¿Democracia delegativa? Apuntes críticos

Por: Sofía Respuela
Fuente: http://www.politica.com.ar

Este trabajo se articula sobre el concepto de democracia delegativa expuesto por Guillermo O’Donnell en “Delegatives Democracies”, presentado en el encuentro “La Transformación del sistema Este y Sur”, Budapest, publicado en español en los Cuadernos del CLAEH Nº61, Montevideo, 2ª serie, Año 17, 1992/1, bajo el título “¿Democracia Delegativa?”. Agradezco a Julio Pinto, Mara Kolesas y Andrés Malamud por sus valiosos comentarios pero, obviamente, todo lo que en este trabajo se afirma corre por mi exclusiva cuenta.

** Instituto de Investigaciones Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales, UBA.

Entre las frustraciones de la literatura sobre la transición a la democracia que desde principios de los 80 comenzó a analizar los casos de los países latinoamericanos en general y argentino en particular, deben contarse los fracasos de los intentos por predecir las características de las democracias a establecerse y, teóricamente, a consolidarse en la región. Tales intentos predictivos estaban encerrados en el proceso transicional en sí mismo, en los problemas y las características de las transiciones, pasando por alto los rasgos estructurales e históricos de los países en cuestión.

Si tomamos a distintos autores “clásicos” en la temática, como podrían ser Philippe Schmitter, Guillermo O’Donnell, Manuel Garretón o Leonardo Morlino,1 todos ellos, en mayor o menor medida, consideraban que los resultados de la transición dependían, por ejemplo, de si ésta era “desde arriba” o “desde abajo”, por ruptura o negociación, con pacto o sin pacto, de la resolución de la problemática militar, etcétera. En este tipo de análisis se descuidaron aspectos que, en los 90, frente a la performance de los actuales gobiernos democráticos, aparecen como “obvios”. En tal sentido, por ejemplo, cómo podía pensarse en pactos entre partidos si en la mayoría de los países de la región los sistemas de partidos prácticamente no existían y los partidos políticos estaban muy lejos de constituir estructuras institucionales capaces de actuar como mediadoras en la reconstrucción del nuevo espacio político.2 La visión de los 90 es planteada claramente por Juan Carlos Torre al afirmar que “…Proponer estrategias de cooperación entre actores políticos y sociales bajo la forma de pactos y acuerdos […] ha probado ser más fácil de enunciar normativamente que de concretar en los hechos. Los partidos políticos, en tanto actores, tenían la urgente necesidad de diferenciar sus identidades y apropiarse de montos crecientes de poder para reforzar o expandir su participación social y política”,3 necesidad que hacía difícil un pacto, en un contexto donde lo nuevo era, precisamente, la competencia.

Así, las teorías de la transición pensaron y enunciaron los procesos aislados del contexto de crisis económica, de crisis del Estado, de las experiencias democráticas anteriores, de las características de los actores sociales relevantes, de la cultura política. A pesar de sus afirmaciones en su clásico Transiciones desde un gobierno autoritario, el propio Guillermo O”Donnell reconoce este hecho cuando en sus trabajos de los 90 sostiene que “al contrario de lo que se esperaba encontrar, …los factores más decisivos para generar varios tipos de democracias no son tanto aquellos relacionados con las características de los procesos de transición a partir del régimen autoritario. Parecen tener más peso, por un lado, los factores históricos de largo plazo y, por el otro, el grado de profundidad de la crisis socioeconómica que los gobiernos democráticos recientemente instalados heredan”.4

La década de los 90 impuso, entonces, un cambio de perspectiva en el análisis de las nuevas democracias. De la descripción del proceso transicional se pasó a los intentos para caracterizar y denominar a estas democracias latinoamericanas (y en algunos casos a las que están surgiendo en los ex países comunistas) que se presentaban con rasgos diferentes a las democracias consolidadas, a la vez que se intentó construir “tipologías” que pudieran abarcar a todos los casos de democracias reales. Se inicia, entonces, la búsqueda de un “adjetivo” que “califique” a las nuevas democracias. Los ejemplos más relevantes de estos intentos lo constituyen Guillermo O’Donnell con sus “democracias delegativas”, James Malloy con sus “democracias híbridas” y Heinz Sonntag con las “democracias condicionadas”.

Pero, así como el excesivo entusiasmo en la bibliografía concentrada en los procesos de transición ocultó sus límites, la adopción de estos conceptos sin un pensar crítico sobre ellos puede llevarnos a utilizar nombres erróneos para distintas realidades políticas. Lo que se propone entonces es, precisamente, un análisis del concepto de “democracia delegativa” de Guillermo O’Donnell.

Algo para recordar: una vuelta a la teoría de la democracia La democracia de masas y la inevitabilidad de los liderazgos Si algo ha caracterizado a la teoría democrática moderna ha sido la multiplicidad de modelos que se han elaborado, tanto desde la teoría como desde la empiria, para caracterizar y describir a las democracias modernas. Modelos de democracia competitiva, pluralista, participativa, económica, consociativa son algunos ejemplos. El origen de estos debates pueden ubicarse en las construcciones teóricas de Weber y Schumpeter y es retrocediendo hasta estos autores donde me parece encontrar una primera crítica a la teorización de O’Donnell: la falta de originalidad del concepto. Weber es uno de los primeros autores que capta las transformaciones que impone la democracia de masas y la masificación de la política, que comprende el hecho de que la transformación de la política de clases en política de competencia entre partidos no sólo supone un cambio de forma, sino también un cambio decisivo del contenido. Las sociedades modernas son fundamentalmente sociedades de masas que, en la visión weberiana, ahogan cada vez más la posibilidad de una vida individual, la participación en la vida democrática y la posibilidad de gozar y ejercer las libertades individuales. La expansión de la burocracia como cuerpo administrativo de la dominación legal-racional constituye el cerco dentro del cual queda aprisionado el individuo.

Weber es presa del doble juego perverso entre la necesidad e inevitabilidad de los procedimientos para garantizar la vida democrática y el simultáneo efecto restrictivo de esos procedimientos sobre las libertades individuales. Es en su desesperanza frente al avance de los mecanismos burocráticos que impone la democratización, que Weber rescata, con escepticismo, como única posibilidad, a la política, las instituciones representativas (el Parlamento) y, fundamentalmente, al líder carismático.

Si bien Weber expone una serie de razones convincentes para centrar la atención en el Parlamento, el reconocimiento de la lógica competitiva que impone el sufragio universal, significó el traslado de su atención a los partidos políticos y, fundamentalmente, a los liderazgos. El sufragio universal implica el surgimiento de asociaciones políticas que tienen como tarea central organizar el electorado. Con el rol creciente que desempeñan los partidos en la vida política al competir por los votos, el liderazgo se sitúa en el centro de la atención política y es el medio más eficaz tanto para controlar a la organización como para atraer a los votantes. En términos de Held, Weber “describe a la democracia como un terreno de prueba para los líderes potenciales. La democracia es como un ‘mercado’, un mecanismo institucional para eliminar a los más débiles y para establecer a los más competentes en la lucha competitiva por los votos y el poder”.5

El liderazgo y, en menor medida el Parlamento como formador de líderes, aparecen entonces en Weber como las consecuencias de la masificación de la vida democrática a la vez que como las garantías para evitar la definitiva dominación burocrático-administrativa en el Estado moderno. El resultado de esto es el advenimiento de la democracia plebiscitaria.

Los conceptos centrales de la visión democrática weberiana son retomados en la década del 40 por Joseph Schumpeter, quien considera insuficiente e inútil a la “teoría clásica”6 para las sociedades modernas, pues ésta está basada en conceptos y abstracciones inexistentes, como ser la voluntad general y el interés común, y está muy lejos de poder dar cuenta de las democracias “reales”. Desarticulando la idea de “bien común” pues ésta depende de valores últimos y no de una lógica racional –tal como lo entendían los teóricos clásicos–, y dado que los individuos responden a una lógica de valores y principios últimos situados más allá de la esfera de la racionalidad y como consecuencia de ello impiden la formación de una voluntad general, pues ésta tiene como base a aquélla, Schumpeter descarta a la teoría clásica y se aboca a describir cómo funcionan realmente las democracias modernas.

La “otra teoría de la democracia” o teoría del liderazgo político es definida como “un método para llegar a decisiones políticas, en el que los individuos adquieren el poder de decidir por medio de una lucha de competencia por el voto del pueblo”.7 Se reduce, por lo tanto, la democracia a un método electivo mediante el cual el pueblo crea un gobierno eligiendo a un líder entre líderes que se proponen y compiten libremente por el libre voto, libre voto de votantes irracionales manipulados e influidos por la propaganda de los propios líderes y que ocupan un lugar de privilegio dentro de su construcción democrática. Son los liderazgos los que deben llamar a la vida a las masas, despertarlas y excitar sus opiniones y voliciones, el “liderazgo despierta, organiza y estimula a los grupos y sus intereses”. La democracia entonces, queda restringida a la competencia por el liderazgo, donde los líderes se constituyen en el nuevo eje del proceso político; los líderes proponen y los no líderes, los representados, salvo cuando tienen la posibilidad de votar, no cuentan con otra instancia de participación. La democracia y el gobierno son subproductos, son consecuencias de la competencia.

Así definidas, estas características de los modelos de democracia plebiscitaria y schumpeteriana representan un excelente resumen de las democracias delegativas de O’Donnell: liderazgos que compiten por el libre voto, votantes que en el período entre elecciones no participan de la “cosa pública”, liderazgos que son elegidos para decidir (incluso decidir sobre qué temas se tomarán decisiones), liderazgos libres de controles tanto verticales como horizontales. Recordemos, a modo de ejemplo, las siguientes afirmaciones de O’Donnell: “el que gana una elección presidencial está autorizado a gobernar el país como le parezca conveniente; […] después de la elección se espera que los electores/delegantes retornen a la condición de espectadores pasivos. […] La democracia delegativa es fuertemente mayoritaria […] es fuertemente individualista […] Democracia delegativa significa para el presidente la ventaja de no tener prácticamente responsabilidad horizontal8…”.9

Las democracias delegativas de O’Donnell no presentan mucha diferencia con los modelos weberianos y schumpeterianos descriptos y que curiosamente O’Donnell no cita. En todo caso, las diferencias las constituyen las referencias empíricas y anecdóticas respecto de los casos latinoamericanos en el texto de O’Donnell. Pero no hay ningún abordaje novedoso en el tratamiento de los liderazgos. Dadas las similitudes con los dos autores citados (Weber y Schumpeter) no creo que lo que O’Donnell trata de describir sea un “nuevo animal”, un subtipo de las democracias existentes, que hasta ahora no fue teorizado.10

Y el votante?

A esta falta de originalidad del concepto de O’Donnell se suma el silencio respecto de un componente central de toda teoría de la democracia, silencio que constituye, a mi entender, una debilidad fundamental de las “democracias delegativas”. Me refiero a la falta de una consideración coherente del “sujeto” protagonista de este modelo de democracia.

Toda teoría social en general y democrática en particular, supone un concepto de sujeto, concepto que explica las conductas de los actores en la arena política. En todos los “modelos” hay siempre una teoría del sujeto sobre la cual es posible articular toda la construcción teórica democrática posterior. Así, en Schumpeter su sujeto-votante protagonista de su “otra teoría de la democracia” es irracional, apático, manipulado y desinformado, en contraste con la racionalidad del liderazgo; pues, a medida que nos alejamos de esta esfera de responsabilidad directa, también nos alejamos de la posibilidad de la racionalidad de la acción (“ley de la racionalidad decreciente”).11 Del mismo modo, es imposible entender a la teoría económica de la democracia si no se considera a su protagonista como un maximizador de beneficios que actúa en términos de análisis de costos-beneficios. En la teoría participativa, en las poliarquías dahlianas o en cualquier otro modelo, hay un “sujeto” que permite la articulación del “modelo de democracia” propuesto. Es precisamente un concepto coherente de sujeto de lo que carecen las democracias de O’Donnell. ¿Por qué los ciudadanos, “los delegadores”, votan como lo hacen, por qué delegan? En Schumpeter, se concuerde con ella o no, existe una explicación-justificación de la conducta de los electores: su desinterés por la cosa pública, la irracionalidad frente a la falta de información y por la lejanía de la responsabilidad, las conductas consumidoras. ¿Cómo se explica que los presidentes, “salvadores de la patria”, puedan hacer lo que quieran sin sanción de los votantes? Las afirmaciones que mediante el simple proceso electoral, mediante el voto, se firma un cheque en blanco; o que “las democracias delegativas crecen sobre una premisa básica: el que gana una elección presidencial está facultado a gobernar el país como le parezca conveniente…”12 o que “El Presidente es la encarnación de la nación, el principal fiador del interés nacional, lo cual cabe a él definir. Lo que él haga en el gobierno no precisa guardar ninguna semejanza con lo que dijo o prometió durante la campaña electoral; fue autorizado a gobernar como considere conveniente”,13 no pueden explicarse solamente en términos institucionales. No es en todo caso las características del liderazgo o la democracia lo que debe ser analizado exhaustivamente sino, fundamentalmente, qué mecanismos operan en la sociedad civil para que no exista ningún tipo de control delegadores-líderes, como para que se dé la conjugación de alta participación electoral por un lado y desentendimiento del gobierno por el otro, para que exista una sociedad civil que “autoriza” a un presidente a hacer lo que quiera y sin sanción para ello. La explicación de la debilidad institucional es una explicación en otro plano a la problemática que plantea O’Donnell.

Esta ausencia de una teoría del sujeto se torna aun más grave cuando, distintos momentos de la descripción de O’Donnell, dejan entrever la existencia de un sujeto “esquizofrénico”. Por ejemplo ¿cómo es posible afirmar en un mismo párrafo que “la democracia delegativa es fuertemente individualista, pero con un corte más hobbesiano que lockiano: se presupone que los electores eligen, independientemente de sus identidades y afiliaciones, la persona que es más adecuada para cuidar los destinos del país. Las elecciones en las democracias delegativas son un proceso muy emocional y que involucra grandes apuestas: varios candidatos compiten para saber quién será el ganador, en un juego absolutamente de suma cero, de la delegación para gobernar al país sin cualesquiera otras restricciones, a no ser aquellas impuestas por las relaciones de poder desnudas –esto es, no institucionalizadas–. Después de la elección, se espera que los electores/delegantes retornen a la condición de espectadores pasivos, pero animados, de lo que el presidente hace”.14

Afirmar que los protagonistas de las democracias delegativas eligen al “líder más adecuado para ocuparse de los destinos del país” supone que los electores son capaces de un cálculo racional para determinar quién es el más adecuado e implica, también, conocimiento de cuáles son los problemas que hacen al destino del país a los cuales debe solucionar el liderazgo. Esta afirmación se contradice con las ideas que reiteradamente expresa O’Donnell como características de las democracias delegativas ya citadas más arriba respecto de que el presidente es la encarnación de la nación y el principal custodio del interés nacional, al que, al ser elegido como líder, debe definir. El que gana las elecciones presidenciales, según la descripción de O’Donnell, adquiere el poder y la autorización para gobernar el país como lo crea conveniente sin necesidad de tener que responder a sus promesas de campaña. Pero, lo que es más grave, es que el párrafo en sí mismo es contradictorio e insostenible pues, ¿cómo es posible que en procesos electorales “altamente emocionales” pueda elegirse “al margen de identidades y filiaciones” a “la persona que es más adecuada”? Es decir ¿es racional a veces y a veces no? ¿Es racional cuando elige al mejor pero no le interesa que le prometan algo y realicen lo contrario? ¿Cómo opera esta racionalidad discontinua? ¿Cómo son posibles procesos electorales altamente emotivos que dan por resultado la elección del liderazgo adecuado? ¿Cómo es posible mantenerse pasivo y animado de lo que el presidente hace si no cumple con las promesas que realizó en su campaña durante la cual los sujetos evaluaron cuál era el liderazgo “más adecuado”?

En este sentido, las contradicciones respecto de los enunciados de la democracia delegativa son más que obvios y dejan en evidencia la precariedad de la conceptualización propuesta por O’Donnell para entender a las democracias latinoamericanas. Y en especial si nos centramos en el protagonista de la democracia delegativa.

Finalmente, dentro de la tradición de la democracia liberal, uno de los temas relevantes es el de la legitimidad de la autoridad, ya sea entendida en términos weberianos en tanto creencias compartidas, en términos de consenso o en los términos luhmanianos de eficiencia. Las teorías de las democracias representativas suponen algún abordaje del tema de la legitimidad de la autoridad. En O’Donnell este tema denota un escaso tratamiento a pesar de la centralidad que tiene para explicar por qué los ciudadanos continúan votando a los liderazgos a pesar de haber sido “traicionados” por ellos o para algún tipo de explicación del por qué se firman “cheques en blanco”. ¿Cómo es posible que se mantenga vigente la legitimidad al régimen democrático? ¿Por qué se siguen respetando, contrariamente a la tradición de los países latinoamericanos, los procedimientos mínimos de una “poliarquía”? Esta legitimidad nueva que parece haber adquirido la democracia “procedimental”, es un dato alentador para los países latinoamericanos y otro de los temas de insuficiente tratamiento en las “democracias delegativas”.

Algunas cuestiones conceptuales

Otro orden de problemas que, a mi juicio, presenta el texto de O’Donnell desde una perspectiva estrictamente conceptual, es la falta de diferenciación de los niveles de análisis y de especificaciones conceptuales fundamentales para su intento clasificatorio de las democracias. Simultáneamente aparecen en una misma jerarquía analítica, problemas institucionales, de representación, de responsabilidad, de déficit de liberalismo, de ciudadanía, de características de los liderazgos, de Estado de derecho, de delegación, temas entre los cuales salta constantemente sin un tratamiento riguroso. Esto se combina con un ir y venir de la teoría a la empiria sin cubrir suficientemente las distancias entre ambas.

Una primera cuestión que aparece muy confusa es la relación entre representación e institucionalización. Parecieran ser sinónimos para el autor. Es verdad que una democracia moderna es representativa y que las democracias consolidadas poseen instituciones fuertes, pero no solamente ni tan simplemente. En el texto, la representación queda reducida a las instituciones, quienes son las que crean los modelos de representación. Ambos temas son diferentes y necesitan de un tratamiento más exhaustivo. Creo que el término representación merece un mejor desarrollo conceptual, sobre todo si se quiere elaborar a partir de él, una tipología y teniendo en cuenta las dificultades que en sí mismo plantea –explicitadas suficientemente por la literatura que aborda el tema desde, la tan de moda, crisis de representación–. Son muchos los dilemas en torno a la representación que deben ser planteados si se pretende definir a unas como democracias representativas y a otras como delegativas. Por ejemplo, el tema de la responsabilidad de los representantes frente a los representados es una relación compleja como para tomarla como un “dato” indiscutido para comparar con ella los “déficit” de las democracias latinoamericanas y la irresponsabilidad de los liderazgos. En primer lugar, representación y responsabilidad merecen una definición más precisa. Accountability puede incluir tanto la responsabilidad de los liderazgos respecto de los representados como las responsabilidades horizontales e institucionales. En el primer sentido basta con citar dos ejemplos para cuestionar la relación representación/responsabilidad frente al electorado en las democracias consolidadas: Philippe Schmitter y Klaus Offe. Cuando el primero se refiere a las características de las organizaciones modernas sostiene que se distinguen por dos datos básicos: “representación y control”.15 Con el primer término se refiere básicamente al requisito de que los líderes de las organizaciones e instituciones (partidos, sindicatos) sean elegidos mediante procesos democráticos, esto es, básicamente mediante el voto universal de sus miembros y mecanismos “representativos” de asignación de cargos. Y con “control” desea expresar la capacidad de los líderes de las instituciones de tomar decisiones, al margen de sus bases, y garantizar que las mismas serán respetadas por los representados. En este sentido, el contenido de representación como responsabilidad en las modernas democracias institucionalizadas aparece más diluido y no con tanta fuerza como lo plantea O’Donnell. Por su parte, Klaus Offe,16 cuando analiza a los partidos políticos de masas en las sociedades modernas como uno de los factores que permitió la “estabilización” de la vida política afirma que “cuando se expresa la voluntad popular a través de los instrumentos del partido competitivo que trata de acceder al gobierno, lo que se expresa deja de ser la voluntad popular, transformándose en un artefacto que cobra la forma y desarrolla una dinámica de acuerdo con los imperativos de la competencia política”.17 Los partidos ante la lógica de la competencia deben “maximizar” votos y la lógica de la competencia los lleva a una diversificación de productos, fragmentación del discurso, amplitud de sus propuestas. Estos efectos a su vez disminuyen cualquier tipo de responsabilidad que puedan tener los representantes para con el electorado.

Por otro lado, si tomamos accountability en el sentido de responsabilidad horizontal, es cierto que hay diferencias. La impunidad de la autoridad en las democracias latinoamericanas es mucho mayor que en las democracias consolidadas de O’Donnell en el sentido, por ejemplo, de que la independencia y control entre los poderes existe y es, en muchos casos, efectiva. Pero nuevamente esta afirmación necesita de un mayor desarrollo y es, hasta cierto punto, una afirmación tautológica, si hay debilidad institucional o ausencia de instituciones la falta de controles horizontales es una consecuencia inmediata. Dada, entonces, la centralidad que el concepto de “responsabilidad” tiene para O’Donnell creo que está escasa e insuficientemente tratado como para desempeñar el rol que el autor pretende. Considero que los problemas que involucra el tema de la responsabilidad hace sumamente débil su utilización como diferenciador de dos modelos de democracia.

Los análisis de Alain Touraine18 respecto de la ausencia, en los países latinoamericanos, de actores sociales representables o el concepto de Norbert Lechner de “democracia sin secularización” –que implica una sociedad civil “subdesarrollada” sin identidades o con identidades incompletas en términos de ciudadanía, lo que no permite a los actores pensarse como tales en términos liberales–, cuestionan desde otra perspectiva más rica, el tema de la representación.

El tema institucional también merece un análisis más exhaustivo y específico. Precisamente de estas características depende la productividad de los estudios institucionales para los países latinoamericanos y no desde la “debilidad institucional”, como genéricamente está planteada. En primer lugar, los ejemplos de O’Donnell de democracias no delegativas en América latina son Uruguay y Chile. Pero después de todas las consideraciones que realiza respecto de las instituciones, la prácticamente única institución mencionada es el Parlamento –institución que podría abarcar a los partidos políticos pero que no son abordados directamente por O’Donnell– en diseños institucionales presidencialistas. Es la acción del Parlamento lo que está diferenciando a las democracias chilena y uruguaya del resto (especialmente de Argentina, Brasil y Perú). En Uruguay “Sucede que en ese caso de redemocratización, aunque lejos de ser la institución perfecta que no es en ningún lugar, el Parlamento efectivamente volvió a funcionar en el momento de la instalación democrática […] El Presidente del Uruguay debe pasar por el Parlamento”.19 Puesta la cuestión en estos términos el problema no es de instituciones a nivel general en que es planteado sino de diseño institucional (el famoso debate entre formas parlamentarias o presidencialistas de gobierno y las posibilidades de un Parlamento que trabaje activa y efectivamente en un contexto de gobiernos presidencialistas), de cultura política, de tradición democrática, de características de los actores sociales y políticos.

En menor medida hace también referencia al Poder Judicial, pero nuevamente tampoco es un planteo original como para determinar el nombre de democracias delegativas, en todo caso son sistemas no republicanos, violatorios de la independencia de poderes como requisito fundamental y básico para una democracia moderna. Y la explicación a esta característica tampoco puede reducirse a la “debilidad institucional” planteada en términos tan generales. Por otro lado, la cuestión de la debilidad institucional viene siendo planteada desde la década de los 60. Samuel P. Huntington fue uno de los autores que especial atención prestó a este tema. Su famosa ecuación de grado de institucionalización/grado de participación era la base para explicar el pretorianismo de las sociedades latinoamericanas. Por lo tanto, ni el “concepto” ni el “descubrimiento” de O’Donnell son originales.

Desde la perspectiva de la teoría de las instituciones, Michel Crozier sostiene que las instituciones son constructos sociales, exactamente “soluciones específicas que han creado, inventado o instituido actores relativamente autónomos con sus recursos y capacidades individuales para resolver los problemas que plantea la acción colectiva, y sobre todo, lo más fundamental de éstos, el de su cooperación en miras a cumplir objetivos comunes, aunque de orientación divergente”.20 Este tipo de definiciones provoca que nos cuestionemos por la “ausencia de esos actores relativamente autónomos” para explicar la debilidad institucional. Por otra parte, si consideramos, siguiendo nuevamente a Crozier, que la organización (y por ende institución) es el complemento de la acción colectiva, si hay debilidad institucional, ¿qué características o peculiaridades tiene, entonces, la acción colectiva en las democracias delegativas?

Creo que las preguntas más interesantes y más ricas para la democracia argentina son precisamente las que O’Donnell, en su afán de encontrar un nombre para esta realidad política que “sorpresivamente” aparece en América latina, pasa por alto o deja sin responder. Es necesario reconocer, sin embargo, que en “Acerca del estado, la democratización y algunos problemas conceptuales”21 O’Donnell cambia el enfoque de su análisis concentrándose en la democraticidad del Estado, que lo remite al tema de las precondiciones para la construcción de una democracia liberal, y relativizando sus “democracias delegativas”. Este cambio de perspectiva significa un abordaje más rico de la problemática de la democracia latinoamericana.

Pero, finalmente, dado que el “concepto” de “democracia delegativa” parece instalado dentro de los debates contemporáneos, me parece importante destacar, como surge del desarrollo de estas notas críticas, que este concepto no constituye una novedad dentro de la teoría de la democracia y presenta serios problemas, tanto teóricos como empíricos, como para considerarlo una “tipo” diferente a la democracia representativa. Este afán de ponerle rótulo tan rápidamente a una realidad política que se presenta diferente, plantea el serio riesgo de cerrar la discusión en vez de abrir nuevos debates y vías de trabajo e investigación para buscar explicaciones y tendencias dentro de las realidades democráticas latinoamericanas.

Notas

1 Guillermo O’Donnell y Philippe Schmitter, Transiciones desde un gobierno autoritario, cuatro tomos, Editorial Paidós, Buenos Aires, 1991. Especialmente el tomo IV. Leonardo Morlino, “Consolidación democrática. Definición, modelos e hipótesis”, en Ensayos sobre la crisis política argentina, Julio Pinto compilador, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1988. Philippe Schmitter, “La transición del gobierno autoritario a la democracia en sociedades en proceso de modernización: puede invertirse la proposición (y el pesimismo) de Gino Germani”, en Los límites de la democracia, FLACSO, Buenos Aires, 1985. Manuel Garretón, “Democracia, transición y consolidación”, en Reconstruir la política, Editorial Andante, Chile, 1987.

2 Los trabajos de Liliana De Riz, por ejemplo “Política y partidos, ejercicio de análisis comparado: Argentina, Chile, Brasil y Uruguay”, en Desarrollo Económico, vol.25, Nº100, enero-marzo 1986; Marcelo Cavarozzi, Peronismo y radicalismo: percepciones y perspectivas, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1986; María Grossi y Roberto Gritti, “Los partidos políticos frente a una democracia difícil: la evolución del sistema partidario en Argentina”, en Crítica y Utopía, Nº18, FUCADE, Buenos Aires, 1989; entre otros, constituyen un llamado de atención sobre este aspecto pasado por alto en la literatura.

3 Juan Carlos Torre, “América Latina. El gobierno de la democracia en tiempos difíciles”, Paper presentado en el XV Congreso Internacional de Ciencia Política, Buenos Aires, 1991.

4 Guillermo O’Donnell, ¿Democracias Delegativas?, Cuadernos del CLAEH, Nº61, Montevideo, Segunda Serie, Año 17, 1992/1, p.6.

5 David Held, Modelos de democracia, Editorial Alianza, Madrid, 1992, p.192.

6 “Teoría clásica” entendida en términos schumpeterianos que significa la reunión, sin ningún tipo de diferenciaciones, de todos los autores clásicos de la teoría de la democracia.

7 Joseph Schumpeter, Capitalismo, socialismo y democracia, Barcelona, Urbis, 1983, p.343.

8 Recordemos que tampoco Schumpeter en ningún momento menciona la existencia de responsabilidades horizontales, la negociación como mecanismo de control entre liderazgos es una noción que será introducida por Dahl.

9 Guillermo O’Donnell, “¿Democracias… op.cit. pp.10, 11, 12.

10 Guillermo O’Donnell, ¿Democracias…, p.5.

11 Mauricio Ferrara, “Schumpeter e il debatitta della teoria ‘competitiva’ della democracia”, en Revista Italiana di Scienza Politica, diciembre de 1984, Il Mulino, Bologna, Italia.

12 Guillermo O’Donnell, ¿Democracias…, p.10

13 Guillermo O’Donnell, ¿Democracias…, op.cit., pp.10 y 11

14 Guillermo O’Donnell, ¿Democracias…, p.11. La negrita es mía.

15 Philippe Schmitter, “Teoría de la democracia y práctica neocorporativa”, en Cuadernos de Ciencia Política. Aportes para el debate contemporáneo, Nº2, Cuadernillos de la Carrera de Ciencia Política.

16 Klaus Offe, “Democracia de competencia entre partidos y el Estado de Bienestar keynesiano. Factores de estabilidad y de desorganización”, en Partidos políticos y nuevos movimientos sociales, Editorial Sistema, Madrid, 1988.

17 Klaus Offe, op.cit., p.62.

18 Alain Touraine, Actores sociales y sistemas políticos en América Latina, PREALC, Chile, 1987.

19 Guillermo O’Donnell, “¿Democracias… op.cit., p.15.

20 Michel Crozier y Erhard Friedberg, El actor y el sistema, Editorial Alianza, México, 1990, p.13, la negrita es mía.

21 Guillermo O’Donnell, “Acerca del estado, la democratización y algunos problemas conceptuales”, en Desarrollo Económico, vol.33, Nº130, Buenos Aires, julio-septiembre de 1993.
 

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