Por: Paul Walder*
Fuente: Diario del Gran Valparaíso (22/12/03)
Prometen un futuro esplendoroso, en circunstancias de que la saturación de profesionales se traduce en una proletarización de sus condiciones laborales
DICIEMBRE NO SÓLO es el mes de la industria de los afectos: marca también el inicio de la campaña de la industria educacional a la caza de clientes.
La primera fase de una gran campaña mediática nos recuerda que el mercado, paradigma de nuestra modernidad, rige las vidas, las presentes, pasadas y futuras.
Hay mercados (entre varios otros) de la salud y de la muerte, del amor y el placer, de las ilusiones y las perversiones, del recuerdo y del porvenir.
La publicidad universitaria se inscribiría en este último, como decisión de inversión, una colocación en un mercado de futuro, de bonos a largo plazo y sin seguro de riesgo. Los avisos transparentan demasiado, no sabemos si a la agencia de publicidad o al marketing académico.
Lo que se publicita no es un conocimiento o una técnica; es un gran simulacro –que es lo más falso de lo falso- del saber. Los alumnos son clientes que adquieren un producto o servicio y ambos actores están regidos por las leyes del mercado. La universidad es una frase publicitaria, un eslogan. Las estrategias de venta no difieren en mucho de las de un plan de salud, un seguro de vida, un cementerio privado… un automóvil.
La universidad durante la modernidad fue la institución del saber, de la formación de intelectuales, científicos, ideólogos. La universidad posmoderna devino en formación de técnicos. Lo que tenemos en la universidad privada son industrias que modelan técnicos estandarizados –o un proletariado letrado- bajo un modelo de mercado.
Este mercado universitario, sin embargo, está regido más por la oferta que por la demanda; de otro modo no serían necesarias las ingentes inversiones publicitarias. No son los futuros estudiantes o el campo laboral el que orienta este mercado; son decisiones comerciales, acaso de gestión, al interior de las propias instituciones. Es un producto sin satisfacción garantizada que puede, como todos aquellos artefactos de plástico desechables, generar externalidades negativas. La saturación de profesionales en tantas áreas de la producción es una muestra palmaria de la distorsión de este sector.
La publicidad universitaria se nutre de un imaginario colectivo que no tiene asidero en los cambios de la sociedad. Las instituciones privadas se presentan como la escalera de ascensión social, la que permitirá al futuro estudiante ingresar en las elites del saber, acaso de la producción. ¿Publicidad engañosa?
Si nos rigiéramos por las estadísticas laborales, lo que tendríamos es una hueste de proletarios asalariados. No sólo tenemos una trampa publicitaria. El mercado puede también ser intrínsecamente perverso. Tal como sucede en la salud, sector liberalizado que hoy está en manos de un oligopolio. Tres grupos económicos farmacéuticos barrieron con la competencia y hoy detentan el 95 por ciento de las facturaciones. Control total sobre el mercado y, por cierto, sobre los precios de los medicamentos. Son los amos y señores de nuestra salud.
Esta misma lógica aplicada a la educación llevará a los mismos resultados. Ya tenemos antecedentes con la saturación de algunos productos (perdón, carreras) y con las debilidades financieras de algunas instituciones. Sólo falta que ingrese el capital internacional y también saque del escenario a los más frágiles. Como en todo sector expuesto al libre mercado, tarde o temprano tendremos una concentración, un virtual monopolio. Si en salud ha sido nefasto, en educación sería funesto. No sólo por los efectos sobre los precios, sino por el sesgo ideológico que ya expresan los financieramente más poderosos.
Hacia el primer tercio del siglo veinte el historiador Francisco Encina reflexionaba sobre la proliferación de abogados y médicos, proceso que podría llevar, especulaba, a una sociedad mórbida y pendenciera. Sus aprensiones quedarían cortas al observar nuestra contemporaneidad. Hoy podríamos alertar de la emergencia de un ejército de disciplinados tecnócratas inhibidos de la capacidad de reflexión.
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