Radiografía del tiempo presente

Por: Dr. Armando Roa*
Fuente: Dairio “El Mercurio”

* Psiquiatra. Presidente de la Academia Chilena de Medicina

POR fin de la historia se entiende la idea de Hegel —explicitada en la primera mitad de este siglo por Alexandre Kojeve y revivida hoy en Norteamérica por Fukuyama y otros—, de que el espíritu humano ha terminado de evolucionar desde los estadios ínfimos, en que vivía inmerso en lo mítico y esclavizado a la naturaleza, a los estadios altos en que su inteligencia se enseñorea de todo y sólo le queda como tarea para el futuro ordenar mejor las estructuras económicas, políticas y sociales, y continuar avanzando, ahora sin lazos atávicos, en las ciencias y demás dominios del espíritu. Seguirán habiendo descubrimientos, acontecimientos y formas de vida muy atractivas y variadas, pero no descensos a periodos arcaicos de barbarie, dominados por el miedo y el terror. Naturalmente, este porvenir no ha llegado aún para todos los pueblos, sino para aquellos mismos señalados por Hegel —Europa y Norteamérica—, pero estando ellos asentados ya en tierra firme, no será difícil conducir a los otros hacia esa altura.

Lógicamente esta discusión acerca de si nos encontramos o no ante el fin de la historia y si terminaron o no los saltos desde estadios inferiores de barbarie a los superiores de civilización, forma parte de la disputa sobre modernidad y posmodernidad. Para asomarnos a tal debate, deberemos recordar lo creído por el hombre en los siglos inmediatamente anteriores, en cuya atmósfera aún nos movemos. Nos contentaremos al respecto con enunciar escuetamente algunos elementos característicos.

Como se sabe, lo propio del hombre a partir del siglo XVII y más aún del XVIII es la posesión de una serie de convicciones que constituyen lo llamado moderno, palabra usada por primera vez por Juan Jacobo Rousseau, convicciones centradas, en cierto modo, en torno a lo siguiente: a) La creencia absoluta en la exclusividad de la razón para conocer la verdad, debiéndose sospechar de todo conocimiento venido de la fe, de la tradición, de la mera intuición no comprobada.

b) La aspiración a que tales conocimientos se traduzcan en fórmulas de tipo fisicomatemático, fáciles de comprender por cualquiera, y que por eso mismo marquen el máximo de objetividad, pues todo lo meramente subjetivo es desechable por ajeno a lo real, que a su vez es lo común a todos los hombres.

c) El concepto de que lo real es lo susceptible no sólo de matematizarse, sino también de ser comprobable experimentalmente en acuerdo a métodos rigurosos; de hecho, real es para los modernos lo accesible a las matemáticas y a las ciencias experimentales. Real es también la poesía y el arte en cuanto producto de lo imaginario puesto a la vista de todo el mundo.

d) El postular la libertad incondicionada del hombre para regir su destino; de ahí la obligación de combatir toda forma de sujeción a la monarquía absoluta, al poder económico de grupos o clases y al poder omnímodo del Estado. El concepto de autonomía, o sea, de darse cada hombre sus propias normas éticas, será fundamental.

e) El creer que la infelicidad humana deriva hasta ahora del empañamiento de la razón por las supersticiones —entre ellas las creencias religiosas—, lo que ha hecho imposible el gozo de la libertad, la configuración autónoma del propio destino.

i) La creencia en la superioridad absoluta del hombre por sobre todos los otros seres de la creación.

g) El pensar que la democracia es la forma mejor de construir una sociedad para seres de esta clase.

Antes de seguir enumerando otros rasgos recordaremos ahora algunos hitos del origen de la modernidad. Descartes dirá en al siglo XVII, que nada puede agregarse a la luz pura de la razón, que de algún modo no la oscurezca; será el principio que endiosará el siglo XVIII, llamado por eso el Siglo de las Luces, o Siglo de la Ilustración. Por otra parte, el lema de la Revolución Francesa, conocido por todos, será “libertad, igualdad y fraternidad”. La igualdad alude naturalmente no a igualdad en la constitución biológica o en la posesión de bienes materiales, sino a poseer idéntica libertad, a poseer autonomía para decidir sin coacción alguna la conducta personal. Kant dirá que la libertad es autónoma para darse sus imperativos categóricos y sus imperativos hipotéticos, y que sólo el ejercicio de esta autonomía, o sea la capacidad de darse y escoger sus propias normas, hará feliz al hombre. La existencia del mal, de la violencia, de la mentira desaparecerá en cuanto el hombre respete sólo lo mostrado por su razón y su libertad.

La razón, por su parte, muestra en ese siglo su poder, tanto en la físico-matemática como en la biología, pues consigue conocimientos asombrosos, no obtenidos por genios notables de otras edades. En tal situación el porvenir es visto con natural optimismo y mirar al pasado, a la tradición, parece casi absurdo, ya que ello sólo trae el recuerdo de estados mentales infantiles, en los que por estar amarrada a la superstición, la verdad es sustituida por meras fantasías, en cambio, tanto en el momento presente como en el futuro cabe gozar con el asombro constante de nuevas verdades. A esta época, iniciada en el siglo XVII con Galileo y Descartes, en que por primera vez en la historia de los pueblos se desea ignorar la tradición de la manera más radical, para poner la vista en el futuro, se le llama, como ya se dijo, Época Moderna, aquella en la cual ningún hombre querrá ser visto como permaneciendo en el ayer, o sea, anticuado, sino en la avanzada de lo que se estila, se piensa o se quiere. La palabra moderno, como se sabe, deriva de la voz modo, y modo o moda es lo que está de paso, a la espera de la aparición de algo todavía más nuevo y así hasta el infinito. Pudiéramos, recordando a Heidegger, decir que el hombre moderno vive devorado por el afán de novedades. Típicas de la modernidad son las vanguardias sobre todo en pintura y literatura, así por ejemplo, el impresionismo es rápidamente reemplazado por el expresionismo; éste por el cubismo, el futurismo, el dadaísmo, el creacionismo, el surrealismo, etcétera.

Otro ejemplo del adaptarse sin reservas a lo nuevo es lo ocurrido a comienzos del siglo XX. con la teoría de los cuantos, de la relatividad, con el principio de incertidumbre de Heisenberg, con el quiebre, a raíz de todo eso, en la microfísica del principio de causalidad mecánica, y en épocas más recientes con el significativo estudio de las leyes de la termodinámica en las vecindades del caos hecho por Prigogine, teorías todas que han producido una revolución en la concepción del universo, quo nos han sacado lisa y llanamente del mundo de Newton en que se vivía hasta hace poco. Esto, sin embargo, no ha provocado ninguna dislocación mental; al contrario, el hombre se ha acomodado rápidamente a estos modos nuevos de percibir la realidad, sin extrañar los modos anteriores, mostrando con eso una especie de fidelidad natural a su confesada declaración de ser, antes que nada, moderno, de adaptarse de inmediato y con alegría a lo nuevo.

El afán de valerse por sí mismo, con autonomía, sin auxilio alguno de poderes extraños, ha llevado paso a paso al secularismo, es decir, a considerar que el destino último se juega y se vive acá abajo y que en última instancia debemos rendir cuentas del empleo de nuestra vida a nosotros mismos o a nuestros contemporáneos. Ha sido el modo de pensar de hombres estimados progresistas e interesantes. Dentro del afán secularista, el hombre moderno ha procurado explicarse su origen en la Tierra como resultado de un proceso natural, de una evolución. El primer intento en grande de formularlo en una teoría filosófica se lo debemos a Hegel; él sostiene que desde un cuasi embrión de realidad existente en épocas remotas que es simultáneamente ser y nada, por saltos dialécticos sucesivos en que el ser se va enriqueciendo cada vez más, y la nada va desapareciendo, se llega a engendrar, en novedosas etapas, el espíritu humano individual subjetivo, el espíritu objetivo que incluye al hombre y a toda la realidad abarcada por él, y por fin el espíritu absoluto, que es de hecho Dios. Idéntico proceso dialéctico para explicarse la historia del hombre seguirá Marx, discípulo de Hegel. aún cuando él no hablará de etapas hacia el espíritu absoluto, sino hacia el hombre como ser social, que llegará en su etapa última a vivir en una sociedad perfecta donde habrá justicia, igualdad y libertad completa. Hegel y Marx han servido de paradigma a los hombres modernos que se han colocado ya a su favor, ya en su contra, proponiendo otras teorías que igualmente mantienen el ideal utópico de la seguridad en que habrá un futuro cada vez más nuevo y original y, en consecuencia, feliz.

En un terreno más próximo a nosotros, los médicos, la teoría de la evolución de Darwin, ha cumplido a cabalidad con el modo de pensar de la modernidad, pues según dicha teoría desde las etapas más ínfimas de la vida, por la necesidad de ésta de adaptarse cada vez mejor a las condiciones impuestas por la naturaleza, se ha llegado hasta el hombre, y en el hombre, desde el primitivo hasta el actual. En una teoría así en que cada nueva especie y cada nueva generación dentro de ella son un más vigoroso desarrollo de la capacidad de adaptación, el impulso genésico, gracias al cual aparecen dichas generaciones, juega un papel principal. Si no hubiese deseo sexual dado el envejecimiento de los individuos, las especies no progresarían; de ahí la necesidad de estar creando en forma constante individuos nuevos, y ello es particularmente necesario en el hombre por lo complejísimo que son sus mecanismos de adaptación, pues busca con ellos no adaptarse a la naturaleza, sino que la naturaleza se adapte a él.

Esta importancia de lo sexual para crear generaciones jóvenes más proclives de suyo a la innovación perpetua fue cogida por Freud para explicar la complejidad de la psique humana y el origen de la conciencia. Los impulsos sexuales están, según él, astutamente cargados de libido y su descarga provoca intenso placer, lo que es un truco hábil para incitar a la unión de los sexos. Este mismo impulso es muy complejo en el hombre y pasa por varias etapas, la oral, la sádico-anal, la fálica edípica y la genital adulta, que para satisfacerse plenamente necesitan que las etapas anteriores no hayan tenido a su vez obstáculos en su satisfacción. Si recordamos bien, la mayoría de tales obstáculos son puestos, según Freud, por la sociedad, la que recela de las satisfacciones orales, sádico-anales o edípticas, y custodia el paso a lo genital adulto. Para defenderse de la sociedad y eludir sus castigos, los impulsos sexuales crean, a su vez, un aparato de observación que mira hacia afuera y avisa en caso de peligro de ser sorprendido en actitudes que la sociedad repudia, a fin de replegarse a tiempo. Este aparato es la conciencia dentro del Yo, el lugar donde nacen y se desenvuelven los impulsos es el Ello inconsciente. Así, Freud, igual que Hegel y Marx, fiel al alma de la modernidad, sigue una línea evolutiva que siempre va a la caza del futuro, el que es más perfecto que el pasado y termina en la creación de la conciencia, el atributo superior del hombre: la conciencia es creación de los impulsos eróticos, así como en Hegel y en Marx la era del desarrollo dialéctico de la realidad, originado en un comienzo en un núcleo ínfimo. Incluso quienes como Nietzsche veían en el hombre un ser ruin y falso, cuya conciencia no era un atributo noble y superior sino una fábrica de mentiras, tenían fe en la aparición de algo nuevo, el Superhombre; sin embargo, es preciso recordar que Nietzsche, por otro lado, es una excepción dentro de la modernidad, pues abjura de la creencia de que a un futuro cualquiera seguirá siempre un futuro mejor, para lanzar la vieja idea de que el tiempo no es longilíneo, yendo siempre del pasado al futuro, sino circular, en eterno retorno; en un momento, según él, todo lo existente termina y vuelve a reanudar las mismas etapas anteriores en sus más mínimos detalles, y así para siempre. Además, con su idea nihilista de que todo esfuerzo acaba en el fondo en la nada, pues ningún acontecimiento tiene sentido, da un rudo golpe a la idea de que yendo hacia el futuro y no mirando nunca con nostalgia el pasado, se va forzosamente hacia lo mejor. Esta contradicción en Nietzsche, que sería un hombre moderno al proponer la alternativa del Superhombre como algo superior y etapa próxima en la evolución del hombre, y por otra parte no moderno al postular el retorno al pasado, probaría la idea de notables investigadores de que siempre al lado de lo moderno y a veces dentro de lo moderno ha habido casi paralelamente un discurso posmoderno o a lo menos un contrapunto con lo moderno. Otro ejemplo de lo mismo es que ya antes, en el siglo XVIII, un hombre de la Ilustración, un moderno como Vico, habla de la importancia de la tradición; aún más, dice que la historia progresa y progresa pero para volver al final a repetirse; postula, así, sus célebres conceptos del “corso y el ricorso”.
Al respecto, también, casi en los días de la Revolución Francesa, acontecimiento capital según los modernos para la liberación del hombre, y donde en verdad se proclama su autonomía definitiva, se inicia el romanticismo, tendencia que no añora el futuro sino el pasado, y da más trascendencia al sentimiento que a la razón.

Sin embargo, pese a eso la modernidad podría mirar a los románticos no como contrapunto, sino como algo favorable a ella, si se recuerda que han estimado muy en alto el mundo de la poesía, de los cuentos fantásticos y de los sueños, que revelarían aspectos oscuros de la realidad casi inalcanzables para la razón, en lo cual son fieles a otro de los postulados de dicha modernidad, el que cree que lo real se presenta siempre en forma dual en densos planos de profundidad. Por lo demás, el derecho a soñar y fantasear mundos nuevos formaría parte de lo más esencial de la autonomía humana y en ese sentido cumple con los postulados exigidos a algo para ser moderno.

En efecto, la modernidad supone que todo lo dado se expresa en una realidad dual; así separa sujeto y objeto, alma y cuerpo, supraestructura e infraestructura, conciencia e inconsciente, interioridad y exterioridad, siendo todo a la postre susceptible de ser conocido, pero con perseverantes esfuerzos de profundización.

Recordemos, a este propósito, que la modernidad empieza con la separación dual cartesiana del alma y el cuerpo: al revés, para Aristóteles y la Edad Media estaban tan unidos que era indiscernible la parte en que terminaba uno y empezaba el otro.

Tal separación deja al cuerpo como una simple máquina susceptible de ser conocida y manejada por la físico-matemática; es por tal vía que el alma creadora de dicha fisicomatemática llegará a tener algún día, según se espera, el manejo total del cuerpo. El cuerpo se supone, a partir de entonces, al servicio del alma y desde luego destinado al trabajo, los goces y los placeres. En seguida, en acuerdo con la veneración de todo lo nuevo sólo por el hecho de ser nuevo, se aspirará a mostrar un cuerpo permanentemente joven, capaz de proporcionar sin tregua todos los goces de la juventud y desde luego los sexuales, considerados los de rango máximo. En este esquema alma-cuerpo, típico de la modernidad, se ve una de sus constantes; en este caso es que el alma, cualquiera concepción que se tenga de su esencia, materialista o espiritualista, es lógicamente la que domina al cuerpo, el que es su objeto más próximo de manejo.

Otro dualismo típico de la modernidad es el de sujeto-objeto del conocimiento, y aquí no es que el sujeto esté obligado para alcanzar la verdad a seguir al pie de la letra lo mostrado por la naturaleza del objeto, sino al contrario, como lo ha dicho Kant, es el sujeto quien le pone sus condiciones al objeto y sólo bajo esas condiciones es conocido. Recordemos de paso, que según Kant el espacio y el tiempo no son algo que exista tranquilamente ahí afuera, sino sólo formas primarias de nuestra sensibilidad, modos como ella coge la realidad sensorial. El entendimiento, a su vez, coge a través de categorías propias los conocimientos más elevados. En suma, se trata de una clara subordinación de la realidad a las condiciones impuestas por el sujeto y no de vasallaje del sujeto a la realidad.

En la dupla consciente-inconsciente se muestra de nuevo la capacidad superior del yo consciente, que es la que astutamente le permite encontrar vías de acceso a los oscuros lugares del inconsciente y conocer su dinámica, sus disfraces, sus aspiraciones; así logra manejarlo desde arriba. Del mismo modo, investigando se pueden poner a la vista los dudosos deseos inconscientes ocultados por el hombre a lo largo de la historia y escondidos tras las leyendas, los mitos, las religiones; con ello se seculariza el mundo, siendo valedero para los hombres sólo lo claramente inteligible por la razón.

En el célebre binomio infra y supraestructura se ha supuesto, por Marx, que las producciones espirituales de las sociedades precapitalistas y capitalistas son reflejo de una infraestructura social y económica injusta, y en consecuencia están al servicio de dicha injusticia, siendo por lo mismo mentirosas en sí; se trata de supraestructuras culturales radicalmente falsas. El hombre tiene poder, sin embargo, para acelerar la evolución de esas infraestructuras injustas hasta llegar a lo verdaderamente justo, con lo cual la supraestructura no necesitará ya mentir y podrá dedicarse al cultivo de la belleza y la verdad. Esta acción revolucionaria en contra de la infraestructura precapitalista y capitalista es llamada por Marx “el paso de la prehistoria a la historia”. En suma, vuelve a observarse aquí el poder omnímodo del hombre para cambiar radicalmente, por su mera acción, el curso del futuro.

La fe moderna en el poder del hombre para cambiarlo todo, observada en el marxismo, en el anarquismo, en el capitalismo, en el psicoanálisis, originará directamente las ideologías, los metarrelatos. En las ideologías políticas se ha creído ciegamente, intuyéndose que conducirían al paraíso en la Tierra si se luchaba por ellas; la mayoría ha seguido a sus portavoces, por ejemplo. Lenin, Stalin, Hitler, Mussolini, sin admitir que aquello fuese sólo un sueño. Sabemos de los sufrimientos y millones de muertes provocadas por ellas, para reducirse al fin a mero polvo. Lo importante para el debate que mueve hoy a los hombres es que las ideologías son representantes típicos de los ideales de la modernidad, pues muestran, por otra vía, la fe ciega del hombre en sus creaciones mentales y en la potencia de éstas para transformar la realidad. Se ve ahí el poder del mundo de dentro de la mente para dominar al de afuera, y en fin, esa tendencia ya mencionada a dividirlo todo en pares, de los cuales uno, el que representa al yo individual, racional, consciente y autónomo acaba subordinando al otro.

Otro carácter de la modernidad es el estar siempre en actitud tensa, acechante, profundamente reflexiva frente a cuanto abarca; piénsese en el peso de obras como la Critica de la Razón Pura, de Kant; la Fenomenología del Espíritu, de Hegel; El Capital, de Marx, y veremos que hay argumentos para encontrar justo lo dicho por algunos que investigan la época, en el sentido de que todo lo que aquellos hombres modernos realizan lo viven con extrema responsabilidad, como si del peso de lo que hacen dependiese casi el curso de la historia. Es un pensar que asume un papel gravitacional frente al porvenir, en lo que se opone al pensar actual de la llamada posmodernidad, cuyo sello sería su liviandad, su falta absoluta de pretensiones de trascendencia, su decir las cosas, a lo menos en apariencia, como al pasar.

Propio de la modernidad es todavía su tendencia a explorar la conciencia, ver hasta dónde llega su campo, su riqueza íntima, su fuerza constructiva. Clásicos han sido los pintores, los poetas, los novelistas en su afán de desestructurar la realidad del sentido común para ensayar los más variados modos de rearmarla o crearla de nuevo de otras maneras, inventando o creando incesantes realidades que abarcan lo diurno y lo onírico con una riqueza asombrosa. James Joyce, en su obra clásica Ulises, ha mostrado la cantidad casi infinita de vivencias que la conciencia de personajes cualquiera crea y abarca simultáneamente, necesitando varios cientos de páginas y un lenguaje a ratos casi hermético para lograr mostrar lo experimentado por un hombre en el curso de un día. Marcel Proust, a su vez, ha puesto a la vista como la conciencia retiene vivamente el pretérito como modo de ser vuelta renovada a la conciencia de ese pretérito, lo que le da nobleza, encanto y sentido a la vida. Ha mostrado, así, que el pretérito no se reduce a meras huellas anémicas capaces de ser traídas pálidamente al recuerdo, porque el pretérito habría ya fenecido, sino que al contrario, dicho pretérito se mantiene vivo y entero, tal como cuando fue presente, de modo que es posible volverlo a vivir novedosamente de nuevo con la misma fuerza y agrado de la primera vez, aún cuando la situación que lo originó en ese entonces ya no exista. De ese modo, Proust pone a la vista que el pretérito forma parte del presente y contribuye a darle vida, señalando así la fuerza de la conciencia individual para romper el poder aniquilador del tiempo, arrebatándole el pasado para darle todavía una profundidad vital que no tuvo cuando fue presente. En la filosofía, Husserl y Heidegger han jugado un papel relevante en el estudio de hasta dónde alcanza el poder de la conciencia cuando ella aborda los problemas más radicales de lo que es el ser y su azaroso juego con la nada.

Por último, es necesario recordar que la modernidad ha sido en general etnocéntrica, pensando que la cultura europea-norteamericana es la cultura superior y, en consecuencia, que los otros pueblos, si desean avanzar, deben asimilarse a ella; tal modo de enjuiciar las culturas deriva de los postulados anteriores, pues si la trascendencia de la razón y de la libertad para crearse mundos autónomos en incesante novedad se han visto como esenciales a la adultez humana por primera vez en Europa, es porque ahí el hombre ha madurado antes y es lógico, entonces, que todo pueblo mida su estado evolutivo, su paso de la heteronomia a la autonomía en el manejo de su conducta en referencia a eso.

La posmodernidad

Sin embargo, para connotados investigadores actuales hay serios indicios de que la modernidad ha terminado, siendo no una época privilegiada, sino una tan transitoria como cualquier otra; algunos tienen incluso la audacia de ponerle fecha a dicho término; habría ocurrido en 1970, después de finalizado el movimiento estudiantil de París, de 1968, que sería la última de las utopías modernas, la de la imaginación al poder, empezando desde ahí una nueva época, la llamada posmodernidad. Pero desde luego es necesario decir, que tanto con respecto a eso, como a los caracteres definitorios de la posmodernidad no hay acuerdo; incluso algunos dicen que por ser dicha posmodernidad algo nuevo, también debiera incluirse en la modernidad, dado que la esencia de la modernidad es no estar vuelta hacia la tradición, sino a toda novedad. Importantes investigadores, sin embargo, no aceptan esto último y aseguran al contrario que lo posmoderno tiene individualidad propia hasta el extremo de que habría sido el contrapunto de la modernidad a lo largo de toda su historia. Contrapuntos de dicho tipo serían, por ejemplo, el romanticismo, el nihilismo nietzscheano, el estalinismo, el nazismo; estos últimos en cuanto no fueron expresión de la libre voluntad de los pueblos, o no respetaron la autonomía de las personas, sino que fueron coacciones heterónomas comandadas por ideologizados grupos de poder, lo que no cabe en la mentalidad de un moderno.

No obstante, para la mayoría de los teóricos de la posmodernidad, ésta, como señalamos, habría empezado en las décadas recientes y se caracteriza, no por ser algo nuevo en cuyo caso sería otra vez modernidad, sino algo completamente distinto, palabra esta última en la cual se pone el acento. Se supone que la posmodernidad habría aparecido talvez por fatiga luego de tres siglos de incesantes transformaciones cada vez más aceleradas, sobre todo en las ciencias y en el arte, que a pesar de lo positivamente asombroso de sus resultados en el fondo no han hecho más feliz a nadie, ni han mejorado la conducta humana, como lo muestran la serie de horrores sucesivos a partir de la Primera Guerra Mundial, la violencia reinante en las ciudades, el terrorismo, la corrupción política, el caótico relativismo ético. Se habría perdido debido a eso el deseo de ahondar en la realidad del hombre como .ser individual y social, se miraría con escepticismo la fe en la razón de los siglos XVIII, XIX y XX, y no habría, por lo mismo, voluntad alguna para darse explicaciones sobre la totalidad de la realidad y su sentido, para favorecer la aparición de otros metarrelatos o de nuevas vanguardias en el arte o en las concepciones filosóficas; en vez de eso, sólo se percibe ahora la posibilidad de ver apenas parcialidades de cuanto ocurre. La mirada dual a la realidad a fin de cogerla entera a que aludíamos hace un instante tan típica de la modernidad, tampoco despierta hoy interés.

En homenaje a la brevedad apuntaremos enseguida sólo algunos caracteres más o menos definitorios de la posmodernidad; los enumeraremos al azar. Ellos son:

a) Pérdida de vigencia de las ideologías, de los metarrelatos y de todo interés por lo teórico, por lo ajeno a la utilidad inmediata.

b) Interés por la tecnología y por los comportamientos pragmáticos, sin envolverlos en justificaciones teóricas, en teorías filosóficas. La técnica alivia cada vez más la carga de la vida y le da un agrado mientras dura, aunque el fin último de la vida fuese la nada como piensa el nihilismo actual. En ese sentido, interés por la ciencia en cuanto favorece a la técnica. La ciencia, sin embargo, deja de ser mirada como liberadora del hombre, para convertirse en fuente de productividad y consumo.

c) La realidad para el posmoderno ha dejado de ser un valor de uso cuyo descubrimiento, contemplación y manejo enriquece la vida de los hombres, para convertirse en mero valor de cambio similar al dinero, en algo que vale en la medida que pueda ser cambiado por otra cosa. Los términos valor de uso y valor de cambio son usados por los posmodernos en e1 mismo sentido de Marx. Al respecto, Lyotard, uno de los estudiosos de la posmodernidad, dice: “El antiguo principio de QUE LA adquisición del saber es indisociable de la formación del espíritu, e incluso de la persona, cae y caerá todavía más en desuso… Deja de ser en sí mismo su propio fin, pierde su valor de uso”.

d) En la ética preocupación sólo por la casuística, por resolver en acuerdo al buen sentido o a la opinión mayoritaria cualquier situación concreta, dejando de lado analizar principios o teorías. Se aceptan todas las posiciones sin necesidad de justificarse con rigor racional, y no por respeto al pluralismo, sino porque en cierto modo pareciera que todo da igual y es cuestión de mero agrado o de liberalidad decidirse por esto o lo otro. En otras palabras, no un pluralismo en que cada conducta ética busca justificarse en principios, sino un relativismo cambiante y sin coherencia en la conducta adoptada para las diferentes situaciones; sólo importa lo que es más cómodo en cada una de ellas. Se podría hablar de microéticas, destinadas a resolver sólo el caso individual.

e) Búsqueda primaria de lo hedónico, sin sacrificarse en ahondar las situaciones a la vista y las consecuencias remotas de lo que se hace. Entrega abierta por lo mismo al consumismo en cuanto entretenida fuente del placer sin problemas. En este aspecto el vivir al crédito sustituye la anterior mentalidad moderna de privilegiar el ahorro.

f) Percepción de la realidad en superficie, donde el límite de todo aparece difuminado, sin preocuparse demasiado en precisar áreas de conocimiento, de profundización o de acción. No interesan ya concepciones globales sobre qué es el hombre o el mundo, del tipo de las de Leibniz, Kant, Hegel o Freud.

g) Poco respeto por la vida en sí, la cual ya no se mira como sagrada, sino más bien bajo el aspecto de proporcionar agrados y placeres. La vida humana vale sólo si tiene calidad de ser gozada, pero de ningún modo vale incondicionalmente; de aquí el postulado ético de la calidad de vida defendido por la posmodernidad, que sustituye a la sacralizad de la vida propia de la modernidad y de épocas anteriores. Un investigador de este momento como Singer ha dicho, por ejemplo, que la vida de un cerdo sano es mucho más respetable que la de un niño con enfermedad de Down.

h) La meta de la existencia no es su realización heroica, buena o feliz, sino, como lo afirma el filósofo norteamericano Rorty, su trivialización, su no crear problemas, el dejar transcurrir el tiempo sin mayores preocupaciones.

i)La clásica diferencia sujeto-objeto típica de la modernidad se esfuma, pues no hay ya un .sujeto, el investigador que como observador imparcial estudia su objeto, sino que, sobre todo, en las tecnociencias, lo que correspondería antiguamente al objeto, se vuelve activamente sobre el sujeto, lo modifica y lo cambia. En las técnicas modernas de marcas: ferrocarriles, aviación, el hombre adquiere dominio sobre la naturaleza y la usa a su gusto; en cambio, en las técnicas posmodernas con la aparición de la informática, de la televisión, etc. El supuesto objeto creado se vuelve sobre el sujeto creador y lo influye por dentro recreándolo en cierto modo a su vez. Los progresos de la informática, de la televisión, cambian las conductas, los modos de pensar, los proyectos, sin que en un cierto instante se pueda decir frente a una manera de ver la realidad, cuánto pertenece al hombre y cuánto a las tecnologías, y ello hasta en el modo de concebir al mundo y al hombre mismo ; piénsese, por ejemplo, de la cibernética en el modo de concebir el sistema nervioso y al revés, en la acción de este mismo sistema nerviosos en el modo de concebir la cibernética. En el fondo resulta dificilísimo distinguir en un momento dado quién es sujeto y quien es objeto. De ahí que de acuerdo con Lyotard pudiéramos decir que el sujeto se ha hecho inmanente al objeto, siendo difícil distinguir uno y otro, pues, de repente es el sujeto el que cabalga al objeto y lo maneja, como se ve en los ejemplos citados.

) Con la desaparición del binomio sujeto-objeto típico de la modernidad, que partía de la base de que el objeto de investigación era una realidad con su propia identidad maciza, dicha realidad empieza a volatizarse, a perder sus contornos, a no distinguirse claramente incluso de las realidades creadas por la imaginación que son las propias del arte y la poesía. Antes el arte y la poesía de vanguardia pretendían, por ejemplo, distorsionar al máximo los objetos de la realidad cotidiana, para tener el privilegio de crear al lado de las cosas del mundo estudiadas por la ciencia o utilizadas en la vida diaria, otra realidad, obra de la pura fantasía y que sin embargo, fuera tan recia como la primera para mostrar así su poderío.

Ahora, en cambio, una serie de factores, entre otras, la física cuántica, la sociedad industrial avanzada, la informática, ha llevadota debilitar la antigua macicez de lo objetivo y a disminuir al extremo la distancia entre dicha dicha realidad y la realidad fantaseada, y así a la fantasía le ha sido más fácil impregnarlo todo, constituyéndose ello en una de las caracterizaciones de la posmodernidad; se asiste a sí a una especie de estatización de la vida.

Por otra parte, la realidad que manejaba la modernidad era siempre la más novedosa mostrada en ese momento por las diversas disciplinas científicas y por el estado cultural histórico de occidente, suponiéndose etnocéntricamente, como ya lo dijimos, que esa era la verdad. El siglo XX ha mostrado, sin embargo, la relatividad de las creencias de esa cultura, pues pese a la masificación , de las comunicaciones, las verdades de otras culturas y de los diversos grupos étnicos, incluso en la misma Europa, mostraron una pluralidad de realidades; al mismo tiempo se vio que los mundos culturales europeos eran diversos en sus diferentes épocas y con su propio contenido, todos ellos igualmente verdaderos y reales.

De ahí que el arte posmoderno, a diferencia del arte moderno y de todos los anteriores, tenga hoy como características para validarse estéticamente el mostrar en lo íntimo un pluralismo histórico, es decir, algo que al verlo ponga en contacto el espíritu del observador con las diversas realidades que han construido los hombres a través del tiempo. De este modo la pintura, y sobre todo la arquitectura, procuran ahora reconstruir una verdad historizada plural de lo real y no monolítica como pretendían los clásicos y los vanguardistas fuesen cubistas, dadaístas o surrealistas. Donde esto es muy notorio es en la arquitectura posmoderna en la cual se privilegia lo estético sobre lo funcional y se mezclan en un mismo edificio estilos diversos tanto de épocas pasada como contemporáneas, historizándolas así a fondo, mostrando lo relativo de la verdad de esos estilos o también que en cada uno de ellos , clásico, gótico, barroco, moderno se expresó una recia concepción del mundo que no es reemplazable y menos superada por la otra.

En la poesía, dos grandes poetas, Ezra Pound y TS Elliot incluyen en sus poemas versos de poetas de distintas épocas y culturas: Pound supone que lo escrito por un poeta en otras épocas, hoy no se podría escribir mejor y en consecuencia incluía en sus poemas voces como las de Homero, Dante, los trovadores medievales, junto a la suya propia; hay en el fondo decía, contemporaneidad de todas las edades y la obra de arte puede encontrar un lenguaje común en altura con el de sus predecesores siempre que los presente simultáneamente. No se trata aquí de una mera intertextualidad –recurso usado con cierta influencia por los poetas- , sino de un romper con la creencia de que lo actual agrega siempre calidad a lo precedente.

Penderecki ha dicho que usamos viejas formas para crear nueva música. Picasso, vanguardista por excelencia, que cambió muchas veces sus propios mundos artísticos, es sin embargo una transición a la posmodernidad cuando afirma “que el arte no evoluciona, se traslada, el arte no va siendo, es, , el arte egipcio es tan nuevo hoy como ayer”. La Posmodernidad procura mostrar así que el ser se puede configurar de infinitas maneras a través del tiempo, no pudiendo la nueva configuración sustituir a la anterior, pues la anterior puede ser tan perfecta o valiosa como ella. La posmodernidad es un movimiento surgido al azar espontáneamente y en ningún caso venido de grandes teóricos como los propulsores de la modernidad a los que ya hicimos referencia. Las obras de pensadores que se ocupan de la modernidad tratan de definirla, interpretarla, diferenciarla, pero no son propulsores, tampoco sus creadores. Los intentos de algunos de derivarla de la filosofía de Nietzsche, de Heidegger y de Wittgenstein, son muy discutibles. Los posmodernos no andan tras la trascendencia espiritual, la comunión con la naturaleza o la búsqueda del reino milenario como los hippies que eran todavía modernos, sino deambulan por las superficies, sin interés esforzado por encontrar ideas globales recias respecto del destino último, ni siquiera el de ellos mismos. Una frase popular que se ha hecho clásica entre nosotros da una idea bastante aproximada de lo que pudiera ser lo posmoderno: “No estoy ahí con nada; no pesco nada, nada me toca, ¡no estoy ni ahí!.

Problemas bioéticos como el uso de tejidos de embriones, la fertilización asistida, la manipulación del genoma humano, su clonación y el hecho que ello ocurra, no provocan una necesidad de definirse ante el destino del hombre, sino más bien, desengañan sobre la dignidad del hombre defendida antes por la modernidad, pues ahora todo es posible, desde luego crear hombres a repetición en cualquier laboratorio; Ya no hay líneas demarcatorias entre el bien y el mal, y las decisiones se toman en acuerdo a lo que conviene; así lo sagrado de la vida humana no aparece por ninguna parte, y en ese sentido tres siglos de denodados esfuerzos filosóficos, científicos y artísticos por descubrir los tesoros íntimos de la razón y la libertad, según los posmodernos, de hecho no han conducido a nada. Aun más el hombre, como lo muestra el aborto, el comercio de embriones y el convertir el cuerpo en mera fuente de órganos para trasplantes, se vuelve un producto de desecho como cualquier otro. De ahí deriva casi naturalmente el que no valga la pena esfuerzo alguno por conquistar nada difícil, por vivir con altura, por sufrir por nada, resumida en la frase ya citada: “no estoy ni ahí”. No se trata de un tedio aperplejante ante la existencia, como el de Baudelaire, uno de los propulsores de la era moderna, o de un pesimismo como el de Leopardi y Schopenhauer, que era un contrapunto a fondo en la modernidad en auge, sino un simple desengaño respecto de todo el hombre, hombre cuya naturaleza no valdría la pena profundizar.

De dicho desengaño viene el mirar con gran recelo el etnocentrismo cultural occidental y encontrar al revés que todas las culturas son igualmente valiosas y que de todas se puede aprender, como ya lo dijimos.

Queda a la vista que siendo lo posmoderno una especie de estado de alma, un desencanto con la modernidad, y no una doctrina filosófica, una ideología, un metarrelato, lo único que no puede desengañar a esa alma es el placer sexual, pues se muestra con una evidencia inmediata y no ata a ningún esfuerzo; incluso para dejarlo en estado puro se le desliga del afecto y del amor, que no son con cierta frecuencia sentimientos absolutamente perdurables y pueden conducir a nuevos desengaños, de este modo, para usar la denominación de Lipovestky, se convierte, al igual que las comidas de los restoranes, en un “sexo a la carta”. Como el sexo resulta más esplendoroso cuanto más joven y bello es el cuerpo —en lo cual se coincide curiosamente con la modernidad—, se hace preciso esmerarse en su cuidado; un cuerpo joven y hermoso en cuanto fuente irreemplazable de placeres, proporciona una autoestima, no dada por ningún bien espiritual.

Ahora, siendo el placer sexual lo que en medio de una atmósfera nihilista le da cierta consistencia y atractivo a la vida dentro de su brevedad antes de hundirse en la nada, privar a alguien de éste, resulta una discriminación suma, igual o peor quizás, que la discriminación de razas; por eso, propio de algo posmoderno es dar igualdad de derechos a homosexuales y lesbianas para contraer matrimonio si eso les apetece y aun más para adoptar hijos, si ello les colma lo placentero de la vida. Similares derechos deben tener los travestís y cuantos desean acomodar su sexo a la satisfacción completa de sus aspiraciones. De ahí la necesidad de no considerar trastorno patológico a la homosexualidad, de ver en su antigua ubicación entre las anormalidades un mero prejuicio sociológico, pues vista la relación homosexual como un puro placer, no hay mayor diferencia con la heterosexual, que también es mirada como un puro placer. Esta pérdida de las calidades que individualizan la realidad, en este caso, lo propio y diferente de lo homo y de lo heterosexual, se llega al extremo de que las nuevas Clasificaciones Americanas de las Enfermedades Mentales, conocidas como DSM III y DSM IIIR, consideren normal la homosexualidad, pues ahí se cumple con su ordenación al placer. Esta tendencia a borrar lo individual propio de cada realidad, es por lo demás, la tendencia de ésta y otras clasificaciones siquiátricas actuales, en las cuales se coge lo genérico, lo más común de los síntomas, sin acotarlo con la peculiaridad con que se dan en un cuadro patológico especifico. En ello se adaptan, no a lo exigido en rigor por la ciencia y la clínica, sino a esa alma propia de la posmodernidad de abarcar las situaciones, los hechos, las realidades, en superficie, y no con la profundidad exigida por una verdadera ciencia.

A propósito del placer como delimitador de una auténtica realidad, es útil recordar que él es visto por el posmodernismo como un fin no exigido de mayor explicación, pues cualquiera lo vive de inmediato y es su testigo; en cambio, el placer en la época moderna, incluso en Freíd, era visto como un astuto medio puesto por la naturaleza para incitar a la acción y así realizar a cabalidad la esencia e incluso la individualidad de cada ser. Se trata pues de un hedonismo que no tiene mucha similitud con el de edades anteriores; es tal hedonismo posmoderno el que propicia la venta libre de drogas, argumentando que no hay motivos para privar de un placer y aún más, que es la prohibición la originarte de consumos excesivos perniciosos, pues toda prohibición provoca atracción desmedida sobre lo prohibido. Quizás si lo posmoderno cupiese resumirlo en la célebre frase de Marx recordada por Marsa Barman, pero que según Barman hubiese aterrorizado a los modernos, celosos de que un azar disolviera lo ya conseguido a través de! gran poder del hombre; la frase de Marx dice: “Todo lo sólido se desvanece en el aire”, y a nosotros nos parece que refleja, sin embargo, la visión posmoderna; a dicha frase agregaríamos para ser más explícitos: “la verdad, el bien y la belleza no significan nada si no son de inmediato placenteros; lo estético prima siempre sobre lo ético; el supuesto fondo profundo de lo real no interesa”.

Frente a tal desencanto con lo moderno, modernidad que a juicio de May Beber ya habría desencantado a su vez a toda la historia previa, ¿qué urge hacer?

Los descubrimientos físicos y biológicos del siglo XX han puesto un poder inimaginable en manos del hombre, encontrándolo casi sin recursos éticos para manejarlos. La modernidad ya había llegado a la insólita conclusión de que las decisiones dependen de los valores de cada uno, y éstos para la mayoría de los autores son subjetivos y hasta meras emociones, como afirmaba Wittgenstein. Pero hoy ni siquiera se habla, como en la época de Kant, de autonomía ética que la voluntad humana descubre en el fondo de si, y cuyo ideal de conducta es la misma para todos, sino de valores con vigencia sólo para la propia persona y, por lo tanto, en extremo relativos. De ahí que el final del siglo, al pasar de la modernidad a la posmodernidad, nos encuentre con un vigoroso desarrollo de la ciencia y de la técnica con la posibilidad de hacer del hombre lo que se quiera a través del manejo del genoma, y sin embargo, con una escuálida presencia de la ética, en circunstancias de que sin una ética a la altura de la ciencia, el hombre corre el serio riesgo de trivializarse y perecer. Por eso, personalidades notables afirman que este último decenio del siglo, o es el de la resurrección de la ética, o el hombre se convierte siguiendo a la posmodernidad, en algo arrinconado en su mera superficie, pero sin identidad. La ética es el fondo dinámico de la conciencia, su último fundamento; por esta causa, alcanzar una imagen auténtica del hombre equivale a reconstruir su imagen ética. Esta es la dignificación de sí y del otro, lo que lleva a cada hombre a realizarse libremente a lo largo de la existencia ayudado por todos los demás hombres. Esto para que no sea un mero deseo, sino una realidad, exige trascender a las almas ajenas, ver lo conveniente para uno y para ellas; sin embargo, una cosa en que coinciden modernidad y posmodernidad, es en la creencia casi supersticiosa de que el hombre vive en la inmanencia, encerrado dentro de sí, incapacitado por si mismo de trascender a los otros y menos a posibles seres superiores como Dios. El hombre no podría vislumbrar nada más allá de sus propios límite, idea que comienza con Descartes. La ética tiene que esforzarse entonces por liberar al hombre de las pesadas responsabilidades que le puso la modernidad y de la volatilización en que lo tiene la posmodernidad. Es preciso construir una imagen humana más consistente y cercana a su realidad, rescatando además y llevando adelante todo lo de positivo y creador que en todos los órdenes han tenido la modernidad y la posmodernidad; ese es el legado tremendamente urgente que el siglo XX deja a la concepción del hombre, el legado que nos deja a nosotros y, en especial, a los médicos, pues la medicina fue siempre la guardiana de una existencia digna.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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