La cultura: ¿entretención o desarrollo?

Por: Osvaldo Fernández Díaz
Una explosión cultural desde abajo.
No abundaré en definiciones que abruman y hasta atoran y que finalmente no dicen mucho en un mundo que, como el nuestro, ya no se puede asir por el lado de la vieja pregunta platónica acerca de qué es una cosa. Más que definir, quiero asociar. Asociar cultura a identidad, por ejemplo. Meter la temática cultural allí donde las papas queman y ponerla junto al conflicto de la oposición entre dominante dominado. Tomar en este conflicto la parte de los sectores subalternos, referirme a ellos, que empiezan a tomar la palabra y a Anunciar en voz alta su presencia.

Por eso me quiero referir, más concretamente, a la actual explosión cultural porteña, aquella que brota atomizada, fragmentada, inventada o reinventada, anárquica, y que se produce y disemina tanto en los cerros, como en distintos rincones del casco urbano. Fenómeno muy actual, muy masivo, que entra sin anunciarse y que no nos cansamos, entusiasmados, de presenciar todos los días. El nuevo libro de poemas que se lanza, las hojas culturales que proliferan y se reparten por los bares, las universidades, en las librerías, etc. La actividad teatral, los títeres, las batucadas, las exposiciones de cuadros en los café, los encuentros y congresos culturales, tratando de amarrar lo que no se deja seducir. Presumo que es una constante nacional y por eso me pregunto, ¿qué lectura podemos hacer de este fenómeno? ¿Porqué surge, así tan espontáneo y multifacético, tan pertinaz y pujante? ¿Qué pide, que reclama? ¿Por qué estas generaciones de jóvenes que no están “ni ahí” en otros aspectos de la vida social, participan plenamente en el desarrollo de esta actividad cultural?

Una característica general es que brota desde abajo. Al margen y con una fuerte tendencia a marginalizarse y mantener esta condición. Por eso en los sucesivos intentos por declarar su identidad estos diversos grupos hacedores de cultura se presentan como “alternativos”. ¿Alternativos de qué, o de quienes? ¿No hay acaso en esta postura un rechazo evidente a algo que presienten como una imposición desde arriba? Por eso también impugnan lo institucional. Cierto, requieren a veces el apoyo institucional pero no aceptan ser sumados a la institución, ni menos tutelados. Los une, además, el deseo de participar. Lo que me atrevería a llamar una tendencia a adquirir un papel protagónico dentro de este quehacer cultural en que están empeñados.

Es decir, quieren ser “participativos” de una expresión cultural propia, que los identifique a algo y con algo, a lo menos, mientras no sea otra cosa, con este proceso anárquico. Por eso también, rechazan ser espectadores pasivos de una imposición cultural que baja desde lo alto con el tradicional gesto ampuloso del despotismo ilustrado.

Hay en su actitud una voluntad en acto. Voluntad cultural que me atrevo a llamar política, aunque para muchos de ellos esta sea una mala palabra, de no querer someterse al papel que el sistema les asigna. La exclusión en donde los quieren arrinconar. Un espacio encerrado que los limita y en donde poco a poco han ido perdiendo derechos. Los derechos al trabajo, a la educación, a la salud, el derecho a desarrollarse plenamente.

Dos momentos históricos en la pregunta por la identidad.

Asocio cultura a identidad, en primer lugar porque veo en la eclosión actual tanto un protagonismo cultural que lo han asumido sin pedirle permiso a nadie, y paralelamente, un gesto identitario que les permita contestar a la pregunta quienes somos. Ambas actitudes, o mejor dicho, ambas voluntades, ha sido la manera tradicional como los pueblos latinoamericanos han ido emergiendo del silencio que las sucesivas culturas dominantes que se sucedieron desde la conquista, les han impuesto.

El fenómeno actual, la reciente explosión cultural que caracteriza al Chile joven de nuestros días, tiene raíces inmediatas, coyunturales, cercanas a nuestro presente. Pero también quizás orígenes más lejanos, más históricos, que remontan en siglos al pasado. Históricamente en América Latina, la pregunta por la identidad ha contenido siempre una impugnación política que es al mismo tiempo, era cultural. La nueva identidad no puede anunciarse sino a través de la negación de la cultura dominante, y la proposición de un nuevo proyecto cultural, otros valores, otros contenidos. Es la manera como lo popular nacional se ha ido abriendo paso a lo largo de la historia latinoamericana, horadando las capas sofocantes de la ideología oficial dominante, en cada momento de esta emergencia. Así ha venido emergiendo la cultura indígena; así ocurrió en aquella pampa salitrera con la cultura y tradición obrera.

A)Durante la “patria del criollo”.

La pregunta por la identidad se planteó por primeras vez con el surgimiento de las flamante repúblicas. Como impugnación de España, cierto, pero también rechazando y no sólo rechazándola, sino negando la cultura indígena. De este acto surgió “la patria del criollo”, es decir, la patria que una minoría dueña de los medios de producción y del poder político en América, la oligarquía criolla, se fabricado para si, a su imagen y semejanza.

Pero al preguntarse por cual podía ser el componente cultural de este nuevo “género humano”, como lo llamó Bolívar, designando a quienes no eran los antiguos habitantes de la región, ni los usurpadores extranjeros, distingue el espacio cultural que se propone habitar el criollo. Sin embargo esta pregunta por la identidad, al rechazar lo indígena e ignorar la tradición cultural precolombina, evitando mirar a España, vuelve los ojos hacia Europa reafirmando el componente blanco del sector dominante.

Esta nueva cultura dominante que reemplazaba la colonial, la expuso genialmente Sarmiento en Facundo, donde echa las bases de la oposición entre civilización y barbarie. Disyuntiva que les servirá para excluir a una inmensa mayoría nacional compuesta de indígenas, mestizos, y demás sectores subalternos, a los que menospreciaban a la vez que temían. Estos pueblos no están preparados para la República, había dicho Portales y lo reafirma Sarmiento, quien redujo el indígena a una especie de ser situado entre las bestias y el hombre. De ahí que su plan fuera exterminio y repoblamiento. Exterminio del indio y repoblamiento con blancos europeos.

b) Los años veinte del siglo XX.

Otro momento de la pregunta por la identidad cultural latinoamericana, pero antípoda del anterior, ocurre por los años veinte del siglo pasado. Fue el momento en que las jóvenes generaciones toman la parte de Calibán. La parte de América indígena y mestiza.

Se formula de nuevo la pregunta por quienes somos. Pero esta vez en oposición a la cultura dominante de la aristocracia criolla, cuyo estado es impugnado en pro de una nación que era preciso construir. Es el momento de la emergencia política y social obrera y estudiantil. En Chile es el momento de nuestro Luis Emilio Recabarren quien le da la palabra a la clase obrera a través de los trabajadores del salitre.

Los ve como protagonistas de un Chile futuro. Matanzas como la de la escuela Santa María de Iquique fue la respuesta de la oligarquía chilena. Su empeño fue ciertamente político, pero primero y constantemente cultural, el teatro, el periódico, fueron parte de su intervención política y cultural.

Lo mismo puede decirse en el Perú de José Carlos Mariátegui, quien siguiendo a González Prada le dio la palabra a los indígenas, invitándolos a asumir un papel protagónico no sólo a propósito de la cuestión indigenista, sino principalmente en la construcción de la nación, que veía hasta entonces como inacabada. Por eso los ve también como protagonistas de la construcción de la peruanidad, pues la falla de la República del Perú, como de todas las demás, fue de haber sido hecha contra el indio y sin el indio.

En ese entonces la pregunta por la utopía indígena surge unida al proceso de las vanguardias poéticas. La vanguardia poética y literaria siempre ha andado cerca de la revolución porque ella misma es revolución. De nuevo se da aquí esta fusión entre política y cultura; porque la generación de los Borges, Huidobro, Vallejo, Neruda, concibió la vanguardia tanto como la revolución poética, como una minoría detentadora de lo nuevo que intervenía en el debate de las ideas de su tiempo en pro de una nueva sociedad.

La coyuntura actual.

Es en el plano de la cultura, en donde las contradicciones del modelo, de lo que define al Chile de hoy, se hacen más evidentes. Diría que el momento actual es una encrucijada por donde atraviesan procesos diversos, antagónicos, uno de los cuales es la explosión cultural de que estamos hablando.

Hay una practica cultural subyacente, herencia del movimiento popular que culminó en el gobierno de Allende, y de la lucha contra la imposición cultural de la dictadura. Lo que nació como desafío al miedo. Ambos procesos dejaron pistas abiertas, sedimentaciones, experiencias que están en la superficie de lo que ocurre en el Chile de hoy, donde se producen nuevos protagonismos.

Como contrapartida, a estos movimientos nuevos quedan también los residuos de la cultura que aquellos 17 años de opresión se afanaron por imponer a los chilenos. Junto a esto, como componente de lo que llamaría la cultura dominante están los valores que secreta el sistema económico de la globalización neoliberal. Insistiendo en la exclusión, en la marginación de los sectores explotados. Esa religión popular que se propone hoy a los chilenos y que se llama consumo.

La reacción de los sectores subalternos.

Frente a todo este sistema de imposiciones, surge la respuesta de los diversos movimientos y partidos políticos a través de los cuales los sectores “subalternos” proclaman sus reivindicaciones e identidades. Hemos tomado el concepto de clases o sectores subalternos de Homi Bhabha, quien a su vez lo toma de Gramsci, cuando dice que «…todas las instancias de los “subalterno” en el sentido derrideano, y cercano al sentido que le da Gramsci al concepto: “( un grupo no simplemente oprimido) sino carente de autonomía, sujeto a la influencia o hegemonía de otro grupo social, es decir, un grupo que no posee su propia posición hegemónica.”, pero que pugna por tenerla y pugnar por ella en una batalla que se anuncia como posible.

Gramsci usa el concepto cuando habla de política, pero él no veía la cultura separada de la política. Más bien definió su política a través de la cultura y habló de hegemonía cultural, es decir de ese convencimiento, no carente de fuerza que consiste en convencer al adversario Veía la cultura como la manera de convencer a los otros, hasta lograr un consenso de que otro tipo de sociedad es posible.

Hoy frente a ese otro proyecto omnímodo, casi aterrador, que la globalización neoliberal quiere obligarnos a aceptar como la inevitable o irresistible ascensión de un gendarme que ocupa el centro del poder de un gobierno mundial, todos estos movimientos subalternos, movimientos de minorías, avanzan mostrando que hay otro mundo como posible. No han encontrado todavía la forma de confrontarse al imperio, pero hacia allá van. Y es aquí en donde la idea de Gramsci comienza a adquirir sentido.

Si la confrontación con el imperio se ve por ahora, y quizás por cuanto tiempo, como imposible, no vale la pena afanarse en el asalto al palacio de invierno, sino avanzar por medio de una guerra de posiciones que vaya por el lado, desde distintos lados, desde los múltiples lados de la libertad y de la justicia asediando al centro del poder. El llamó a esto el proceso de una reforma intelectual y moral, usando como metáfora la frase del francés Renan.

La explosión cultural que viene desde abajo.

Lo que define la realidad que estamos viviendo como brote de iniciativas culturales es que la gente quiere hacer cultura, y lo hace porque quiere sentirse protagonista de algo, en un mundo que no le da casi ninguna posibilidad. Por ahora su afán protagónico comienza con el quehacer cultural, una cultura que por lo menos mejore la cotidianidad uniformada a la que nos arroja el mercado a través del consumo. Es una respuesta a aquellas prácticas destinadas a producir el ciudadano complaciente, tranquilo y adormecido, que requiere el modelo. Así, de la misma manera como se nos empuja a consumir detergentes, también se nos impone un consumo cultural determinado. Basta con prender la televisión en las tardes para darse cuenta de ello. Frente a este hecho estos grupos protagónicos que están emergiendo parecen preguntarse, ¿Por qué sólo consumir, si se puede también producir?

El constituirse en un sujeto protagónico de un quehacer cultural de grupo, colectivo, con otros y para otros, va en procura de recuperar una dignidad perdida, y que la sociedad actual se afana por despojarle.

Vendrán otros protagonismos, como siempre ocurre cuando las cosas comienzan a moverse desde abajo. Pero este protagonismo actual, que está ocurriendo en el plano de la cultura, que se disemina por los cerros porteños y en los distintos rincones del viejo Valparaíso, llegó para quedarse. No se perderá, iluminará los otros protagonismos, en tanto es un anticipo de futuro, es utopía haciéndose, es sueño comenzando a realizarse….la cultura empezó a moverse y a decir, ¿por qué esperar un “después” cuando de puede comenzar ahora?

Termino repitiendo el llamado-conclusión de Pedro Lemebel en el Congreso de la Cultura en movimiento:

«No les ofrezco el cielo, porque sé que los ángeles aburren. Tampoco un carrete interminable, porque el bolsillo roto de esta izquierda no da para tanto. Tal vez sólo un lugar digno donde podamos respirar libertad, justicia y oportunidades sin besarle el culo a nadie.»
 

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