Violencia delictual

Por: Francisco Herreros
Fuente: Editorial revista “Pluma y Pincel” Nº 183, Edición Enero-Febrero 2005

La secuencia es conocida. Omitiendo cuidadosamente las causas, los medios de comunicación brindan generosa cobertura a los hechos de violencia delictual, los cuales presentan con un lenguaje preñado de connotaciones casi apocalípticas, que busca interpelar los instintos más primarios de las personas, como son las antinomias miedo/protección o ansiedad/seguridad. Luego, empresas o instituciones dedicadas a los estudios de opinión, a menudo vinculadas a los mismos dueños de los medios de comunicación, realizan encuestas diseñadas de forma tal que no pueden dejar de reflejar el temor de la gente ante la delincuencia. El circuito se completa cuando los medios de comunicación, con base en esas mismas encuestas, propalan la novedad de que la principal preocupación de los chilenos es la inseguridad ante la delincuencia.

De esta manera, el sistema mediático insufla miedo de manera casi cotidiana. No como efecto indeseado o colateral, sino como un mecanismo de control social deliberado, articulado en varios niveles. El primer mecanismo implicado es el de la alienación. Así como la dominación de clase se fundamenta en su negación, la preocupación de estos medios y de la clase política sobre los «alarmantes» índices de delincuencia, disocia y oculta la correlación directamente proporcional existente entre el crecimiento de la marginación y el desempleo estructural, consecuencia inevitable de un sistema productivo específico, y el simétrico incremento de conductas socialmente disfuncionales, como la delincuencia, a cuyos exponentes se los juzga únicamente desde el ángulo del comportamiento y la culpa individual. En una sociedad que tiene al consumo como religión y al mercado como sacerdocio, la condición marginal equivale a ser no ciudadano, no persona, un paria de la modernización, excluido no sólo de bienes y servicios, sino de los derechos más elementales, de la cultura y del esparcimiento. Como no tiene influencias en el mercado de la política, si el marginal asume pasivamente su condición, tanto peor para él. Si en cambio desarrolla una respuesta reactiva, habitualmente violenta, es percibido como una amenaza por el resto de la sociedad, lo que tiende a reforzar su aislamiento y rebeldía.

El marginal crece en la promiscuidad y el hacinamiento, tiene por escuela la calle y la lucha por la supervivencia es su ley. La droga y el alcohol son sus únicas válvulas de escape. En tales condiciones exigirle al marginal una conducta propia de un respetable ciudadano, no sólo es un error metodológico sino una monumental hipocresía. Paradójicamente, el marginal recupera su condición ciudadana cuando es sorprendido en algún delito contra la sacrosanta propiedad privada.

Entonces adquiere el derecho de ser penado con todo el rigor de la ley.

Esto sin perjuicio del carácter de clase que reviste el sesgado tratamiento del tema en los mencionados medios de comunicación. La violencia delictual es una experiencia cotidiana en las barriadas populares. Sin embargo, el tema salta a las primeras planas y absorbe la atención de la clase política sólo cuando los sucesos criminales ocurren en las casitas, o las mansiones, del barrio alto.

El segundo mecanismo es el de la manipulación, que consiste en abstraer las causas y operar sobre las consecuencias.

Esta técnica, o modo de presentar el problema, abstrae el hecho de que la delincuencia es hija putativa y consecuencia inseparable del modelo libremercadista a ultranza que este gobierno hizo suyo, y de la cultura de violencia que fue necesaria para implantarlo, de la cual el reciente informe de la Comisión de Prisión Política y Tortura no es sino un pálido reflejo.

Evidentemente, sería ingenuo asumir que a los profetas de la inseguridad ciudadana les preocupa la seguridad de la señora Juanita. No, su tiro por elevación apunta a endurecer la legislación y el sistema penal como mecanismo preventivo de la violencia social inherente al aumento de la tasa de explotación del trabajo que exige la preservación de la tasa de ganancia.

El tercer mecanismo de control social involucrado en el tratamiento de la delincuencia es el de la sublimación. La delincuencia como chivo expiatorio tiende a ocultar que, producto de las mismas contradicciones del modelo, la sociedad chilena está enferma de miedo. Miedo a perder el trabajo; miedo a no poder pagar la tarjeta de crédito, pasaporte al fingido paraíso del consumo; miedo a enfermarse; miedo a una vejez desprovista de protección social; miedo a no poder darle a los hijos un nivel de educación que les permita cierta movilidad social; miedo a cualquier grupo de jóvenes parados en una esquina; miedo a no poder seguir aparentando un tren de vida en franco deterioro; miedo a protestar contra el sistema.

Se trata de miedos de larga data, anidados en lo profundo del imaginario colectivo, y que además son inducidos deliberadamente desde la esfera de la comunicación, la educación y la cultura.

El único antídoto conocido, la única manera de exorcizae ese miedo atenazante, es la adquisición de conciencia sobre sus causas últimas, preludio de la articulación de mayoría sociales que se propongan un cambio radical del sistema que lo origina. Si esta edición de Pluma y Pincel aportase aunque sea un grano de arena en esa perspectiva, nos sentiríamos ampliamente pagados.

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