La trama del neoliberalismo

Por: Atilio A. Boron, Emir Sader y Pablo Gentili
Fuente: Rebelion.org

Prefacio a la segunda edición en lengua castellana

Para el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales es una gran satisfacción poder poner nuevamente a disposición de los lectores esta nueva edición de La Trama del Neoliberalismo en lengua castellana. Este libro, que gozara de amplísima difusión en su versión en lengua portuguesa publicada en Brasil y que también circulara profusamente entre nosotros, se encontraba agotado desde hacía un tiempo en nuestro idioma. Razones de diverso orden, ahora felizmente superadas, habían demorado la pronta reedición de un libro que ofrece una de las más interesantes discusiones en torno a la problemática del neoliberalismo, analizada desde sus más diversos ángulos. Su actualidad e importancia están fuera de duda, como el paso del tiempo se encargó de ratificar y una lectura atenta de sus páginas volvería a confirmar. Pero desde su primera edición se pro d u j e ron algunas novedades que, pese a corroborar las principales previsiones formuladas en el libro, modifican algunas de las condiciones bajo las cuales se produce el despliegue de las contradicciones que signan a la época del neoliberalismo. En las páginas que siguen pasaremos revista a las transformaciones más relevantes ocurridas en estos últimos años.

Sobre el curso declinante del neoliberalismo En primer lugar, se confirmaron los pronósticos que en el libro se formulaban -no de manera unánime, por cierto- acerca del curso descendente que experimentaría la oleada neoliberal que se abatió con singular fuerza en nuestro continente desde mediados de los años ochenta del siglo pasado. Sería tan absurdo sostener que hoy el neoliberalismo se encuentra en retirada como afirmar que su ascendiente sobre la sociedad, la cultura, la política y la economía latinoamericanas se ha mantenido incólume con el transcurso de los años. Cualquier análisis de la coyuntura actual, a mediados del 2003, revela que a diferencia de la hermética consistencia que evidenciaban los experimentos neoliberales en los años noventa, lo que se observa en la actualidad es una combinación de consolidación en ciertas áreas, notablemente en la economía, y un debilitamiento relativo en los ámbitos de la cultura y la política. La primera tiene un componente sumamente paradojal, porque si en algo coincide la gran mayoría de los análisis efectuados sobre el neoliberalismo es en el rotundo fracaso que han experimentado sus propuestas económicas. Esto viene a demostrar por enésima vez la importancia de concebir la hegemonía de una alianza de clases como resultado de la constitución de un bloque histórico en el cual, al decir de Antonio Gramsci, se sueldan sólidamente los elementos estructurales y superestructurales, garantizando la primacía de la alianza aún cuando sus fundamentos materiales se encuentren seriamente erosionados. Como decía Galileo, “Eppur si muove!”. Podría esbozarse por lo tanto una analogía heurística entre este prolongado periplo de la decadencia del neoliberalismo y lo acontecido con la crisis de la hegemonía oligárquica en América Latina. En los países más avanzados de esta parte del mundo ésta comienza en el período que transcurre entre la Primera Guerra Mundial y el estallido de la Gran Depresión de 1929. Sin embargo, el sólido entramado de la dominación oligárquica que combinaba la supremacía económica de los sectores agroexportadores (o minero-exportadores, en algunos casos) con una fuerte ascendencia en el terreno cultural e ideológico y un claro predominio en materia política hizo posible la supervivencia de la forma estatal oligárquica aún cuando durante su transcurso, como en el caso argentino, se produjeran importantes modificaciones en el régimen político gracias a la introducción del sufragio universal. De este modo, el deterioro de los fundamentos materiales de la hegemonía oligárquica no desencadenó su inmediato colapso, sino que puso en juego una serie de mecanismos que postergaron por décadas su ocaso definitivo, exactamente hasta la irrupción de los regímenes populistas. Análogamente podría plantearse como hipótesis que la progresiva bancarrota de las condiciones económicas de base que hicieron posible el auge del neoliberalismo no se ha traducido en una inmediata defenestración de su hegemonía debido al papel estabilizador que cumplen los componentes ideológicos y políticos en la conservación de su primacía. Se ha abierto así un período, cuya duración puede ser más o menos larga según los casos, en el cual su lenta agonía le permite por ahora seguir prevaleciendo por un tiempo, postergando la aparición de una fórmula económico-política que lo sustituya.

Este carácter “desigual y combinado” de la decadencia del neoliberalismo en América Latina exige por lo tanto contar con instrumentos analíticos cada vez más refinados, algunos de los cuales, estamos seguros, el lector encontrará en este libro. En efecto, es preciso desentrañar las raíces del férreo predominio que el neoliberalismo ha sabido mantener en el crucial terreno de la economía a pesar de su pobre performance en materia de crecimiento, desarrollo y autodeterminación nacional. Si al momento de aparecer la primera edición de este trabajo el neoliberalismo era una fórmula política ganadora, como lo probaron taxativamente las victorias electorales de Carlos S. Menem y Alberto Fujimori, entre otros, al promediar la década de los noventa, a la vuelta del siglo aquél había perdido su glamour político y las elecciones comenzaron a ser ganadas por candidatos que prometían un decidido cambio de rumbo. El caso de la Alianza en la Argentina en 1999, y posteriormente los triunfos electorales de Lucio Gutiérrez en Ecuador y Luiz Inacio “Lula” da Silva en Brasil, unidos al excepcional desempeño de Evo Morales en Bolivia y del Frente Amplio en el Uruguay y la seguidilla de victorias cosechada por Hugo Chávez en Venezuela, son síntomas bien elocuentes del cambio experimentado por la ciudadanía en los países de la América Latina. En la base de tantas derrotas se encuentra el fracaso de la fórmula económica canonizada en el Consenso de Washington.

Las labores de Sísifo del post-neoliberalismo

Sin embargo, hasta el momento actual este tembladeral político abierto a los pies del neoliberalismo no llegó a fructificar en la construcción de una genuina alternativa post-neoliberal. Esta falta de correspondencia dio así inicio a un período en donde, para utilizar la conocida metáfora de Antonio Gramsci, lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer. El resultado de este interregno, como lo recordaba el gran teórico italiano, ha sido la aparición de una serie de fenómenos aberrantes que expresan con su sola presencia la naturaleza altamente conflictiva y por momentos bárbara de esta coyuntura.

El abierto desfalco del contrato electoral, perpetrado por gobiernos que llegan al poder sólo para romper de inmediato con sus promesas, es una de estas aberraciones; la traición a los principios es otra; la supervivencia en la escena política de la región de personajes como Menem, Fujimori, Pinochet, Banzer hasta su inesperado fallecimiento, el recientemente resucitado Salinas de Gortari y tantos más, es otra; y hay muchas más. Todas ellas denotan, de una manera a veces grotesca y otras trágica, esta continuada supremacía del neoliberalismo más allá de su evidente fracaso y del hecho que en las urnas la ciudadanía le haya dado la espalda de manera rotunda.

No obstante, los gobiernos que llegan al poder sobre los hombros de una impresionante marejada de votos populares y con un mandato expreso claudican a la hora de poner en marcha una agenda post-neoliberal. Parecen destinados a derrumbarse como Sísifo cuando estaba a punto de llegar a la cumbre de la montaña cargando su pesada piedra. ¿Por qué? Este libro ofrece algunas claves sugerentes para interpretar tamaña frustración. Baste por ahora con decir que entre las muchas transformaciones que tuvieron lugar en el período de auge del neoliberalismo se cuentan dos, de extraordinaria importancia, y que arrojan luz sobre este problema. En primer lugar, el acrecentado poder de los mercados, en realidad de los monopolios y grandes empresas que los controlan, vis a vis el estado. Esto significa que la capacidad de influencia -y en la mayoría de los casos de abierto chantaje con que cuentan tales grupos somete a los gobiernos de la región a presiones difíciles, si bien no imposibles, de neutralizar, con la consiguiente frustración de las aspiraciones de cambio de nuestras sociedades. En segundo lugar, las modificaciones en un sentido antidemocrático que ha sufrido el estado en América Latina, y que han resultado en un desplazamiento hacia los ámbitos supuestamente más “técnicos”, y por consiguiente alejados de la voluntad popular expresada en las elecciones, de un número creciente de temas que hacen al bienestar público y que se resuelven en pequeños conciliábulos entre la dirigencia empresaria y la clase política1. La política comercial internacional se discute en secreto al igual que el ALCA y, por otra parte, el neoliberalismo logró imponer, gracias a la invalorable ayuda de los mal llamados “organismos multilaterales de crédito”, la perversa tesis de que los bancos centrales deben ser “independientes.”

Esto es, deben permanecer al margen de cualquier influencia democrática o de cualquier tipo de control popular, y estar completamente subordinados a los mercados, es decir, a los dueños del dinero. El desorbitado crecimiento del poder de los mercados y la involución democrática de los estados tuvo como consecuencia el debilitamiento de la capacidad de autodeterminación de los gobiernos y, como contrapartida, un aumento incontenible en la influencia de los lobbies empresariales en la formación de la decisión política.

Si bien en el terreno de la cultura y la ideología el neoliberalismo se encuentra hoy muy cuestionado, lo cierto es que este fortalecimiento de los grandes beneficiarios de la reestructuración neoliberal en el terreno fundamental de la economía, unido al papel de los “perros guardianes” de la ortodoxia del Consenso de Washington, principalmente el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo, la Organización Mundial del Comercio y el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos, para no mencionar sino los más relevantes, le ha dado un nuevo aliento a la idea de que no hay otra alternativa que proseguir indefinidamente con las políticas económicas impuestas en las dos últimas décadas, y que cualquier tentativa de abandonar esa ruta suicida sólo puede ser para peor. Al igual que Sísifo, que se condenó al traicionar el mandato de Zeus, los gobiernos post-neoliberales podrían terminar suicidándose si traicionan el mandato popular.

La contraofensiva ideológica

Sin embargo, para una cabal interpretación de este itinerario declinante del neoliberalismo es preciso tener en cuenta un tercer elemento: la declinación de la ascendencia ideológica del neoliberalismo. En los ochenta y la primera mitad de los noventa su predominio era indisputable, de ahí el primado del pensamiento único y el Consenso de Washington. Además, su influencia se sentía también en la vida cotidiana, en el sentido común epocal, en la escala de valores construida a imagen y semejanza de los valores que campeaban en el mercado, con su culto al individualismo exacerbado, su fe en la “magia de los mercados” y en las virtudes de las políticas ortodoxas. Hoy en día esa constelación de valores se enfrenta a una profunda crisis. Incluso en el terreno crucial de las ideas económicas el neoliberalismo confronta con adversarios cada vez más enconados. Su fracaso en este ámbito es hoy inocultable.

América Latina perdió, gracias a las políticas ortodoxas recomendadas sobre todo por el FMI, la década de los ochenta. De ahí su denominación: la “década perdida.” Hubo un momento de esperanza en el sentido de que en los noventa se recuperase la marcha. La verdad es que sólo los primeros años de esa década final del siglo aportaron algún transitorio alivio. Pero la segunda mitad volvió a descender a los niveles de la precedente, al punto tal que los parsimoniosos informes de la CEPAL hablan de una “media década perdida” y ya no ocultan la necesidad de abandonar lo antes posible una fórmula económico-política que postró a un continente riquísimo y lleno de posibilidades.

La contraofensiva ideológica se extendió, como era de esperar, a otros ámbitos de la vida social más allá del económico. El hiper-individualismo antaño tan celebrado pasó a ser visualizado con otras tonalidades, asociadas a la corrupción generalizada que acompañó la implantación de las políticas neoliberales en la región y, en fechas más recientes, al auge de la criminalidad y la inseguridad ciudadana que abruman a los países del área. El desencanto es ya evidente. Los problemas de los países centrales multiplican las incertidumbres, y el avance de formas organizativas autónomas y solidarias creadas por ese inmenso ejército de “condenados de la tierra”, para usar la gráfica expresión de Franz Fanon, robustecen día a día la creencia de que ya no es posible confiar en los mercados ni en sus demiurgos, y que el hiper-individualismo salvaje y el killing instinct tan valorados por la economía neoclásica son el camino seguro para el final holocausto de la especie humana. La lenta pero sistemática recuperación del pensamiento crítico en las ciencias sociales de América Latina es otra indicación de lo mismo, que señala la bancarrota de las metodologías individualistas y economicistas que habían entrado en los años ochenta, de la mano de escuelas como las de la “elección racional” y la teoría de los juegos. Por último, el importantísimo papel desempeñado en lo que José Marti precozmente denominara “la batalla de las ideas”, cristalizada primero en la realización de los foros sociales mundiales de Porto Alegre y sus derivados en las más distintas áreas del mundo, señala claramente los alcances de este sostenido cambio registrado en el clima ideológico mundial.

Baste para ello comprobar la desordenada retirada de Davos de la escena pública internacional, una vez que la contraofensiva ideológica de los opositores a la mundialización neoliberal rompió la conspiración del silencio que tornaba inaudible sus voces e invisibles sus protestas. Un indicio no menor de esto ya lo habían aportado, en 1998, las innumerables conmemoraciones, seminarios internacionales, reuniones y lanzamientos de libros y revistas relativas al sesquicentenario de la aparición del Manifiesto del Partido Comunista, algo simplemente impensable apenas tres años antes. Esta creciente disputa que se ha establecido en el terreno de la ideología, y en donde los partidarios del neoliberalismo se baten en retirada, ha contribuido decisivamente a socavar su predominio en los más apartados rincones del planeta.

Los movimientos contestatarios

La cuarta novedad producida desde la aparición de este libro fue la emergencia de vigorosos movimientos sociales contrarios a la globalización neoliberal y al neoliberalismo en general. Si en la primera mitad de la década de los noventa éste parecía avanzar sobre tierra arrasada y con sus banderas desplegadas, a medida que se aproximaba el fin de siglo la resistencia social contenida durante mucho tiempo adquirió una gravitación extraordinaria. Cabe señalar que una precoz advertencia de lo que habría de ocurrir tiempo más tarde se escenificó en las montañas del sureste mexicano con la abrupta aparición del EZLN el 1 de enero de 1994. La sorpresa causada por esta primera gran protesta que, hay que recordarlo, fue seguida por una serie de grandes encuentros en la selva Lacandona encaminados a organizar una gran batalla ideológica universal en contra del neoliberalismo, hizo que muchos pensaran que la irrupción zapatista sería apenas un grito local, potenciado por el tradicional autoritarismo del estado mexicano y de los gobiernos priístas. Sin embargo, otras fuerzas sociales de la región habían también comenzado a manifestar su descontento con las políticas neoliberales. Sobresalen en este sentido las grandes movilizaciones que tuvieron lugar en la Argentina, en oposición a las políticas impulsadas por el gobierno de Menem, y anteriormente las protestas que habían tenido lugar en Caracas y que culminaron en lo inmediato con el sangriento “caracazo” y, años más tarde, con el irresistible ascenso de Hugo Chávez al poder.

No obstante, habrían de ser las grandes movilizaciones y demostraciones que tuvieron lugar en Seattle, en noviembre de 1999, las que abrirían una nueva fase en la resistencia en contra de la globalización neoliberal. Ya no se trataba de las protestas populares que se verificaban en los países de la periferia del capitalismo, sino de otras personificadas por las víctimas que el neoliberalismo producía en el corazón mismo de los capitalismos desarrollados. A Seattle le siguió la progresión de los sucesivos foros mundiales organizados en Porto Alegre a partir del 2001 y, posteriormente, toda una serie de grandes movilizaciones de masas que conmovieron a las principales ciudades de América Latina, Europa y América del Norte4. En África y Asia estos procesos se desenvolvieron mucho más lentamente, y hasta el día de hoy el centro de gravedad de las protestas se encuentra claramente localizado en el hemisferio occidental, si bien esta tendencia está comenzando a cambiar en los últimos tiempos. La importancia de estos movimientos, a veces llamados “no-globales”, difícilmente podría ser exagerada. Ellos representan en el terreno de la lucha política la emergencia de una cultura y una ideología alternativa al neoliberalismo.

No son movimientos contrarios a la globalización, sino que su oposición es a la forma actual, predominante, de esta globalización, signada por la hegemonía del neoliberalismo. Las potencialidades que encierran estos movimientos son enormes, y en buena medida podría decirse que vienen a representar el relevo de los agotados partidos socialistas y comunistas que, aparentemente, no estarían en condiciones de ofrecer una respuesta adecuada en esta nueva fase de la historia del capital. Por sus características son movimientos anti-sistema, basistas, profundamente democráticos y que colocan inéditos desafíos a los tradicionales mecanismos de cooptación y asimilación con que las clases dominantes neutralizaron a las organizaciones populares en la fase anterior. Esta es pues otra gran novedad producida en los últimos años y que, en cierto sentido, había sido anticipada en algunas de las contribuciones de este libro.

El neoliberalismo armado

La quinta y última novedad ha sido la vertiginosa transformación del neoliberalismo en una doctrina y una práctica fuertemente autoritarias. A medida que avanzaba la resistencia popular a sus políticas, el neoliberalismo abandonó su talante falsamente democrático y demostró que en el fondo no era otra cosa que un proyecto autoritario que pretendía disimularse en la supuesta racionalidad y anonimato del mercado. En este proceso involutivo podemos distinguir dos etapas: una primera anterior al 11 de septiembre del 2001, en la cual el neoliberalismo, ya a la defensiva luego de los acontecimientos de Seattle, comenzó a desarrollar un discurso y una práctica orientados a la militarización de la política y a la criminalización de la protesta social. Huelga aclarar que estas directivas provenían de Washington y eran transmitidas a través de una densa red de mediaciones que las presentaba como parte de una estrategia diseñada para combatir al narcotráfico y las insurgencias guerrilleras de la región. La etapa posterior está marcada por el evento traumático del ataque a las Torres Gemelas de Nueva York y al Pentágono y comienza, para ser muy estrictos, con el anuncio de la nueva doctrina estratégica norteamericana en septiembre de 2002, en donde se afirma el principio de la “guerra preventiva” y se clausura en los hechos la posibilidad de un orden internacional plural a partir del principio de que, en palabras del presidente George W. Bush Jr., “ésta es una guerra entre el bien y el mal, y Dios no es neutral”.

La satanización de los críticos de la globalización neoliberal, unida al vertiginoso endurecimiento del clima ideológico y político internacional, provocó en los meses inmediatamente posteriores a los acontecimientos del 11 de septiembre del 2001 un importante reflujo en las movilizaciones y las protestas que se venían produciendo con un ritmo cada vez más intenso en numerosos países. No obstante ello, pocos meses después la ofensiva de los movimientos sociales contrarios a la globalización neoliberal recuperó su dinámica expansiva, que se ha sostenido hasta la actualidad. Es que tales protestas nada tienen de coyuntural, sino que son indicativas de una condición estructural de esta nueva fase del desarrollo capitalista, en la cual la proporción de excluidos sin ninguna posibilidad de reintegrarse al mercado de trabajo crece sin cesar. En ese sentido, la exitosa realización del Foro Social Mundial de Porto Alegre a comienzos del 2002, cuando aún no se terminaban de remover los escombros de las Torres Gemelas de Nueva York, fue de alguna manera el síntoma de una irresistible recuperación, que se ratificaría después en numerosas ciudades de las Américas y Europa, para encontrar su apogeo en las gigantescas demostraciones de Génova y en Florencia, durante la realización del Foro Social Europeo en noviembre del 2002. Las formidables manifestaciones contrarias a la guerra de Irak, y muy particularmente las que tuvieron lugar en las principales ciudades del mundo el 15 de febrero del 2003 en la Jornada de Protesta Global contra la Guerra promovida desde el Tercer Foro Social Mundial de Porto Alegre, convocaron en ciudades como Londres, Roma, Madrid, Barcelona, París y Berlín, entre tantas otras, a la más grande cantidad de personas jamás vista. Según Tariq Alí, “más de ocho millones de personas marcharon por las calles de cinco continentes” en una movilización “sin precedentes en tamaño, alcance o escala”5. Estas grandes manifestaciones, junto con el vigoroso sentimiento antibélico que se extendió como reguera de pólvora por todo el mundo, revelan los extraordinarios alcances del rechazo popular al neoliberalismo y su política de exterminio.

Estas son, en apretada síntesis, las principales novedades producidas en relación a las andanzas del neoliberalismo en América Latina. Hubo también otras, pero su relevamiento excedería los modestos límites de este nuevo prefacio.

Confiamos en que las contribuciones reunidas en este volumen habrán de ser útiles para una mejor intelección de todos los aspectos que definen este momento en la historia del capitalismo. Esperamos también, de este modo, colaborar en la empresa en que están empeñados los más grandes movimientos sociales de nuestra época: acabar con la mundialización neoliberal y dejar atrás uno de los períodos más siniestros en la historia de la humanidad.

Buenos Aires, 25 de julio de 2003
 

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