¿Qué sucede en la escuela hoy?

Por: Hernán Montecinos
Fuente: Antroposmoderno.com (18.10.07)

“¿De qué modo se vinculan los estudiantes a la universidad?, Por la oreja, se contestaba a sí mismo el filósofo Federico Nietzsche.

En efecto, el estudiante es un auditor nada más que por la oreja. Mientras el profesor habla a los estudiantes, éstos escriben mientras escuchan. Por lo que se llega a la conclusión numeral de que mientras una boca habla, muchas orejas escuchan y la mitad de las manos escriben. Es este el aparato académico exterior. Pero es el caso que el poseedor de la boca poco tiene que ver con los poseedores de las orejas, por lo que se enfrenta en los claustros una doble autonomía. Doble autonomía sumamente elogiada con el nombre de libertad académica. Cierra el ciclo la presencia del Estado, quien se sitúa detrás, a una distancia conveniente, con su rostro tenso de supervisor, para recordar a unos y a otros que Él es el fin de toda esta actividad y la quintaesencia de estos procedimientos de audición y oratoria.

Estos son conceptos de Nietzsche, en una de sus conferencias sobre “el porvenir de nuestros establecimientos educacionales” haciendo una clara crítica a la  filosofía «académica» en su época. Sin embargo, más de cien años después de su muerte, estas ideas mantienen una asombros actualidad, no sólo en lo que respecta al modo en que se imparte la enseñanza en las facultades de filosofía, sino también en todos los ciclos de enseñanza que imparte la educación chilena. En la mayoría de nuestras aulas el maestro habla y los alumnos escuchan. Lo que importa es cubrir los temas o materias del programa rápidamente, y después examinar a los estudiantes, de manera tal que el requerimiento principal es la memorización de la información.

De otra parte, no es difícil observar que, en el aula, los docentes dedican mucho de su tiempo a “mantener la disciplina”, sobre todo en la enseñanza básica y media. Un grupo de alumnos callados, que no hagan muchas preguntas, que estén atentos y casi sin moverse, se considera como un grupo ideal de aprendizaje. Los supuestos subyacentes a este escenario son claros: al docente se le encarga que enseñe y tiene la responsabilidad que los alumnos aprendan. Los estudiantes tienen que atender permanentemente al profesor, quien es el poseedor del conocimiento, como algo externo y terminado, que el alumno debe “adquirir” a través de los sentidos: el oído predominantemente.
El niño se sienta en su pupitre y es inundado de información sobre la asignatura de matemáticas, luego recibe otros cuarenta y cinco minutos de castellano, y continúa con otra clase sobre biología. Y así durante el día es bombardeado con información sobre una y otra cosa sin la más mínima conexión, desconectada de la vida real. Al final el niño sale de la escuela con una embrolladera en la cabeza incapaz de asumir la compleja realidad del mundo de afuera.

En este contexto, en nuestro país la educación se presenta cualitativamente más deficitaria que nunca. No de otro modo se explica que los egresados de las escuelas, en sus diferentes niveles, presentan serias deficiencias en su formación académica. De partida hay encuestas muy decidoras sobre este tópico. Concluyen que éstos no saben comprender lo que leen, ni escribir correctamente lo que piensan. Aún más, no saben expresar y argumentar verbalmente sus ideas, incapaces de pensar por sí sólos creativamente. Magros resultados para una educación que desplaza el estímulo a la creación por la mera repetición.

Lo grave de todo es que ese alumno recipiente de información, tiene poco o nada que ver con el niño que llega al pre-escolar, con ojos brillantes y curiosos, imaginativo e indagador. Por un tiempo logran retener estas maravillosas cualidades, pero luego gradualmente, comienza una declinación de sus energías intelectuales, y la pérdida de la curiosidad y la exploración. Poco a poco, el niño por naturaleza inquisidor y activo, deviene pasivo en la escuela. La escuela mantiene vigente un proceso de aprendizaje no pro-activo, sino pasivo e irreflexivo.

Entonces el gran problema radica en la significación de la educación. Todos nos hemos enfrentado alguna vez con situaciones que carecen de sentido y podemos atestiguar cuan perturbadora experiencia puede ser ésta. Sin embargo, cuando nos enfrentamos a algo sin sentido, si estamos en imposibilidad de hallar indicaciones, lo evadimos o pedimos ayuda, en cambio, ante la misma situación el niño no sabe a quien volverse, simplemente porque él es enviado “allí”, y debe permanecer en aquel lugar junto con los otros. La escuela se convierte así en fuente de frustración de una necesidad importantísima. Pero es el caso, que por su naturaleza el niño desea una vida con experiencias significativas.

Tenemos que reconocerlo. La enseñanza tal cual se imparte en nuestro país adolece de serias deficiencias que caen dentro del ámbito descrito. No por casualidad los resultados de las últimas pruebas “Simce”, muestran estancamientos y retrocesos respecto de anteriores pruebas, no sólo en lo que respecta a los resultados de conocimientos y habilidades propiamente dichos, sino que, más grave aún, la distancia de rendimientos entre los sectores pobres y los opulentos se profundiza. Y no podría ser de otro modo, porque las reformas que se han hecho a la educación han sido sólo eso, meras reformas que no atacan los fallos estructurales habidos en las orientaciones de los sistemas pedagógicos. No se fomenta la curiosidad para que el alumno aprenda por sí solo y logre ser más creativo. El niño se remite a apuntar y memorizar, sin que piense o analice para sintetizar la información. El uso de internet, que pudiera ser una gran ayuda, siempre se usa en el sentido puramente mecanicista para encontrar tal o cual dato que se le pide en la escuela. Pero es el caso que ese dato sólo se copia y se pega para presentarlo al profesor, muchas veces sin siquiera leer su contenido y para que decir, sin reflexionarlo, sin recrearlo, y tampoco sin criticarlo ni menos para dar curso a la creación a partir del dato obtenido. Toda la información que se entrega o recibe el alumno ya se encuentra cocinada, suprimiendo así la iniciativa de éstos a aprender a inferir y a relacionar los datos por su propia cuenta

De este modo, la manera de hacer aprender es la repetición: copiar, escribir, tomar apuntes del profesor todopoderoso; el lema ya no es «la letra con sangre entra» sino «la letra, por repetición entra». La creatividad queda amputada dejando paso al individualismo, la competitividad y la obediencia. Son los primeros pasos que se inculcan desde la infancia para que el niño devenga en un ser alienado, amputado de la posibilidad de sus propias dotes creativas, las cuales son opacadas, minimizadas por un sistema educacional que se vuelve mecanicista, eminentemente repetitivo. En este orden, los halagos y premios no son pocos para los «niños buenos», que son los más sumisos, hasta hay un porcentaje de la nota para castigar a los rebeldes y premiar a los que obedecen sin rechistar.

Ahora bien, si bien es cierto, aportar más recursos económicos, construyendo más escuelas y comprar más computadores, es una necesidad que requiere nuestro sistema de enseñanza, la crisis de la enseñanza en los colegios de nuestro país tiene raíces más profundas. Esto quiere decir que no basta tal o cual reforma, sino un cambio radical en los parámetros fundamentales que la sustentan. Por de pronto, volver al antiguo modo de formación del profesor, es decir a partir de un sentido verdaderamente vocacional, la que se impartía a través de las “escuelas normales” y los institutos pedagógicos. Ahora, existe una proliferación de universidades particulares que imparten pedagogía, muchas de ellas entregando una dudosa formación profesional en lo que importa es la rentabilidad. Proliferan las universidades de pura tiza y pizarrón en que la vocación poco importa, y la formación se reemplaza por la “enseñanza de repetición”.

Y no sólo están los problemas propios que hacen deficitario los sistemas de enseñanzas; eso es sólo la punta del iceberg de un problema mucho mayor que está constantemente presionando sobre ella. En este punto necesariamente tenemos que denunciar el sistema capitalista que nos enmarca y las profundas diferencias sociales intrínsecos a dicho sistema. Para nadie es misterio, que en las escuelas de nivel básico muchos de los niños asisten sólo bajo el interés de acceder a un desayuno y un almuerzo; en lo tocante a la enseñanza propiamente dicha, “no están ni ahí”. ¿Cómo incorporar realmente a estos niños?… ¿Cómo encantarlos? A decir verdad, si provienen de hogares destruidos, en que los padres son alcohólicos y drogadictos, y más aún se encuentran cesantes, y peor aún, si han caído en el mundo de la delincuencia, no hay sistema educacional alguno que pueda incorporarlos realmente en el actual sistema imperante. Un proceso educativo para que pueda ser entregado, efectivamente, dentro de un concepto de igualdad de oportunidades, requiere para ello que el problema deficitario económico, social y cultural en las familias chilenas se atiendan y resuelvan radicalmente y no formalmente con meras reformas.

Sabemos que las exigencias provenientes de los sub-sistemas sociales, comenzando por el económico, han planteado demandas precisas de tipo cualitativo al egresado de la educación. Se hace hincapié en la necesidad, cada vez más apremiante, de contar con individuos reflexivos y creativos para la toma de decisiones cada vez más complejas que impone la cada vez más aguda competencia entre países y bloques económicos. Los problemas de carácter global, por su carácter, imponen y exigen la reflexión y la creatividad para enfrentar a gran escala temas como el daño ambiental, la sobrepoblación, y sobre todo, las expectativas crecientes frente a los recursos en disminución, y la competencia económica con énfasis en la calidad.

Esto quiere decir que las exigencias sociales externas presionan al sistema educacional en todos los niveles, siendo el más sensible el universitario, seguido del técnico profesional intermedio, pues son niveles terminales en relación directa con las exigencias del mercado de trabajo. La universidad y la escuela técnica presionan sobre el nivel secundario intermedio con exigencias precisas de calidad y el eco resuena alcanzando a la básica, donde descansa la formación de habilidades básicas para la lectura, escritura y matemática. Los errores y déficit en el nivel primario se pagan a lo largo de toda la enseñanza, aunque sean suplidos posteriormente.

Así, en América Latina la tarea educacional tiene un doble carácter; por una parte, se necesita resolver los problemas de injusticia social, derivados de las condiciones socio-económicas vigentes, y de otra, avanzar hacia el objetivo mundial de desarrollar la calidad de la educación. En este empeño gran parte de los intentos de corrección de las deficiencias educativas, que han actuado con un carácter remedial, deben su menor éxito a la parcialidad y asistematicidad de las modificaciones introducidas. Cambios ejercidos de manera fragmentada sobre distintos componentes del proceso.

Es en este orden que es importante atender a aquello  que señala la ensayista argentina Beatriz Sarlo respecto a los parámetros esenciales que deben estar explícitos en los sistemas educativos en todos sus niveles:  «…la escuela -dice- no debe ser sólo una prolongación de la vida cotidiana, que fluye sin cortes entre la calle y el aula, sino un lugar donde la cultura cotidiana, de algún modo, se interrumpe para que puedan entrar otra cultura, otros saberes y otras actitudes. La escuela es lo otro del mundo del juego e idealmente debería ser lo otro del mundo de la necesidad y la carencia. Los chicos van a la escuela porque deben apropiarse de algo que es completamente diferente a ellos, a sus costumbres y, en general, a sus inclinaciones trabajadas por los diferentes medios que consumen tanto en Palermo Chico como en la villa. Si la escuela no ofrece los elementos para realizar ese corte y no le da a los chicos algo distinto de aquello que traen de otra parte, no está cumpliendo con su función”.

Por último, y excúseme el profesor, esa autoridad al que el niño y adolescente debe seguir ciegamente. No sería ninguna mentira decir que casi la totalidad de los profesores están aborregados pedagógicamente. Y no es que ellos conscientemente quieran estarlo, sino que las estructuras del sistema capitalista, quiéranlo o no, lo determinan en tal condición. ¿Para qué va a pensar de una forma para que los alumnos investiguen y estimulen toda su capacidad creadora si van a cobrar igual? Si el humano cuando nace es libre y creativo por naturaleza, cual paradoja, la escuela tiende a anular esos valores.

Esa es la cruda realidad,… ¡y aún más! En la escuela los burgueses aplacan uno de sus peores miedos: la lucha de clases. En efecto, al niño se le enseña a respetar la autoridad, a ser amigo del que le oprime; el profesor sería como el patrón, como el burgués y el alumno como el obrero, si de pequeño nos enseñan a ser amigos de los que nos joden, si de pequeños nos enseñan que la rebeldía es mala, si desde pequeños aplacan nuestra curiosidad, nuestra creatividad y nuestra libertad mental. Entonces, es hora ya de empezar a pensar en un cambio radical en el modo de impartir las enseñanzas en los colegios. Una reformita por aquí, y otra por allá, un computador por aquí y dos computadores más allá, son meros paliativos y nada más que eso

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