Pensamiento utópico

Por: Hernán Montecinos*
* Del ensayo: “Del pensamiento mágico al posmoderno”

ORIGEN Y DESARROLLO

La imaginación política, empeñada en la configuración de sociedades más justas e igualitarias, ha constituido una actividad muy prolífica en el campo de la literatura. Así, desde tiempos muy remotos, una diversidad de intelectos se anticiparon a describir comunidades en la que la vida de los hombres alcanzan una felicidad del todo plena. La referencia se encuentra remitida al género utópico que describe, en detalle o a manera de esbozo, una comunidad ideal y, por consiguiente, imaginaria, en las que los ciudadanos viven en unas condiciones políticas y sociales que el autor considera óptimas y, por tanto, las más deseadas.

Imbuidos en este espíritu nos encontramos, hace ya más de dos mil años, con la “República”, lugar en que Platón describe la estructura de una ciudad ideal, un Estado perfecto donde la felicidad no era patrimonio de unos pocos sino de la sociedad entera. Un Estado que garantizaba plenamente los derechos a todos los habitantes sin distinción de ninguna clase. Y no sólo en la República, sino también en su “Política”, este mismo autor nos recuerda que Hipódamo de Mileto, arquitecto del siglo V AC., considerado “el primer utopista de Occidente”, fue el primero, no sólo en estructurar las ciudades sobre las bases de calles regulares, sino que concibiendo al Estado en base a una correlación numérica entre sus elementos poblacional, territorial y jurídico. Por la misma época -según el mismo Aristóteles-, Faleas de Calcedonia ya sentaba el principio de que “la igualdad de fortuna entre los ciudadanos era imprescindible para precaver las revoluciones” y que, “las bases de todo Estado son la igualdad de fortuna y la igualdad de educación”.

Hubo de transcurrir un largo periodo de dos milenios, para que recién, en 1516, el inglés Tomás Moro, describiera una isla fabulosa llamada “Utopía”. Una isla en donde el problema de la justicia -que en Platón había sido puramente moral-, es asociada ahora a la base económica, aludiendo a una “comunidad de vida y de bienes, sin comercio del dinero”. Plantea el problema ya secular de la propiedad privada, señalando, al respecto, que: “Mientras el derecho de propiedad sirva de cimiento al edificio social, la clase más numerosa y estimable sólo obtendrá en el reparto la miseria, el tormento y la desesperanza”. Y va más lejos aún cuando señala: «La causa principal de la miseria pública es el excesivo número de nobles, ociosos y zánganos que se alimentan con el sudor y el trabajo ajenos». Y para que no queden dudas, rubrica su pensamiento diciendo: «Mientras el derecho de propiedad sirva de cimiento al edificio social, la clase más numerosa y estimable sólo obtendrá en el reparto la miseria, el tormento y la desesperanza».

Poco después, en 1602, Campanella, un fraile dominico que había sido alma de un complot encaminado a expulsar de su ciudad natal, Calabria, al invasor español, con el propósito de instaurar una república celestial y comunista, es torturado y puesto en prisión por el lapso de 27 años. En la cárcel escribió “La ciudad del sol”, una ciudad perfecta y fértil hasta el último palmo de tierra. Una ciudad donde reina la amistad y donde hay de todo en abundancia y nadie carece de nada, “no ya de lo necesario, sino de lo que su capricho le pida”.

Con una diferencia de pocos lustros, Francis Bacon publica La nueva Atlántida, utopía en la que se representa el florecimiento económico de una sociedad ideal. En ésta la vida está organizada sobre las bases racionales de la ciencia y de una técnica avanzada.

Sin perjuicio de otros títulos que abordan esta misma línea, este género alcanza el clímax de su plenitud con las obras del socialismo utópico, surgidas como reacción a las insuficiencias del incipiente capitalismo que ya se empezaba a desarrollar con fuerza. En este género se van a destacar, entre otros, nombres como los de Owen, Fourier, Saint-Simon, Leroux, Blanqui, Cabet, etc. Owen, por ejemplo, en “The book of New Moral World”, organiza a los hombres en un “núcleo social”, dentro de un terreno en que la cosecha pueda ser abundante en proporción a lo que se necesite a fin de precaver a todos, no ya de la pobreza, sino del temor de que sobrevenga.

Cerrando este ciclo, nos encontramos con un género diferente, la poesía, que encuentra su expresión en los jóvenes poetas de Europa, fundamentalmente, los de Alemania, a finales del siglo XVIII y principios del XIX . Es un periodo en que maduraba en la sociedad intelectual europea una sensibilidad poética literaria que expresaban ideas muy a propósito para la posterior maduración de las ideas científicas de Carlos Marx. Innumerables episodios, describiendo sociedades más justas y solidarias, son declamados por parte de estos jóvenes poetas. Así, por ejemplo, Carl Gustav Jochmann, ve al hombre adueñarse de la Naturaleza y ceder las tareas más duras de la existencia humana a las máquinas abriéndose así el camino hacia un mundo que tienda a su ennoblecimiento. Orientando las máquinas hacia la producción ilimitada de riquezas, éstas podrían esparcir sobre todas las naciones de la tierra los goces hasta entonces reservados sólo a ciertos individuos privilegiados.

Del mismo periodo, George Buchner, poeta y tenaz conspirador, muerto a la temprana edad de 24 años, expresa que toda la agitación y todos los clamores de los hombres aislados constituye trabajo vano y estúpido. Reprocha a sus colegas contemporáneos querer cambiar la sociedad con puras proezas literarias y se empecina en buscar la formación de una nueva vida espiritual y mandar al diablo a la sociedad moderna.

Más adelante, surge una nueva voz en Alemania, Ludwig Gall, ahora ya dentro del campo político propiamente tal, para denunciar el flagelo que la sociedad imperante hace caer sobre la humanidad. Gall es considerado como precursor de las ideas de la liberación de los obreros como acto propio de realización por ellos mismos. Establece que millones de individuos no poseen más que su capacidad de trabajo y que las causas fundamentales de su desgracia la constituye la desvalorización del trabajo humano mismo. Por primera vez, entonces, una idea semejante hace su aparición en Alemania cuando Marx apenas alcanzaba los 17 años de edad.

Ahora bien, cualquiera sea el rasgo de estas expresiones, lo peculiar de la literatura utópica radica en el tono eminentemente optimista con que se relata la vida al interior de estos muy particulares lugares. Sin embargo, como extraña paradoja, este optimismo proviene de un pesimismo previo. Pesimismo en cuanto, estos escritores, al contemplar la realidad social y política de sus respectivas épocas, no pueden dejar de rebelarse ante la existencia de una condición humana que estiman insoportable. Estados de ánimo que provienen al descubrir la existencia de un universo trágico en perpetua reproducción; un periodo de crisis profunda en lo social, lo político y lo ideológico; una sociedad que ponía en tela de juicio todos los valores imperantes hasta entonces.

Como quiera que sea, en el pensamiento utópico hay un puro funcionamiento de la razón sin ningún momento o contenido empírico. Por tanto, carece de toda contradicción interna y resulta por ello posible, pero al mismo tiempo completamente irreal. Su lugar sólo se halla en la razón fuera, por tanto, del espacio y del tiempo por lo que la utopía pasa a ser también ucronía. Entre los caracteres más generales de la utopía hay que destacar la armonía entre el hombre y la naturaleza del cual se derivan todos los demás estados armónicos entre el individuo y la sociedad y también con sus semejantes. Pero, para que impere la armonía, es preciso situar la existencia dentro de un orden preestablecido, estricto y perfecto; nada puede quedar dejado al azar, a la improvisación ni a la iniciativa individual. La utopía, entonces necesariamente debe describir un lugar enteramente socializado, comunitario y solidario.

Sin perjuicio de mayores antecedentes literarios podemos concluir que, a partir de un mundo de desesperación, la literatura utópica se encarga de crear un mundo de esperanza. Trasladado a los términos de hoy, se parte de un mundo en que a los hombres le son negados sus derechos, para arribar finalmente a otros mundos, en que tales derechos son colmados. Pero, si bien estas ideas contienen aspiraciones comunes humanas en contra de condiciones inhumanas, sólo expresan la rebelión de hombres solitarios que lanzan sus mensajes al mar en una botella. Se requiere incorporar los elementos necesarios que le faltan, esto es, la rebelión y el conocimiento. La rebelión, como respuesta legítima a la opresión y la miseria, y el conocimiento como necesidad de acumulación de antecedentes y datos que permitan entender los condicionamientos de la realidad para crear una teoría transformadora revolucionaria. Se hace preciso, en los siglos XVI y XVII, estudiar el terreno económico y social, los problemas agrarios y de propiedad territorial, los cercados ingleses, el pauperismo, la demografía, las diferencias sociales, etc. Por cierto, las aspiraciones sociales y económicas de los campesinos expoliados de la época no bastan para desencadenar la rebelión. Deben intervenir profundas motivaciones religiosas, culturales e, incluso, ideológicas que, aunque de manera incipiente, ya empiezan a perfilarse. Los teólogos de la revolución, como Munzer y Winstanley, influenciaron profundamente la explosión rebelde que ellos mismos fomentaron haciendo penetrar las teorías colectivistas entre los campesinos sublevados. Claude Willard, en Problemática del socialismo, nos señala que el historiador se encuentra un tanto desarmado ante la naturaleza de estas rebeliones campesinas porque no se encuentran del todo bien documentadas. Sin embargo, se concluye que éstas establecen un anticipo de lo que será más tarde la gran revolución de la burguesía que adviene con la Revolución Francesa. Los modos de producción feudal son barridos y se alza de sus escombros el nuevo modo de producción capitalista. Ha sido necesaria una rebelión para dar paso a las nuevas estructuras de lo que serán los modos de comercio mercantilista y los consiguientes modos de producción capitalista. Pese a este avance, la idea de justicia social no había logrado cuajar del todo como práctica social misma. Por tanto, inmediatamente después de la Revolución Francesa, se alzan voces en pos de esta denuncia. Es así que en el año 1796, Babeuf, Buonarrotti y Cracchus fraguan una conspiración cuyo fin último era derribar al capitalismo para establecer la «Sociedad de los Iguales». Algunos de sus dirigentes, denunciados, fueron juzgados y condenados a muerte. En este hecho, merece particular atención la maduración de las ideas de Babeuf, toda vez que la palabra «comunismo», antes de ser utilizada por los diggers fue empleada por los lollards y por el mismo Tomás Moro, sin embargo, viene a encontrar su mayor expresión con Babeuf, en tanto señala la necesidad de una explotación colectiva de las tierras, esto es, un «comunismo de producción». Sin embargo, todas estas expresiones utópicas clamadas por aristócratas, burgueses, clero, campesinado y poetas encuentran la expresión de su práctica concreta en manos del proletariado con el hecho histórico conocido como la Comuna de París, en el año 1871. Tal hecho implica, ni más ni menos, la instauración en el mundo del primer Estado proletario, siendo finalmente aplastado por la burguesía. La Comuna de París tiene una importancia primordial en la historia de las revoluciones en el mundo en la medida que, por primera vez, pone en manos del proletariado la posibilidad de ser sujeto protagonista de su emancipación y de su propia historia.

En un sentido general, las distintas variables utopistas representaron a soñadores idílicos totalmente desligados de la realidad. Así, un análisis que aparece como lúcido desemboca finalmente en un sentimiento de soledad e impotencia desesperada, es decir, se remonta un vuelo hacia lo irreal. El mismo Tomás Moro expresa esta desesperanza cuando señala: «Confieso francamente, que hay entre los utopistas muchas cosas que desearía ver establecidas en nuestras ciudades. Lo deseo, más que lo espero». No obstante este dramático fondo de reconocimiento, es innegable el aporte de estos utopistas, en la medida que están condenados de antemano a no tocar, ni siquiera de lejos, el objeto de sus afanes, pero tienen el mérito que alentaron, con su tenacidad y su sacrificio, cambios sin igual en las sociedades que les sucedieron. Pero, quizás, el mérito mayor de los utopistas es haber sido antesala de un pensamiento mayor que vendría a cristalizar más tarde con el pensamiento de Carlos Marx, quién deja de lado el socialismo utópico para dar paso al socialismo científico.

Así entonces, el utopismo clásico y renacentista, así como el mismo socialismo utópico que florece en los siglos XVIII y XIX, llega a su último estado de cristalización con el socialismo científico, recién a partir de la segunda mitad del siglo XIX, cuando empiezan a madurar las ideas científicas de Carlos Marx: Con este giro y salto en el campo de las ideas, la posibilidad de justicia social, que siempre se había mostrado esquiva, empieza a vislumbrarse con posibilidades ciertas de hacerse realidad. El socialismo científico de Carlos Marx, destrona al socialismo utópico que le antecedió. Este socialismo científico esboza un diagnóstico y una teoría que posibilitan verdaderamente hacer que la justicia social y la no explotación del hombre por el hombre puedan ser posibles. Apelando al materialismo histórico de Marx sabemos que, a partir de la primera sociedad de clases, el hombre empieza a organizar sus actividades para la satisfacción de sus necesidades depredatorias mediante la explotación de unos hombres por otros. La explotación, entonces, hecho que puede ser demostrado teórica y factualmente, surge como nueva realidad, en la incipiente sociedad capitalista, mediante los procesos de división del trabajo y su correspondiente proceso de enajenación. Así entonces, de hecho, la idea socialista, de suyo muy antigua, con el nuevo paso del socialismo utópico al científico puede superar la fase depredatoria-explotadora, despojándola ahora de la lacra que el sistema del trabajo explotador le había incorporado. No obstante, para materializar la posibilidad utópica todas las revoluciones habían carecido de un marco teórico coherente que les sirviera de sustentación para llevar a feliz término sus propósitos emancipatorios. Con la aparición de Carlos Marx la ciencia destrona a la utopía, vale decir, le entrega una base cierta para hacer de esta última algo posible. Para ello, Marx no se entretiene en divagaciones como sus antecesores, sino que expone con lucidez su teoría sobre la realidad explotadora de la sociedad capitalista y, con ello, su teoría revolucionaria que permita transformarla. El mérito de Marx, entonces, radica en haber propuesto una teoría revolucionaria científica que sirve de base para la materialización, más tarde, de la Revolución de Octubre en Rusia. Si bien, al cabo de setenta años, la nueva sociedad socialista acaba por derrumbarse, tiene el valor de haber demostrado que una posibilidad que se creía irrealizable logra hacerse realidad concreta, vale decir, destrona el concepto mismo que por siempre se le había atribuido a la utopía, en cuanto que ésta es un lugar que no existe o es un imposible.

LA NECESIDAD UTÓPICA

El estado de condición en que se encuentra hoy el pensamiento utópico presenta dos imágenes que pasan a ser determinantes. Por un lado, una imagen deslavada a raíz del derrumbe de los socialismos reales y, por otro, que su significado empieza a entenderse dentro de una visión mucho más amplia de la que tradicionalmente se le ha supuesto y atribuido.

A través de la historia, la utopía ha sido una idea que ha encontrado su comprensión a partir de hechos y fenómenos que tienen lugar en un espacio, una ciudad, una región o una república. Esta ha sido la idea dominante en el espíritu de sus fundadores, Platón, Moro, Campanella, Bacon, etc. Una idea asociada a un lugar donde se realizan profundas reformas políticas, sociales, económicas, religiosas, culturales, pedagógicas, etc., tendientes a posibilitar una sociedad perfecta.

Sin embargo, este significado primario, en nuestro tiempo, se ha ampliado significativamente. Se ha tenido en cuenta que las aspiraciones sociales y políticas no han sido la única dimensión de la vida humana, puesto que hombres y mujeres, a través de la historia, siempre se han esforzado por alcanzar metas y realizaciones en los más diversos campos. Tal es así que en diccionarios y enciclopedias, más contemporáneos, el significado que se le atribuye a la utopía no dice relación, exclusivamente, con «un no lugar que no existe», sino que ha ampliado su campo de visión al señalarla «como un sistema o plan que parece imposible realizar». Nos encontramos, entonces ante el hecho de que la utopía no sólo se remite a las relaciones y transformaciones que deban de darse en un determinado espacio, en una determinada ciudad, sino que su alcance dice relación con cualquier tipo de ideal o proyecto que se considere imposible de realizar.

Ahora bien, en este contexto, vale decir, debilitamiento de su imagen y amplitud de su significado, intelectuales y especialistas en la materia se han abocado, en distintos seminarios y encuentros de reflexión, a examinar el estado actual en que se encuentra el pensamiento utópico. El punto de arranque de este examen lo haremos a partir de la reflexión del escritor paraguayo Augusto Roa Bastos, quien en el encuentro «La ciudad del saber como utopía» (Universidad de Alcalá de Henares. España, 1993), emite el siguiente juicio.

«Apenas hay acontecimientos verdaderamente significativos que no tengan algo que ver con la utopía… Lo más que suelen conceder los simples y sólidos necios es que la utopía no existe, que es algo burdamente imaginario en lo que se puede perder miserablemente el tiempo. Los necios siempre tienen razón, porque el no lugar, o sea, la utopía, y el no tiempo, la ucronía, no están hechos para su sensibilidad y entendederas. Pero, además, tienen razón cuando condescienden a admitir que la utopía no es más que una invención imaginaria. Esta es, precisamente, su virtud demiúrgica más poderosa porque perder el tiempo en tales burdas imaginerías ha generado y multiplicado portentosas conquistas.»

En efecto, cada día surgen más voces en el sentido de reivindicar la utopía a partir de una concepción más amplia no remitiéndola, exclusivamente, a un proyecto que no tendría lugar o a una idea condenada siempre al fracaso por la imposibilidad de su realización.. Se ha tenido en cuenta que muchas de las no realizaciones de los pensamientos utópicos se han debido al hecho a que éstos se han planteado en una época en que las condiciones tanto materiales, sociales y espirituales hacían que tales propósitos constituyeran, objetivamente, un imposible. No obstante, inferir, a partir de dichas realidades, que tales ideas permanecerán por siempre en condición de irrealizables o imposibles, es una afirmación que la ciencia y la historia se han encargado de desmentir innumerables veces.

Quiérase o no, el ideal utópico ha sido una necesidad para el hombre en todos los tiempos y en todos los planos. Desde que adquiere conciencia empieza a preocuparse por emprender grandes aspiraciones que, en un su estado más primario aparecen como imposibles de realizar pero que transcurrido el tiempo logran definitivamente materializarse. A este respecto la historia se encuentra bien documentada con innumerables ejemplos que así lo ratifican. En efecto, muchos siglos antes del año 1905, cuando los hermanos Wright surcaron por primera vez el espacio en un avión con propulsión propia, el hombre ya idealizaba con volar. La leyenda de ICARO y las geniales anticipaciones que encontramos en los bosquejos de Leonardo de Vinci no hacen mas que confirmar esta apreciación. Asimismo, el socialismo científico, aportado por Carlos Marx, logra destronar a la utopía clásica y la renacentista, tanto así como al mismo socialismo utópico que le antecedió, para llegar hacer realidad nuevas sociedades libres de explotación, aquellas que irrumpieron a comienzos del siglo pasado.

Estos son, ciertamente, sólo algunos ejemplos entre tantos otros que, comenzando por ser imaginerías utópicas, se convirtieron finalmente en realidades. ¿Imaginarían acaso los de la sociedad feudal y, más atrás aún, los de la sociedad esclavista, que las generaciones posteriores podrían desplazarse en automóviles, volar por los aires y hasta llegar a la luna? ¿Imaginarían Platón, Campanella, Tomás Moro, Babeuf, Owen, Fourier y otros, que en ciertas regiones del mundo se pudieran haber construido sociedades libres de la explotación del hombre por el hombre logrando así la ansiada justicia social con que ellos tanto soñaron? A partir de estos hechos y realidades, ¿quién ha dicho que las utopías sean aspiraciones que estén irremisiblemente condenadas a no tener nunca lugar o ser puros imposibles? Seguramente los necios, aquellos a que hace referencia en su reflexión Roa Bastos.

Sin embargo, pese a las innumerables demostraciones que echan por tierra tamaña equívoca apreciación, debemos reconocer también, que ciertas grandes aspiraciones humanas han quedado condenadas a un irremisible fracaso quedando estancadas en su estado utópico originario. Entre éstas, la más conocida es el intento de los antiguos alquimistas por transformar los elementos metálicos en oro bajo el expediente de la utilización de los recursos de la alquimia. De allí que el problema central de la cuestión utópica se plantea en lo que respecta a saber cuál es el umbral que marca el límite entre lo verdaderamente utópico con la posibilidad cierta de que dicha utopía se convierta en realidad. Si bien todo pareciera indicar que el umbral de lo utópico queda demarcado por la posibilidad misma que nos ofrece tanto la historia como la ciencia, existe aún una zona desconocida en la que este umbral aparece como difuso otorgándole cierto grado de incertidumbre que la hace muy peculiar. Por cierto, tal umbral difícilmente puede aparecer nítidamente definido, puesto que mientras el hombre no termine de aprender a conocerse a sí mismo, tal límite aparecerá como una demarcación no del todo conocida.

Desde este particular punto de vista, procurar conocerse a sí mismo nos conduce, las más de las veces, a transportamos a la ribera de lo desconocido, toda vez que en el presente resulta lugar común ver al hombre completamente alienado, esto es, siendo lo que no debe ser y haciendo lo que no debe hacer, dentro de una sociedad que también se encuentra en todos sus planos alienada. El egoísmo, el poder y las tantas otras pasiones humanas aparecen como los elementos centrales que impiden la plenitud de la convivencia humana y dificultan el objetivo humano de determinar específicamente el umbral que demarca aquello que es utópico de lo que no lo es.

A pesar de estas limitaciones, es posible reconocer que en todos los tiempos de la historia -y no tendría por qué ser distinto ahora-, el hombre no ha podido vivir y no podría seguir haciéndolo, en el futuro, sin el aliciente de la esperanza, porque este aliciente forma parte de la misma condición humana. Un ser humano que se apresta a vivir solamente de lo cotidiano, sin proyectarse más allá de un mínimo horizonte en donde fijar su mirada, nada aportará, no tan sólo al desarrollo de su propia personalidad, sino que su aporte al desarrollo del colectivo humano también se perderá en la nada. La utopía, entonces, la entenderemos tanto más necesaria en la medida que comprendamos que la monotonía de nuestras vidas requerirá de salidas que permitan escaparnos de aquella fatal inercia a la que nos conduce vivir sólo de lo rutinario.

Toda persona debe aventurarse en la búsqueda de alguna u otra utopía, única forma en que podrá sustraerse de no caer en lo puramente cotidiano. Si no tuviere ninguna utopía, el mejor consejo que se le puede dar es que haga un mínimo esfuerzo por inventársela. De no hacerlo, estará condenada a vivir una vida mediocre y gris dentro de un horizonte irremisiblemente plano. Este mensaje, debe estar dirigido, principalmente, a la juventud, aquella a la que los poderes posmodernos pretende inculcarles la política nihilista del «no estar ni ahí», por cuanto, dicha política beneficia y favorece sólo a las clases dominantes, las cuales necesitan estar libres de juicios críticos que develen sus irritantes privilegios en la sociedad. Adormecida la juventud, el poder, cualquiera que sea su signo, tiene asegurada la posibilidad de que, en el futuro, la actual generación no podrá ser capaz de concertarse para decir basta a una situación que ya se hace intolerable.

La utopía, a lo menos, tiene el mérito de elevar la realidad cotidiana hacia arriba, reafirmando con ello su dinamismo y sentido dialéctico. En este contexto, de ningún modo, debemos considerar a la utopía sólo como una imaginería o un simple sueño. Nadie podría afirmar hoy, que las ideas de Cristo, Platón, Sócrates, Tomás Moro o las del mismo Marx hayan sido las ideas de unos simples locos. Estas han tenido el mérito de aportar sustantivamente al mejoramiento de la condición humana, a pesar de que parte de sus aspiraciones aún se encuentran en condición de objetivos pendientes. La utopía debe persistir en sus intentos porque, al fin y al cabo, ¿qué sería de nosotros, sin destellos de esperanzas, sueños y utopías como un mínimo imprescindible y esencial para sentimos vivos?

Ahora bien, debemos reconocer que el actual desperfilamiento de la utopía nos pone ante una disyuntiva crucial para el desenvolvimiento mismo de la condición humana. Lo dicho, por cuanto el discurso del conservadurismo mundial, al que se le ha unido un discurso supuestamente renovado, pretenden convencemos, por una parte, de que las ideologías se han acabado y, por otra, que las utopías son un imposible. En definitiva, se nos quiere negar el conocimiento de la realidad y, también, quitarnos la posibilidad de buscar nuevos horizontes; se nos alienta a que no tengamos ideología, ni «perdamos el tiempo» en seguir soñando. En otras palabras, transformar la rebeldía propia de los jóvenes en un estado pasivo y conformista dentro de un imperativo general que imponga reglas discursivas que no escapen a los consensos. Con esta actitud, se olvida fácilmente que las mayores adquisiciones de la humanidad se deben a hombres como Sócrates, Giordano Bruno, Colón, Marx y otros, que rehusaron aceptar las moderadas opiniones de su tiempo. Por eso, mientras nos encontremos faltos de utopías y sigan imperando con éxito las normas conformistas y consensuales que se nos tratan de imponer en nuestras conductas, de seguro que el hombre moderno o posmoderno seguirá somnoliento y adormecido en el transcurso de su vida miserable y gris alienado ante las imágenes de su televisor para refugiarse en un mundo ficticio e irreal que le es ajeno y que no le pertenece.

La necesidad de reconstrucción de nuestras utopías surge como imperativo categórico para los espíritus verdaderamente progresistas. Esta necesidad se hace más patente, en la medida que nos demos cuenta que así como la Inquisición, en su tiempo, no fue ni representó al verdadero cristianismo, así tampoco el socialismo real no fue ni representó al auténtico socialismo, ni menos aún, representó al pensamiento marxista dentro del contexto de su fuente originaria. En este cuadro, la solidez de las convicciones deberá ocupar un lugar central en nuestras decisiones, así como lo hizo Colón en su tiempo, quien, a propósito de las intrigas que tuvo que vencer para impedirle su histórico viaje, escribe en su diario:

«Ningún progreso humano se logra con el consentimiento unánime, lo cual, obliga a los que primero son iluminados en sus ideas en pro del progreso, a estar condenados a seguir esa vida a pesar de los demás.»

En conclusión, el que nos encontremos viviendo una época en donde la irracionalidad y la regresión imperan, no tendría por qué ser motivo para hacemos concluir que tal estado de situación se tendría que mantener imperecederamente y, con ello, que el capitalismo pase a constituir el último y definitivo estadio en que tengan que vivir por siempre las futuras generaciones. En este marco, la cuestión que se plantea es de cómo superar el periodo regresivo que nos encontramos viviendo. Cierto es que no se trata de ser adivinos, ni menos, acomodamos a recetas, más aún cuando la dramaticidad de la experiencia histórica recientemente vivida nos enseña que las recetas de poco o nada sirven. Lo anterior, sin embargo, no nos impide señalar que la dinámica de cambio de la humanidad nos convocará irremisiblemente a vivir, tarde o temprano, dentro de una nueva sociedad cuando la actual sociedad capitalista tenga que doblegarse ante el dinamismo del cambio. A lo mejor el capitalismo, en su estado límite salvaje, no sea sino el indicio de un periodo en que se encuentra tocando techo y, bien sabemos que cuando algo toca techo, es el indicativo de un estado incipiente de declinación.

A partir de esta idea, el sentimiento utópico de una mayor justicia e igualdad para todos los seres de la tierra constituye hoy, una aspiración sentida por millones de seres que pueblan la tierra. Por fortuna, la ciencia y la historia han terminado por demostramos que las más sentidas aspiraciones que el hombre ha tenido durante el transcurso de la historia de la humanidad se han transformado, con el correr del tiempo, en realidades. Si a lo anterior agregamos el reconocimiento de que el colapso de los socialismos reales ha dejado abierto un ancho espacio que de algún modo se hace necesario llenar, no habría razón válida para pensar que no haya más espacio para las utopías, ni tampoco para pensar en la imposibilidad de construir una sociedad distinta que sea mejor sólo porque se han derrumbado las grandes utopías del presente siglo.

No obstante, toda posibilidad utópica debe guardarse de madurar con un optimismo demasiado exagerado puesto que el optimismo que supone la utopía en cuanto a la capacidad del hombre para dominar el mundo y para elevarse él mismo a la suma perfección, puede dar un resultado frustrante. El optimismo ilimitado lleva, en cualquier orden de la vida, al mesianismo, esto es, creer que se posee una superioridad salvadora, no sólo de sí, sino también de los demás; fe que torna, a quién está penetrado en ella, poco contemplativo y tolerante con las opiniones, dudas y diferencias ajenas. Es por ello que Giulio Girardi, teólogo de la liberación, nos advierte contra todo optimismo exagerado, en la medida que las utopías, en la nueva condición contemporánea, deberán de construirse y adaptarse dentro de un contexto histórico que se presenta del todo inseguro para tales fines. Vale decir, que los que por formación y cultura mostramos tendencia a fundar nuestro compromiso sobre certezas, esto es, sobre la certeza, al menos, de que algún día no muy lejano nuestra causa va a triunfar, debemos necesariamente imponernos un cambio de cultura, en especial, un cambio de adaptación mental a las posibilidades inciertas de nuestro compromiso. Tenemos que situarnos en la hipótesis de que esto no se verifique, lo que quiere decir que si los seguidores de las certezas o utopías quieren seguir siendo profundos, si quieren estar fuertemente convencidos, tienen que tratar de abrir una brecha entre las incertidumbres y las certezas y esta brecha debe ser precisamente -según el mismo Girardi- la de un compromiso fundado en una hipótesis histórica fecunda. Es decir, una hipótesis que no está segura de poder realizar lo que busca, pero que está segura de que este horizonte, este sueño, esta perspectiva, es una fuente de inspiración inagotable para buscar nuevos caminos, para inventar formas de convivencia humana más fraternas y para estimular la imaginación que tiene que descubrir caminos que nunca descubriría si se pusiera en la perspectiva de pensar que no podemos salir de las fronteras del sistema alienante y explotador en que nos encontramos viviendo.

Puestos en este punto, debemos preguntamos si la crítica que hacíamos al sistema capitalista, la denuncia que hacíamos de su incapacidad para solucionar los grandes problemas de las mayorías, la denuncia de su lógica marginadora, han dejado de ser válidas o si lo siguen siendo. En otras palabras, si las razones que nos impusieron nuestra búsqueda de un sistema de vida alternativo han dejado de tener validez o si lo siguen siendo más que nunca. Sirviéndonos de una serena reflexión respecto a estas interrogantes, podemos concluir que estas razones son hoy más actuales, más ciertas que en aquel momento en que tomamos nuestro compromiso. Por ello se impone, con más fuerza que nunca, la renovación desde adentro, el replanteamiento, la profundización de nuestro compromiso y estar convencidos de que la necesidad utópica es tanto más necesaria que ayer y que todos los tiempos anteriores.

En definitiva, debemos redoblar nuestro compromiso y proseguir abriendo brecha para la materialización de nuestra utopía, no porque sea la causa que triunfa en la historia, sino porque es la más justa, no porque los marginados y oprimidos sean los vencedores del mañana, sino porque son los vencidos de hoy. Esto no significa, ciertamente, que nuestra lucha liberadora no aspire a triunfar, toda vez que si luchamos lo hacemos para vencer, pero nuestra fidelidad no depende de nuestro éxito y no tiene por qué quebrarse por las derrotas. En la hora de la derrota y de la crisis es cuando los seguidores de aquella liberación que se dice utópica, verifican la autenticidad y profundidad de las opciones que les inspiran.

A fin de cuentas -dice Eduardo Galeano- la realidad no es sólo real en las horas en que nos encontramos despiertos, sino que también se nos hace real cuando nos encontramos dormidos. Al manifestarse la realidad en nuestros sueños, éstos tienen el mérito de permitirnos saber que la realidad no es sólo la realidad que vemos, sino que existe aquella otra, en nuestro tiempo la más necesaria: «la que necesitamos». Es por ello que el derecho a soñar resulta esencial para la condición humana y, como tal, el derecho que tenemos que defender con más fuerza, porque si nos lo arrancan sin damos cuenta, llega el día en que nos convencen de que la realidad existente es la única posible.

El día que empecemos a creer que el mañana no existe y aceptemos la idea de que no hay otro camino más que el de la resignación, quiere decir, según la expresión del mismo Galeano, que en lugar de vivir la vida, pasamos por ella sin damos cuenta. En este contexto, entonces, la utopía se nos hace, sin duda alguna, tanto más necesaria en la medida que el capitalismo celebra alborozado «su triunfo» no queriendo reconocer, efectivamente, que si bien hasta ahora la operación les ha resultado técnicamente todo un éxito, el paciente igual se les está muriendo.

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