Por: Empar Pineda ( xtracto)
Fuente: Iniciativa Socialista
El movimiento feminista contemporáneo nace en las últimas oleadas revolucionarias en Europa y en los EE.UU. La posición anticapitalista, antiimperialista y la formación marxista son constantes de la mayoría de las nuevas feministas. El movimiento que se va conformando es un movimiento de oposición al sistema social, un movimiento subversivo que se nutre del marxismo, aunque demasiadas veces choca con los marxismos y los marxistas presos de la ortodoxia dogmática de la izquierda, negadora de cualquier autonomía a la opresión de las mujeres.
“El camino de la liberación de las mujeres -se decía- está garantizado con la abolición de las relaciones de producción capitalistas y la incorporación de las mujeres al trabajo asalariado”.
El movimiento feminista rechaza esta simplificación. Hoy, podemos afirmar que el movimiento feminista, con su propuesta emancipadora, plante unos cuantos desafíos a la izquierda en los más diversos terrenos y de la más diversa naturaleza. ¡Ya nada volverá a ser como antes!
Una forma de organizarse…
El feminismo como movimiento social ha sido capaz de desafiar concepciones y hábitos arraigados en el seno de la izquierda social. En las prácticas organizativas, en las reivindicaciones y objetivos de lucha sociales y políticos, y en toda una serie de ideas y hábitos que afectan a la teoría y a la estrategia revolucionarias. El feminista se constituye organizativamente como un movimiento sólo de mujeres.
Convencido de que un grupo oprimido debe tomar en sus manos su propia liberación, vigila con particular celo su autonomía organizativa, política e ideológica. Se desarrolla, en todos los terrenos, a partir de sus propias fuerzas y rechaza cualquier vinculación con los partidos políticos, los sindicatos y otras organizaciones sociales.
Esta autonomía suscitó en un primer momento –quizá todavía suscita- fuertes recelos y suspicacias, costó aceptar este protagonismo de las mujeres. Es cierto que en esta defensa de la autonomíase han manifestado, a veces, posiciones de gran desconfianza hacia los partidos políticos y con los hombres.
También se han dado apasionadas polémicas sobre lo que se llamó “la doble militancia”. Sectores de feministas llegaron a plantear el rechazo a mujeres que pertenecían, además, a partidos políticos, por entender -de modo equivocado- que su presencia en el movimiento iba en detrimento de la autonomía del mismo.
El movimiento feminista tiene una serie de características que lo convierten en una realidad muy particular en relación con otros movimientos. Su fuerza depende de que sea capaz de despertar las conciencias dormidas y acalladas de tantas mujeres que viven y sufren lo que significa ser mujer en esta sociedad, pero que no se atreven a expresar, ni tan siquiera a sí mismas, las miserias que padecen y que son fruto, también, de las relaciones que mantienen con tantos hombres -padres, maridos, hermanos, amantes, hijos…- que las arrinconan al papel de sus subordinadas.
Para las mujeres, llegar a comprender su situación de oprimidas requiere una introspección, reflexionar sobre lo que han sido sus vidas también en los terrenos más íntimos, más vivenciales. Y esto exige un tiempo y unos caminos propios. No se llega a ser feminista sólo a través de una reflexión política sobre lo que es el sistema social, sino, a través de un cuestionamiento de lo que han sido las diversas opciones que las mujeres han ido tomando en sus vidas; de hasta qué punto lo masculino y lo femenino marcan las posibilidades vitales de mujeres y hombres en esta sociedad y subordinan aquéllas a éstos.
Lo personal es político
En lo que se ha venido llamando “la práctica política”, el movimiento feminista ha hecho innovaciones de trascendencia.
Hay un lema que el feminismo ha puesto en circulación desde sus comienzos (“lo personal es político”), por entender que en aspectos bien importantes de la vida de las personas – hasta entonces considerados asuntos privados, ajenos al quehacer público- se ejercía opresión, desigualdad y, en no pocas ocasiones, tiranía. Consecuentemente, lanza a la arena de la batalla social y política muchos de esos elementos de la vida “privada”.
La mayor parte de las consignas feministas aluden a la necesidad de considerar asuntos de la vida cotidiana como merecedores de ser considerados sociales, políticos, susceptibles de la actividad central del movimiento: “Manolo, la cena te la haces tú solo”, “Yo también he abortado”, “De noche y de día queremos caminar tranquilas”, “Sexualidad no es maternidad”, “Mujeres somos, mujeres seremos, pero en la casa no nos quedaremos”…Expresión, todas ellas, de situaciones mucho menos privadas de lo que nos gustaría (porque en ellas interfieren las clases rectoras de la sociedad), y, finalmente, porque nuestras vidas, su totalidad y no la vida dividida en parcelas, es lo que interesa al movimiento feminista.
Se imprime un giro en las concepciones dominantes en la izquierda, obligando a considerar como objeto del quehacer social muchas de las cosas que, bajo el sello de lo privado, encubrían opresiones, insatisfacciones, sufrimientos y miserias. Con ello, el movimiento lanza un gran desafío a una izquierda ciertamente anquilosada y poco proclive a la curiosidad, a la crítica, a someter sus ideas y prácticas a constante debate, estudio, crítica, renovación. Así, junto a grandes reivindicaciones sociales -contra la explotación de la fuerza de trabajo, contra la guerra, el servicio militar obligatorio, la represión-, el movimiento feminista plantéa con idéntica fuerza y nivel de importancia cuestiones como el derecho al aborto, a una maternidad libremente decidida, la libre opción sexual, la libertad personal, etc. Junto a la explotación en el mundo laboral plante la explotación en el mundo doméstico, desvelando el papel que juega el sistema de familias en el mantenimiento del orden social burgués y patriarcal, y el carácter arbitrario de la adjudicación a las mujeres -por el mero hecho de serlo- de las tareas domésticas, que tantos beneficios reporta a los hombres de todas las clases y categorías sociales. Como resultado, el movimiento ha hecho cambiar la consideración de lo social y lo político con la irrupción de lo personal.
Algunos problemas teóricos
Algunos de estos problemas tocan de lleno el análisis de la sociedad en su conjunto, mientras que otros afectan más a la especifidad de la opresión de las mujeres. Entre los que afectan al análisis social estarían los debates sobre los orígenes y las causas de la subordinación y opresión de las mujeres. Las razones de la pervivencia del dominio masculino y los mecanismos que lo hacen posible, y su relación con la estructura social en su conjunto.
Cómo se da en una sociedad estamental o en una sociedad de clases, la subordinación de las mujeres, qué función cumple, cómo se va modificando a lo largo de la historia, etc. Sobre las causas u orígenes se han planteado diversas hipótesis: algunas claramente biologistas, otras más acordes con una interpretación más próxima a causas sociales, o hipótesis que incluyen ambos factores.
Sobre la relación de la opresión de las mujeres con el conjunto social se constatan dos tendencias:
A) El feminismo radical, que da prioridad analítica a la contradicción hombre/mujer y a ubicar en esta contradicción la raíz de todo ulterior desarrollo social, convirtiéndola en una constante histórica en torno a la cual se articula la historia de las sociedades humanas. El concepto patriarcado: todas las sociedades son, ante todo, sociedades patriarcales. En mi opinión, este concepto resulta de escasa utilidad porque se resiste a la exploración histórica.
B) La otra tendencia formada por feministas más imbuídas de métodos materialistas e históricos, de mayor formación marxista, que tratan de analizar la opresión de las mujeres integrándola en un análisis global de la complejidad de las formaciones sociales, sin renunciar a la autonomía de una opresión milenaria. Abordar esta cuestión es un desafío para quienes se dedican a la investigación social, especialmente para quienes desarrollan sus trabajos desde una perspectiva de izquierda y liberadora. Y, sin embargo, estas investigaciones son trabajo casi exclusivo de mujeres o departamentos de estudios de la mujer, están ausentes de otros focos de investigación y elaboración social y política.
¿Cuáles son “los intereses” de las mujeres?
Para la izquierda, más urgente aún sería un análisis cabal de la sociedad contemporánea, teniendo en cuenta la posición de las mujeres en ella. Lo avanzado hasta ahora por las feministas afecta a las posiciones políticas de la izquierda y a sus estrategias.
Se trata, de establecer la relación de las mujeres con las clases sociales, de responder a la cuestión de cuáles son los intereses de las mujeres. ¿Se puede hablar de intereses de las mujeres en su conjunto, en virtud de su pertenencia al género femenino?
¿Constituyen las mujeres un grupo social homogéneo cuyos intereses prevalecen sobre otros intereses de clase, etnia, nación, religión, preferencia sexual, etc.? ¿Son, por el contrario, otros intereses los que condicionan la conciencia social de las mujeres y no sus intereses específicos en tanto que género femenino? O bien, ¿es inevitable tener simultáneamente en cuenta todos los factores (sexo, etnia, clase, políticas, preferencias sexuales, habitat,…?). La izquierda no se había planteado la complejidad de la cuestión. Se había limitado a asimilar a las mujeres a la clase social de sus maridos… En el movimiento feminista hay sectores que consideran que las mujeres constituyen un grupo social homogéneo, cohesionado por una común opresión, y aún cuando reconozcan otros factores son secundarios: es más lo que une a las mujeres que lo que las separa.
No es difícil constatar que las trabajadoras asalariadas tienen mucho en común con los trabajadores, ni que las amas de casa de las familias obreras sufren todas las miserias de la clase obrera en la sociedad capitalista. Ahora bien, su posición no es exactamente la misma: las primeras sufren una explotación más intensa y discriminaciones laborales diversas; las segundas, por su condición de mujeres, ven agravadas las miserias descritas.
Unas y otras se ven enfrentadas, con frecuencia, a los hombres de su propia clase social, a los que están subordinadas, que las discriminan y, también con frecuencia, oprimen. Sólo si se tienen en cuenta estas contradicciones entre hombres y mujeres, podrá la izquierda comprender las variadas razones que mueven a las mujeres, sus porqués diversos que no se explican en las visiones reduccionistas a las que nos tienen acostumbradas las diferentes teorías de la desigualdad social.
Por último, estarían los debates sobre las mujeres y el socialismo. Se ha escrito mucho y mucho se ha debatido sobre la situación de las mujeres en la Rusia postrevolucionaria; de los avances y retrocesos, del mantenimiento de la subordinación de las mujeres y de la familia tradicional… Se ha discutido, sobre las prioridades revolucionarias. Sobre cómo y en qué momento se deben abordar las reivindicaciones de las mujeres, etc. Estos debates tienen como telón de fondo la concepción del socialismo y de la revolución y son de interés para las personas interesadas en la construcción de sociedades diferentes, más libres, justas e igualitarias, sin explotaciones ni opresiones de ningún género.
Sexualidad y violencia machista,
En el segundo bloque de problemas, los relacionados con la especifidad de la opresión de las mujeres, los debates más centrales se han focalizado en asuntos relacionados con la sexualidad y la violencia machista. El sufragismo había estado marcado por fuertes dosis de puritanismo. Se insistía en los peligros del sexo, el deseo sexual aparecía vinculado en exclusiva a los hombres, mientras que para las mujeres el amor era una inclinación espiritual. El nuevo feminismo enfrenta esta concepción de la sexualidad y reivindica, sin pudor, el placer sexual para las mujeres. Afirma que las mujeres somos seres sexuales con deseos propios, que la sexualidad femenina es, también, activa, se critica la hegemonía masculina en las
relaciones sexuales, su agresividad y el modelo falocrático.
Rompe la interesada equiparación entre sexualidad-maternidad y entre sexualidad y heterosexualidad, y reivindica el derecho a una sexualidad libre y la legitimidad del lesbianismo.
También en relación a la sexualidad se darán importantes debates en el movimiento feminista. Un sector del llamado feminismo radical (EE.UU.) adoptará una posición divergente de la mayoritaria. Para estas feministas la opresión de las mujeres quedará reducida a la opresión sexual, delimitando así fácilmente al enemigo: los hombres. El poder de los hombres procedería del falo y los géneros femenino y masculino se construirían sobre las diferentes formas de vivir la sexualidad: violencia en la sexualidad masculina, pasividad en la femenina. Con esta simplificación reduccionista queda descartado un análisis más complejo y multifacético de la opresión de las mujeres: el poder económico, la familia, la ideología, los prototipos de género de la sociedad…todo reducido al poder del sexo. El sexo se convierte, así, de nuevo, en “cosa de hombres” y “un peligro para las mujeres”.
Cualquiera que sea nuestra posición ante la sexualidad, nada puede hacernos olvidar la magnitud de la violencia contra las mujeres en nuestras sociedades. Violencia sexual cuyo máximo exponente es la violación, y violencia física atestiguada cotidianamente por los malos tratos a las mujeres en la familia. La magnitud de esta violencia machista, sus causas, las formas de combatirla son hoy los principales centros de debate y actuación de los movimientos de mujeres. También en estos debates hay voces que denuncian la agresividad como una fuerza -innata o construida socialmente- general e incontrolable. Otras insisten en que las causas de esta violencia no pueden separarse del análisis más global de las manifestaciones de la opresión de las mujeres, de su dependencia económica y afectiva, de su papel en la familia, de la desvalorización que el ser mujer comporta aquí y ahora, del desprecio hacia ella y hacia su papel social, de los componentes del género masculino en el que son socializados los hombres… Relacionado con todo esto se plante la construcción social del deseo sexual con sus componentes de agresividad y dominio. Fuera de algunas influencias, ya lejanas, la izquierda no se había planteado la cuestión sexual como un asunto de trascendencia social y política. Y llegan las feministas lanzando al aire estos asuntos, rompiendo tabúes y elevando el sexo a la categoría de problema social y político.
Cuando las feministas hablamos del origen de la opresión de las mujeres, de sus intereses, del socialismo o del derecho al aborto… los hombres pueden sentirse interesados pero no directamente implicados. En cambio, si nos referimos al terreno de la vida personal (trabajo doméstico, violencia machista o al modelo sexual) la implicación de los hombres es evidente. Así, desde que el movimiento feminista ha planteado estos desafíos apasionantes a la izquierda, tenemos que un hombre de convicciones socialistas, de izquierda consecuente, no es ya sólo un hombre que no acepta la explotación, combate la represión policial, defiende la naturaleza, se opone al racismo y a la xenofobia…Es, también, un hombre que se replantea la vida privada, su trato con las mujeres, su propia sexualidad, porque el movimiento feminista ha modificado, entre otras cosas, la ética revolucionaria. ¿No aporta mucha riqueza a la Utopía?
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