Por: Carlos Marx
Nota: Este artículo de Marx, incluye un epílogo escrito por Marcos Roitman Rosenmann y Sara Martínez Cuadrado
BOLÍVAR Y PONTE, Simón, el «Libertador» de Colombia, nació el 24 de julio de 1783 en Caracas y murió en San Pedro, cerca de Santa Marta, el 17 de diciembre de 1830. Descendía de una de las familias mantuanas, que en la época de la dominación española constituían la nobleza criolla en Venezuela.
Con arreglo a la costumbre de los americanos acaudalados de la época, se le envió Europa a la temprana edad de 14 años. De España pasó Francia y residió por espacio de algunos años en París. En 1802 se casó en Madrid y regresó a Venezuela, donde su esposa falleció repentinamente de fiebre amarilla. Tras este suceso se trasladó por segunda vez a Europa y asistió en 1804 a la coronación de Napoleón como emperador, hallándose presente, asimismo, cuando Bonaparte se ciñó la corona de hierro de Lombardía. En 1809 volvió a su patria y, pese a las instancias de su primo José Félix Ribas, rehusó adherirse a la revolución que estalló en Caracas el 19 de abril de 1810.
Pero, con posterioridad a ese acontecimiento, aceptó la misión de ir a Londres para comprar armas y gestionar la protección del gobierno británico. El marqués de Wellesley, a la sazón ministro de relaciones exteriores, en apariencia le dio buena acogida, pero Bolívar no obtuvo más que la autorización de exportar armas abonándolas al contado y pagando fuertes derechos. A su regreso de Londres se retiró a la vida privada, nuevamente, hasta que en septiembre de 1811 el general Miranda, por entonces comandante en jefe de las fuerzas insurrectas de mar y tierra, lo persuadió de que aceptara el rango de teniente coronel en el estado mayor y el mando de Puerto Cabello, la principal plaza fuerte de Venezuela.
Cuando los prisioneros de guerra españoles, que Miranda enviaba regularmente a Puerto Cabello para tenerlos encerrados en la ciudadela, lograron atacar por sorpresa la guardia y la dominaron, apoderándose de la ciudadela, Bolívar, aunque los españoles estaban desarmados, mientras que él disponía de una fuerte guarnición y de un gran arsenal, se embarcó precipitadamente por la noche con ocho de sus oficiales, sin poner al tanto de lo que ocurría ni a sus propias tropas; arribó al amanecer a Guaira y se retiró a su hacienda de San Mateo. Cuando la guarnición se enteró de la huida de su comandante, abandonó en buen orden la plaza, que de inmediato ocuparon los españoles al mando de Monteverde. Este acontecimiento inclinó la balanza a favor de España y forzó a Miranda a suscribir, el 26 de julio de 1812, por encargo del congreso, el tratado de La Victoria, que sometió nuevamente a Venezuela al dominio español. El 30 de julio llegó Miranda a La Guaira, con la intención embarcarse en una nave inglesa. Mientras visitaba al coronel Manuel María Casas, comandante de la plaza, se encontró con un grupo numeroso, en el que se contaban don Miguel Peña y Simón Bolívar, que lo convencieron de que se quedara, por lo menos una noche, en la residencia de Casas. A las dos de la madrugada, encontrándose Miranda profundamente dormido. Casas, Peña y Bolívar se introdujeron en su habitación con cuatro soldados armados, se apoderaron precavidamente de su espada y su pistola, lo despertaron y con rudeza le ordenaron que se levantara y vistiera, tras lo cual lo engrillaron y entregaron a Monteverde. El jefe español lo remitió a Cádiz, donde Miranda, encadenado, murió después de vanos años de cautiverio. Ese acto, para cuya justificación se recurrió al pretexto de que Miranda había traicionado a su país con la capitulación de La Victoria, valió a Bolívar el especial favor de Monteverde, a tal punto que cuando el primero le solicitó su pasaporte, el jefe español declaró: «Debe satisfacerse el pedido del coronel Bolívar, como recompensa al servicio prestado al rey de España con la entrega de Miranda».
Se autorizó así a Bolívar a que se embarcara con destino a Curazao, donde permaneció seis semanas. Después, en compañía de su primo Ribas, se trasladó a la pequeña república de Cartagena. Ya antes de su arribo habían huido a Cartagena gran cantidad de soldados, excombatientes a las órdenes del general Miranda. Ribas les propuso emprender una expedición contra los españoles en Venezuela y reconocer a Bolívar como comandante en jefe. La primera propuesta recibió una acogida entusiasta; la segunda fue resistida, aunque finalmente accedieron, a condición de que Ribas fuera el lugarteniente de Bolívar. Manuel Rodríguez Torices, el presidente de la república de Cartagena, agregó a los 300 soldados así reclutados para Bolívar otros 500 hombres al mando de su primo Manuel Castillo. La expedición partió a comienzos de enero de 1813. Habiéndose producido rozamientos entre Bolívar y Castillo respecto a quién tenía el mando supremo, el segundo se retiró súbitamente con sus granaderos. Bolívar, por su parte, propuso seguir el ejemplo de Castillo y regresar a Cartagena, pero al final Ribas pudo persuadirlo de que al menos prosiguiera en su ruta hasta Bogotá, en donde a la sazón tenía su sede el Congreso de Nueva Granada. Fueron allí muy bien acogidos, se les apoyó de mil maneras y el congreso los ascendió al rango de generales.
Tras dividir su pequeño ejército en dos columnas, marcharon por distintos caminos hacia Caracas. Cuanto más avanzaban, tanto más refuerzos recibían; los crueles excesos de los españoles hacían las veces, en todas partes, de reclutadores para el ejército independentista. La capacidad de resistencia de los españoles estaba quebrantada, de un lado porque las tres cuartas partes de su ejército se componían de nativos, que en cada encuentro se pasaban al enemigo; del otro debido a la cobardía de generales tales como Tízcar, Cajigal y Fierro, que a la menor oportunidad abandonaban a sus propias tropas. De tal suerte ocurrió que Santiago Marino, un joven sin formación, logró expulsar de las provincias de Cumaná y Barcelona a los españoles, al mismo tiempo que Bolívar ganaba terreno en las provincias occidentales. La única resistencia seria la opusieron los españoles a la columna de Ribas, quien no obstante derrotó al general Monteverde en Los Taguanes y lo obligó a encerrarse en Puerto Cabello con el resto de sus tropas.
Cuando el gobernador de Caracas, general Fierro, tuvo noticias de que se acercaba Bolívar, le envió parlamentarios para ofrecerle una capitulación, la cual se firmó en La Victoria. Pero Fierro, invadido por un pánico repentino y sin aguardar el regreso de sus propios emisarios, huyó secretamente por la noche y dejó a más de 1.500 españoles librados a la merced del enemigo. A Bolívar se le tributó entonces una entrada apoteósica. De pie, en un carro de triunfo, que arrastraban doce damiselas vestidas de blanco y ataviadas con los colores nacionales, elegidas todas ellas entre las mejores familias caraqueñas, Bolívar, la cabeza descubierta y agitando un bastoncillo en la mano, fue llevado en una media hora desde la entrada la ciudad hasta su residencia. Se proclamó «Dictador y Libertador de las Provincias Occidentales de Venezuela» (Marino había adoptado el título de «Dictador de las Provincias Orientales»), creó la «Orden del Libertador», formó un cuerpo de tropas escogidas a las que denominó guardia de corps y se rodeó de la pompa propia de una corte. Pero, como la mayoría de sus compatriotas, era incapaz de todo esfuerzo de largo aliento y su dictadura degeneró pronto en una anarquía militar, en la cual los asuntos más importantes quedaban en manos de favoritos que arruinaban las finanzas públicas y recurrían luego a medios odiosos para reorganizarlas. De este modo el novel entusiasmo popular se transformó en descontento, y las dispersas fuerzas del enemigo dispusieron de tiempo para rehacerse. Mientras que a comienzos de agosto de 1813 Monteverde estaba encerrado en la fortaleza de Puerto Cabello y al ejército español sólo le quedaba una angosta faja de tierra en el noroeste de Venezuela, apenas tres meses después el Libertador había perdido su prestigio y Caracas se hallaba amenazada por la súbita aparición en sus cercanías de los españoles victoriosos, al mando de Boves. Para fortalecer su poder tambaleante Bolívar reunió, el I de enero de 1814, una junta constituida por los vecinos caraqueños más influyentes y les manifestó que no deseaba soportar más tiempo el fardo de la dictadura.
Hurtado de Mendoza, por su parte, fundamentó en un prolongado discurso «la necesidad de que el poder supremo se mantuviese en las manos del general Bolívar hasta que el Congreso de Nueva Granada pudiera reunirse y Venezuela unificarse bajo un solo gobierno». Se aprobó esta propuesta y, de tal modo, la dictadura recibió una sanción legal. Durante algún tiempo se prosiguió la guerra contra los españoles, bajo la forma de escaramuzas, sin que ninguno de los contrincantes obtuviera ventajas decisivas. En junio de 1814 Boves, tras concentrar sus tropas, marchó de Calabozo hasta La Puerta, donde los dos dictadores, Bolívar y Marino, habían combinado sus fuerzas. Boves las encontró allí y ordenó a sus unidades que las atacaran sin dilación. Tras una breve resistencia. Bolívar huyó a Caracas, mientras que Marino se escabullía hacia Cumaná. Puerto Cabello y Valencia cayeron en las manos de Boves, que destacó dos columnas (una de ellas al mando del coronel González) rumbo a Caracas, por distintas rutas. Ribas intentó en vano contener el avance de González. Tras la rendición de Caracas a este jefe. Bolívar evacuó a La Guaira, ordenó a los barcos surtos en el puerto que zarparan para Cumaná y se retiró con el resto de sus tropas hacia Barcelona. Tras la derrota que Boves infligió a los insurrectos en Arguita, el 8 de agosto de 1814, Bolívar abandonó furtivamente a sus tropas, esa misma noche, para dirigirse apresuradamente y por atajos hacia Cumaná, donde pese a las airadas protestas de Ribas se embarcó de inmediato en el Bianchi, junto con Marino y otros oficiales. Si Ribas, Páez y los demás generales hubieran seguido a los dictadores en su fuga, todo se habría perdido. Tratados como desertores a su arribo a Juan Griego, isla Margarita, por el general Arismendi, quien les exigió que partieran, levaron anclas nuevamente hacia Carúpano, donde, habiéndolos recibido de manera análoga el coronel Bermúdez, se hicieron a la mar rumbo a Cartagena. Allí a fin de cohonestar su huida, publicaron una memoria de justificación, henchida de frases altisonantes. Habiéndose sumado Bolívar a una conspiración para derrocar al gobierno de Cartagena, tuvo que abandonar esa pequeña república y seguir viaje hacia Tunja, donde estaba reunido el Congreso de la República Federal de Nueva Granada. La provincia de Cundinamarca, en ese entonces, estaba a la cabeza de las provincias independientes que se negaban a suscribir el acuerdo federal neogranadino, mientras que Quito, Pasto, Santa Marta y otras provincias todavía se hallaban en manos de los españoles. Bolívar, que llegó el 22 de noviembre de 1814 a Tunja, fue designado por el congreso comandante en jefe de las fuerzas armadas federales y recibió la doble misión de obligar al presidente de la provincia de Cundinamarca a que reconociera la autoridad del congreso y de marchar luego sobre Santa Marta, el único puerto de mar fortificado granadino aún en manos de los españoles. No presentó dificultades el cumplimiento del primer cometido, puesto que Bogotá, la capital de la provincia desafecta, carecía de fortificaciones. Aunque la ciudad había capitulado. Bolívar permitió a sus soldados que durante 48 horas la saquearan.
En Santa Marta el general español Montalvo, disponía tan sólo de una débil guarnición de 200 hombres y de una plaza fuerte en pésimas condiciones defensivas, tenía apalabrado ya un barco francés para asegurar su propia huida; los vecinos, por su parte, enviaron un mensaje a Bolívar participándole que, no bien apareciera, abrirían las puertas de la ciudad y expulsarían a la guarnición. Pero en vez de marchar contra los españoles de Santa Marta, tal como se lo había ordenado el congreso. Bolívar se dejó arrastrar por su encono contra Castillo, el comandante de Cartagena, y actuando por su propia cuenta condujo sus tropas contra esta última ciudad, parte integral de la República Federal. Rechazado, acampó en La Popa, un cerro situado aproximadamente a tiro de cañón de Cartagena. Por toda batería emplazó un pequeño cañón, contra una fortaleza artillada con unas 80 piezas. Pasó luego del asedio al bloqueo, que duró hasta comienzos de mayo, sin más resultado que la disminución de sus efectivos, por deserción o enfermedad, de 2.400 a 700 hombres. En el ínterin una gran expedición española comandada por el general Morillo y procedente de Cádiz había arribado a la isla Margarita, el 25 de marzo de 1815. Morillo destacó de inmediato poderosos refuerzos a Santa Marta y poco después sus fuerzas se adueñaron de Cartagena. Previamente, empero, el 10 de mayo 1815, Bolívar se había embarcado con una docena de oficiales en un bergantín artillado, de bandera británica, rumbo a Jamaica. Una vez llegado a este punto de refugio publicó una nueva proclama, en la que se presentaba como la víctima de alguna facción o enemigo secreto y defendía su fuga ante los españoles como si se tratara de una renuncia al mando, efectuada en aras de la paz pública.
Durante su estancia de ocho meses en Kingston, los generales que había dejado en Venezuela y el general Arismendi en la isla Margarita presentaron una tenaz resistencia a las armas españolas. Pero después que Ribas, a quién Bolívar debía su renombre, cayera fusilado por los españoles tras la toma de Maturín, ocupó su lugar un hombre de condiciones militares aun más relevantes. No pudiendo desempeñar, por su calidad de extranjero, un papel autónomo en la revolución sudamericana, este hombre decidió entrar al servicio de Bolívar. Se trataba de Luis Brion. Para prestar auxilios a los revolucionarios se había hecho a la mar en Londres, rumbo a Cartagena, con una corbeta de 24 cañones, equipada en gran parte a sus propias expensas y cargada con 14.000 fusiles y una gran cantidad de otros pertrechos. Habiendo llegado demasiado tarde y no pudiendo ser útil a los rebeldes, puso proa hacia Los Cayos, en Haití, adonde muchos emigrados patriotas habían huido tras la capitulación de Cartagena. Entretanto Bolívar se había trasladado también a Puerto Príncipe donde, a cambio de su promesa de liberar a los esclavos, el presidente haitiano Pétion le ofreció un cuantioso apoyo material para una nueva expedición contra los españoles de Venezuela. En Los Cayos se encontró con Brion y los otros emigrados y en una junta general se propuso a sí mismo como jefe de la nueva expedición, bajo la condición de que, hasta la convocatoria de un congreso general, él reuniría en sus manos los poderes civil y militar. Habiendo aceptado la mayoría esa condición, los expedicionarios se hicieron a la mar el 16 de abril de 1816 con Bolívar como comandante y Brion en calidad de almirante. En Margarita, Bolívar logró ganar para su causa a Arismendi, el comandante de la isla, que había rechazado a los españoles a tal punto que a éstos sólo les restaba un único punto de apoyo, Pampatar. Con la formal promesa de Bolívar de convocar un congreso nacional en Venezuela tan pronto como se hubiera hecho dueño del país, Arismendi hizo reunir una junta en la catedral de Villa del Norte y proclamó públicamente a Bolívar jefe supremo de las repúblicas de Venezuela y Nueva Granada. El 31 de mayo de 1816 desembarcó Bolívar en Carúpano, pero no se atrevió a impedir que Marino y Piar se apartaran de él y efectuaran, por su propia cuenta, una campaña contra Cumaná. Debilitado por esta separación y siguiendo los consejos de Brion se hizo a la vela rumbo a Ocumare [de la Costa], adonde arribó el 3 de julio de 1816 con 13 barcos, de los cuales sólo 7 estaban artillados. Su ejército se componía tan sólo de 650 hombres, que aumentaron a 800 por el reclutamiento de negros, cuya liberación había proclamado. En Ocumare difundió un nuevo manifiesto, en el que prometía «exterminar a los tiranos» y «convocar al pueblo para que designe sus diputados al congreso». Al avanzar en dirección a Valencia, se topó, no lejos de Ocumare, con el general español Morales, a la cabeza de unos 200 soldados y 100 milicianos. Cuando los cazadores de Morales dispersaron la vanguardia de Bolívar, éste, según un testigo ocular, perdió «toda presencia de ánimo y sin pronunciar palabra, en un santiamén volvió grupas y huyó a rienda suelta hacia Ocumare, atravesó el pueblo a toda carrera, llegó a la bahía cercana, saltó del caballo, se introdujo en un bote y subió a bordo del Diana, dando orden a toda la escuadra de que lo siguiera a la pequeña isla de Bonaire y dejando a todos sus compañeros privados del menor auxilio». Los reproches y exhortaciones de Brion lo indujeron a reunirse con los demás jefes en la costa de Cumaná; no obstante, como lo recibieron inamistosamente y Piar lo amenazó con someterlo a un consejo de guerra por deserción y cobardía, sin tardanza volvió a partir rumbo a Los Cayos. Tras meses y meses de esfuerzos, Brion logró finalmente persuadir a la mayoría de los jefes militares venezolanos (que sentían la necesidad de que hubiera un centro, aunque simplemente fuese nominal) de que llamaran una vez más a Bolívar como comandante en jefe, bajo la condición expresa de que convocaría al congreso y no se inmiscuiría en la administración civil. El 31 de diciembre de 1816 Bolívar arribó a Barcelona con las armas, municiones y pertrechos proporcionados por Pétion. El 2 de enero de 1817 se le sumó Arismendi, y el día 4 Bolívar proclamó la ley marcial y anunció que todos los poderes estaban en sus manos. Pero 5 días después Arismendi sufrió un descalabro en una emboscada que le tendieran los españoles, y el dictador huyó a Barcelona. Las tropas se concentraron nuevamente en esa localidad, adonde Brion le envió tanto armas como nuevos refuerzos, de tal suerte que pronto Bolívar dispuso de una nueva fuerza de 1.100 hombres. El 5 de abril los españoles tomaron la ciudad de Barcelona, y las tropas de los patriotas se replegaron hacia la Casa de la Misericordia, un edificio sito en las afueras. Por orden de Bolívar se cavaron algunas trincheras, pero de manera inapropiada para defender contra un ataque serio una guarnición de 1.000 hombres. Bolívar abandonó la posición en la noche del 5 de abril, tras comunicar al coronel Freites, en quien delegó el mando, que buscaría tropas de refresco y volvería a la brevedad. Freites rechazó un ofrecimiento de capitulación, confiado en la promesa, y después del asalto fue degollado por los españoles, al igual que toda la guarnición.
Piar, un hombre de color, originario de Curazao, concibió y puso en práctica la conquista de la Guayana, a cuyo efecto el almirante Brion lo apoyó con sus cañoneras. El 20 de julio, ya liberado de los españoles todo el territorio, Piar, Brion, Zea, Marino, Arismendi y otros convocaron en Angostura un congreso de las provincias y pusieron al frente del Ejecutivo un triunvirato; Brion, que detestaba a Piar y se interesaba profundamente por Bolívar, ya que en el éxito del mismo había puesto en juego su gran fortuna personal, logró que se designase al último como miembro del triunvirato, pese a que no se hallaba presente. Al enterarse de ello Bolívar, abandonó su refugio y se presentó en Angostura, donde, alentado por Brion, disolvió el congreso y el triunvirato y los remplazó por un «Consejo Supremo de la Nación», del que se nombró jefe, mientras que Brion y Francisco Antonio Zea quedaron al frente, el primero de la sección militar y el segundo de la sección política. Sin embargo Piar, el conquistador de Guayana, que otrora había amenazado con someter a Bolívar ante un consejo de guerra por deserción, no escatimaba sarcasmos contra el «Napoleón de las retiradas», y Bolívar aprobó por ello un plan para eliminarlo. Bajo las falsas imputaciones de haber conspirado contra los blancos, atentado contra la vida de Bolívar y aspirado al poder supremo. Piar fue llevado ante un consejo de guerra presidido por Brion y, condenado a muerte, se le fusiló el 16 de octubre de 1817. Su muerte llenó a Marino de pavor. Plenamente consciente de su propia insignificancia al hallarse privado del concurso de Piar, Marino, en una carta abyectísima, calumnió públicamente a su amigo victimado, se dolió de su propia rivalidad con el Libertador y apeló a la inagotable magnanimidad de Bolívar.
La conquista de la Guayana por Piar había dado un vuelco total a la situación, en favor de los patriotas, pues esta provincia sola les proporcionaba más recursos que las otras siete provincias venezolanas juntas. De ahí que todo el mundo confiara en que la nueva campaña anunciada por Bolívar en una flamante proclama conduciría a la expulsión definitiva de los españoles. Ese primer boletín, según el cual unas pequeñas partidas españolas que forrajeaban al retirarse de Calabozo eran «ejércitos que huían ante nuestras tropas victoriosas», no tenía por objetivo disipar tales esperanzas. Para hacer frente a 4.000 españoles, que Morillo aún no había podido concentrar, disponía Bolívar de más de 9.000 hombres, bien armados y equipados, abundantemente provistos con todo lo necesario para la guerra. No obstante, a fines de mayo de 1818 Bolívar había perdido unas doce batallas y todas las provincias situadas al norte del Orinoco. Como dispersaba sus fuerzas, numéricamente superiores, éstas siempre eran batidas por separado. Bolívar dejó la dirección de la guerra en manos de Páez y sus demás subordinados y se retiró a Angostura. A una defección seguía la otra, y todo parecía encaminarse a un descalabro total.
En ese momento extremadamente crítico, una conjunción de sucesos afortunados modificó nuevamente el curso de las cosas. En Angostura Bolívar encontró a Santander, natural de Nueva Granada, quien le solicitó elementos para una invasión a ese territorio, ya que la población local estaba pronta para alzarse en masa contra los españoles. Bolívar satisfizo hasta cierto punto esa petición. En el ínterin, llegó de Inglaterra una fuerte ayuda bajo la forma de hombres, buques y municiones, y oficiales ingleses, franceses, alemanes y polacos afluyeron de todas partes a Angostura. Finalmente, el doctor [Juan] Germán Roscio, consternado por la estrella declinante de la revolución sudamericana, hizo su entrada en escena, logró el valimiento de Bolívar y lo indujo a convocar, para el 15 de febrero de 1819, un congreso nacional, cuya sola mención demostró ser suficientemente poderosa para poner en pie un nuevo ejército de aproximadamente 14.000 hombres, con lo cual Bolívar pudo pasar nuevamente a la ofensiva.
Los oficiales extranjeros le aconsejaron diera a entender que proyectaba un ataque contra Caracas para liberar a Venezuela del yugo español, induciendo así a Morillo a retirar sus fuerzas de Nueva Granada y concentrarlas para la defensa de aquel país, tras lo cual Bolívar debía volverse súbitamente hacia el oeste, unirse a las guerrillas de Santander y marchar sobre Bogotá. Para ejecutar ese plan. Bolívar salió el 24 de febrero de 1819 de Angostura, después de designar a Zea presidente del congreso y vicepresidente de la república durante su ausencia. Gracias a las maniobras de Páez, los revolucionarios batieron a Morillo y La Torre en Achaguas, y los habrían aniquilado completamente si Bolívar hubiese sumado sus tropas a las de Páez y Marino. De todos modos, las victorias de Páez dieron por resultado la ocupación de la provincia de Barinas, quedando expedita así la ruta hacia Nueva Granada. Como aquí todo estaba preparado por Santander, las tropas extranjeras, compuestas fundamentalmente por ingleses, decidieron el destino de Nueva Granada merced ^ a las victorias sucesivas alcanzadas el 1 y 23 de julio y el 7 de agosto en la provincia de Tunja. El 12 de agosto Bolívar entró triunfalmente a Bogotá, mientras que los españoles, contra los cuales se habían sublevado todas las provincias de Nueva Granada, se atrincheraban en la ciudad fortificada de Mompós. Tras dejar en funciones al congreso granadino y al general Santander como comandante en jefe Bolívar marchó hacia Pamplona, donde pasó más de dos meses en festejos y saraos. El 3 de noviembre llego a Mantecal, Venezuela, punto que había fijado a los jefes patriotas para que se le reunieran con sus tropas Con un tesoro de unos 2.000.000 de dólares, obtenidos de los habitantes de Nueva Granada mediante contribuciones forzosas, y disponiendo de una fuerza de aproximadamente 9.000 hombres, un tercio de los cuales eran ingleses, irlandeses, hanoverianos y otros extranjeros bien disciplinados, Bolívar debía hacer frente a un enemigo privado de toda clase de recursos, cuyos efectivos se reducían a 4.500 hombres, las dos terceras partes de los cuales, además, eran nativos y mal podían, por ende, inspirar confianza a los españoles. Habiéndose retirado Morillo de San Femando de Apure en dirección a San Carlos, Bolívar lo persiguió hasta Calabozo, de modo que ambos estados mayores enemigos se encontraban apenas a dos días de marcha el uno del otro. Si Bolívar hubiese avanzado con resolución, sus solas tropas europeas habrían bastado para aniquilar a los españoles. Pero prefirió prolongar la guerra cinco años más.
En octubre de 1819 el congreso de Angostura había forzado a renunciar a Zea, designado por Bolívar, y elegido en su lugar a Arismendi. No bien recibió esta noticia. Bolívar marchó con su k legión extranjera sobre Angostura, tomó desprevenido a Arismendi, cuya fuerza se reducía a 600 nativos, lo deportó a la isla Margarita e invistió nuevamente a Zea en su cargo y dignidades. El doctor Roscio, que había fascinado a Bolívar con las perspectivas de un poder central, lo persuadió . de que proclamara a Nueva Granada y Venezuela como «República de Colombia», promulgase una constitución para el nuevo estado –redactada por Roscio- y permitiera la instalación de un congreso común para ambos países. El 20 de enero de 1820 Bolívar se encontraba de regreso en San Fernando de Apure. El súbito retiro de su legión extranjera, más temida por los españoles que un número diez veces mayor de colombianos, brindó a Morillo una nueva oportunidad de concentrar refuerzos. Por otra parte, la noticia de que una poderosa expedición a las órdenes de 0’Donnell estaba a punto de partir de la Península, levantó los decaídos ánimos del partido español. A pesar de que disponía de fuerzas holgadamente superiores, Bolívar se las arregló para no conseguir nada durante la campaña de 1820. Entretanto llegó de Europa la noticia de que la revolución en la isla de León había puesto violento fin a la programada expedición de 0’Donnell. En Nueva Granada, 15 de las 22 provincias se habían adherido al gobierno de Colombia, y a los españoles sólo les restaban la fortaleza de Cartagena y el istmo de Panamá.
En Venezuela, 6 de las 8 provincias se sometieron a las leyes colombianas. Tal era el estado de cosas cuando Bolívar se dejó seducir por Morillo y entró con él en tratativas que tuvieron por resultado, el 25 de noviembre de 1820, la concertación del convenio de Trujillo, por el que se establecía una tregua de seis meses. En el acuerdo de armisticio no figuraba una sola mención siquiera a la República de Colombia, pese a que el congreso había prohibido, a texto expreso, la conclusión de ningún acuerdo con el jefe español si éste no reconocía previamente la independencia de la república.
El 17 de diciembre. Morillo, ansioso de desempeñar un papel en España, se embarcó en Puerto Cabello y delegó el mando supremo en Miguel de Latorre; el 10 de marzo de 1821 Bolívar escribió a Latorre participándole que las hostilidades se reiniciarían al término de un plazo de 30 días. Los españoles ocupaban una sólida posición en Carabobo, una aldea situada aproximadamente a mitad de camino entre San Carlos y Valencia; pero en vez de reunir allí todas sus fuerzas, Latorre sólo había concentrado su primera división, 2.500 infantes y unos 1.500 jinetes, mientras que Bolívar disponía aproximadamente de 6.000 infantes, entre ellos la legión británica, integrada por 1.100 hombres, y 3.000 llaneros a caballo bajo el mando de Páez. La posición del enemigo le pareció tan imponente a Bolívar, que propuso a su consejo de guerra la concertación de una nueva tregua, idea que, sin embargo, rechazaron sus subalternos. A la cabeza de una columna constituida fundamentalmente por la legión británica, Páez, siguiendo un atajo, envolvió el ala derecha del enemigo; ante la airosa ejecución de esa maniobra, Latorre fue el primero de los españoles en huir a rienda suelta, no deteniéndose hasta llegar . a Puerto Cabello, donde se encerró con el resto de sus tropas. Un rápido avance del ejército victorioso hubiera producido, inevitablemente, la rendición de Puerto Cabello, pero Bolívar perdió su tiempo haciéndose homenajear en Valencia y Caracas. El 21 de septiembre de 1821 la gran fortaleza de Cartagena capituló ante Santander. Los últimos hechos de armas en Venezuela -el combate naval de Maracaibo en agosto de 1823 y la forzada rendición de Puerto Cabello en julio de 1824- fueron ambos la obra de Padilla. La revolución en la isla de León, que hizo imposible la partida de la expedición de 0’Donnell, y el concurso de la legión británica, habían volcado evidentemente la situación a favor de los colombianos.
El Congreso de Colombia inauguró sus sesiones en enero de 1821 en Cúcuta; el 30 de agosto promulgó la nueva constitución y, habiendo amenazado Bolívar una vez más con renunciar, prorrogó los plenos poderes del Libertador. Una vez que éste hubo firmado la nueva carta constitucional, el congreso lo autorizó a emprender la campaña de Quito (1822), adonde se habían retirado los españoles tras ser desalojados del istmo de Panamá por un levantamiento general de la población. Esta campaña, que finalizó con la incorporación de Quito, Pasto y Guayaquil a Colombia, se efectuó bajo la dirección nominal de Bolívar y el general Sucre, pero los pocos éxitos alcanzados por el cuerpo de ejército se debieron íntegramente a los oficiales británicos, y en particular al coronel Sands. Durante las campañas contra los españoles en el Bajo y el Alto Perú (1823-1824) Bolívar ya no consideró necesario representar el papel de comandante en jefe, sino que delegó en el general Sucre la conducción de la cosa militar y restringió sus actividades a las entradas triunfales, los manifiestos y la proclamación de constituciones. Mediante su guardia de coros colombiana manipuló las decisiones del Congreso de Lima, que el 10 de febrero de 1823 le encomendó la dictadura; gracias a un nuevo simulacro de renuncia. Bolívar se aseguró la reelección como presidente de Colombia. Mientras tanto su posición se había fortalecido, en parte con el reconocimiento oficial del nuevo estado por Inglaterra, en parte por la conquista de las provincias altoperuanas por Sucre, quién unificó a las últimas en una república independiente, la de Bolivia. En este país, sometido a las bayonetas de Sucre, Bolívar dio curso libre a sus tendencias al despotismo y proclamó el Código Boliviano, remedo del Code Napoleón. Proyectaba trasplantar ese código de Bolivia al Perú, y de éste a Colombia, y mantener a raya a los dos primeros estados por medio de tropas colombianas, y al último mediante la legión extranjera y soldados peruanos. Valiéndose de la violencia, pero también de la intriga, de hecho logró imponer, aunque tan sólo por unas pocas semanas, su código al Perú. Como presidente y libertador de Colombia, protector y dictador del Perú y padrino de Bolivia, había alcanzado la cúspide de su gloria. Pero en Colombia había surgido un serio antagonismo entre los centralistas, o bolivistas, y los federalistas, denominación esta última bajo la cual los enemigos de la anarquía militar se habían asociado a los rivales militares de Bolívar. Cuando el Congreso de Colombia, a instancias de Bolívar, formuló una acusación contra Páez, vicepresidente de Venezuela, el último respondió con una revuelta abierta, que contaba secretamente con el apoyo y aliento del propio Bolívar; éste, en efecto, necesitaba sublevaciones como pretexto para abolir la constitución y reimplantar la dictadura. A su regreso del Perú, Bolívar trajo, además de su guardia de corps, 1.800 soldados peruanos, presuntamente para combatir a los federalistas alzados. Pero al encontrarse con Páez en Puerto Cabello no sólo lo confirmó como máxima autoridad en Venezuela, no sólo proclamó la amnistía para los rebeldes, sino que tomó partido abiertamente por ellos y vituperó a los defensores de la constitución; el decreto del 23 de noviembre de 1826, promulgado en Bogotá, le concedió poderes dictatoriales.
En el año 1826, cuando su poder comenzaba a declinar, logró reunir un congreso en Panamá, con el objeto aparente de aprobar un nuevo código democrático internacional. Llegaron plenipotenciarios de Colombia, Brasil, La Plata, Bolivia, México, Guatemala, etc. La intención real de Bolívar era unificar a toda América del Sur en una república federal, cuyo dictador quería ser él mismo. Mientras daba así amplio vuelo a sus sueños de ligar medio mundo a su nombre, el poder efectivo se le escurría rápidamente de las manos. Las tropas colombianas destacadas en el Perú, al tener noticia de los preparativos que efectuaba Bolívar para introducir el Código Boliviano, desencadenaron una violenta insurrección. Los peruanos eligieron al general La Mar presidente de su república, ayudaron a los bolivianos a expulsar del país las tropas colombianas y emprendieron incluso una victoriosa guerra contra Colombia, finalizada por un tratado que redujo a este país a sus límites primitivos, estableció la igualdad de ambos países y separó las deudas públicas de uno y otro. La Convención de Ocaña, convocada por Bolívar para reformar la constitución de modo que su poder no encontrara trabas, se inauguró el 2 de marzo de 1828 con la lectura de un mensaje cuidadosamente redactado, en el que se realzaba la necesidad de otorgar nuevos poderes al ejecutivo. Habiéndose evidenciado, sin embargo, que el proyecto de reforma constitucional diferiría esencialmente del previsto en un principio, los amigos de Bolívar abandonaron la convención dejándola sin quórum, con lo cual las actividades de la asamblea tocaron a su fin. Bolívar, desde una casa de campo situada a algunas millas de Ocaña, publicó un nuevo manifiesto en el que pretendía estar irritado con los pasos dados por sus partidarios, pero al mismo tiempo atacaba al congreso, exhortaba a las provincias a que adoptaran medidas extraordinarias y se declaraba dispuesto a tomar sobre sí la carga del poder si ésta recaía en sus hombros. Bajo la presión de sus bayonetas, cabildos abiertos reunidos en Caracas, Cartagena y Bogotá, adonde se había trasladado Bolívar, lo invisteron nuevamente con los poderes dictatoriales. Una intentona de asesinarlo en su propio dormitorio en Bogotá, de la cual se salvó sólo porque saltó de un balcón en plena noche y permaneció agazapado bajo un puente, le permitió ejercer durante algún tiempo una especie de terror militar. Bolívar, sin embargo, se guardó de poner la mano sobre Santander, pese a que éste había participado en la conjura, mientras que hizo matar al general Padilla, cuya culpabilidad no había sido demostrada en absoluto, pero que por ser hombre de color no podía ofrecer resistencia alguna.
En 1829, la encarnizada lucha de las facciones desgarraba a la república y Bolívar, en un nuevo llamado a la ciudadanía, la exhortó a expresar sin cortapisas sus deseos en lo tocante a posibles modificaciones de la constitución. Como respuesta a ese manifiesto, una asamblea de notables reunida en Caracas le reprochó públicamente su ambiciones, puso al descubierto las deficiencias de gobierno, proclamó la separación de Venezuela con respecto a Colombia y colocó al frente de la primera al general Páez. El Senado de Colombia respaldó a Bolívar, pero nuevas insurrecciones estallaron en diversos lugares.
Tras haber dimitido por quinta vez, en enero de 1830 Bolívar aceptó de nuevo la presidencia y abandonó Bogotá para guerrear contra Páez en nombre del congreso colombiano. A fines de marzo de 1830 avanzó a la cabeza de 8.000 hombres, tomó Caracuta, que se había sublevado, y se dirigió hacia la provincia de Maracaibo, donde Páez lo esperaba con 12.000 hombres en una fuerte posición. No bien Bolívar se enteró de que Páez proyectaba combatir seriamente, flaqueó su valor. Por un instante, incluso, pensó someterse a Páez y pronunciarse contra el congreso. Pero decreció el ascendiente de sus partidarios en ese cuerpo y Bolívar se vio obligado a presentar su dimisión ya que se le dio a entender que esta vez tendría que atenerse a su palabra y que, a condición de que se retirara al extranjero, se le concedería una pensión anual. El 27 de abril de 1830, por consiguiente, presentó su renuncia ante el congreso. Con la esperanza, sin embargo, de recuperar el poder gracias a la influencia de sus adeptos, y debido a que se había iniciado un movimiento de reacción contra Joaquín Mosquera, el nuevo presidente de Colombia, Bolívar fue postergando su partida de Bogotá y se las ingenió para prolongar su estancia en San Pedro hasta fines de 1830, momento en que falleció repentinamente.
Ducoudray-Holstein nos ha dejado de Bolívar el siguiente retrato: «Simón Bolívar mide cinco pies y cuatro pulgadas de estatura, su rostro es enjuto, de mejilla hundidas, y su tez pardusca y lívida; los ojos, ni grandes ni pequeños, se hunden profundamente en las órbitas; su cabello es ralo. El bigote le da un aspecto sombrío y feroz, particularmente cuando se irrita. Todo su cuerpo es flaco y descarnado. Su aspecto es el de un hombre de 65 años. Al caminar agita incesantemente los brazos. No puede andar mucho a pie y se fatiga pronto. Le agrada tenderse o sentarse en la hamaca. Tiene frecuentes y súbitos arrebatos de ira, y entonces se pone como loco, se arroja en la hamaca y se desata en improperios y maldiciones contra cuantos le rodean. Le gusta proferir sarcasmos contra los ausentes, no lee más que literatura francesa de carácter liviano, es un jinete consumado y baila valses con pasión. Le agrada oírse hablar, y pronunciar brindis le deleita. En la adversidad, y cuando está privado de ayuda exterior, resulta completamente exento de pasiones y arranques temperamentales. Entonces se vuelve apacible, paciente, afable y hasta humilde. Oculta magistralmente sus defectos bajo la urbanidad de un hombre educado en el llamado beau monde, posee un talento casi asiático para el disimulo y conoce mucho mejor a los hombres que la mayor parte de sus compatriotas.»
Artículo escrito en enero de 1858 y publicado en el tomo III de The New American Cyclopaedia.
Epílogo
Por: Marcos Roitman Rosenmann y Sara Martínez Cuadrado
Simón Bolívar y Karl Marx, son dos personajes históricos cuyas obras son objeto de veneración u odio. Leyendas negras y rosas circulan para apoyar o negar actos e idearios políticos en ambos casos. Sin embargo, la distancia entre ambos es clara. Bolívar, americano nacido en Caracas en 1783, militar de carrera es conocido por pertenecer a la orden de los libertadores y declararse dictador supremo de las Provincias Occidentales. Marx, europeo nacido en Tréveris, Alemania en 1818 es conocido por ser uno de los fundadores del movimiento comunista internacional, co-redactor del Manifiesto comunista y por su obra filosófica.
Héroes o demonios sus vidas se hayan unidas por contingencias históricas. Nada hacía prever una relación entre ambos. Con vidas paralelas no parecía haber punto de intersección. Sin embargo una recta cruzará ambas vidas provocando una curiosa intersección. Bolívar será objeto de la atención de Marx por la necesidad de cubrir la solicitud de Charles Daña para la New American Cyclopaedia en 1857. El artículo escrito por Marx es lo que ha provocado controversia, malestar y resentimiento en algunos casos. Será el propio Marx quien escriba sobre el particular a su amigo Engels: «Daña me pone reparos a causa de un artículo más largo sobre ‘Bolívar’, porque estaría escrito en un tono prejuiciado y exige mis fuentes. Estas se las puedo proporcionar, naturalmente, aunque la exigencia es extraña. En lo que toca al estilo prejuiciado, ciertamente me he salido algo del tono enciclopédico.
Hubiera sido pasarse de la raya querer presentar como Napoleón I al canalla más cobarde, brutal y miserable. Bolívar es el verdadero Soulouque» (1) .
No puede ser de otra manera. Bolívar es un héroe mítico, su personalidad y su quehacer están sometidos a prejuicios y forman parte de la historia de varios de los países de América Latina. Esta circunstancia no podía pasar desapercibida para el editor de la New American Cyclopaedia. Bolívar no sólo era conocido por sus triunfos militares, se le atribuían dones de estratega y de gran diplomático.
Es un mito político, Marx no duda en otorgar esa categoría a la vida y obra de Bolívar. En otra carta a Engels, escribe: «La fuerza creadora de mitos, característica de la fantasía popular, en todas las épocas ha probado su eficacia inventando grandes hombres. El ejemplo más notable de este tipo es, sin duda, el de Simón Bolívar» (2) . Es el mito bolivariano lo que emerge a la hora de valorar el contenido crítico del artículo de Marx sobre la vida y obra de Bolívar.
Si pensamos en el significado del mito político para la construcción teológica del Estado post-colonial, su desarrollo es de vital importancia para legitimar procesos de dominación social. En Venezuela, cuna del dictador supremo. Bolívar es considerado un héroe mítico, cualquier crítica a la historia oficial del libertador puede ser interpretada como un rechazo a la patria. El espíritu bolivariano sobrevuela las cabezas de líderes y dirigentes cuyo principio de actuación se considera ejemplo a seguir. Constructor de Estado, líder de la independencia y del pensamiento anti-imperialista, su vida debe quedar al margen de un juicio histórico. Es el culto al héroe que posteriormente hace estéril cualquier tipo de interpretación política no apegada a los principios reguladores del mito.
«En términos de segunda religión, cívica, ejemplarizante, el Bolívar del culto ha de constituir el modelo universal de los venezolanos, pero el endiosamiento anula su funcionamiento como tal. Mal puede pensarse en un creyente que sea ‘como Dios’. De allí que hayan nacido dos tendencias en el culto. Una, la más intransigente e irracional, se resume en el concepto del Dios que rige. Para ella el culto es cuestión de fe. La otra tendencia se resume en el concepto de paradigma, con un punto de contacto con la primera puesto que ese paradigma es por definición inalcanzable, pues si no se puede ser como Dios, tampoco se puede ser ‘igual a Bolívar’ ni mucho menos superior. De allí que por virtud del culto a Bolívar, en consecuencia de ambas tendencias, el venezolano sabe que su actuación vital tiene un límite infranqueable» (3) .
Esta visión idealizada es la que Marx destruye y hace añicos con su interpretación. No es extraño que comience su artículo destacando el acto de traición cometido por Bolívar en la figura de Francisco de Miranda (4) . La entrega a las autoridades españolas en La Guaira del generalísimo Francisco Miranda es para Marx el primer acto donde el lector se encuentra con otro Bolívar, aquel que él mismo no duda en llamar «cobarde, brutal y miserable».
No cabe duda, quiere desmitificar al héroe y poner sobre la tierra los pies del dictador supremo. «A las dos de la madrugada, encontrándose Miranda profundamente dormido -dice Marx-Casa, Peña y Bolívar se introdujeron en su habitación con cuatro soldados armados, se apoderaron precavidamente de su espada y su pistola, lo despertaron y con rudeza le ordenaron que se levantara y vistiera, tras lo cual lo engrillaron y entregaron a Monteverde. El jefe español lo remitió a Cádiz, donde Miranda, encadenado, murió después de varios años de cautiverio».
Pero los venezolanos, han salvado a su héroe reconstruyendo el acto como parte del mito que le precede: «Entre el grupo -refiriéndose a Casa, Peña y Bolívar-, Bolívar es el primero: fue ésta siempre condición ineludible de su destino. Al trasmitirle la orden de arresto, el generalísimo, acostumbrado a la disciplina militar, entrega la espada, y consecuentemente con su concepto de desdén para aquellos oficiales, exclama enérgicamente: ‘esta gente no sabe hacer bochinches’ …Bolívar no tomó parte en la prisión de Miranda para entregarlo al monstruo monárquico personificado en Domingo Monteverde. El futuro Libertador obedecía a un imperativo de patria. Con Miranda se iba la independencia, y todo republicano de cepa tenía que reaccionar en violencia y agresión contra el símbolo de desintegración de la libertad nacional… En aquella hora, para Simón Bolívar, Monteverde y Miranda eran igualmente enemigos de la república. Ambos, aunque por distintas causas, se hacían delito común en el efecto. Merecían castigo… Era que el alma de la República, encarnada en Bolívar, no meditaba en obstáculos para arrollarlos, en su ascensión de martirio y de gloria» (5) .
Distinta lectura emerge de Marx o de Yepes. En uno hay traición en otro fervor patrio. No puede ser de otro modo, si los venezolanos aceptan la propuesta marxiana de interpretación se derrumbaría el mito del héroe y con ello la posibilidad de dominación. «El héroe, por lo tanto, es el hombre o la mujer que ha sido capaz de combatir y triunfar sobre sus limitaciones históricas personales y locales y ha alcanzado las formas humanas generales, válidas y normales. De esta manera las visiones, las ideas y las inspiraciones surgen prístinas de las fuentes primarias de vida y del pensamiento humano. De aquí su elocuencia, no de la sociedad y de la psique presentes y en estado de desintegración, sino de la fuente inagotable a través de la cual la sociedad ha de renacer. El héroe ha muerto en cuanto hombre moderno; pero como hombre eterno -perfecto, no específico, universal- ha vuelto a nacer. Su segunda tarea y hazaña formal ha de ser volver a nosotros transfigurado y enseñar las lecciones que ha aprendido sobre la renovación de la vida» (6) .
Mantener incólume a Bolívar de interpretaciones consideradas tendenciosas ha sido una labor desarrollada desde todas las vertientes ideológico-políticas de la historiografía latinoamericana. Marxistas, liberales progresistas o conservadores reaccionarios han participado de esta labor. Pero no solo lo han hecho con Bolívar, también han buscado salvar a los padres de la patria de interpretaciones consideradas despectivas o vejatorias de la personalidad del héroe. Así, se suceden historias encubridoras y se arbitra una censura de textos malsonantes o críticos contrarios al mito. Este es el caso que nos ocupa.
Sin embargo, el artículo de Marx es clarificador de las posiciones ideológico-políticas de Bolívar, y muestra un aristócrata con ansias de poder y sometido a las pasiones terrenales. Ubica al personaje, no desconoce el valor de una lucha social por la independencia y defensora de los principios anticoloniales del derecho de autodeterminación. Solo que no se los atribuye a Bolívar. No podemos obviar que Marx conocía sus escritos y su pensamiento político.
Siendo además. Bolívar mismo quien se encarga de poner en claro su ideal de constitución aristocrática con concepto de ciudadanos pasivos y activos, amén de un cuerpo electoral cualificado y un presidente permanente y vitalicio. José Aricó es quien mejor aclara esta circunstancia en su ensayo Marx y América Latina. Aricó destaca las consecuencias que tiene para Marx el análisis de la cuestión irlandesa en sus elaboraciones políticas acerca de la llamada cuestión colonial y de la lucha anti-imperial. Escritas con posterioridad al trabajo sobre Bolívar y sus escritos coloniales sobre India, señala los límites de las luchas anti-imperiales. «El hecho es que el examen de la cuestión irlandesa permitió a Marx establecer una propuesta económica y política para la liberación de Irlanda que, no obstante los años transcurridos, sigue siendo el programa básico inicial de todo proceso emancipador en países dependientes y coloniales: 1) autogobierno e independencia; 2) reforma agraria y 3) protección aduanal» (7) .
La perspectiva de achacarle a Marx una valoración europeísta y desatinada de los hechos y actores históricos de América Latina, también es rechazada por Aricó. Tampoco cabe pensar en una animadversión de Marx hacia Bolívar, aunque Aricó así lo considera en su texto.
Lo acontecido con el artículo de Marx sobre Bolívar está sometido a una discusión más política que teórica. Y es esta perspectiva de Marx acerca de Bolívar la que se trata de ignorar, siendo como es una de las facetas claves del proceso de independencia latinoamericana: el carácter preponderantemente oligárquico de sus caudillos y dirigentes militares y políticos. No es casual que Marx utilice toda su ironía para construir su voz, apostillando: «Bolívar y Ponte».
La mayoría de los miembros de las élites criollas no fueron demócratas ni construyeron un espacio de articulación política donde el pueblo formase parte de la ciudadanía política. Y esto entraba en contradicción con los ideales democráticos y libertarios de Marx y del pensamiento radical del siglo XIX.
Para Bolívar la unidad del Estado solo podía conseguirse a través de un poder permanente y vitalicio donde las asambleas y las elecciones populares desapareciesen. «Venezuela ha sido la república americana que más se ha adelantado en sus instituciones políticas, también ha sido el más claro ejemplo de la forma democrática y federal para nuestros nacientes estados» (8) . Así, con una valoración amable de la democracia. Bolívar la rechaza por no adecuarse a las condiciones sociales y políticas que deben regir los gobiernos y tener los pueblos americanos. Reniega de la democracia en favor de un orden monárquico y aristocrático. Su idea secreta, según Salvador de Madariaga, sería esta: «En verdad -dice Bolívar- opino como Francia, pues aunque jamás hubo mayor abogado de los derechos y libertades de la humanidad que yo… he de confesar que este país no está en situación de que lo gobierne el pueblo, cosa que hay que convenir es en general mejor en teoría que en práctica. No hay país más libre que Inglaterra, bajo una monarquía bien regulada […] De todos los países, Sudamérica es la menos apta para gobiernos republicanos.
¿En qué consiste su población sino en indios y negros más ignorantes que la vil raza de los españoles de la que acabamos de emanciparnos? Un país representado y gobernado por gente así tiene que ir a la ruina. Tenemos que acudir en auxilio a Inglaterra […] Puede usted decir que yo no he sido jamás enemigo de las monarquías en principio general; al contrario, las considero necesarias» (9).
Es esta visión del dominador cautivo, asumida por Simón Bolívar en palabras de Carrera Damas, la piedra angular que explica la visión criolla despectiva frente al negro y al indígena. Si ya en la carta de Jamaica, Bolívar responde a su propia pregunta ¿qué somos? Diciendo: «No somos indios ni europeos, sino una especie media entre legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles: en suma, siendo nosotros americanos por nacimiento y por nuestros derechos los europeos, tenemos que disputar éstos a los del país y que mantenemos en él contra la invasión de los invasores […] Nosotros estábamos en un grado todavía más bajo de la servidumbre, y por lo mismo con más dificultad para elevamos al goce de la libertad» (10)
Aristócrata y criollo su visión puede entenderse como: «la conciencia histórica producto del proceso de implantación de una nueva sociedad en un territorio ya ocupado por sociedades aborígenes, proceso que generó una relación de dominación en la cual el dominador representa la razón histórica del proceso global, y el dominado es visto, a un tiempo, como un antecedente y como un compañero indeseable -el «problema indígena». El resultado es una concepción fatalista del proceso: el dominado habrá de insumirse en la sociedad implantada criolla, y esta concepción legitima todos los procedimientos para «resolver el problema indígena». (11)
El cesarismo democrático hace su entrada con Bolívar. Una aristocracia con valores democráticos. «Cada diez ciudadanos nombran un elector, y así se encuentra la nación representada por el décimo de sus ciudadanos. No se exigen sino capacidades, ni se necesita de poseer bienes, para representar la augusta función del soberano; mas debe saber leer y escribir sus votaciones, firmar su nombre, y leer las leyes. Ha de profesar una ciencia, o un arte que le asegure un alimento honesto. No se le ponen otras exclusiones que las del crimen, de la ociosidad y de la ignorancia absoluta. Saber y honradez, no dinero, es lo que requiere el ejercicio del poder público». (12)
Un orden político permanente y vitalicio en manos de una élite aristocrática donde Dios ocupa el vértice superior de la pirámide y del cual emanan los poderes terrenales. Y el orden impuesto por voluntad de Dios no puede ser alterado por la voluntad de los hombres. Bajo estos postulados, Bolívar restablece la esclavitud y procede a la expulsión de las tierras comunales de los pueblos indios. La propiedad latifundista se consolida y los pueblos indios se ven despojados de sus tierras. ¿Con todos estos antecedentes, podría Marx tener otra imagen del Dictador Supremo?
Como bien señala Aricó, Marx nadó contracorriente. Pero para ello debió conocer perfectamente todos los factores que incidían en la elaboración de un texto contrario a la visión de la época. Para nadar contracorriente hay que nadar perfectamente, conocer la profundidad de las aguas, los tipos de corriente, los fondos y los recovecos, de lo contrario ahogarse será lo mas probable. Descalificar o silenciar este escrito favorece la visión criolla y refuerza el mito político del dominador cautivo.
Por último cabe destacar una explicación bastante plausible y sobre la cual incide Aricó para explicar los motivos del prejuicio que Marx tiene en su ensayo sobre Bolívar. Se trata del uso por Marx de la noción hegeliana de los pueblos sin historia. En palabras de Aricó: «Si aceptamos, aún como hipótesis de trabajo, que fueron consideraciones políticas las que arrastraron a Marx a la adopción de una actitud tan prejuiciosa sobre Bolívar y lo que esto implicó de incomprensión sobre las características de Latinoamérica y la naturaleza de su movimiento real, se trata ahora de ver más detenidamente cómo en el propio texto sobre Bolívar afloran dos líneas de pensamiento subyacente en las elaboraciones de Marx desde su juventud. Estimuladas por su evaluación política negativa del fenómeno latinoamericano reaparecen en forma encubierta ambas líneas de pensamiento de raigambre hegeliana, aunque la primera implique una adhesión modificada de aquel pensamiento, mientras que la segunda exprese un rechazo del hegelianismo en este terreno. El razonamiento adoptado es el que se vincula con la noción de los ‘pueblos sin historia'»; en tanto que negado se refiere al papel del Estado como instancia productora de la sociedad civil. […] Quizá pocas veces como en esta oportunidad se le aplicaría al propio Marx la crítica que éste hiciera en otra oportunidad a Víctor Hugo por el modo de presentar el golpe de estado de su odiado Luis Napoleón: «En cuanto al acontecimiento mismo, parece, en su obra, un rayo que cayese de un cielo sereno». Lo cual permite pensar que la xenofilia que recorre todo el texto de Marx sobre Bolívar se deba fundamentalmente a esta ubicación de la racionalidad en los representantes de aquellos ‘pueblos sin historia’ donde la inexistencia en los hechos de una lucha de clases impida explicar a partir de ésta ‘las circunstancias y las condiciones que permitieron a un personaje mediocre y grotesco representar el papel de héroe».
Para concluir nada mejor que reproducir in extenso una parte de la presentación de Aníbal Ponce al texto de Marx sobre Bolívar. Texto por él descubierto y publicado por primera vez en América Latina en la revista Dialéctica, de Buenos Aires en sus números de marzo y julio de 1936.
Queremos agregar, para terminar, las opiniones, que suscribimos en gran medida, de Aníbal Ponce: Una tarde del mes de febrero de 1935, mientras recorría los archivos del magnífico Instituto Marx-Engels-Lenin, de Moscú, me atrajo entre tantas maravillas de documentos, revistas, libros y papeles, un artículo biográfico de Marx sobre Bolívar. […]
Sabido es que la historia de Bolívar permanece envuelta todavía en una nube espesa de leyendas. Los historiadores del Norte y los del Sur han polemizado hasta la fatiga sobre méritos y deméritos de sus ‘libertadores’ respectivos. Y con tanto encono y mezquindad que subsisten todavía los agravios a pesar de las zalemas diplomáticas y los interminables intercambios de bustos y estatuas.
Ese aspecto no es, naturalmente, el que más nos interesa. Bajo la pluma de ciertos teóricos ajenos a la polémica y que, aún más, se confiesan por encima de la misma, los ‘ideales’ de Bolívar han adquirido en los últimos tiempos un sentido emancipador anti-imperialista. Algo así como la trompa de Rolando destinada a convocar a las huestes de América hispánica para repeler la agresión del imperialismo norteamericano: único imperialismo, por otra parte, que dichos teóricos enfocan. Tal es el caso, para no citar sino a los representantes más ilustres, de Víctor Raúl Haya de la Torre y de José Vasconcelos. Recrimina el primero a «las clases gobernantes de nuestros veinte países…», afirma el segundo, que aunque las ideas de Bolívar «no estaban muy claras», es justo llamar bolivarismo «al ideal hispanoamericano de crear una federación con todos los pueblos de la cultura española para defendemos así del monroismo agresivo de los yanquis».
No es esta la oportunidad de comentar por lo menudo semejantes opiniones. Por ahora basta tenerlas presentes al comentar el artículo de Marx sobre Bolívar; tan jugoso a pesar de su aspecto seco y áspero.
Inútil subrayar, porque sería redundancia, la situación excepcional que le confiere al biógrafo su cualidad de extraño al ambiente americano. Más pertinente nos parece recalcar que no hay uno solo de los hechos que Marx relata que no hayan sido admitidos por los historiadores amigos de Bolívar.
Aun más. Como ya habrá advertido el lector, Marx ha pasado por encima de ciertos episodios turbios cuya narración, por supuesto, hubiera alargado su artículo desmesuradamente. Si se echa mano a un libro que está al alcance de todos y que ha sido compuesto con discreta intención apologética, el Bolívar de José María Salavarría (Espasa Calpe, Madrid, 1930), cualquiera encontrará en él, con más retórica y menos sobriedad, una imagen del ‘Libertador’ que, a pesar de lo postizo, no consigue disimular ese otro rostro que Marx presenta en su aguafuerte imborrable.
Fuera de la vida de Bolívar, narrada sin adjetivos, Marx no hace sino contadas referencias a las ideas políticas del ‘Libertador’. Pero las tres que tenemos son inestimables: la primera, a propósito del código boliviano; la segunda, respecto de la actitud de Bolívar, a fines de 1826 frente a Páez, el Congreso y la Constitución; la tercera, con motivo del zarandeado Congreso de Panamá. 1) Del código boliviano dice que fue una imitación del napoleónico y un motivo para dar ‘rienda suelta a la propensión de Bolívar al poder arbitrario’. 2) A propósito de la sublevación de Páez, Marx acusa a Bolívar de haberla instigado secretamente con el deseo de abolir la Constitución y reasumir la dictadura. 3) Del Congreso de Panamá -al que no sólo concurrieron delegados de América Latina sino también de Estados Unidos y en el cual se llegó a hablar de unir «a todos los países republicanos del mundo»- manifiesta Marx, con igual franqueza, que bajo las apariencias de un «nuevo código democrático internacional», el Libertador Bolívar se proponía convertir a toda América en «una república federal de la que él sería dictador».
De las tres referencias enunciadas surge clarísimo el pensamiento que todo el artículo de Marx no hace más que corroborar: Bolívar fue un aristócrata que bajo las palabras de ‘Constitución’, ‘Federalismo’, ‘Democracia internacional’, sólo quena conquistar la dictadura ‘valiéndose de la fuerza combinada con la intriga». Separatista sí, demócrata no.
Lástima grande que Marx no nos haya dejado en pocas líneas un resumen del código Boliviano y dos o tres palabras sobre el discurso de Bolívar en el Congreso de Angostura, en 1818. Entre las muchas opiniones contradictorias que Bolívar expuso, esos dos testimonios -a los cuales se podría añadir la ‘Memoria’ dirigida a los ciudadanos de Nueva Granada-, son en mi sentir, los que corresponden mejor a su pensamiento. Confirman plenamente la opinión de Marx. «Ampulosa fraseología» enciclopedista o federalista encubriendo a duras penas un despotismo aristocrático. Desprecio de las masas populares, senado hereditario, presidente vitalicio…. Cuando al final de su vida Bolívar prohibió en las cátedras de Bogotá la enseñanza de Bentham e impuso a los estudiantes la obligación de asistir uno o dos años a un curso de fundamentos y apología de la religión católica, «el Libertador» no traicionaba sus convicciones más íntimas. Para asegurar la » tranquilidad de los pueblos» y defenderla de los «sofismas de los impíos», nada mejor sin duda que la religión unida al despotismo.
Pero ¿cuál era la causa de semejante dictadura? Marx no lo dice, ni lo hubiera podido decir en las páginas de la Enciclopedia para la cual escribía «parte lucrando». En las primeras líneas del artículo nos pone, sin embargo, sobre la pista: adquiere relieve singular la oportuna referencia a las «familias mantuanas» y a la «nobleza criolla». Terrateniente, hacendado, propietario de minas y de esclavos. Bolívar no sólo interpretó los intereses de su clase, sino que los defendió contra la pequeña burguesía liberal y las todavía inconscientes masas populares.
Apoyado además por Inglaterra, al igual que todos los restantes revolucionarios del continente, es difícil comprender cómo Bolívar puede servir honradamente al llamado «bolivarismo democrático y anti-imperialista», y con qué derecho se han podido pasear retratos suyos en las recientes manifestaciones opositoras de Caracas. Si Bolívar hubiera vivido, con seguridad que no hubiera estado entre los estudiantes y los obreros. Los dos homenajes más elocuentes rendidos a su memoria llevan por algo la firma de dos déspotas: la del general Antonio Guzmán Blanco que adquirió oficialmente el Archivo de 0’Leary, y la del general Juan Vicente Gómez que ordenó, con análogo carácter, la edición completa de sus cartas (13) .
Notas:
1. Carta de Marx a Engels, fechada en Londres el 14 de febrero de 1858. Citada por Scarón, Pedro en: Marx, Karl y Engels, Friedrich: Materiales para la historia de América Latina. Cuadernos de Pasado y Presente, No 30. Buenos Aires, 1975. p 94.
2. Ibid, p. 94.
3. Carrera Damas, Germán: El culto a Bolívar. Ediciones Biblioteca Central, 1973, 2a ed., p. 212.
4. Véase Miranda, Francisco de: América Espera. Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1982.
5. Yepes Trujillo, Rafael: El Libertador. Civilista i Héroe. Archivo general de la Nación, Caracas 1972. pp. 72-3.
6. Campbell, Joseph: El héroe de las mil caras. Psicoanálisis del mito. FCE, México 1997, p. 26.
7. Aricó, José: Marx y América Latina. Alianza Editorial mexicana. 1982. P. 66.
8. Bolívar, Simón: «Cartas de Jamaica» (1815) en Escritos políticos. Alianza Ed., Madrid 1971, p. 75.
9. Madariaga, Salvador de: Bolívar (Vol II). Editorial Sarpe, Biblioteca de la historia. No 35, 1985, Madrid, p.259.
10. Bolívar, Simón: Cartas de Jamaica (1815). op.cit. pp. 69-70.
11. Carrera Damas, Germán: El dominador cautivo. Editorial Grijalbo, Caracas, Venezuela, 1988, p. 156.
12. Bolívar: «Discurso introductorio a la constitución de Bolivia» (1826) en Pensamiento Conservador (1915-1898)., Biblioteca Ayacucho. Caracas. 1978.
13. extraído del libro de Terán, Oscar: Aníbal Ponce: ¿El marxismo sin nación?. Cuadernos de Pasado y Presente, Nº 25. Buenos Aires, 1983, pp. 224-7.
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