar]

17. Washington Post, 27 de marzo de 2003 [regresar]

18. Ibid., 4 de junio de 2003, p.18 [regresar]

19. Comunicado del Pentágono, 30 de junio de 2003 [regresar]

20. Washington Post, 29 de junio de 2003 [regresar]

21. Ibid., 24 de julio de 2003, p.7 [regresar]

22. Ibid., 8 de agosto de 2003, p.13 [regresar]

William Blum es el autor de «Killing Hope: US Military and CIA Interventions Since World War II» y «West-Bloc Dissident: A Cold War Memoir»

 

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