Por: Pablo Salvat
Fuente: icalquinta.cl
En este comentario quiero desarrollar algunas reflexiones —necesariamente incompletas— sobre el tema desde una perspectiva ético—filosófica. En particular, me interesa avanzar algunos elementos en torno a una relectura ético—moral de derechos humanos puestos como referente ético de un mundo globalizado.
Organizo este comentario en tres momentos: el primero, algunos alcances sobre globalización y mundialización, con el propósito de especificar las coordenadas de mi reflexión (de muchos modos hoy se dice algo respecto a estos fenómenos); el segundo, el proceso de globalización— mundialización y su tensión con el ámbito ético—moral, donde afirmamos que la razón práctica parece no estar hoy a la altura de los actuales desafíos planetarios; en el tercero, me referiré sumariamente a la necesidad de poner a los derechos humanos como mediación fundamentadora de una ética planetaria; o, también, como basamentos de una ética de responsabilidad solidaria (que articule los derechos del sujeto con los derechos humanos del otro (la naturaleza, la mujer, el niño, el pobre, el indígena o inmigrante).
Por último, dejo en claro que estos comentarios forman parte de un interés reflexivo de más larga data que no incluyo aquí.
Globalización: alcances y paradojas
Quizás si lo primero sea reconocer que el proceso general de globalización—mundialización, sobre el que hoy se habla bastante, ha comenzado su devenir con la misma modernidad, en particular, a partir del énfasis viajero, conquistador, expansivo que manifiesta la cultura occidental. Esto quiere decir que para que se configure una sociedad «mundial», ha sido necesario un período de actualización que se expresa en lo que A. Guiddens llama proceso de estructuración, orientado en una triple dirección: económica, que define el acceso a las cosas; política, como poder y relaciones de poder; e ideológico—cultural, ocupados con el significado y el sentido.
Como muchos afirman, la nuestra parece ser una época en la cual quizás por vez primera, la misma humanidad pase a verse, estructurarse y concebirse como una sociedad unificada, lo cual podría dar lugar a la constitución de un nuevo tipo de nexo humano—social, ya no sólo a nivel local, regional o nacional, sino también a nivel mundial. Por cierto, no es algo obvio que esto suceda, dependerá mucho de las orientaciones que tomen estos procesos y de cuáles sean sus vectores.
Este proceso de globalización (que el último Informe del Club de Roma llama la primera revolución mundial), posee algunos rasgos que nos interesa señalar de manera particular: * Mundialiwción de la economía: Trae universalización de criterios y racionalización de mercado; una desregulación de las relaciones económicas, políticas, jurídicas; la idea del crecimiento como un nuevo «sentido» de la historia social, política, empresarial. Una crítica y debilitamiento del Estado de bienestar social; los procesos de integración económica continentales y extracontinentales, etcétera.
* Revolución tecnológica: Aquí ocupa un lugar central el conocimiento y el saber. No el conocimiento como un valor en sí, sino en las posibilidades de su aplicación, sea a las comunicaciones (mass media, TV, autorrutas de la información, robótica); a la producción (automatización, aumento de la productividad); a la vida misma (biotecnologías, biogenética). Este nuevo rol del conocimiento y la técnica modifica el de la educación. A estas transformaciones hay que sumar la globalización de una cultura a nivel mundial, donde por ejemplo, hay ya cuatro agencias que manejan las nueve décimas partes del total de noticias producidas a nivel mundial. Esta situación se relaciona con el importante papel que cumple la industria cultural en la generación de significados, valores y sentidos para la vida de las personas.
Es un hecho la existencia de este proceso de globalización— mundialización. Es un hecho también que se da hoy en clave de un «capitalismo generalizado»: han caído los socialismos reales y se desdibujan los socialismos socialdemócratas. Sin embargo, y con ser todo ello cierto, no conviene repetir el juicio hegeliano y declarar que la realidad del presente es per se moralmente buena y deseable. Varios efectos y situaciones de este proceso permiten dudar sobre su intrínseca bondad.
Estas mutaciones están generando una reestructuración cultural de nuestras sociedades con sus propios problemas:
a) Debido, en buena medida, a que el ámbito de la cultura y el mundo de la vida se ven cada vez más traspasados por criterios inspirados en una racionalidad instrumental (economía), o estratégica (administración y política).
b) Lo anterior conduce paulatinamente a la erosión de los sentidos de pertenencia y comunidad de los sujetos; pone en escena un «individualismo narcicista». En medio de estos fenómenos se producen situaciones como el resurgimiento de las fobias nacionalistas y racistas (en plena globalización); una cultura mundial donde parece primar en la gente un creciente sentimiento de inseguridad, laboral, existencial, de futuro. La cultura del presente parece llevar como signo el vacío y una empobrecida autoimagen del hombre. Múltiples signos parecen corroborar este diagnóstico: nihilismo, pragmatismo, apatía política, crisis de identidad, los fenómenos de la droga, las nuevas formas de violencia, el renacer de los fundamentalismos, etcétera.
Además este proceso de globalización tampoco ha resuelto hasta hoy los problemas de miseria en vastas regiones del mundo, pobreza, desigualdad social, política y educativa, de posibilidades de acceso a los bienes económicos, culturales, jurídicos. Se plantea la siguiente paradoja: se está en condiciones hoy día de producir una enorme cantidad de bienes y servicios, y al mismo tiempo, existen grandes problemas de distribución, así como también desigualdades notables en las pautas de consumo (el 25% de la población mundial genera el 75% de los desechos). Todo ello sin hablar de los problemas medioambientales.
Quizá una de las notas relevantes de todo este proceso y de los cambios que genera, es que aparece como una necesidad ineluctable; como la continuación de una filosofía del progreso sin límites, una nueva filosofía de la historia (después de Fukuyama y la caída definitiva de Hegel); sin utopía ni sujeto
Frente a los déficit ético morales
Frente a los efectos y consecuencias diversas que genera el proceso de globalización—mundialización, fuerza es constatar el desface existente entre homo sapiens (razón práctica) y los progresos que comanda el homo faber (razón técnica). El dominio técnico creciente se acompaña con un subdesarrollo ético también creciente. El ámbito de lo ético—moral (normas, guías, valores, utopías) y del sentido (de la vida, acción, compromisos, de la muerte), se tornan recursos escasos en las sociedades. El problema: ni la economía, ni la política o la ciencia—técnica están en condiciones de responder a este tipo de desafíos.
Por primera vez en la historia del género humano nos encontramos ante la disyuntiva de tener que asumir la responsabilidad por las consecuencias de nuestras acciones a escala planetaria. En otros términos, las consecuencias de la singular «alianza» entre revolución tecnológica y economía capitalista parecen demandar una nueva ética universal, una nueva conciencia planetaria y, sin embargo, nos encontramos con la crisis de las utopías y paradigmas prevalecientes hace pocos años, con la dispersión y anomia normativa, con la denegación de toda posible universalidad y de todo sujeto colectivo, con que las intuiciones morales tradicionales se muestran insuficientes, con dificultades para obtener un fundamento racionalmente compartible en este ámbito, etcétera. Por ello algunos afirman que la situación del hombre de hoy se ha convertido en un problema ético para el hombre mismo.
En orden a afrontar esta situación, parece imponerse la tarea de contribuir a un nuevo consenso fundamental en tomo a convicciones humanas integradoras o nuevo paradigma que: a) afirme la modernidad en todos sus elementos humanizadores; b) la niegue en sus expresiones inhumanas, reductoras; c) pueda trascenderla en una nueva síntesis abierta que replantee una universalidad respetuosa del otro y la diversidad.
Una relectura de los derechos humanos
A partir de este somero diagnóstico problemático, surge la idea de poner a los derechos humanos como mediación fundamentadora de una ética planetaria o de responsabilidad solidaria. Esta postura pretende validarse y legitimarse a partir de una relectura (o reconstrucción) de derechos humanos en clave ético—moral. Antes de especificar algunas notas de esta propuesta, hay que decir lo siguiente: No olvidamos de que los derechos humanos representan una de las invenciones más notables de la época moderna. Los basamentos filosóficos y antropológicos más conocidos que de esa matriz derivan son:
iusnaturalismo, racionalismo, individualismo. Los derechos humanos modernos se basan en una razón contractualista y una concepción individualista de los sujetos. ¿Qué pasa con estos sustentos? Que con la crisis de la modernidad, la crítica a sus efectos negativos, los cambios en los modelos de regulación normativa y control social, se entra a cuestionar indefectiblemente los supuestos desde los cuales se han concebido y pensado los derechos humanos a este nivel.
Por eso hablamos de la necesidad de una relectura. Esta relectura creemos que habría que hacerla conectando tres círculos: uno, más relacionado con (lo filosófico—antropológico; otro, en referencia a derechos humanos, en un sentido más jurídico—político; un tercero, respecto a las mediaciones históricas, los sujetos, la sociedad. Conectador de estos círculos sería la consideración ético—moral de derechos humanos. Aquí solo esbozaremos algunos elementos de cada uno de ellos.
Esta relectura se orienta, desde la perspectiva filosófica/antropológica y latinoamericana, a la articulación crítica de, al menos, dos propuestas: por un lado, una filosofía de la alteridad; por el otro, el aporte de las éticas del diálogo o del discurso. Por la primera, se posibilita poner al centro de la lectura actual y futura de derechos humanos el humanismo del Otro hombre (desposeídos, marginados, excluidos de hoy y de mañana), y la responsabilidad para con las generaciones por venir, en especial aquellos aún no nacidos. Se trataría aquí de poder coordinar los derechos subjetivos de libertad con los derechos del Otro. Por la segunda, mencionamos la ética discursiva en cuanto posibilita el reconocimiento de la capacidad meta-institucional que posee el discurso, el lenguaje, la argumentación, como medios desde los cuales es factible trascender siempre los poderes tácticos y sus legitimaciones, accesible y reivindicable por todo sujeto capaz de competencia comunicativa ( lo que, de paso, avala una participación de carácter democrática). De aquí desprendemos dos subtemas:
* Primero: Lo dicho más arriba implicaría, en función de una ética de derechos humanos, abrir espacio al reconocimiento de todo otro, no sólo como carente— pudiente, sino como persona—sujeto digno; como sujeto de derecho pleno a la propia vida, a su corporalidad, al amor, a un medio ambiente sano, a la participación, etcétera. Si cada quien es un «sujeto digno», y esta dignidad se expresa en distintas dimensiones de su existir, hay que bregar porque tanto en el plano económico, político y cultural, se reconozca que las decisiones tendrán una legitimidad ética si pueden considerar los intereses de todos los afectados por ellas;
* Segundo: Se trata de la necesaria revisión crítica de la concepción antropológica moderna, del solipisismo, en la base de todo individualismo. El desafio estaría en avanzar más allá del paradigma cartesiano racionalista y ampliar la noción de razón a su momento ético, de la sensibilidad, deseos y esperanzas.
Desde el punto de vista del devenir histórico de los derechos humanos, de sus «generaciones», nos interesa una lectura que privilegie el eje de los derechos de solidaridad, como articulador de los derechos de libertad e igualdad (tanto por razones político—históricas, como socioculturales, entendemos que poder ser sujeto, de manera digna y autónoma, requiere la solidaridad como una precondición para desarrollar esa misma autonomía). Esta temática se conecta con la apertura histórica en la creación de los derechos humanos y de como ésta da lugar a la emergencia de nuevos derechos, en un proceso, al parecer, difícil de cerrar a priori (no podemos discutir aquí los ribetes de este debatido tema). Ahora, esta relectura de derechos humanos permite retrabajar tres notas relevantes:
1) Asumir los derechos humanos no como la expresión de un universal abstracto, que deja de lado la lucha de los poderes y de los afectados en la historia, sino como la expresión de un universal pragmático. En otras palabras, verlos como un universal construido desde las distintas perspectivas de los participantes, capaces de discutir, acordar, a nivel local, nacional o internacional, sobre los sentidos y maneras de asumir prácticamente el desafio de una sociedad mundial respetuosa de los derechos humanos. En cuanto universal pragmático, parte de la premisa de que toda persona es capaz de competencia comunicativa, y, por ende, capaz de coparticipar en el diseño del destino político y cultural de su sociedad. No se trata, por tanto, de la imposición de una universalidad que anula la diversidad de identidades, la supone.
2) Su historicidad: el descubrimiento y creación de los derechos humanos encuentra su origen en la experiencia histórica vivida. Por este carácter se posibilita que sus formulaciones y contenidos sean permanentemente reapropiados más allá de su momento de origen, convirtiéndose en un universal pragmático. Por otra parte, la dimensión histórica es relevante, porque permite la construcción de memoria histórica. Una mundialización—globalización no puede asumirse borrando de plano esta memoria.
3) Su trascendentalidad: en el sentido de que esta relectura desde el ámbito ético— moral, los ve como idea reguladora de la praxis histórica. Como tal no puede encarnarse completamente en ningún modelo de sociedad. En cuanto idea reguladora, se comporta como potenciadora de los impulsos hacia el cambio y el mejoramiento del presente y mañana.
Pero hay que ir más allá de la norma ético—moral y arribar a la realidad histórico—política. Saliendo del ámbito de justificación reflexiva y argumentada Saliendo del ámbito de justificación reflexiva y argumentada en el plano más arriba señalado y volviendo al mundo real actual, la tarea, frente a este mundo que se globaliza, tiene que ir hacia el fortalecimiento de una sociedad civil de carácter mundial, desde la cual, entre otras cosas, reclamar por la debida democratización del así llamado «orden mundial». El ejercicio de nuevas formas de ciudadanía, de una ética crítica capaz de coordinar acciones efectivas (y no violentas), en el plano civil, puede ser un buen camino para ir avanzando en esta dirección. Esto no implica una desconsideración del papel de los Estados y los organismos internacionales ya existentes, pero sí la necesaria conciencia de las dificultades que estos hoy día tienen para efectivizar la declarada validez universal de los derechos humanos, más allá de ciertas áreas.
Lo anterior lleva también a replantear la idea de sujeto histórico, de una nueva subjetividad —las formas posibles y nuevas de articulación y configuración de su accionar y discurso—, capaz de recrear una nueva gramática de los derechos humanos de cara al nuevo siglo, a nivel nacional y mundial (todo el tema de los movimientos sociales)
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