La violencia con y sin pasamontañas

Por: Guillermo Gutiérrez
Fuente: Icalquinta.cl (14.09.06)

¿Quién es más violento? ¿El que lanza una bomba incendiaria o el que crea y preserva las condiciones de injusticia y discriminación social?

TODO CHILE ES testigo de la aparición, con una fuerza inusitada, de un fenómeno incubado desde hace años y del que hasta ahora se había visto sólo tímidos atisbos: la irrupción de grupos violentos que actúan en la vía pública especialmente durante las manifestaciones masivas.

“Contra toda autoridad”, reza un rayado en una de las calles de Rancagua. Y esta frase, que para muchos es sólo un rayado molesto y odioso, me dejó planteada la inquietud que detrás de ella había algo más, alguien más que un simple desadaptado. Es claro que un anarquista es, para nuestros cánones sociales, un desadaptado, pero lo que quiero destacar es que no es tan sencilla esta descripción.

La bomba incendiaria lanzada contra el Palacio de La Moneda durante la marcha por el aniversario del Golpe estremeció a todos quienes tenemos grabada en nuestra memoria, de manera indeleble, las imágenes del bombardeo de los golpistas y traidores el once de septiembre de 1973, rememorándonos la destrucción de nuestra verdadera democracia de entonces y las muertes que vendrían luego. A nosotros, a los jóvenes de entonces y sujetos maduros de hoy, aburguesados y temerosos de perder lo poco que tenemos, pero ¿y a los jóvenes de hoy? ¿Les ocasionó lo mismo? No lo creo.

La destrucción de casetas telefónicas, vidrieras y escaparates, los sujetos armados atacando a Carabineros ¿recordó acaso los desórdenes y enfrentamientos de hace 33 años? No, porque entonces no había el vandalismo desatado que vemos hoy y los intentos de la derecha de buscar similitudes no tienen otro referente que las imágenes y su propósito es alentar la sensación de caos, tal como hace 33 años, puesto que la mala conciencia no se le ha pasado (posiblemente no se le pase nunca).

Por lo demás ¿quiénes son estos jóvenes? ¿A quiénes representan? ¿Son simples vándalos o hay detrás de su accionar algún propósito o algún mensaje que no logramos – o no queremos – decodificar? Es probable que el Gobierno, nuestra sociedad, se este comportando como las vírgenes necias, viviendo como si nada pasara y sin tomar las providencias necesarias para evitar un estallido social que ya se ve venir.

Da la impresión que cuando se llega a las altas esferas del poder las personas mutan sus condiciones: los que otrora oían, se vuelven sordos; los que antes veían, se vuelven ciegos; los que antes hablaban, se quedan mudos.

Hoy no hay proyecto social alguno y por tanto no hay un referente. El socialismo de ayer se ha convertido hoy en el mejor instrumento y en la mejor opción para que los grandes capitales y las transnacionales aumenten sus ganancias e incrementen su capital; los dirigentes proletarios de entonces andan hoy en automóviles de lujo con chofer, teléfono móvil y secretaria pagados por todos los chilenos; los descontentos de ayer lanzan a las descontroladas Fuerzas Especiales de Carabineros para acallar a los descontentos de hoy; los Ministros de Estado, contrariando la etimología del cargo, no están para servir a nadie, excepto a las empresas a las que emigrarán una vez que dejen sus cargos; los rebeldes de pelo largo de ayer, ahora se echan gomina y no caminan por la calle para no despeinarse; los desfavorecidos que luchaban por emancipar a los suyos, lo único que desean actualmente es parecerse y pertenecer al grupo de quienes los desprecian (esto me recuerda mucho el libro “La !
Granja de los Animales”, de George Orwell).

Hoy no hay proyecto social alguno, hay negocios, hay inversión, hay ganancia, pero para unos pocos, para los de siempre, más algunos advenedizos que entraron por las puertas del poder político.

Hoy no hay proyecto social alguno y, pese a que en todas partes vemos escrito que todos somos reinas y reyes, en ninguna parte se nos dice que las reinas no lavan platos ni ropa ajena y que los reyes no salen a barrer las calles.

Hoy no hay proyecto social alguno, porque a nadie le interesa verdaderamente cambiar el sistema binominal; a nadie le interesa eliminar la pobreza – lo que desean es eliminar a los pobres, que no es lo mismo -; a nadie le interesa cuidar el ambiente, porque es malo para los negocios; a nadie le interesa poner término a la corrupción; a nadie le interesa nada de nada, excepto su propio ego.

Hoy no hay proyecto social alguno porque a nadie le interesa mejorar la educación, puesto que ello podría implicar dejar de recibir dinero del Estado para beneficio propio o del socio, o del amigo o del pariente.

Y si el que no haya proyecto social alguno no es violento, ¿qué lo es?

Si el proyecto social es mantener las cosas tal como están, como parece, ¿no es esto tremendamente violento, acaso?

Ante esto, no cabe duda alguna que un descontento tan violento como el de las protestas callejeras responde a la falta de esperanza o, si queremos verla desde otra perspectiva, a la existencia de una esperanza vana, derrumbada estrepitosamente, porque ésta – la esperanza – brota de un acto tan humano como es el esperar algo que todavía no existe, pero que puede ser, como dice Erich Fromm; o sea, la esperanza se opone a la angustia del sin sentido, la esperanza apuesta por el futuro y la esperanza se vincula, necesariamente, con la justicia. No obstante, futuro y justicia es lo que los descontentos no ven y ni perciben en sus vidas y la angustia del sin sentido es la que los acompaña a diario.

Para los discriminados, para los marginados del progreso que se nos muestra como el paradigma de nuestro desarrollo y de nuestra evolución como sociedad sólo les queda la resistencia ante la injusticia del olvido en que esta misma sociedad los tiene sumidos.

Para nadie es un misterio que muchos chilenos, en particular aquellos de menores ingresos, viven como exiliados en su propio país, proporcionando a bajo precio brazos de trabajo para que los empresarios y las transnacionales continúen enriqueciéndose, entregando productos de exportación baratos y por tanto muy competitivos; que cuidan y limpian autos que nunca tendrán; que construyen departamentos que nunca habitarán; que pavimentan calles por las que jamás conducirán su propio vehículo; que deben hacer infinitas peregrinaciones para obtener la migaja de una atención médica; que venden ropas que nunca usarán; que concurren a liceos y escuelas sin tener donde sentarse, sin tener donde orinar –aunque se lluevan por todas partes -, sin tener con qué escribir y sin tener con qué estudiar; que nunca saldrán de la espiral de pobreza en que han nacido porque el sistema educacional y laboral está organizado para mantener un sistema de castas sociales; y así, pues la lista es larga, ya que los que protestan son los postergados, los hijos de la posmodernidad, los nacidos bajo el concepto de globalización en que nuestro país se ha alineado e insertado, convirtiéndose, a su vez, en una especie de hijo pródigo del sistema, pero, de paso, en un pésimo padre, que descuida a sus hijos más desamparados y protege y engorda a los que más tienen y comen.

Así las cosas, ¿nos extrañan todavía estos actos de violencia?

Dejo especial constancia que no estoy justificándolos, sino que sólo intento explicarme la razón de tanta ira desatada, de tanto acto aparentemente sin sentido y en esto está precisamente la clave de la trampa en que se nos pretende hacer caer puesto que ¿quién es más violento? ¿El que desarrolla las condiciones, o el que protesta porque ellas existen?

Quienes vivimos el frustrado proceso de emancipación social de la Unidad Popular sabemos que la vida es perfectamente vivible sin televisión, sin teléfonos móviles, sin automóviles, sin ropa de marca, sin ninguno de esos lujos; en fin, sin consumo desenfrenado y por ello captamos que algo no anda bien cuando detrás del mensaje publicitario se huele la discriminación, la pérdida de ideales, la falta de solidaridad y el hedonismo más radical y los jóvenes marginados también captan lo mismo y peor, aún, lo sufren, porque nacieron en una sociedad que transmite a diario su mensaje publicitario discriminatorio, sin ideales, anti solidario y hedonista de que el éxito tiene que ver con la cantidad y calidad de televisores que se posea; con el tipo de teléfono móvil que tengas – con cámara, conexión Wap y MP3, de preferencia -; con el tipo de automóvil que conduces, ojalá deportivo; con la ropa de marca que vistes, de marca y no con genéricos chinos.

Por tanto, los que protestan no son los jóvenes sin problemas, insertados firmemente en la actual sociedad de consumo y educados en colegios particulares, sino quienes miran el festín desde afuera, desde atrás de las rejas; los que protestan son quienes tienen como destino ser la fuerza de trabajo para que otros engorden sus bolsillos, como lo son sus padres y como lo fueron sus abuelos; los que protestan son los que destilan su ocio desde el aljibe de la falta de educación; los que protestan son los desesperanzados, los ignorados, los olvidados.

Pero los jóvenes de las protestas tienen el mérito de hacernos preguntar el por qué de sus actos, tienen la actitud del tábano, que no nos deja dormir en los laureles, y nos recuerdan que lo que estamos construyendo es una sociedad que se sume en la desesperanza, que ciega los proyectos en común, que bloquea la participación política, que siembra la desconfianza, que olvida a las personas, centrifugándolas a una despiadada lucha de unas contra otros por los intereses más mezquinos que se puedan imaginar, porque digámoslo ya: la democracia en Chile, secuestrada el 11 de septiembre de 1973, aún no ha sido liberada, porque la democracia, como sistema político, se ubica entre la factibilidad de las condiciones políticas y los ideales de justicia y esto último es, precisamente, lo que se echa de menos, esto último es lo que falta y enardece a los jóvenes.

Estamos sucumbiendo, como sociedad, a la injusticia del olvido, a la falta de compasión y nos hemos ido a vivir al barrio de la indiferencia, por eso, en vez de escandalizarnos por lo que otros hacen, mejor escandalicemos por lo que NO hacemos, pues es imperativo – si queremos de verdad evitar el estallido social que se ve venir – darle un sentido moral al desarrollo, hacerlo justo – para todos y no para algunos – y hacer posible la esperanza, abriendo ventanas en las paredes de la oscuridad del sistema económico que nos asfixia y que muchos se esmeran en preservar.

COMENTARIOS DE LECTORES

* Nuestro 11 de septiembre puede terminar repitiéndose
Alejandro Marchant, independiente

Me da lata escribir sobre este tema tan añejo. Pensamos los chilenos por un momento que habíamos dejado atrás el 11 de septiembre, pero claramente no es así. Vemos cómo delincuentes arrasan Santiago y regiones impunemente. El Ministro del Interior ha tratado de bajar el perfil, como todo el Gobierno; un diputado DC dijo por TV que esto era algo nuevo en Chile; la UDI rasga vestiduras diciendo el Gobierno es responsable; Renovación Nacional no opina, entonces cabe preguntarse ¿quién es responsable? Por ahí alguien dijo que el Poder Judicial, pues no condena a los autores de desmanes, pero seamos justos, los mismos dirigentes que hoy son Gobierno y oposición fueron los que enseñaron a salir a la gente a las calles, fueron los instigadores de la violencia, fueron los que hundieron a Chile en la oscuridad de una dictadura, ¿o acaso el Gobierno desconoce esto? La señora Michelle promete y promete y no hace nada, da la impresión de que definitivamente carece de liderazgo para dirigir los destinos de nuestro país.

Yo me pregunto por qué, si el Gobierno sabe lo que va a pasar cada 11 de septiembre, no se decide a desarticular estos desmanes? Creo que si seguimos así pronto terminaremos con otro 11 de septiembre. ¿No se han dado cuenta de que ya no hay respeto por las personas y la propiedad privada?, ya no se puede salir tranquilo, inclusive a los carabineros les quitan autoridad, personalmente me da vergüenza ver a este personal escondido detrás de los árboles, sin poder hacer “nada” debido a que los señores políticos, una vez que terminan estos “actos”, los avalan diciendo “solamente hay 70 carabineros lesionados”, nada más ni nada menos, ¿estamos esperando acaso que halla gente muerta? Queda en evidencia la total falta de control de los mandos medios en el Gobierno, nadie controla a nadie, total “tenemos democracia”. ¿Sabrán acaso estos jóvenes por qué protestan? Está la papa, protestaron con los estudiantes y no pasó nada, destruyeron y nada pasó, creo que es el deseo de todo chileno vivir en paz, y no me hablen de justicia social, por hoy los pobres tienen más beneficios que nunca, lo único que pedimos es que Chile sea una gran nación donde todos tengamos cabida

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