La literatura utópica y la humillación de la realidad

Por: Agustín Díaz Pacheco
Fuente: http://www.rodelu.net

Frente al concepto literario de reproducir la realidad, sobre todo cuando el cuento o la novela resultan pura obra light o clínex, emerge la literatura que indaga o es premonitoria como propuesta o intuición de otra realidad, la misma que perturba los acontecimientos históricos o crea situaciones insólitas

Es así como ha ido surgiendo la literatura que pone al descubierto la miseria y grandeza de la condición humana, la perversión consustancial al poder, la alienación del ciudadano-objeto, cosificado y reducido a víctima o cómplice, y también el avance implacable y hasta siniestro de la alta tecnología, la misma que en muchas ocasiones ha convertido la sociedad en laboratorio de sus nefastas audacias.

De ahí, la ficción literaria, cada vez menos ficticia y sí aproximada al terreno de los hechos. También una ficción que supera el universo narrativo, incorporándose a la literatura política, a los programas de contenido ideológico, a la ordenación jurídica, a la legislación que hunde sus raíces en declaraciones de orden constitucional. Así, por ejemplo, los ciudadanos participan cada vez menos en la toma de decisiones, si es que llegan a intervenir, aunque se les reconozca una serie de derechos y deberes . Entramos entonces en lo que es clara aberración y fraude que agrede a la idea misma de democracia. Los textos constitucionales son muchas veces islotes donde se refugian las palabras náufragas que reconocen formalmente la importancia de la persona, salvo que sólo es una teorización. Los textos constitucionales se han transformado en meros placebos (el artículo 1.1 de la Constitución española ( España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad , la justicia, la igualdad y el pluralismo político ) resulta, en algunos de sus artículos, una demostración burlesca o cínica, incalificable ironía si se aprecia cómo se traduce económica, social y políticamente en el día a día de los ciudadanos). Resultan frases usurpadas a la etimología y la ética. Es entonces cuando nos encontramos ante una posible utopía que dormita en la voluntad esquiva de algunos políticos.

Pero la formulación utópica, muy presente en la vida política y en la escritura parlamentaria, aunque parezca tener cierta vinculación con la literatura utópica, inscrita en el cuento o la novela, no es más que insinuación formal, abismo entre los ciudadanos y la clase política, recurso teórico del legislador. Pero cabe la pregunta, ¿estamos ante la escritura utópica?

Bien nítida y hasta diferente resulta ser la utopía literaria, desde Tomás Moro y su apuesta humanista, hasta Fahrenheit 451, novela de Ray Bradbury, pasando por la ciudad circuloconcéntrica de Campanella en su tesis insinuantemente protocomunista, la anulación del sujeto en las líneas escritas por Yevgeni Zamiatin, autor de notable ascendencia sobre Orwell, la dialéctica hombre-religión-máquina-naturaleza esbozada por Samuel Butler, la hipótesis sobre el dominio del tiempo, planteada quizá como necesidad de evasión y búsqueda romántica de H.G. Wells, el hombre robot de Karel Capek, la decadencia descrita por Alfred Kubin, el universo homogeneizado y la desmesura del poder en una crítica al sistema estalinista y nazifascista, a la vez que necesaria e imprescindible advertencia sobre el neototalitarismo y el pensamiento único, anticipadamente atrevido por George Orwell, la esclavitud química ingeniada por Aldous Huxley, el psicologismo social imaginado por cuanto actúa como estructurador de una sociedad vigilada en la clave narrativa de B. F. Skinner, el relevo del hombre efectuado por la máquina a expensas del despotismo en el que tanto ha ahondado Ernst Jünger, y así todo el arsenal literario que disecciona a una sociedad en la cual la utopía distópica es la que ha triunfado como un mal deseado o impuesto ( el abismo existente entre teoría y praxis ) que nos puede hacer recordar sucesos escritos con sangre: Stalin, Mussolini, Hitler, Salazar, Franco, los Somoza, Pinochet, Videla, Ceacescu o Pol Pot.

El primer peldaño utópico fue elaborado por Platón, y el Renacimiento y la Ilustración albergaron la paulatina continuidad de una escalera por la que se podía ascender al antropocentrismo. Pero las situaciones de injusticia histórica, de desigualdad económica y marginación social, sustentaban una voluntad que planteaba la preocupación por el futuro del hombre, surgiendo así un deseo humanista idealizado por Owen, Saint-Simon o Fourier, planteamiento que confiaba en el hombre como un buen salvaje, solidario y organizado para el reparto de la propiedad y la ética de la democracia directa. No obstante, este discurso, aun influyendo en muchas de las tesis anarquistas, entre hombres inteligentes y de acción como el príncipe Piotr Kropotkin o Mihail Bakunin, fue fraguándose en acontecimientos históricos como la Revolución industrial, la Revolución francesa, la permanente lucha entre el hombre y la máquina, la conquista formal de los derechos humanos y cómo se conculcan, el ciudadano constreñido por el avance cibernético y sus fatales consecuencias concretadas en la despersonalización, el paro y nuevas formas de despojo y miseria (hacinamiento, control y vigilancia burocrática y posterior sistema numérico y anulador, hambre y cruel distribución de la riqueza, y la penuria cultural, o sea: déficit democrático), además de la puesta en escena de otra estrategia del poder, lo cual ha supuesto el fascismo y sus diversas variaciones tiránicas, incluyendo el neofascismo o la denominada revolución conservadora, llevada a la práctica por Margaret Thatcher y Ronald Reagan.

El escritor utópico suele tener por espacio sociedades avanzadas donde la tecnología ha suscitado aceptación. En tal sentido, el concepto de progreso no sólo va unido a la ideología y jerarquía de valores burguesa sino también a la moral religiosa protestante, a la conciencia calvinista. Fue en sociedades industriales, generalmente no agrarias, y que tenían a la máquina como redención del trabajo humano, donde prosperaron las tesis desarrollistas basadas en lo que podríamos llamar instrumentos técnicos de progreso. De ahí que en el Estado español hayan sido y sean escasos los escritores entregados a la imaginería utópica.

Una mínima aproximación a la sociedad puede situarnos ante un reto. De tal manera que la historia de las ideas políticas, la economía, la sociología, y la psicología profunda son asignaturas esenciales para establecer un análisis crítico de la sociedad y sus fabulaciones de orden creativo, en otras palabras, la cultura y, más concretamente, la literatura. En este caso existe un auténtico absurdo normado, el mismo que debería ser cuestionado en sociedades conocidas como, por ejemplo, la canaria. Una sociedad donde se da el subdesarrollo, el agotamiento del modelo económico, la dependencia, el caos sanitario, la crisis educativa, el paro, el subempleo, las bolsas de miseria, la incultura y la aparición de una nueva clase social: los políticos; y un sistema: la partitocracia –que no la democracia- , con el consiguiente tráfico de influencias y el enriquecimiento súbito. Nuestro archipiélago es, por tanto, un conjunto de islas desafortunadas, realidades chatas y anodinas. Islas aldeanas y neocaciquiles, donde abunda el trepador o el listo de turno. Un archipiélago al que se pretende disculpar en la paradoja o la excentricidad surrealista, y amortiguar sus desajustes económicos y sociales en la benevolencia climática y las pautas de conducta social (indolencia, resignación y complejo de inferioridad, o sea, el canario es un aplatanado / el canario es acogedor y amable / el canario es servil), donde incluso cunde la idea del islocentrismo o insulocentrismo como referente literario, y se es osado en falsificar la realidad histórica: las palabras itineran interesadamente y los hechos son premeditadamente encubiertos. Aquí cabe tanto la argumentación de Milovan Djilas, las tesis de Franz Fanon o el estudio sobre la opresión establecido por Albert Memmi, como algunos párrafos y apartados de la literatura utópica, sin olvidar, por supuesto, la reciprocidad entre cuento o novela negra –sorprendentemente escasísima- y la variada corrupción existente, la humillante realidad que se da en Canarias.

Evidentemente, a lo que asistimos es a una parálisis de la sociedad civil. Es el triunfo de la mediocridad, la resignación, la dramaturgia parlamentaria y los dictados del poder. Podemos mirar o elaborar conjeturas respecto a cómo se reparte dicho poder, cómo se reproduce el relevo en la pirámide jerárquica, cómo se perpetúa una falsa democracia, caricatura de una tiranía disfrazada.

Tal vez nuestra situación sea tan mezquina, grosera y descarada, que la literatura utópica no la haya podido concebir, aunque sí la pueda incorporar. Quizá hayan retazos de nuestra sociedad en las líneas de algunos escritores citados. Porque la utopía brota en consecuencias indeseadas, allí donde la máquina amenaza al hombre, pero también donde el hombre amenaza al hombre, lo seduce mediante engaños y maniobras del lenguaje, y lo vuelve dócil mediante la cultura de la promesa y la subvención. Resultado, la capitulación cívica, la sociedad civil de electroencefalograma plano.

Sin embargo, existe una literatura que merece ser leída para luego contrastarla con la demagogia de los hechos. Se trataría de una lectura para averiguar la otra realidad. Y es que en Canarias se da lo insólito y la sumisión. Sorpresas erigidas en costumbre. Entonces, fijar la pupila en ciertas obras literarias. Luego, ver el inaudito territorio donde la unidad es ilusoria y conmemorativa anécdota infográfica.

Impulsar el pensamiento crítico, apartarse de la subliteratura light o clínex, resulta perentoria necesidad humana. La literatura utópica puede nutrir nuestro conocimiento, alertarnos , preservar la memoria histórica y fortalecer el concepto de resistencia ética.

Agustín Díaz Pacheco
Escritor español, reside en La Laguna (Tenerife, Canarias)
 

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