Disgresiones acerca de la violencia

Por: Julio Barriga*
Fuente: Revista “Diógenes Nº 9, Mendoza, Argentina (1996)

* Escritor boliviano, autor de cuatro libros de poesía, cuentos y aforismos. Ha publicado en distintas revistas y diarios de Bolivia y Argentina. Dirigió el suplemento literario ventual”, del diario tarijeño “Ahora”.

Resulta difícil abordar una reflexión sobre la violencia sin deplorar armoniosamente la imperfección humana y -en uso de una doble moral muy en boga- sentir que los violentos son los otros y la violencia es un invento de los medios de comunicación de estos tiempos del moderno cambalache (vino el biógrafo y buenas noches). Pero la violencia ha estado ahí desde siempre y la mejor ocasión de verle la cara es a la hora de afeitarse.

Griegos y romanos a su tiempo usaron liberalmente de ella a la vez que la desaprobaban y proscribían de un ideal de civilización más o menos estoico, ansioso de armonía; eso hasta que a su turno desaparecieron en los violentos torbellinos de la historia.

La violencia parece característica de la barbarie: sociedades primitivas que no llegan a reprimir o sublimar su original naturaleza. Pero, lo mismo las vemos en el apogeo de su poder y riqueza; en la intuición de su final y la conciencia de su decadencia retomando a sumergirse en violentas convulsiones por el desesperado intento de volver a la infancia; en el imposible retorno a un cielo bajo el que un día se fue dichoso y no se lo sabía, y hoy se es desdichado y sí se sabe. Bizancio antes de su caída, Francia antes de 1789 y la Rusia de los zares bastan como ejemplo.

La violencia -lo sabemos- no es mala ni buena pero nos es evidente su incremento a lo largo del tiempo así como su evolución de una forma implícita a otra cada vez más explícita. También parece una verdad experimental que aumenta en relación a la densidad demográfica; así la veloz marea de los “lemming” arrasando todo a su paso y precipitándose a un suicidio colectivo, es una metáfora de la humanidad y sus congestionadas megalópolis con sus tensiones y estallidos.

Una consecuencia del maniqueísmo es justificar la violencia propia y condenar la ajena. Según eso hay una violencia que atenta al orden estatuido y es mala, mientras que la violencia que protege y restituye ese orden es buena. En el otro extremo la violencia revolucionaria se redime a sí misma y la represión es funesta y reaccionaria. Pero lo que en definitiva convalida a la violencia es el éxito. Sobre todo a partir de la muerte de Dios y su defunción certificada por Nietzsche y otros filósofos de un siglo que encuentra el sucedáneo de la divinidad en la pura y fría eficiencia, supremo valor de quienes como Goebbels marcaron pautas aún vigentes en el manejo de los medios de comunicación.

Hay una violencia impune cuando se perifonea a todo volumen fundamentales acontecimientos culturales como son las bailantas o las extraordinarias ofertas de un filántropo comerciante de barrio. Un producto -el que sea, y hoy todo puede serlo- “mata, barre con los demás, está en liquidación”, y desde todos los medios se fomentan y ensalzan las conductas agresivas, se apologiza la violencia.

Recuerdo el éxito de programas de radio y TV en EE.UU. dedicadas a agredir e insultar a un público ávido de tal gratificación, y el auge del café concert y otros géneros en tono de ultraje que gozaron del favor de los ultrajados; la moda persiste pero atenuada.

No por repetida resulta ineficaz -en otro orden de cosas-el arquetipo del hombre bueno y aún humilde, al que extremos de injusticia o el ataque de lo exterior obligan a emplear una violencia que se impone siempre por su propia verdad; todo tan distinto a la realidad. A este pobre esquema obedecen la mayoría de las caricaturas que protagonizan Stallone, Schwarzenegger, Van Damme y otros encargados de santificar la política exterior de un modo de vida y su correspondiente ideología con estos productos en los que el trámite violento obvia el análisis y excusa la inteligencia.

Recuerdo, por contraposición, a un momento privilegiado de la asociación Kubrick-McDoweIl en “La naranja mecánica” cuando en un notable trabajo de anticipación “Alex” McDoweIl, el díscolo e inspirado personaje, apasionado de la violación, la ultraviolencia y Beethoven, recibe la réplica del sistema en forma de una lobotomía química pavloviana; violencia de estado más brutal por sofisticada y tecnológica. Shakespiare, para traerlo de los cabellos, ha sabido utilizar sabiamente ese ingrediente o condimento fundamental de la civilización, y quizás ello es una razón más para su imperecedera vigencia. Más actualmente, artistas como Peckimpaf han expresado visualmentc una poética de la violencia; y más aún el maestro Kurosawa, proveniente de una tradición oriental que pretende enfrentar y asimilar la violencia sin dejarse dominar por ella, sino sirviéndose de su impulso, como parece ser la finalidad de esa filosofía de la no-filosofía: el zen.

La visión de la violencia puede sobrecoger y repeler pero al final fascina, ya sea expectando el circo romano o sus variantes o abismándonos en la visión de la naturaleza que adquiere una particular belleza en su violencia: sauces despeinándose epilépticos por el ventarrón; elementos desatados y tormentosos (“olas gigantes que os rompéis bramando/llevadme con vosotras…”), el océano esculpiendo la costa rocosa a bruscas dentelladas como en los poéticos acantilados de Dover, y otros tópicos románticos que nos dejan el alma exprimida como una toalla pero satisfecha: necesidad capital de la catarsis.

La violencia acaba por convertirse en un valor estético; musicalmente formas como el rock, punk, rap, tienen un contenido violento que no es gratuito sino reflejo de la realidad.

El conformismo y la hipócrita tendencia al quietismo de los sectores privilegiados que resisten los cambios, obligan a revoluciones violentas, ya en literatura como en las demás artes; así el rechinante y turbulento futurismo de Marinetti y otros; la agresión absurda de Dada y la irrupción del surrealismo apropiándose violentamente de una tradición de la inquietud y la ruptura, rescatando estéticas primitivas saludablemente violentas.

Privilegio en mi memoria de ojear enciclopedias representaciones de arte escrita plenas de velocidad congelada y violento realismo, y una contenida violencia. Un vivo movimiento imprime gracia feliz a las estatuillas chinas de la dinastía Han

La violencia en el erotismo nos entremuestra su abominable y fascinante rostro oscuro a partir del Divino Marqués que en obras que parecen nutrirse de cósmicas energías, la reconocen (a la violencia) junto al crimen como condición primera y más hermosa de la naturaleza. “El movimiento no es más que la perpetua consecuencia del crimen…” dice en alguna parte (Justine?)… y en sufrir esa violencia encuentra a la imagen perdida de una felicidad imposible ese necesario complementario de Sade: Sacher Masoch.

Drieu La Rochelle escribe -antes de suicidarse alrededor de 1940- al contemplar la impecable e implacable marea parda de la Wehrmacht, que la única sensación de violenta belleza similar a ésa sólo la sintió ante los ballets rusos.

Sondeo periodístico de opinión en la calle: “¿Qué cree usted se debe hacer para frenar la violencia delictiva?”

Respuesta: “Habría que reimplantar la pena de muerte”. Y ya en serio me viene a la mente una de las pocas cosas que recuerdo de esa salvajada a ritmo de videoclip de Oliver Stone con Lewis y Raffelson, Asesinos por naturaleza. En una encuesta para la TV una joven pareja manifiesta: “Por supuesto que respetamos la vida humana, pero de ser asesinos en masa quisiéramos serlo como Jim y Mary”. Acotaré que es esta la enésima revival cinematográfica de los siempre atractivos Bonnie & Clide; en los años 70 hubo una con Faye Dunaway y Warren Beatty, y otras al estilo: La fuga del loco y la sucia, con Peter Fonda y Susan George, La Fuga, con Steve McQuinn y Ali McGraw; la muy rescatable Berta Boxearás, Scorsesse, con David Carradine y Bárbara Hershey sobre un trasfondo político sindical ferrocarrilero; y aún otras olvidables muestras de que la violencia siempre vendió bien. Todas estas últimas nombradas quedaron en pañales enfrentadas a la primera.

Mendoza me parece una ciudad particularmente violenta; lo compruebo en todo lugar por la terrible agresividad del lenguaje cotidiano. El más común epíteto mendocino; usado copiosamente en todo nivel social y ocasión, alude a una incalificable violencia sexual y escandalizaría en cualquier otro lugar del mundo; pero el abuso le ha quitado virulencia, y aún niños y mujeres se sirven de él alegremente.

El tráfico da otra ocasión de percibir la violencia diaria: perros, gatos, y aún animales de naturaleza tan escurridiza como ratas, lagartos y aves, acaban aplastados contra el asfalto de las rutas de tránsito veloz. Proveniendo de una ciudad de algo más de 50.000 habitantes que conservaba características del siglo pasado hasta hace poco, no dejan de estremecerme esos ready-made de arte posmoderno, y no me puedo sustraer a la sensación de haber sido atrapado en una máquina de moler carne humana.

En una época de excesivo nominalismo se denuncia y debate el tema de la violencia a todo nivel con una insistencia parecida al regodeo y existe la impresión que basta ocuparse de ella, mencionarla, para así exorcizarla. Que se sume a ejemplificarlo estas que no son sino notas sumamente disgresivas y por demás diletantes. No he querido abordar específicamente aspectos como la particular violencia de un continente que desde su ingreso a la historia ha sido pródigo en injusticias y rebeldías, o la violencia doméstica, violencia en el deporte u otros tópicos que sin duda el lector encontrará en otras páginas más sólidas y sistemáticas. Y es que me he visto en el caso del que se inflige a sí mismo una violencia cuando tiene que escribir sobre un tema específico. Quiero acabar esta miscelánea citando a un papel probablemente apócrifo llamado Desiderata: “Anda plácidamente entre el ruido y la prisa”
 

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