Globalización

Por: Hernán Montecinos
Fuente. icalquinta.cl

A pesar de su carta de naturalización en el discurso cotidiano, la globalización para muchos sigue siendo una novedad, aunque hay quienes sostienen que el proceso que culmina en este planeta altamente interconectado e interdependiente, no comenzó hace poco, sino que, de hecho, ha ido acompañando la expansión de la “civilización occidental” o, más precisamente, la del sistema capitalista mundial.

Algunos, queriendo ser más precisos, han escrito que la globalización comenzó en 1519/22, cuando la expedición de Fernando Magallanes completó por primera vez la vuelta al mundo. Entonces, no obstante admitir que es un fenómeno nuevo, caracterizado por unas crecientes y muy intensas relaciones económica de todos los países, no existen, sobre el papel, razones para negarle a este fenómeno un origen más ancestral.

Ahora bien, el hecho mismo de que nos encontremos viviendo en medio de la globalización, no deja de ocultar el hecho de que nos encontramos confundidos en medio de la acelerada dinámica de este proceso. En efecto, existe la opinión generalizada de habernos convertido en simples espectadores de nuestra época, librada a una deriva cuyos horizontes últimos dependen exclusivamente de nuevos poderes. Estos nuevos sujetos políticos se encuentran dominados por intereses específicos, que una tradición crítica, que va de Marx a Weber, había definido como los de una maximización de la ganancia.

Tal ideal se traduce, en términos históricos, en valores como los del bienestar en sus diferentes interpretaciones que en estos momentos se nos presenta como nueva formulación de la utopía libera. Esta nueva utopía, no viene a ser otra cosa que la legitimación de una nueva estructura de poder, gestora estratégica de lo que ha venido a llamarse nuevo orden del mundo. Esto es tanto como decir un nuevo status quo, fuera del cual es imposible acceder a la normalización exigida y deseada si se quiere seguir perteneciendo a la historia. Esta normalización general -éste es el verdadero alcance del anunciado fin de la historia- es definida a partir de un modelo ideológico, el del liberalismo, que pretende constituirse en teoría general de lo social y lo económico, al tiempo que decide todo proyecto político, una vez que la política misma ha quedado reducida a administración o management.

Este proceso general de normalización se ha constituido en el único horizonte político legitimado del mundo contemporáneo. Pero su proyecto no es exactamente el de un mundo sin problemas; todo lo contrario, la línea de sombra que lo acompaña es cada vez más gruesa y difícil de explicar. Bastaría seguir ciertos análisis sobre las grandes tendencias del mundo actual para advertir inmediatamente de qué manera el proceso y las estrategias actualmente aplicadas agudizan los conflictos estructurales dando paso a situaciones más conflictivas.

En este cuadro, a nadie escapa que asistimos a un proceso de redefinición del mapa del mundo. A una situación nacida de la Segunda Guerra, y marcada por las fronteras entre dos zonas de influencia, controladas por las llamadas grandes potencias, le sigue ahora un acelerado proceso de normalización que modifica radicalmente las coordenadas desde las que apenas hace una década era pensada la situación política del mundo. La caída del muro de Berlín, la crisis de la URSS y de los llamados socialismos reales, que en los análisis de estos últimos años han sido siempre interpretados como los hechos desencadenantes del proceso, adquieren hoy una dimensión indicativa a la hora de establecer las líneas que van a definir nuestra época.

Este proceso se presenta como un ideal planetario, construido a partir de una ideología o modelo de concepción del mundo, y cuyas raíces no son otras que los una y otra vez re interpretados presupuestos del liberalismo. Una serie de hechos económico-políticos, que van desde la revolución tecno-científica a la internacionalización y concentración del capital financiero -sin olvidar el proceso que sufren los sistemas de comunicación- son la base de una normalización progresiva del mundo que configura una nueva situación, en la que vendrían a reconocerse previsiones de fines de los años ’60, como las de Marshall McLuhan, y la de Zbigniew Brzézinski. Volver a leer los informes de estos autores permiten observar de qué forma la aceleración del proceso en estos últimos años ha transformado no sólo los aspectos político-estratégicos -pensemos en las largas décadas de “guerra fría”- sino también los culturales y las formas de vida.

Una serie de transformaciones generalizadas han sido las que básicamente configuran el mundo contemporáneo. A la normalización le sucede la globalización del planeta. Su horizonte histórico no es otro que el que se presenta como una sociedad tecnocrática, controlada por poderes cada vez más abstractos y universales -se ha hablado de “tecno-fascismo”- y orientada por y desde el pensamiento único, una especie de doctrina legitimista que pretende explicar y orientar las formas de vida de las sociedades postindustriales. La complejidad que define el mundo contemporáneo, en sus diferentes aspectos, ha servido como coartada para naturalizar una forma de pensar, controlada desde un pragmatismo generalizado que está atento únicamente a la protección de un status quo definido a partir de la propia historia, una historia que obsesivamente intenta autoexplicarse y legitimarse.

Ahora bien, sentados estos presupuestos, el globalismo puede ser visto como una configuración histórico-social en el ámbito de la cual se mueven los individuos y las colectividades, o las naciones y las nacionalidades, incluyendo grupos sociales, clases sociales, pueblos, tribus, clanes y etnias, con sus formas de vida y trabajo, con sus instituciones, sus patrones y sus valores. Junto con las peculiaridades de cada colectividad, nación o nacionalidad, con sus tradiciones o identidades, se manifiestan las configuraciones y los movimientos del globalismo. Son realidades sociales, económicas, políticas y culturales que emergen y adquieren dinamismo con la globalización del mundo, o la formación de la sociedad global.

Es evidente que en la base del globalismo, en los términos en que se presenta en el fin del siglo XX, anunciando el siglo XXI, está el capitalismo. Las fuerzas decisivas por las que se da la globalización del mundo instituyendo una configuración histórico-social nueva, sorprendente y determinante, son las fuerzas surgidas con la globalización del capitalismo, proceso éste que adquirió ímpetus excepcionales y avasalladores desde la segunda guerra mundial y aún más con la guerra fría, entrando en franca expansión después de finalizar ésta. El globalismo no nace listo, acabado, y mucho menos presente, visible, evidente. Se revela poco a poco, ya sea a la observación o al pensamiento. Aparece y desaparece, según el lugar, el ángulo de visión, la perspectiva o la imaginación. A veces parece inexistente y otras, de forma evidente, estridente. De alguna manera, todas y todos, hemos oído hablar de la globalización, pero… ¿sabemos lo que es? ¿qué repercusión tiene en nuestras vidas? ¿a quién beneficia? ¿a quién perjudica? ¿quién la dirige? Y también, ¿por qué tantas partes de este proceso son ocultadas? Se trata de un campo muy amplio y de gran interés para comprender qué está pasando ahora en el mundo.

Sucede que el globalismo es producto y condición de múltiples procesos sociales, económicos, políticos y culturales, generalmente sintetizados en el concepto de globalización. Resulta de un complejo juego de fuerzas actuando en diferentes niveles de realidad, en el ámbito local, nacional, regional y mundial. Algunas de estas fuerzas emergen con el nacimiento del capitalismo, al tiempo que otras surgen con el colonialismo y el imperialismo, incluyendo la formación de monopolios, cárteles, y corporaciones transnacionales. Hay raíces del globalismo que vienen de lejos, al tiempo que otras emergen con la guerra fría y se desarrolla con la disgregación del bloque soviético y la disolución o reforma de los regímenes socialistas, incluyendo a los países de Europa central, la Unión Soviética, China continental, Vietnam, Mozambique, Angola y Otros.

El globalismo tiene que ver como una realidad social, económica, política y cultural articulada en el ámbito propiamente global, a pesar de sus connotaciones locales, nacionales, regionales y otras. Y emergen en forma particularmente evidente, en sus configuraciones, en sus movimientos, en el fin del siglo XX, a partir del derrumbe del mundo bipolarizado en capitalismo y comunismo. Puede ser visto como producto y condición de una ruptura histórica de amplias proporciones que ocurre en esta época.

La globalización del mundo expresa un nuevo ciclo de expansión del capitalismo, como forma de producción y proceso civilizador de alcance mundial. Un proceso de amplias proporciones, que abarca naciones y nacionalidades, regímenes políticos y proyectos nacionales, grupos y clases sociales, economías y sociedades, culturas y civilizaciones. De un modo lento e imperceptible, o de repente, desaparecen las fronteras, se modifican los significados de las nociones de los países centrales y periféricos del Norte y el Sur; industrializados y agropecuarios, modernos y arcaicos, occidentales y orientales.

Poco a poco la gran mayoría de la población asalariada se ve involucrada en el mercado global, un mercado en el que se mueven vendedores y compradores de fuerza de trabajo, mercaderías, valores de uso y valores de trueque. Son transacciones que multiplican y generalizan la dinámica de las fuerzas productivas y las relaciones de producción, propiciando una acumulación acentuada y generalizada del capital en el ámbito mundial. Es ahí donde se organizan y se desarrollan, de forma articulada y contradictoria, las más diversas formas de capital, tecnología, fuerza de trabajo, división del trabajo, socialización del proceso productivo, formación del trabajo colectivo, racionalización, planeación, disciplina, calculabilidad, publicidad, mercado, alianzas estratégicas de empresas, redes de informática, medios impresos y electrónicos, campañas de formación e inducción de la opinión pública sobre los más diversos temas de la vida social, económica, política y cultural de unos y otros en los más diversos rincones del mundo.

Pues bien, hace ya bastante tiempo que vivimos en una sociedad mundial, de manera que la tesis de los espacios cerrados es ficticia. No hay ningún país ni grupo que pueda vivir al margen de los demás, es decir, que las distintas formas económicas culturales y políticas no dejan de entremezclarse y que las evidencias del modelo occidental se deben justificar de nuevo. Así, sociedad mundial significa la totalidad de las relaciones sociales que no están integradas en la política del estado nacional ni están determinadas a través de ésta. Aquí la autopercepción juega un papel clave en cuanto que la sociedad mundial en sentido estricto significa una sociedad mundial percibida y reflexiva.

La globalidad nos recuerda el hecho de que, a partir de ahora, nada de lo que ocurra en nuestro planeta podrá ser un suceso localmente delimitado, sino que todos los descubrimientos, victorias y catástrofes afectarán a todo el mundo y que todos deberemos reorientar y reorganizar nuestras vidas y quehaceres, así como nuestras organizaciones e instituciones, a lo largo del eje local-global.

A partir de estas premisas el concepto de globalización se puede comprender como un proceso que crea vínculos y espacios sociales transnacionales, revaloriza culturas locales y trae a un primer plano terceras culturas. Dicho de otro modo, la globalización significa la perceptible perdida de fronteras del quehacer cotidiano en las distintas dimensiones de la economía, la información, la ecología, la técnica, los conflictos transculturales y la sociedad civil, y, relacionada básicamente con todo esto, una cosa que es al mismo tiempo familiar e inasible, que modifica a todas luces con perceptible violencia la vida cotidiana y que fuerza a todos ha adaptarse y a responder. De todos modos, la rompe la unidad del Estado nacional y de la sociedad nacional, y establece unas relaciones nuevas de poder y competitividad, unos conflictos y entrecruzamientos entre, por una parte, unidades y actores del mismo Estado nacional y, por la otra, actores, identidades, espacios, situaciones y procesos sociales transnacionales.

Desde otra óptica, desde un punto de vista histórico-estructural, la globalización debe entenderse complejamente, como la convergencia multicausal de diversas dimensiones mediadoras: por ejemplo, lo económico, lo político, lo cultural, lo tecnológico, lo institucional, etc., dependiendo del objeto concreto que uno construye a partir de un plano de observación, como parte de un proceso específico a estudiar. Hoy todo es multicausado y por lo tanto nada se puede explicar y comprender desde un solo factor o desde un solo punto de vista.

Entonces, aunque las definiciones siempre resultan odiosas, haciendo un esfuerzo para entender el fenómeno de la globalización en su actual fase, a las ideas ya dadas, podemos aventurar, en términos simples, que podemos llamar globalización al proceso político, económico, social y cultural que está teniendo lugar actualmente a nivel planetario, por el cual cada vez existe una mayor interrelación económica entre unos lugares y otros, por alejados que estén, bajo el control de las grandes empresas capitalistas, las multinacionales. De sus aspectos más generales descritos tenemos que la globalización económica implica que:

– Cada vez más ámbitos de la vida son regulados por el “libre mercado”, como la salud, la educación, la información, etc. – La ideología neoliberal (ultracapitalista) se aplica en casi todos los países con cada vez más intensidad.

– Las grandes empresas consiguen cada vez más poder a costa de la ciudadanía y los pueblos.

– El medio ambiente y el bienestar social se subordinan absolutamente a los imperativos del sistema económico, cuyo fin es la acumulación por parte de una minoría.

A decir verdad, se trata de un paso más del capitalismo. Y siendo la base económica la que precipita la globalización en todas las demás actividades y esferas, es importante darse cuenta de que se trata de un proceso político dirigido por una minoría a través de determinadas instituciones internacionales, como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional (FMI). Y también la que fue definida como “la organización política más importante del mundo”: la Organización Mundial de Comercio (OMC).

La OMC es considerada la principal institución del proceso de globalización (o de generalización del “libre comercio”). Surgió en 1995 a partir del GATT (Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio), con el cual comparte un objetivo bien definido: eliminar las “barreras” al comercio. Con la excusa de liberalizar el comercio, la OMC crea las condiciones para que las grandes empresas transnacionales puedan dominar la economía mundial a su antojo, no importando si ello se produce a costa de la destrucción del medio ambiente y perpetuando la pobreza y la miseria, en su búsqueda de poder y beneficios.

El “libre” comercio, la Organización Mundial de Comercio (OMC), el Acuerdo Multilateral de Inversiones (AMI), la Unión Europea (UE), el Tratado de Libre Comercio entre Canadá, EEUU y México (TLC)… son instituciones, acuerdos y acontecimientos que están teniendo gran influencia de lo qué está pasando ahora en el mundo, pero su significado real es desconocido por la mayoría de la gente.

En efecto, el desarrollo de las comunicaciones y el transporte, la aparición de nuevos productos, la modernización de los procesos productivos, las técnicas de preservación de las mercancías, estos y otros avances, ciertamente maravillosos, podrían dar lugar a un intercambio creciente y a una dependencia cada vez mayor entre todos los países, que podrían resultar beneficiosos para el conjunto de todos ellos, permitiendo que las posibilidades que otorga la ciencia y la tecnología hicieran más fácil, plena y, si cabe la palabra, más feliz, la existencia de toda la humanidad. El problema surge cuando descubrimos que la nueva fase del desarrollo del capitalismo, de un sistema que descansa en la división de clases y en la desigualdad, no es un fenómeno neutral Ello, porque la globalización es, en gran medida, un producto del neoliberalismo, bajo cuya hegemonía está hoy concebido el orden económico mundial, el cual exacerba y amplifica los aspectos más aberrantes del sistema. De allí que la “globalización” no es un fenómeno abstracto, sino la concreción de una nueva fase del desarrollo del capitalismo. Es la expresión actual de la tendencia permanente, predicha por Marx, a la concentración y la centralización del capital.

Por un lado, bastaría considerar que el cambio sustantivo introducido por el proceso actual de “globalización” no es que el desarrollo económico y los avances técnicos permitan unos mayores intercambios de mercancías y servicios entre países, en el contexto de la liberalización y la abolición de las barreras comerciales, sino que la propia producción puede llevarse a cabo con un grado de internacionalización impensable hasta ahora. Por otro, basta tener en cuenta el desarrollo de la esfera financiera que ha tenido lugar para dejar sentado que el capitalismo ha entrado en una nueva era. La movilidad absoluta de los capitales, combinada con las tecnologías de la informática y las comunicaciones, han convertido al mundo en un centro financiero único, con masas enormes de capitales desplazándose, y especulando, como si fueran estrellas errantes en el firmamento financiero que envuelve la economía real.

Es pertinente, pues, hablar de la “globalización” como de un nuevo estadio del capitalismo, siendo uno de sus rasgos más destacados el relevante papel que han adquirido las corporaciones multinacionales. Estas constituyen la base de la estructura de la economía mundial, son depositarias de resortes fundamentales para su control (la investigación y tecnología) y concentran gran parte del poder real que rige los destinos del Planeta.

El peso de las multinacionales está fuera de discusión y es aplastante en cuanto al porcentaje que ocupan en la producción, las inversiones y el comercio mundial, si bien por el vertiginoso proceso de fusiones, alianzas y absorciones que esta teniendo lugar en todos los sectores a escala mundial -bancos, seguros, comunicaciones, informática, automóvil, industria química, farmacéutica, energía, aeronáutica…- realmente nada escapa a este proceso de concentración, es difícil hacer un retrato fijo de su importancia abrumadora. Las cifras quedan rápidamente obsoletas y las que reflejaban la realidad de ayer parecen irrelevantes hoy. No obstante, tomando incluso como referencia datos de cualquiera de los últimos años, el cuadro resultante es de sobra contundente.

En el mundo existen más de 35.000 empresas multinacionales, entendiendo por tales a aquellas que operan en varios países. Su participación en el comercio mundial es del 70% del total. Más del 40% de las transacciones internacionales de mercancías y servicios se realiza entre multinacionales o entre las casas matrices de estas y sus filiales. Controlan el 75% de las inversiones mundiales. Sin embargo, la importancia de las multinacionales rebasa con creces los aspectos cuantitativos derivados de su actividad y de la mayor o menor penetración de sus mercancías en los mercados internacionales. Tienen también, una gran influencia en las relaciones económicas y políticas internacionales. Han desempeñado un papel decisivo en el proceso de integración europea y en los que tienen lugar en otras partes del mundo. Dentro de algunos estados pequeños, y no tan pequeños, tienen un poder casi definitivo, al punto de dirigir la política económica e imponer a los gobiernos sus decisiones.

Por otra parte, concentran la investigación y la inmensa mayoría de los avances tecnológicos parte de ellas. Son las depositarias y dueñas de la tecnología. La mejora de los productos y de los procesos de producción casi siempre tienen su origen en una multinacional o, para que tengan éxito, han de acabar siendo absorbidos por una de ellas. En fin, las multinacionales logran constituir el centro de una red de empresas proveedoras, de comercialización de sus productos, de asistencia técnica posventa y de servicios relacionados con sus productos o su actividad, de modo que su influencia y poder económicos superan ampliamente las cifras directas de su volumen de negocios o los enormes recursos financieros que manejan o son capaces de mover.

Cabe afirmar, por tanto, que las multinacionales son la fórmula, el modo en que se canaliza el proceso actual de concentración del capital. Desempeñan un papel crucial y representan la forma organizativa por medio de la cual el gran capital ejerce su hegemonía en el momento presente. Un producto inevitable del nuevo estadio del capitalismo y de ese rasgo particular de la hegemonía de las multinacionales es la “globalización”.

Ahora bien, sería un error pensar que la “globalización” es sólo o fundamentalmente fruto del desarrollo económico y de las leyes de evolución del capital. La “globalización” esta impulsada porque responde a un proyecto político de los sectores dominantes de la burguesía y porque se ha convertido en un arma ideológica de gran eficacia en la lucha de clases. Por ello, la “globalización” es también un producto de la doctrina neoliberal.

En cuanto parte de un proyecto político, se trata de construir con la “globalización” una organización económica internacional en la que la libre circulación de mercancías y los flujos financieros no encuentre el más mínimo obstáculo para rentabilizar el capital. Se trata también de impedir que los gobiernos puedan realizar cualquier política social contradictoria con las exigencias del mercado y se pretende arrastrar a dificultades insuperables a los países o sociedades que desafíen sus leyes.

En cuanto arma ideológica, facilita la imposición de las políticas que el capital necesita para recuperar su rentabilidad y salir de la onda larga depresiva que esta viviendo el capitalismo desde el comienzo de los años setenta. Con la “globalización” se exalta la competitividad como valor o necesidad supremos, lo que justifica las políticas restrictivas, las agresiones al estado del bienestar, la “flexibilización” del mercado de trabajo, la desregulación económica, el retroceso del poder económico del Estado, etc.

Los defensores de este nuevo sistema ponen ahínco y énfasis en resaltar la importancia del fenómeno de la globalización, para abrumar, para aniquilar toda esperanza, para subrayar que no hay escape a la situación y que no caben alternativas distintas de las que impone un orden neoliberal, con el mercado como supremo regulador de las relaciones sociales dentro de cada país y a escala internacional. El neoliberalismo ha conseguido así, y de un modo coherente con sus dogmas, no sólo implantar el libre mercado en el interior de los países, suprimiendo la regulación y las intervenciones estatales, sino que las relaciones entre países, el mundo en su totalidad, tiende a funcionar básicamente con las leyes del libre mercado, sin interferencias de ningún tipo

La “globalización” queda definida y se caracteriza por tanto: por el predominio del comercio libre; por unos intercambios de bienes y servicios muy intensos entre los países; en particular entre los que componen una área económica (el mundo tripolar, con Estado Unidos, la Unión Europea y Japón como centros); por una gran dependencia y fuertes relaciones entre ellos –tecnológica, materias primas, nuevos productos, financiera, servicios -; y, en fin, por una libertad plena de los movimientos de capital que, apoyada en los avances de la informática y las comunicaciones, permiten hablar de una “globalización” financiera prácticamente total. El libre comercio es una carrera continua en la que no todos los países participan en igualdad de condiciones y como no podía ser de otro modo, los países industrializados han acabado por arrasar a muchas de las economías del Tercer Mundo, destruyendo o desarticulando sus estructuras productivas, supeditando los procesos productivos al control y dominio de las multinacionales, imponiendo pautas de consumo y haciéndose el capital extranjero con las empresas importantes y los sectores rentables.

En líneas generales, con la excepción destacada de los Estados Unidos, que por su privilegiada posición de emisor de la más importante moneda de reserva internacional ha podido permitirse un prolongado e intenso déficit de la balanza de pagos, los países industrializados (Japón, la Unión Europea en su conjunto) se han beneficiado de la exaltación del libre cambio. Han registrado excedentes e invadido los mercados de los países atrasados, que, por su parte, han acumulado, en la mayoría de los casos, importantes déficits comerciales y déficits corrientes, incurriendo en un creciente endeudamiento.

De este modo, uno de los rasgos fundamentales de la situación económica surgida con el predominio del neoliberalismo y la “globalización” son los agudos desequilibrios que se dan entre los países del Norte y del Sur, lo que ha introducido una gran inestabilidad en el sistema financiero internacional. Por su intensidad, son insostenibles en el tiempo, y expresan elocuentemente el modo desigual en que el modelo neoliberal repercute en los países dominantes y en los subordinados: en provecho de los primeros y perjuicio de los segundos.

Los Estados, atrapados por una deuda externa tan extorsionadora como impagable, han perdido toda autonomía y están supeditados a las directrices del FMI – el guardián del “desorden” económico mundial-, cuyos planes de ajuste estructural los mantiene estrangulados. Las dramáticas consecuencias políticas y sociales de la “globalización” capitalista son tan escandalosas como inocultables. Las desigualdades se han recrudecido en todos los órdenes, dentro de cada uno los países, y en particular entre el Norte y el Sur. La proporción entre la renta por habitante de los países más ricos y los más pobres era en 1960 de 30 a 1. Ahora ya es de 75 a 1, y la brecha tiende a aumentar.

De otra parte, el proceso de globalización está haciendo obvio lo que ya mucha gente sabía: que ni en el mundo en su conjunto ni en los países ricos puede hablarse propiamente de “democracia”. ¿Qué democracia puede haber, cuando muchas de las decisiones que nos afectan se toman en despachos de las multinacionales? ¿Qué democracia, cuando el “gobierno mundial” de la OMC, no ha sido votado por la gente? Por cierto, la no transparencia es la negación misma de la democracia. Eso, por un lado; por otro, tenemos que la desigualdad económica-social es hoy mayor que nunca. El 80 % de la población cuenta con menos del 20% de los ingresos, pero es que además, los pueblos que mantenían cierta calidad de vida sin apenas necesidad de dinero (campesinos autosuficientes, indígenas…) están perdiendo sus modos de vida, expulsados de sus tierras por grandes empresas, terratenientes, o por la “invisible” mano del mercado. 800 millones de personas pasan hambre, estos in contar las centenas de millones más que se encuentran sin empleo, otras tantas centenas desprovistos de seguridad social, y muchas centenas de millones más que han adquirido el status de “marginados”.

De todo lo anterior surgen algunas conclusiones políticas bastante terminantes, tan fáciles de exponer como difíciles de concretar y llevar a la práctica ante el dominio que ha logrado el capital y el dogal que ha impuesto con la “globalización”. Los objetivos esenciales de poner los recursos materiales y humanos al servicio de las necesidades de la humanidad y de aprovechar los avances tecnológicos para mejorar y extender el bienestar choca frontalmente con la “globalización” derivada del neoliberalismo. A este hay que combatirlo en todas sus expresiones y en todos los ámbitos. Ahora bien, liquidar la rabia no significa acabar con la bestia que la engendra, es decir, el capitalismo.

FUENTES

Globalización. Lic. Carlos Lobos S. (UNAM: México)

Para entrar en el siglo XXI. Francisco Jarauta (Universidad de Murcia)

Globalización = Capitalismo +Neoliberalismo Pedro Montes y Diosdado Toledano

Globalización y convergencia: retos para las industrias culturales latinoamericanas (Dr. Enrique E. Sánchez Ruiz.Universidad de Guadalajara)

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