La condición utópica

Por: Edgardo Montiel
Fuente: Icalquinta.cl

Después de embarcarme en los de Fernando Ainsa para explorar los territorios laberínticos de la utopía he llegado a convencerme, contra la opinión general, de que nuestra América nunca podrá llegar a ser “posmodema”. Esta reciente veleidad pretende expulsar de su incipiente suelo el principio esperanza, impulso arcádico que movió a la humanidad desde los orígenes, antes por conquistar paraísos, hoy por conquistar el planeta Marte, siempre dispuesto a reaparecer a la menor oportunidad de retorno (ese movimiento cíclico que marca el tiempo).
En América la utopía acumulada por la memoria del tiempo se hizo materia – pues ella nació al mundo como sede del paraíso—, por eso se puede decir que la utopía acabó formando parte de nuestra concepción del mundo, porque fuimos la “prueba” de una visión (y versión) que la humanidad se formó del universo.

El hombre es el único animal que” sueña. La utopía es una eterna creencia colectiva en la felicidad. Condenados a ser libres y felices, hay en el ser humano una irremediable condición utópica. Para poder guiarnos en esas aguas procelosas de la esperanza en la historia, el ensayista y pensador uruguayo dedicó muchos años a la investigación del tema, del que resultaron una serie de tres libros, que constituyen uno de los esfuerzos más notables publicarlos hoy en el área de la historia de las ideas de América Latina: Los buscadores de la utopía (Caracas, 1977), Necesidad de la utopía (Montevideo, 1990), y De la Edad de oro a El Dorado (México, 1994). Pero detengámonos en Necesidad de la utopía, que mereció en el Uruguay el premio al mejor libro de ensayos publicado en 1990.

Desde los primeros capítulos Fernando Ainsa demuestran ampliamente la “función de la utopía en la historia de América Latina”, o más precisamente la percepción que inauguró el Occidente europeo con su desembarco en América. La fundamentación histórica tiene tanto peso, a mi ver, que por cumplir debidamente con los rigores del discurso académico, Ainsa no deja en libertad a su ensayística, quedándose corto en las magníficas proyecciones de sus tesis, pues estamos seguros que en el inventario de estas esperanzas se encuentran claves de la historia de América. Puede que esta labor corresponda más al lector, pues es una manera de invitarlo a dialogar con el texto. Y a eso vamos. Siguiendo su argumentación y apoyándose en los cronistas de la Conquista, quienes pusieron las primeras piedras de un edificio utópico que se eleva a medida que pasa el tiempo, se podría afirmar que América lleva en su nombre una definición utópica —una partida de nacimiento ideal-, de modo que hablar de América y utopía puede resultar un pleonasmo. ¿Qué hizo América para recibir de los otros tan brillante aureola?

Vayamos por partes, comenzando por las denominaciones. ¿Por qué razón nuestro continente lleva hoy el nombre de América y no de Columbos o Colombia, como habría sido natural para los “descubridores” ¿Qué hizo Américo Vespucio para que este continente lleve su nombre?

Mientras Colón lo descubrió para los europeos, Vespucio lo describió. La fuerza del logos y la metáfora es mucho más poderosa que la mera comprobación; Médicis, de la que era servidor, Vespucio cuenta con toda naturalidad lo que vio en sus incursiones a las ignotas costas de Venezuela, Brasil y Argentina, y allí dice cosas como éstas: “…los hombres no acostumbran tener capitán alguno, ni andan en orden, pues cada cual es señor de sí mismo. La causa de sus guerras no es la ambición de reinar, ni de extender sus dominios, ni desordenada codicia, sino alguna antigua enemistad de tiempos pasados”. Y remata con el aserto: “…no tienen rey ni señor, ni obedecen a nadie; viven en entera libertad”

Para la Europa feudal, regida severamente por relaciones de servidumbre, donde los demonios medievales no habían sido vencidos por la utopía (una más) renacentista, estas narraciones hacían remontar a las alturas de la salvación, renegar de la realidad para elevarse a la recóndita esperanza de la felicidad. La esperanza, como dice Ainsa, se había objetivado. La ilusión se hizo carne, la Tierra Prometida estaba ubicada en las tierras de Américo, allí no tienen rey, ni señor, ni obedecen a nadie. Y se pronuncia en el firmamento la frase fulminante que hará soñar a Europa: ¡Viven en entera libertad! :

Nunca tan pocas páginas, sólo 32, causaron tanto revuelo. Sacarlas de la lectoría casi secreta de los Médícis para darlas a la luz pública, dio lugar también a incidentes plenos de simbología. No se olvide que el Editor Waldseemuller lo incluyó en su Universalis Cosmographia (1507) para satisfacer la curiosidad de sabios, comerciantes y príncipes, que no sabían discernir si estas cartas pertenecían al género de la geografía, la historia, la astronomía, la navegación o la pura fantasía. Estas pocas páginas fueron suficientes para que Vespucio pasara a la inmortalidad y este continente sea bautizado con el nombre de América.

Pero en esto hubo algo de picardía (que también hizo tradición). Como lo demuestra Magnaghi con documentos en la mano. Para satisfacer a sus ávidos lectores, el truculento editor convirtió las tres cartas a los Médicis en cuatro relatos de viaje (de 1497 a 1504), titulando de su propia inspiración, el tercer relato como Novus Mundus. Con lo que afiebró una vez más las mentes de la época (incluidas las de los inquisidores), pues hacía decir a Vespucio que existía realmente un nuevo mundo en la ruta de Europa a las Indias, yendo por Occidente (téngase presente que el crucero iniciado por Magallanes y concluido por Elcano que comprobó, por la vía de los hechos, la redondez de la tierra se produce dos décadas después).

Al recorrer las eruditas páginas de Ainsa, en éste y sus otros dos libros dedicados al género utópico, uno queda convencido de que América lleva en su nombre un sino utópico, de invención y picardía. Gracias a un inspirado editor — emblemático del modo como Europa miró a América— nos volvimos al lugar de los sueños ajenos, el territorio de la Arcadia, donde nace el hombre bueno, no hay jerarquías y las mujeres andan desnudas.

Este modo que tiene Europa de mirar América se ha sedimentado en la memoria, se ha enraizado en la mentalidad de Europa, pero también en la del hombre americano, como lo muestra bien Ainsa al hablar de la “génesis del discurso utópico”. En puridad, casi simultáneamente Europa hizo un doble descubrimiento: de la antigüedad greco-romana y de América. Gracias a la invención de la imprenta, que hizo posible el Renacimiento, se descubre los antiguos tratados de Aristóteles, las cosmografías de Tolomeo, las historias de Heródoto y todo ese mundo de héroes, navegantes, silvanos, ninfas y náyades. Y fue con este conocimiento, no hay que olvidarlo, que Europa miró a América, pues era entonces el conocimiento sabio, erudito, que hacía autoritas. Femando Ainsa coincidirá conmigo al respecto, por una experiencia de investigación que hemos compartido recientemente: al revisar las páginas de poetas y crosnistas para incluirlas en el volumen Memoria de América en la poesía (1992), caímos en la cuenta de que casi todos —del Diario de Colón a los informes oficiales a los reyes católicos— hablan de América en términos propios del Renacimiento. ¿Se trataba de adornos eruditos, arcaísmos o anacronismos? No, era el conocimiento “objetivo” que Europa había acumulado, y con esos conceptos interpretó y soñó a América. Un ejemplo característico es el de Juan de Castellanos, conquistador ilustrado, que prefirió los versos -¡y escribió 144 mil!— para contarnos la historia del descubrimiento. Así ve Castellanos al encuentro:

Salían a mirar nuestros navios, / Volvían a los bosques espantados, / Huían en canoas por los ríos,/ No saben qué hacerse de turbados: / Entraban y salían de Buhíos,/ Jamás de extraña gente visitados;/ Ningún entendimiento suyo lleva / Poder adivinar cosa tan nueva.

Ansimismo de nuestros castellanos / Decían, viéndolos con tal arreo,/ Si son sátiros, o silvanos,/ y ellas aquellas ninfas de Aristeo:/ O son faunos lascivos y lozanos,/O las nereides, hijas de Nereo,/ O dríades que llaman, o náyades / De quien trataron las antigüedades.

Estas comparaciones y equivalencia entre la América antigua y la antigüedad europea (es decir la cultura grecolatina) resultan significativas, pues al mismo tiempo (siglo XVI) europeos y españoles-americanos descubren, se “apropian” del legado helénico y romano. De modo que no hay que ver nada de artificial y exótico cuando escritores españoles-americanos, mestizos o indios —como Alonso de Ercilla, Pedro de Oña, Guamán Poma, Bernardo Balbuena, Garcilaso el Inca, Santa Cruz Pachacuti o Sor Juana Inés de la Cruz— se refieren al mundo griego o latino. A ambos lados del Atlántico se comparte este legado.

Si América fue al principio una extensión utópica de Europa por la vía de la antigüedad, América a su vez- —según nos demuestran los ejemplos de Fernando Ainsa— asumió a través de los siglos el mandato utópico establecido en su acta de nacimiento. Fuimos el espacio privilegiado del imaginario social del juego dramático de la identidad y la alteridad, de la configución de nuevos órdenes. Como toda utopía que se respeta —de Gilgamesh y el Cáliz Sagrado a las versiones de Moro, J Campanella o Erasmo—, ésta tiene necesariamente una referencia espacial, un “espacio de anhelo”.

En las páginas densamente documentadas y concisas de Ainsa, características de su prosa, se muestra que esa latencia utópica se ha manifestado activamente a lo largo de la historia americana. De los hospítales—pueblos ideados por el arzobispo Vasco de Quiroga para “organizar la bondad” en México; las misiones en el Paraguay fundadas por los jesuítas y destinadas a ser las primeras “repúblicas cristianas”; a los célebres Catorce Remedios del padre Bartolomé de las Casas, para que sus queridas “islas de Cuba, San Juan, La Española y Jamaica se conviertan en la mejor y más rica tierra del mundo”. No deja de señalar cómo los hábitos comunitarios y la organización social de las antiguas culturas peruanas y mexicanas sirvieron para dar un nuevo aliento al discurso utópico, a las posibilidades edénicas. Humanismo, utopismo, absolutismo ilustrado, reformismo social, revolución, socialismo utópico o científico, comunismo, conductas libertarias o libertinas, fueron los nombres que adoptó la esperanza: con nuestros “arcaísmos” se hizo la “modernidad”. Y el autor los va señalando uno a uno en un vasto inventario.

Pero ainsa no se queda en el pasado y llega hasta nuestro tiempos. Ve, por ejemplo, en el movimiento migratorio de los europeos hacia Estados Unidos, la Argentina, Uruguay y Brasil, a fines del siglo pasado, el móvil anhelante y nostálgico para buscar la tierra de las realizaciones. Igual, en el presente siglo, la migración de tres millones de europeos víctimas de las dos guerras mundiales, que van a América a encontrar su tierra prometida. Jean Cassou, el eminente hispanista francés refugiado en América, consideraba en 1942:

La libertad se ha refugiado en el continente americano, donde algunos ejemplares de las obras destruidas, por los nazis o por sus secuaces pueden ser encontradas y reeditadas.

Así gracias a la sobrevivencia de la democracia en el Nuevo Mundo, las obras maestras que conforman el genio de la Francia eterna podrán escapar a la más grande catástrofe moral que jamás haya podido amenazar al espíritu humano. Pero no menos importante ha sido el sentimiento vagamente utópico y de solidaridad que llevaban los exiliados políticos de las recientes dictaduras en la región. Pasearon por el mundo —de Estocolmo a Madrid y de París a Londres— sus ideales y proyectos comunitaristas de todo tipo. Fernando Ainsa concibe la utopía con cierta largueza conceptual, de modo que en su concepción caben no sólo las utopías edificantes sino también las negativas, las contrautopías o antiutopías. ¿Es adonde se puede ubicar al fascismo, la robotización del individuo, la pérdida de la memoria humana por la memoria informática, la estandarización de la conciencia o la idiotización colectiva vía la televisión?

Ninguna utopía es inocente y virginal, y vale la pena identificar la pulsión finalista, mística y autoritaria existente en toda utopía. Acierta el autor al detenerse en esas Utopías negativas que están en la ciencia, la técnica, la literatura y la política. Presentes en todo tipo de autoritarismos providenciales, de paradigmas totalitarios y universalistas, en el que el pontífice, el presidente, el comandante, el secretario general “vela por todos”, para aplastar con un iluso “nosotros” al “yo”.

Por mi parte añadiría, ante los asedios cada vez mayores de una cultura uniformizante, que no se puede dejar pasar sin someter al análisis a toda clase de utopías o contrautopías que asomen, por más que se presenten cargadas de generosidad. La cultura critica no puede otorgar cheques en blanco. Ahora, cada vez que escucho hablar de ideales universalistas —dios, patria, humanismo, democracia, tolerancia, libre mercado, cultura occidental, libertad, progreso y etcétera— inmediatamente desenfundo las armas de la crítica, porque la historia ha mostrado que siempre el más fuerte y astuto desea “universaizar” su punto de vista. Todo universalista o utopista, enemigo de lo específico y particular, acaba imponiendo por la fuerza su visión (así se impuso el catolicismo en la América antigua, Stalin y su socialismo de acero en Rusia, la “purificación étnica” hoy en la ex Yugoslavia).

El maestro Femando Ainsa, que honra a la Unesco con su trabajo intelectual (más que funcionario internacional parece un fraile benedictino), sale airoso de esta riesgosa expedición hermenéutica a utopía, que partiendo de América hace un extenso repaso sobre la esperanza en la historia. Los lectores, guiados por un conocedor de estos territorios tan espejeantes y enmarañados, llegamos a puerto gracias a las señales del autor. Para finalizar, que se me permita adherir a las palabras de conclusión de Necesidad de la utopía, deseando que los nuevos lectores lo suscriban también, a modo de darle a la esperanza la fuerza necesaria: “Un mundo con derecho a la esperanza del mañana incierto es sólo posible si se mantiene abierta la posibilitad de la herejía permanente, que implica e1 poder rechazar el presente infalible”.
 

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