Por: Hernán Montecinos.
Fuente: icalquinta.cl
Como se esperaba, me ha llegado la noticia de tu muerte. Desde aquí en Valparaíso no he podido sustraerme, en el momento de tu silencio final, decirte algunas palabras, quizás con la secreta esperanza de que el viento te las haga llegar de algún modo.Desde que comenzó tu enfermedad no tuve oportunidad de cruzar palabras contigo ni tampoco pude verte. Ahora en tu descanso final, he sentido el deseo de decirte algunas cosas, aquellas que se dicen en los momentos de despedida final, o en la antesala de la muerte. Empezar a decirte, por ejemplo, que con tu partida se ha sucedido, por decir lo menos, un hecho insólito e inédito aquí en Chile. Moros y cristianos, es decir, los que te amaron en vida, y los que fueron tus ocasionales rivales políticos, en forma unánime, se han sumado al pesar y dolor de los comunistas criollos. Y esto lo destaco porque no me estoy refiriendo a sentimientos y condolencias oficiosas, o formales o de buena crianza, como suele estilarse en estos casos. No, no se trata de eso, al contrario, han sido expresiones y manifestaciones de pesares sinceros, ya que todos han coincidido en reconocer tus excepcionales condiciones personales que te llevaron a ser siempre consecuente y perseverante por los ideales de lucha que se te arraigaron por siempre en tu espíritu comunista. Creo, sin exagerar, que la política chilena va a sentir por muy largo tiempo la ausencia de tu menuda y ejemplar figura. Y no podría ser de otro modo cuando hoy los políticos, sobre todo los que posan de progresistas, en los momentos de los qiubos, cuando hay que hacer defensa de los intereses de todos nosotros, prefieren recular, conciliar o callar terminando por doblegarse a los intereses de los poderosos. En cambio, tú Gladys, allí estuviste como siempre, sin claudicaciones de ninguna especie, aguándole la fiesta al sistema, a políticos timoratos, a los obsecuentes, a empresarios ricos y poderosos, denunciándolos en lo que son: responsables directos de un sistema político, económico y social oprobioso que ha aumentado las desigualdades y privilegios en nuestro país en forma irritante y vergonzosa. Tu lenguaje directo, sin pelos en la lengua, diciendo las cosas por su nombre, te valieron, en su momento, toda clase de motejos: la “Gladys dura”, “la roja”, “la pasionaria”, “la mujer de hierro”, “la equivocada” la que nada a “contracorriente” y todas esas demás cosas. Sin embargo tú, haciendo caso omiso de aquello, siempre perseveraste en lo tuyo, en tu propio estilo, con tu fe de carbonera, siempre defendiendo lo nuestro, defendiendo todas las causas justas; en eso fuiste férrea, te mostraste inclaudicable. En pocas palabras: fuiste la que fuiste, nada más simple que eso; sin dobles discursos, viviendo y actuando en la vida tal como pensabas. Y esto último hay que reconocerlo, tiene un gran valor intrínseco, un valor inapreciable que ya se quisieran poseer otros.
Ahora bien, podría seguir con una larga lista de referencias para exaltar tus excepcionales dotes de mujer política y pública. Sin embargo, creo que a estas alturas se hacen innecesarias, pues ya se encuentran bastante documentadas en la historia política de nuestro país y fuertemente arraigadas en el imaginario del colectivo popular.
Sin embargo, pienso que a pesar de todos los reconocimientos, poco se ha dicho y destacado sobre tus excepcionales condiciones humanas. Y en este contexto, poco se ha dicho sobre la humildad y sencillez de tu vida privada.
En efecto, nunca poseíste jugosas cuentas bancarias, ni casas de descanso ni en Caburga ni en Cachagua. Tan sólo una modesta vivienda de madera sin ninguna clase de lujos ni ninguna otra parafernalia. De joyas ni hablar. Y hasta en tu vestir y en tu maquillaje te mezquinabas; tu sencillez y modestia sólo admitía lo mínimo que la natural coquetería de mujer requiere para ser bien mirada. “No tengo tiempo para andar comprándome ropa” le confesabas a tus amigas más cercanas, afirmando con ello tu modestia y el poco interés por las cuestiones materiales, o por las cosas triviales y mundanas. Por estas y otras razones, en mi opinión, pienso que tú Gladys, más que política fuiste una luchadora, y más aún, una verdadera “revolucionaria”. Y si hago esta distinción es porque la mayoría de los que llegan al mundo político muy pronto, por una parte, se construyen lujosas viviendas en La Dehesa o Vitacura, o abren jugosas cuentas bancarias. Y por otra, empiezan a repartirse pitutos unos a otros, asignándose directorios de empresas, u otorgándose sobresueldos, o recurriendo a cualquier otra artimaña para aumentar sus cuentas personales y sus ganancias. En cambio, tú Gladys, fuiste de otra estirpe, fuiste proba, un ejemplo de cómo se debe hacer la política, y mejor aún, como hay que actuar en la vida privada cuando se es figura pública. Para concluir, una referencia muy personal: mi admiración y agradecimiento hacia tu persona por el tremendo cariño y afecto que le tuviste a Manuela (mi madre) y a Gloria (la madre de mis hijas), ambas fallecidas por el mismo mal que te afligió. Tu preocupación personal y gestos de solidaridad hacia ellas en sus momentos más difíciles, me han marcado a fuego mi piel. Más allá del compromiso político y la lucha clandestina en la negra y larga noche de la dictadura, tuve el privilegio de conocer estas y otras facetas personales tuyas. Por eso, en lo que a mi persona respecta, nunca dejaré de agradecer tu maravilloso ejemplo de vida. Y si bien, no fuimos en lo que se dice amigos, pudimos compartir momentos muy difíciles, cuando teníamos que proveer de logística a la Dirección del Partido para sus reuniones clandestinas. Dicen que los hombres no lloran. Esa es una gran mentira. Hoy he llorado impotente ante el hecho de tu irreparable partida. Mis más sinceras condolencias a tus hijos y familia, a los que no tuve la suerte de conocer También mis condolencias a tu partido, el Partido Comunista, al que siempre me he considerado muy ligado a pesar de no tener carnet.
Y, también, por cierto, a Julio Ugas, tu compañero, hasta el último momento a tu lado asistiendo impotente a tu agonía. Querida Gladys…¡Descansa en paz!… Siempre te recordaré
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