El colapso de la Educación Superior

Por: Sebastián Ainzúa Auerbach*
Fuente: Icalquinta.cl (15/03/04)

* Economista

La crisis reventó antes de lo previsto y empieza a provocar trastornos sociales y laborales: miles de jóvenes no hallan qué hacer con sus diplomas y las ués se quedan con ene vacantes
EL SISTEMA DE EDUCACIÓN superior chileno colapsó. La crisis que esperábamos que se desencadenara en el mediano plazo, ya está aquí.

La primera evidencia fue que la educación se estaba transformando en un negocio. Pero ahora el problema es mucho mayor y se traduce en una crisis social que está desestabilizando sistema educacional y, a su vez, el laboral.

Supuestamente, el mercado es el mejor asignador de recursos. Quizás en algunos sectores esto sea así, pero en el caso de la Educación Superior la situación ha sido todo lo contrario: el sistema educacional se desbarató, desarmando el mercado laboral y provocando la desvalorización del trabajo.

La educación universitaria comienza a ser menospreciada, lo que denigra a los jóvenes profesionales y destruye sus expectativas de vida. Ellos, confiando en el sistema, optaron por una educación que no sólo los dejó llenos de deudas, sino también con trabajos que subvaloran sus capacidades profesionales, con bajo poder de negociación y sueldos miserables.

¿Por qué sucedió esto? Porque la educación se ha convertido en un negocio, muy lucrativo por lo demás. La universidad se publicita como la única forma seria de desarrollo profesional y, por tanto, social. Por este motivo hoy tenemos como resultado la proliferación de casas de estudio y, en consecuencia, la sobreoferta de carreras que, al ser muy baratas en términos de costos pero caras en el mercado, se convertían en un buen negocio para las empresas de la educación.

El modelo actual, manejado con criterios económicos y empresariales, nos está trayendo problemas profundos.

El proceso de postulación a la Educación Superior de este año contó con 222 mil vacantes, muy superior a los 157 mil estudiantes que realmente postularon. Esta cifra muestra el primer apronte de los que significa un sistema de enseñanza que ha entrado en crisis por la expansión desmedida del abanico de instituciones educacionales que sobrepasa ampliamente la demanda de estos servicios.

Debido a la falta de estudiantes para llenar cupos, se ha confirmado que al menos 6 casas de estudio –aunque no lo reconozcan- se vieron en la necesidad de cerrar los ingresos a algunas carreras que se iba a impartir, por falta de inscritos. Además, hay universidades en Santiago que lograron sólo entre 10 y 25 alumnos para primer año en carreras que en años anteriores alcanzaban más de 80 estudiantes. El problema no es exclusivo de las universidades privadas, ya que también las tradicionales tuvieron que recurrir a procesos de repostulación por falta de inscritos (se ha argumentado que esto se debió a la confusión por el cambio de la PAA a PSU).

Es muy difícil que, una vez cerrada una carrera, ésta vuelva a abrirse. Entonces, aquí es donde se presenta el mayor problema social, porque todos aquellos estudiantes que confiaron en el sistema educacional verán en el futuro cómo sus títulos pierden validez. Seamos francos: a pesar de que la educación percibida por el alumno hubiera sido muy buena, el mercado inmediatamente desacreditará un título de una carrera que ya no existe.

Es difícil cuantificar los desastrosos efectos que esta situación tendrá sobre los profesionales, lo que no sólo se traduce en asumir los costos monetarios, sino que también el tiempo invertido, los perjuicios morales, y por qué no decirlo, la desvalorización social de los afectados.

El Estado, al no haber sido capaz de prever esta situación, tendría que tener la mínima decencia de planificar una forma de anticiparse a los daños futuros. Es fundamental, por ejemplo, que se cree un sistema de calificación y validación de títulos universitarios para que una vez que las carreras cierren, sea un organismo autónomo el que valide los certificados, dando fe que la educación recibida es de calidad.

Por tanto, urgente que el Estado sea lo suficientemente valiente como para poner atajo a la expansión desmedida de la Educación Superior y deje de sobrevalorar un modelo de desarrollo profesional que está lejos de ser realmente viable en el tiempo.
 

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