Globalización y cultura

Por: Carlos Monsiváis
Fuente: Conferencia dictada en Venezuela, 19 de septiembre del 2004

Con la supresión de las diferencias nacionales o regionales canjeadas por la uniformidad de tercer orden, con el regreso a la incomunicación entre los países, en medio la marea de la comunicación internacional de manera creciente, lo que se comparte en Latinoamérica proviene de la globalización comercial, promotora del ingreso a la modernidad o la posmodernidad de las franquicias y de la agricultura.

Entre las ofertas de esta globalización hay modos de vestir, estilos de lenguaje y métodos para la conversación. Por eso creo que se puede más o menos afirmar que ya en toda América Latina se habla spanglish, que se continuará haciendo uso de este idiolecto, que se transformará, creo irremediablemente, en idioma. Por lo menos todos los secretarios de Estado de México ya hablan spanglish, naturalmente con la toda fluidez posible. Estilos del habla y métodos para la conversación, franquicias de cadenas estadounidenses que, al extenderse, producen la ilusión de ciudades que se construyen en su función de modelo común, transformación del conocimiento útil en manuales de autoayuda, promoción desenfrenada de la industria del espectáculo de Star War y Spiderman, reducción de la infancia al punto de Pokemon, seguridad de que un pensamiento original es aquel que sólo ocurre simultáneamente en apenas un millón de cerebros. También interviene un atractivo ilimitado de la irracionalidad que lleva a los grande crímenes, a verse convertidos en fotos en la página de sociales planetaria. Elevación de la celebración al rango de la santidad postmoderna, ahora lo milagroso es la sensación de acercamiento a lo excepcional, vislumbre del gran privilegio, así como lo mostró la muerte de la princesa Diana. Uso monopólico del tiempo infantil hasta grados increíbles.

La industria estadounidense del espectáculo decide que divierte y que aburre a los niños, en materia de películas, de series televisivas. Educación en la femineidad, la sensualización o desexualización de Barbie. Dibujos animados, dependencia eternizada de la informática, construcción sectorial de modos de vida a semejanza de las idealizaciones estadounidenses.

Al mismo tiempo, la globalización modifica los niveles culturales, diversifica la información, permite el seguimiento de fenómenos de la importancia de la bioética, o del combate al neoliberalismo, como ocurrió en Seattle y Washington.

Si se prodigan libros de John Grisham, también hay un público muy vasto para García Márquez, Saramago, Tabucchi, Vargas Llosa, y otros. La globalización tiene en materia de combate a la tolerancia una dimensión extraordinaria.

En gran medida el lugar común latinoamericano identifica la globalización cultural con los centros de poder de la comunicación y con el triunfo de la industria del espectáculo. En lugar de la anfitriona bolivariana, la suma de televisión por cable, el cine a lo Spielberg y la preeminencia de la televisión digital. El canon de la moda se renueva cada semestre y señala el rock que debe escucharse, las películas que norman las conversaciones de grupo y de pareja, los símbolos eróticos, el humor mecánico sin intervenciones del habla popular.

Hasta ahora el canon de moda no interviene en demasía en el acto sexual que sigue siendo más bien tradicional. Aquí participan el imaginario colectivo esquina con Bervely Hills y la religión de los efectos especiales, la cultura de masas, cuyas variantes nacionales son una concesión de lo hegemónico al localismo y al proceso criminal de la semana.

Si de políticas culturales se trata, la más efectiva es, con mucho, la de la comunicación, por conminar a la jubilación de esa premodernidad que es para las élites, el nacionalismo. Para las clases populares el nacionalismo es, en lo básico, un sistema de evocaciones y de oportunidades excepcionales de pertenecer a la nación.

Estoy describiendo un panorama semiapocalíptico y lo cierto es que hay excepciones, pero ellas se filtran en medio de una economía degradada y de terrorismo de la pobreza, uno de los más crueles que pueden existir.

Una vez más se prueba el peso de las palabras claves, o incluso de las palabras totémicas, con persistencia en el idioma de todos los días aplicado ritual o dogmáticamente: globalización. Sin necesidad de especificar que es lo que sigue al fin de la historia, y se lee con frecuencia que nos hemos globalizado.

Las costumbres nacionales son tristemente sectoriales. Son tan locales que sólo piensan en un idioma al mismo tiempo. No se puede seguir perteneciendo a la misma familia como si la globalización no existiera, lo que más o menos se traduce en la confesión del desamparo nacionalista. Hemos perdido la identidad antigua para ocupar un sitio menor en el mercado libre, así llamado, y un boleto de galería a la postmodernidad. Lo anterior, así sea una crasa falsificación de lo real, que procede de muy distinta manera, le pone sitio al desfile de las identidades regionales o nacionales. Lo local ha muerto. Viva lo global. Pero ver en la globalización el único sustento de la historia inevitable del siglo XXI, es una abolición del pasado igualmente fantasiosa.

Tal vez por eso se sienten tan globalizados los empresarios, los tecnócratas, los comunicadores, los políticos. Su razonamiento es implacable: la tecnología de punta es la vanguardia de la humanidad, la industrial cultural de Norteamérica no admite competencia, el sistema financiero internacional nos reserva la puerta estrecha en el mejor de los casos, el humanismo a lo mejor fue valioso pero es prescindible, el poseedor de las llaves de la informática controla nuestro universo, si Dios hubiese querido que fuéramos singulares, nos habría concedido inventar el Banco Mundial y el Internet.

Si por buenas o malas razones la globalización es inevitable, ¿qué equilibrios se consideran en materia de políticas culturales hasta hoy decididas en un 90% por los gobiernos? La política cultural de la iglesia católica se demora en la censura y las prohibiciones. Así como son todavía escasos los proyectos surgidos en la iniciativa privada, en la sociedad civil y en los partidos políticos. En qué se ha avanzado, por ejemplo, en lo tocante a un mercado latinoamericano del libro o del cine, o en el desarrollo efectivo de las universidades públicas, o en la difusión que ponga sistemáticamente al alcance de las mayorías a los clásicos de la literatura, el cine, el teatro, la música, la pintura. En materia cultural, no sólo los mínimos presupuestos dan fe del desinterés de los gobiernos y la falta de exigencia social, también en el esfuerzo por hacer presentable a la tradición modernizándola.

La mayoría de las veces sólo se patrocina lo conmemorativo, el centenario del ilustre pintor o escultor, los homenajes en vida a las glorias nacionales, el reconocimiento de las culturas indígenas: si prometen ser especies en extinción, el auspicio a la cultura popular que hasta ahora se resuelve en la injusta repartición del ingreso que solo deja la nostalgia al alcance de las clases populares. Todo esto significa, en inmensa medida, el fin de la movilidad social, y la emisión de un axioma: lo global se privatiza. Para integrarse en el nuevo liderazgo, hay que ser un heredero, el hijo de…. Por eso en México a la carrera de Administración de Empresas se le llama Administración de Herencias. Para ser muy rico lo mas adecuado es nacer en una familia muy rica.

La tecnología es la verdadera religión de fines del Siglo XX y principios del siglo XXI. Cuando escucho hablar del retorno a la fe, más que imaginarme las iglesias colmadas, pienso en los jóvenes frente a las computadoras. Este es en América Latina el gran salto cultural: la sacralización de la tecnología que sustituye a las antiguas confianzas, informa poderosamente, moviliza las mentalidades, introduce, a pesar de todo, nociones muy extensas de tolerancia y se traduce, desde luego, en un sistema al mismo de inclusión y de exclusión. El que no navega por la red es más anacrónico que su antecesor de hace 20 años que no viajaba a Disneyland. El arte de la conversación, que no de la ortografía, se recupera gracias al correo electrónico. El chat es el antídoto con frecuencia morboso de la utopía erótica, o de la anomia.

¿En qué se traduce todo esto en sociedades atrasadas en lo tecnológico? En la sensación un tanto extraña, salvo en el caso de una minoría, de globalizarse desde afuera, participar en la mundialización como elementos externos. El escritor mexicano Alfonso Reyes escribió: “Hemos llegado tarde al banquete de la civilización occidental”. Hoy podríamos decir: “llegamos justo a tiempo para ocupar el ring side”.

Estas notas de acentuación un tanto apocalípticas de botica, no pretenden describir ni mucho menos el mundo muy complejo de la globalización, pero si afirman que en este momento nosotros estamos viviendo en América Latina pesarosamente el hecho de que la globalización ofrece muchísimas ventajas, que por la situación económica, política y cultural de nuestros países es imposible aprovechar debidamente.
 

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