Breve historia política de la era moderna

Por: Hernán Montecinos (compilador)

Liberalismo, Socialismo, Socialdemocracia, Fascismo, Neoliberalismo

En la vida, es difícil alcanzar todo lo que se ambiciona. Los grandes proyectos, aunque se ponga empeño en ello, suelen cristalizar muy por debajo de las expectativas previstas. Miles de obstáculos destrozan planes y ambiciones resultando, muchas veces, insuficiente la capacidad personal para conseguir las altas cumbres que se pensaba escalar fácilmente. El fracaso de sus esperanzas es el drama diario del hombre moderno. Nos sucede a todos. Para minimizar o mitigar infelicidades y frustraciones de deseos incumplidos, han surgido las teorías políticas: Liberalismo, socialismo, fascismo, socialdemocracia y, más recientemente, el neoliberalismo, son los referentes políticos en modalidades y faces distintas los que han regulado los destinos de hombres y sociedades modernas.

LIBERALISMO

Ya antes de la Ilustración, en los albores mismos del Renacimiento, encontramos las primeras nutrientes del liberalismo. Ello, puesto que, la importancia capital del Renacimiento, en la historia de las ideas y la cultura occidental, no radica tanto en las formidables expresiones artísticas que produjo, sino en la revolución copernicana que tuvo lugar, en lo referente a transformar el orden axiológico (valores) que estructuraba el mundo medieval.

Como se sabe, la sociedad medieval era eminentemente vertical en su estructuración estamental, en donde el centro de todo era la figura del Dios todopoderoso. El Renacimiento logra establecer un nuevo centro en el mundo: “el hombre”, que progresivamente se irá convirtiendo en la medida de todas las cosas, idea que recogerán prontamente los filósofos del liberalismo en sus más diversas expresiones. En este contexto, tenemos que concordar que el liberalismo no ha sido una doctrina que haya surgido como fruto de una mente diabólica, dispuesta a establecer entre los hombres grandes diferencias e injusticias entre sí. A decir verdad, su origen responde a razonamientos más amplios y profundos.

Para que el liberalismo surgiera como doctrina deben desarrollarse varias ideas y tener lugar una serie de hechos en las más distintas esferas. Alcanza su momento cenital en el siglo XIX con la Revolución Industrial, fenómeno técnico por excelencia que constituye un marco propicio para que el individualismo se afirmara como una auténtica ideología de masas, encontrando su estado máximo de cristalización teórica, en el pensamiento filosófico y económico de Adam Smith y David Ricardo, entre otros.

En su origen, podemos definir el liberalismo, como aquella doctrina que expresa una visión global del hombre y del mundo a partir de la absoluta e incondicional libertad del individuo. Por tal, es un sistema que presenta una apariencia muy seductora, puesto que, nada puede aparecer como más noble y justo cuando se exalta la libertad. Sin embargo, junto con ello, prontamente asoma su mayor peligro: abrir los apetitos y voracidad de los grupos poseedores, lo que deriva inevitablemente a la explotación de los más débiles y el darwinismo social.

Tenemos, entonces, que la libertad es el centro del liberalismo, opuesto a todo tipo de coerción. Sin embargo, esta libertad sin coerción, no implica la ausencia de leyes. Al contrario se sustenta en el imperio de la Ley: el Estado de Derecho. Un Estado de Derecho que plantea claramente las reglas del juego para todos los ciudadanos. Al valorar el ejercicio de la libertad individual como condición insustituible para lograr mayores niveles de progreso, no aceptan que para alcanzar el desarrollo haya que sacrificar las libertades. El derecho a la propiedad privada queda sindicada como la libertad fundamental de todas.

Más allá de poner la libertad como centro, el liberalismo plantea varias otras premisas básicas: el Estado concebido para el individuo y no a la inversa. La responsabilidad individual; no puede haber libertad sin responsabilidad. Los individuos son (o deben ser) responsables de sus actos, y deben tener en cuenta las consecuencias de sus decisiones. Precisamente, para regular los derechos y deberes del individuo, los liberales creen en una sociedad regulada por leyes neutrales que no den ventaja a persona, partido o grupo alguno evitando los privilegios. Para ello, la sociedad debe controlar las actividades de los gobiernos y el funcionamiento de las instituciones propias del Estado.

Ahora bien, el modo de entender la política y la economía de los liberales radica en no señalar de antemano hacia dónde queremos que marche la sociedad, sino en construir las instituciones adecuadas y liberar las fuerzas creativas de los grupos e individuos para que estos decidan espontáneamente el curso de la historia. No tienen un plan para diseñar el destino de la sociedad. Les parece peligroso que otros tengan esos planes y se arroguen el derecho de decidir el camino que todos debemos seguir.

Es una teoría que se interesa exclusivamente por la actividad terrenal del hombre. Procura, en última instancia, el progreso externo, el bienestar material y no se ocupa directamente de sus necesidades espirituales. Promete al hombre la satisfacción de aquellos deseos que, a través del mundo externo, cabe atender. Mucho se les ha criticado esa actitud puramente externa y materialista, puesto que el hombre no sólo vive para comer y beber. Hay necesidades humanas por encima de tener casa, ropa y comida. Su gran fallo –se dice- es su despreocupación por las más nobles y profundas aspiraciones humanas. Sin embargo, en lo teórico, no es que el liberalismo desprecie lo espiritual y, por eso, concentre su atención en el bienestar material de los pueblos. A decir verdad sus aspiraciones son mucho más modestas; sólo aspira a procurar a los hombres las condiciones externas para el desarrollo de su vida interior.

Ahora bien, desde su origen se presenta como una doctrina, en la cual, vamos a poder distinguir tres esferas constitutivas principales: el liberalismo filosófico, el político y el económico. Sin perjuicio, de que tanto el liberalismo filosófico, como el político y el económico tienen como principal fundamento el principio de la libertad, cada una de estas esferas presentan, a su vez, elementos constitutivos y fundamentos que le son propios a cada una de ellas.

Liberalismo filosófico

Ya en las ideas de Bernardo de Mandeville se pueden encontrar las bases de lo que será más tarde el liberalismo, cuando entusiasmado con los egoísmos y los vicios de los individuos, considera a éstos como la fuente única e inagotable del bienestar colectivo y del progreso de la sociedad. Ni la intrínseca sociabilidad del hombres, ni el sentido benévolo que le es connatural, ni las virtudes reales que es capaz de adquirir con la razón y la abnegación, son el fundamento de la sociedad, sino que lo que llamamos mal en este mundo es el gran principio que nos hacen criaturas sociables, la vida y el sostén de todos los negocios y empleos sin excepción. La tendencia al lujo aumenta el consumo y, por tanto, aumenta el comercio, la industria y todas las actividades humanas.

Ciertamente, más tarde, ni Adam Smith ni David Ricardo, recurren a fundamentos tan impúdicos para hacer justificación en sus teorías del fundamento liberal en sentido estricto. En “La riqueza de las naciones”, Adam Smith parte del principio filosófico naturalista de la infalibilidad del orden establecido, infiriendo un orden natural que garantiza la coincidencia del interés particular con el interés colectivo. Afirma, que el esfuerzo natural de cada individuo para mejorar su situación, es el único principio capaz de crear una sociedad rica y próspera.

A partir de estas ideas, la filosofía liberal-iluminista logró realizar una de las transformaciones más fundamentales. El concepto de igualdad pasa del más allá al más acá, contraponiéndose concretamente a la estructura de dominación heredada de la sociedad tradicional. La igualdad se transforma en bandera de lucha política concibiéndola a partir del hombre en sociedad. En este plano, igualdad significa reconocimiento mutuo, reciprocidad. Es poder ser lo que uno es y, por lo tanto, coincide con la libertad.
En el orden de la naturaleza el hombre tiene una libertad espontánea y como es ilimitada, lleva intrínseco el derecho del más fuerte, derivando de ello una sociedad de coacción que se basa en la desigualdad. En la sociedad de coacción, se produce espontáneamente la lucha de todos contra todos, en la cual, sólo algunos se imponen sobre los otros. En esta condición, el estado de la naturaleza conduce inexorablemente a los estados de esclavitud. Para salvar aquello el pensamiento liberal reemplaza la fuerza de la sociedad de coacción, por la sociedad del mutuo acuerdo.

En otro plano, el Racionalismo es la fuente primaria de sus ideas filosóficas. En tal caso, la razón humana es el único fundamento de la libertad y de la moral. Por eso, no hay más verdad que la que ella conoce por sí misma ; no hay más moralidad que la que cada una se dicta. Por lo mismo, la razón es la única legisladora también para la sociedad. E. Kant dirá en la “Crítica de la razón práctica”: “Obra de tal manera que veas a tu voluntad como legisladora universal”.
También, el utilitarismo ético brindó elementos de base al liberalismo filosófico. Con J. Bentham lleva a su máxima expresión la racionalización del egoísmo individual y hedonista. Para este filósofo y jurista inglés, el único motivo de la conducta humana es el egoísmo moldeado por la sociedad. De esta manera, el fin de la sociedad, es la felicidad del mayor número de egoísmos yuxtapuestos, porque cada uno debe buscar la felicidad de los demás, ya que sólo así tiene asegurada la propia.

Se dice que los liberales pretenden ordenarlo todo de un modo lógico, olvidando los sentimientos y las irracionalidades. No niega, desde luego, que las gentes proceden, a veces, de modo irracional. Si los hombres actuaran siempre racionalmente, resultaría superfluo el exhortarles a proceder de acuerdo con los dictados de la razón. Desde luego, el liberal no dice que el hombre sólo se mueva por la inteligencia; lo que asegura es que a los hombres, en aras de su interés bien entendido, les conviene actuar de modo racional. El liberalismo sólo aspira a que se le conceda la misma preeminencia a la razón en la política social que en todas las demás esferas de la acción humana. Indudablemente, nuestra capacidad de comprensión es harto limitada. Jamás llegaremos a develar los secretos últimos y más profundos del universo. Pero el que no consigamos desentrañar la razón de nuestra existencia, en nada impide recurrir a los medios más adecuados para conseguir alimentos o ropa. Debemos, pues, por la misma razón, organizar la sociedad de acuerdo con las normas más efectivas para alcanzar nuestros fines. El raciocinio confiere condición humana al hombre; es lo que le diferencia y eleva por encima de las bestias. ¿Qué motivo hay para que, en el terreno del ordenamiento social, hayamos de renunciar al arma de la lógica, apelando, en cambio, a vagos y confusos sentimientos?

Liberalismo político

La base del liberalismo político postula como idea central que el pueblo es la raíz de todo derecho y autoridad. Ello supone aceptar la afirmación de Hobbes (pacto social) o de Rousseau (contrato social), en lo concerniente al origen de la sociedad. La base de la sociedad política, entonces, es la del contrato o pacto, hecho que supone la existencia de una comunidad ético-política en la que cada individuo obedece, no a una voluntad extraña, ya no a algo sobrenatural o a algún despotismo, sino a una voluntad general que reconoce como propia. Y este contrato surge como necesidad natural, en tanto cuanto los individuos no se sientan capaces de vencer las fuerzas que se oponen a su conservación.

Este pacto, no choca o se contradice con la libertad de cada cual, al contrario, ésta se asegura y se afianza con el aval de todos los demás. Porque la cláusula fundamental de este pacto, si bien, radica en la enajenación total de los derechos de cada asociado, a favor de la comunidad, a cambio, cada contrayente recibe la nueva cualidad de miembro o parte indivisible del todo, naciendo así un cuerpo moral y colectivo, compuesto de tantos miembros cuantos votos tiene la comunidad. Con ello, el individuo no pierde su libertad política ni su libertad individual, porque uniéndose con todos, no obedece más que a si mismo permaneciendo, por tanto, libre como antes.

De este modo la sociedad surge de la intrínseca sociabilidad del hombre. Las ideologías democráticas del siglo XIX tuvieron frecuentemente su origen y justificación en esta concepción filosófico-política. Pero, el rasgo político más fundamental, es que estos principios, dieron origen a un sistema político que supone entre otras cosas: Una Carta Magna (Constitución), la División de Poderes; la elección del gobernante por el pueblo y el control popular de su gestión. Son instituciones que se cristalizan en el llamado Estado liberal burgués, pero tienen un valor intrínseco que lo trascienden.

Con todos estos rasgos, la sociedad política conoce, por lo tanto, solamente diferencia de opiniones y no contradicciones reales. Sólo necesita individuos racionales, bien educados que puedan decidir las conveniencias de las decisiones políticas. La típica decisión política se toma según normas de conveniencia, por ejemplo, la ley de matrimonio, del aborto, de compra y venta, etc. El parlamento también pasa a ser parlamento de diferencia de opiniones, donde se discute y se busca convencer al otro. Un análisis de contradicciones no puede existir.

En sus efectos prácticos, el liberalismo político -al contrario de lo que tiende a creerse-, no valora la vida política al apreciarla como una asociación meramente instrumental negando, en los hechos, la esencial importancia de la participación ciudadana en la vida pública. Suele pensarse que el liberalismo se distingue de otras tendencias políticas en que procura beneficiar a determinada clase, la constituida por los poseedores, los capitalistas y los grandes empresarios, en perjuicio del resto de la población. Si bien es cierto esa suposición en la práctica parece ser correcta, en su propósito teórico propiamente tal, dicha suposición aparece, según los liberales, como errónea. El liberalismo ha pugnado siempre por el bien de todos. Tal es el objetivo que los utilitaristas ingleses pretendían describir con su slogan «la máxima felicidad, para el mayor número posible». Tenemos que conceder entonces el hecho que, desde un punto de vista histórico, el liberalismo fue el primer movimiento político que quiso promover no el bienestar de grupos específicos sino el general. Difiere el liberalismo del socialismo -que igualmente proclama su deseo de beneficiar a todos- no en el objetivo perseguido, sino en los medios empleados.

Los liberales creen que el gobierno debe ser reducido, porque la experiencia les ha enseñado que las burocracias estatales tienden a crecer parasitariamente, fomentan el clientelismo político, suelen abusar de los poderes que les confieren, y malgastan los recursos de la sociedad. La historia demuestra que a mayor Estado, mayor corrupción y dispendio. Pero el hecho de que un gobierno sea reducido no quiere decir que debe ser débil. Debe ser fuerte para hacer cumplir la ley, para mantener la paz y la concordia entre los ciudadanos, para proteger la nación de amenazas exteriores y para garantizar que todos los ciudadanos aptos dispongan de un mínimo de recursos que les permitan competir en la sociedad.

Piensan que, en la práctica, los gobiernos real y desgraciadamente no suelen representar los intereses de toda la sociedad, sino suelen privilegiar a los electores que los llevan al poder o a determinados grupos de presión. Los liberales, en cierta forma, sospechan de las intenciones de la clase política, y no se hacen demasiadas ilusiones con relación a la eficiencia de los gobiernos. De ahí que el liberalismo debe erigirse siempre en un permanente cuestionador de las tareas de los servidores públicos, y de ahí que no pueda evitar ver con cierto escepticismo esa función de redistribuidores de la renta, equiparadores de injusticias o motores de la economía que algunos les asignan.

Como regla general, los liberales prefieren que la oferta de bienes y servicios descanse en los esfuerzos de la sociedad civil y se canalice por vías privadas y no por medio de gobiernos derrochadores e incompetentes que no sufren las consecuencias de la frecuente irresponsabilidad de los burócratas o de los políticos electos menos cuidadosos. En última instancia, no hay ninguna razón especial que justifique que los gobiernos necesariamente se dediquen a tareas como las de transportar personas por las carreteras, limpiar las calles o vacunar contra el tifus. Todo eso hay que hacerlo bien y al menor costo posible, pero seguramente ese tipo de trabajo se desarrolla con mucha más eficiencia dentro del sector privado. Cuando los liberales defienden la primacía de la propiedad privada no lo hacen por codicia, sino por la convicción de que es infinitamente mejor para los individuos y para el conjunto de la sociedad.

Liberalismo económico

En el campo económico, para la ideología liberal, los controles diversos que imponía la sociedad medieval a la economía, constituían un corsé institucional que no favorecía el progreso.

Corresponde, por tanto, un nuevo concepto que pudiera romper los esquemas rígidos de la economía medieval. Los teóricos liberales partieron del supuesto que el orden económico estaba regido por leyes tan rígidas y determinísticas como las que regían el mundo físico. De allí, que la gran preocupación del economista liberal será la de descubrir las leyes económicas para adaptarse a las mismas. La principal de éstas es la de la “oferta y la demanda”, destinada a regular los precios y los salarios, supuestamente, sin el menor error. Así, como extraña paradoja, se parte de la libertad para llegar a un determinismo sin alternativas en lo económico.

Para que este liberalismo económico pudiera tener su plena expresión, requería necesariamente la libertad del individuo. Por eso, junto con exaltar la libertad individual y concebir a la sociedad como una suma de unidades yuxtapuestas que logran por si mismas el Bien Común, la función del Estado debe quedar reducida al mínimo.

Esta doctrina reserva al Estado la función de vigía para que nadie atente contra la libertad de los demás y pueda darse el juego espontáneo de las libertades individuales. La misión básica del Estado, en tanto, se remite a defender y proteger la propiedad privada. Solo podrá intervenir como recaudador de impuestos subordinado a las necesidades de los gastos públicos.

Pero, como extraña paradoja, en los fundamentos mismos del liberalismos se encuentren todos los presupuestos para que en nombre de la libertad se esclavice; en nombre de la igualdad se sumerga en la miseria a grandes sectores de la humanidad; en nombre del progreso regiones enteras se hagan más dependientes, y mientras naciones privilegiadas alcanzan el status de desarrollados, una inmensa mayoría queda en condiciones de subdesarrollados.

De este modo, entre las doctrinas económico-sociales que más han marcado la historia de los dos últimos siglos, el liberalismo y su realización histórica, el capitalismo, ocupan un lugar tristemente privilegiado. Y no podría ser de otro modo cuando por su exacerbado individualismo y egoísmo y los fundamentos que lo inspiran, los derechos económicos y sociales que de él derivan son negados para la inmensa mayoría de la población del mundo. Lo dicho, por cuanto gran parte de los graves problemas sociales que la humanidad enfrenta -desde comienzos del siglo XIX hasta nuestros días-, reconocen como causa principal a la ética individualista racionalizada sistemáticamente por el liberalismo, y a la maximización del espíritu de lucro, llevado como categoría suprema del quehacer económico por el capitalismo.

Al amparo del egoísmo personal como reacción frente al inmovilismo medieval y en el centro cultural de un antropocentrismo creciente, el liberalismo demora casi cuatro siglos en formarse. Y a pesar de haber enfrentado varias crisis, su espíritu y diversas estructuras económicas y sociales que ha engendrado a través del capitalismo, demuestran su gran capacidad de adaptación y autoregeneración.

Por todo ello, el liberalismo posee una enorme dosis de filtrabilidad sociocultural. Sus valores fácilmente penetran por todas partes y marcan la manera de ser y de pensar en las sociedades del mundo. Es por ello que vivimos en el clima cultural y ético que él ha formado. De allí, también la dificultad para desenmascararlo. Sus máximas: “los negocios son negocios”, “siempre habrá pobres y ricos”, “lo importante es ganar”, etc., permean las sensibilidades morales más estoicas. Constituyen principios llenos de inhumanidad, sin embargo, son las máximas rectoras para la mayoría de nuestros contemporáneos.

No obstante, hay que distinguir el liberalismo filosófico del económico. Son diferentes, en tanto el primero, contribuyó de un modo decisivo al establecimiento de los DDHH en su categoría de derechos civiles y políticos y, el último, fue y sigue siendo un elemento doctrinario de la crisis, al negar derechos económicos y sociales para gran parte de la población del mundo.

Así, en la medida que el sentido y alcance de las ideas sean un factor de crisis o inestabilidad en los DDHH, el liberalismo económico sigue siendo un elemento de esa crisis o de esa inestabilidad. Podemos concluir, a la luz de sus propios resultados, que la historia del liberalismo económico ha sido una historia dramática de omisiones, olvidos y distracciones. El desprestigio fundado que pesa sobre el liberalismo, confundido con su forma más defectuosa -el liberalismo económico-, es un inmenso trágico ejemplo de eso. Y lo grave es que parece que no hubiera sensibilidad para captarlo.

Porque resulta un hecho de la historia, que el sistema económico y social nacido del liberalismo que orienta la economía exclusivamente en función del beneficio privado, no es la perfección, no es la justicia, ni modo de garantizar en plenitud la distribución de la riqueza social, ni las conquistas de nuestros fundamentales derechos, puesto que, todavía es la esencia de lo que divide a los hombres en clases irreductiblemente opuestas y, más que eso aún, a las naciones en ricas y pobres. Sin embargo, desde el origen de sus fundamentos más primarios el liberalismo empezará a exhibir innumerables contradicciones. Ello no puede resultar extraño, desde el momento que muchos de sus principios básicos provienen de la Ilustración. En esta relación, como es sabido, la Ilustración sólo alcanza a ver al hombre como una naturaleza abstracta desposeída de peripecias y vaivenes que lo determinen en su final condición.

El capitalismo

Se designa con el nombre de “capitalismo”, a la realización histórica de los principios liberales anteriormente expuestos. De por si, el término no va a coincidir necesariamente en forma extricta con el liberalismo. Porque existe un capitalismo instrumental válido -como el ahorro y la inversión- en cualquier sistema social. Cuando se habla hoy de capitalismo se entiende aquel sistema social que, animado por los principios liberales coloca al capital y al lucro -no al hombre y al trabajo- como pilares básicos de la organización económica.

Se trata, por tanto, del capitalismo liberal del cual es propio hablar por tratarse del sistema dominante en gran parte de la humanidad. Los elementos esenciales que identifican el capitalismo podríamos resumirlo en lo siguiente:

– Concentración de capitales. Cuando el mundo entró en la vorágine de la acumulación de bienes, los capitales adquirieron especial relevancia. Sin duda, no hay capitalismo sin concentración de capitales; pero, no toda concentración de capitales es capitalista, porque ningún sistema económico puede funcionar hoy sin capitales. Entonces, lo que diferencia a los sistemas será el sentido que se de a los capitales.

– Propiedad privada e iniciativa individual en la economía. Esto también es un rasgo característico del capitalismo. Sin embargo, no es exclusivo del mismo, a no ser que se trate de un sistema de propiedad privada absoluta e incondicionada, y de una iniciativa individual que reduzca al Estado a ser el mero guardián de los poseedores.

– Separación entre el capital y el trabajo. Esta es otra de las notas concomitantes al capitalismo, sin ser especificante. En efecto, tal separación -y el consiguiente sistema de salarios- se da también en el capitalismo de Estado u otras variables o modalidades.

– Primacía del espíritu de lucro. Encontramos aquí, finalmente, la característica esencial del capitalismo liberal. En efecto, los elementos precedentes motivados y amalgamados por la maximización del lucro, se hacen constitutivos del liberalismo capitalista. De esta manera podremos definir a esta forma capitalista como el espíritu de máximo lucro convertido en sistema económico.

De los rasgos más esenciales que identifican al capitalismo, podemos inferir, entonces, que éste, en los hechos, distorsiona la esencia misma de lo que debe ser en si la actividad económica. Porque si consideramos el fin de la economía como el logro de la satisfacción de las necesidades materiales (y aún, de las espirituales), el lucro, debe subordinarse a ello. Si tal relación no se da, la vida económica se convierte así en una lucha selvática, donde vencen los más fuertes (darwinismo social).

Otro de sus efectos más nefastos lo encontramos en la competencia despiadada que transforma la vida económica en una jungla, donde reina la lucha por la vida con todas las consecuencias propias de un darwinismo económico, en el que vencen y sobreviven sólo lo más fuertes.

Desemboca, además, en la usurpación del poder político por los que detentan el dinero. Porque la acumulación de riqueza y de poder origina, a su vez, en primer lugar, una lucha por la hegemonía económica; se entabla luego un rudo combate para adueñarse del poder público, para poder abusar de su influencia y autoridad en los conflictos económicos.

Sin perjuicio de otros efectos tantos o más gravitantes, el capitalismo desemboca finalmente en la separación de los instrumento de trabajo de los trabajadores. Sus consecuencias más inmediatas e intolerables lo constituye la formación de un proletariado sin reservas, esperanzas y cultura; con ello creó la situación más propicia para la lucha de clases que, aunque no concebida como idea original, resulta uno de los rasgos permanentes del sistema.

Aún así, sería falso negar los inmensos progresos realizados en los dos últimos siglos por el capitalismo liberal (liberalismo económico). Incluso, este es un hecho reconocido por los propios fundadores de la doctrina marxista cuando leemos en el “Manifiesto Comunista”, de Marx y Engels, lo siguiente: “La burguesía ha sido la primera en demostrar cuánto puede la actividad humana. Ella creó maravillas mucho mayores que las pirámides de Egipto., los acueductos romanos y las catedrales góticas…”

Sin embargo, no por ello el capitalismo puede dejar de merecer nuestro juicio más severo, no por las cosas materiales que ha producido, sino por el precio humano de las mismas y sus consecuencias sociales. Sin duda, esto último representa la mayor debilidad del capitalismo, y ello es lo que ha engendrado las grandes luchas del presente siglo.

Conclusiones

Sin embargo, el liberalismo en su sentido más puro, de acuerdo a sus fundamentaciones teóricas más proclamadas que le dieron origen, nunca ha podido ser aplicado íntegramente en ninguna parte del mundo. Sus defensores no consiguieron que sus ideas fueran aceptadas en su totalidad ni siquiera en la Gran Bretaña, en el país liberal por excelencia. El resto del mundo aceptó tan sólo algunas partes, rechazando desde un principio otras no menos importantes o abandonándolas al poco de su implantación. Exageraría quien dijera que el mundo llegó a conocer una verdadera era liberal, pues el liberalismo nunca pudo funcionar a plenitud.

Con todo, aunque su predominio fue breve e incompleto, el liberalismo logró transformar la faz de la tierra. Produjo un desarrollo económico sin precedentes en la historia del hombre. Al liberar las fuerzas productivas, los medios de subsistencia se multiplicaron como por encanto. Cuando empezó la primera guerra mundial (consecuencia ella misma de larga y áspera oposición a los principios liberales), la inmensa mayoría gozaba de un nivel de vida incomparablemente superior. La prosperidad engendrada por el liberalismo redujo drásticamente el azote de la mortalidad infantil y elevó sustancialmente el promedio de vida.
Tal prosperidad en modo alguno benefició exclusivamente a una clase específica de privilegiados. Muy por el contrario, en vísperas de la primera guerra mundial, el obrero europeo, el americano y el de los dominios británicos vivía mejor y más confortablemente que los aristócratas de épocas muy cercanas. Comía y bebía lo que quería; podía dar buena instrucción a sus hijos; podía, si quería, tomar parte en la vida intelectual y cultural de su país y, de poseer la energía y el talento necesarios, no le resultaba difícil ascender y mejorar su status social. En las naciones donde más influencia había alcanzado la filosofía liberal, la cúspide de la pirámide social se hallaba generalmente ocupada por personas que, sabiendo aprovechar las circunstancias, consiguieron ascender a los puestos más envidiados gracias a su esfuerzo personal. Desaparecían las barreras que en otras épocas separaban a siervos y señores. Ya no había más que ciudadanos, sujetos todos a un mismo derecho. Nadie era discriminado o importunado por razón de su nacionalidad, opinión o credo. En los pueblos civilizados no había persecuciones políticas ni religiosas y las guerras internacionales eran menos frecuentes. Hubo optimistas que comenzaban a entrever una era de paz perpetua.

En el terreno político, el liberalismo está a favor del gobierno que más libertades le garantice a cada individuo, y que menos restricciones le imponga a sus actividades. Los liberales desconfían del gobierno y quieren restringir su poder sobre los ciudadanos. La historia de la humanidad ha sido la historia del poder aplastante del gobierno sobre el individuo, empezando con las monarquías asirias y los faraones egipcios hasta las monarquías absolutas que dominaron el mundo hasta la Revolución Francesa. Las ideas esenciales del liberalismo fueron elaboradas, entre otros, por John Locke (1632-1704), Montesquieu (1689-1755), David Hume (1711-1776), Adam Smith (1723-1790) y John Stuart Mill (1806-1873), etc.

Cuestión ya sabida, cabe recordar que el liberalismo económico se hizo famoso en Europa cuando Adam Smith publicó en 1776 “La riqueza de las naciones”, en el que promovía la abolición de la intervención gubernamental en asuntos económicos: no a las restricciones a la manufactura, no a las barreras al comercio, no a los aranceles. El libre comercio era, según Smith, la mejor forma de desarrollo de la economía de una nación.

Tales ideas eran liberales en el sentido de que promovían la ausencia de controles. Esta aplicación del individualismo estimuló la libre empresa y la libre competencia, es decir, que los capitalistas pudieron acumular riquezas sin límites. Este liberalismo económico prevaleció en Estados Unidos y parte de Europa durante todo el siglo XIX y a principios del XX. Sin embargo, luego de la I Guerra Mundial y, fundamentalmente, con la Gran Depresión de los años 30, el capitalismo como sustento del liberalismo no parecía responder ya a sus postulados fundacionalistas. El fascismo y el comunismo aparecen como las soluciones al caos y debacle del capitalismo.

Para salvar al liberalismo, John Maynard Keynes elaboró una teoría que desafió los más preciados postulados del liberalismo para establecer una mejor política para la subsistencia del capitalismo. En esencia, Keynes señaló que el pleno empleo es necesario para el crecimiento del capitalismo, y que sólo puede lograrse con la intervención de los gobiernos y los bancos centrales. La revolución keynesiana, como es sabido, implica la generalización del Estado de bienestar, entendido como aquel conjunto de acciones públicas tendientes a garantizar a todo ciudadano de una nación el acceso a un mínimo de servicios que mejore sus condiciones de vida. Este enfoque keynesiano predominó en la política económica hasta mediados de los años setenta; todos los gobiernos aplicaron como fundamento de la política económica el manejo de la demanda agregada y una política de gastos que tenía múltiples funciones, entre otras, garantizar el pleno empleo (con sus lógicas conexiones con el bienestar social), estimular el proceso de crecimiento en las economías de mercado y permitir el acceso a la educación, la sanidad, la vivienda, las pensiones y al seguro de desempleo, entre otros, a la población de bajos ingresos.
Estas ideas tuvieron gran influencia sobre el New Deal (Nuevo Trato) del presidente Roosevelt, que mejoró las condiciones de vida de muchas personas. Así, la creencia de que el gobierno debía promover el bien común fue ampliamente aceptada. Sin embargo, la crisis o reducción de ganancias que vivió el capitalismo en los últimos 25 años inspiró a la elite empresarial a revivir el liberalismo económico. Esto es lo que lo hace “neo” o nuevo. Ahora, con la globalización de la economía capitalista, el neoliberalismo se practica a escala mundial.

SOCIALISMO

Socialismo, término que, desde principios del siglo XIX, designa aquellas teorías y acciones políticas que defienden un sistema económico y político basado en la socialización de los sistemas de producción y en el control estatal (parcial o completo) de los sectores económicos, lo que se oponía frontalmente a los principios del liberalismo capitalista. Nace como respuesta a las insuficiencias del capitalismo que, si bien ha traído un gran desarrollo y progreso, su concepción individualista y egoísta ha acarreado injusticias sociales extremas y, sobre todo, una mayor desigualdad social agrandándose la brecha entre los que poseen más y los que tienen menos, es decir, abismal diferencia entre los que poseen los medios de producción (burgueses) y los que sólo pueden ofrecer la fuerza de su trabajo (proletarios).

Aunque el objetivo final de los socialistas era establecer una sociedad comunista o sin clases, se han centrado cada vez más en reformas sociales realizadas en el seno del capitalismo. A medida que el movimiento evolucionó y creció, el concepto de socialismo fue adquiriendo diversos significados en función del lugar y la época donde arraigara.

Si bien sus inicios se remontan a la época de la Revolución Francesa y los discursos de François Nöel Babeuf, el término comenzó a ser utilizado de forma habitual en la primera mitad del siglo XIX por los intelectuales radicales, que se consideraban los verdaderos herederos de la Ilustración, tras comprobar los efectos sociales que trajo consigo la Revolución Industrial. Entre sus primeros teóricos se encontraban el aristócrata francés conde de Saint-Simon, Charles Fourier y el empresario británico y doctrinario utópico Robert Owen. Como otros pensadores, se oponían al capitalismo por razones éticas y prácticas. Según ellos, el capitalismo constituía una injusticia: explotaba a los trabajadores, los degradaba, transformándolos en máquinas o bestias, y permitía a los ricos incrementar sus rentas y fortunas aún más mientras los trabajadores se hundían en la miseria. Mantenían también que el capitalismo era un sistema ineficaz e irracional para desarrollar las fuerzas productivas de la sociedad, que atravesaba crisis cíclicas causadas por periodos de superproducción o escasez de consumo, no proporcionaba trabajo a toda la población (con lo que permitía que los recursos humanos no fueran aprovechados o quedaran infrautilizados) y generaba lujos, en vez de satisfacer necesidades. El socialismo suponía una reacción al extremado valor que el liberalismo concedía a los logros individuales y a los derechos privados, a expensas del bienestar colectivo.

Sin embargo, era también un descendiente directo de los ideales del liberalismo político y económico. Los socialistas compartían con los liberales el compromiso con la idea de progreso y la abolición de los privilegios aristocráticos aunque, a diferencia de ellos, denunciaban al liberalismo por considerarlo una fachada tras la que la avaricia capitalista podía florecer sin obstáculos.

Gracias a Karl Marx y a Friedrich Engels, el socialismo adquirió un soporte teórico y práctico a partir de una concepción materialista de la historia. El marxismo sostenía que el capitalismo era el resultado de un proceso histórico caracterizado por un conflicto continuo entre clases sociales opuestas. Al crear una gran clase de trabajadores sin propiedades, el proletariado, el capitalismo estaba sembrando las semillas de su propia muerte, y, con el tiempo, acabaría siendo sustituido por una sociedad comunista.

En 1864 se fundó en Londres la Primera Internacional, asociación que pretendía establecer la unión de todos los obreros del mundo y se fijaba como último fin la conquista del poder político por el proletariado. Sin embargo, las diferencias surgidas entre Marx y Bakunin (defensor del anarquismo y contrario a la centralización jerárquica que Marx propugnaba) provocaron su ruptura. Las teorías marxistas fueron adoptadas por mayoría; así, a finales del siglo XIX, el marxismo se había convertido en la ideología de casi todos los partidos que defendían la emancipación de la clase trabajadora, con la única excepción del movimiento laborista de los países anglosajones, donde nunca logró establecerse, y de diversas organizaciones anarquistas que arraigaron en España e Italia, desde donde se extendieron, a través de sus emigrantes principalmente, hacia Sudamérica. También aparecieron partidos socialistas que fueron ampliando su capa social (en 1879 fue fundado el Partido Socialista Obrero Español). La transformación que experimentó el socialismo al pasar de una doctrina compartida por un reducido número de intelectuales y activistas, a la ideología de los partidos de masas de las clases trabajadoras coincidió con la industrialización europea y la formación de un gran proletariado.

Los socialistas o socialdemócratas (por aquel entonces, los dos términos eran sinónimos) eran miembros de partidos centralizados o de base nacional organizados de forma precaria bajo el estandarte de la Segunda Internacional Socialista que defendían una forma de marxismo popularizada por Engels, August Bebel y Karl Kautsky. De acuerdo con Marx, los socialistas sostenían que las relaciones capitalistas irían eliminando a los pequeños productores hasta que sólo quedasen dos clases antagónicas enfrentadas, los capitalistas y los obreros. Con el tiempo, una grave crisis económica dejaría paso al socialismo y a la propiedad colectiva de los medios de producción. Mientras tanto, los partidos socialistas, aliados con los sindicatos, lucharían por conseguir un programa mínimo de reivindicaciones laborales. Esto quedó plasmado en el manifiesto de la Segunda Internacional Socialista y en el programa del más importante partido socialista de la época, el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD, fundado en 1875). Dicho programa, aprobado en Erfurt en 1890 y redactado por Karl Kautsky y Eduard Bernstein, proporcionaba un resumen de las teorías marxistas de cambio histórico y explotación económica, indicaba el objetivo final (el comunismo), y establecía una lista de exigencias mínimas que podrían aplicarse dentro del sistema capitalista. Estas exigencias incluían importantes reformas políticas, como el sufragio universal y la igualdad de derechos de la mujer, un sistema de protección social (seguridad social, pensiones y asistencia médica universal), la regulación del mercado de trabajo con el fin de introducir la jornada de ocho horas reclamada de forma tradicional por anarquistas y sindicalistas y la plena legalización y reconocimiento de las asociaciones y sindicatos de trabajadores.

Los socialistas creían que todas sus demandas podían realizarse en los países democráticos de forma pacífica, que la violencia revolucionaria podía quizás ser necesaria cuando prevaleciese el despotismo (como en el caso de Rusia) y descartaban su participación en los gobiernos burgueses.

La mayoría pensaba que su misión era ir fortaleciendo el movimiento hasta que el futuro derrumbamiento del capitalismo permitiera el establecimiento del socialismo. Algunos —como por ejemplo Rosa Luxemburg— impacientes por esta actitud contemporizadora, abogaron por el recurso de la huelga general de las masas como arma revolucionaria si la situación así lo requería.

La I Guerra Mundial y la Revolución Rusa provocaron la ruptura de la Segunda Internacional entre los partidarios del bolchevismo de Lenin y los socialdemócratas reformistas, que habían respaldado en su mayoría a los gobiernos nacionales durante la guerra a pesar de las proclamaciones pacifistas de la Internacional. Los primeros fueron conocidos como comunistas y los segundos siguieron siendo, durante todo el periodo de entreguerras, la corriente dominante del movimiento socialista europeo, contando con el apoyo del electorado en general bajo una serie de nombres: Partido Laborista en Gran Bretaña, Países Bajos y Noruega, Partido Socialdemócrata en Suecia y Alemania, Partido Socialista en Francia e Italia, Partido Socialista Obrero en España, y Partido Obrero en Bélgica. En estos años, en el seno de estos partidos socialistas se produjo la escisión de grupos proclives al comunismo leninista, apareciendo así los partidos comunistas en diferentes países como Francia, Italia o España (el Partido Comunista de España fue fundado en 1921). En la Unión Soviética y, más tarde, en los países comunistas surgidos después de 1945, el término socialista hacía referencia a una fase de transición entre el capitalismo y el comunismo, la etapa correspondiente a la dictadura del proletariado marxista. En los demás países, los socialistas aceptaron todas las normas básicas de la democracia liberal: elecciones libres, derechos fundamentales y libertades públicas, pluralismo político y soberanía del Parlamento. La rivalidad existente entre socialistas y comunistas sólo se interrumpió de forma transitoria como ocurrió a mediados de la década de 1930, para unir sus fuerzas contra el fascismo en la política denominada de ‘Frente Popular’.

Los socialistas pudieron formar gobiernos durante el periodo de entreguerras, por lo general en coalición o apoyados por otros partidos. De este modo pudieron permanecer en el poder, aunque de forma intermitente, en Gran Bretaña y Alemania durante la década de 1920 y en Bélgica, Francia y España durante la década de 1930 (en estos dos últimos países bajo la fórmula de Frente Popular). En Suecia, donde los socialdemócratas han tenido más éxito que en ninguna otra parte, gobernaron sin interrupción desde 1932 hasta 1976.

Después de 1945, los partidos socialistas se convirtieron, en la mayor parte de Europa occidental, en la principal alternativa frente a los partidos conservadores y democristianos, siendo Suiza y la República de Irlanda las principales excepciones. Aun manteniendo su antiguo compromiso con el socialismo como ‘estado final’, es decir, una sociedad en la que se anularan las diferencias sociales, desarrollaron un concepto de socialismo ‘como proceso’—propuesta que había sido anticipada por el revisionista alemán Eduard Bernstein a finales del siglo XIX.

SOCIALDEMOCRACIA

La dinámica política y académica ha generado cierta devaluación del apelativo “socialdemócrata”. Sin embargo, el movimiento socialdemócrata tiene un origen inequívoco y un gran desarrollo histórico tanto en el plano de las ideas como en el de las acciones políticas, que lo catapultan como uno de los más significativos del siglo XX.

La Social Democracia es un movimiento de ideas que surge de la ruptura entre “revolucionarios” y “reformistas” al interior de la Internacional de Trabajadores. Mientras que los “revolucionarios” se inspiraban en las formulaciones de Marx y Engels, los “reformistas” lo hacían a partir de las elaboraciones provenientes fundamentalmente del fabianismo inglés (antecedente del partido Laborista, que tenían en George Bernard Shaw a su principal referente) y del revisionismo alemán (surgido al interior del Partido Socialdemócrata de Alemania, siendo Eduard Bernstein su principal ideólogo).

Los fabianos eran de la idea que el socialismo devendría de una serie de medidas parciales que debían surgir en el marco del sistema imperante. El revisionismo de Bernstein era de la misma idea: el socialismo sólo podría generarse a partir de una serie de precisas reformas generadas al interior del sistema político burgués. En palabras del teórico alemán: “la democracia es al mismo tiempo un medio y un fin: es el medio para la lucha en pro del socialismo y es la forma de realización del socialismo”. Esta premisa se basaba en tres pilares fundamentales: (a) el socialismo no debe ser entendido como un sistema constituido a partir de la toma del poder del Estado, sino como un largo proceso en el que se logre ir socializando por medio de reformas puntuales, las relaciones de producción. (b) el determinismo económico debe dar paso a una concepción más crítica de los comportamientos donde influyen las diversas dimensiones de la vida humana. (c) las condiciones de vida del proletariado, en contradicción con las tesis de Marx, no empeorarían, sino que mejorarían dando lugar a una poderosa clase media.

Estas tesis, fueron discutidas al interior del PSD Alemán y finalmente rechazadas por los Congresos de principio del Siglo XX (1902 y 1904). En el rechazo a estas tesis jugaron un gran rol las figuras de Karl Kautsky en Alemania, así como del propio Lenin. Sin embargo las bases estaban echadas para el reavivamiento de estas ideas.

Es así que la socialdemocracia deberá esperar algunos años más para comenzar a hacer prevalecer en diferentes partidos europeos estas tesis revisionistas. El propio Kautsky en su texto “La dictadura del proletariado” terminaría posicionándose en lecturas más revisionistas, por ejemplo, con respecto al sistema democrático: “¿Qué motivos hay para que la dominación del proletariado tenga que tomar una figura incompatible con la democracia? Un régimen que sabe que cuenta con las masas usará la violencia únicamente para defender la democracia y no para suprimirla. Sería un verdadero suicidio si quisiera suprimir su base más segura, el sufragio universal, fuente poderosa de autoridad moral”.

La polémica con las posiciones más ortodoxas del marxismo llega a su punto culminante con la propia revolución de 1917. Para entonces Lenin, definitivamente distanciado de Kautsky, en la Revolución de Octubre, disuelve la Asamblea Constituyente (con mayoría de mencheviques y socialrevolucionarios) e implanta el poder exclusivo de los Soviets. Comunismo y socialdemocracia desde entonces quedarían definitivamente separados en el concierto de las ideas y de las prácticas políticas europeas del Siglo XX.
Ejemplo de esta ruptura es el llamado de Lenin en 1919 a una III Internacional (donde propone el abandono de la denominación “socialdemócrata”, por el de Partidos Comunistas), en oposición a la II Internacional, acusada de aliarse con la burguesía. Esta estrategia de confrontación variaría con el avance del fascismo, dando lugar en muchos países a la constitución de los llamados “Frentes Populares”.

Los partidos socialdemócratas tendrían un gran desarrollo electoral a lo largo del Siglo XX. En la primera mitad del siglo, logran acceder a diferentes Gobiernos europeos, aunque por lo general en virtud de sus políticas de alianzas con partidos centristas. La mejor hora de la socialdemocracia viene en el período de postguerra. Los partidos inspirados en los ideales revisionistas, logran consolidarse en todo el mundo occidental en base a su modelo de Estado de Bienestar y economías mixtas, con fuerte papel del Estado, aunque en el marco de la economía de mercado. A nivel global, las diferentes experiencias de los partidos socialdemócratas, laboristas, socialistas, etc., encontraron un espacio común en la Internacional Socialistas, fundada en el año 1951.
Si bien esta Internacional se puede considerar aún hoy una de las más exitosas en términos electorales, en términos ideológicos continúa siendo controvertida en cuanto a su sentido último. ¿La socialdemocracia aspira a construir un modelo socialista, o aspira a mejorar el capitalismo?. Aunque compleja y controvertida, en los años ochenta la respuesta a esta pregunta central dio lugar a la distinción entre socialdemócratas a secas por un lado (con posiciones más de centro), y socialistas democráticos por otro (con posiciones más hacia la izquierda). A fines de los noventa por su parte, la discusión sobre la identidad de esta corriente de pensamiento, desató una interesante polémica en el marco de las propuestas del ideólogo Anthony Giddens sobre la manida “tercera vía”.

Concluyendo podemos decir que la vertiente social demócrata si bien conserva algunos lineamientos del pensamiento marxista, en los hechos termina por abandonarlos, como ocurre con respecto a la figura de la dictadura del proletariado, la abolición o minimización de la propiedad privada de los medios de producción, la desaparición final del Estado, el papel central de la lucha de clases, etc. Son comunes en tal sentido –aunque simplistas-, reflexiones como las de R. Garzano, para quien “la social democracia conserva del socialismo marxista los programas de beneficio social, pero mantiene la esencia del capitalismo”.

La I.S. es la organización mundial que reúne a los partidos inspirados en los ideales socialdemócratas. Actualmente agrupa a 141 partidos socialdemócratas, socialistas y laboristas de todo el mundo. En un esfuerzo por sintetizar su identidad en tiempos de tantos cambios, la Declaración de Estocolmo (1989) señalaba lo siguiente:

“El socialismo democrático es un movimiento internacional por la libertad, la justicia social y la solidaridad. Su meta es un mundo en paz, en el que puedan realizarse estos valores fundamentales, en el que cada individuo pueda vivir una vida plena desarrollando su personalidad y sus capacidades, y en el que los derechos humanos y civiles estén amparados en una sociedad democrática”.

La ideología socialdemócrata, desde sus orígenes, se caracterizó por defender el estatismo, es decir, la participación del Estado desempeñando un rol esencial dentro de la actividad económica. Otra característica fundamental de este movimiento político lo constituía la utilización de los ingresos del Estado para la creación de empleo o lo que se conoce como el fomento del “gasto público”.

A partir de los años ochenta y, especialmente, en la década de los noventa, tal teoría fue desechada de la práctica, por parte de la gran mayoría de los gobiernos mundiales, a partir del ascenso al poder en los Estados Unidos de América del republicano Ronald Reagan y, en Inglaterra, de la conservadora Margaret Thatcher.

Surge entonces, con gran fuerza, un movimiento, contrario a las ideas socialdemócratas, que propugnaba la separación de las actividades estatales de las económicas, la reducción del gasto público y la austeridad. Tal ideología, catalogada como “neoliberalismo”, por seguir los principios básicos de la economía clásica, se impuso en gran número de gobiernos con resultados dispares.

En esos años, las principales actividades de los gobiernos tendieron a las privatizaciones de empresas públicas, la reducción del gasto por parte del Estado y la puesta en práctica de programas de desarrollo basados en una mayor participación privada en las actividades de fomento.

En los noventa se produjo una paulatina pérdida de poder de los gobiernos socialdemócratas. Puede citarse como ejemplo, en América Latina, el caso de Costa Rica con dos gobiernos contrarios a las ideas socialdemócratas y abiertamente liberales. Lo mismo puede indicarse para Argentina, Venezuela o Perú.

Tal corriente política también se consolida en varios de los países que conforman la Unión Europea; por ejemplo, en España, Portugal e Italia en donde la decisión electoral favoreció a las fuerzas de centro derecha sobre la socialdemocracia, en los últimos tiempos.

A nivel europeo son ya pocos los ejemplos de naciones gobernadas por fuerzas políticas de centro izquierda, como son los casos de Inglaterra (con el Partido Laborista, con Tony Blair a la cabeza) y de Alemania (con el Partido Socialdemócrata, SPD, de Gerhard Schröeder). A pesar de ello, en este último país, se van a celebrar elecciones en la segunda mitad de este año y los analistas políticos prevén un posible cambio del poder en favor de la centro derecha liderada por la Unión Demócrata Cristiana (CDU) del ex Canciller Helmut Kohl.

Las causas de la crisis de la socialdemocracia, a nivel europeo y latinoamericano, son consecuencia del ataque constante, por parte de sus detractores, de las políticas seguidas por esta ideología para lidiar con problemas tales como el desempleo, la inseguridad, la participación de los ciudadanos en la toma de decisiones y el déficit público, entre otros. En relación con este aspecto cabe indicar que el cambio de las condiciones que rodean a una especie hace que ella, si desea continuar viviendo, deba transformarse ante las necesidades del nuevo entorno.

Esta máxima la demuestran las teorías evolutivas. De igual forma ocurre con el hombre y sus instituciones políticas. Por ser el hombre un “zoon politikon”, “un animal político”, como lo definía Aristóteles, las ideas que dieron origen a una determinada organización política deben variar conforme transcurre el tiempo, ello con el fin de ajustar sus planteamientos a las necesidades que van surgiendo en la sociedad.

Consciente de esta nueva realidad, la socialdemocracia inglesa, consideramos, ha sido la que mejor ha sabido reelaborar los postulados de una ideología que, desde mediados del siglo XX, demostró ser un mecanismo político que permitió conducir a varias naciones por la senda del desarrollo. En torno a este tema es que cabe mencionar la obra del politólogo Anthony Giddens, mano derecha del primer ministro Blair, quien mediante su libro “The Third Way. The Renewal of Social Democracy” (La Tercera Vía. La renovación de la Socialdemocracia) ha logrado establecer los parámetros para que este movimiento se haya consolidado en Inglaterra como una fuerza política de gran envergadura y capacidad.

Esta obra, de trascendental importancia para aquellos que comparten la ideología socialdemócrata, contiene los postulados característicos del nuevo rol que debe desarrollar este movimiento en la actualidad. Entre éstos se mencionan los siguientes: la promoción de la igualdad y de la libertad como valores esenciales en una sociedad, el pluralismo político, el ejercicio de los derechos personales sin olvidar sus correspondientes responsabilidades, el valor de la ecología, la sociedad civil como un partícipe activo en el desarrollo de las relaciones con los gobiernos, etc.

La Tercera Vía propone, por lo tanto, la idea de un Estado, ya no interventor y productor de los servicios en favor de sus administrados, sino fiscalizador o contralor de la realidad social, pero que fomenta la participación individual como mecanismo para producir riqueza. La nueva concepción socialdemócrata resulta, entonces, en una amalgama de principios (liberales y sociales) que tienden al equilibrio y al mayor desarrollo de las sociedades. En cierto sentido esto se asemeja a una empresa que establece directrices de mando para sus empleados pero que, a la vez, fomenta en ellos el despliegue de toda su creatividad para alcanzar la mayor eficiencia posible.

Por ello es que cabe concluir que el rumbo por seguir de la socialdemocracia internacional, para recobrar el papel progresista que ha desempeñado a lo largo de su existencia, debe ser el complementar la idea tradicional de un Estado partícipe del orden social con un ajuste de sus postulados a las necesidades actuales. Será ésta la tarea que deben realizar las organizaciones políticas que siguen este movimiento si es que desean continuar formando parte del ámbito político mundial y no pasar a ser especies en vías de extinción.Dictaduras capitalistas de extrema derecha, como la de Hitler, Mussolini y las muchas que hubo en América Latina hasta hace pocos años se conocen como fascismo. También hay movimientos neofascistas en auge que promueven la xenofobia, el racismo y la discriminación.

FASCISMO

Fascismo, forma de totalitarismo del siglo XX que pretende la estricta reglamentación de la existencia nacional e individual de acuerdo con ideales nacionalistas y a menudo militaristas; los intereses contrapuestos se resuelven mediante la total subordinación al servicio del Estado y una lealtad incondicional a su líder. En contraste con los totalitarismos de izquierdas identificados con el comunismo, el fascismo basa sus ideas y formas en el conservadurismo extremo. Los regímenes fascistas se parecen a menudo a dictaduras —y a veces se transforman en ellas—, a gobiernos militares o a tiranías autoritarias, pero el fascismo en sí mismo se distingue de cualquiera de estos regímenes por ser de forma concentrada un movimiento político y una doctrina sustentados por partidos políticos al margen del poder

 

El fascismo hace hincapié en el nacionalismo, pero su llamamiento ha sido internacional. Surgió con fuerza por primera vez en distintos países entre 1919 y 1945, sobre todo en Italia, Alemania y España. En un sentido estricto, la palabra fascismo se aplica para referirse sólo al partido italiano que, en su origen, lo acuñó, pero se ha extendido para aplicarse a cualquier ideología política comparable. Del mismo modo, Japón soportó durante la década de 1930 un régimen militarista que presentaba fuertes características fascistas. Los regímenes fascistas también existieron en periodos variables de tiempo en muchos otros países. Incluso democracias liberales como las de Francia e Inglaterra tuvieron movimientos fascistas importantes durante las décadas de 1920 y 1930. Después de la derrota de las potencias del Eje Roma-Berlín-Tokyo en la II Guerra Mundial, el fascismo sufrió un largo eclipse, pero en los últimos tiempos ha reaparecido de forma más o menos abierta en las actuales democracias occidentales, sobre todo en Francia y en Italia.

Antes de la I Guerra Mundial, algunos escritores, entre ellos el famoso poeta italiano Gabriele D’Annunzio, y los pensadores franceses Georges Sorel, Maurice Barrès, Charles Maurras y el conde Joseph de Gobineau, expresaron ideas fascistas. Todos ellos se opusieron a los valores de la Ilustración de individualismo, democracia y racionalismo secular; y, en conjunto, sus ideas han sido presentadas como una reacción a estos valores que fueron representados por la Revolución Francesa. El libro italiano Fascisti respondió a los ideales revolucionarios de “libertad, igualdad, fraternidad” con la exhortación “¡Creer! ¡Obedecer! ¡Combatir!” En general, veneraban la fuerza: la heroica voluntad del gran líder, la fuerza vital del Estado, la mística de los uniformes y formaciones paramilitares, y la utilización no contenida de la violencia para afianzar y fomentar el poder político. La filosofía de Friedrich Nietzsche, manipulada de forma artera por la mayoría de los fascistas, facilitó ideas y consignas poderosas al fascismo, sobre todo ‘el triunfo de la voluntad’ y el símbolo ‘del superhombre’. Algunos fascistas recurrieron al cristianismo como una fuerza conservadora, mientras otros rechazaban la moralidad cristiana por reprimir la voluntad. Muchos tomaron ideas del darwinismo social sobre la lucha competitiva en y entre los estados y sobre la obligación evolutiva que tiene el fuerte de aplastar al débil: esas ideas a menudo implicaban racismo. La mayoría de los teóricos fascistas abrazó el nacionalismo extremo que, en algunos casos (Gobineau, Barrès, Maurras) incluía el antisemitismo. Como parte de su antirracionalismo, algunos propusieron un culto místico a la tradición y al Estado.

La ‘batalla por los nacimientos’ de Benito Mussolini simbolizó la visión fascista del papel de la mujer, como pilar pasivo del hogar y madres de futuros miembros de las fuerzas armadas. “La mujer —escribió el fascista italiano Ferdinando Loffredo— debe volver bajo el sometimiento del hombre, padre o esposo, y debe reconocer por lo tanto su propia inferioridad espiritual, cultural y económica”. Pierre Drieu La Rochelle, escritor francés que más tarde hizo apología de la ocupación nazi condenó el feminismo por ser una “doctrina perniciosa” y afirmó que las mujeres, carentes de las cualidades espirituales de los hombres, eran una fuente de decadencia. A pesar de esto, muchas mujeres han apoyado el fascismo, como Alessandra Mussolini, nieta de Mussolini, figura destacada del partido neofascista italiano Alianza Nacional.

El caso Dreyfus en Francia creó el primer movimiento fascista verdadero, al unir a los conservadores con los monárquicos y otros opositores al Gobierno republicano contra los herederos de los valores franceses revolucionarios de izquierdas que intentaban anular la condena por alta traición dictada contra el oficial judío Alfred Dreyfus. Charles Maurras creó el grupo político Acción Francesa, con un ala juvenil violenta llamada los Camelots du Roi y una ideología articulada por él mismo y por Barrès. El republicanismo dominó en Francia después del caso Dreyfus, pero Maurras y Barrès habían creado un modelo para futuros movimientos. La desarticulación económica después de la I Guerra Mundial y la amenaza del comunismo surgido de la Revolución Rusa de 1917, provocaron el resurgimiento del fascismo como una importante fuerza política. Fuertes sentimientos de agravio por la derrota, o por una victoria no recompensada de un modo conveniente, en la I Guerra Mundial, crearon el soporte para futuras aventuras militares. El fascismo consiguió apoyo en todos los sectores de la sociedad, pero con especial intensidad entre los miembros de la clase media que temían la amenaza de la revolución comunista, de los empresarios que tenían temores similares, de los veteranos licenciados que no habían conseguido adaptarse a la vida civil, y de violentos jóvenes descontentos.

El régimen de Mussolini (en Italia) facilitó el modelo de fascismo característico de las décadas de 1920 y 1930. La Gran Depresión y el fracaso de los gobiernos democráticos al abordar las consecuentes dificultades económicas y el desempleo masivo, alimentaron la aparición de movimientos fascistas en todo el mundo. Sin embargo, el fascismo en los otros países se diferenciaba en ciertos aspectos de la modalidad italiana. El nacionalsocialismo alemán era más racista; en Rumania, el fascismo se alió con la Iglesia ortodoxa en vez de con la Iglesia católica romana. En España, el grupo fascista radical Falange Española fue originariamente hostil a la Iglesia católica romana, aunque después, bajo la dirección del dictador Francisco Franco, se unió a elementos reaccionarios y pro-católicos. El gobierno autoritario militar de Japón se parecía mucho al de la Alemania nazi. Dirigido por los militares ensalzaba las virtudes guerreras tradicionales y una devoción absoluta al emperador divino. Al igual que sus correligionarios alemanes, los japoneses lanzaron una fanática ofensiva hacia la expansión a través de conquistas militares. En Francia el fascismo estaba dividido en varios movimientos. Mientras que en la mayoría de los casos el fascismo prosperó en países que estaban atrasados en el plano económico o marcados por fuertes tradiciones políticas autoritarias, el fascismo galo avanzó en una de las democracias europeas más consolidadas.

El fascismo disfrutó de un mayor éxito en el periodo de entreguerras en los países del este y del sur de Europa. En Austria Engelbert Dollfuss, canciller desde 1932, disolvió la República austriaca y dirigió un régimen proto-fascista en alianza con Mussolini hasta que fue asesinado en 1934 por militantes nacionalsocialistas que pretendían la unión con la Alemania nazi. El régimen personal que estableció Miklós Horthy en Hungría, en 1920, precedió en realidad a Mussolini en Italia como la primera dictadura nacionalista de entreguerras pero Horthy no era totalmente un fascista y los fascistas húngaros sólo consiguieron el poder bajo la ocupación alemana, de 1944 a 1945. En Rumania, un fuerte antisemitismo inspiró un violento movimiento llamado la Guardia de Hierro, que convulsionó la política del país desde la década de 1920 hasta su aniquilación por el Ejército rumano bajo Ion Antonescu durante la contienda civil que siguió a la abdicación del rey Carol II en 1940.

La derrota de Alemania e Italia en la II Guerra Mundial desacreditó al fascismo en Europa en el periodo de posguerra. Países como España y Portugal, cuyos gobiernos fascistas se mantuvieron en el poder después de la contienda, pasaron del totalitarismo al autoritarismo, y difuminaron sus rasgos fascistas. La ulterior recuperación económica suprimió el descontento social que había contribuido a la expansión del fascismo de preguerra y en la mayoría de los países democráticos el fascismo pareció destinado a un exilio permanente en una franja política residual. No obstante, durante las décadas de 1980 y 1990 el fascismo reapareció en algunos estados democráticos occidentales. Sus manifestaciones más evidentes, englobadas de forma genérica bajo la denominación “neofascismo”, se materializaron en actitudes de tipo racista y xenófobo frente a inmigrantes del Tercer Mundo y en la desilusión respecto a los partidos políticos que representaban la legalidad democrática.

NEOLIBERALISMO

En la historia suelen producirse coincidencias poco felices. En América Latina, por ejemplo, la caída de los regímenes militares coincide con el advenimiento de una nueva forma de vida para todos los habitantes del planeta. No se trata –como suele creerse- sólo de una nueva fase económica. Mucho más que eso, se trata del advenimiento de una nueva ideología, más cerrada que todas las anteriores, con la ventaja de que ahora penetra por doquier y se desarrolla sin contrapeso.

En efecto, un nuevo monstruo aparece en el escenario, revelándose mucho más terrible que todos los flagelos hasta ahora habidos: se trata del neoliberalismo. Una nueva ideología que no sólo envuelve al mundo occidental sino que alcanza hasta los más apartados rincones del planeta. No surgió como suele creerse con Donald Reagan y Margaret Thatcher en la década del 80. Su punto de origen se remonta al año 1944 con la aparición del libro “El camino a la servidumbre” del economista-filósofo austríaco Friederich Hayek, quien plantea allí los elementos teóricos fundacionalistas de esta nueva ideología.

Se trata de una respuesta a los fundamentos del Estado de Bienestar que había sido practicado en los países europeos y los Estados Unidos. Es un virulento ataque contra toda participación del Estado que tienda a menoscabar los mecanismos propios del mercado, denunciando toda acción estatal como una peligrosa amenaza a la libertad tanto económica como política. Su característica principal, es que siendo principios económicos los que dieron origen a esta ideología, se desarrolla a caballo de una globalización y mundialización que se logra dar en las más distintas esferas, logrando producir transformaciones en los modos culturales en todos los países del planeta, más allá de las particularidades propias que les son inherentes a cada una de las naciones.

Los neoliberales han comprendido, como no lo han hecho los progresistas, que las ideas tienen consecuencias. Comenzando con un pequeño embrión en la Universidad de Chicago con el economista-filósofo Friedrich von Hayek y sus estudiantes como Milton Friedman en su núcleo, los neoliberales y sus sostenedores han creado una inmensa red internacional de fundaciones, institutos y centros de investigación, publicaciones, intelectuales, escritores y mercenarios de las relaciones públicas para desarrollar, empaquetar e impulsar implacablemente sus ideas y su doctrina.

Se sostienen y fundamentan teniendo como punto de referencia la teoría de Adam Smith, en el siglo XVIII, quien sostiene que el mercado debe ser libre y competitivo. Vayamos a la cita textual del propio Smith (”La riqueza de las naciones.” ): “…como cualquier individuo pone todo su empeño en emplear su capital en sostener la industria doméstica, y dirigida a la consecución del producto que rinde más valor, resulta que cada uno de ellos colabora de una manera necesaria en la obtención del ingreso anual máximo para la sociedad. Ninguno se propone, por lo general, promover el interés público, ni sabe hasta qué punto lo promueve…sólo piensa en su ganancia propia; pero…es conducido por una mano invisible a promover un fin que no entraba en sus intenciones.” “…al perseguir su propio interés, promueve el de la sociedad de una manera más efectiva que si esto entrara en sus designios.” No es el caso de entrar a discutir aquí cuáles son las condiciones históricas a partir de las que propone aquella famosa “mano invisible” que haría de cuerpo, cuestión que el mencionado autor no alcanzó a entrever. Obviamente, el mencionado economista escocés (1723-1790), consideraba al trabajo como fuente de la riqueza, el comercio, libre de toda prohibición, la competencia elevada a la altura de un principio.Ahora bien, sentadas las premisas primeras fundacionalistas, entonces, ¿Qué significa neoliberalismo económico? Necesariamente tenemos que entrara hacer un poco de historia:

A mediados de la década del 70 del Siglo XX el modelo desarrollista-consumista, luego de la crisis del petróleo, entra en un cuello de botella, por cuanto se reducen las tasas de ganancias del capital. Y la esencia del capitalismo es aumentar, constantemente, las tasas de ganancias, independientemente de los medios, independientemente de los valores éticos. En última instancia, se inventará una ética, si es que así puede llamarse, subordinada al aumento de las tasas de ganancias.

Aparece entonces, paulatinamente, el triunfo del neoliberalismo económico. El primer lugar en el que se da sistemáticamente es en Chile, durante la dictadura de Pinochet, luego en Inglaterra con Margaret Thatcher, posteriormente en los EE.UU. con Ronald Reagan. Lo más importante es la libre circulación del capital. A tal efecto, para favorecer dicha medida se sostiene:

– La apertura incontrolada de los mercados,

– La desregulación o eliminación de toda norma para el capital extranjero,

– La privatización de las empresas estatales y de las instituciones que ofrecen servicios sociales (salud, educación, sistemas de jubilación, construcción de viviendas, etc), con la consiguiente reducción del rol del estado y de los gastos sociales,

– Lucha prioritaria contra la inflación,

– La flexibilidad en el plano laboral. Para llevar a efecto la práctica señalada, el neoliberalismo requiere de un Estado que, por un aparte, asegure las condiciones de estabilidad económica y política y, por otra, establecer un sistema jurídico a fin de favorecer las operaciones del capital transnacional que provean la infraestructura física y provisión de la infraestructura humana (recursos humanos) necesaria para la acumulación del capital. Sobre esto hay que aclarar que los países centrales cumplen con dichas normativas de manera desigual y en tanto convengan a los mismos. De ahí, por ejemplo, las políticas económicas proteccionistas o los subsidios que ejercen, pero a su vez presionan para que los países periféricos no las lleven a cabo.

De otra parte, y quizás sea ésta la parte más importante de su éxito, han logrado construir un cuadro ideológico altamente eficiente porque comprenden lo que el pensador marxista italiano Antonio Gramsci decía cuando desarrolló el concepto de hegemonía cultural. El trabajo promocional e ideológico ha sido absolutamente brillante. Han gastado cientos de millones de dólares, pero el resultado valió cada penique gastado porque han hecho que el neoliberalismo pareciera una condición natural y normal de la humanidad. No importa cuántos desastres de todo tipo el sistema liberal haya visiblemente creado, no importa cuántas crisis financieras pueda engendrar, no importa cuántos perdedores y marginados pueda crear, todavía hace que parezca inevitable, como un acto de Dios, el único orden económico y social disponible para nosotros.

En este contexto, cada nueva invención tecnológica, cada nuevo valor, ha sido acompañada por una verdadera y auténtica ofensiva ideológica que no tiene precedentes. Así, el liberalismo económico, el capitalismo, el individualismo, el mercado, el consumo, los nuevos mitos de la eficiencia y la jerarquización del mando, la crítica de las políticas del Estado Social, el desperfilamiento de la función parlamentaria y la política reducida rápidamente a técnicas de gestión del poder, etc., han pasado a ser las imágenes que han permeado en amplísimos estratos de la población del mundo Los nuevos modos de producción, habiendo aumentado desmesuradamente el control y el mando sobre el trabajo humano, han logrado hacer que las jerarquías se tornen más relevantes y los tiempos de decisión en la gestión y proceso de la economía, se hayan tornado más veloces. La afirmación de nuevas jerarquías y valores, han pasado a ser la base esencial sobre la cual se apoya el proyecto de una nueva forma de Estado, más libre en sus vínculos con la élite parlamentaria, la cual es paulatinamente desplazada por ejecutivos compuestos por técnicos y profesionales capaces de decisiones que sean más veloces y autoritarias.

La integración económica, los planes de ajuste estructural, el aumento de la productividad, la globalización de la economía, la caída de las barreras tarifarias, el desproteccionismo, y tantos otros conceptos con que se nos bombardea a diario, son todos elementos de un nuevo y estratégico discurso del capital transnacional en su nueva fase neoliberalista. En el marco de este nuevo ideologismo, la existencia y el funcionamiento del mercado se valoran en sí mismo, por separado de cualquier relación previa con la producción de mercancías y servicios. El funcionamiento del mercado se considera como una ética en sí misma, capaz de actuar como guía para todos los comportamientos humanos. Más aún, no es suficiente la existencia del mercado, sino que no debe existir nada que no esté sujeto al mercado; las personas existen para el mercado.

Los nuevos neoliberales quieren ver el mundo en términos de metáforas del mercado; tal es así, que se refieren a los países y regiones como si fueran compañías típicamente neoliberales. Es bueno –dicen- participar en el mercado, los que no lo hacen son unos fracasados. Existe una categoría de gente que no es capaz de participar plenamente en el mercado; creen que esta subclase social es inevitable. Cada persona debe ser un empresario de su propia vida, visión que alcanza hasta los aspectos más cotidianos. Aquellos que eligen sus amigos, aficiones, deportes, y parejas para maximizar su estatus social, son éticamente neoliberales. Y si bien, estas últimas actitudes no son necesariamente económicas, representan una extensión del principio del mercado a las áreas no económicas de la vida.

En una nueva perspectiva estratégica, el neoliberalismo desborda ahora las fronteras de los Estados nacionales para imponer un estilo de economía hasta en las más apartadas localidades. Para ello, ha logrado que el Estado de Bienestar como regulador de las relaciones intermonopólicas, se salga de la escena para que los supermonopolios se disputen “libremente” entre si el poder de los centros económicos mundiales. Es lo que llaman la globalización de la economía, implicando esta globalización, en primer término, un desplazamiento del poder desde los Estados nacionales a las empresas y financieras multinacionales. Y si bien, estas multinacionales pertenecen a ciudadanos de los países altamente desarrollados, ningún gobierno de esos países puede ejercer un control efectivo sobre ellas. Si alguna ley molesta su expansión, amenazan desplazarse y pueden hacerlo rápidamente. Es decir, pueden moverse libremente por el planeta para escoger la mano de obra más barata, el medio ambiente menos protegido por leyes ecológicas ambientales, el régimen fiscal más favorable, etc. No necesitan estar ligadas a una nación o a una determinada ideología y dejar que sentimientos solidarios entraben sus proyectos.

El fenómeno de la globalización en la economía la han podido producir los neoliberales mediante un proceso de integración económica, caracterizado por la descentralización de la producción, generando costos de fabricación más reducidos y bienes y mercancías de consumos con coeficientes de calidad y precio netamente mejorados. Paralelamente, se produce una eliminación progresiva de las fronteras económicas entre los distintos países, generando con ello la liberación de los flujos y transacciones a todos los niveles, tocando tanto la eliminación de las barreras institucionales y legales, lo que deja en total indefensión a las políticas de cortes nacionales. Y si. objetivamente, la integración económica neoliberalista ha producido una rebaja de precios en todos los productos en que se encuentran implicadados y, con ello, disminución de la inflación, a su vez, todo este proceso va de la mano con un alto costo social a través de una drástica flexibilización laboral, lo que ha derivado en disminución de sueldos y salarios y aumento de los empleos marginales y precarios, así como una mayor descobertura social, amén de otros fenómenos derivados.

En términos políticos, según los neoliberales, la participación demasiado activa del Estado en la economía destruye la libertad de los ciudadanos y la vitalidad de la competencia, de la cual depende en último término la prosperidad de todos. Por eso, los gobiernos deben ser reducidos porque, según enseña la experiencia, las burocracias estatales tienden a crecer parasitariamente fomentando el clientelismo político, abusando de los poderes que les confieren, y malgastando los recursos de la sociedad. A mayor Estado, mayor corrupción y dispendio. De otra parte, los gobiernos no representan los intereses de toda la sociedad, sino la de los electores que los llevan al poder o a determinados grupos de presión. Por lo mismo, desconfían de las intenciones de la clase política, no haciéndose demasiadas ilusiones con relación a la eficiencia de los gobiernos apoyados en los grupos políticos que los llevaron al poder. En correlato con estas ideas se erigen como cuestionadores de las tareas de los servidores públicos.

Ahora bien, desafiando el consenso político oficial de la época, los nuevos neoliberales teorizan la desigualdad como un principio sano asociado a un valor positivo, imprescindible en sí mismo, de la que precisan todas las sociedades occidentales para crecer. En sus argumentos encontramos la base para la instauración de un nuevo tipo de capitalismo duro, libre de toda regla para el futuro. Sin embargo, por las condiciones imperantes en el período, tal mensaje se mostró irrelevante por más de 20 años.

Es sólo a principios de la década del 70 cuando esta postura encuentra su momento favorable para empezar a tomar vuelo, cuando el mundo capitalista avanzado cayó en una larga y profunda recesión con bajas tasas de crecimiento y altas tasas de inflación. La raíz de la crisis, -denunciada por la nueva clase neoliberal- radicaba radicada en el poder nefasto de los sindicatos y de los movimientos políticos obreros que habían terminado por socavar las bases de la acumulación privada con sus presiones reivindicativas sobre los salarios y con su presión parasitaria para que el Estado alimentase cada vez más los gastos sociales.

Dentro de su estrategia, para una mayor penetración de las multinacionales en los mercados del mundo, el neoliberalismo imparte normas económicas y políticas a las naciones dependientes. En efecto, mientras en el Primer Mundo los supermonopolios hacen a un lado al Estado, en nuestra región se intenta, además, que nuestros Estados sean impotentes para proteger la soberanía nacional y puedan entrar con mayor facilidad los supermonopolios del Primer Mundo. Pare este fin, exigen a nuestros pueblos normas que no necesariamente se dan en los suyos y, consecuentemente, establecen un estado de dependencia mucho más fuerte. Así, por ejemplo, cuando EEUU impone sus ideas en nuestros países, no necesariamente hace efectivas esas mismas ideas en el suyo propio. Cuando nos aconseja que no debemos tener déficit presupuestarios, se da el lujo de tener un déficit de 400 mil millones de dólares. Cuando nos aconseja que no tengamos déficit comercial, el suyo es el más grande en proporciones abismales. Cuando nos estimula a no hacer más políticas proteccionistas, las principales políticas proteccionistas tienen lugar en el propio EEUU. Cuando nos convoca a no subsidiar nuestra industria y agricultura, sin embargo, subsidia las propias, etc. ¿A qué equivalen estas políticas desde EEUU y el FMI? Equivalen, -según Fidel Castro- a convocar a una competencia de fútbol, entre los campeones olímpicos y un equipo de kindergarten, pero con las mismas reglas.

Uno de los elementos que ha permeado más fuerte a los gobiernos de los países del Tercer Mundo subdesarrollado, especialmente, a los de nuestro subcontinente es de que parten del supuesto que crecimiento es sinónimo de desarrollo. Esta es la impresión generalizada que se ha hecho carne en los economistas y clase política contemporánea, ello, pese a que numerosas estadísticas y el análisis de distintos variables de agentes económicos diversos, echan por tierra el supuesto de esta relación, la que queda develada por la dramática realidad social de las masas pobres que pueblan casi las tres cuartas partes del planeta.

No obstante, pese a los resultados sociales cada vez más regresivos, los responsables políticos de nuestro continente persisten en seguir imponiendo la política neoliberal, fundado en la idea supuesta de que crecimiento es igual a desarrollo y que en un mundo que es cada vez mas integrado e interdependiente lo esencial es promover e incentivar esta relación. Se confunde así, el éxito de determinados indicadores (los macroeconómicos) con el desarrollo, tomándolo como un éxito global. No se tiene en cuenta que la primera de estas variables sólo favorece a un sector mínimo del sector económico (exportador, banca, grandes industrias, telecomunicación, etc.), en tanto el ciudadano de a pie, el que vive de un trabajo, el que vive sólo en el marco de la microeconomía familiar, este desarrollo sólo lo vive en los noticieros de la televisión o los titulares de los diarios.

En el aspecto netamente financiero, la globalización implica una liberalización e internalización en los movimientos de los flujos de capital que lleva a que la moneda se haya convertido en objeto de especulación, más que de producción. Porque habiéndose desregulado los movimientos de capital, los flujos de éstos se han desorbitado en forma tal que giran por el mundo de un modo absolutamente desproporcionado con las necesidades de las economías reales. Entonces, no aparece extraño que las transacciones en el mercado de cambios alcanzan el billón de dólares diarios, representando esta cifra cincuenta veces más el monto real de intercambio de bienes y servicios (Banco de Reglamentaciones Internacionales).

En suma, el neoliberalismo representa hoy una política que conlleva los siguientes elementos:

Reducción del gasto público en servicios sociales como educación y atención de la salud.

Reducción de la red de seguridad para los pobres, e incluso recorte del gasto en mantenimiento de caminos, puentes, suministro de agua; todo en nombre de la desregulación estatal. Por supuesto, los promotores de esta política no se oponen a los subsidios gubernamentales ni a las exoneraciones fiscales para las empresas.

Desregulación: Debilitamiento o eliminación de toda norma gubernamental que pueda disminuir las ganancias de las empresas, incluidas las leyes que protegen el ambiente y la seguridad laboral.

Privatización. Venta de empresas, bienes y servicios públicos a inversores privados. Esto incluye bancos, industrias, vías férreas, carreteras, electricidad, escuelas, hospitales y aún el suministro de agua potable. Aunque en general las privatizaciones se realizan en nombre de una mayor eficiencia, a menudo necesaria, tienen el efecto de concentrar la riqueza aún más en unas pocas manos y de hacer que el público deba pagar más para satisfacer sus necesidades.

Eliminación del concepto del “bien público” o “comunidad”, y su sustitución por el de “responsabilidad individual”. Presión a los más pobres de la sociedad para que atiendan por sí mismos su salud, educación y seguridad social.

Ahora bien, si el liberalismo económico no ha podido resolver las desigualdades sociales en los 2/3 de la población del mundo, el neoliberalismo ha aumentado esta distanciación social a límites extremos. Tal es así, que al año 1992 sólo 172 empresas multinacionales tenían una participación en el PNB mundial del 26,8%. Mas aún, la política del desempleo que era característico de los paises subdesarrollados, se ha trasladado también a los paises opulentos con tasas altas y sostenidas de crecimiento por cerca de dos décadas.

Más aún, la carrera desenfrenada hacia la productividad del capital y la banalización de la producción de bienes y servicios ha conducido a un abismo creciente entre un puñado de privilegiados y los creadores de símbolos y el resto de la fuerza de trabajo cada vez más empobrecida e inestable. De este modo, la globalización ha conducido a contradicciones sociales cada vez más enormes, ya no sólo en los paises del Tercer Mundo como era tradicional, sino que, ahora, también en los paises altamente desarrollados.

Pero, si el distanciamiento social entre los más pobres y los más ricos en vez de estrecharse aumenta, los mismos índices de pobreza, tanto en términos absolutos como relativos, muestran un cuadro más dramático que en todos los periodos precedentes. Sólo nuestra América Latina muestra más de un 40% de su población bajo los límites de la pobreza. Y si pensamos que estos indicadores aparecen como un sueño para la realidad de la pobreza de los habitantes del continente africano y gran parte de los asiáticos, se podrá comprender la profundidad de la crisis a que ha conducido la política neoliberal en vastas regiones del mundo.

Nos encontramos ante la paradoja, que estando en condiciones hoy de producir una enorme cantidad de bienes y servicios, al mismo tiempo, existen grandes problemas de distribución, así como también desigualdades notables en las pautas de consumo. Quizá una de las notas más relevantes de todo este proceso, es que aparece como una necesidad impostergable una nueva filosofía del progreso que ponga el acento en lo específicamente humano, antes que, en una política material de crecimiento global, del mercado o del consumo.

Todo ello, porque el neoliberalismo y la consiguiente globalización de los problemas del mundo presenta una gran contradicción, porque en tanto se presenta como un proceso irreversible que acerca más a los hombres y las naciones, presenta otra cara, en que los hombres que buscan la justicia social deambulan como almas huérfanas con voces que claman en el desierto o son apagadas por la exacerbación de la intolerancia más primitiva.

Entonces, no será suficiente la indignación ética ni el conocimiento meramente intuitivo de esta realidad. Una indignación coherente debe conducir necesariamente a la profundización del conocimiento de la realidad: a captar que la realidad socio económica que nos aporta el neoliberalismo no es transparente sino ocultadora de los mecanismos que niegan o debilitan derechos fundamentales.

BASE DE DATOS

“Socialismo”. Artículo de la Enciclopedia Encarta. Cedido por Microsoft.

“Liberalismo y neoliberalismo en una lección”. Carlos Alberto Montaner

“¿Qué es neoliberalismo?” Jesús Antonio Bejarano

“Derechos humanos, entre realidades y convencionalismos”. Hernán Montecinos

“Socialdemocracia, ¿especie en vías de extinción?”. Adolfo Constenla Arguedas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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