Fama, artistas y chacabanería

Por: Marco A. Ferrari Vélez*
Estudiante de Música U. de Valparaíso 
ME LLAMA PODEROSAMENTE la atención la tendencia que se observa en las últimas décadas, sobre todo en la sociedad chilena, de llamar «artista» a cualquier individuo o grupo de personas por el sólo y simple hecho de aparecer en televisión «haciendo algo» (o al menos intentando hacerlo), llámense animadores, bailarines (o cuerpos de baile), cantantes (o concursantes de un programa de canto), sin la más mínima noción discriminadora entre lo que es arte y lo que es simplemente una vil estrategia publicitaria apuntada a lograr alto rating y/o a ganar dinero.

Se le da más importancia a un joven de 20 años porque sale «cantando» en un programa de TV, que a un experimentado y cultivado pintor, escritor, escultor o cualquier verdadero artista que por su propia naturaleza no le interesa aparecer frente a las cámaras.

La fama está excesivamente valorada en nuestra «cultura» chilena y ha pasado a ser más importante que el talento y la calidad profesional. Parecen valer más un hombre o una mujer por su físico y capacidad de sobreexponerlo ante las cámaras para despertar el morbo de los telespectadores, que su intelecto, espíritu y preparación para desarrollar, exponer e interpretar una creación artística y así sensibilizar al oyente y/o vidente (lo cual es uno de los verdaderos fines del arte).

La sensibilización del espectador consiste hoy en día en producir una situación melodramática y chabacana en donde se muestra a un o una joven que concursa o pertenece al «team» de algún programa juvenil «de moda», llorando porque su pareja dio fin a la relación que tenían o porque quedó eliminado(a) de dicho programa; y a esto le agregamos el condimento de una melodía lenta, melancólica y melosa de fondo y nos da como resultado el «plato perfecto»: gente embobada frente a la televisión, subiendo el rating de manera memorable, prácticamente llorando de la emoción, pero de una emoción no producida por el sentimiento artístico, sino que producida por estar más pendiente de la vida íntima de quienes aparecen en ella que de la habilidad de éstos en lo que se supone fueron a hacer y demostrar a dichos espacios televisivos. En resumen, una emoción artificial y pensada y pre-trabajada, asunto que no encuadra en el concepto de un sentimiento real y espontáneo.

Hoy en día la fama es sinónimo de contactos, suerte y capacidad de vender algo; cualquiera llega a la TV gracias a eso y se enriquece a costa de la mediocridad, chabacanería y ley del mínimo esfuerzo presentes en ellos mismos y en quienes los siguen, valorando su seudo-esfuerzo e idolatrándolos, pero los que realmente merecerían llegar a las pantallas, trabajan el doble, ganan la mitad que los anteriores y son bastantes los que mueren en el anonimato, aunque al parecer mueren felices.

Curioso es escuchar constantemente en los medios el excesivo uso de la palabra estrella (de rock, de pop, de Hollywood, etc.), cuando por lo general se refieren a personajes que están apenas comenzando, que están en la cuna de la cuna, o, en otros casos, que ya tienen una trayectoria, pero, volviendo a lo del principio, basada en una explotación comercial de su imagen.

LOS AUTENTICOS ARTISTAS

Recordemos que las estrellas que inundan nuestro cielo (si es que inspiradas en éstas fue concebida dicha analogía de los medios) brillan por sí solas, y nada más necesitan para resplandecer, hacerse ver y resaltar, que su propia capacidad incandescente; por ende, una verdadera estrella artística y/o televisiva no debiera necesitar de artimañas ni subterfugios como llantos, disputas, insidias, venta de su vida privada y sobreexposición de sus obras y de sí misma en los medios comunicacionales (como ir de un programa a otro) álbumes coleccionables con sus fotos, figuritas articuladas de su persona, etc, sino que sobresalir por su intelecto, espíritu, carisma y calidad artística, profesional y humana. Puedo decir que en mi corta vida y aun más corta experiencia en el mundo del arte me he topado con personas que me han dejado pasmado con expresiones del tipo «un artista nace, no necesita estudiar, eso es espontáneo». Con el talento se puede nacer, pero hay que cultivarlo, igual que se cultiva cualquier ciencia o incluso una planta. La falta de cultivo lleva al estancamiento y a la mediocridad, relegando a la persona a ser apenas un ente pasajero e intrascendente de la historia; en el arte es mucho lo que hay que estudiar, tanto técnico como histórico, ya es tiempo que la sociedad deje de creer que el artista es un ser bohemio, mal viviente y de malas costumbres.

También me ha dejado pasmado el afán de algunas personas de llamar «músico» o, peor aún, de autotitularse músicos por el simple hecho de tomar un instrumento y hacerlo sonar. La Música es mucho más que eso, es Arte y Ciencia, y, por lo dicho anteriormente, debe cultivarse; son por lo menos cinco años los que hay que estudiar para que una institución otorgue el reconocimiento de músico, y muchos terminan relegados al anonimato.

La gente lamentablemente aún cree que se estudia un instrumento o una Licenciatura en Música para amenizar una fogata en la playa o tocar frente a los parientes de la tercera edad que puedan a uno visitar. La Música es una carrera profesional que merece respeto y dignidad y que convierte a quien la estudia en un profesional tan importante, necesario, trascendente y respetable como un médico, arquitecto, ingeniero, odontólogo, etc. y que tiene campos de estudio iguales o, incluso, más amplios y complejos que los de los profesionales recién nombrados.

Cuando alguien ejerce la medicina sin tener los estudios, conocimientos y certificaciones correspondientes, es acusado del delito de «ejercicio ilegal de la profesión». ¿No sería justo aplicar el mismo precepto y, tal es el mismo castigo, para quienes amasan fortunas vendiendo música sin tener la más remota idea de lo que están haciendo?

Así como a todo profesional le molesta que haya gente que ejerza sin haber estudiado lo que ellos estudiaron, sin haberse esforzado lo que ellos se esforzaron y, por ende, sin haberse titulado, a los músicos y futuros músicos nos molesta lo mismo. Soy un chileno más, pero no por eso soy un mediocre más; aspiro a la cultura, a la cultivación y a la superación; siento pena de ver como mi país se sumerge cada día más en un mar de bazofias, pero, a pesar de lo anterior, no pierdo la esperanza en que llegue el día en que el amor por lo que se hace prime por sobre el amor al dinero y a la tan ansiada, obsesionada y viciada fama.

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