Desencuentro de Marx con América Latina

Por: Paco Peña
Fuente: Revista “Punto Final”

Es conocido el poco interés de Marx por nuestro continente. El autor de “El Capital” se habái concentrado desde los años 40 del siglo pasado, en el que apareció a sus ojos como el actor fundamental de la revolución mundial: el proletariado de ciertos países europeos. Ello parece lógico, porque estando en el exilio trató de explicarse los mecanismos propios del capitalismo que se desarrollaban principalmente en Inglaterra y también en Francia y Alemania.

Las referencias a estos países y por ende a la Europa desarrollada de esos años constituirán los fundamentos de su obra inconclusa «Das Kapital».

Es justamente en esta obra inconclusa -y otras que citaremos- donde se pueden encontrar ciertas ideas de progreso, concebido como lineal, ininterrumpido, sobre la base del aumento siempre creciente de las fuerzas productivas. En el origen de este enfoque es posible detectar resabios de una visión eurocéntrica, que hacía de Inglaterra un modelo inevitable y obligatorio: «Los países más desarrollados… no hacen más que mostrar… la imagen de su propio porvenir»(1)

Por otra parte se ha señalado que ya desde el «Manifiesto «, Marx y Engels se acercaron peligrosamente a una suerte de filosofía de la historia, inmersos en una visión modernista que subentendía y aceptaba una idea de progreso calcada del modelo europeo y que tenía como corolario desde el punto de vista político, la centralidad absoluta del proletariado europeo occidental, considerado sujeto y eje de la revolución mundial. Este enfoque sería traspasado a América Latina y tanto la II como la III Internacional lo harían suyo. Fue José Carlos Mariátegui el primero que en nuestro continente planteó la necesidad de forjar una concepción revolucionaria original, afirmando que el socialismo no debía ser «calco y copia» sino «creación heroica», rompiendo de esta manera con el colonialismo cultural y político de varias generaciones. Lamentablemente, Mariátegui fue sólo una estrella fugaz, pues pronto la burocracia de la III Internacional se encargaría de «rectificar» al comunista peruano, adoptando el enfoque oficial made in Europa, que una vez más nos colonizaba, empequeñeciéndonos.

Para el Marx de las décadas del 40, 50 y 60 del siglo pasado, la civilización se situaba en unos cuantos miles de kilómetros cuadrados de tierra europea. Dejaba de lado por cierto no sólo a la periferia «bárbara»: China, Mesopotamia, India, Egipto, los países musulmanes, y por supuesto América Latina y Africa, sino que también a los países atrasados o colonizados de la culta Europa: España, Portugal, Italia, la Península Balcánica, Rusia e Irlanda.

Hace más de treinta años, un gran latinoamericano, José Arico, comenzaba en Córdoba (Argentina) una vasta labor editorial, un trabajo de reflexión que se prolongaría en México y que duraría casi treinta años, en tomo a la obra de Marx y del marxismo latinoamericano. Pedro Scaron, por su parte, realizaría también en México a fines de los años sesenta, una destacada y erudita obra de traducción y edición de los clásicos marxistas. Desde nuestros años mozos, siempre reconocimos en esa labor pionera una gran deuda intelectual. (2)

Estos autores retomaban la senda esbozada por Mariátegui. Los dos procedieron sin contemplaciones a una crítica exhaustiva de Marx desde un punto de vista latinoamericano, exhumando para estos efectos algunos textos que la tradición marxista ortodoxa siempre ignoró, considerándolos escritos «menores» o «circunstanciales». Se trata en su mayoría de artículos dispersos, algunos redactados para la «La Nueva Gaceta Renana «, para diarios de exiliados alemanes, una voluminosa serie de colaboraciones aparecidas en periódicos norteamericanos y la correspondencia de Marx y Engels. En estos escritos es posible constatar una manifiesta visión eurocentrista con una fuerte impregnación hegeliana.

UN CIERTO TRASPIÉS

Recordemos que 1848 –hace 150 años- fue el año del “Manifiesto”, de las revoluciones europeas y ese mismo año, por medio del tratado de Guadalupe Hidalgo, la mitad del territorio mexicano se lo tragaba los Estados Unidos y Federico Engels exultaba en un periódico alemán editado en Bélgica, viendo en este despojo un avance de la modernidad y de la civilización:… “La conquista de México nos ha complacido… Es un progreso… Es en el interés de su propio desarrollo que México estará bajo la tutela de Estados Unidos”. Un año más tarde persistía afirmando que no se les podía reprochar a los norteame Latina y Africa, sino que también a los países atrasados o colonizados de la culta Europa: España, Portugal, Italia, la Península Balcánica, Rusia e Irlanda.

Hace más de treinta años, un gran latinoamericano, José Arico, comenzaba en Córdoba (Argentina) una vasta labor editorial, un trabajo de reflexión que se prolongaría en México y que duraría casi treinta años, en tomo a la obra de Marx y del marxismo latinoamericano. Pedro Scaron, por su parte, realizaría también en México a fines de los años sesenta, una destacada y erudita obra de traducción y edición de los clásicos marxistas. Desde nuestros años mozos, siempre reconocimos en esa labor pionera una gran deuda intelectual. (2)

Estos autores retomaban la senda esbozada por Mariátegui. Los dos procedieron sin contemplaciones a una crítica exhaustiva de Marx desde un punto de vista latinoamericano, exhumando para estos efectos algunos textos que la tradición marxista ortodoxa siempre ignoró, considerándolos escritos «menores» o «circunstanciales». Se trata en su mayoría de artículos dispersos, algunos redactados para la «La Nueva Gaceta Renana «, para diarios de exiliados alemanes, una voluminosa serie de colaboraciones aparecidas en periódicos norteamericanos y la correspondencia de Marx y Engels. En estos escritos es posible constatar una manifiesta visión eurocentrista con una fuerte impregnación hegeliana.

UN CIERTO TRASPIÉS

Recordemos que 1848 –hace 150 años- fue el año del “Manifiesto”, de las revoluciones europeas y ese mismo año, por medio del tratado de Guadalupe Hidalgo, la mitad del territorio mexicano se lo tragaba los Estados Unidos y Federico Engels exultaba en un periódico alemán editado en Bélgica, viendo en este despojo un avance de la modernidad y de la civilización:… “La conquista de México nos ha complacido… Es un progreso… Es en el interés de su propio desarrollo que México estará bajo la tutela de Estados Unidos”. Un año más tarde persistía afirmando que no se les podía reprochar a los norteamericanos realizar una guerra de conquista «que fue llevada a cabo en función del interés de la civilización… ¿O es una desgracia que la espléndida California sea arrancada de las manos de los perezosos mexicanos?… (los) principios morales pueden ser violados aquí y allá… ¿qué es eso frente a hechos tan importantes para la historia del mundo”. (3) Marx hundiría más el estilete en 1854, cuando hablando de la dominación inglesa en India, la justificó en último término, puesto que a pesar de los crímenes y exacciones, ella habría sido «el instrumento inconsciente de la historia». La visión eurocentrista de Marx que recogía la noción hegeliana de «pueblos sin historia» con la cual éste calificaba a los nuestros, desembocaría en el lamentable y malintencionado panfleto contra Bolívar publicado por la Enciclopedia Americana de Nueva Cork en 1858. En esta diatriba, Marx fue verdaderamente demasiado lejos. En un lenguaje que linda con el racismo, arremetió contra la figura más relevante de nuestro continente en el siglo XIX, acusándolo de cobardía, traición, inteligencia con el enemigo, oportunismo, indecisión, robo, extorsión, -«rey de las retiradas» frente a un número reducido de enemigos-, débil moral combativa, infame, miserable, etc.

Es perceptible en Marx cierto desprecio por el mundo latinoamericano, sus hombres, instituciones y luchas, desprecio doblado de «xenofilia», es decir, de una indisimulada simpatía por los extranjeros residentes en tierras americanas -la mayoría de ellos europeos-únicos capaces, a su juicio, de “esfuerzos sostenidos” y de proezas guerreras. Ernesto Guevara, que tenía pelos en muchas partes pero no en la lengua dijo alguna vez al respecto: “A Marx como pensador, como investigador de las doctrinas sociales y del sistema capitalista que le tocó vivir, pueden evidentemente objetársele ciertas incorrecciones. Nosotros, los latinoamericanos, podemos por ejemplo, no estar de acuerdo con su interpretación de Bolivar, o con el análisis que hicieron Engels y él de los mexicanos, dando por sentadas incluso ciertas teorías de las razas o de las nacionalidades inadmisibles hoy».

Siempre se alegó que la serie de artículos menores o circunstanciales, Marx los había escrito pro pane lucrando, esto es, compelido por su angustiosa situación económica. Es efectivo que en la década de los años 50, Marx y los suyos pasaron innumerables pellejerías y desgracias familiares, sin embargo, si se considera que la colaboración periodística fue estable durante doce años (1851 -1862) con más de 465 entregas -que constituirán seis volúmenes de la nueva MEGA (4)- y que, por otra parte, Engels pudo solventar en el curso de los años siguientes las necesidades de su amigo, no nos parece convincente aducir como explicación para justificar estos escritos, su penosa situación económica. Más aún cuando en una célebre carta dirigida a Engels en febrero de 1858, Marx le comenta la reticencia de Charles Dana -editor de la Nueva Enciclopedia de Nueva York- a publicar su artículo sobre Bolívar, inquiriendo detalles acerca de sus fuentes. En su misiva a Engels, Marx reconoce haberse salido «del tono enciclopédico. Ver al más cobarde, al más infame, al más miserable, elevado al rango de Napoleón 1°, era pasarse de la raya. Bolívar es el verdadero Souluque» escribía, comparando a Bolívar con un autoproclamado emperador haitiano a mediados del siglo XIX.

No obstante, es efectivo, existe una opinión de Marx y de Engels al respecto, relativizando la importancia de estos escritos. En carta a Adolfo Cluss, en febrero de 1853, Marx se quejaba de que su labor periodística le fastidiaba quitándole mucho tiempo y expresaba su deseo de dedicarse a «los trabajos científicos que son otra cosa completamente diferente». Engels, en los últimos años de su vida, insistía en el mismo sentido: «Los artículos de la Enciclopedia (son) un trabajo puramente profesional, nada más, pueden seguir enterrados en paz».

Estos rtículos «circunstanciales», «periodísticos», «ganapanes», constituyen a pesar de todo escritos importantes. Se trata, reconoce por otro lado Scaron, de documentos ineludibles para el estudio del pensamiento marxista sobre América Latina; ellos dejan traslucir un sorprendente desconocimiento sobre nuestro continente.

RAÍZ DEL DESENCUENTRO

Scaron y Arico (este último de manera más sistemática) se propusieron buscar las razones que llevaron a Marx a elaborar una opinión tan prejuiciosa y tendenciosa sobre nuestra América. Con el mismo objetivo ha sido publicado hace pocos meses en París, el artículo de Néstor Hohan «Marx en su (Tercer) Mundo», donde el autor explora el «desencuentro» de Marx y América Latina.

Aún si en el Marx de 1845 a 1864 es perceptible una visión marcadamente eurocéntrica, es posible constatar una evolución en su pensamiento frente a las llamadas regiones periféricas, a partir de esta última fecha. De una cerrada visión eurocentrista que dura hasta fines de los años 50, pasaría a una actitud más abierta hacia el mundo no europeo, etapa que finalizaría alrededor de 1864 y en la cual sin cuestionar su visión anterior, comienza a preocuparse y a denunciar en sus artículos, las atrocidades cometidas por la expansión de las potencias imperialistas en China, India y México. Con posterioridad y hasta su muerte, sobre todo después de la fundación de la AIT en 1864, Marx cambiaría su antiguo enfoque eurocéntrico, interesándose desde entonces por las regiones periféricas, como lo demuestran sus escritos y lecturas sobre Irlanda, India, la comuna rural rusa y la revalorización de la cuestión campesina.

Engels no sigue la misma evolución. Es cierto que se pueden constatar evoluciones positivas frente a la cuestión nacional, en su correspondencia con Kautsky por ejemplo, pero una idea-fuerza está siempre presente en sus escritos: la revolución será obra del proletariado europeo. El Engels de los años 40 que celebraba las proezas de los intrépidos yanquis que se apoderaban de la mitad de México, o que se refería de manera despectiva a algunos pueblos eslavos («ruinas de pueblos»), continuará expresándose de ellos de esa manera, yendo hasta adoptar una actitud «patriótica» en 1891, cuando la inminencia de una guerra contra Francia y Rusia aparecía en el horizonte de la recién unificada Alemania. Ahora bien, se reconoce que desde fines de la década de los años 60 del siglo pasado habría tenido lugar un viraje que Arico llamó «decisivo» en la percepción de Marx de los países periféricos. Desde entonces, una nueva perspectiva se abre para él en lo que respecta a la relación entre la lucha de clases de los países centrales y las luchas de carácter nacional. Estas últimas son consideradas en la medida en que la lucha de los sectores populares de un país dependiente o colonial puede incidir en el combate del proletariado de los países dominantes. Hay entonces una suerte de «descentramiento» de su visión, basada hasta ese momento en Europa. Digamos que las naciones de la periferia comenzaban a existir. Es así como en varios textos es posible detectar estas nuevas preocupaciones y dudas que lo asaltan. Por ejemplo el artículo «La revolución China y Europa» (14/6/1854), donde se interroga acerca de las repercusiones de la revuelta china contra Inglaterra, o cuando estudiando la «cuestión irlandesa» o rusa, para Marx comienzan a aparecer nuevas posibilidades de vías y desarrollos históricos, diferentes del modelo europeo.

Estas nuevas preocupaciones se expresan también en textos tales como los Grundrisse, tomo III de «El Capital», y en dos célebres «escritos menores»: la carta enviada al diario ruso «Los Anales de la Patria», y el borrador de una carta, al parecer jamás enviada a Vera Zasulich en 1881. En la aclaración enviada a «Los Anales de la Patria», Marx rectifica a un escritor ruso, que daba una interpretación de su pensamiento que Marx considera errónea: «quiere convertir mi esbozo histórico sobre los orígenes del capitalismo en Europa occidental en una teoría filosófico-histórica sobre la trayectoria general a que se hallan sometidos fatalmente todos los pueblos…». Texto que refuta manifiestamente lo que antes afirmaba el propio Marx -en «El Capital» como hemos visto- y que señala el cambio que experimenta al final de su vida.

En el borrador de la carta dirigida a Vera Zasulich cuatro años más tarde, Marx trata de clarificar las dudas de los populistas rusos acerca de la fatalidad histórica de la desaparición de las formas precapitalistas, dentro de las cuales, la comuna rural rusa era un ejemplo. Marx puntualiza que lo escrito en «El Capital» se refiere exclusivamente a Europa y particularmente a Inglaterra: «La ‘fatalidad histórica’ de este movimiento está, pues, expresamente restringida a los países de Europa occidental» (5).

Se trata de textos que están ligados a nuevas interrogantes que Marx ha debido plantearse con el desarrollo de las sociedades de la periferia y los consiguientes problemas de tipo colonial y nacional. Si en un momento exaltó la expansión capitalista –por cierto, en función del desarrollo necesario y creciente de las fuerzas productivas, incluso al precio de justificar las exacciones cometidas-desde ahora criticará abiertamente el despojo que llevan a cabo las grandes potencias capitalistas en los países periféricos, y fustigará «el vandalismo inglés» en India, que «empujó al pueblo indígena… hacia atrás».

Como consecuencia de esta revalorización de la periferia, el actor y motor de la historia universal deja de ser solamente el proletariado europeo y Marx comienza a tomar en cuenta los combates de los pueblos periféricos. Sus preocupaciones estarán centradas ahora en países como China, India, Irlanda, Rusia. Por otra parte, estos nuevos centros de interés se manifiestan en sus lecturas de la época: antropología y estudio de las sociedades precapitalistas. Hay entonces una nueva visión que comienza a forjarse en Marx. Sin embargo, la paradoja es que en el mismo momento en que este nuevo enfoque aparecía, cuando las sociedades periféricas orientales comenzaban a captar su atención, Marx continuaba manifestando una sobera na indiferencia y ceguera respecto América Latina.

EL POR QUÉ

Si Marx disponía de una enorme cantidad de material sobre nuestro continente en ese «lugar privilegiado» como llama al Museo Británico de Londres, ¿por qué no prestó mayor atención a una región como la nuestra que jugó un papel de primera importancia en la formación del capitalismo como sistema mundial? Puesto que su visión frente a nuestro continente, incluso después del «viraje», no varió. Porque, en primer lugar, Karl Marx era un producto intelectual de Europa, región dominante que se había impuesto en todo el planeta y que iba a entrar en su fase de apogeo. Porque era un europeo con una herencia intelectual hegeliana manifiesta, presente en él voluntariamente o no. Nociones hegelianas tales como «pueblos sin historia” o “naciones históricas”, subyacían en su pensamiento. Y nuestro continente según Hegel, no tenía ningún papel que jugar en la historia universal del espíritu humano. Lógicamente, Marx vio a nuestro continente con anteojos hegelianos, aun si empezaba a variar su enfoque frente a otros países de la periferia. Es decir, descubrió la potencialidad histórica en ciertos «pueblos vitales» (China, India, Irlanda) y no en los nuestros, que a sus ojos no poseían una suficiente «densidad nacional». Esto podría explicarse por la visión que tenía de América Latina: países donde primaba lo arbitrario, la irracionalidad autoritaria y el caudillismo, donde ningún sector social parecía capaz de forjar una identidad nacional y donde el período de guerras civiles que siguió a las luchas independentistas, se le presentaba como un conjunto de luchas de clanes, cuya base social de ninguna manera podía compararse a la europea, faltando en esta región del mundo, el actor y sujeto fundamental de la revolución social, que Marx había encontrado en Europa: el proletariado industrial. Cuando Marx y Engels escriben en el «Manifiesto»: ¡Proletarios de todos los países, unios!, están por supuesto pensando en los países donde había proletarios

Se ha dicho que el panfleto contra Bolivar podría explicarse puesto que éste último pareciera haber provocado en Marx una reacción «por analogía», al identificarlo con su aborrecido enemigo: Napoleón III y por extensión, los países latinoamericanos con un proyecto de tipo bonapartista. Aquí, la pasión política cegó a Marx, puesto que procedió de la misma manera -personalización de un acontecimiento de alcance histórico- que antes había reprochado a Víctor Hugo, cuando éste escribió su libro antibonapartista: «Napoleón le petit». En el prefacio de «El dieciocho Brumario de Luis Bonapartee», Marx escribió: «Víctor Hugo se contenta con invectivas amargas y sarcásticas contra el autor responsable del golpe de Estado». No otra cosa hizo Marx en su diatriba contra Bolívar.

Existió entonces una «oclusión», como la llama Arico, en la visión que Marx tuvo de nuestro continente, juzgando por analogía a nuestras repúblicas con el despotismo de su enemigo Napoleón III, emperador de Francia, país que gozaba en América Latina de un indudable prestigio y que era percibido por las elites latinoamericanas –a pesar de la invasión a México en 1862- como la punta de lanza del peogreso y de la civilización. Los “científicos” atestiguan esta admiración.

Los prejuicios de Marx frente a América Latina, pueden entenderse entonces, a partir de la similitud que creyó ver entre nuestros países con el proyecto autoritario bonapartista que junto al legado hegeliano, podrían constituir un principio de explicación de su indiferencia, desdén o ceguera.

Pero nuestros pueblos en más de una ocasión le han torcido la nariz a los clásicos. Ahí están los procesos inéditos, singulares y contradictoris de México, Cuba, Chile, Nicaragua, Chiapas… y y los que están necesariamente por venir. Entonces seguramente el viejo Goethe, a quien Marx gustaba citar, le diría muy quedo al oído: “Gris es la teoría, mi amigo, y verde el árbol de la vida”

Notas

1. «El Capital», libro I, prefacio a la primera edición alemana, ediciones PUF, París, pág.5

2. «Marx y América Latina» de José Arico «Materiales para la historia de América Latina”, de Pedro Scaron.

3. Engels F., «Die Bewegungen von 1847» «El paneslavismo democrático » (1849).

4. MEGA: Marx -Engels Gesamtausgabe, Obras completas de Marx y Engels. Pedro Ribas acaba de publicar parte de los artículos de Marx y Engels para el «New York Daily Tribune», en «Escritos sobre España», editorial Trotta, España, 1998.

5. En «Marx y Engels», «El porvenir de la comuna rusa II», México.

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