El neoliberalismo, o la caverna económica de Milton Friedman

Por: Carlos Pérez Jara
Fuente: El Catoblepas, N°  45, Nnoviembre 2005

Se analiza el pensamiento económico neoliberal y sus implicaciones en las políticas estatales del presente: sobre el fondo de las Ideas que difunden sus simpatizantes y quienes construyen modelos teóricos desligados por completo de la realidad de los hechos, se tritura la concepción de un Mercado libre y de un Estado «destruido» por la empresa privada

1. Introducción

Desde una perspectiva histórica, el «individualismo metodológico», acuñado por Alfred Marshall y los neoclásicos a finales del siglo XIX, ha tomado ya una sofisticación elevada por medio de una ideología metafísica consistente en la empresa como instrumento del mercado. Si la empresa es, para estos ideólogos, la herramienta de la Libertad, los consumidores son los objetos sublimes del mercado pletórico. Asimismo, la Escuela Austríaca aún ejerce una poderosa influencia en el pensamiento económico a través de las obras de Von Hayek, Menger, Von Misses, &c. Como es bien sabido, en la ideología neoliberal del presente, se presta una absoluta importancia a la eficiencia económica en términos de rendimiento financiero. Una eficiencia a la que adoran y miman al considerarla el centro de las relaciones sociales y políticas; para ello no faltan nunca fieles amantes del cinismo recurrente, manifestado por sus declaraciones espontáneas, en las que no solo apenas reconocen los fallos de las medidas que propugnan, sino que encima las maquillan como si fuesen muñecos medio rotos: es más, creen que todo se debe a una «mala interpretación» de lo que defienden. Los hay que aún recuerdan las victorias del pasado, cuando mostraban el cadáver de la economía keynesiana bajo la certeza de su insuficiencia ante la crisis petrolífera de los 70 (como ya los keynesianos habían hecho lo propio con el cuerpo mutilado de la economía clásica de los mercados que se «vacían» a la manera declarada por Say), pero también existen los que se ocupan en desfigurar la realidad para presentarla públicamente como la manifestación lírica de un pensamiento «justo», ponderado. Tipos tan célebres como George Soros (personas a las que, en definitiva, les salen billetes por la nariz cuando estornudan) se permiten el lujo de negar, de modo automático, sus propios errores y los de aquellos que abogan por la «libertad absoluta de los mercados». El propio Soros se expresa de esta forma:

«Nuestro mundo se caracteriza por los mercados globales, pero las disposiciones políticas siguen firmemente arraigadas en la soberanía de los Estados.»

¿A qué pretende el señor Soros que estén «arraigadas» las disposiciones políticas?, ¿a ese mercado sublime al que canta con el arpa de sus predicciones funestas? Los consejos de este cínico insufrible se conducen por la senda de conseguir «mejores gobiernos», principalmente a través de «estímulos» inefables e inciertos de los que apenas se sabe nada pero de los que, aunque se supiese, se tendrían rastros de ese fundamentalismo democrático del que ya habla Gustavo Bueno en su Panfleto contra la democracia{1}. Escuchar los murmullos de Soros me resulta tan penoso como ese chiste sobre un papa que viaja a un pueblecito hambriento de África y que, cuando ve a un niño cadavérico, cubierto de moscas, y en la puerta de una casa, pregunta a su criado qué es lo que le sucede a la criatura, a lo que el mayordomo le responde que el niño no come nada, por lo que el papa pone la mano en la cabeza del pequeño moribundo y le dice:

—Hay que comer, hijo mío, hay que comer.

Muchos de los neoliberales de la actualidad niegan, por activa o por pasiva, que se atente contra los Estados desde los que se realizan sus teorías del mercado así como sus predicciones fantasmagóricas. Pero, no obstante, dicen estar convencidos de un hecho notorio: el intervencionismo reduce privilegios sobre los consumidores y los productores por cuanto que maniata la competitividad, en tanto que otorga mayor importancia a otros aspectos, sin significación alguna para el mercado. Existen muchas aportaciones teóricas que respaldan las obras de los grandes sacerdotes liberales. Destacamos, no por su importancia, sino simplemente por su carácter puramente genérico, que envuelve y representa las obras de tantos adalides de la causa, un artículo del señor Oswaldo Ramírez Colina que, en un apartado de su trabajo dedicado a este tema («El Neoliberalismo como propuesta antropológica») llega a decir lo siguiente:

«Es completamente disfuncional para la sociedad y desestabiliza y frustra a la persona el que se preocupe del todo social, de la suerte de los pobres. En todo caso, si a alguien le inquieta esto, que se deje de elucubrar o pretender; que deje, pues, lo que se llama política, y que se meta pues a cualquier asociación benéfica, privada, por supuesto: se sentirá bien, empleará su tiempo libre y no causará problemas a su relación con el todo social ni a la sociedad como todo.»

Lo que, sin duda, no parece comprender la inteligencia de este sujeto, producto del fermento ideológico de nuestra época, es que la política estatal regula relaciones sociales, y que se preocupa, o al menos ese es su propósito (al margen de una mala aplicación política, o de una política desafortunada) por la eutaxia, o buen desarrollo de la propias estructuras estatales bajo el fin de «permanecer en el ser», o sea, de seguir existiendo, por lo que, en consecuencia, no hay una institución benéfica privada –como señala Ramírez con evidente cinismo, pues ¿quien puede hospedar a alguien que no tiene recursos para mantenerse?– que se preocupe por los ciudadanos en cuanto tales, es decir, como individuos pertenecientes al Estado de donde proceden. Lo que se confunde, por tanto, es pensar, una y otra vez, a lo largo de las décadas, que una política económica acertada ha de excluir como sea las transferencias sociales, porque dichas transferencias no son, en términos de rendimiento económico, más que pérdidas a fondo perdido o lastres para la sociedad contemporánea: una sociedad, por cierto, que agrupa entonces solo a los más afortunados por el mercado. Pues bien, si hiciésemos caso a este señor y a tantos otros; si, como dice, dejásemos al margen a todos los grupos sociales más desfavorecidos para embarcarnos –esta vez sí– en el viaje hacia el progreso económico y social (¿social?¿incluso suprimiendo de la escena pública a esos mendigos de los que habla con tanta soltura este personaje y que forman parte, aunque le pese, de la propia sociedad a la que apela?) nos daríamos cuenta de que una sociedad que se desestructura económicamente lo hace también en términos sociales, y que el agravamiento de la «enfermedad pública» que supone la pobreza (al ponerla en manos de «instituciones privadas») acaba haciendo mella en nuevos problemas internos.

Por cierto, cuando se aprecian los fallos de medidas políticas neoliberales, se suele recurrir a la defensa del propio modelo, basado en el argumento de que, si existen errores, éstos se deben sin duda, a una asimilación equívoca de las tesis del neoliberalismo clásico. Pero con ello no se cae sino en el fundamentalismo neoliberal del presente, y que consiste en creer que los fallos de las acciones privatizadoras solo pueden subsanarse por medio de más «libertad», más «liberalismo», como si libertad y liberalismo fuesen, en efecto, los leños necesarios para la combustión adecuada del mercado pletórico. La ideología actual es, pues, una ideología que se apoya en un mito para la construcción de otro del que hablaremos luego: es el mito de la globalización entendida como un proceso que abarca al Género Humano. Los ciudadanos de tantos países, que en ocasiones mueven sus propias preferencias como los girasoles que siguen la ruta del sol por el horizonte, se han decantado por las virtudes de un mercado «libre» que tenga al sujeto como su máximo exponente: tras los grilletes de sistemas como el comunista o el nazismo, dicen, la economía neoliberal de hoy en día nos demuestra que al fin se ha «conquistado» un espacio donde la felicidad se encuentra en la conciencia del Hombre en ser libre por completo. Pero, como pretendemos poner de manifiesto en este artículo, la Libertad, El Individuo, la Felicidad, no solo son nuevos o viejos mitos modernos, sino que conciben una red de fabulaciones que acaban generando la mitología de cierta caverna económica a la que, sin duda, no es ajeno el señor Milton Friedman y otros tantos precursores.

2. Neoliberalandia

En las últimas décadas ha proliferado la energía vital del neoliberalismo sobre la base de nuevas estructuras tecnológicas. El fluido permanente de la información (sobre todo a través de internet) ha hecho que los capitales circulen a velocidad vertiginosa, recorriendo el mundo entero sin apenas obstáculos, solo para alojarse al fin en los lugares más propicios para sus inversores. Las alas de la empresa contemporánea se han abierto descubriendo que las percepciones del «sueño» de Hayek tenían una base más o menos sólida; mejor, las corporaciones han crecido conquistando tamaños que, incluso para los sublimes mercantilistas (y su Compañía de las Indias) parecerían entonces imposibles, casi absurdas. Lejos de estrangularse, o de ser destruidas por los preceptos marxistas de una implosión necesaria, las empresas más grandes han logrado ser mayores aún, y la realidad de los mercados parece exigir la tendencia a las fusiones continuas. Estamos así en una época que, sin ser nueva estructuralmente, marca las pautas de un canto a favor de los logros de la empresa privada. El intervencionismo más férreo, e incluso el más suave, entre cuyos márgenes se encuentra la política económica de Keynes, ha pasado a ser casi una necesaria aunque anacrónica rémora del pasado. De hecho, la ideología dominante exige que se borre de la memoria, e incluso del pensamiento mismo, la idea de un posible intervencionismo estatal. En lugar de hacer mella sobre las ideas clásicas de equilibrios estacionarios, tales como los de Wilfredo Pareto, se remarcan sus aparentes virtudes en pos del fin «divino», esto es, de la reivindicación periódica de que el mercado, como una entidad «autónoma», es suficiente para auto-regularse y marcar las pautas pertinentes de una sociedad política. De alguna forma, y sobre la base de este postulado (desprecio al Estado como interventor de la economía, al que se considera casi como un «intruso») se mantienen, más de un siglo después, los mismos principios de ese sociólogo darwinista que fue Herbert Spencer, con su supervivencia del más apto. La tradición norteamericana del último siglo ha contribuido a que los cimientos spencerianos de la competencia feroz en el ámbito sublime de los mercados, se impriman con fuerza socialmente. El capitalismo contemporáneo se ha bifurcado en una serie de senderos alternativos, aunque todos ellos conserven la base común de su propia estructura; las empresas compiten así con sus adversarias en un ambiente ciertamente hostil (en el sentido en que en el mundo de los negocios no abunda mucho el amor fraternal) y, como dijo Karl Marx, «los bajos precios de sus productos son la artillería pesada con la que derriba –al referirse al propio sistema– todas las murallas de China». Por cierto, resulta curioso, a la par que siniestro, ver el significado de esta frase con la situación actual del emergente imperio amarillo. Desde el neoliberalismo más feroz de la Política económica (los antikeynesianos por excelencia) de la señora Margaret Tatcher y ese pistolero de películas mediocres, mister Ronald Reagan, hasta ciertas formas más «suaves» que conservan, eso sí, los mismos principios, lo cierto es que podemos afirmar que la ideología dominante ha aplicado todo su esfuerzo en destruir cualquier política reguladora.

Hay una tendencia muy intensa, tan generalizada como la defensa a ultranza del neoliberalismo, y que consiste en definir, de forma completamente opaca, lo que significa la libertad misma. Este es, por cierto, uno de los principales puntos comunes que recorren el pensamiento económico cuando se lo analiza de forma histórica, pues pronto alertamos la sempiterna coincidencia de que suele establecerse por libertad (desde el siglo XVIII hasta nuestros días) una casi absoluta ausencia de regulación que coarte, de algún modo, las decisiones que el sujeto operatorio tiene bajo un supuesto derecho a «hacer lo que quiera» en el mercado. El Mercado se convierte así en el centro cósmico sobre el que giran las relaciones de intercambio, no solo de los manidos bienes, servicios y capitales, sino de la propia información, que es el lingote de oro de cualquier éxito empresarial. Por mucho que cueste creer, aunque algunos se burlan ya de la percepción mística (adaptada, por cierto, a los criterios de una religión positiva) de la «mano invisible» de Adam Smith, seguida, de una forma u otra por una tradición tan larga como célebre, hoy se considera que el Mercado es un organismo vivo cuyo funcionamiento es autónomo, y que tan solo necesita de los agentes que colaboren dentro de su propio ámbito. El liberalismo de Von Hayek es la doctrina sagrada de los neoliberales de lo contemporáneo, quienes no dejan de decir, bajo todo el caparazón de la economía clásica (esto es, con David Ricardo y otros a sus espaldas) que la época del intervencionismo solo fue un episodio pasajero de un proceso cuya finalidad no es, ni puede ser otra que la de mantener al Mercado (como una Idea propia) a «su libre albedrío». En las líneas siguientes veremos si el núcleo de esta argumentación es correcto o si, por el contrario, la corriente dominante del nuevo liberalismo no es sino una desviación ideológica cuyo fin no es otro que el de atentar contra el propio Estado, o el de al menos someterlo a una neutralización imperecedera. De ser cierta la última hipótesis, llegaríamos al veredicto ineludible de que lo que pretenden los neoliberales ataca, en última instancia, y de forma directa, a la propia estructura de los Estados que los acogen y que, muchas veces, de forma paradójica, los admiten como abanderados de Escuelas admirables.

Un elemento con el que cuentan los defensores de las tesis de Hayek es que la privatización y la actuación absoluta de la empresa privada producen resultados mucho más eficientes que los de una empresa pública. De hecho, la empresa pública arrastra todo un aparato burocrático que le impide competir «en igualdad de oportunidades» –ver la definición de esta frase por Gustavo Bueno en su obra La vuelta a la caverna{2}– con empresas construidas sobre un núcleo de accionistas que deciden, en el tranquilo (o no tan tranquilo) consejo de administración, lo que haya que hacer con tal de que su empresa, no solo funcione, sino que vaya a la velocidad de crucero de sus competidoras. La empresa privada, por tanto, es el agente «ideal» sobre el que se mantiene la Idea de Mercado en cuanto ámbito en el que los sujetos operatorios realizan actividades relacionadas con cuestiones de carácter económico. Desde los últimos 20 años hemos asistido a lo que se conoce como la expansión de las grandes corporaciones, estructuras de gran poder a influencia regidas por un núcleo de inversores y accionistas tan selecto como a veces misterioso, y que han realizado la conquista de territorios sin «derramar una sola gota de sangre». Muchos, claro está, pueden objetarnos que las grandes multinacionales no necesitan en absoluto del Estado de donde surgieron; que una empresa poderosa no pertenece a dicho Estado sino a los grandes capitalistas que poseen el poder de sus propias funciones. Se recurre incluso a una mórbida imaginación al pensar que, en futuro no muy lejano, a los planetas por descubrir se les dará nombres tales como el planeta Microsoft, General Motors, IBM, &c. En definitiva, quienes desean criticar nuestro razonamiento recurren a la petición de principio de que la empresa privada no necesita en absoluto al Estado cuando eso es, precisamente, lo que se discute. Entonces se descubre, de un modo sorprendente, que los que propugnan la libertad completa de los mercados, a favor de la empresa privada y la privatización general (pues es más eficiente, dicen, en términos económicos) no saben, ni tienen la menor idea de lo que significa la libertad misma. Y esta es una cuestión importante, pues nos otorga «luz verde» para inclinarnos hacia una postura u otra, o en un peor estadio, hacia un posible y melancólico nivel neutro…bastante deplorable, por cierto. En su artículo «En defensa del neoliberalismo, ¿qué es el neoliberalismo?», Adolfo Rivero Caro expone esta peculiar definición de libertad:

«El liberalismo es la ideología de la libertad. Para los liberales, la libertad es el valor supremo, entendiendo libertad como ausencia de coerción. Si nadie me impide hacer algo, soy libre.»

No vamos a detenernos demasiado en la gratuidad casi cómica de semejante definición (que podría hacer reír incluso a la dama de titanio de los años 80, la señora Tatcher, quien al menos no se planteaba un aserto tan burdo): una Idea exclusivamente negativa de Libertad, sacada de la manga para gozo de tantos seguidores. Pero si tomamos al pie de la letra la frase, ¿por qué no aplicar esa clase de libertad a los propios delincuentes, e incluso a los criminales? Si este es el principio en el que se apoyan los ideólogos de la causa, hay algunas razones para la preocupación. Nótese entonces la babosa recurrencia (no solo de este autor, sino de la tradición en general) a hablarnos de la Libertad en los términos más solemnes: es la «ideología de la libertad», dicen muy serios. Pero sucede que la definición de esta Idea es solo una pura retórica carente de contenido y expresada sobre una gloriosa declaración de principios que, supuestamente, exalta las pasiones, no solo de quienes la pronuncian sino de muchos que la escuchan con deleite extático. La Libertad para Espinosa es la certeza de nuestras propias determinaciones, algo que puede verse con nitidez abrumadora cuando observamos que no existe ningún fenómeno histórico que no esté condicionado por las leyes sólidas del determinismo. Ni la empresa privada, ni la paloma que vuela, ni el viento sobre el que extiende ese animal sus alas, son «libres» en el sentido en que los neoliberales hablan de libertad: los mercados están regidos por regulaciones políticas, oligopolios, fuerzas de choque internas e intereses enfrentados que, no solo destruyen esa noción de que «algo» (un poder fantasmal tal vez, una mano o un pie invisible) permita a mi «voluntad» operar como desee, sino que la revela como la manifestación utópica e ingenua de unas ideas alejadas de los propios hechos. Que en el mercado haya una preponderancia a la empresa privada, (supuestamente «liberada» del Estado de turno) no significa con ello que no existan otros factores que delimiten, condicionen y, en definitiva, determinen a quienes actúan dentro del mismo creyendo así, para su propia ignorancia, ser más libres de lo que eran.

Parece entonces que es el Estado{3} la frontera maldita con la que se encuentran los neoliberales de la actualidad, ese punto límite o extremo que supone una molesta acotación a las posibilidades «gigantescas» de las empresas prósperas: aún más, la realidad económica demuestra, o parece demostrarnos, que mientras los Estados se ocupan a veces de resolver sus propios problemas internos, en muchas ocasiones impiden de forma abierta la «expansión» de estas corporaciones que, sin tantos mecanismo de regulación, funcionarían de manera más optima si cabe. En consecuencia, si existen grados y gradaciones de «libertad» para los ideólogos de la privatización «suprema», podemos deducir con ello que hay un rango de libertad absoluto llamado ausencia completa del Estado; y ni siquiera se habla a veces del término clásico de «Estado gendarme», sino que incluso se lo relega a una especie de ostracismo secreto sobre la base de que, a lo largo de las últimas décadas, las regulaciones y políticas económicas estatales han cercado las expectativas financieras de muchas y maravillosas empresas privadas, sin las cuales no se tendrían los productos que tantos ciudadanos-consumidores demandan. Pero, como suele pasar con las ideas sublimes, finalmente no son más que pasto de las llamas: ni las regulaciones y políticas «censuradoras» de esa supuesta libertad de mercados no dejan de ser políticas económicas, sin las cuales, por cierto, no funcionan los propios mercados, ni ese consumidor al que tanto se apela deja de ser un ciudadano, por lo que, en consecuencia, su estatus viene definido por su pertenencia a la estructura política estatal y no a las preferencias «caprichosas» de quienes demandan los productos de esas empresas privadas a las que, encima, consideran la cumbre de todas las necesidades del Hombre moderno.

La ideología construye políticas concretas, una de las cuales, por cierto, es la política económica, que, a su vez, no surge como expresión devota de los intereses de las llamadas multinacionales –¿los intereses de unas y no los de otras, o los de todas juntas?– sino de los Estados donde se ejecutan finalmente. La ideología del neoliberalismo (como apéndice larvario del liberalismo clásico) nació, en gran medida, gracias a Von Hayek como manifestación de una «lucha» ideológica contra el sistema de producción centralizado socialista. Uno de los discípulos más aventajados de Hayek aún vive: su nombre es Milton Friedman y el recetario de sus políticas económicas surge de teorías como las de Irving Fisher y su ecuación de cambio, lo que ha servido al propio Friedman para establecer curiosos vínculos entre conceptos distintos como el flujo monetario y el nivel de precios de la economía contemporánea. En 1911, con la publicación del libro The purchasing power of the money («el adquisitivo poder del dinero») surge a la luz pública la que habría de ser una de las ecuaciones matemáticas más famosas aplicadas al rango económico. Es posible que el padre de la criatura, el señor Fisher, autor de los números índice, no imaginara entonces la repercusión de su «formulita», pero lo cierto es que su «hallazgo» pasó a convertirse luego en el cetro dorado del movimiento de Ideas conocido como monetarismo. Como bien se sabe, Fisher estipuló lo siguiente:

P = (M.V + M’.V’) / T

donde P representa los precios, M la cantidad de dinero circulante por la economía de un cierto territorio, M’ los depósitos bancarios en cuenta corriente (lo que es el dinero bancario) V’ la velocidad de dichos depósitos y T el número de transacciones que se realizan.

O lo que es lo mismo, Fisher nos dice que el nivel de precios de una economía cambia según el volumen de dinero circulante, tomando como referencia obligada la velocidad de circulación del mismo y el número de transacciones en que se emplea este medio de cambio. Con este autor comienza una larga tradición que llega hasta nuestros días, y que ha ganado poder e influencia en el pensamiento económico a lo largo de las últimas décadas: esa influencia consiste, esencialmente, en el control mismo de la economía –a través de la regulación del nivel de precios– por medio de una efectiva política monetaria. La regulación de la oferta de dinero provocará (nos dicen los monetaristas) una normalización, más tarde o temprano, del propio nivel de precios. En base a la teoría de Friedman, seguidor intelectual de Fisher, los precios –y con ellos la sempiterna amenaza de la inflación, llevada a niveles asombrosos en la crisis del petróleo de 1973– son el reflejo, aunque sea diferido, de la oferta de dinero que circula por un Estado concreto. Sin embargo, los defensores del monetarismo, y por extensión, del neoliberalismo rabioso de Friedman, se han encontrado con numerosos obstáculos que, o bien no han podido saltar, o bien han esquivado como si con ello pudiera eludirse su existencia, tal como hace el avestruz enterrando su cabeza en el suelo. El problema principal no es otro que el de definir qué es exactamente el dinero bajo el campo de las finanzas actuales, pues existe un espectro amplio y variado de matices para definirlo: el depósito de ahorro disponible para retirar los fondos y que pueda transformarse en seguida en una cuenta corriente; o una línea de descuento; o el crédito de una tarjeta aún no utilizada. En definitiva, la ecuación de Fisher no abarcaba como objeto regulador de los precios, a una serie de «elementos» financieros que bien pueden agruparse dentro del marco de lo que se conoce como dinero, por lo que, al descuartizar la definición simplista de Friedman, se produce una desvinculación, sino total, al menos parcial –y en consecuencia desaparece el carácter sacrosanto de una verdad eterna inconmovible– entre la oferta de dinero y el «control» del nivel de precios. Por eso, quienes enarbolan la bandera del monetarismo deben saber (si es que no lo saben ya) que, como bien dice John K. Galbraith en su obra Historia de la Economía{4}, «el dinero no está vinculado con los precios a través de la magia misteriosa de la ecuación de Fisher ni de la fe de Friedman, sino de los altos tipos de interés, mediante los cuales se regulan los préstamos y la creación de depósitos bancarios (y de otra índole).»
El señor Milton Friedman, con pose de italo-americano mafioso de las películas de Martin Scorssese, posa mostrando una amplia sonrisa dedicada, sin duda, a esa realidad económica de la que tanto nos habla en sus obras. Padre del monetarismo, Friedman es, pese a todo, una figura de gran importancia histórica, pues ha supuesto tanto para la política económica posterior a las crisis del petróleo de los 70 como lo supuso Keynes para los años 50 y 60.

Pero quizás el aspecto más controvertido de la política monetarista de Friedman y sus secuaces sea su carácter no neutral socialmente hablando. Es decir, conviene remarcar, junto a lo ya apuntado sobre la vinculación dinero-precios, que se trata de una Escuela económica dotada de una nunca mensurable capacidad de cinismo a la hora de presentarse como la fórmula idónea de tantas causas perdidas, pues pronto se observa que, al subir los tipos de interés como medio de control inflacionario, no se beneficia sino a quienes poseen mayores recursos; de hecho, los que mejor lo pasan en el contexto del monetarismo más exacerbado son las instituciones financieras y los individuos, corporaciones y, en general, demás empresas que pueden prestar sacando así tajada de semejantes efectos. Como tampoco nuestro estudio es neutral ni podría serlo, es pertinente que pongamos el dedo en la llaga de los vicios de unas medidas estatales que a veces pueden ir contra la propia eutaxia; de hecho, a diferencia de algunos satisfechos socialistas –emic– de pro, estamos convencidos de que la supuesta neutralidad como virtud política no deja de ser una mera falacia, una irresponsabilidad intelectual de quien la ejercita. Pero al menos reconozcamos que si una política económica produce efectos perniciosos socialmente, es cuando menos incompleta, si no inoportuna, sobre todo cuando «se vende» al público como la solución perfecta para el progreso. Por cierto, ¿sobre qué Idea de progreso se manejan los señores monetaristas? ¿No será acaso un progreso recluido en las entrañas de las cuentas de resultados de ciertas multinacionales, y aun ni siquiera de todas ellas juntas?

Esto nos conduce al motor de este trabajo, asentado sobre las espaldas del neoliberalismo, y es que si hay un asunto que ronde por la cabeza de los neoliberales es, precisamente, la eterna disputa entre la «economía pública» y la privada. Los ámbitos en los que el neoliberalismo ha conseguido reactivar ciertos sectores e industrias –como sucedió con las políticas de Tatcher y Reagan– han servido, en el otro lado de la balanza, para que un buen núcleo de la población de ciertos países pasara a engrosar las filas del desempleo. ¿Es la marginación social un asunto que competa a una política económica? A nosotros nos parece que así es en efecto, máxime cuando un Estado lo que debe (en el sentido más estricto de esa palabra) no es sino preservar su propia eutaxia. Por eso repetimos –como ya señalamos en la introducción– que un Estado desestructurado económicamente, tiene todas las papeletas para desestructurarse política y socialmente, lo cual pone, a medio o largo plazo, en peligro de extinción a su propia estructura. Y eso es, en definitiva, lo que le sucede al neoliberalismo que patentan tantos «nobles» defensores del mercado libre: una perfecta neutralización estatal en pos de una empresa «libre», liberada de los hilos burocráticos del Estado y de los servicios sociales a quienes no pueden competir con «idéntica fuerza» en el sublime mercado pletórico. No queremos caer en la simpleza que a veces se ha empleado como crítica del neoliberalismo salvaje, sino que nos atenemos a la razón de que, entre una política económica –fundamentada en un conjunto de Ideas que vertebran toda una teoría– y la propia realidad de los hechos ha de existir un nexo necesario que permita, no solo que dichas medidas puedan realizarse de facto, sino que además no provoquen con ello desequilibrios sociales. El moderno Estado actual no se adapta a los viejos criterios de otras épocas, pero lo que parece indudable es que lo que abogan los defensores más rabiosos del neoliberalismo recalcitrante no es sino una perfecta y absoluta privatización de la economía en todos los niveles. El argumento reza así: la economía privada funciona sin lastres morales (en el plano de resguardar y proteger socialmente a ciertos sectores desfavorecidos) y por lo tanto es mucho más eficiente en términos económicos –medidos por la cuenta de resultados de las grandes empresas–, de manera que si algo funciona en un aspecto, apliquémoslo al conjunto entero, pues de lo que se trata es de «crecer» económicamente hablando.

Los abanderados del neoliberalismo sostienen que la meta de sus políticas económicas no es otra que la del crecimiento del Estado donde se desarrollan sus acciones. Establecen que también una organización social puede privatizarse y rendir, incluso, mejor de lo que lo hacen las públicas, y sin embargo, no existe una mayor dicotomía que la de resguardar un seguro social y el de hacer rentable lo que, de por sí, representa tantas veces una pérdida a fondo perdido. Pues las medidas de protección sociales no solo no encajan dentro del objeto de lo que pretenden las instituciones privadas, sino que chocan frontalmente contra sus propias ideas{5}: el objeto de una organización privada no es otro que el de obtener beneficios de la actividad que realice, por lo que difícilmente obtendrían resultados aceptables respecto al dudoso negocio de mantener a sectores de población desfavorecidos: al cabo de poco tiempo, llegarían los analistas con sus pizarrines, junto a una nueva hornada de neoliberales satisfechos, y sobre la base de estudios y estimaciones, llegarían a la conclusión de que, no solo era insensato hacer lo que «hacía» el Estado, sino virtualmente estúpido. Como en las empresas no abunda el buen samaritano, nos parece que la privatización absoluta de ciertas actividades estatales sería una amenaza al propio Estado: se comienza liberalizando la electricidad, las infraestructuras, la sanidad, así hasta, en último término, la privatización definitiva de la propia capa cortical, de un ejercito de mercenarios de diversas partes que no atenderían a la defensa del país al que, se supone, representan, sino a los altos directivos que los remuneraran. Uno puede creer que lo que los neoliberales aman es, por encima de cualquier otra cosa, la llamada libertad del mercado, y que no atacan tanto a los Estados donde se aplican sus medidas como a aquellos que pretendan regularlas bajo el yugo de algún supuesto interés público. Quien crea esto se equivoca al menos en parte: lo que los neoliberales defienden, no es tanto la neutralización del Estado en su propia estructura –que también–, sino una defensa a ultranza de la corporación privada. Una defensa que no va ya dirigida hacia los anónimos accionistas de una sociedad anónima –lo que los convertiría en estúpidos amantes de seres que ni les conocen ni van a preocuparse nunca del gordo favor que les han procurado con sus políticas– sino a la cúpula directiva de peces gordos que controlan el capital de la empresa, y obtienen el monto mayor de sus beneficios.

Por tanto, no tiene tanto sentido rendir culto al mercado de una forma nebulosa e indefinida, como se adora a ese ámbito inefable donde cientos de empresas gigantes compiten ferozmente sin otro interés que las una que el del rendimiento económico. Lo que han defendido, y defienden, los neoliberales de hoy en día no es otra cosa que un marco desestructurado geográfica y políticamente donde las relaciones de capitales circulan de forma continua por medio de empresas privadas que solo atienden a sus respectivos beneficios. En este mundo, la propia idea de ciudadano –dentro del marco regulativo estatal– queda reemplazada por la de accionista, capitalista, mero trabajador de la empresa privada y, obviamente, consumidor sublime. La economía financiera ha dedicado grandes esfuerzos para representar el esqueleto de las grandes sociedades como cúpulas «democráticas» donde el individuo que tiene su parte del capital en forma de acciones puede ejercer esas «libertades» de elegir la acción idónea para su empresa dentro de la Junta General de accionistas. En ese plano financiero, los flujos de fondo de cada empresa pueden distribuirse según los siguientes tipos: el flujo de caja operativo (FCO), el flujo de la deuda (FCD) y el flujo para el accionista (FCA). Como establece Juan Pérez Carballo en su libro Compitiendo por crear valor{6}, «el flujo operativo de fondos se compone de todos los movimientos de fondos generados por las actividades de la empresa, sin considerar los asociados a la financiación onerosa». Este flujo se construye por medio de la composición de los otros dos flujos mencionados, uno de los cuales es, como hemos dicho, el flujo del accionista, de forma que la ecuación resultante no es otra que ésta:

FCO = FCA + FCD

Pero para comprender con exactitud lo que significa el flujo para el accionista es preciso atenernos a su propio significado, que no es otro que el de ser los «fondos generados por la empresa para sus accionistas después de atender a las necesidades de inversión y a las asociadas a la financiación por deuda. Mide pues, la renta en efectivo disponible para distribuir al accionista.» Podemos descomponer la naturaleza de este flujo en la suma misma de sus partes asociadas:

FCA = {Dividendos recibidos – desembolso por ampliación de capital realizado por el accionista + ingreso recibido por el accionista en concepto de recompra de acciones + variación del saldo de tesorería excedente}

En definitiva, lo que dicta la teoría financiera de la empresa contemporánea es que todo aquello que, en forma de flujos monetarios, no revierte en inversiones ni en financiación por deuda, va a parar, de modo ineludible, hacia ese anónimo personaje llamado accionista. Bajo este panorama, uno puede creer (sobre libros modernos de finanzas como el aludido Cómo crear valor, Control de la gestión empresarial, hasta un largo etcétera) que la estructura organizativa de la empresa moderna y, por ende, de las corporaciones constituidas como sociedades anónimas de capital variable o fijo, está hecha solo para satisfacer las preferencias de una persona cualquiera que posee una parte concreta del capital social. Un individuo que, por lo común, no tiene la menor idea de la estructura y desarrollo de la empresa por cuyo crecimiento ha apostado por medio de acciones, pero que ahora se nos aparece como el desagüe inevitable al que se conducen los fondos de la actividad económica; es decir, en cierta forma, se convierte en el objetivo supremo que se plantea cualquier organización que pretende contentar a sus socios. Sin embargo, tal y como apunta el propio Galbraith, la estratificación extrema de los capitales que componen la masa pasiva de una empresa en un número incierto y anónimo de accionistas cuyo peso relativo en el conjunto de la que forman parte es, más o menos, reducible a la nada, nos conduce a la certeza de que el «flujo para el accionista» se convierte, muchas veces, en una pura ficción teórica, pues no debe olvidarse que cuanto más grande sean las corporaciones menor es la influencia del accionista medio. Así lo expresa el propio John K. G. en su obra Historia de la Economía:

«Evidentemente, ningún economista de la gran tradición clásica podría lamentar la maximización del beneficio ni se opondría a ella. Y nadie podría atribuir ese afán a otro motivo que un ansia profundamente personal que cada individuo alienta en beneficio de sí mismo, y no gratuitamente para favorecer a los demás. Sin embargo, se supone que en la sociedad anónima moderna los titulares de la dirección deben procurar que los beneficios sean para otros, es decir, para los accionistas, que son a su vez anónimos e impotentes. Pero la maximización del propio beneficio ha sido el objetivo de quienes poseen el poder de decisión. Son los directivos de la empresa los que se adjudican a sí mismos los sueldos, gratificaciones, prestaciones y privilegios, a manera de paracaídas dorados en caso de llegar a ser víctimas de un revés en la lucha por el dominio de la firma. El cálculo de esos costes no está sometido a ninguna minimización; por el contrario, viene a incrementarlos la más ortodoxa de las motivaciones clásicas tendentes a servir a los intereses de la organización.»

¿Entonces quién controla estas grandes sociedades? Es obvio que los consejos de administración, la cúpula de directivos que controlan la marcha de una empresa a la que, en teoría representan en servicio al capital de los socios accionistas, pero a la que, en la práctica, regulan y dominan como dueños absolutos: la directiva es la que controla la empresa, y su único objeto no es tanto «cumplir» con los deseos de ese accionista invisible a quien no conoce ni desea conocer, sino sus propios intereses personales: y aún más habría que referirse, no tanto a la reducción sicologista de seres que buscan conseguir sus propias metas, sino a la composición de una clase social elitista compuesta por altos directivos y financieros que lo que pretenden es, básicamente, ver colmadas sus metas de éxito profesional y personal dentro de un núcleo «selecto».

Uno podría creer también que es la situación financiera actual de una empresa lo que marca el valor de sus propias acciones en Bolsa, pero, lamentablemente, así como el accionista medio es el último mono en enterarse de lo que sucede en su propia organización, no es tanto la coyuntura lo que determina el perfil positivo o negativo de su trayectoria sino un factor alimentado por las tinieblas del mañana: ese factor no es otro que el de las expectativas respecto al crecimiento futuro. Por tanto, de la misma forma que las grandes corporaciones están controladas por un núcleo selecto de altos directivos que absorben beneficios colosales reconduciendo –en la medida de lo posible– las pérdidas (que muchas veces van a parar al accionista medio), una buena parte del crecimiento empresarial contemporáneo se mantiene a través de estimaciones futuras. De hecho, las expectativas son las que nos anuncian el poder e influencia de las corporaciones más grandes del mundo; y no importa tanto que la coyuntura no corrobore el optimismo de quienes deciden invertir en Bolsa sobre su compañía favorita, sino que lo que les atañe es la tendencia o estimación futurista sobre sus perspectivas. Lógicamente, esto plantea un problema que no solo afecta a la naturaleza de la propia estimación –convertida a veces en profecía simple y fantástica– sino que viene relacionado con los límites del conocimiento entorno a ciertas cuestiones. Un ejemplo lo representa Zeltia, una compañía farmacéutica que encontró su aparente filón de oro en las profundidades del mar, en concreto en ciertas algas que le permitieron, de modo fortuito, la concepción de un nuevo medicamento contra el cáncer; las acciones de la empresa treparon entonces por las nubes, sencillamente porque los inversores estimaban que la empresa había dado el campanazo, pero, ay, como en cierto célebre western, cometieron dos errores notorios: el primero fue una confianza ciega en un producto que aún no había sido probado realmente, y el segundo invertir en las acciones sobre las expectativas de un género farmacéutico que ni siquiera había pasado aún los controles de sanidad de la UE. Consecuencia: la UE denegó el producto y las maravillosas expectativas de Zeltia volvieron a sumergirse en las aguas profundas de algún mar remoto, entre algas flotantes. Tres cuartos de lo mismo sucede con ciertas tecnologías digitales de ciertas empresas punteras, con Terra, con tantas y tantas empresitas de la «burbuja» de internet: y es que cuando se confía el crecimiento económico de las empresas privadas a valoraciones hipotéticas sobre un futuro aún no cercano, puede ocurrir lo que pasa tantas y tantas veces, y que no viene sino a demostrar lo que ya señala Gustavo Bueno en su artículo «Ignoramus, Ignorabimus!» (El Basilisco, nº 4, 2ª época):

«Las discontinuidades fenoménicas determinan unos límites fenomémicos de nuestro conocimiento que, sin duda, nos obligan a pronunciar un Ignorabimus! Son límites que separan masas de fenómenos que, con toda seguridad, tienen un enlace fenoménico, por tanto, virtualmente cognoscible, objeto de una «experiencia posible», pero de hecho impracticable, como impracticables son los números inmensos pero, sin embargo, finitos. Estos límites, tanto podrían venir trazados en campos pretéritos, como en campos futuros.»

Pues la situación económica no puede trasladarse alegremente a un futuro incierto en la medida en que existen una multitud de factores que inciden de muy diversas formas sobre cada hecho real de carácter económico, por lo que se haría necesaria esa omnisciencia de indudable barniz teológico que ilumina la falsa conciencia de tantos iluminados. Como nadie, excepto tal vez Concha Pino y Octavio Aceves, pueden conocer el futuro, se hace indispensable ver que las expectativas, que conforman la gema preciosa del crecimiento o ruina de muchas empresas, son a veces tan necesarias como inservibles a efectos prácticos, pues se toma todo el peso de las decisiones inversoras en eventos aún no ocurridos y de los que ni siquiera se han asimilado los factores que los inducen a determinarse, sobre todo cuando dichos factores son, la mayor parte de las ocasiones, incognoscibles de modo simultáneo. La Junta directiva de una gran empresa es, principalmente, la encargada de verter, por medio de un cualificado equipo de financieros, las semillas de esas expectativas sobre un supuesto terreno fértil. La información es, posiblemente, la pieza esencial para el crecimiento económico de tantas corporaciones privadas, y de la que procuran alimentarse a fondo la clase social directiva, no solo para conocer los avances o retrocesos de sus competidores, sino también para difundir una posible confianza respecto al desarrollo de su propia organización en los mercados.
Réplica del modelo de estudio al que recurren tantos sesudos economistas profesionales de hoy en día, y que les permite, no solo ver las tinieblas del mañana, sino percibir cuantiosas sumas de dinero en las conferencias y charlas públicas con las que asombran al auditorio bajo el destello de sus descubrimientos personales. La economía neoliberal se alimenta de ciertas profecías aplicadas al campo económico, tan dudosas como recurrentes.

Por eso, nos parece sumamente triste esa defensa a ultranza de la corporación privada sobre el endeble argumento de su composición en acciones, constituida por la influencia mayor o menor de quien ha puesto más o menos dinero en la estructura productiva de turno, y que se desenvuelve en una cierta Junta General: lo que se defiende no es ya al accionista, como hemos apuntado, sino al directivo. La directiva es la piedra angular del neoliberalismo, de la misma forma que las grandes empresas y círculos sociales acomodados lo son del monetarismo. Si sumamos a este argumento la antigua defensa de políticas económicas basadas en restricciones monetarias forzosas que, al reducir la cantidad de dinero, aumentan el tipo de interés –beneficiando así a quienes más recursos tienen– podemos concluir finalmente que la llamada defensa absoluta de la libertad de los mercados no es sino de una ideología discriminatoria, selectiva y desvinculada por completo del marco regulativo estatal como medio de obtención de una serie de servicios sociales. La ideología se disfraza de política económica al uso pero, como ya ha apuntado Gustavo Bueno en su libro Primer ensayo de las categorías políticas{7} (y aun también en su más reciente obra La vuelta a la caverna), no es posible concebir política económica alguna sin el Estado; de hecho sería algo esencialmente absurdo y contradictorio: ¿quiénes regulan la estructura social y política de las relaciones de intercambio o simplemente especulativas del mercado, una sociedad anónima, un conjunto invertebrado de ellas, una benévola asociación de corporaciones que «legislen» por el «bien común»? La política económica es, al fin y al cabo, una tipología de política aplicada por el Estado, lo cual quiere decir que es el Estado el que la genera y el que la determina en su propio diseño.

¿Pero cómo se forman los Estados en un principio, sobre la base de estructuras ya dadas? Bueno expuso la génesis de un Estado en su ya clásico Primer ensayo sobre las categorías políticas:

«Según el modelo de la codeterminación que proponemos, el origen del Estado tendrá lugar cuando dos o más sociedades políticas primarias que han evolucionado con relativa independencia entorno a sus centros propios llegan a encontrarse, como consecuencia de su expansión, en fluctuantes líneas fronterizas (el border) y ‘reaccionan’ de suerte tal que en lugar de constituir un tertium envolvente de ambas (por coordinación o subordinación de unas otras) les lleva a desarrollar a cada una de ellas, a fin de mantener su ‘enfrentamiento’, una ‘membrana’ o capa cortical llamada a agregarse al cuerpo de las sociedades primarias (un cuerpo con dos capas bien diferenciadas como capa basal y capa conjuntiva).»

Leyendo este párrafo y, lo que es más importante, comprendiendo el significado de lo que apunta Bueno respecto a la formación y mantenimiento de unos Estados en separación a otros, es posible remarcar lo que ya hemos sugerido sobre la «liberalización» de la capa cortical: privatizar esa «membrana» es tanto como poner su «agregación», no en el cuerpo político, junto a la capa basal y conjuntiva, sino en los intereses financieros de una posible sociedad anónima que controle a la plantilla de sus soldados. Ya en EEUU se aplica, aunque de forma muy tenue, una medida consistente en el uso de mercenarios que acuden a las guerras de turno bajo los mandatos de alguna organización privada, convenientemente remunerada por el gobierno central de Washington; sin embargo, este apunte solo es una mera anécdota cuando vemos que el ejercito de EEUU sigue siendo funcionalmente muy poderoso, no solo en la tecnología del armamento utilizado, sino también en las ingentes reservas de militares y, sobre todo, en el presupuesto asignado a la causa. El uso de mercenarios obedece, en el caso americano, al empleo de ciertos contingentes –siempre muy reducidos en relación a la gran flota de marines– que realizan, sobre todo, algún «trabajo sucio», ya sea a la hora de asesinar a un líder político o a la de jugarse el pellejo en algún rescate casi suicida. En realidad, se trata de una pequeña remesa mercenaria que emplea sus recursos en labores de «lucha sucia», asesinatos selectivos y protección de altos cargos gubernamentales. Pero la idea extrema propugnada por los neoliberales no se parece, ni de lejos, a esta circunstancia: la privatización del ejercito podría hacer desaparecer la membrana entre un Estado y otro, por cuanto que la fuerza magnética de dichos ejércitos ya no sería, en absoluto, el propio Estado al que, en teoría, representaran, sino a la corporación de la que dependiesen, de forma que, en caso de algún conflicto interno relativo a una «pugna» de intereses entre el Estado representado y el ejercito mercenario representante, es bien fácil imaginar una huelga «mercenaria» justo cuando el país de turno se encontrara inmiscuido en alguna guerra.

Devorah Avant, profesora Asociada de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales por la Universidad George Washington, es la autora de un interesante artículo sobre este particular, titulado «Mercenarios», y donde analiza el reciente fenómeno de la contratación de paramilitares de empresas privadas muy poderosas que emplean armamento de la última tecnología, y que, de una forma u otra, son cualquier cosa menos hermanitas de la caridad en la loable tarea de «reconstrucción» del país que invaden:

«Numerosos estudios sobre la privatización y el recurso a empresas externas indican que deben darse dos condiciones para que los servicios del sector privado sean más rentables que los oficiales: un mercado competitivo y la flexibilidad del contratista privado a la hora de cumplir con sus obligaciones. Sin embargo, los gobiernos suelen restringir la competencia para mantener la fiabilidad y la continuidad. Por ejemplo, la empresa de servicios militares Kellog, Brown & Root (filial de Halliburton) obtuvo un contrato no sometido a puja para reconstruir los campos de petróleo iraquíes en 2003 porque el Pentágono decidió que era la única empresa con las dimensiones y los requisitos de seguridad necesarios para el trabajo. Además, muchas veces, los gobiernos imponen unas condiciones que reducen la flexibilidad de las empresas privadas.
Lo más significativo es que la rentabilidad no es una de las tres razones para contratar con empresas privadas que menciona un informe elaborado por la oficina de investigación del Gobierno de EE UU, la Oficina General de Cuentas (GAO), en 2003 sobre los contratos militares. Las razones son: contar con conocimientos técnicos especializados, no verse restringidos por los límites a la presencia autorizada de soldados en ciertas regiones y garantizar que unos recursos que son escasos estén disponibles para otras tareas.
Las informaciones sobre la guerra de Irak hablan sobre los altos sueldos de los civiles contratados -alrededor de 20.000 dólares mensuales, el triple o más de lo que ganan los soldados en activo-, pero esas cifras no explican si, pese a todo, dichos civiles resultan rentables. Algunos analistas afirman que las empresas privadas son más baratas porque permiten que el ejército no tenga que gastar en reclutar, formar y desplegar personal. Sin embargo, la mayoría de los civiles contratados han sido reclutados y formados por un gobierno. Los militares estadounidenses han expresado su preocupación por la posibilidad de que el atractivo de las empresas privadas disminuya la capacidad del ejército de conservar a su personal; una inquietud que comparten todos los mandos militares desde Gran Bretaña hasta Chile.»

A nuestro juicio, lo más interesante del estudio de Avant es su reflexión sobre la eficiencia de la economía privada respecto a la pública. Una política económica queda determinada por otras de las que depende, como también la acción privada queda condicionada por las políticas anexas de los competidores del mercado, aunque lo cierto es que las grandes empresas del planeta son corporaciones privadas porque no reducen los intereses de sus resultados a un incierto «fin público» sino a un objetivo puramente empresarial. Pero, en el fondo, la comparativa con la empresa pública es muchas veces –si no siempre– abiertamente engañosa, sin duda. De hecho, por su propia naturaleza, la empresa pública no puede competir de igual forma que la privada –en términos de resultados financieros– pues la conduce un propósito radicalmente diferente: y no decimos con ello que la empresa pública no busque rentabilidad, sino que ésta se halla condicionada, en gran medida, a otros parámetros tales como las externalidades positivas o negativas que generen desde un marco social. La privada, repetimos, también se halla condicionada por otros factores, pero desde luego por ninguno que sea la eutaxia de un cuerpo social del que dependa: ¿se preocupa Nike en mejorar realmente el tejido productivo de Hong Kong, por ejemplo? Prueba de ello son los ingentes despidos producidos por IBM con el traslado de sus fábricas de un país A a otro B: ¿pretenden mejorar la eutaxia del país B en detrimento del A? Dicho todo esto, es necesario que concluyamos con la certeza de que, en principio, la comparativa de resultados entre empresa pública y privada es capciosa, pues ambas se «mueven» bajo ciertos presupuestos distintos. Por supuesto, a veces esos presupuestos se desplazan directamente al terreno de la parodia, pues es lo que sucede con la televisión pública española, que pese a tener un «agujero financiero» (o sea, un déficit como uno de esos improbables agujeros negros que absorben todo a su paso) de proporciones imponderables, se sigue emitiendo y financiando con el dinero público bajo la sospechosa teoría de que con ello se defienden (atención):

La neutralidad (¿?)
El interés público (¡!)
Dice Avant que lo que guía al gobierno de Bush a la contratación de empresas privadas no es tanto la rentabilidad como otros factores. Curioso: ¿y por qué razón la rentabilidad no es el objetivo mayor del gobierno americano respecto a la contratación de empresas privadas en Irak? Pues porque la política estatal viene influida –como ya dijimos– por otros criterios y prioridades que pueden desplazar el criterio puramente económico a un segundo plano… es el caso del dominio geoestratégico de una zona donde lo primero no es (como aseguran los demagogos de turno) chupar enseguida el petróleo, o expoliar los recursos terrestres o marítimos, sino mantener la misma zona bajo con un control de fuerza necesario. Por cierto, la rentabilidad económica de las empresas privadas contratadas por Bush queda asegurada en el momento mismo en que la administración paga con contratos millonarios a sus directivos; una rentabilidad que se desplaza por otros cauces que la rentabilidad pública que conduce al gobierno americano a contratarlas. He aquí un caso concreto –no necesariamente genérico– donde la rentabilidad de un organismo privado puede «confluir» con los intereses del Estado que lo contrata. A la empresa de mercenarios que sea contratada por la administración de Washington lo que le interesa es precisamente que las condiciones de dicho contrato sean inmejorables, y cuando así sucede poco importa que lo que luego haya de suceder en el territorio ocupado sea «desagradable» a los ojos de la «opinión pública», o que incluso puedan existir «discrepancias» entre lo que persigue el gobierno contratista y la corporación mercenaria.

Claro que también se hace interesante ver los criterios de eficiencia que mueven a decantarse por empresas privadas o a ceñirse al aparato de las públicas. Y es que tampoco podemos asegurar, sin pelos en la lengua, que toda empresa privada sea, «por naturaleza», más eficiente que la pública: hay empresas privadas desastrosamente poco rentables, sin duda, en tanto que otras públicas han sabido administrar los recursos de forma eficiente y ateniéndose a criterios de rentabilidad pública. Pero con la empresa privada sucede lo mismo que con las «leyes» darwinistas: las que no sirven desaparecen. También sucede lo propio con las públicas, aunque no siempre, pues los criterios gubernamentales pueden mantener durante años a empresas pésimas (financieramente hablando), lo que sin duda levanta la indignación de los neoliberales pero no tanto la de aquellos que pretenden mantener a grupos sociales o a sectores a flote, bajo el apoyo o «salvavidas» del Estado. Por eso, nuestra conclusión no es rígida ni se establece sobre la disyuntiva «Estado malo/empresa buena», o viceversa, sino sobre situaciones donde la rentabilidad no es el parámetro útil –para el caso de empresas públicas– máxime cuando es el Estado el que las concibe y maneja, y el que las planifica según objetivos a veces radicalmente opuestos a los de las empresas privadas. En efecto, tampoco debemos desprendernos de la matización realizada, pues la privatización no presupone forzosamente una «mejora» en la empresa: se dan ciertas condiciones que facilitan la mejora en ciertos sentidos financieros, ya liberada la organización de restricciones sociales y fines públicos, pero tampoco eso implica que el funcionamiento sea inevitablemente mejor que antes. Se ofrecen las condiciones para que la empresa, en su metamorfosis a organización privada, pueda manejarse bajo «otros parámetros» que no sean la rentabilidad pública, ni la eutaxia de los Estados que las financiaban en otra época, sino la nueva rentabilidad que los liberales de toda condición pregonan y adoran como a un Dios supremo, a saber, la rentabilidad económica.

Los motores del Estado liberal vienen dados por una clase burguesa que defiende una mínima intervención reguladora. Sin embargo, ocurre la circunstancia de que ese despliegue de propósitos liberadores, característica común de los abanderados del neoliberalismo recalcitrante, se acaba convirtiendo al fin en la manifestación de una hipócrita vuelta de tuerca cada vez que la coyuntura lo requiere: se trata, en definitiva, de «aborrecer» del Estado como intruso en el mercado pletórico solo para luego recurrir a éste cuando conviene, cuando las circunstancias lo exigen. A este asunto se refiere con brillantez Gustavo Bueno en su Primer ensayo sobre las categorías políticas:

«Si el Estado liberal propugna un intervencionismo mínimo y una privatización máxima en materia económica, cultural, etc, no es porque carezca de una perspectiva globalizadora, sino porque la burguesía dominante, dueña del control económico, y con sindicatos débiles, no necesita que nadie, fuera de ella misma, intervenga en sus planes y programas. Pero cuando ese Estado de equilibrio se rompe por motivos internos o por una coyuntura internacional, entonces es el mismo ‘Estado burgués’ el que pedirá la intervención ‘totalitaria’.»

En definitiva, nos parece que la ideología neoliberalista enarbola la bandera brillante de la «libertad» de los mercados solo cuando le interesa hacerlo: solo la clase social acomodada defiende tesis tan extremas por cuanto que ellas obedecen al principio de un modelo social concreto, a saber, la «liberación» de un improbable sujeto económico independiente del cuerpo político del que forma parte. Sin embargo, como sucede con el individualismo metodológico, esta concepción –en gran medida impulsada desde EEUU, que aun contando con un Estado muy potente en cuanto a la conjunción de sus tres capas fundamentales, ha propagado a todos sitios la ideología del triunfador en los negocios, ese personaje feliz que vive su sueño americano y que, tras gritar a su presidente «Is the Economy, stupid!» logra ascender socialmente– no es sino una fórmula ficticia alejada del mundo de la realidad económica, pues cualquier éxito individual viene determinado dentro del tejido social en el que esos soñadores se hallan envueltos. El pensamiento de Hayek ha arrasado con los campos de la protección pública bajo los datos irrefutables de cifras y resultados convenientes, que intentan, una y otra vez, imponer una guerra definitiva, casi apocalíptica, entre esa economía pública (que defiende, con sus transferencias, a los grupos humanos más desfavorecidos) y una resplandeciente economía privada que, lejos de samaritanismos y dudas morales en cuanto a la conjunción de unas capas –cortical, básica, conjuntiva– que no posee, desarrolla sus actividades creciendo a ritmos frenéticos. Pero en realidad, la confrontación entre estas dos «economías» no surge sino en el cerebro del sublime neoliberal, pues existe un hecho indudable: así como la constitución de los Estados se consolida con las «membranas» de sus capas corticales, las empresas no «nacen» espontáneamente en una atmósfera neutral, un gas indefinido fuera de fronteras y regulaciones, sino dentro de los propios Estados de los que dependen. La diferencia, y quizás la causa por la que haya algunos ideólogos desquiciados que piensen otra cosa bien distinta, otorgando a la empresa privada el rango de criatura independiente que solo debe «rendir cuentas» al mercado –sobre la estructura armonista actual–, se halla en la Idea misma de Mercado y en sus implicaciones clásicas y neoclásicas, un motor dinámico y autoregulativo que compensa deficiencias y corrige desviaciones.
El señor Von Hayek, con algún parecido a Toni Leblanc, enarca una ceja y sonríe como un entrañable abuelito catastrofista, mientras predica sus teorías liberales y nos habla de lo malas que son las regulaciones económicas del Estado. Premio Nobel de Economía en 1974, Hayek, miembro de honor de la Escuela Austríaca, es uno de los grandes padres del pensamiento neoliberal contemporáneo, asentado en la supuesta conveniencia de privatizar el campo público en aras de una mayor eficiencia económica.

A este respecto, solo nos cabe decir que una política económica no dejará de ser una medida política, es decir, una adopción de disposiciones llevadas a cabo por un Estado, nunca por una empresa privada o una corporación pertinente: señalamos este rasgo notorio por el grado de verdad exclusiva que conlleva, pues es posible –e incluso podemos observarlo sin dificultades en España– adoptar acciones estatales que, no solo no contribuyan a una mejora en algún plano de su estructura, sino que lo acaben debilitando. Por eso, no hay que sorprenderse demasiado ante ciertas políticas económicas que vayan, de hecho, contra el propio Estado desde el cual se realizan: y no nos referimos ya a una medida que provoque más paro del que debiera, o que genere inestabilidad perentoria, sino a «diseños» económicos que produzcan una paulatina desintegración de la estructura estatal misma. Pues bien, el neoliberalismo tiene, en su forma extrema, una composición similar a una regulación nacionalista como las que se producen –cada vez con mayor frecuencia– en este país: se apela a Ideas sublimes y grandiosas (una Cataluña como Nación imbricada en otra Nación) para, a partir de ellas, realizar una progresiva separación del país de donde proceden; en el caso liberal, partiendo de la Idea de Mercado como forma sublime, perfecta y redonda –esférica diríamos, al establecer, sobre el mito globalizador, la designación pertinente, porque, ¿quién puede negarse a los encantos de una nebulosa que escapa a las banderas y los ejércitos?–, una Idea única que sirve como justificación de defensa de intereses financieros por parte de una clase elitista cuyo propósito es el de conducirse por la senda del éxito profesional y grupal; pero un éxito de grupo cuyos límites no pueden expandirse abarcando al cuerpo social del país de referencia, sino a células casi «gremiales» constituidas por altos directivos que se benefician de acciones de oro, de dividendos suculentos y de un tren asignado de vida donde se mueven entre la tensión interna de conducir a una sociedad privada por la ruta de sus propias decisiones y el sugestivo placer de vivir acorde a sus propias expectativas.

Que el Estado no puede vivir sin los mercados eso es algo esencialmente inequívoco, aceptado sin reservas por los propios neoliberales, pero que el Mercado pletórico exista sin Estados es una mera falacia, una ficción económica que resalta el burdo pivote sobre el que se asienta la ideología de tantos sublimes defensores de la privatización a ultranza. ¿Es posible que el mercado existiese sin la participación, activa o pasiva, de los Estados? Si tenemos en cuenta que el mercado se mueve a través de capitales, que los capitales vienen establecidos por monedas y que las monedas o divisas son reguladas por los Estados de donde proceden, no parece, para empezar, que las empresas privadas puedan «auto-realizarse» sin ese fluido oportuno por el cual ellas mismas existen, su propia «razón de ser». Si no, leamos lo que dice Gustavo Bueno (en su La vuelta a la caverna) respecto a esta situación en el contexto de la dialéctica de economía pública y privada, y que, a modo de cierre, viene a concluir con lo que ya hemos apuntado sobre las falacias del neoliberalismo actual:

«Pero la oposición, tantas veces soñada, entre el liberalismo económico radical y el centralismo de la economía totalitaria es, según lo dicho, una oposición ficticia entre términos imaginarios. Porque jamás podría admitirse una economía libre (pura, ‘no involucrada’) como tampoco puede admitirse una economía totalmente controlada. El concepto de Estado totalitario, introducido por el fascismo mussoliniano, incluso en sus dimensiones económicas, es un puro concepto límite: ningún Estado puede agotar íntegramente el juego de operaciones y relaciones (incluyendo las económicas) de la ‘sociedad civil’. El concepto de ‘economía política libre’ en el Estado liberal es una contradicción en los términos; porque la economía política, aun la del Estado gendarme del liberalismo, sigue siendo política. Y sin la involucración del Estado sería imposible la rotación recurrente en régimen de economía política.
En efecto, no es posible hablar de una economía política sin una moneda de curso legal y obligatorio. Pero sólo el Estado establece esa moneda, determina las unidades monetarias, las reconoce e impone su utilización en el mercado. Y solamente los acuerdos entre Estados pueden lograr que las monedas de un Estado se confundan con las monedas de otros Estados. Otra cosa es que alguna moneda exterior al Estado se convierta de hecho en unidad de cambio; sin embargo, esta moneda de cambio seguirá siendo moneda tutelada por un Estado (por ejemplo, el dólar por Estados unidos, o el euro por los Estados de la UE).»

Llegados a este punto, ¿qué pueden pensar señores como Friedman o Soros acerca de la presencia ineludible de un Estado que actúa, no ya como un mero comparsa del mercado, sino como una parte sustancial del mismo? ¿Es entonces el liberalismo extremo un límite ideal sin consistencia alguna con la propia realidad de los hechos? Así lo parece, y así lo manifiesta el propio Bueno:

«El Estado no solo establece la moneda como parte formal del sistema económico. También, en su papel de Estado gendarme, hace posible que se mantengan a salvo los mercados de los asaltos de los que permanecen fuera de las cadenas de producción o distribución. Mediante la escolarización obligatoria hace posible la conformación de los individuos como productores y consumidores; mediante la política de seguridad social permite la subsistencia (incluyendo el panem et circenses) de una población que de otro modo causaría el desplome del sistema. El Estado crea además las infraestructuras (ferrocarriles, autopistas, líneas de alta tensión) sin las cuales la economía de mercado no podría funcionar.
En resolución, lo que se llama ‘Estado liberal’, o ‘economía libre’ (del Estado) es una ficción que solo tiene un sentido comparativo (respecto de los Estados llamados intervencionistas o socialistas) en el contexto de la gradación involucraciones de las categorías económicas en las categorías políticas. La diferencia entre un Estado liberal y un Estado socialista no es una diferencia entre economía libre y economía intervenida; más bien, es una diferencia entre ‘economías intervenidas’, según determinadas proporciones. Con la paradoja de que las tan debatidas cuestiones de nuestros días relativas a la privatización de autopistas, cadenas de televisión, o empresas productoras de energía, no tienen un significado ‘procapitalista’ mayor que el que pueda tener su estatalización o nacionalización, si se tiene en cuenta que esta nacionalización, desde el punto de vista de la economía política, al menos en un Estado democrático, puede resultar ser, según la coyuntura, aún más favorable al capitalismo que las privatizaciones. Según esto, la diferencia entre una economía liberal y una economía con planificación central, tipo soviético, no será tanto una diferencia económica cuanto una diferencia política. Las leyes económico-políticas seguirán funcionando aproximadamente del mismo modo en ambas situaciones.
La apariencia de una economía libre que funciona entregada a las leyes puras del mercado es una ilusión derivada de que esa economía, en el marco de la economía política, se comporta como si estuviera sometida a leyes naturales. Pero tales leyes son en rigor leyes económico-políticas, lo que es evidente cuando nos referimos a las leyes tributarias. Las empresas, en los cálculos de sus proyectos, tendrán en cuenta los impuestos, pero no necesariamente tanto a título de ley económica sobre el precio del dinero, cuanto a título de los costes previos, previstos o naturales. Estos costes siguen siendo económico-políticos, como lo es toda la acción del Estado que envuelve, canaliza y tutela el ‘libre juego’ de las leyes económicas.»

Y es que, al fin y al cabo, con el neoliberalismo más férreo sucede, en su ideología, lo mismo que con los modelos económicos que, a lo largo de la Historia, han ido depositando un sedimento de ficciones alejadas del propio mundo de los hechos económicos. De la misma forma que no es posible profetizar en economía prácticamente nada (salvo que lo que suceda no sea producto de una visión mística sino de una multitud de factores simultáneos), ni que, por ejemplo, la micro-economía sea el resultado de una separación «real» (acotada al espectro de la realidad de los hechos, y no a una página de libro de texto universitario) de dos materias diferentes –del mismo modo que es equivocado presuponer que el área micro no incide sobre la macro, y viceversa–, de la misma forma, decimos, que tantas y tantas teorías económicas se han elaborado, como se siguen elaborando, sobre la superficie lisa de presupuestos irreales, la economía neoliberal, que toma el mito de la globalización como estandarte para sus proyectos, no es muchas veces sino un conjunto de falsedades reincidentes. Esa separación casi brutal entre los hechos económicos y las Escuelas económicas que pregonan políticas adecuadas a sus propias «visiones del mundo», nos conduce hasta el territorio del teoreticismo más deleznable, pues en las últimas décadas, la Economía no solo demanda un estatus de ciencia pura sobre sus cada vez más desarrollados modelos matemáticos, sino que ejecuta una serie de teorías perfectas y redondas que, supuestamente, avalan la tesis de dichas solicitudes. Tan perfectos y redondos son los modelos económicos de ciertas Escuelas y tendencias, que puede decirse, sin temor a equivocarnos, que de lo que se trata no es tanto de reflejar una realidad económica dada –a partir de la cual se elabora el modelo– sino de concebir campos teóricos coherentes por sí solos, irrefutables en cuanto a las conclusiones que de ellos se derivan, pero, al fin y al cabo, inservibles para los propósitos reales que en un principio los impulsaron a ser concebidos.

3. Conclusión

Hay un aspecto revelador en la conformación de la Economía clásica y, posteriormente, de la neoclásica, y que viene medida por la importancia que tantos teóricos han dado al individuo como centro de las relaciones económicas y sociales. Pero este relieve es, en realidad, una forma distorsionada de comprender que lo que mueve a los mercados no son los individuos (y que, por tanto, no tiene sentido hablar del individualismo metodológico si tomamos a ese individuo como centro de las «disputas» económicas) sino que, de una manera u otra, lo que estudia la Economía son los grupos sociales que, imbricados dentro de estructuras políticas, conforman sistemas. Paralelamente, se ha pasado a dar consistencia a la empresa como elemento indispensable de estas relaciones, pero, al igual que con el individuo tomado de forma abstracta, la sociedad privada no pulula como un abejorro en el entorno difuso e inefable de los mercados, sino que depende en gran medida de las estructuras estatales antes referidas. La tendencia a darle tanto bombo y platillo a la empresa y, en concreto, a la empresa privada, viene representada por personajes como Von Hayek y otros, que alimentaron, a lo largo de las décadas, la sospechosa creencia de que la Libertad, como silueta sublime, era un concepto ligado a las asociaciones privadas, pues todo lo que supone, en un orden extremo, una centralización de la economía absoluta, produce ineficiencias en los mercados y, por tanto, insatisfacción en el «individuo» y en los propios productores. Seres como Milton Friedman se han encargado de darle luego un empaque de consistencia teórica al modelo liberal de la era contemporánea, muy diferente a ese liberalismo clásico de Smith y sus muchachos. Han propugnado la idea de una política económica que regule la cantidad de dinero conformando un supuesto control sobre el nivel de precios. La política monetaria tiene un retardo{8} más corto que la fiscal, establecen, por lo que es más efectiva para la solución de problemas más inmediatos.

Pero poner todo el peso de los mercados en las empresas privadas es, a nuestro juicio, tan desacertado como hacerlo en los individuos (meras células de consumo y producción imbricadas en sistemas mucho más complejos y, por tanto, desvinculados del perímetro sicologista de cierto utilitarismo rancio), pues si bien, insistimos, las grandes corporaciones del planeta son privadas, controladas en gran medida por una clase de directivos y financieros aislada del grueso de accionistas medios, lo cierto es que los mercados no son prácticamente más que una ficción teórica sin la influencia y acción activa de los propios Estados. El Estado acuña monedas, legisla relaciones, construye organizaciones supranacionales –como la OMC–; en definitiva, el Estado, y no la empresa privada, es el que establece los criterios de actuación de las organizaciones que actúan en los mercados de capitales, bienes, servicios, &c. Otra cosa bien distinta es que sea esa empresa (reina en el tablero de ajedrez de los neoliberales del presente) la que acumule las grandes riquezas mercantiles, pero una vez más se impone la obligación de distinguir con detalle los criterios que, en principio, mueven a las empresas privadas y a las públicas. Pues mientras unas se mueven entorno a criterios de eficiencia económica –tomando la rentabilidad económica como el soporte de sus propias inversiones– las otras lo hacen sobre todo por criterios de eficiencia pública, de concepción de externalidades que dejan a un segundo plano el rendimiento financiero para ocuparse de los ciudadanos que habitan el Estado en cuestión, ya que lo que se pretende es mantener la eutaxia y no aparecer en la revista Forbes.

Friedman, Samuelson, Von Misses, y tantos y tantos otros han contribuido a la construcción de una nueva caverna mitológica para el hombre moderno: se trata de la caverna económica del neoliberalismo, asentada sobre los sublimes principios de un origen socialista en el que el hombre contemplaba las sombras de la «Libertad» sobre las paredes de su gruta, pero que al fin pudo conocer la luz exterior y desenvolverse fuera de su agujero de sombras y apariencias, para disfrutar de la esencia pura de lo que tanto había intuido bajo las cadenas de la planificación estratégica del Estado; es decir, lo que había intuido no era otra cosa que el Hombre es libre como el viento, y que solo él es «propietario» de su «destino», y que las supuestas verdades propagadas por el socialismo no eran sino meras sombras en la caverna. Pero si, como dice Gustavo Bueno, la Filosofía es solidaria del socialismo, tal vez sea razonable que repudiemos justo su propio contrario, es decir, el neoliberalismo actual de Friedman y otros. Por tanto, desde la Filosofía, como conocimiento derivado, se hace preciso atacar una vez más esta clase de mitos perniciosos por cuanto que acaban deteriorando la imagen del Estado y, sobre todo, conforman (bajo un espectro teórico cada vez más sorprendente, anclado en el teoreticismo) una serie de modelos y teorías por completo aisladas de la propia realidad de los hechos económicos. Bueno es que se den cuenta, los partidarios de la vieja fórmula liberal, de que, ni el individuo es el centro del mercado –en cuanto productor o consumidor, pues un sujeto es irrelevante en este contexto– ni la empresa privada es dueña y señora de los mercados, por cuanto que son los Estados quienes regulan los mismos. Por tanto, en su origen, la disyuntiva clásica entre intervencionistas y liberales ha de tener, forzosamente, un carácter público; es decir, eso de discutir ya de partida este «dilema» sobre el «pensamiento» de una organización privada es tan solo una petición de principio, pues, aunque otros pudieran creer lo contrario, las que controlan los mercados son, en buena parte, las regulaciones estatales, la economía fiscal, la política económica; y si hoy ciertas corporaciones privadas parecen «desbocadas» (firmes a cumplir esa predicción de tener algún día un nombre en algún planeta lejano a la Tierra) no es sino porque lo permiten los propios Estados donde se aplicaron sus medidas, pues lo que realmente preocupa, a estas alturas, es la densa malla ideológica que se enraíza a los aparatos públicos sobre la base de nuevos «tecnócratas» neoclásicos que alimentan mitos dentro de las propias instituciones que los acogen, y que, en definitiva, ofrecen un samaritano favor a corporaciones privadas para las cuales las palabras eutaxia, el fin público o el mantenimiento de prestaciones sociales no son, sino, como mucho, más que meras sombras sobre la pared de una caverna.

Notas

{1} Panfleto contra la democracia está publicado en la editorial La esfera de los libros, y ya en su primer capítulo se habla con profusión del llamado fundamentalismo democrático, de la mayor relevancia para comprender el fundamentalismo económico neoliberalista del que hablamos.

{2} La obra La vuelta a la caverna queda publicada por ediciones B, y en ella puede apreciarse la falacia de la llamada igualdad de oportunidades, equiparable a esa sublime declaración de principios que establece que «todos los hombres son iguales», otra patraña cósmica.

{3} Y ya no solo el Estado a secas, sino la propia conformación del Estado de Bienestar. Desde un punto de vista histórico, el llamado Estado de Bienestar nace con la Alemania del conde Otto Von Bismarck (1815-1898). Naturalmente, se trató entonces de una serie de regulaciones gubernamentales más «suaves» que las que luego se habrían de conocer tras la II guerra mundial, aunque ya de partida es preciso percatarnos de que el propósito de Bismarck era que se mitigasen los efectos más temibles del capitalismo desaforado. Por supuesto, hay quienes pueden creer que aquello no era un Estado de Bienestar tal y como hoy se conoce; que, por ejemplo, la Iglesia Católica ya refugiaba a los pobres en los hospicios, pero lo cierto es que ésa es una tesis bastante débil, pues nunca podemos comparar una superestructura recrecida que, sobre el perímetro dogmático –ser «bueno» porque lo dicen las Santas escrituras– de la caridad, se diesen sopitas a enfermos y moribundos, con una medida de política, que solo puede ser llevada a cabo por un Estado. Hablamos de políticas gubernamentales que pretenden conservar la propia eutaxia, y no de instituciones caritativas.

{4} Historia de la Economía, escrito por el célebre economista canadiense John Keneth Galbraith, está publicado en España por la editorial Ariel, aunque desconozco si aún circula en ediciones nuevas, pues el que pude conseguir fue en una librería de viejo, con un comunista pequeño y calvo (con cierto olor a alcanfor) sin criterio alguno a la hora de intercambiar libros ya usados: como apunte anecdótico, es capaz de cambiarle a uno lo que sea –aunque disponga de la Enciclopedia Británica– con tal de que lo le entreguen tenga una estrellita revolucionaria en la portada.

{5} Hay un libro de cierto interés titulado Teoría de la Hacienda Pública, escrito por Emilio Albi y otros autores, y publicado también por Ariel, y donde se analiza el papel y la relevancia del sector público en un Estado. Hay una parte relevante donde estos señores se plantean la siguiente duda:

«¿Cuál es el peso del sector público dentro de la economía? Esta cuestión es tan importante para valorar el papel de la actividad pública como difícil de responder en la práctica de forma plenamente satisfactoria. El conocimiento y la medición de la importancia cuantitativa de la actividad pública viene complicado tanto por el carácter no monetario de muchas de sus operaciones como por la falta de series estadísticas homogéneas. Este problema tiene su origen en los cambios que a lo largo del tiempo se producen en las características administrativas, institucionales y funcionales de los organismos de la administración.»

Curioso, porque a la empresa privada le ocurre algo distinto: cuando no valora sus «progresos» de forma simplemente cuantitativa (en la Cuenta de resultados pertinente) lo hace apelando a estimaciones futuras respecto a alguna valoración más o menos difusa, cuando no dudosa.

{6} Compitiendo por crear valor queda publicado en la editorial Esic, dentro de la Colección Empresa, y en él se estudia el objetivo de crear valor para el accionista. Así lo dice el propio autor (antiguo director financiero de Repsol):

«El objetivo de crear valor para los accionistas es un propósito antiguo e inherente al sistema de economía de mercado. Los problemas de agencia, nacidos de la separación entre la propiedad y el control en las grandes empresas, debilitaron por algún tiempo su protagonismo que, recientemente, ha vuelto a renacer por la contingencia de una serie de fenómenos»

Lógicamente, nadie niega la importancia de darle satisfacción a los accionistas medios que han aportado parte de su capital en la empresa, pero lo que está claro es que este esquema figurado por el objeto supremo de reconducir los beneficios al accionista es una estructura simplista que esconde las metas de la alta directiva y de los financieros cualificados que también «reconducen» gran parte del beneficio neto a sus propios intereses. De otro modo, sería una forma muy ingenua de comprender el funcionamiento de las grandes corporaciones, las cuales no están, ni pueden estar nunca dominadas por un accionista que se sienta en la última fila de la Junta, creyendo que su aportación es tan valiosa como la de aquellos señores enchaquetados que se sientan en el estrado, detrás de una mesa.

{7} El Primer ensayo sobre las categorías políticas está publicado por la Biblioteca Riojana, de Logroño. Entre otros temas, en él se habla con detalle de las capas que conforman un Estado y de las relaciones entre las mismas.

{8} La idea económica de retardo es de vieja procedencia, y se aplica a la diferencia esencial entre el tiempo en que una medida política se diseña hasta que se aplica realmente, o el otro margen entre la aplicación de la misma y la obtención de resultados. Existe un retardo externo y otro interno: sobre estas cuestiones se habla bastante en el libro Macroeconomía, de Dornbush y Fisher, publicado por la editorial Mc Graw-Hill.
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