La posibilidad transmoderna

Por: Cristian Fernández Cox
Fuente: Diario “La Época”, 29 de Enero, 1995 

¿En qué consiste el desencanto posmodemo? ¿Es un desencanto con “la modernidad”, como si “la modernidad” fuese un modelo universal, cerrado y canonizado en los países del hemisferio norte que se modernizaron primero?

Si fuese así, los países “en vía de modernidad” estaríamos ante un acertijo sin salida. Ya que si aspiramos a la modernidad, estaríamos condenados a cometer los mismos errores de los países ya modernos… para desembocar en el desencanto posmoderno. Y si no queremos cometer esos errores, el único modo sería renunciar a la modernidad, y quedarnos premodemos. ¿Qué hacer?

Desde el Taller América y los SAL (Seminarios de Arquitectura Latinoamericana) me ha saltado a la vista cómo en Chile y otros países iberoamericanos una dificultad principal para resolver nuestros asuntos radica en nuestra tendencia a reflexionar desde presupuestos ajenos: estamos secularmente acostumbrados a pensar en categorías del hemisferio norte, exocéntricas a nuestra realidad. Consecuentemente, se nos dificulta pensar desde nosotros mismos y nos quedamos sin nombres ni imágenes para conceptualizar lo que ocurre bajo nuestros propios ojos. Y desperdiciamos la única ventaja de nuestro retraso relativo: la posibilidad de aprender de los errores ajenos.

Intentemos reordenar conceptos y nombres, a ver si se despeja el acertijo.

Se llama “modernización” a una cierta racionalidad instrumental: la calculabilidad de los procesos medibles en eficacia y productividad, el desarrollo científico y tecnológico, los mercados; los medios instrumentales en sentido amplio.

Y se llama “modernidad” al desarrollo de una cierta racionalidad normativa: la autodeterminación política, la autonomía moral, los derechos humanos; los fines valóricos en sentido amplio.

Modernización y modernidad son dimensiones imbricadas, pero diferentes del acontecer histórico: cada cual con su propia lógica, dinámica y sentido.

De los intentos por caracterizar la modernidad, el más medular es uno que, aunque tomado de la antropología religiosa, resulta extrapolable a términos generales: la modernidad vasta como el desafío histórico de transitar desde un orden recibido hacia un orden producido (Marcel Gauchet, El desencantamiento del mundo).

En lo filosófico, el tránsito desde una cosmovisión teocéntrica (orden recibido) hacia un humanismo antropocéntrico (orden producido).

En lo político, el tránsito desde la soberanía de derecho divino (orden recibido) hacia la soberanía del pueblo (orden producido).

En el deber ser, el tránsito desde una moral objetiva trascendentemente fundada (orden recibido) hacia una ética inmanente, sustentada en la conveniencia social: el imperativo categórico kantiano (orden producido).

En arquitectura, el tránsito desde los mandatos manualísticos canonizados por las academias (orden recibido) hacia una arquitectura entendida como respuesta a las sensibilidades, necesidades y potencialidades de las sociedades (orden producido).

La modernidad así entendida, como respuesta histórica a un cierto desafío, deja a la vista una confusión muy extendida: no existe un canon universal de la modernidad, sino diversas respuestas que, por históricas, son sui generis, diversas, plurales: las modernidades peculiares a cada historicidad.

Que esto es así, queda bien ilustrado con lo ocurrido en la modernidad política. Las tres respuestas paradigmáticas —la francesa, la inglesa y la norteamericana— tuvieron coloraturas valóricas y simbólicas muy diferenciadas entre sí, tanto en sus procesos de gestación como en sus especificaciones. Tenemos la traumática revolución francesa, que desembocó primero en la dictadura imperial napoleónica. Tenemos la monarquía constitucional inglesa, que se venía gestando evolutivamente desde la Carta Magna. Y tenemos el inédito proceso que condujo a la democracia republicana hoy más antigua del mundo: el caso norteamericano. Todas respondían a un mismo desafío de producir un nuevo orden político; pero cada cual a su modo, desde su cosmos valórico encarnado en sus sustratos culturales. ¿Cuál es entonces, el modelo de la modernidad política? La imposibilidad de responder esa pregunta evidencia que está mal formulada: por histórica, la modernidad es un desafío abierto, desagregable y evolutivo. La modernización en cuanto civilizatoria tiende a ser universal; las modernidades en cuanto culturales, son siempre diversas, peculiares.

La modernidad que hemos asumido como supuestamente universal corresponde a un proceso histórico de incalculable influencia, pero que culturalmente, en cuanto modernidad, es inherentemente particular: la Modernidad Ilustrada, que con sus propios matices endogestaron y vivieron las naciones primeramente desarrolladas del hemisferio norte.

Nosotros los iberoamericanos, si bien hemos intentado seguir sus pasos en cuanto a las modernizaciones técnicas —con menor o mayor éxito según el caso— en cuanto modernidad valórica en verdad jamás la hemos vivenciado realmente. Siendo de hecho culturalmente distintos, hemos adoptado esa modernidad ilustrada, siempre de los dientes para afuera… haciendo su mimesis externa. (Dice Octavio Paz en Inmendaciones: “Como no tuvimos Ilustración ni Revolución Burguesa —ni Crítica ni Guillotina—, tampoco tuvimos esa reacción pasional y espiritual contra la Crítica y sus construcciones, que fue el Romanticismo. El nuestro fue declamatorio y externo…desde el siglo XVIII hemos bailado fuera de compás…”)

Entonces, ¿es todavía sustentable el presupuesto implícito entre nosotros de que la modernidad es una sola? ¿Es todavía sostenible la prohibición intelectual de que puedan existir modernidades otras? La modernidad nuestra, ¿pasa necesariamente porque tengamos que adoptar las coloraturas valóricas de los norteamericanos? (Exigencia que no ponen los norteamericanos —que no saben de este problema y con razón poco les importa—, sino que es una exigencia autoimpuesta por nuestras propias élites intelectuales). ¿Y qué de la modernidad japonesa, tildada de “feudal” desde la óptica pretenciosa etnocéntrica de la Ilustración?

¿Es sustentable que la Ilustración es la modernidad?

Y consecuentemente, ¿está en crisis la modernidad, o está en crisis la Ilustración que dio origen a esa modernidad? A hora bien, si lo está en crisis, es una Ilustración que no vivenciamos realmente, ¿qué implica entonces para nosotros el desencanto con esa modernidad ilustrada ajena, este desencanto pretendidamente universal y pretenciosamente llamado posmodemidad?

Si recordamos que Max Weber caracterizó a la modernidad como “el desencanto del mundo”, tenemos una formulación más explícita de lo que hoy se llama posmodernidad: “El desencanto… con el desencantamiento del mundo”.

Este “desencanto con el desencantamiento” implica una posibilidad de reencanto”. Pero esta posibilidad no es forzosa: no estamos ante una categoría algebraica (menos por menos da mas), sino ante una categoría histórica. De aquí que el doble significado del término crisis, en cuanto fenómeno vivo —peligro y oportunidad— nos otorga una visión más realista del entretiempo en que nos encontramos: el “peligro” del desencanto con la modernidad, pero a la vez la “oportunidad” de su resignificación.

Visto que la modernidad es un desafío abierto y desagregable, conviene identificar entonces cuáles son lo factores “desencantadores del mundo” con los cuales hoy estamos desilusionados. Una buena caracterización se encuentra en la introducción del libro El punto crucial, del físico vienes radicado en Berkeley, Fritjof Capra: “En los anos 70 me interesé profesionalmente ante todo por el dramático cambio de conceptos e ideas que tuvo lugar en el campo de la física en las primeras tres décadas de este siglo y que aún se puede advertir en el desarrollo de nuestras actuales teorías sobre la materia. Los nuevos conceptos de la fisica han ocasionado un profundo cambio en nuestra visión del mundo, determinando el paso de una concepción mecanicista cartesiana y newtoniana a una visión holística y ecológica que, en mi opinión, es muy parecida a las concepciones de los místicos de todas las épocas y de todas las tradiciones”.

En este texto se alude a los siguientes “factores desencantadores”, ahora puestos en tela de juicio. Se alude al racionalismo analítico cartesiano: que el tener que disertar para inteligir, matando la vida para comprenderla (analizarla), resulta bastante torpe para aprehender las realidades vivenciales. Se alude a la gran extrapolación de la analogía mecánica newtoniana de la segunda mitad del siglo XVII: que al entronizar el mecanicismo como analogía cognoscitiva universal, deja a lo vivencial sin categorías desde donde aprehenderlo, provocando la consiguiente ceguera selectiva frente a los fenómenos no mecánicos. Y se alude a las categorías de reemplazo del mecanicismo cartesiano y newtoniano: las nuevas categorías que configuran una visión que Capra denomina como “holística y ecológica”, y que corresponde a la visión teleológico-sistémica que constituye “el reencantamiento del mundo”.

Este mundo “con propósito” (ideológico) redescubierto por la ciencia en estas décadas se contrapone a la ingenua ignorancia de lo inconmensurable que postuló el establishment positivista originado en la Ilustración. (Dice el Nobel de Biología 1964, Francois Jacob, en L.a lógica de lo viviente: “Drante mucho tiempo, el biólogo se encontró ante la teleología como ante una mujer de la que no puede prescindir, pero en compañía de la cual no quiere ser visto en público. A esta unión oculta, el concepto (cibernético) de programa otorga ahora un status legal”).

Lo que hoy advertimos no fue producto del excesivo desarrollo de la ciencia, sino al contrario, de un desarrollo en sus comienzos demasiado precario, que, con la prepotencia del recién iniciado, miró en menos lo que hoy una ciencia más sabia observa con creciente respeto: “las concepciones de los místicos de todas las épocas y tradiciones”.

Este otro punto de vista nos sugiere que lo que se llama “la post-modernidad” es en verdad y más exactamente la “post-ilustración”. Que la crítica a los “factores desencantadores del mundo” ha estado latente en actitudes otras, dentro de la misma modernidad en el hemisferio norte, se puede ilustrar con casos concretos. Observemos el texto siguiente: “¿Dónde está Dios?… lo hemos muerto… pero, ¿cómo pudimos hacerlo? ¿Cómo pudimos vaciar el mar? ¿Quién nos dio la esponja para borrar el horizonte? ¿Qué hemos hecho después de desprender a la tierra de la cadena de su sol?… ¿Hay todavía un arriba y un abajo?… ¿Flotamos en una nada infinita?”.

Este acerbo “desencanto con el desencantamiento” por su fecha no es “posmo-derno”: es extracto de un conocido escrito de Nietzsche (La Gaya ciencia), en la segunda mitad del siglo XIX.

Por otra parte, el actual anhelo de reencuentro con lo simbólico, lo vivencial, lo inconmensurable, todo aquello de lo cual Occidente advierte que carece, y quiere buscar en Oriente, fue un tema recurrente de la reflexión moderna europea (me parece que principalmente alemana) de los 1930. Más tarde, en un texto de Toynbee escrito en 1957 (El historiador y la religión) encontramos la análoga comparación entre la torpe prepotencia occidental y la hábil sabiduría oriental para habérselas con la propia naturaleza humana (su “orden dado”). La que, según nos dice el historiador, queda representada dentro del “repertorio de imágenes primordiales de la sique subconsciente” en la enorme fuerza y obstinación del “toro síquico”. En dicho texto, se propone el siguiente contrapunto: “En dos significativos mitos hállanse recomendados dos procedimientos antitéticos para dominar este toro síquico. En el mito de Mitra, un héroe mata al monstruo y luego va dando tumbos, llevando permanentemente sobre los hombros el inseparable cadáver de su víctima. En el mito mahayánico budista de Zen, un muchacho pastor se hace amigo del gran buey y vuelve a la casa montado en el lomo del monstruo y al son de la música que toca en su flauta. La hábil diplomacia del muchacho es un modo más efectivo de tratar el problema del hombre, que el crudo recurrir a la fuerza del héroe, pues la fuerza, que a veces se vuelve contra quien la emplea, aun cuando su blanco sea la naturaleza no humana, constituye un instrumento del todo inapropiado para habérselas con el toro síquico”.

Este es un elogio a una relación armónica con el “orden recibido”; pero por su fecha (1957) no es posmodemo. Tampoco es premoderno, en cuanto no es un elogio a la pura contemplación pasiva, sino a la intervención activa en este orden dado —el núcleo de la actitud moderna—, sólo que respetándolo y poniéndolo hábilmente a favor de los propios propósitos. Es el elogio a una modernidad “amiga” del orden recibido, más madura, inteligente y sabia. Una actitud que Toynbee elogia mediante el lenguaje simbólico de la mitología: una modernidad imbricada en lo inconmensurable.

Estos testimonios de dos personajes como Nietzsche y Toynbee son dos pequeños pero buenos ejemplos ilustrativos de un hecho cierto: la crítica a los elementos “desencantadores del mundo” ha estado precontenida en los desafíos de modernidad desde sus inicios, al menos larvadamente. Lo que nuevamente apunta a la hipótesis de que la crisis actual (como se llame) no es la crisis terminal de un ciclo —la “modernidad universal” ha muerto, llega la “posmodernidad”—, sino una inflexión histórica, una crisis de crecimiento que sugiere una diferente “fase” dentro de un mismo desarrollo: el cuestionamiento de la Ilustración como modernidad universal, y el reconocimiento histórico de que dentro de un proceso de modernización con muchos factores comunes, se advierte la creciente pluralidad de modernidades, diversas según cada historicidad. Conviene entonces revisar los términos del acertijo inicial, reorganizando nombres y conceptos acerca de las falacias de la modernidad y la posmodernidad.

• Modernidad heroica. Surgida de la Modernidad Ilustrada, una visión reductivista del cosmos, según las categorías mecánico-racionalistas originadas a partir de la Ilustración en el siglo XVII y sus secuelas: sólo es real lo que cabe en estas categorías; lo que no cabe —lo vivencial y lo inconmensurable— por no ser cartesianamente evidente, positivamente no existe; es pura superchería. Esta cosmovisión fue avalada por los espectaculares avances de las ciencias mensurables que se derivaron objetivamente de ella, y el consecuente mejoramiento relativo de las múltiples dimensiones de la condición humana en el planeta.

Esta visión del mundo, que absolutiza la lógica mecánica de causalidad lineal concatenada según los engranajes lógicos del mecanicismo, al reificar su modo de pensamiento, concibe a las grandes realidades —el universo, la historia, la sociedad, los sistemas políticos, la ciudad integralmente planificable— como enormes “aparatajes mecánicos”. En esta lógica, la “verdadera verdad” de las cosas radica necesariamente en su “primer motor” o “primera causa”: quien comprenda y controle esta “verdadera verdad”, comprende y controla la totalidad del mecanismo.

Surgen los grandes discursos de reducción cósmica a una “primera verdad” totalizadora, que dan origen a los grandes totalitarismos: verbigracia, el reino nazi de mil años fundado en la dictadura de la raza superior; o el socialismo totalitario stalinista, derivado de la dictadura de la vanguardia del proletariado; o —guardando las proporciones— el dictado de la reorganización global del planeta, a partir del mandato del desarrollo material sin límites.

Así, los anhelos valóricos de los desafíos siempre abiertos de modernidad, se identifican irremediablemente con los “aparatajes” racional-mecánicos que los subsumen: el aparato del Estado, el aparato del partido, el aparato de la ideología del progreso material indefinido. Estos “aparatos ideológicos” devienen en sucedáneos del sentido religioso de la existencia, prometiendo una salvación final, a la cual se sacrifica toda realidad presente en aras de su victoria absoluta: una “modernidad heroica” sojuzgadora del orden recibido existente, que, como el héroe de Mitra, lo domina matándolo y cargando sobre sus hombros el peso de su cadáver.

• Entretiempo de crisis. Los voluntarismos heroicos fracasan una y otra vez. Los grandes mecanismos sociales no “obedecen” a los comandos de quienes tomaron el control de sus primeras causas: las profesías no se cumplen, los acontecimientos superan todos lo cauces previstos. Fracasa el totalitarismo “A” (la dictadura de la raza superior), pero sorprendentemente más tarde también fracasa el totalitarismo “Z” (la dictadura de la vanguardia del proletariado) que se había visto como su contrapropuesta. Y el aparato del progreso material indefinido tampoco genera la paz y la felicidad en las sociedades opulentas que ya lo han desarrollado.

En estas circunstancias, los contenidos valóricos del mejoramiento del mundo inherentes a toda actitud moderna, al quedar confundidos e identificados con los “aparatajes” totalizantes que han fracasado, pierden toda legitimidad: obsoletos trastos heroicos sólo atribuibles a la barbarie de las posturas fundamentalistas. Los valores quedan exiliados por el desencanto, en el actual limbo “posmoderno” de un intransigente pragmatismo… de no se sabe bien para qué (¿?). Ya que desterrados los valores objetivos, sólo quedan los procedimientos seudo-democráticos para discernir entre lo verdadero y lo falso, entre lo bueno y lo malo.

La democracia representativa —el estadio de autorresponsabilidad más alto alcanzado hasta ahora por la humanidad— para ser auténticamente democrática, se debe estructurar en instancias representativas que configuren un debate articulado en la opinión pública, en las organizaciones de la sociedad civil, en los partidos politicos… y en los mandatarios en que se delega la autoridad. Estas instancias de mediación —indispensables para una democracia auténticamente representativa, y no “directa”— otorgan el ágora y el tiempo de reflexión para los discernimientos valóricos: un gobierno auténticamente democrático puede y debe tomar ciertas opciones valóricas impopulares en su momento.

Al contrario, la “democracia directa instantánea” de levantar la mano en la plaza es un artilugio clásico del tirano populista. Y es esta perversa forma de seudodemocracia directa de masas la que hoy dirime las cosas. ¿Qué es lo verdadero?; lo que el público prefiera en el instante según los ratings de la televisión; siempre “el público (el people meter) tiene la razón”. ¿Qué es lo bueno?: lo que los consumidores prefieran en el instante según los ratings del mercado; siempre “el cliente tiene la razón”. ¿Qué es lo conveniente en arquitectura?: la moda del día que tenga éxito publicitario.

Y así llegamos al actual cinismo posmoderno: se derrumbaron las ideologías, no hay verdades, no hay valores —¿quién los define?—, sólo queda la anomia teórica y valóricanea en nombre de un pluralismo light: el éxito inmediato tiene siempre razón… el éxito es la razón.

• Modernidad armónica o transmodernidad. Llegando ex profeso sólo al nivel secular de las preguntas penúltimas, hoy vemos emergiendo una visión y actitud “ecosistémica” y “teleológica” ante el cosmos. Algunas ciencias ahora más desarrolladas —principalmente la física teórica, la astronomía y la biología— sugieren la existencia de un ordenamiento global (en el sentido sistémico de la imbricación holística de los fenómenos) que es finalista (verbigracia, el propósito que pareciera guiar al Universo; o de la programación genética en el ADN de los seres vivos).

Sorprendentemente, este “finalismo organizado” (el “encantamiento” premoderno del mundo radicaba precisamente en lo que hoy redescubrimos como su organización teleológica holística), se parece bastante a “las concepciones de los místicos de todas las épocas y tradiciones”. El propio desarrollo de las ciencias y los descalabros históricos generados por los ideologismos heroicos van asentando la noción de que la comprensión humana del cosmos es siempre limitada y parcial —por cada pregunta que se responde surgen mil preguntas nuevas—, y que por tanto conviene ser más humilde y respetuoso ante el orden recibido, ya que éste parece tener ciertas interacciones y coherencias secretas, inasibles e inmanipulables, y de las cuales —cualesquiera sean— más vale ser amigo que enemigo. En esto se insinúa, al menos como posibilidad, una modernidad-respuesta la que busca “asociarse” con el orden recibido, poniéndose en armonía con él, a partir del presupuesto de que el orden existente resulta potencialmente bueno y bello, en la medida en que se lo respete y se aprenda a convivir con él.

Ya no un orden recibido intocable, al modo premoderno. Tampoco un orden voluntarista prometeico, un orden producido depredador, al modo moderno heroico. Sino una síntesis entre ambas actitudes; un orden producido desde y para el respeto al orden recibido: esto es, un orden cultivado, constitutivo del modo armónico transmodemo.

En homenaje a la hermosa cita de Toynbee es que nombramos como “modernidad heroica” a la modernidad triunfante de la Ilustración, aludiendo en sus aspectos negativos a la torpeza del héroe en el mito de Mitra; y como “modernidad armónica” o transmodernidad, a la modernidad otra eventualmente emergente, aludiendo a la sabia habilidad del pastor en el mito mahayánico budista del Zen.

La post-ilustración (comprensible llamada “posmodernidad” desde la óptica del ( hemisferio norte) ha sido un entretiempo de desconcierto, una crisis de rechazo a los “factores desencantadores” del iluminismo y de los inhumanos neoiluminismos totalitarios del siglo XX. Pero este extendido nombre ya está resultando excesivamente inapropiado. Porque confunde el fracaso de una modernidad particular con el presunto finiquito universal de toda modernidad: una época presuntamente posmoderna. ¿Y qué del anhelo y voluntad de mejoramiento activo del mundo, que constituye el núcleo mismo de la actitud moderna? ¿Qué de nosotros los países “en vías de modernidad”? ¿Basta para nosotros esta posmodernidad que se seudo resuelve sobre la base de un autocompasivo e inconducente desencanto, o de la peregrina idea del “fin de la historia”?

Es comprensible que desde el hemisferio norte, que vivenció profundamente esta Modernidad Ilustrada, se tenga esta visión etnocéntrica de confundir la Ilustración con la modernidad; pero resulta descabellado y hasta un poco ridículo que la intelectualidad chilena ignore nuestros fenómenos reales más evidentes, para hacerlos “calzar” a la fuerza en estas conceptualizaciones ajenas. Chile, y de distintos modos toda América Latina, son naciones que claman por modernización y modernidad. El más simple sentido de realidad nos señala que nuestro sujeto histórico real está constituido por una sociedad que en muchos aspectos y sectores recién está conociendo, o no ha conocido nunca ni de lejos, los “encantos” modernos; es un snobismo intelectual grotesco suponer que puede haberse “desencantado” de ellos y que somos “posmodemos”.

A diferencia del engañoso nombre de posmodernidad, la idea de modernidad armónica o transmodernidad delimita los “factores desencantadores” de una modernidad particular, como es la Ilustración, que son los factores que efectivamente están en crisis, y connota la oportunidad que abre esta crisis: sin cortar el enraizamiento con el orden recibido de la premodernidad, y sin cortar con la sustancia misma del impulso de orden producido de toda modernidad — el anhelo y voluntad de mejoramiento activo del mundo—, trascender hacia nuevas síntesis transmodemas: el mejoramiento activo a la vez que respetuoso del orden recibido: no al torpe modo heroico del mito de Mitra, sino al más hábil y sabio modo armónico del muchacho pastor del mito mahayánico budista del Zen que el historiador nos señaló hace ya medio siglo.

Esta nueva síntesis de orden activamente producido, con respeto, desde y para lo perenne del orden recibido, es lo que podemos llamar el anhelo emergente del orden cultivado.

Este reencuentro contemporáneo con el orden recibido tiene hoy un paradigma emblemático: la emergente conciencia ecológica, que implica el respeto debido al ecosistema, al “orden recibido” de la naturaleza.

Esta conciencia emergente tiene una implicancia filosófica que, aunque obvia, no ha sido suficientemente advertida: la noción de una racionalidad instrumental objetiva: un orden recibido —el sistema ecológico— que es como es, independientemente de las preferencias subjetivas de personas o grupos. Cuidar la capa de ozono está bien, y no cuidarla está mal… independientemente de cualquier encuesta de opinión o rating.

Y a medida que crezca la conciencia del respeto ecológico al orden recibido de la naturaleza, se irá posiblemente perfilando la cuestión subsiguiente que le es inherente: la conciencia del respeto “ecológico” ante el orden recibido de la naturaleza Humana.

En la medida en que la conciencia de la “ecología humana” por la misma consecuencia filosófica, nos reencontramos inesperadamente… con una racionalidad normativa objetiva, un “orden recibido” es como es, independientemente de las preferencias instantáneas de masas. Amar al prójimo está bien. Quemar a los judíos en Dachau en nombre del nazismo está mal; fusilar a la oficialidad polaca en Katyn en nombre del comunismo está mal; practicar el egoísmo radical sin contrapeso en nombre del consumismo está mal… independientemente de cualquier rating.

Y asi nos reencontramos con algo que en la post-ilustración hemos estado evadiendo pertinazmente: la noción de existencia de valores objetivos, que son como son: una “ecología humana” que viene dada, un orden recibido que es como es, y que conviene aprender a libremente respetar, por la misma razón que conviene aprender a libremente respetar al ecosistema: porque es como es, y, si no queremos cargar sobre nuestros hombros el peso de su cadáver como el torpe héroe del mito de Mitra, más vale ser su armero que su enemigo. La modernidad heroica originó un incontenible impulso hacia el progreso material indefinido, consecuentemente depredador. La “posmodernidad” (post-ilustración), aparte de refunfuñar su desencanto, ha hecho poco al respecto; ya que siendo en verdad continuación de la Modernidad Ilustrada, se funda en sus mismas y decepcionantes premisas. De aquí que no contrapone nada; y ha devenido en pura negatividad, reaccionaria y nihilista: un limbo paralizante que se seudo resuelve en “el fin de la historia”.

La modernidad otra que hoy se insinúa abre una nueva frontera de progreso también indefinido… pero en otra dirección, con otro sentido: el progreso de la “ecología humana”.

Ecología Humana de la que hay tanto que aprender:

• Por lección de la independencia ecológica: la solidaridad social. • Por lección de la diversidad ecológica: la tolerancia plural. • Por lección del “ser como es” de la objetividad ecológica: la noción de la existencia de valores humanos objetivos y consecuentemente inalienables.

Así, pensando desde nuestra realidad y aprendiendo de los errores ajenos, el acertijo del comienzo tiene al menos una oportunidad de salida teórica.

*Transmodernización: cultivar activamente la ecología natural, los medios (instrumentos) para mantener la vida en el planeta.

*Transmodernidad: cultivar activamente la ecología humana, los fines (valores) para que esa vida valga la pena vivirse.

 

 

 

 

 

 

 

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