En medio del silencio: poder y medios de comunicación

Por:Guillermo Solarte Lindo*
Fuente: www.cibersociedad.net

* Sociólogo, Universidad Complutense de Madrid.

Un fuerte halo de silencio cobija con bastante eficacia lo que han llamado la revolución de las comunicaciones. Aunque parezca paradójico, el diluvio de información poluciona y asfixia la posibilidad de una comunicación libre, de la misma manera que encierra entre sus cuatro paredes un único sentido de libertad de expresión y teje un pensamiento sumiso a los dictados del poder, del militarismo y del dinero.

No sólo la libertad de prensa se ve restringida por las censuras, la comunicación también es presa de los sentidos y valores impuestos desde el pensamiento único. En esencia, existe sólo una opción económica: el capitalismo, y de la mano de ella solo una opción política: la democra­cia liberal y, por tanto, una sola estrategia: la globalización.

Es desde esta pers­pectiva que se hace comprensible un mer­cado de la informa­ción dominado por grandes grupos eco­nómicos, que se es­tructura y rige por los más crudos intereses mercantilistas e impone criterios de renta a los me­dios. Ramonet [1] da alguna pista para la comprensión de este fenómeno

La información no tiene valor en sí misma por lo que se refiere, por ejemplo, a la verdad o a su efi­cacia cívica: la información es, ante todo, una mer­cancía y, en tanto que tal, está sometida a las leyes del mercado, de la oferta y la demanda y no a otras leyes como, por ejemplo, los criterios cívicos o éticos.

Se abren espacios de comunicación comer­cial [2] con el sólo propósito de informar sobre esa verdad establecida, sobre aquello que declaran como de interés común, pero ese mismo interés es definido, estructurado técnicamente por los mis­mos: por el poder de los medios y por los medios del poder Las alianzas, o mejor la compra de los medios de comunicación por los grandes conglo­merados o grupos económicos indica con bastan­te precisión cómo la información y su divulgación se han convertido en uno de los negocios más rentables de la era de la globalización.

En Colom­bia no ha sucedido nada distinto a la pauta mar­cada por los países del norte: no sólo se han consolidado las compras de los medios masivos por los grupos económicos (Caracol, RCN, El Espectador y las cadenas radiales, medios en manos de grupos económicos familiares) sino que también los grandes imperios de la telecomunica­ción mundial empujan la privatización de la telefo­nía y logran a través de sus inversiones el manejo de la comunicación en todo su espectro: lo escrito, lo oral, lo visual y lo llamado virtual. La estrategia nace de una realidad contundente: la información y los medios para su circulación son, en la “sociedad de la comunicación” el más preciado de los artícu­los de consumo y en este sentido sólo las leyes del mercado pueden regularlo, estandarizarlo, masifi­carlo, banalizarlo y, por supuesto, controlarlo.

Es decir se estandariza la información, todos informan de lo mismo; se banaliza, todos son medios acríticos; se masifica, el poder económico que es dueño de todos los medios amplía por este camino no sólo la cobertura sino también la publicidad de los productos de los patrocinado­res que son los mismos dueños de los medios; y se controla, todos hacen circular las mismas ideas, principalmente aquella de que no existe otro tipo de sociedad posible por fuera de la actual: Globalizada, capitalista y occidental. ¿Pero qué puede significar esto?

Primero,

la comunicación se viene convirtien­do rápidamente en el más estratégico y lucrativo de los negocios, pero también en uno de los de más difícil lectura puesto que en ella colisiona de la manera más fuerte el interés común y el priva­do imponiendo este último sus propios intereses y sus prioridades. La información y la comunica­ción se fusionan en una potente díada que irradia hacia la ciudadanía una visión cultural, política y económica particular favorecida y potenciada por la tecnología.

Segundo,

la tecnología informática es utilizada en el mismo sentido. Los grandes desarrollos no se usan en beneficio de la comunidad sino que, por el contrario, el monopolio cierra las puertas para producir el control desde la tecnología. Internet —que sería la expresión última de la fusión de lo escrito, lo visual y lo oral— se rige por los mismos criterios del mercado que absorbe velozmente las pocas manifestaciones de comu­nicación alternativa que podían producirse desde el uso libre de la red. Aunque existe algún opti­mismo en cuanto a que la red es ahora espacio de libertad o de democratización de la informa­ción, no se podría afirmar con certeza que esto seguirá siendo así. La veloz tendencia a ampliar el número de usuarios o consumidores de la red (según Manuel Castells [3] , el número de enreda­dos pasará de 700 millones en el 2001 a 2.000 millones para el 2006 ó 2007), indica que ésta se convertirá en el más grande mercado que jamás haya existido. Si esto es así la red terminará siendo regida por la misma lógica del mercado. Sólo per­durará o será visible lo que es rentable o aquellos que tengan capacidad tecnológica y financiera para permanecer La guerra en la red o el mercado virtual tendrá las mismas características que el mercado globalizado: dominio de lo financiero especulativo, grandes fusiones de las empresas virtuales, orientación desde los países del norte del sentido de la comunicación global y, sobre todo, la velocidad como valor exacerbado de lo que debe ser la vida humana. La velocidad es el valor supremo en la red y ella depende en gran medida de los avances tecnológicos que están en manos de los monopolios informáticos del soft­ware y del hardware. Datos que muestran que estamos entrando no sólo en una revolución más intensa y amplia que la revolución industrial, sino quizás estamos en los primeros pasos para una monstruosa mutación cultural que apenas muestra la punta de la nariz.

Si la televisión era el medio que imponía las pautas, ahora es la red, con su velocidad, interconectividad e interactividad la que empieza su dominio. Ya todos los medios están en la red y así la red será la mas-media de los medios.

Tercero,

la velocidad con que se presentan los hechos esconde tras de sí una realidad artificial, creada, que parece ser tan cierta que produce la sensación de verdad, de incuestionabilidad, de irreversibilidad. La posibilidad de conocer lo que suce­de ha sido desplazada por la urgencia de las trans­misiones, por la velocidad en que se llega al sitio de la noticia y por la superficialidad que exige el costo de los espacios.

Todo aquello que puede ser de interés público es fragmentado a favor de los que pautan la publi­cidad, es a través de ésta que se dictan las pautas para la organización misma de la estructura de los noticieros televisivos, de los diarios, de las revistas y de programas radiales. Se po­dría afirmar que la estructu­ra se unifica y por este camino el sentido mismo de la comunicación: los titula­res, las noticias de última hora, las interrupciones, los minutos de final feliz pare­cen ser libretos escritos por los telenovelistas más saga­ces que desde la más cínica de las banalizaciones venden la tragedia como algo que ya sucedió. Detrás de la noticia cobran cada vez mayor impor­tancia y salario los estrategas de ventas por encima de los periodistas-comunicadores, especie que tiende a desaparecer en la dinámica del mercado.

Cuarto,

y como síntoma generalizado, abruma por su contundencia un sentido espectacular de lo que interesa: la realidad no es un espectáculo pero la estrategia para venderla en los medios es clara: volver un espectáculo desde la intimidad hasta la muerte.

La información como objeto de consu­mo se caracteriza por su poder de seducción y éste encuentra su raíz más potente en la transforma­ción de ella en espectáculo. Desde la vida íntima hasta el asesinato, pasando por la corrupción del poder o las carreras electorales, encuentran en los estrate­gas de la comunicación el lenguaje preciso para hacer la mutación que el mercado y la compe­tencia exigen: las luces que encandilan, las cáma­ras que captan la superficie y la acción de los reporteros como vendedores de realidades efime­ras. Luces, cámara y acción animadas por un director oculto en lo más secreto de los medios, con un guión escrito con las premisas impuestas por el lenguaje publicitario. Una acción que tiene un propósito revolucio­nario es convertida en espec­táculo: la toma de la embajada de la República Dominicana en Bogotá parece haber cum­plido el ciclo completo. Fue noticia, ya es película, ya es ficción, ya es espectáculo. La acción represiva y de corte fascista de Fujimori en la toma de la embajada japonesa se descarga de su real sentido y trans­forma al villano en héroe; después los mismos medios, con el propósito de vender convierten a su mismo héroe en el villano que necesitaban para seguir vendiendo. El recorrido lento de las cámaras sobre la escena de los muertos y la ruinas de las bombas del narcotráfico convertía en terroristas a aquellos que las mismas cámaras habían convertido en héroes de la riqueza. Los apelativos utilizados para los capos de la mafia fueron saliendo poco a poco de las pantallas y de las leyendas: el padrino, el Robin Hood, el hombre que ascendió de la nada. Todo parece cumplir el ciclo, pero no sólo de la mano de los medios, también las editoriales ace­chan la venta masiva de la tragedia y los produc­tores de cine van detrás olfateando guiones que puedan ser rentables bajo los mismos criterios. No quiero poner en duda la calidad literaria de algunas novelas o películas que nacen de la trage­dia de Medellín, pero el destino final —o fatal— es el mismo: vender

Por lo demás, es evidente que la tragedia es entendida como noticia sólo en el instante en que sucede, cuando es espectáculo, y deja de serlo rápidamente, al convertir como urgente sólo lo que puede ser visto en el instante. Lo que sucede des­pués de las tragedias, las masacres, los terremotos, los accidentes, las inundaciones, deja de ser importan­te por el sentido mismo que se da a la comunicación: se trata de trans­mitir lo inmediato no importa que la sociedad esté incomunicada.

En el caso de la televisión —medio todavía reinante—, perdido el sentido analítico, la transmisión en directo de lo trágico, de lo violento, de lo obsceno se convierte en la esencia de lo informado. La carre­ra veloz por llegar al sitio en el momento exacto vuelve al periodista un tecnócrata de la información desprovisto de imaginación y de reflexión crítica sobre lo que acontece. Sigue con fe ciega el dictado de que una imagen vale más que mil palabras y su pobre discurso se diluye entre la fuerza de la ima­gen. El periodista del medio televisivo ya no es un comunicador es un informante de lo que el raiting dicta como comercial, es decir aquello que sorpren­de, que golpea como flash la mirada del ciudadano convertido en televidente, actor pasivo de lo que acontece en sus propias narices.

No es lo virtual lo que domina como argumentarían muchos.

El truco de apariencia compleja es simple: velo­cidad en la transmisión, puntualidad en el horario, noticia efímera, contundencia de imágenes, publici­dad manipuladora y, como resultado, una inmensa manipulación de la muerte, la guerra y la tragedia humana a favor de la publicidad de los productos.. La televisión como medio dominante impone rit­mos y sentidos a los demás medios. Es la reina del ajedrez que tiene la libertad de ocupar todos los espacios y moverse en todas las direcciones. Reina que manipula la imagen de la mujer y la reduce a piernas, tetas y culos que amortiguan el impacto de la muerte desde una frivolidad que raya en lo pomo. El televidente per­cibe en medio de la velocidad men­tada las hermosas piernas de una mujer que vende en la cúspide de la transmisión de un noticiero la idea de encontrarnos en un mun­do feliz, artificialmente feliz. No es lo virtual lo que domina como argumentarían muchos, es lo superficial, lo banal que ya ocupó, como la publicidad, toda la comunicación. Valga la aclaración de que no es un ataque frontal a la belleza femenina o mascu­lina sino a la utilización de ésta como marca regis­trada.

Alguien afirmaba con precisión que los medios, y especialmente la televisión, son medios de venta. Potentes máquinas de comercialización que redu­cen al ciudadano a consumidor. En Colombia los medios de venta en manos del monopolio cum­plen con eficacia su papel. Pero ¿qué es lo que están vendiendo? En primer lugar y como fuente de todo, la idea de que la solución a los proble­mas sociales y económicos que padece el país es el mercado, que éste se autorregula y que por tanto cualquier intervención del Estado o resis­tencia de la sociedad va en contravía de una lógica que tiene dos potentes raíces: la primera y más profunda sería aquella en donde se impone la idea de que la cámara es el lápiz que escri­be la historia verdadera, los más afie­brados por este virus ya ondean la bandera del triunfo de la imagen sobre lo escrito y por este sendero anuncian desde hace rato la desapari­ción del libro; otros, los más compla­cientes, ajustan los diarios al dominio de la imagen e intentan, inútilmente, la transformación de los diarios en el programa de televisión que debe ser leído, visto, los domingos; el diario se convierte así mismo en revista, en donde es la imagen y la diagramación lo que domina.

No censura sí control

En lo cotidiano la censura adopta la fórmula de la lealtad a la casa y a los intereses definidos por el patrón, de tal manera que los periodistas de Caracol, RCN, o El Tiempo encuentran esa lealtad como la cárcel en la que están encerrados sus principios de libertad (no se podría por ejem­plo investigar los manejos económicos de los dis­tintos grupos por cuanto esto supondría una inmediata expulsión de los medios), pero los que manejan los medios no son torpes y mantienen como un espejismo de libertad a algunos colum­nistas que se oponen, que se permiten diatribas contra el poder, pero que no pasan de ser peque­ñas expresiones personales, rebeliones ingenuas contra el sistema que lo controla todo. Un senti­miento de perplejidad nos queda al ver cómo lo que se presenta como opinión libre no es otra cosa que la ilusión que permite al ciudadano creerse informado desde distintos ángulos. Ilusión utilizada efi­cazmente por los medios para autodeclararse demócratas. Una de­mocracia de la comunicación edifica­da sobre dos pilares construidos con la mentira: la defensa de unos dere­chos que la realidad muestra son vio­lados continuamente, y la estrategia del más violento de los mercados: el de la información.

Se defiende con gran virulencia la libertad de su expresión, que no va más allá de la defensa de los intereses económicos de los grupos que la sustentan y de las alianzas temporales con el gobierno de turno: Lo que se llama mass-media en Colombia no es otra cosa que un monopolio económico que promueve desde los distintos medios escritos, televisivos y radiales una sola visión de la vida, es un coro unificador que hace de espejo de su propia versión. Como diría Agustín García Calvo, son formadores de masas unificadas, sumisas a la imagen dominante y a la voluntad de los dueños. Alberto Moncada [4] lo describe con precisión:

Los poderes tienen dos prioridades principales res­pecto a la información: controlar la que se refiere a ellos mismos y mantener desinformados a sus ene­migos e incluso a sus clientes.

En Colombia se puede constatar con facilidad la existencia de medios masivos que de la mano de idearios de corte liberal-conservador presen­tan sólo una visión, o si se quiere, ideología empa­rentada de cerca con lo que definía al comienzo de este ensayo como pensamiento único; el espa­cio para opciones políticas distintas queda reducido a algunos periodistas de opinión que semanalmen­te muestran en columnas leídas por minorías una critica al establecimiento, pero que en lo más pro­fundo son una muestra bastante paradójica de la libertad de prensa. Los medios necesitan de la exis­tencia de estos espacios para hacer pasar como cierta una libertad de expresión que es ilusoria. Esa puede ser la sensación que el lector de, por ejem­plo, Caballero en la revista Semana, Molano y Gara­vito en El Espectador tienen al terminar de leer sus bastante beligerantes columnas: en Colombia no sólo estamos en una democracia sino que ella garantiza la no censura. El defensor del lector es otra de la figuras que hacen parte de la imagen democrática que los medios quieren hacer apare­cer como cierta. Figura que pierde el sentido ante el dominio de los mismos intereses privados.

El caso colombiano es dramático en múltiples sentidos: se puede atacar, incluso con virulencia, al político corrupto, a los grupos armados, se puede cuestionar el manejo de la macroeconomía, pero el espacio de critica a la empresa privada se restringe cada vez más. La vinculación de los grupos económicos a las campañas políticas, por citar un ejemplo, todavía no ha sido objeto de un análisis serio que permita hacer visible ese matrimonio que pervierte de igual manera la política y la eco­nomía.

Por encima de “su libertad de prensa es urgente pensar en la libertad de información como un tránsito de lo que se conoce como libertad de expresión a lo que es el derecho a la información, las razones las expresa un sacerdote jesuita, Renato Devi [5]

a) Porque expresa en forma más completa esa exigencia de la naturaleza humana de saber lo que pasa a su alrededor, ya que para poder expresarse es necesario también informarse, ente­rarse, conocer, lo cual es comunicarse, no sólo expresarse u opinar, y b) Porque expresa con más claridad que se trata de un derecho de todo ciu­dadano, no sólo de los periodistas o de los que pueden expresarse a través de los medios masivos de comunicación.

El candado fuerte que atenaza el derecho a la información es la relación existente entre medios y poder económico. El dominio de un pensa­miento único que es fortalecido cotidianamente en las escuelas y universidades. La publicidad que teje en las mentes necesidades creadas. La ideo­logía de la promesa que impone la idea de futuro por encima del presente vivido. La idolatría de la tecnología como respuesta incuestionable a todos los problemas. El dinero como centro de gravitación de la vida, y la guerra como último camino ante el fracaso de lo incuestionable.

NOTAS

[1] Ignacio Ramonet, www.lafactoriaweb.com

[2] El concepto de comunicación comercial se introduce para hacer comprensible el proceso de transformación de la información como mercancía que se rige por las leyes del mercado global.

[3] Manuel Castells. Internet y la Sociedad Red: http//campus.uoc.es/web/cat!artV cles/castells/print.html

[4] Alberto Moncada, “Luchas de poder en los medios de comuni­cación”, en Revista Archipiélago, No. 14.

[5] Renato Devia, Derecho o lo inrormoción. ¿Derecho de todos? www.movimientos.org/foro
 

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