Modernidad, posmodernidad y angustia

Por: Dr. Armando Roa
Fuente: Diario “La Época”. 12 de Marzo, 1995 Diario “

La angustia es consubstantiva al hombre y lo ha acompañado vivamente a lo largo de la historia; en algunos momentos adquiere un aire sagrado rompiendo el curso de los tiempos, como en el Huerto de los Olivos cuando en el rostro de Cristo brotan golas de sangre y el alma se le angustia hasta la muerte: la angustia marca ahí uno de los aconteceres máximos. Ese hecho para todos presente, nos ahorra enumerar los múltiples testimonios de situaciones angustiosas, a veces iluminadoras, a veces enceguecedoras, ocurridas en múltiples ocasiones a todos los hombres y en todas las épocas, de que dan testimonio la literatura y la historia, situaciones que han sido siempre decisivas para abrirle sendas al destino.

Dentro de la psiquiatría ocupa lógicamente un lugar de privilegio, ya no como fenómeno normal, sino como síntoma configurado de diversas maneras según el cuadro clínico de que se trate. Dicha semiología ha sido largamente estudiada por los clínicos y los investigadores, y nosotros mismos le hemos dedicado trabajos en relación con las depresiones, la esquizofrenia, la epilepsia.

Angustia y ansiedad son fenómenos casi similares, pero muestran ciertas diferencias curiosas, que hacen que una u otra traduzcan mejor lo íntimo del ser humano, en acuerdo a la manera como las tendencias culturales de cada época hacen sensible al hombre a los variados acaeceres que debe enfrentar. El hombre actual, según connotados pensadores, vendría saliendo de una cultura que habría estado dinamizada por aquello llamado espíritu de la modernidad, y estaría hoy en algo muy distinto: la posmodernidad. A nuestro juicio, y siguiendo tal división, en la modernidad predominó la angustia, así como en la posmodernidad parece mas notoria la ansiedad. reconociendo de nuevo que angustia y ansiedad se diferencian apenas por matices, pero matices que marcan preferencias profundas del alma. La angustia, como dijimos al comienzo, es un sentimiento connatural al hombre y no algo de origen difícil de explicar y necesario de teorizar como le parecía a Freud. Ella lo acompaña en los más variados momentos de prosperidad o fracaso, de salud o enfermedad, y se caracteriza por un estado de inquietud intima, de zozobra, de alerta, de expectación, de impotencia, de no ser a ratos dueño del gobierno de si mismo ni de las cosas, de depender en parte del destino. La angustia viene cuando se es embargado por algo irremediable que ha sucedido o puede suceder, y que de un modo u otro cambiará para siempre la existencia hasta entonces llevada, como ocurre con la muerte de un ser muy querido, o con la inminencia real o imaginada de la propia muerte.

En tal sentido, la angustia nos testimonia, más allá de todas las teorías filosóficas, la individualidad real y autónoma de los demás seres, y la consistencia tangible de nuestra propia individualidad, pues cuando ella brota frente a la muerte de otro, por más que nos diga que nosotros persistimos como algo real allí presente de cuerpo entero, aquel a quien queríamos ya no estará mas. Al revés, cuando nos anuncia la inminencia de la propia muerte, nos hace claro que seremos nosotros los que ya no gozaremos más de la presencia de los otros. De este modo, la angustia es un sentimiento que nos individualiza e individualiza a otros a los cuales echamos de menos, convirtiéndolos en yo, tu, ellos. justo por hacernos vivamente notoria la irreemplazabilidad de cada uno. Ello ocurre tal vez, de una manera aún mas fuerte e irrecusable que en la simple irrupción del rostro ajeno en nuestro yo intimo, como intenta mostrarlo en su interesante teoría sobre la relación yo- tú, el filósofo Emmanuel Levinas. Los demás sentimientos: alegría, tristeza, miedo, en cierto modo desperfilan o masifican a la persona y parecieran menos finos en su capacidad selectiva sobre la realidad.

La angustia obliga también a tomar conciencia de la temporalidad. Al ver el pretérito como algo ido, se le añora o se le detesta; en todo caso, angustia la imposibilidad de recuperarlo, o para gozarlo de nuevo, o para llevarlo por otro camino; angustia a su vez el presente en cuanto se le puede estar perdiendo o ganando, pero sin seguridad de ser tan dueños de él como para conducirlo sin contratiempos, a aquello que se espera; angustia a ratos el futuro, pues no da certeza alguna de hasta dónde se dispondrá de él.

Más allá de estas angustias connaturales al destino —que el hombre puede ahogar de mil maneras, innecesarias de recordar aquí, y que en el fondo te dan su individualización y su dinámica a la existencia diaria—, la angustia es buscada como un lujo que proporciona un atractivo sumo a lo cotidiano; así el niño que goza con los cuentos de aparecidos, vampiros y otros seres terroríficos, el piloto de carreras y otros deportes en que se expone la vida, el entregado a los juegos de azar, todos sienten que la angustia experimentada en ese momento en que e! futuro pende de un hilo, hace gozar enseguida el hecho de haber salido airoso y continuar siendo dueño del propio destino, con una intensidad no dada por ninguna otra cosa. Todavía, frente a cualquier actividad importante: preparar una tesis, dictar una clase, presentarse a un concurso, la angustia apremia al yo a no distraerse, a no perder el tiempo, a actuar con responsabilidad. Sí el éxito o el fracaso no angustiasen, lo probable es que el grado de exigencia que la persona se hace a si misma, se viese gobernado por la laxitud, y se perdiese la posibilidad de dar lo mejor.

Es la angustia, con su clara visión de nuestra finitud temporal, la que nos incita a darle existencia explícita de la mejor manera, a todo aquello de que somos capaces a lo largo de la vida, en acuerdo a las posibilidades propias de cada edad y momento, pues lo nuestro posible de realizar y sin embargo no realizado. quedará por negligencia para siempre en la nada; lo que ahora ya será imposible pero estuvo a la mano de que fuese posible, angustia en extremo, pues, como dijo Heidegger, la angustia asoma apenas se divisa la nada o lo que pudo ser y no fue.

LA Relación al respecto, de la angustia con la culpa, en el sentido de experimentar dolor íntimo ante cualquier amenguamiento del ser propio, que ha sido un tema importante desarrollado por Kierkegaard, Heidegger y otros, no es objeto de lo ahora tratado. Tampoco lo es analizar la diferencia entre ese posible origen del sentimiento de culpa, típicamente moderno, y la otra posibilidad, también moderna, de ver ese origen en el volver hacia la interioridad los impulsos agresivos de conquista propios del hombre primitivo que luchaba contra enemigos constantes pero que la civilización en un momento dado hizo inútiles en su volcarse afuera. dirigiéndolos entonces hacia adentro; el hombre se remuerde aquí cobardía, de su vida cómoda en sociedad, de su blandura, de su abandono de la vida heroica, de su no realizarse a cabalidad combatiendo por adquirir predominio, y ese, como se sabe, es el pensar de Nietzsche.

La culpa en el fondo vendría de un auto-cercenamiento por la civilización de la atmósfera libre en que le gustaría moverse a esa voluntad de poder, a esa voluntad de conquista, esencia de lo humano —según Nietzsche—, con lo cual el hombre se ubicaría por debajo de si mismo, y ello le duele; el dolor sería también la perdida de la individualidad profunda, el ablandamiento del sujeto como constructor de la historia. En suma, y volviendo a la angustia, es ella la que al hacerse notoria ante las pérdidas, los acrecentamientos reales, o las meras posibilidades idas o ganadas, da consistencia al ser individual, a las otras individualidades y a todo lo existente en general; en tal sentido, como decíamos, es el origen más remoto de las vivencias de yo, tú, nosotros, e incluso en cuanto surge ante la expectativa de que uno de esos seres esté presente o ausente, hace patente al amor, pues no cabria angustia ante la posible desaparición de algo o alguien que no importa nada, que no despierta el menor interés. Lo supuestamente amado, y que sin embargo es incapaz de despertar angustia alguna al dejar de ser, pondría a la vista que tal amor nunca se dio.

Hemos hablado de la angustia normal; los psiquiatras estamos acostumbrados a encontrarnos más bien con su patología. Ella se hace patológica de múltiples maneras, y lo es, cuando en vez de acrecentar la existencia, la ensombrece, ya llenándola de temores vanos y estériles, como en las neurosis de ansiedad y obsesivas, o bien. inundándola de repente con una sensación intensa de desagrado e impotencia expresada en vivencias y conductas peculiares como ocurre en los cuadros depresivos, en la esquizofrenia, en ciertos equivalentes epilépticos, en cuadros mentales orgánicos o en esa ansiedad e inquietud corporal, propia de cuadros febriles o somáticos.

Nuestro problema no es sin embargo, ocuparnos de este tipo de ansiedad o angustia; a lo más pudiéramos decir angustia patológica experimentada principalmente como sintoma psiquico, a la manera de las neurosis de ansiedad clásica, o esas volcánicas ansiedades esquizofrénicas, se dan cada vez con más rareza, habiéndose incrementado en cambio, las angustias somatiformes, que lógicamente se muestran de modo engañoso y solapado. Es difícil no ver ahí un influjo de lo histórico cultural en el modo de enfermar, como lo muestra también la casi desaparición de los grandes delirios y de las abigarradas formas de alucinar; así lo testimonian numerosos investigadores y nosotros mismos ya lo hacíamos notar en los comienzos de la década del 70.

Retomando nuestro hilo respecto a la trascendencia humana de la angustia normal, y en relación justo con la historia de Occidente, vale la pena recordar que la preocupación por su estudio acabado, aparece con Kierkergaard en la primera mitad del siglo XIX, en un momento de extremo auge de la modernidad, cuyo esmero en marcar la diferencia sujeto-objeto ha sido una de sus aspiraciones máximas, y cuando justo con Hegel tal diferencia podía aparecer mediatizada por su proceso dialéctico en el cual el sujeto, el individuo, da a veces la impresión que fuera sólo un tránsito dentro de dicho proceso que evoluciona desde lo más ínfimo hasta llegar al ser absoluto, a Dios. Kierkergaard aparece frenle a Hegel, afirmando lo irremplazable del sujeto individual gracias a poner de manifiesto la dinámica de la angustia, que circunscribe a cada hombre a si mismo, moviéndose tal hombre, por decirlo así, a lo largo de la vida, a saltos entre posibilidades e imposibilidades, que lo pueden llevar a crecer o a anularse, a salvarse o perderse, pero sin divisarse por ningún lado un tránsito dialéctico seguro hacia la existencia feliz absoluta a la manera de Hegel o enseguida de Marx, donde lo individual se hunde en medio de la masificación total.

Desde fines del sglo XIX numerosos escritores y artisfas,- por ejemplo, Strinberg Edvard Munch— y numerosos pensadores, entre ellos, uno tan significativo como Heidegger, convierten la angustia en lo céntrico de la existencia, y cada una de estas existencias es de hecho un yo que se juega su poder ser individualmente. Precisamente para Heidegger la angustia al ponernos a la vista que en lo más recóndito de nuestro ser anida la muerte, y por lo tanto que nuestra duración tiene un plazo a aprovechar, es la que nos aparta de manera radical de aquello que nos pierde en el mundo, sumergiéndonos en una vana inautenticidad de espaldas a nosotros mismos, como lo prueba el hecho de pasárselo el hombre entregado a las vanas habladurías, a estar pendiente de copiar lo que se dice y lo que se hace, a satisfacer su insaciable afán de novedades, a la ambigüedad. de modo que puede llegar al final de su duración sin percatarse de que se olvidó, nada menos, que de realizar lo que su ser más profundo le pedía.

Por esto de centrar la revelación de la verdad, del ser en la angustia, es que contra lo expresado por Vattimo y otros, no creemos que Heidegger pueda considerarse fácilmente un posmoderno; al contrario, su denodado esfuerzo por mostrar los abismos del ser, de un ser sobrenadando en la nada y destinado a la nada, por sentir que la nueva era tecnológica nos impedirá ya volver alguna vez a mirar la realidad de dicho ser como lo hicieron los presocráticos, o que aún se divisa en poetas sumos como lo son para él Hórderlin o Trakl, es tal vez el último de los modernos y el que anuncia con mas claridad la disolución del inundo moderno y el paso a lo posmoderno. Es significativo al respecto, que alguien fuertemente influido por él, como Emmanuel Levitas, trate todavía de salvar el yo del sujeto con su tesis de la irrupción del rostro ajeno en medio de nuestro yo, lo que obliga al yo a convertirse en tú, frente al yo representado por dicho rostro, con lo cual la individualidad de cada sujeto queda resguardada dentro de sí misma, y esto es, a nuestro parecer, todavía moderno. La posmodernidad, como se sabe, no cree en esta división sujeto -objeto, desde luego porque no concibe la realidad con una estructura íntima, recia, maciza, que va gradualmente haciéndose a sí misma y mostrándose a lo largo de las épocas históricas, sino que solo concibe cuanto ocurre como una serie de eventos, cada uno de los cuales, cumplido su papel, da lugar al próximo. Según los posmodernos, lo que creemos ver del mundo es la sucesión de escenarios mostrados por la tecnología y que van quedando rápidamente obsoletos en la medida que el progreso incesante de la técnica acostumbra la mirada siempre a esperar lo que sigue con la certeza de que será más seductor y su entretención, aunque fugaz, durará tanto como la técnica tarde en fabricar algo distinto y todavía más fascinante; lo que queda atrás no tiene valor histórico, no es el proceso que activamente va concibiendo lo nuevo, en el rico sentido que siempre le dimos a la palabra, sino que es algo viejo, anacrónico, desechable; a lo más cabría retenerlo como pieza de museo, para asombrarse al compararlo con lo novedoso del escenario tecnológico, pero en ningún caso es ya un pasado vivo del cual seguimos dependiendo, o gracias al cual somos, como sí lo era el anterior concepto moderno de la historia.

Nuestro paso por el mundo es así ir participando en una serie de eventos que se suceden unos a otros a lo largo del tiempo, que pueden ser entretenidos, displacenteros o absurdos y que solo tienen la delgadez de lo que su nombre dice: son un simple evento, pero que con el atractivo propio de los eventos, de ninguna manera nadie se querría perder. Como se sabe, evento es un acontecimiento o suceso imprevisto o de realización incierta o con tingente. Se comprende que este insólito modo de percibir el transcurso del tiempo, despojado ahora de su dimensión hacia adentro, haga, por decirlo así, innecesaria la angustia en el sentido que le hemos venido dando, pues ya no hay nada que sea por naturaleza único e irrepetible y en consecuencia digno de ser añorado y vivido; al contrario, en una era tecnológica lo que desaparece, está bien que desaparezca para abrir espacio a lo siguiente que desde el punto de vista de los afanes cotidianos, siempre será mejor, pues la técnica además de aliviarnos el trabajo, nos crea nuevas expectativas de dominio y gozo. El sentimiento que ahora surgirá en el horizonte y adquirirá cada vez mas predominio será la ansiedad. La ansiedad normal es un desasosiego íntimo ante la necesidad de desprenderse rápidamente de la situación en que se está, a fin de abordar la próxima y así sucesivamente, o bien el deseo vehemente de alcanzar algo o de disponer de sí mismo y de su tiempo para hacer lo que se quiera. De esa manera el hombre actúa en su vida diaria apresurado por terminar lo de ese momento para emprender lo que que siga. A ello se agrega —porque en un i mundo de eventos la imagen social que se muestra es decisiva— el ansia por viajar, por tener un auto último modelo, casa en la ciudad y en lugares de agrado, honores y cargos de figuración, estar en continuada vigencia; en suma. el momento presente se desea despachar pronto para posesionarse del siguiente ya sea por deber o por novedad, sin que haya verdadero gozo en retener por un tiempo suficiente el instante que se vive.

La psiquiatría clásica ha hecho casi idénticas angustia y ansiedad: ambas son estados de inquietud, de zozobra frente a un peligro posible pero incierto, sólo que para ella la angustia se alojaría más en estratos corporales, presentándose por ejemplo, como constricción pectoral, taquicardia, dolores torácicos, etcétera. La ansiedad se evidenciaría, en cambio, más en lo psíquico, como un sentimiento. Esta sutil diferencia no significa, sin embargo, que la angustia, junto a sus manifestaciones corpóreas, no se muestre también en lo psíquico y viceversa.

Sin embargo. llama la atención que lo denominado hasta hace cuarenta años neurosis de angustia, gran ataque de angustia, angustia somatizada, haya dejado imperceptiblemente el paso a una nueva nomenclatura y en los últimos decenios se hable de neurosis de ansiedad, de estados de ansiedad, de ataques de pánico, y que el vocablo angustia se haya ido como eclipsando lentamente. Suponer esto debido solo a que la palabra ansiedad no alude necesariamente a compromisos somáticos no parece suficiente, sabiéndose además que en cualquier cuadro ansioso suele haber manifestaciones de tal tipo.

Parecería más bien que al ponerse el acento en la palabra ansiedad, se privilegia el hecho de que los pacientes temen por su futuro inmediato, como si la incertidumbre por un posible peligro próximo fuese lo peor para un hombre como el postmoderno, que espera maravillas de cada avance de la técnica y teme entonces ser privado de participar en el minuto siguiente en algo que seguirá poniendo en evidencia el poderío humano para crear eventos incesantemente novedosos, todavía si más allá de la tecnología solo se ve como destino ultimo el hundirse en la nada.

La ansiedad y no la angustia es lo que cabe como respuesta a esto. De allí que el cambio de nombre de los cuadros aquí aludidos se haya deslizado casi imperceptiblemente, como acabamos de decirlo, en acuerdo a los nuevos temores y esperanzas que mueven hoy al hombre, a lo que lo preocupa como destino.

Dentro de la clínica, tal vez donde es más notoria la sustitución de la angustia por la ansiedad es en los cuadros depresivos uni o bipolares. Hasta hace unos veinte años, la angustia era un acompañante casi natural de su sintomatología: el enfermo, tal como ahora, se sentía inhábil para todo quehacer, incluso para escoger la ropa con que debía vestirse y para disponer las tareas del día, viendo así el despertar y el comienzo de la nueva jornada casi como una pesadilla. Sin embargo, a diferencia de ahora, la angustia se centraba en el hecho de que el paciente sentía ya agotada en definitiva su existencia y no podía dejar de mirar su pasado como insignificante, despilfarrado, perdido, culposo; esta culpa podía ser ante si mismo y ante los suyos, por haber dejado transcurrir su vida de modo negligente, sin realizarse, teniendo clara conciencia de que la suerte de haber venido al mundo no se repetiría jamás. También la culpa podía centrarse en pecados, a veces insignificantes para cualquiera, pero magnificados por el paciente, con la consiguiente infidelidad al amor a Dios y en consecuencia, condenación irremisible.

Tal angustia centrada en un obstinado mirar a lo profundo del destino es la que ahora prácticamente no se observa en la clínica. En cambio, y como haciendo juego a la secularización de la vida y a la liviandad posmoderna, vemos casi como componente habitual de tales cuadros depresivos, no angustia sino molesta ansiedad, que dura un rato después de despertar, o toda la mañana, o incluso hasta el atardecer, y que se vive como un desasosiego, una aguda impaciencia, un deseo imperioso de sentirse igual que antes, y ello con dificultades para enfrentar las tareas cotidianas de todo orden y participar del agrado de la antigua vida. Así la existencia anterior —a diferencia de lo ocurrido con la angustia— es ahora valorizada y no desvalorizada, y tal valoración radica en que cuando se estaba sano se disponía libremente de la capacidad plena para hacer lo que se quería y para gozar con todo. La ansiedad deriva de no ser dueño de si para gobernar la existencia como se acostumbraba, y que en el caso de la mayoría de los depresivos, como se sabe, es su gran devoción por la responsabilidad y el orden en las tareas cotidianas. No son raros los enfermos que incluso magnifican su vida anterior, “tomando conciencia ahora de lo felices que eran”. Lógicamente no todos los enfermos de antes se reprochaban sus infidelidades a lo pedido por el desarrollo correcto de su propia existencia, pero tampoco la glorificaban; al contrario, deseaban mejorarse para ahora, después de esta ingrata mirada al vacío, saberla aprovechar y consumar. Ciertamente, como por lo demás se observa en toda la historia de la clínica, aparecen aún de tarde en tarde casos donde se da como síntoma la auténtica angustia, sin embargo, son la excepción, pues lo más común, dentro del incremento de la enfermedad en los últimos años y de la variedad con que se presenta, es encontrarse solo con la ansiedad.

En las llamadas ahora neurosis de ansiedad y antes neurosis de angustia, se observa algo similar; el angustiarse por la posibilidad de una desgracia personal o familiar que provocaría una culpabilidad imperdonable o una pérdida del sentido del vivir, como era frecuente hasta hace algunos anos, es rara, en cambio si el temor a que un suceso de este tipo, o algo fortuito, o un modo de ser personal negativo, o circunstancias adversas, o la mala suerte, priven del agrado de la existencia que se esté llevando, o que, liberado de problemas, se podría llevar.

El miedo a la muerte en el ataque de pánico —antiguamente gran ataque de angustia— es, por decirlo así, casi el miedo biológico a la muerte, a la soledad, a la invalidez prolongada, pero sin las connotaciones ontológicas de ella, que veíamos antes. Por lo demás, lo que los adolescentes y jóvenes de hace dos generaciones, los hippies, por ejemplo, vivían como “miedo existencial a la muerte y deseo de vivir auténticamente para enfrentarla con serenidad” no se da ahora, pues la muerte en el Occidente actual se vive como un hecho casi insignificante, molesto mas bien por los desagrados inmediatos que provoca a los seres próximos, o por las penurias económicas que a veces a ellos les suele traer.

Si estos cambios antropológicos radicales ante la culpa, ante la muerte y ante la nada, son el horizonte en que se mueve el hombre ahora, sería extraño que ello no se reflejara en la patología de la mente; por eso, como ya lo dijimos, casi no es raro que hoy en psiquiatría se nombre poco la angustia y en cambio abunde el sintonía ansiedad. La angustia es un sentimiento que implica asombro, y es propia de tiempos en que el hombre experimenta vivamente su contingencia, la inmensa posibilidad de no haber sido y la exigencia interna de responder entonces de la mejor manera a la gracia de existir. La ansiedad es, en cambio, si se pudiera hablar así, un sentimiento horizontal; viene del deseo de no perder el tiempo, de no ubicarse al margen del derecho al placer, al dinero, a la figuración, a la vigencia, a costa de lo que sea, proporcionado por una vida gobernada con astucia, y ello, tal vez, como un recurso para combatir la soledad y la incomprensión en que el hombre se encontraría, si deja una tregua para mirarse a si mismo, Es algo de lo mostrado como destino por la posmodernidad donde los derechos a llevar la existencia que se quiera abundan y los deberes escasean al extremo; seria un milagro que tal modo de experimentar la existencia no tuviese peso hoy en la configuración de la patología psiquiátrica.

 

 

 

 

 

 

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