Por: Dr. Sergio Prince Cruzat y Dra. Carolina Llach Valdivieso
Fuente: GranValparaíso (02/10/06)
A menudo se asemejan a monarcas medievales a merced de duques, barones, condes y señores celosos de sus prerrogativas, privilegios e inmunidades y cuyo factor común es la mediocridad
EN 1988, HACE ya catorce años, en pleno proceso de democratización de los instrumentos para elegir a los rectores de las Universidades “Tradicionales”, se divulgó un documento titulado “Algunos fundamentos y principios de acción universitaria”. Este fue suscrito por destacadas personalidades del ámbito académico e intelectual.
La primera parte del texto presenta tres conceptos sobre Universidad; la segunda, esboza diez principios éticos de acción universitaria, los cuales son definidos y comentados brevemente, a saber: 1) Excelencia académica, 2) Jerarquía, 3) Libertad Académica, 4) Autonomía Universitaria, 5) Pluralismo, 6) Respeto, 7) Racionalidad y Diálogo, 8) Participación, 9) Responsabilidad, 10) Acceso de los más capaces.
RACIONALIDAD Y DIALOGO
En nuestra opinión, el más importante de estos principios y el que fundamenta el quehacer universitario es el número 7, “Racionalidad y Diálogo”, que es definido de la siguiente manera: “La universidad descansa en la idea de que el hombre es, por naturaleza, un ser racional. Tanto el quehacer en la Universidad como las relaciones entre sus integrantes deben regirse por principios de racionalidad”. De esta definición podríamos no estar de acuerdo con la afirmación de la racionalidad natural del hombre, ya que junto al filósofo Popper podemos decir que “creemos en el hombre… en el hombre tal como es; y nunca soñaríamos en afirmar que es totalmente racional”, ya que no podemos dejar de ponderar lo emocional y su influencia en nuestras reflexiones sobre el mundo y nuestro quehacer en él.
Sin embargo, estamos de acuerdo con que las relaciones universitarias deben regirse por principios de racionalidad, que son los únicos que nos permiten una alternativa a la violencia. La racionalidad exige del diálogo, el cual “excluye de la vida universitaria toda forma de violencia, sectarismo partidista o imposición arbitraria”. Ahora nos debemos preguntar si esto ocurre en nuestras universidades. Parece que se da solo en algunas, mientras que en otras la permanencia de autoridades que no satisfacen el principio de racionalidad crea conflictos que, en algunos casos, se prolongan en forma innecesaria.
Es normal que exista la discrepancia. Cuando ésta se da, es porque hay diferencia de opiniones o de intereses, o por ambas causas. K. Popper nos dice que hay muchos tipos de desacuerdo en la vida social, los que deben ser resueltos de algún modo. El no solucionar estos problemas “puede crear nuevas dificultades cuyos efectos acumulativos provoquen una tensión intolerable, tal como un estado de continua e intensa preparación para decidir el problema”. En estos casos, llegar a una decisión “puede convertirse en una necesidad”. ¿Cómo llegar a una decisión? se pregunta Popper. Para él, existen sólo dos caminos posibles: “la argumentación….. y la violencia”, aunque nos aclara que “si se trata de un choque de intereses, las dos alternativas son una fórmula razonable de acuerdo o el intento de destruir al rival.
Es de pensar que en la Universidad sólo se puede llegar a decisiones por medio de argumentaciones o por acuerdos razonables. La violencia y el intento de destruir al rival son alternativas que no deberían ni siquiera considerarse, pero para lograrlo se debe actuar como un racionalista, entendiendo por ello, ser “un hombre que prefiere fracasar en el intento de convencer a otra persona por medio de la argumentación antes de lograr aplastarla por la fuerza, la intimidación y las amenazas, o hasta por la propaganda persuasiva”.
Para el filósofo K. Popper, el uso de argumentos requiere de una actitud de toma y daca, es decir, la disposición “no sólo de convencer al otro, sino también dejarse convencer por él”. Lo que Popper llama una actitud de racionalidad puede ser caracterizada del modo siguiente: “Creo que tengo razón, pero puedo estar equivocado y ser usted quien tenga razón; en todo caso, discutámoslo, pues de esta manera es más probable que nos acerquemos a una verdadera comprensión que si meramente insistimos ambos en que tenemos razón”.
La humildad es fundamental para poder asumir una actitud de toma y daca, pero la humildad suele ser con frecuencia una simulada sumisión, un artificio del orgullo que se abate un momento para elevarse después. Por lo tanto, debemos entender la humildad, no dentro del ámbito de lo emotivo, sino que dentro del ámbito racional, lo que nos lleva a hablar de “humildad intelectual”. Esta la poseen quienes “tienen conciencia de que a veces se equivocan y quienes habitualmente no olvidan sus errores”. Según Popper, la humildad intelectual “nace con la comprensión de que no somos omniscientes y que debemos a otros la mayoría de nuestros conocimientos”. La actitud de toma y daca requiere abandonar “toda actitud autoritaria en el campo de la opinión y la disposición de aprender de otras personas”.
Existen, sin embargo, varios problemas que impiden la difusión de la racionalidad como la entiende Popper: el principal es que siempre se necesitan dos personas para tener una discusión razonable y cada parte debe estar dispuesta a aprender de la otra, ya que es imposible tener una discusión racional “con un hombre que prefiere dispararme un balazo antes de ser convencido por mí”. En otras palabras – agrega Popper –, “hay límites para la actitud de razonabilidad. Lo mismo ocurre con la tolerancia. No debemos aceptar sin reservas el principio de aceptar a todos los intolerantes, pues si lo hacemos no solo nos destruimos a nosotros mismos, sino también a la actitud de tolerancia”.
Esperemos que hoy, en los conflictos universitarios, prime la racionalidad y la actitud de toma y daca, dejando afuera el autoritarismo y la intolerancia, ya que es una buena alternativa de evitar la acumulación de tensiones y la violencia.
POLITIQUERIA EN LOS CLAUSTROS
El rector de un universidad, más allá de sus actividades puramente administrativas, se ve enfrentado a un mundo inestable, ya sea dentro y / o fuera de ella. Esto no solo le dificulta cumplir con las obligaciones propias de su cargo, sino que además puede llevarlo a salir de él antes de finalizar su período. Así opinaba en 1979 Luis Manuel Peñalver, quien fuera rector de la Universidad de Oriente (Venezuela). La opinión de este destacado académico se presenta llena de actualidad, debido a los procesos de cambio que viven nuestras universidades regionales, y nos apunta en dirección a dos problemas que deben enfrentar los rectores: la presencia política en las universidades y los límites que esto impone para que un rector cumpla con las tareas propias de su cargo.
La historia reciente de las universidades latinoamericanas demuestra cómo los cambios a nivel sociopolítico afectan a esta institución, de carácter paradigmático, sobre todo en los países en vías de desarrollo. Es así como podríamos citar una larga lista de nombres de personas que han ocupado la rectoría de universidades como resultado de la llegada de los militares al poder o como resultado de movimientos políticos al interior de las mismas.
Razones de carácter político estratégico son las que llevan a los gobiernos “de facto” a intervenir en las universidades, poniendo a los rectores que ocupan el cargo en el momento de la instalación de éstos en una difícil posición. Ella puede llegar a ser abiertamente intolerable, ya que, por un lado, se pueden ver en la situación de ceder ante la presión exterior para así salvar a su institución, provocando una reacción contraria de estudiantes y facultativos, o; por otro lado, pueden adherir a la oposición al autoritarismo, rechazando vigorosamente cualquier intento de intervención. Esta actitud, sin duda, lo deja fuera del cargo en un corto plazo.
Por otro lado, cuando se transita de un régimen democrático a uno pseudo democrático, como ocurre hoy en Chile, la política sigue presionando sobre las universidades. En este caso, por medio de huelgas y manifestaciones, sectores del estamento estudiantil, profesores y administrativos sobrepasan a las autoridades, en ocasiones, con pretextos académicos. Así, se llega a las esperadas elecciones de rector, las que están influenciadas directa o indirectamente por la política, ya que los partidos políticos en democracia, al igual que los gobiernos autoritarios, utilizan a las universidades como un lugar para difundir sus ideas y captar adherentes. Esto afecta a estudiantes, profesores y administrativos. Los tres estamentos son fraccionados y politizados hasta el punto de responder a consignas políticas y no al espíritu universitario. Con palabras como libertad, democracia y autonomía, cada partido pretende ganar adeptos para sus propios fines. En este contexto, se puede explicar el apoyo hecho público por algunos académicos a los rectorables de las universidades porteñas. En opinión de estos profesores, en el candidato apoyado ven interpretado su proyecto de universidad. Otros candidatos buscan apoyo en diferentes colectividades políticas con mayor o menor éxito.
La inevitable presencia política en la universidad, y el apoyo público o no de partidos y /o poderosas corrientes de opinión, obligará a los futuros rectores a estar muy atentos de los centros de poder, es decir, el gobierno, los partidos políticos, las facultades, los estudiantes e incluso de los movimientos sindicales. Esto seguro que consumirá más del tiempo necesario para dedicarse al desarrollo de planes y programas que beneficien a la comunidad académica. Aquí llegamos a las dificultades que enfrentan los rectores para poder ejecutar sus planes y programas. Sabemos que las estructuras de poder de un rector al interior de las universidades son muy frágiles, lo que permite que se dé con facilidad la resistencia a cualquier proyecto de reforma de sus políticas y / u organización.
RECTORES QUE SON SIMPLES ADMINISTRADORES
Rudolf Acton, en 1966, describió esta situación en un estudio sobre las universidades latinoamericanas. En él, comparó al rector con un monarca de la Edad Media, sustentando muy poco poder real y rodeado por duques, barones, condes y señores celosos de sus prerrogativas, privilegios e inmunidades. Esto lleva, en la interpretación de Acton, a que cada uno de estos nobles opere en su “feudo” de actividades, facultades, escuelas o institutos y cátedras mirando al rector como un “primus inter pares”, antes que como un verdadero líder institucional.
Estos problemas llevan al rector por el camino de ser un mero administrador, es decir una persona que no ejerce su liderazgo para así sostenerse en el cargo. Por lo tanto, guía en forma conservadora una institución que en esencia no puede ser conservadora, sino que, por el carácter de su misión, debiera estar ubicada en la vanguardia del quehacer nacional. Asimismo, se elige rector a quien dé mayor seguridad de conservar las prerrogativas que tienen facultades, institutos, escuelas, departamentos y cátedras, en la toma de decisiones ya sea por reglamento o por costumbre. Este es el terreno ideal para que se oculte la Aurea Mediocritas, la dorada mediocridad, ya que en estas circunstancias las posibilidades que un rector tiene de introducir cambios se basa en la posibilidad de apoyo que obtenga de los otros grupos de poder que existen al interior de la universidad.
En nuestra opinión, un rector que no sea líder no puede ser un buen rector. El rector, para ser un líder institucional, debe, al menos, poseer un sentido claro de cuál es la misión de la Universidad; debe tener una buena capacidad administrativa y no soólo descansar en asesores; debe ser imparcial para actuar como árbitro de los conflictos propios de una institución universitaria; debe ser un diplomático para poder dialogar con quienes disienten de sus proyectos; debe tener valor para buscar la excelencia en todo los ámbitos; debe ser capaz de impedir que la actividad político partidista sobrepase y sature los asuntos académicos. Por supuesto que esto último es fácil de enunciar, pero difícil de lograr, máxime cuando uno considera la tendencia histórica a la “politización” de las universidades.
Pero ser líder no es condición suficiente. Se necesita además ser un educador. La preocupación básica de un rector debe ser siempre educacional. Para ser educador el rector debe, por lo menos, ser una persona que pueda guiar a todos los miembros de la comunidad universitaria, especialmente a los estudiantes, en su búsqueda de conocimiento y de su realización más completa como hombres y ciudadanos. El rector está obligado a velar por que la universidad forme profesionales competentes; pero este profesional no puede salir cautivo de una estrecha formación y mirando el mundo a través de la angosta ventana de su especialidad. Por el contrario, el profesional debe tener talentos y, en lo posible, sabiduría que le permitan hacer su aporte y enriquecer a la sociedad. Es aquí donde un rector triunfa o fracasa en hacer que su liderazgo lo transforme en el “primer educador” de la comunidad universitaria.
EL ACADEMICO NO ES UN POLITICO
En una confrontación política, podemos observar, como regla general, que las propuestas de los políticos deben reunir al menos dos condiciones: 1) ellas deben parecer favorecer a una parte del país; y 2) los argumentos con que se explican las medidas propuestas deben expresarse en un lenguaje simple, no técnico ni complicado, para que sea entendido por el mayor número de personas. Así, el político eficiente desde el punto de vista partidario será un hombre con la capacidad de suponer o conjeturar cuáles son las medidas, propuestas, planes o programas que la gente puede ser llevada a pensar como beneficiosos para sí misma. Un político que es capaz de pronosticar correctamente el estado de la opinión pública no tiene, necesariamente, que formarse sus propias opiniones. Esto lo pone en situación de abogar siempre para que se tomen medidas que la mayoría considera apropiadas, aunque, muchas veces, sean a todas luces inconvenientes.
Un candidato a rector puede tener una posición conocida por todos y quizás sea conveniente que, junto a los méritos académicos, haya ejercido algún tipo de liderazgo gremial en el cual haya dado muestra de “acción gremial”, y no panfletaria. Todo esto es posible en un candidato a rector, y el lector podrá agregar otros elementos que pueden estar presentes en la persona del candidato a una rectoría universitaria. Lo que un candidato no puede hacer es actuar igual que el político. No puede basar su programa en un pronóstico de lo que la mayoría quiera pensar como útil y conveniente para sí, ya que esto podría traer como consecuencia detectar los sistemas elaborados por la mediocridad para defenderse y permanecer incrustada al interior de la universidad. Un programa basado en este pronóstico tendría rasgos de continuismo, no político, sino de un continuismo que apunta a desintegrar la universidad misma.
Personalidades del ámbito universitario que representan distintas posiciones, como Juan de Dios Vial C., Juan de Dios Vial L., Igor Saavedra y Humberto Maturana, entre otros, estuvieron de acuerdo en manifestar hace un tiempo que “la universidad es un institución históricamente condicionada y debe encarnar tensiones, desafíos y contradicciones que son propios del sitio y la época en la que se desenvuelve su acción. Estas circunstancias – nos dicen – deben ser lúcidamente asumidas y discutidas…”. Un candidato a rector debe asumir esta discusión y, aun siendo candidato, debe olvidarse de sus objetivos electorales, de las listas de firmas, de las conversaciones de pasillo para crear una “buena imagen” que desarrolle un ambiente favorable a su alrededor. En fin, debe renunciar a ser candidato político para ser candidato académico, asumiendo la responsabilidad de denunciar y tratar de resolver las tensiones, desafíos y contradicciones que vive la universidad como institución inmersa en la sociedad.
Quizás el lector pensará que lo que decimos es “poco político” y que una candidatura de esa naturaleza no contaría con las simpatías suficientes para obtener el cargo. Puede también argumentarse que es una posición confrontacional y no consensual. A estas objeciones respondería que: 1) lo que decimos es evidentemente poco político, ya que la universidad no debe enfrentar los procesos electorales al igual como se hace en una elección para cargos políticos; y 2) no creemos que plantear una candidatura en los términos expuestos sea confrontacional, si por ello entendemos una pugna de intereses con resultados negativos para ambas partes en conflicto. Creemos, no obstante, que es una candidatura planteada en términos confrontacionales si por ello queremos indicar que, por sobre todo, a través de la racionalidad y el diálogo, un candidato a rector debe defender, en contra de la mediocridad, la excelencia académica, la jerarquía intelectual, la libertad académica, la autonomía universitaria, el pluralismo, el respeto, la participación, la responsabilidad y el acceso de los más capaces.
Estos son algunos de los principios éticos que I. Saavedra y H. Maturana, junto a otras personalidades, consideran de especial importancia en el quehacer universitario. Para graficar lo dicho, quisiéramos afirmar que todo programa debería luchar por la excelencia académica, aunque esto asuste a los mediocres, ya que, según los académicos citados, “el quehacer de la universidad debe desarrollarse en el mejor nivel alcanzable, porque cualquier forma de mediocridad la desnaturaliza”. Agregan que “la calidad debe darse en todas las actividades universitarias, incluidas las de organización y administración. Ella – la excelencia académica – exige preocuparse, principalmente, por el nivel de los académicos y de las autoridades universitarias. En consecuencia, han de establecerse procesos de selección, de evaluación del rendimiento y producción académica y de designación de autoridades que garanticen esta excelencia”.Es el momento en que los “rectorables” enfrenten públicamente ante la comunidad universitaria sus proyectos, para ver si estos buscan la instauración de una universidad acorde con los tiempos o si son proyectos que pretenden que nada cambie demasiado, permitiendo profesores no calificados, profesores que cumplen sus jornadas completas en cualquier lugar menos en la Universidad, profesores que deben hacer esto último porque sus rentas son muy bajas.
Lograr programas en donde se dé el equilibrio buscado requiere que se termine con las posiciones “blanco o negro” o con las posiciones “todo gris”. Es útil asumir en su reemplazo lo que Ulises Moulines llama Principio de la Relevancia de las distinciones graduales. Este principio puede ser enunciado como sigue: son peligrosos y perniciosos para la Universidad los programas que tajantemente rechazan, en forma absoluta, toda posibilidad de ser leal al verdadero quehacer universitario. Son relevantes los programas que permitan y que den cabida al mayor número de exigencias que apunten a la excelencia universitaria, al logro de la “universitas magistrorum et scolarium”.
Albert Einstein nos decía en 1931: “Numerosas son las cátedras, pero escasos los profesores sabios y nobles. Numerosas y grandes son las aulas, pero pocos los jóvenes que tienen sed de verdad y justicia. Pero ¿por qué quejarse, si lo sabemos todos? ¿No ha sido siempre así y seguirá siéndolo?”. Este comentario del más famoso de los físicos del siglo pasado parece estar cargado de pesimismo. Sin embargo, él reconoce que existe un espíritu temporal que tiene que ser transformado con la participación de todo el mundo. Es nuestro deseo de colaborar en esta transformación, y no otra cosa, lo que inspira el presente artículo.
EXCELENCIA ACADEMICA
Poco se ha dicho sobre lo que debemos entender por “excelencia académica”, aunque en el ámbito universitario se hace referencia a ella con insistencia. Es nuestra opinión que ella debe ser analizada dentro de un marco de referencia teórica que admita que existen distinciones conceptuales graduales (o “por niveles”) que además son multidimensionales (o “en distintas direcciones”).
Veamos primero las diferencias de grado que podemos establecer para el concepto de “excelencia académica”. Para ello, entenderemos por excelencia académica lo que permite que una persona sobresalga en una comunidad de maestros y discípulos, que es depositaria de los conocimientos ya adquiridos por el hombre y que tiene la responsabilidad de contribuir a la transmisión de ellos y a la generación de otros nuevos en forma racional, creativa, imaginativa, siempre en diálogo, con humildad intelectual para ir siempre tras la verdad.
La definición dada nos permite identificar, a) el estamento de los profesores o académicos; b) el estamento de los discípulos o alumnos; y c) en forma tácita, el estamento de los no académicos o funcionarios. Todos ellos están bajo las exigencias de la excelencia académica, en distintos grados y, como veremos en un momento, en diferentes dimensiones.
Los docentes pueden ser clasificados en: a) docente puro, b) investigador puro o c) docente investigador. Las exigencias hechas para alcanzar la excelencia a cada uno de estos grupos son diferentes por la naturaleza propia de sus funciones. Estas diferencias se hacen más notorias cuando nos encontramos en la necesidad de evaluar la excelencia de una Facultad de Humanidades o una Facultad de Ciencias. Sin embargo, se reconocen como factores importantes los estudios de postgrado o postítulo, los grados académicos, publicaciones y el prestigio. Este último se mide, generalmente, por el reconocimiento que los pares hacen del trabajo de sus colegas, lo que tiene una manifestación práctica en las invitaciones que se reciben para asistir como conferencista – a encuentros, symposiums, congresos – y en la docencia ejercida en otras universidades nacionales y / o extranjeras.
La excelencia académica puede ser apreciada en diferentes dimensiones, así, las exigencias para alumnos y no académicos, se encuentran en direcciones distintas a las exigencias que se hacen a los profesores. La manifestación práctica – no necesariamente representativa o justa – se hace por escalas de evaluación: ya sean notas o grados dentro de un escalafón.
Empero, creemos que lo expuesto puede ser condición necesaria para que se dé la excelencia académica, pero no es condición suficiente. La verdadera excelencia académica se alcanza dentro del marco de un compromiso ético con la Universidad. Esto quiere decir que profesores, alumnos y funcionarios deben destacarse de los miembros de otros estamentos sociales por su lealtad a los principios inspiradores del quehacer universitario. Esto no tiene costo alguno para los centros de educación superior, ya que es una actitud individual que debe asumir cada miembro de la comunidad universitaria. El principio de responsabilidad es aquí muy importante ya que, a través de él, profesores, alumnos y funcionarios que ingresen a la Universidad se comprometen a desarrollar sus capacidades al máximo, se comprometen a luchar públicamente cuando ven la Universidad amenazada sin importarles lo popular o impopular que se puede llegar a ser por este camino.
LA OMNIPRESENCIA DE LA MEDIOCRIDAD
Este compromiso implica trabajo y la disposición permanente a actuar de este modo. Sólo la “Aurea mediocritas”, la dorada mediocridad, como la llamaba Horacio, atenta contra el principio de excelencia académica. Pero, ¿qué es la mediocridad?
Sobre esto se ha dicho mucho, pero contra ello se ha hecho poco. Mediocre es, en nuestra opinión, quien fracasa en su esfuerzo por unir sabiduría y acción o, cuando lo logra, le dura poco. Este es el mediocre con grados académicos, con buenas notas, bien calificado por sus jefes. Este es el que se lleva bien con todo el mundo, el que piensa como la mayoría, el que pone sus conocimientos y su trabajo al servicio de su seguridad personal y sólo al servicio de su seguridad personal. Por lo tanto, tratará siempre de adecuar su opinión a la que parece ser la fuerza vencedora y se sumará a los movimientos con signo triunfante, importándole un bledo los principios universitarios, el tener un compromiso con valores u otras cosas similares. El mediocre busca cargos, no el servir a la comunidad universitaria, busca brillar a la sombra de los que cree poderosos y, por lo común, evita atribuir inteligencia a otro, a menos que se trate de un enemigo.
Albert Einstein dijo en 1953: “Pocos son los capaces de formarse una opinión independiente de los prejuicios del ambiente y de expresarla con serenidad. La mayoría suele ser incapaz de llegar hasta los prejuicios…. La Primacía de los tontos es insuperable y está garantizada por todas las épocas. El terror de esa tiranía se mitiga por su ineficiencia y sus consecuencias… Para ser miembro irreprochable de un rebaño de ovejas, hace falta primero ser oveja”. Nosotros agregaríamos: ovejas, ovejas bobas; donde va una, van todas.
Finalmente, quisiéramos decir que en la Universidad el mediocre debe ser impedido de ingresar, pero si se infiltra, hay que expulsarlo, ya que de lo contrario destruirá la Universidad. En ella, se necesita un liderazgo institucional asumido por hombres o mujeres que atraviesen por sus aulas, sus oficinas, siempre dispuestos a dar la cara, ignorando el miedo, libres de toda agresividad y de todo resentimiento. De esta forma están hechos los forjadores de ideales, los que pueden levantar y sacar adelante a la Universidad en medio de las desgracias que ella misma se forja.
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