Cultura y erudición

Por: Jaime Richard
Fuente: Kaosenlared.net

Si la cultura nos parece superflua, ensayemos la necedad.

Cultura no es erudición. Hay muchos eruditos y más espe­cialistas, pero la cul­tura personal y so­bre todo la colectiva están en franco retroceso. La cul­tura es un “bien” psico­so­má­tico fruto del desa­rrollo mental humano. Pero así como en la época me­die­val los brujos la encerraban deliberada­mente en los monasterios para hacer del saber un instru­mento de do­minio, la cultura está que­dando hoy recluída ape­nas en el ce­rebro como resi­duo de la intuición, des­pla­zada por la molicie, el atur­dimiento y los tics. Ahora no se reservan para sí los bru­jos la cultura. Se reservan sólo las maqui­naciones. Ahora, para ejercer ese dominio, les basta con ir haciéndola desapa­recer poco a poco… Un pueblo in­culto (como el norteameri­cano) es mucho más fácil de do­meñar.

Van desapareciendo de los planes de ense­ñanza las huma­nidades, la inspiración en las Be­llas Artes está ago­tada, y la vulga­riza­ción arrasa y progresa en todo. La vulga­rización, como vehículo de sen­sa­cio­nes y no de sensibilida­des, no permite sedi­men­tar ni re­posar los in­gredientes que, como en el pan la levadura, maduran los significados cultu­ra­les. La ur­gencia, la preci­pitación, la ansie­dad y la falta de concentra­ción tanto ya en el pro­pio artista como en quien espera delei­tarse con su obra para acabar or­dinariamente frustrado, inva­den e impreg­nan todas las capas de la so­cie­dad. Dete­nerse a pensar, a meditar o a elucu­brar es un per­der el tiempo. Es una pérdida de tiempo que se destina a perderlo de otro modo. Es un males­tar. Se mezcla con la apatía, con la enaje­nación y con la búsqueda vana e inútil de la per­plejidad. Por­que resulta que ya no hay tampoco lugar para la perplejidad: todo está visto. No hay más que obser­var lo que sucede con la programa­ción te­levisiva, con­ver­tida en ín­dice y pulso cuasi­cientí­fico de la amor­fidad de un pue­blo.

La cultura personal, pero también la social, no es la memori­za­ción de datos ni el dominar conoci­mientos más o menos erráticos y prácticos, sino asimilar a través del espíritu lo co­nocido y lo apren­dido. Es el desa­rrollo moral y humanístico lo que «cultiva» al ser humano, no el amontona­miento de co­no­cimientos enciclopédicos y de téc­nicas.

Cul­tura viene de cultivar. Y cultivar significa pen­sar sobre lo que acabamos de co­nocer, si lo co­no­cido son datos, hechos o iluminaciones, o de­gus­tarlo, saborearlo y “re­crearlo”, si se trata de una obra de arte, sea poética, pintura, mú­sica o litera­tura. Pero el proceso debe penetrar nece­sa­ria­mente en el sistema nervioso para lle­gar a nues­tra psi­que. Hasta el último de nues­tros tejidos corpora­les debe te­ner noticia de la irrup­ción.

Pero hasta la erudi­ción, hoy, es inconsistente y más su­perflua de lo que nunca fue. Todo cuanto se nos antoje «co­no­cer» está al instante a nuestro al­cance en enci­clope­dias, en libros de citas y en googles. Si pre­tende­mos rete­ner y dar forma a los aconteci­mien­tos de la actua­lidad y aun del pa­sado, pronto se­rán desbor­dados por noticias nue­vas so­bre lo mismo; con lo que es probable que experi­mente­mos la amarga im­presión de estar siendo engañados y de engañarnos sin pretenderlo. Hacer de­ducciones coherentes y unificar in­forma­cio­nes con­tradictorias casi siem­pre, termina siendo una tarea tan ímproba como esté­ril…

Pero la cultura es un asunto que corre de cuenta de cada cual. Si sabemos apreciar su fuerza ener­gética y catártica, extraeremos a la vida otra parte de los frutos que, con los deleites naturales, nos proporciona. Hay placeres necesa­rios y naturales, placeres naturales y no necesarios, y place­res no necesarios ni naturales.

Absteniéndonos de éstos úl­timos y pasando por estas siguientes cuatro fases tendre­mos derecho a considerarnos “cultos” y que la “cultura” nos sirva de arnés o de coraza:

En la primera captamos, conocemos, lo que nos era desco­nocido; lo conocemos, bien porque nos llega desde fuera, bien porque se ha iluminado en nuestro interior.

En la segunda meditamos, reflexionamos y ana­li­zamos la gnosis de lo nuevo.

En la tercera, tras el examen de lo llegado a nues­tro inte­lecto, practicamos mentalmente las in­feren­cias y conclusio­nes pertinentes.

En la cuarta es cuando se produce la fusión de “lo conocido” con nuestro soma. Aquí, en esta fase culmina la verdadera «cultura» personal. Se ha in­troducido en la epidermis, en la dermis y en los re­covecos del alma. Y a partir de entonces pen­sa­miento y acción estarán condicionados por ella.

Si no llegamos a esta última fase, seremos una bi­blioteca ambulante, seremos eruditos, «sabre­mos» mucho de muchas cosas, de todo o de una materia concreta, pero no seremos propiamente cultos. Si la germinación de la semilla no ha te­nido lugar y no ha prendido la chispa de la cultura, sólo habremos sido capaces de agregar conoci­mientos cuya efec­tivi­dad además pronto pasará por la per­manente sensación de interinidad que hay en todo.

El crítico, profesional o aficionado, es el tipo de persona más afín al erudito no culto. Como el li­brero que conoce muy bien los títulos de los libros de su almacén, los datos de cada edición y hasta frag­mentos de su contenido, no tiene tiempo para pen­sar sobre el alma de ninguno.

Del mismo modo, “conocer obras” de arte no sig­ni­fica amar el arte ni deleitarnos con el arte. Puesto que el arte está para ser disfrutado y no para ser entendido, sólo dejándonos im­presionar como si fuéramos una tablilla de cera lograremos sus efec­tos benefactores. Pues en la medida que nos consti­tuyamos en críticos tratando de expli­carlo o des­cifrarlo nos alejaremos de la emoción esté­tica.

La emoción estética que experimenta­mos a tra­vés del arte, es hija del parto con dolor que sufrió el ar­tista. Cuando la cultura predomina, la emo­ción estética es uno de los place­res del espíritu más sublimes que quepa imaginar.

Qué duda cabe que la cultura no da la felicidad, pero sí es un refugio protector frente al dis­placer.

Cuando el Eclesiastés, en 1-18, habla de que “cuanta más sa­biduría más aflicción”, sin duda no se refiere a la sabiduría del sabio, sino a los cono­cimientos “sin alma”. La cultura es una obli­ga­ción, no una devoción, del ser humano; aunque sean ciertamente muy pocos los que cumplen con ella.

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