Globalización, poder y miedo

Por: Renato Ortiz
Fuente: http://www.revistanumero.com

Especial para Número Colombia, Bogotá
Traducción de Luz Victoria Arango

Cual es la dimensión de la crisis que conocemos? ¿Cual es su amplitud? ¿Sería ésta una crisis cualquiera? ¿Anuncia un futuro negro o promisorio? Las dudas y preguntas podrían ser múltiples. Podríamos incluso analizar exhaustivamente las medi das idealizadas por los economistas (que son como los hechiceros, nos dan la ilusión de que algún día nuestros pedidos serán atendidos): aumento de la tasa de interés, devaluación de la moneda, incremento en las exportaciones, ajuste fiscal, etc. Creo sin embargo que estas propuestas dan poco aliento, pues difícilmente contemplan y explican las causas del fenómeno que nos envuelve. Tal vez sea conveniente suspenderlas en forma momentánea del debate (lo que no significa que no sean importantes) y que miremos las cosas de otra manera; un ejercicio aparentemente inútil, pero a lo mejor necesario.

Se discute mucho sobre el destino del Estado-nación en el contexto de un mundo globalizado. Algunos afirman que se ha vuelto obsoleto; otros, que permanecerá intacto a los cambios recientes; bastarán algunos ajustes para reubicarlo en la «buena dirección». En mi opinión, esta polarización entre dos posiciones excluyentes tiene un toque reduccionista. En sentido estricto, lo que denominamos globalización redefine el papel del Estado-nación, sin que necesariamente implique su desaparición. El problema está, por tanto, en determinar lo que se entiende en este caso por «redefinición». Cabe recordar que la globalización, en función de los dominios en los cuales se expresa, tiene un ritmo diferenciado. Por ejemplo, la economía y la cultura son fuertemente influidas por las transformaciones actuales; hay, en efecto, una economía en escala global y un efectivo movimiento de mundialización de la cultura. Sin embargo, esto mismo ocurre en relación con la esfera de la política. El Estado-nación conserva dos tipos de actividades esenciales para la organización de la sociedad: el monopolio de la fuerza (ejército y policía) y la administración de la política. El monopolio de la fuerza le da condiciones para garantizar el orden interno y, eventualmente, hacer la guerra. Monopolio que, como sabemos los brasileños y los latinoamericanos, muchas veces traspasa las fronteras del orden democrático: regímenes militares en el Brasil, Chile, Argentina, Uruguay.

En cuanto al gobierno, el Estado tiene aún la capacidad de legislar y de conducir a los hombres y mujeres que viven en su territorio. Su arcabuz jurídico es una pieza importante en la garantía de los derechos individuales y de la libertad de los ciudadanos. La política es también una prerrogativa de los partidos, sindicatos y movimientos sociales. Cada una de estas instituciones lucha por sus convicciones y por sus ideales, pero a pesar de las disputas y de las hostilidades que las separan, hay un postulado compartido por todos: el Estado es el lugar privilegiado para la formalización de la acción política. Sólo él posee un conjunto de tecnologías y de medios necesarios para una actuación de gran envergadura: política industrial, monetaria, agrícola, educativa, etc. Los partidos disputan entre sí el acceso a estos medios, ya que tenerlos a su disposición les confiere materia a sus propuestas específicas. El Estado es, por consiguiente, un espacio de poder, y a partir de su núcleo se irradian propuestas en esta o aquella dirección. La vía hacia el poder puede variar: autoritaria (golpe), democracia parlamentaria (elecciones), pero independientemente de la forma considerada (existen diferencias sustantivas entre ellas), el punto de la cuestión que estamos discutiendo permanece igual. Se supone que, una vez en el poder, los mandatarios lograrán actuar según sus cálculos y sus intereses. En principio todo gobierno tiene la potencialidad para elaborar metas; manipulando los medios de que dispone, podrá o no alcanzar sus objetivos.

La globalización trae un enfoque nuevo en todo esto, que sugiere una pregunta amarga: ¿el poder, o para ser más preciso, partes sustantivas del poder, pasan necesariamente por el Estado-nación? Si decimos que sí la crisis actual, en principio, se solucionaría dentro de los límites de las políticas nacionales. Medidas objetivas, evidentemente diversificadas, podrían considerarse para enfrentarla con un relativo éxito. Mientras tanto, si la respuesta fuera negativa, las consecuencias serían otras. Ahí debemos admitir —lo que sospecho verdadero— que parcelas sustantivas de poder se articulan fuera del ámbito del Estado-nación (corporaciones transnacionales, bancos, FMI, G-7, etc.), lo que significa que el Estado no tiene capacidad para controlar y administrar un conjunto de variables que afectan duramente a su población. Sus objetivos se le escapan de las manos. Dicho de manera sintética: hay un divorcio entre poder y política. Entre el arte de gobernar y tener poder se abre un abismo. La crisis actual desnuda la imposibilidad de arbitrar cuestiones que escapan a su alcance, a su «jurisdicción». Y ya no se trata más de aspectos secundarios de la vida de una nación, puesto que su propia organización, su «soberanía» se encuentra comprometida. Radicalizando el argumento, diría que el Estado es el lugar de política más vacío de poder. De ahí el miedo. Las incertidumbres provienen de la incapacidad de prescribir una acción efectiva, al igual que el pánico no es tanto fruto del tamaño de la crisis sino de la imposibilidad para afrontarla de manera eficaz. Los medios a disposición son escasos e insuficientes, y resulta sintomática la manera como los gobernantes y los mass media han descrito la crisis actual. «Ola», «Marea», «Vamos a esperar a que el mercado se calme», son términos que sugieren una naturalización de los problemas, como si ellos pertenecieran al reino de la naturaleza y nada pudiera hacerse para contenerlos. «Ola» y «marea» son fenómenos naturales, y sabemos de antemano «remar contra la corriente». Los hechos escaparían así al entendimiento y al alcance de los hombres. La «calma» es bienvenida, celebrada animadamente: «las bolsas subirán». No obstante la desconfianza persiste, no hay garantía con respecto al futuro, incierto por demás. Nadie controla el «océano», la «ola» puede retornar. Frente a este cuadro el Estado tomará ciertamente las medidas convenientes, pero éstas apenas serán reactivas. El poder que le resta le permite ajustarse apenas a un cuadro que le trasciende, por lo cual se multiplican en el horizonte las señales provenientes del exterior (o sea, fuera del núcleo de los gobiernos nacionales): «el discurso de Clinton en el que promete ayuda a América Latina», «la pauta de la próxima reunión del G-7», «empréstitos fabulosos» o el confortable argumento «la quiebra de la economía brasileña arrastraría consigo a toda América Latina». La intuición nos dice que «afuera» se encuentra el verdadero juego de poder.

Sin embargo, ¿dónde residiría este poder? Si el proceso de globalización, como dicen los estudiosos, implica descentrarse de las relaciones sociales, se hace difícil precisar la existencia de un único espacio de poder (por ejemplo, el FMI). En verdad nos encontramos ante líneas de fuerza que se caracterizan más por su difusión que por su concentración. Esto aumenta la sensación de incertidumbre, pues no logramos nombrar ni la fuente de los problemas, ni las instituciones capaces de rodearlos. Si estuviéramos frente a un movimiento imperialista, a pesar de las adversidades y de las contradicciones que esto acarrearía, podríamos decir: esto proviene de los «Estados Unidos» o de la «Unión Soviética». Cada uno de estos lugares sería el núcleo y la causa de nuestros dilemas, pero ya no existe «un» centro, haciéndose imposible circunscribirlo e, incluso, nombrarlo. En tiempos de globalización el miedo es una de las expresiones de la descentración del mundo.

Renato Ortiz ha sido docente en las universidades de Lovaina, París, Nueva York, Notre Dame, México, Barcelona, Oxford, y actualmente es profesor del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad Estadual de Campiñas, Unicamp, São Paulo, Brasil. Autor, entre otros títulos, de Románticos y folcloristas, Mundialización y cultura y Otro territorio: ensayos sobre el mundo contemporáneo.

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