Por Mario A. Solano
Fuente: Concurso de ensayo «Pensar a contracorriente» 2004
Sinopsis
La violencia muestra una presencia casi ubicua en la vida social actual asumiendo diversas y múltiples expresiones, la mayoría con muy graves consecuencias, al punto que Oganizaciones como la (Organización Panamericana de la Salud (OPS) la han declarado como el principal problema de salud pública. En los países capitalistas, la violencia estructural, sistémica inherente al sistema, se acompaña de múltiples expresiones de violencia interpersonal; la política exterior de la mayor potencia capitalista se fundamenta en el uso sistemático de la violencia. En este ensayo se desarrolla la tesis de la insuficiencia de los enfoques explicativos prevalecientes de la agresividad humana, debido a que la mayoría de ellas parten de una visión ideológica de los seres humanos; planteándose la necesidad de elaborar una teoría basada en las categorías del materialismo histórico; en particular de la crítica de la economía política. Se propone que solo con fundamento en una tal teoría, se puede arribar a una explicación satisfactoria de la ola de violencia que inunda el mundo en que vivimos.
Aclaración previa
El presente trabajo se refiere exclusivamente a las formas de violencia características de las sociedades capitalistas en periodos de relativa estabilidad sistémica. No indaga los complejos problemas vinculados a temas como las de violencia “legítima”, en particular a la vinculada a acciones revolucionarias con aspiraciones a lograr transformaciones sistémicas radicales. Prescinde asimismo de los enrevesados tópicos vinculados con la polisemia de conceptos como “violencia” y “agresión”, pues el autor considera insatisfactorios los intentos de deslindarlos clara e inequívocamente.
El artículo focaliza la atención en dos grandes tipos de violencia: el estructural inherente a las relaciones capitalistas de producción y el interpersonal, determinado en última instancia por las primeras, pero con una trama compleja de causalidad específica en cada una de las diversas manifestaciones específicas contenidas en la amplia categoría de violencia interpersonal. Finalmente, operamos con un concepto de violencia que consideramos enraizado en el materialismo histórico, considerando como tal a todo aquello que limita las posibilidades de un desarrollo pleno, individual y colectivo, atribuible a razones fundamentalmente históricas.
1.- Relevancia del tema de la violencia humana
La violencia1 constituye uno de los fenómenos más característicos y relevantes observables en las sociedades actuales. Es tan relevante el problema de la violencia social que, durante la década de los 90 del siglo XX, la Organización Panamericana de la salud (OPS), la calificó como el mayor problema en materia de salud pública en América Latina. No obstante, la alta incidencia de la violencia no es privativa de las sociedades latinoamericanas actuales, pues también se observa en muchos de los países capitalistas desarrollados. Son multiformes y ubicuas las manifestaciones específicas de la violencia. El daño social que provocan sus distintas expresiones, tanto individuales como colectivas, son enormes.
Las formas violentas o agresivas de comportamiento en el plano individual, grupal social e intersocietal, se han constituido en una pauta de relación que se presenta con gran frecuencia en los diversos ámbitos de la vida social, afectando tanto los espacios privados como los públicos.
Las manifestaciones de la violencia son multiformes: se expresan en la agresión intrafamiliar en las relaciones de pareja y entre padres e hijos; se les encuentra en las vías públicas en forma de conducción temeraria, competencias peligrosas e ilegales de velocidad, en la violencia criminal, etc. Algunas veces sus manifestaciones son activas y otras lo son pasivas, algunas son individuales e interpersonales y otras son de tipo estructural en relación con los sistemas sociales: Sus expresiones políticas son algunas de las más devastadoras y de consecuencias más amplias.
1 Partiendo de la amplia polisemia de términos como “violencia” y “agresión”, en este artículo los asumimos como sinónimos, dado que encontramos insatisfactorios los intentos por diferenciar claramente los significados.
En sus formas estructurales, indirectas e impersonales, como aquellas que emanan de las propiedades funcionales de ciertos sistemas económicos, en sus expresiones políticas e ideológicas entre distintos grupos y países, así como en los procesos que transcurren en el nivel macrosocial, provocan miseria y exclusión, mismas que no solo pueden ser concebidas como manifestaciones violentas en sí mismas, sino que constituyen también las condiciones intervinientes en otras expresiones de la violencia.
En las relaciones intersocietales, las formas violentas de relación se encuentran en manifestaciones tales como la utilización de presiones económicas y militares por parte de las sociedades poderosas sobre las débiles, en las desigualdades del comercio internacional, en la colonización y uniformización cultural de todos los países, así como en las formas violentas de enfrentamiento de los conflictos, siendo las guerras o las agresiones masivas de un país a otro, algunas de sus expresiones extremas.
En el plano de las relaciones intersocietales, la política exterior norteamericana conforma una de las máximas expresiones de violencia registradas en la historia. De hecho, los Estados Unidos cuentan con el aparato militar más descomunal conocido. El inmenso aparato militar de los Estados Unidos, “justificado” durante décadas de guerra fría como necesario para enfrentar el “comunismo”, lejos de haberse disminuido con la desaparición del bloque del Este, se ha incrementado, mostrando que su verdadera función consiste en tratar de mantener a sangre y fuego la apropiación privilegiada de la riqueza del mundo por parte de ese país “George Keenan, uno de los principales artífices de la política exterior de Estados Unidos, sentenció en 1948 que, ya que su país estaba en posesión de la mitad de las riquezas mundiales y contaba tan solo con el 6% de la población del planeta, el propósito de la política exterior debía ser el mantener esa disparidad, aún a costa de hacer un daño irreparable a los ideales de la democracia, desarrollo y derechos humanos” (Camacho, 2004:226)
Siendo la violencia un problema tan actual y pertinente, nos encontramos sin embargo un notable desfase entre tal relevancia y la competencia científica para su adecuada aprehensión y explicación. En efecto, a pesar de la proliferación de gran cantidad de investigaciones, la mayoría de ellas suelen ser sumamente circunscritas y carentes de un adecuado fundamento teórico.
Es más, algunas de las mayores autoridades en este campo reiteran e insisten en la existencia de una enorme polisemia en los términos mismos de “violencia” y “agresión”, al punto de que algunos como Storr (1984) han propuesto incluso erradicarlos del lenguaje científico. No obstante, por otra parte, esos términos parecen haber alcanzado una especie de legitimación científica al ser empleados en algunas de las teorías científicas más desarrolladas, como es el caso de la de la frustraciónagresión, del instinto agresivo y del aprendizaje social de la agresión.
2.- Caracterización de la investigación sobre violencia humana
La literatura especializada en el campo de la agresión y la violencia ofrece un panorama amplio y variado de enfoques teóricos sobre la violencia y la agresión. En el abigarrado y heteróclito cuadro delineado por esa literatura, destacan, no obstante, algunas tendencias claramente identificables: a) La ausencia de un enfoque integrador que articule las numerosas microteorías (por ej. la del aprendizaje social, la cultural, la de la frustración-agresión, etc.) y ofrezca un visión con pretensiones totalizadoras. b) La inexistencia de un planteamiento que vincule en forma pormenorizada los factores causales histórico-estructurales con los sociopsicológicos y psicosociales.
En consonancia con la apreciación anterior, un reciente de Bushman y Baumeister (1998), se ocupa de las hipotéticas relaciones entre nivel de autoestima y narcisismo, realimentación social negativa y proclividad a la violencia, en niños norteamericanos. Dicho estudio se generó en el clima de alarma social provocado por una serie de asesinatos perpetrados por niños norteamericanos en las escuelas. No obstante, considerando el tipo de variables contempladas por dicha investigación y, tomando en cuenta una serie de hechos incuestionables propios de la sociedad norteamericana, tales como su cultura militarista, la presencia de un cuasitodopoderoso complejo militar industrial, el papel de “gendarme mundial” autoasignado por el ejército estadounidense, así como la existencia de un mercado “libre” de armas y la omnipresencia de la violencia en la programación de la industria del entretenimiento (cine, televisión, video juegos), llama la atención que aspectos de este tipo no sean siquiera considerados en investigaciones sobre la agresión y la violencia en la sociedad norteamericana, en la cual, por lo demás, son también elevadas las tasas de otras manifestaciones de la agresividad (por ejemplo la agresividad instrumental de los delincuentes, la violencia de la conducción temeraria de vehículos, etc.).
En los antípodas de una visión psicologista como la que se transparenta en la investigación norteamericana antes aludida, en este trabajo se sostiene que el origen de la violencia humana no se encuentra en las estructuras psicológicas sino en las relaciones sociales prevalecientes en la actualidad y que, por el contrario, aquellas mismas estructuras psicológicas son un producto de esas mismas relaciones sociales; producto que una vez que emerge adquiere una cierta autonomía relativa y entra en una dinámica caracteriza por rizos de realimentación con las mismas condiciones que le dieron origen. En consecuencia, desde la perspectiva de este trabajo, si bien los factores psicológicos tienen una presencia determinativa importante en la dinámica causal de la agresión humana, el origen de aquellos, a su vez, debe situarse principalmente en la realidad social, en particular en el tipo de relaciones sociales de producción prevalecientes.
3.- Necesidad de privilegiar los factores históricos y sociales sobre los individuales en las explicaciones sobre la agresividad humana Respecto de la primacía determinativa de las objetivaciones de las prácticas humanas (cultura) sobre las repercusiones psicológicas de tales objetivaciones, el antropólogo Leslie A.White es completamente taxativo en resaltar la primacía de los factores culturales sobre los psicológicos, en términos de los factores determinativos de las experiencias subjetivas y de las acciones humanas. En ese sentido, White llama la atención respecto de una metonimia muy usual en el pensamiento social, la cual consiste en la inversión de considerar como “causas” de los factores culturales a los factores psicológicos asociados a determinadas objetivaciones culturales, siendo que lo científicamente correcto es exactamente a la inversa, vale decir, que los factores Psicol.
En ese marco, las explicaciones económicas, en el sentido de la crítica de la economía política y no en el de la ideología y tecnocracia de la economía burguesa, resultan absolutamente ineludibles para comprender la génesis, dinámica y consecuencia de la violencia estructural en el capitalismo. Asimismo, se hace indispensable realizar una distinción en niveles (micro-macroeconómico), pues lo que es plenamente racional en el nivel micro es totalmente irracional en el macro: Pero, mientras que el régimen capitalista de producción impone la economía dentro de cada empresa individual, su sistema anárquico de concurrencia engendra el despilfarro más desenfrenado de medios sociales de producción y fuerza de trabajo, obligando además a sostener un sinnúmero de funciones que si actualmente se hacen inexcusables son, de suyo, perfectamente superfluas (Marx, 1078, Vol.1: 443).
En efecto, en la era del capitalismo “salvaje” de la llamada “globalización” resulta cada vez más clara y visible la contradicción fundamental de intereses entre las enormes corporaciones multinacionales y la totalidad de la población, con la excepción de las pequeñas minorías conformadas por sus propietarios y altos tecnócratas. La contradicción anterior se observa, entre otros ámbitos, en el impacto del desarrollo tecnológico sobre la situación de los trabajadores: “Maldito mercado laboral. El ser humano convertido en mercancía de usar y tirar. El trabajo enajenado en su máxima expresión. El progreso tecnológico se vuelve regresivo para los humanos que venden su fuerza de trabajo. El progreso solo lo es para los que acumulan la plusvalía añadida provocada por el progreso tecnológico” (Malime, 2004: 1).
Las guerras imperialistas y la enorme cantidad de recursos destinados a la producción de un gigantesco aparato bélico, así como la creciente devastación ecológica son expresiones contundentes del “despilfarro más desenfrenado de medios sociales de producción; en tanto que el alto desempleo y la creciente precarización del empleo lo es del “despilfarro de fuerza de trabajo”.
Si de una manera próxima al concepto de violencia de Johan Galtung (1995), concebimos la violencia como todo aquello que obstruye el pleno desarrollo de las potencialidades humanas históricamente posibles en cada momento histórico, resultan casi evidentes las consecuencias de la dinámica capitalista apenas esbozada sobre la temática de la violencia.
En tal sentido, en relación con algunos de los indicadores más evidentes de la violencia social, Anderson y Huesmann (2003) ofrecen un gráfico en el que se consignan las tasas de homicidio observadas en los Estados Unidos desde 1990 hasta 1997 (297), en la cual se consignan fuertes incrementos de esas tasas en periodos reconocidos como de graves problemas económicos (por ejemplo la depresión de 1930 y la crisis de rentabilidad de 1980) y sustanciales reducciones en el periodo de mayor bonanza capitalista (de 1950 a 1970). Si bien es cierto que oscilaciones en un indicador como tasas de homicidio asociadas con el ciclo económico capitalista constituye un indicador muy grosero de posibles relaciones causales entre capitalismo y violencia, no se puede ignorar ese tipo de dato.
Por otra parte, la visión del desarrollo del capitalismo contenida en El capital, implica una creciente sustitución del “factor subjetivo” (la fuerza viva del trabajo), por el factor objetivo (los medios de producción), debido a la competencia capitalista por elevar las tasas de extracción de plusvalía relativa (Marcuse, 1993: 303). Tal desplazamiento implica una desvalorización de lo vivo (el trabajo actual) frente a lo muerto (el trabajo cristalizado en las mercancías y en el capital y expresado en el dinero). Esa desvalorización puede constituirse en la condición objetiva para una desvalorización creciente de la vida (incluyendo a la de los seres humanos), la cual facilita cualquier proceso de deshumanización de las víctimas; condición que es resaltada en algunas de las teorías sobre la agresión, como un momento necesario para explicar la agresión de un ser humano frente a otro.
Asimismo, criticando las interpretaciones de la teoría marxista de la sociedad capitalista que autonomizan “lo” económico, “lo” político”, “lo” social y “lo” ideológico y cultural, Néstor Kohan destaca no solo la necesidad de considerar integralmente lo político y lo económico (también lo ideológico-cultural y lo sociopsicológico) en la producción y reproducción de las relaciones capitalistas de producción, sino que este autor señala también el carácter intrínsecamente violento de las mismas: “A pesar de todo esto, esa simplificada y repetida lectura se obstinaba en reducir El capital a un análisis exclusivo de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción, desconectando ambas esferas de la lucha de clases. De este modo se soslayaron rápidamente las agudas observaciones críticas que esta obra contiene en el radical cuestionamiento político del iusnaturalismo contractualista moderno (pues según ella el fundamento de la política no reside en la “paz” ni en el “acuerdo” -sino en la violencia y en la guerra, el contrato no es entonces fundacional ni punto de partida sino el punto de llegada de un proceso de lucha anterior). Con semejante simplificación como telón de fondo, se ha cuestionado la existencia en Marx de una teoría de la política y del poder”. (Kohan, 1998: 183).
El carácter destructivo del modo de producción capitalista afecta a las dos fuentes de la riqueza material
Por tanto, la producción capitalista solo sabe desarrollar la técnica y la combinación del proceso social de producción socavando al mismo tiempo las dos fuentes originales de toda riqueza: la tierra y el hombre” (Marx, 1978, Vol.1: 423-424.)
Por otra parte y en una línea de pensamiento próxima a una teoría de la producción social de la agresión, Erich Fromm en su Anatomía de la destructividad humana de 1985, plantea que para reducir la agresión defensiva, uno de los tipos de agresión que distingue en los seres humanos, se requiere, como condición principal, de la construcción de una sociedad simétrica, que supere las asimetrías de las sociedades complejas existentes. Por implicación, las sociedades en las cuales las condiciones materiales de vida no permitan una existencia digna y en las cuales se presente la dominación de unos grupos sociales por otros, están incapacitadas de controlar la agresividad “defensiva”.
Por otra parte, si bien las teorías psicológicas, microsociológicas, fisiológicas y de otra naturaleza son indispensables para comprender aspectos parciales de la compleja temática de la violencia, a nuestro entender ninguna de ellas puede explicar algunos aspectos claves en esa temática. Uno de esos aspectos es el hecho de que las manifestaciones de la violencia siguen determinadas regularidades sociológicas (por ejemplo en EEUU las tasas de homicidio son consistentemente más elevadas entre los negros que entre los blancos) y ciertas pautas históricas (por ejemplo las tasas de criminalidad en los países ex-socialistas han tenido a incrementarse con la instauración del capitalismo).
Ese tipo de regularidades y de pautas diversas demanda más bien un enfoque de tipo histórico-social, que es precisamente el que aquí trataremos de bosquejar. No obstante, los enfoque que se circunscriben a los niveles macrosociales tampoco son capaces de explicar la integralidad de fenómenos tan complejos como los contenidos dentro del concepto de violencia. Por ello, nuestro planteamiento es que los enfoque en el nivel macrosocial deben ser articulados con los de los niveles microsocial y psicológico.
4.- Las limitaciones de las teorías existentes sobre la agresividad humana pueden ser superadas a partir de una teoría sobre el origen social de la misma En este trabajo partimos del principio de que las teorías psicológicas, fisiológicas, culturales e incluso genéticas, aportan elementos explicativos importantes para la comprensión de la dinámica causal de la violencia humana. No obstante, en general, en la mayoría de aquellas no se ofrecen explicaciones plausibles y convincentes respecto de algunas dimensiones muy relevantes de la violencia humana como lo es la de presentar ciertas regularidades o pautas sociales e históricas. Asimismo, en la mayoría de aquellas se asume de manera implícita la mayoría de las veces, que el locus determinativo de la violencia human se encuentra en la interioridad, en la subjetividad humana.
En oposición a dicha perspectiva, en este trabajo partimos del punto de vista de que lo interno en el ser humano está conformado, en lo fundamental, por la interiorización de las condiciones objetivas en que los seres humanos despliegan su existencia. Con el fin de tratar de perfilar la perspectiva empleada en este trabajo, seguidamente ofrecemos una elaboración teórico-conceptual en la cual exploramos las vinculaciones que hacen diversos autores entre violencia humana y capitalismo.
En el marco del pensamiento marxista ortodoxo, la filósofa Agnes Heller propone que la agresividad en vez de ser el producto de un instinto, la respuesta a una frustración, la manifestación de un rasgo de carácter o una simple conducta aprendida, es más bien una propiedad propia de determinados sistemas sociales, que al ser interiorizados por los individuos socializados en esos sistemas, llega a constituirse en una especie de “naturaleza”, cristalizada en rasgos caracterológicos constitutivos de la personalidad total.
Al respecto señala: “Si dijimos que, por lo que hace a la conducta, la naturaleza es idéntica a lo que puede “incorporarse” en los hombres, hemos explicado al mismo tiempo que la agresividad misma, en su forma más extrema, puede convertirse en “naturaleza” humana puesto que es susceptible de incorporación en dicha naturaleza. Ciertamente, también es posible lo contrario la agresividad puede mostrarse como no susceptible de incorporación si la estructura de la sociedad hace superfluo la agresividad y no proporciona oportunidades para su incorporación” (Heller, 1994: 136).
Más aún las explicaciones de autores con una fuerte influencia conductista como Dollard pudieron convertirse en punto de partida de investigaciones empíricas y de conclusiones teóricas vinculadas con aquellas, a través de las cuales la propia índole agresiva de los “estímulos” de la sociedad capitalista se constituyó en foco de interés. Hovland y Sears, en su trabajo aparecido en 1940, demuestran con instrumentos estadísticos que el número de casos de linchamientos en los años treinta se daba en proporción inversa a los precios del algodón, y que, por lo tanto, puede demostrarse la existencia de una correlación significativa entre la inseguridad de la existencia producida por la economía capitalista y los actos agresivos.
Por su parte, Berkowitz mostró, basándose igualmente en datos empíricos, que la competencia provoca la mayoría de las veces frustración y agresión, y además no solo en los derrotados en la lucha competitiva sino también en los vencedores. No solo la derrota sino el hecho mismo de la competencia y el miedo a la derrota ocasionan constantes agresiones (Heller, 1994: 167-168). El exacerbado afán por imponerse se manifiesta claramente en la concentración de la riqueza: En los Estados Unidos, el 76 por ciento de las acciones están en manos del 1 por ciento de los accionistas mientras que, en la base de la pirámide social, el 50 por ciento de los ciudadanos controla solo el 8 por ciento de la riqueza del país. En su famoso manual La Economía, Paul Samuelson ilustró con una analogía muy elocuente esta asimétrica distribución de la riqueza: “Si hoy hiciéramos una pirámide de las rentas con los cubos de construcción de un niño, e hiciésemos que cada nivel correspondiese a 1.000 dólares de renta, la cima sería mucho más alta que la torre Eiffel, mientras que casi todos nosotros estaríamos a un metro del suelo”. (Capra, 1996: 257).
Tal tendencia hacia la desigualdad se observó incluso durante las décadas (entre la década de los 30 y los 70 principalmente), en las cuales prevaleció, en la mayoría de los países capitalistas, formas de Estado con un diseño social-demócrata, que practicaban activamente determinadas formas de distibución del ingreso. Como lo destaca Strachey: “El capitalismo posee, en efecto, una tendencia innata a una desiguldad extrema cada vez mayor. Pues, de otra manera, “¿cómo podría ser que todas las medidas igualitaristas que acumulativamente han ido logrando establecer las fuerzas populares durante los últimos cien años no hayan conseguido mayor cosa que mantener constantes las posiciones relativas?”. (Strachey,J.Contemporary Capitalism, 1956,pp. 150-1, citado por Milliband, 1992, 29).
Precisamente Milliband (1992), en su libro El estado en la sociedad capitalista, cuya edición inglesa es de 1969, combate con argumentos y evidencias empíricas irrefutables, todas aquellas doctrinas que afirmaban la existencia de una presunta superación del capitalismo y sus sustitución, en un supuesto “poscapitalismo”, por una tendencia a la igualación social. Si lo anterior fue válido para un periodo histórico, durante el cual una serie de complejos factores históricos determinaron que se desarrollaran distintas modalidades del estado “social” o de “bienestar”, lo es más aún para la situación configurada a partir de los 80, con la caída de buena parte del bloque socialista y la hegemonía ideológica del neoliberalismo y el desmantalamiento del Estado social.
Adicionalmente, Fromm plantea explícitamente que las formas “malignas” de la agresividad humana están basadas en pasiones “irracionales” (pasiones que tienen consecuencias destructivas), las cuales son fomentadas por las condiciones prevalecientes en determinadas sociedades: “Los datos históricos así como el estudio de los individuos indican que la presencia de la libertad, los estímulos activantes, la ausencia de dominio explotador y la presencia de modos de producción “centrados en el hombre” son favorables al desarrollo de este y que la presencia de condiciones opuestas es desfavorable”. (Fromm, 1985: 264). Para Fromm todo aquello que favorece el pleno desarrollo de los seres humanos, fomenta el desarrollo de la biofilia, es decir, la pasión por la vida, su protección y plenitud; en tanto que todo aquello que lo inhibe o reprime fomenta el desarrollo de la necrofilia, vale decir, la pasión por la destructividad y la muerte. Es claro que para Fromm las asimetrías estructurales como las del capitalismo, crean condiciones para el desarrollo de las estructuras caracterológicas individuales que subyacen a las manifestaciones más graves de la agresividad humana.
La vinculación entre el carácter “sádico” y las asimetrías sociales, se relaciona también con la relación que Fromm establece entre la cosificación, que es una característica propia de los sistemas sociales capitalistas, y la aprehensión de las otras personas por parte de los individuos sádicos: “La persona que tiene un poder total sobre otro ser vivo hace de ese ser su cosa, su propiedad, mientras que ella se convierte en dios del otro ser.” (Fromm, 1985: 290-291).
Fromm relaciona la “cosificación” de las otras personas con la relación con ellas en tanto “propietario” de ellas. Este tipo de relación posibilita vislumbrar las conexiones posibles entre cosificación, agresión y propiedad, institución esta última que es central para las relaciones capitalistas de producción.
En el contexto de las ideas marxistas, cabe destacar que la génesis de la agresión humana en el sistema de relaciones sociales, no se genera únicamente como consecuencia de las desigualdades sociales obvias que provoca el capitalismo, sino que el vínculo genético entre relaciones capitalistas de producción y agresión brota también de la enajenación de la actividad humana que representa el régimen salarial en el capitalismo.
En tal sentido, cabe señalar que desde los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, Karl Marx plantea la conexión orgánica entre relaciones capitalistas de producción y enajenación de la actividad humana, en la forma del trabajo asalariado.
Posteriormente, en los Grundisse y en El capital, Marx examina cómo la fuerza de trabajo humana se subsume bajo el capital, conformando el “capital variable”, de manera tal que la actividad que despliega el trabajador no le pertenece a él, sino alcapitalista que adquirió su uso durante un tiempo determinado.
El vertiginoso desarrollo de las Nuevas Tecnologías Informáticas y Telemáticas, asociadas a la formación de una verdadera “burbuja” financiera en el sector de esas tecnologías, sirvió de condición objetiva para la elaboración de una serie de discursos apologéticos del capitalismo, con los cuales se pretendió hacer creer que el capitalismo había dado origen a una supuesta “nueva economía”, en la cual las categorías y análisis marxistas supuestamente habrían perdido validez. Ese tipo de apología capitalista ha sido contundentemente refutado por Jameson “No obstante, la descripción del capital desarrollada por Marx y por tantos otros desde entonces puede dar cabida perfectamente a los cambios en cuestión; y, de hecho, la propia dialéctica tiene como función filosófica primordial coordinar dos aspectos o esferas de la historia que de otra forma tendríamos dificultades para pensar: a saber, la identidad y la diferencia a un mismo tiempo, la forma mediante la cual algo puede a la vez cambiar y permanecer igual; experimentar las mutaciones y desarrollos más asombrosos y, a pesar de todo, formar parte de cierta estructura básica y persistente. En efecto, se podría afirmar, como lo han hecho algunos, que es posible que el periodo contemporáneo, que incluye todas estas innovaciones espaciales y tecnológicas, se acerque más satisfactoriamente al modelo abstracto de Marx, que las sociedades aún semiindustriales y semiagrícolas de su tiempo (Jameson, 2000: 172-173).
Relacionando la visión marxista de la sociedad capitalista con las tesis frommianas respecto de los impulsos biofílicos, los cuales compelen a los seres humanos a trascender la mera subsistencia física y a buscar un significado a su existencia y a su actividad, así como a la búsqueda del logro de desarrollar sus potencialidades, se puede vislumbrar cómo un régimen de enajenación de la actividad propia frustra ese tipo de pretensiones, con lo cual, desde la óptica de Fromm, al frustrarse la realización de los impulsos biofílicos, se alimenta el desarrollo de los necrofílicos y, con ellos, la posibilidad de que se manifiesta la agresión.
Por su parte, el sociólogo norteamericano Lewis Coser, por su parte, también destaca el papel de las desigualdades sociales en el desarrollo de la violencia. En su libro Nuevos aportes a una teoría del conflicto social (1970), propone que la existencia de disparidades sociales entre los grupos conduce a la violencia cuando se presentan determinadas condiciones adicionales.
Cuando existe una situación de deslegitimación de la estratificación social, los individuos de los grupos inferiores comparan su situación con la de los grupos superiores. Al hacerlo, las carencias relativas propias de la situación de los grupos inferiores provocan frustración que fácilmente conduce a explosiones violentas. Coser destaca que para la frustración del nivel de expectativas conduzca a una conducta efectiva de violencia, es necesario que en el proceso de socioconstrucción de las subjetividades no se forjen adecuadas estructuras de control interno en determinados individuos.
En tal sentido, a la existencia de desigualdades, Coser agrega la intervención de la deslegitimación del orden social y la existencia de procesos de socialización diferencial entre los grupos sociales. Todas las condiciones antes señaladas son condiciones estrictamente sociales y son las que Coser identifica como intervinientes en la génesis de la violencia.
En el contexto de la primacía de las condiciones que generan en la psique tendencias a la comisión de actos agresivos, Heller valora la época contemporánea no solo como un período histórico caracterizado por guerras devastadoras, sino también como una época de valoración y racionalización ideológica de la violencia en gran escala.
Por otra parte, conviene resaltar los aspectos normativos contenidos en el concepto de violencia, como se puede observar en el caso de Agnes Héller, quien comparte los valores que inspiran a los autores de la “tercera corriente” en Psicología, tales como Fromm y Maslow, valores centrados en la autorrealización, la individualización de los particulares, el bien, la bondad, etc. No obstante, aquella filósofa disiente de esos autores, dado que consideran que los atributos humanos que ellos valoran constituyen una esencia natural en los hombres, mientras que Heller, siguiendo a Marx, considera que la esencia humana es histórico-social y se encuentra contenida en las objetivaciones (estructuras sociales, cultura, valoraciones) creadas por los hombres a lo largo de la historia.
Por otra parte, Heller propone que la agresividad en vez de ser el producto de un instinto, la respuesta a una frustración, la manifestación de un rasgo de carácter o una simple conducta aprendida, es más bien una propiedad propia de determinados sistemas sociales, que al ser interiorizados por los individuos socializados en esos sistemas, llega a constituirse en una especie de “naturaleza”, cristalizada en rasgos caracterológicos constitutivos de la personalidad total. Al respecto señala: “Si dijimos que, por lo que hace a la conducta, la naturaleza es idéntica a lo que puede “incorporarse” en los hombres, hemos explicado al mismo tiempo que la agresividad misma, en su forma más extrema, puede convertirse en “naturaleza” humana puesto que es susceptible de incorporación en dicha naturaleza. Ciertamente, también es posible lo contrario la agresividad puede mostrarse como no susceptible de incorporación si la estructura de la sociedad hace superfluo la agresividad y no proporciona oportunidades para su incorporación” (Heller, 1994: 136).
En tal sentido, Ernest Becker (1993) realiza una sintética referencia a la teoría marxista de la alienación cuando señala: “Marx también deseaba que su punto de vista sobre laalienación se usara como crítica al trabajo asalariado en la nueva sociedad industrial.
Advirtió que era importante para el hombre tener un control activo y hacer una inversiónemocional personal en los productos de su trabajo…Al alienarse de su vida activa, también se enajena de los otros. En otras palabras, cuando el obrero pierde sus poderesporque fabrica automáticamente productos enajenados de sus planes, también pierdealgo igualmente precioso: la comunión con sus semejantes. La anulación del yo esineludible: tan pronto como el individuo se libra de la responsabilidad de los productos que fabrica, también se ve libre de la responsabilidad de la suma total de los productos humanos…Esta es la fenomenología de la inmoralidad en la sociedad contemporánea que abarca desde la corrupción política hasta el delincuente juvenil que rompe los vidrios de las ventanas” (Becker, 1993: 194-195).
Por otra parte y dimensionando los factores culturales que pueden ser identificados como factores intervinientes en los procesos de generación de la violencia contemporánea, cabe traer a colación los planteamientos recientes de Steinberg y Kincheloe (2,000). De acuerdo con Steinberg y Kincheloe, la amplia difusión por parte de los medios electrónicos, de temas que fueron del monopolio exclusivo de los adultos durante el siglo de la infancia, como la sexualidad, la violencia y la muerte, etc., han despojado a los adultos de una de las bases de su poder de influencia sobre los niños.
En el contexto de la predominancia de formas de convivencia familiar en las cuales aún la madre está ausente del hogar por la mayor parte del tiempo y en las cuales los adultos han sido despojados del poder de sus secretos (sobre temas como el sexo, la muerte, etc.), los agentes ligados a los intereses comerciales y al lucro privado, han podido copar ese vacío de poder, mediante una industria del entretenimiento en la cual se gratifican deseos infantiles asociados a la búsqueda de emociones fuertes. La expansión de las Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación (NT) ha potenciado ese poder de influencia, mediante unas tecnologías que posibilitan pedir “a la carta” los contenidos programáticos que se desean, sin depender de las decisiones de programación de otros.
Los autores citados señalan que en el mundo de la “hiperrealidad” conformada por los onnipresentes medios electrónicos, la amplia difusión de temas, antes del conocimiento exclusivo de los adultos, tales como el sexo, la violencia y la muerte, aunado a la lógica comercial que lleva a las empresas difusoras a entrar en una feroz competencia por captar la mayor audiencia posible, condiciona que la difusión de una violencia crecientemente incrementada y descarnada, se constituya en una de las estrategias por la competividad.En ese contexto socializador, tanto en lo niños, como en los jóvenes e incluso los propios adultos: “Se establece una predisposición mental de agresividad, pues la violencia se convierte en un anfetamina “natural”, un derecho sancionado a una “subida con la muerte” y a matar el aburrimiento de la infancia postmoderna (Ibid.: 35)
Adicionalmente, en la obra de Steinberg y Kincheloe se plantea con toda claridad y contundencia que la cultura de los medios sí tiene una poderosa influencia sobre la conducta y la subjetividad de los espectadores, por lo que, consecuentemente, la abundante programación de contenidos violentos que caracteriza a aquella cultura mediática, sí tiene consecuencias importantes: “Así, es completamente estúpido afirmar que la cultura de los medios no tiene efectos apreciables, como en el paradigma dominante desde los años cincuenta, que duró varios decenios. Sin embargo, es igualmente absurdo afirmar a ciegas que el público produce simplemente sus propios significados a partir de los textos y que los textos no tienen su propia efectividad. Como muestran los análisis en mi libro Media Culture (Kellner, 1995), la cultura de los medios tiene efectos muy poderosos, aunque sus significados están mediados por el público…”(Ibid.: 106-107).
En ese contexto, los autores mencionados señalan que en la cultura mediática, la violencia se ha sometido a un proceso de “naturalización” y de “estetización” “…hasta tal punto que ahora funciona poco más o menos de la misma manera que si fuera natural”. (Ibid.: 120).
La presencia abundante de la violencia, tanto en la cultura infantil, como en la juvenil, construida por los poderosos y onnipresentes medios de difusión de masas y por la cultura informática crecientemente influyente, determina que el mundo simbólico en el cual son socializados niños y adolescentes esté plagado de una profusa violencia, la cual es presentada como algo “natural” y hasta “estético”, por lo cual no es de extrañar la frecuente eclosión de episodios violentos dentro de las categorías etarias de los niños y de los adolescentes y ni que decir de los adultos que suelen ser “infantilizados” por esa cultura mediática.
En la esfera cultural conviene resaltar la interpretación de Paul Walder de lo ocurrido a mediados de 2004 en un supermercado paraguayo. Para Walder, la conducta de los propietarios de ordenar el cierre de las puertas para impedir la salida a los aterrorizados consumidores con el fin de evitar que salieran sin haber paga, los cual condujo a la muerte de varios centenares de personas, revela a las claras que la mercancía puede ser un símbolo de muerte en circunstancias como la apuntada. Por ello Walder señala que las mercancías conforman “objetos simbólicos”, en la medida en que representan al capital y a su inversión, que alcanza el estatuto de divinidad “…porque su conservación, acaso su identidad, está por sobre la vida y la muerte. Es la preeminencia del capital por sobre la vida y la condición humana” (2004: 1).
Walder se identifica también con la tesis marxista que afirma la condición de fetiches de las mercancías en la medida en que “…son objetos transformados y percibidos como entidades con carácter propio, casi metafísico. (Ibid.: 1). Asimismo señala que el evento comentado “…ha traslucido también nuestra relación con la mercancía, que es una relación de dependencia, de apéndices del objeto que simboliza el capital. No solamente estamos atados desde abajo y como masa laboral a los procesos productivos de las mercancías,; estamos atados también desde arriba a estos bienes de consumo fetichizados” (Ibid.: 1).
En la cultura de sociedades articuladas sobre el modo de producción capitalista es imposible ignorar el papel cultural que juega la dinámica de la producción-consumo de las mercancías, así como la de otros procesos sociales sumamente influyentes en la socioconstrucción de las formas de subjetividad y en la estructuración de las formas de interacción. Para mencionar solo un ejemplo, resulta evidente el papel de la publicidad mercantil en la conformación de toda una mentalidad y en la inducción de determinadas disposiciones subjetivas y en la conducta cotidiana. En otra parte de este trabajo se menciona el volumen que, en el ámbito de los negocios, ha adquirido la publicidad mercantil. Por consideraciones como las anteriores, en este trabajo defendemos la necesidad de examinar los procesos culturales, pero vinculándolos a la dinámica económica con la que se asocia y hasta les subyace.
Oriol Ferrer, por su parte, plantea que la génesis de la violencia actual refiere tanto a la lógica de la valorización de capitales como a la crisis en que se encuentra el modo de producción capitalista, basado en la lógica del valor, en predominio del valor de cambio sobre el valor de uso y en el trabajo asalariado.
Para Ferrer, la violencia es un acompañante del funcionamiento de la ley del valor “Fuera de la ley, pero siempre a su lado, surgen la violencia, el pillaje y la barbarie” (2003: 2).
Ferrrer considera que violencia, pillaje y barbarie son también los signos premonitorios de la crisis del modo de producción capitalista. Para este autor, el actual avance de la ciencia y de la técnica ha sumido en una crisis terminal al capitalismo, el cual es un modo de producción que se basa en la valorización de capitales mediante la acumulación privada del plusvalor creado por medio de la explotación del trabajo asalariado.
Coincidiendo con los planteamientos clásicos de Marx, el capitalismo actual muestra una inédito explosión del conocimiento científico y tecnológico, provocando que el trabajo asalariado sea crecientemente sustituido por la utilización del capital constante, por lo cual se emplea de manera decreciente la única fuente de plusvalor, vale decir, el trabajo vivo o capital variable. De esa manera, para Ferrer el trabajo asalariado se encuentra en un proceso de agonía que está en la base de la crisis que afecta todas las partes y al sistema en su conjunto y de la cual la violencia, el pillaje y la barbarie son sus signos tempranos y premonitorios.
El debate teórico decisivo para esta época, de si la creación de valor es una propiedad exclusiva del trabajo vivo o también lo hace el trabajo muerto bajo la forma de capital, no solamente tiende a ser ignorado por las corrientes neoliberales predominantes en el diseño de las políticas económicas prevalecientes, sino que en el pensamiento de uno de los padres fundadores del neoliberalismo, la capacidad productiva es una exclusividad del capital “Es por ello que, cuando Hayek manifiesta que no existe ningún otro métodoconocido, fuera del mercado competitivo, que permita obtener a los actores el mayor producto posible para la comunidad; en realidad lo que quiere decir es que es el capital – y no los trabajadores- el que produce la riqueza y que los encargados de distribuirla deben ser los poseedores de esas riquezas. Esta fórmula ya logró el “éxito” de excluir a cinco mil millones de pobres e indigentes del planeta Tierra” (Ferrari, 2004: 2).
Por su parte, para Albert Einstein en su ¿Por qué socialismo? , con el sistema capitalista dominante y con el socialismo burocrático soviético extinto no se logra superar “…lo que Thorstein Veblen llamó la ´fase depredadora del desarrollo humano´” (1) y ello debido en gran parte a que “La anarquía económica de la sociedad capitalista tal como existe hoy es, en mi opinión, la verdadera fuente del mal” (3). En ese contexto, Einstein expresó su gran inquietud ante el debilitamiento de las pulsiones sociales humanas que provoca el capitalismo, en tanto que exacerba las pulsiones egoístas, pues “La competencia ilimitada conduce a un desperdicio enorme de trabajo, y a esa amputación de la conciencia social de los individuos que mencioné antes” (4).
Adicionalmente, el economista Fred Moseley (2004) destaca cómo el capitalismo, aún el más reformado con el fin de atenuar la violencia que ejerce sobre la mayor parte de la población que vive bajo ese sistema, es inherentemente injusto y violento: “Se sigue de esta teoría que el capitalismo es inherentemente e inevitablemente un sistema económico injusto y explotador. El capitalismo no puede existir sin el beneficio, y el beneficio no puede existir sin la explotación de los trabajadores. Ninguna cantidad de reformas dentro del capitalismo puede alterar esta verdad fundamental. Si queremos un sistema económico justo y equitativo sin explotación, entonces la teoría de Marx sugiere que tenemos que cambiar el sistema económico desde el capitalismo al socialismo” (2).
En un análisis de la realidad actual en la que se utilizan algunas de las categorías de la economía política marxista, el profesor Vasapollo de la Universidad romana “La sapienza” resalta la violencia inherente a la relación capital-trabajo: “Siendo el salario al mismo tiempo el precio de venta de sí mismo que el trabajador está obligado a hacer, aceptando así, bajo la máscara de un libre contrato, una esclavitud similar, sino en la forma, a aquella antigua de la sociedad esclavista” (2004: 1).
5.- Evidencia empírica que apoya una vinculación orgánica entre capitalismo y violencia
En los apartados anteriores nos hemos ocupado de examinar los vínculos entre capitalismo y violencia y agresividad humana desde una perspectiva fundamentalmente teórica y conceptual. En este apartado, indagamos sobre evidencias empíricas y prácticas que apoyan las vinculaciones analizadas en el nivel teórico.
Frente al culto ideológicamente promovido que valora casi por encima de todo al desemepeño económico considerado exitoso desde la perspectiva de una valoración desde los intereses de los capitalistas, Roberts (2004) señala que en la actualidad del capitalismo mundial aún aquellos países que son presentados como referentes de un buen desempeño económico, no logran superar graves problemas de desempleo estructural. Señala el caso de la economía británica, la cual fue calificada por la Comisión Europea como la “más sana y fuerte de la Unión Europea” en los inicios de 2004.
No obstante lo anterior, Roberts ofrece una serie de datos que le conducen a caracterizaresa economía como esencialmente “parasitaria”, pues se dedica a negocios improductivos tales como la especulación financiera, los bienes raíces, etc., habiendo quedado muy resagada respecto de economías como la alemana y la norteamericana en cuanto a la productividad del trabajo en el sector industrial. En ese marco, Roberts señala que respecto de la afirmación de la Comisión Europea “Si la economía británica (UK) es la mejor con su sólo crecimiento real anual del 2.25%, luego todo eso solo muestra el estado terrible en que se encuentra el capitalismo europeo, el cual, parece no poder administrarse para crecer y encontrar empleos para su gente” (1).
Por su parte, Alam llama la atención de cómo antes de 1950 las cifras de crecimiento per cápita desmienten contundentemente a los neoliberales; en tanto de a partir de 1950 se debe considerar que es la época intensiva en procesos de descolonización y en ella los antiguos países coloniales o casi-coloniales tendieron a practicar políticas opuestas a las prescritas por los neoliberales.
¿Tiene lo anterior algo que ver con la violencia?. La respuesta es contundentemente afirmativa. Detrás de las frías cifras se encuentran gran cantidad de dramas humanos, como los que pueden imaginarse ocurrieron en el bloque de países CCC que tuvieron un crecimiento del ingreso per cápita de -0.27 entre 1913 y 1950. ¡Cuántas personas murieron como consecuencia de una desastre económico como ese?, ¡Cuántas vieron limitadas sus posibilidades de un desarrollo personal mínimo como consecuencia de lo mismo?. Dado que lo anterior fue consecuencia de unas políticas económicas perfectamente evitables y que, como lo muestran las cifras de los países “soberanos”, tal cosa pudo ser perfectamente evitado, resulta una clara expresión de violencia lo que se oculta tras las frías cifras y permite vislumbrar la perfidia de impulsar actualmente tales políticas (por ejemplo promoviendo los mal llamados “tratados de libre comercio”), a pesar de los desastrosos resultados que han tenido tales políticas para las amplias mayorías populares; lo cual, en sí mismo, es un ejercicio de violencia.
En ese sentido, Rémy Herrera, profesor de la Sorbona de París, sostiene que el capitalismo actual se encuentra en una grave crisis estructural que consiste en que la fracción actualmente dominante del capital, vale decir el capital financiero, no logra encontrar ámbitos de inversión productiva suficientemente rentables, para la grandes ganancias que se han logrado apropiar las empresas multinacionales en la últimas dos décadas “La crisis económica del sistema mundial capitalista se manifiesta en primer lugar, por el hecho que los beneficios en alza tendencial en los Estados Unidos y en la triada desde los años 1980 y la sumisión de las economías al neoliberalismo…estos beneficios enormes, no encuentran en dónde invertirse de manera productiva con una rentabilidad suficiente” (2004: 1). Tal fenómeno se manifiesta también en que grandes corporaciones que lucraban tradicionalmente en la esfera productiva, en la actualidad tienden a hacerlo en la financiera “La dependencia absoluta del capital industrial al capital financiero que origina que, por ejemplo, que empresas como la General Motors hayan tenido en el último trimestre de 2003 unos beneficios de 901 millones de dólares de los que 834 proceden de su sector financiero” (Lorca, 2004: 2).
Una expresión del carácter violento del capitalismo actual puede ser observada, en escala planetaria, también con la situación de la producción de alimentos comparada con la satisfacción de las necesidades alimenticias. De acuerdo con una hoja volante producida por la Spanish Students Union (SE) “Hoy hay 6 billones de personasviviendo en el planeta y sería posible producir alimento para 10 billones. Sin embargo, el hambre y la miseria están en crecimiento (800 personas sufren de malnutrición y 2.4 billones viven bajo la línea de pobreza” (SE, 2004: 1). En claro contraste con lasituación anterior, en el polo opuesto se observa la más fabulosa concentración de la riqueza “…un pequeño grupo de poderosas compañías multinacionales controlan la mayoría de la riqueza (40% del Producto Doméstico Grueso y 70% del comercio) e imponen sus intereses al resto del mundo” (Ibid.: 1).
Los datos anteriores pueden provocar algún escepticismo por su increíble magnitud. No obstante, la fuente de los mismo son entidades difícilmente sospechosas de distorsionar cifras a favor de dramatizar la situación, como es el caso del Banco Mundial, organismo al servicio de la llamada Globalización y a los intereses de los países capitalistas más desarrollados. De acuerdo con esa entidad, entre 1998 y 2000 habían 827.5 millones de personas desnutridas (Mitchell, 2204: 2), en tanto que en 1999 1,169 millones tenían que tratar de sobrevivir con menos de $1 diario (Ibid.: 3).
De acuerdo con el informe del 2001 del PNUD, en 1998 1.2 billones de personas en el mundo tenían que tratar de sobrevivir con $1 diario o menos y 2.8 billones con menos de $2 diarios (PNUD, 2001: 9). La sed insaciable de las corporaciones transnacionales por los bajos salarios, encuentra un abundante menú especialmente en los países del llamado “Tercer Mundo”. En tal sentido, el New York Times ofrece los siguientes datos “Las compañías chinas gastan alrededor de 92 centavos de dólar por hora en cada obrero, en comparación con los 1.20 dólares en Tailandia, 1.70 en México y alrededor de 21.80 en Estados Unidos, de acuerdo con un estudio del banco Goldman Sachs” (Diario “La Nación”, 2005: 3).
Para el caso de América Latina, del informe “Panorama social 2004” de la Comisión Económica para la América Latina (CEPAL), el Diario “La nación” de Costa Rica informa que “…la población que vive en la pobreza representa un 44% del total, unos 225 millones de personas”. Y, en consonancia con las señaladas tendencias a la polarización en la distribución del ingreso, agrega “El análisis resalta que la riqueza se concentra en el 10% de los hogares con ingresos más altos” (Diario “La Nación”, 2005: 17).
La polarización social que tuvo lugar durante las dos últimas décadas del siglo XX, periodo de hegemonía de la llamada globalización neoliberal, caracterizada por un regreso a las formas más puras de la explotación capitalista, se revela en los más diversos índices aparte de los comentados. Por ejemplo, de acuerdo con Capdevilla “El índice de desarrollo humano disminuyó en 21 países durante los años 90. Así, en el plano económico, 54 países tuvieron tasas de crecimiento negativo, la inscripción escolar disminuyó en 12 naciones, mientras que en 14 aumentó la mortalidad infantil (2000: 1). De acuerdo con el informe del 2001 del PNUD aún en los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OECD), en la que se agrupan los países más ricos del mundo, para 1999 en esos países habían 130 millones de personas viviendo en la pobreza (PNUD, 2001: 9).
Por su parte, Juan Gelman con base en estadísticas de organismos oficiales como el Banco Mundial, destaca cómo para el 2004 de los aproximadamente 6,000 millones de habitantes de la Tierra, casi el 50%, vale decir, 2,800 millones tienen un ingreso inferior a $2 diarios (Gelman, 2004: 1). En el caso de la América Latina, región con la mayor desigualdad en la distribución del ingreso casi la mitad de sus habitantes, el 44.4%, lo que representa 227 millones de habitantes vivían bajo la línea de pobreza en 2004 (Ibid.: 1), en tanto que en los EE.UU para el 2003 eran 35.8 millones de estadounidenses, lo que representó el 12.5% de su población total (Ibid.: 2).
Adicionalmente, Gelman ofrece un dato que muestra con claridad y contundencia cómo el sistema capitalista, en vez de disminuir las disparidades en la distribución de la riqueza como lo postulan ideologías como la del llamado “derrame”, más bien incrementa las desigualdades “La estadística de ingreso per cápita internacional más antigua que se conoce es del año 1780. Por entonces, la desigualdad entre los países más ricos y los más pobres era de tres a uno, hoy es de setenta a uno (Ibid.: 2).
La violencia intrínseca en las relaciones capitalistas de producción no solamente se manifiesta en el fenómeno de la explotación del trabajo, con toda la secuela de consecuencias que conlleva, sino también se aprecia en los impactos destructivos que tiene sobre la salud y expectativa de vida de los trabajadores. Al respecto algunos datos recientes de la OIT son bastante elocuentes: “Un documento decisivo ha pasado desapercibido, ocultado por lo grandes media: el informe publicado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) que denuncia el hecho de que cada año 270 millones de asalariados en el mundo son víctimas de accidentes de trabajo y que 160 millones contraen enfermedades profesionales. El estudio revela que el número de trabajadores muertos en el ejercicio de su trabajo supera los dos millones al año.
¡El trabajo mata 5000 personas al día! “Y estas cifras”, señala el informe, “se quedan cortas” (Ramonet, 2003: 1).
A la dramática situación aludida, Ramonet agrega la violencia contenida en las políticas de desmantelamientos de las conquistas sociales, por ejemplo en el caso de las pensiones, pues aunque haya subido la expectativa de vida, muchos trabajadores llegan a su “tercera edad” en condiciones muy deterioradas que disminuyen sustantivamente su calidad de vida, por lo cual “Esto hace particularmente repugnante el ataque contra el régimen de jubilaciones. Un ataque coordinado, provocado por motores de la globalización neoliberal –G8, Banco Mundial, OCDE- que desde los años setenta dirigen una ofensiva contra la seguridad social y el Estado-providencia” (Ramonet, 2003: 1).
La gravedad de la situación de desempleo, lo cual cercena seriamente las posibilidades de desarrollo personal para la mayoría de no propietarios de medios de producción, lo cual significa una violencia estructural ejercida sobre las amplias mayorías, es aún más grave de lo mostrado en las frías cifras.
Adicionalmente, se debe señalar que la pérdida de empleos no afecta únicamente a los países capitalistas más desarrollados y con elevados salarios, sino que lo hace también con los países subdesarrollados y con bajos salarios “Pero la pérdida de empleo industrial también se produce en países en teoría beneficiarios de la deslocalización. Hungría y Chequia, están perdiendo inversiones. Nike cerró todas sus plantas en Indonesia y en los últimos tres años se han perdido 250,000 puestos de trabajo en las empresas ensambladoras mejicanas (2004: 1).
Xavier Gracia, por su parte, no solamente destaca los altos índices de desempleo que caracterizan a los países capitalistas desarrollados a inicios de 2004, sino que atribuye una interpretación teórica a ese hecho “Es curioso que algunos economistas definan la ciencia económica como la ciencia de la asignación óptima de recursos escasos. Sin embargo el capitalismo es capaz de despilfarrar el trabajo de los 185´9 millones de parados que existen según la OIT…” (4). Torres (2004) por su parte destaca cómo ese incremento del desempleo estructural se ha acompañado a fines del siglo XX e inicios del XXI de un notable incremento de la riqueza social “Desde el 90 al 2002 EE.UU. ha duplicado su PIB mientras que los empleos industriales caían del 26 al 21%, lo que se traduce en una pérdida neta de 2.5 millones de trabajadores” (1).
La dinámica reciente del modo de producción capitalista bajo el proceso de “globalización neoliberal” ha provocado fuertes incrementos en el desempleo y en la precarización del empleo en los países del centro capitalista, debido parcialmente a la tendencia a depreciar el costo de la fuerza de trabajo, lo cual se ha traducido en las prácticas del llamado “outsourcing”, la cual consiste en comprar la fuerza del trabajo donde esta sea más barata, vale decir el llamado “tercer Mundo”: “Según el Bundesbank, hasta el 2000 las compañías alemanas han creado más de 2.4 millones de empleos fuera de su país, mientras el paro supera los 4 millones y el empleo industrial se ha reducido de 15.4 millones en 1990 a 13.1 millones en 2002…” (Torres, 2004: 1).
Los efectos de la violencia estructural sobre los seres humanos, concebidos como simple fuerza de trabajo explotable, como capital variable potencial siempre y cuando su consumo productivo genere plusvalía, verdadero motor del capitalismo, también provocan enormes daños ambientales asociados al consumismo exacerbado de los privilegiados del planeta: “Si los hábitos de consumo de los 1.700 millones de consumidores se extendiese a toda la población mundial (6.300 millones de personas), la situación sería completamente insostenible, a causa del consumo de agua, energía, madera, minerales, suelo y otros recursos, y la pérdida de biodiversidad, la contaminación, la deforestación y el cambio climático” (Radiochango: Conciencia social, 2004: 2).
Michael Dawson en su libro La trampa del consumidor (The consumer trap), reseñado por Richard York señala contundentemente que el consumismo, lejos de ser una características inherente a los individuos es en realidad un deseo fomentada por un gigantesco y costoso aparato mercadotécnico, que en el cual los grandes negocios solo en Estados Unidos gastan anualmente más de un billón de dólares, suma que equivale a “…el doble de los gastos anuales de los estadounidenses en toda la educación pública y privada, desde la guardería infantil hasta las universidades. (Cork, 2004: 2). De tal manera que, contrario al dogma de la economía neoclásica que postula una supuesta naturaleza en los deseos hiperconsumistas “…la gente no posee un deseo inherente, insaciable, de consumir sin fin” (Ibid.: 1), sino que tal deseo en un producto fabricado por el costoso y sofisticado aparato mercadotécnico. Esta tesis de Dawson, a nuestro juicio, es consonante con el principio antropológico marxista que establece que “…la esencia humana no es una cualidad inherente al individuos aislado, sino que es, en su realidad, el conjunto de sus relaciones sociales”
Dilapidación de seres humanos y destrucción masiva del ambiente implica el ejercicio de una violencia sistemática sobre las únicas fuentes de riqueza real (abstrayéndonos de su forma capitalista), vale decir, naturaleza y seres humanos, lo cual constituye una manifestación contundente del carácter violento y destructivo del capitalismo, el cual se opone claramente al dogma de la economía burguesa que asume que el capitalismo es el sistema que permite la asignación óptima de los recursos. ¿Cómo explicar tan flagrante contradicción?
En esencia, la respuesta al dilema anterior tiene que ver con el nivel de tratamiento de la realidad económica y con la lógica a que se hace referencia. En el nivel microeconómico y de acuerdo con la lógica de valorización, el dogma económico burgués tiende a ser verdadero dada la racionalidad empresarial para acumular capital rentabilizando al máximo posible el valor invertido. No obstante, en el nivel macroeconómico y de acuerdo con la lógica del valor de uso, la irracionalidad, violencia y destructividad capitalista aparece crecientemente manifiesta para los seres humanos, amenazando la simple sobre-vivencia de la vida en el planeta.
Norbert Trenkel en una conferencia impartida en la Universidad de Viena en 1998, destaca el carácter intrínsecamente violento de las relaciones capitalistas de producción, las cuales tanto lógica como históricamente, requieren de un proceso violento como lo es la “acumulación originaria”: “La gente, sin embargo, no se introduce en la esfera del trabajo voluntariamente. Lo hacen porque han sido separados en un proceso largo y sangriento de los medios más elementales de producción y existencia y ya sólo pueden sobrevivir en tanto que se vendan temporalmente o, dicho más precisamente, en tanto que vendan su energía vital por un fin tan externo e indiferente como la mano de obra”. (2004: 2).
Por otra parte, un artículo de junio 2004 relativo al sexagésimo cumpleaños del Banco Mundial (BM) y del Fondo Monetario Internacional (FMI), destaca la contribución de esas dos instituciones en el desarrollo de la violencia capitalista: “…durante sus 60 años de existencia han ejercido de hecho el papel de agentes impulsores de un modo de organización económica y social profundamente injusto como es el Capitalismo, basado en la explotación de los seres humanos y la depredación de la naturaleza, un modo de organización social y económica que antepone el progreso de algunos a costa de la desventura de la mayoría, que asocia el éxito a la desesperación, la abundancia con el empobrecimiento, y la codicia con la violencia” (Lista Madrid, 2004: 1).
La violencia social esbozada se potencia aún más cuando los empresarios o sus representantes se deslizan desde su condición de explotadores “legales” del trabajo vivo hacia comportamientos delictivos aún para el derecho burgués. Esta situación amenaza con ser epidémica alrededor del mundo tanto en los países capitalistas desarrollados como en los periféricos. En el centro capitalista casos prominentes como los de las empresas estadounidenses Enron y World Com o como la Italiana Parmalat se han irradiado también a la periferia del sistema, por ejemplo en el caso de países como Argentina.
Los escándalos financieros palidecen frente a las prácticas empresariales y gubernamentales de privatización de la guerra, lo cual ha generado un negocio que para inicios de 2004 se estima en alrededor de 100,000 millones de dólares, pues según afirman Fresneda y Pardo “Las Corporaciones Militares Privadas, en plena “guerra contra el terror”, son uno de los sectores industriales más boyantes en Estados Unidos y están creciendo más deprisa incluso que las empresas de Internet o de biotecnología” (2004: 2).
Hacia finales de 2004, un grupo de 16 expertos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) calculó que los gastos militares para el 2004 totalizaría $950,000, de los cuales más de la mitad corresponden solo a los EE.UU, y ello sin incluir los costos de las guerras en Afganistán e Irak. Cuatro de los países miembros del Consejo de Seguridad de la ONU (EE.UU, China, Francia, Gran Bretaña) representan 62% del gasto militar mundial, en una muestra evidente de que aún los organismos multinacionales supuestamente orientados a la paz, están controlados por potencias belicistas.
Los expertos de la ONU muestran su preocupación por la realidad del incremento de los gastos militares, especialmente en el marco del crecimiento del hambre en el mundo “En momentos en que la erradicación de la pobreza mundial y las metas de desarrollo no se están cumpliendo debido a la caída de los fondos, el aumento del gasto militar mundial es una tendencia alarmante. (Deen, 2004: 1).
Los gastos militares en un mundo como el actual, prácticamente hegemonizado por las relaciones capitalistas de producción (con algunos pocos países que, como el caso cubano, intentan preservar sus aspiraciones socialistas), constituyen una de las expresiones más evidentes del carácter estructural de la violencia bajo ese sistema.
En ese marco, resultan elocuentes los señalamientos de Eduardo Galeano: “El mundo está destinando 2.200 millones de dólares por día a la producción de muerte. O sea: el mundo consagra esa astronómica fortuna a promover cacerías donde el cazador y la presa son de la misma especie, y donde más éxito tiene quien más prójimos mata.
Nueve días de gastos militares alcanzarían para dar comida, escuela y remedios a todos los niños que no los tienen”. (2004: 1). Por su parte, Juan Gelman, resalta el nivel inédito en la historia alcanzado por el presupuesto militar estadounidense “”…el gasto militar de EE.UU. para el año 2004-2005 ascenderá a 500,000 millones de dólares, es decir, 1360 millones por día, 56.6 millones por hora, más de 940,000 dólares por minuto y casi 16,000 por segundo” (Gelman, 2004: 1), asimismo Natalie J. Goldring de la Universidad de Maryland, destaca que los EE.UU tienen alrededor de la mitad del gasto militar de todo el planeta y gasta en su aparato militar casi lo mismo que todo el resto de países. Otro dato altamente significativo es que, con la excepción de Japón, las cinco potencias que más gastos militares tienen todas forman parte del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (Ibid., : 1).
De acuerdo con Theotonio Dos Santos, se da una transferencia de valor primordialmente en beneficio de la fracción financiera del gran capital, generando una situación absurda y contradictoria con los mismos supuestos neoliberales. En efecto, los Estados nacionales, tanto los de los países centrales como es el caso de los Estados Unidos, como de los periféricos como los latinoamericanos, han visto incrementar sus déficits públicos como nunca antes bajo la hegemonía neoliberal, siendo que su doctrina proclama una “no intervención” y “empequeñecimiento del Estado”. Esa doctrina se le “vende” publicitariamente a los sectores populares buscando legitimar el expolio sistemático que se les hace en beneficio del gran capital: “Lo interesante de estos veinte años de asalto al Estado y de éste sobre la población es cómo se logra convencer a gran parte de los misma sobre el carácter positivo y necesario de esta expropiación. Es innegable el rol fundamental que tiene en este proceso las construcciones ideológicas, las elaboraciones publicitarias y los medios de comunicación en general” (Dos Santos, 2004: 2). En ese contexto, Roberts (2004) resalta cómo la economía norteamericana incrementa sus déficits debido al aumento de sus gastos militares, en tanto que reduce los recursos para los servicios sociales y cómo reduce y elimina impuestos a los más ricos, en tanto los incrementa a los más pobres.
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