Entendiendo la posmodernidad

Por: Leonardo Innamorato
Fuente: http://www.antroposmoderno.com (02/07/2020)

A nadie le sorprenda que vivamos tiempos convulsionados, casi apocalípticos, si tenemos en cuenta sucesos en nuestra vida cotidiana que tiene que ver con una permanente insatisfacción personal y social. Nuestras conductas sociales se ven alteradas por el mercado, el exacerbado consumismo, la influencia tanto de los medios y de la publicidad, un constante acecho de inseguridad va diseñando una nueva especie de “hombre” y de sociedad, lo cual no escapa a ello, el desvanecimiento en los valores y la cultura.

Introducción

A nadie le sorprenda que vivamos tiempos convulsionados, casi apocalípticos, si tenemos en cuenta sucesos en nuestra vida cotidiana que tiene que ver con una permanente insatisfacción personal y social. Nuestras conductas sociales se ven alteradas por el mercado, el exacerbado consumismo, la influencia tanto de los medios y de la publicidad, un constante acecho de inseguridad va diseñando una nueva especie de “hombre” y de sociedad, lo cual no escapa a ello, el desvanecimiento en los valores y la cultura.

Mucho se ha hablado en estos tiempos sobre este término, pero que aún a nuestros días, es interpretado desde varias perspectivas filosóficas e interdisciplinares. Este concepto, utilizado en un principio en los campos de las artes plásticas y la arquitectura, es un término complejo, ya que su uso no es homogéneo y que trata más bien de una postura holística calificada de elitista, no solo en las ciencias sociales sino hacia todo lo que representa la modernidad de la cultura occidental en el siglo XVII. Vivimos tiempos convulsionados, y eso no es novedad.

Nuestra sociedad ya no es “moderna”, pero queda todo un substrato de creencias de la modernidad que se van rápidamente disolviendo. Espacio y tiempo se confunden al mismo tiempo, la tecnología nos impone pautas de comportamientos; es el tiempo de los mass media. El pos-modernismo es algo profundamente distinto. El pos-modernismo acaba con las ilusiones de la modernidad lo podríamos caracterizar como el pensamiento de la incerteza, de la duda. Todos, en distintas sociedades y culturas somos atravesados -de alguna u otra manera- con los postulados de la posmodernidad.

Reconfiguración del modernismo: la crisis

El contexto en el que surge el posmodernismo es en el de posguerra. Si bien, los acontecimientos desde los años 30 pusieron en duda la idea de progreso inevitable ya que mostraron que la ciencia podía utilizarse como beneficio social, como el perjuicio del hombre en este caso, con la elaboración de bombas atómicas o campos de concentración. Desde su perspectiva, la historia estaba al servicio de los nazis, comunistas o dictadores; los que la ejercían no podían ser liberados de los intereses políticos a que la servían y no se garantizaba un uso beneficio de la ciencia atada a los intereses de poder.

Con las influencias de Nietzsche y de Heidegger principalmente, Michel Foucault y Jakes aportan los argumentos básicos del posmodernismo, aunque los enfoque de uno y otro son diferentes coinciden en la renuncia que hacen a los supuestos fundamentales de las ciencias sociales occidentales. Ponen en duda la autonomía y la racionalidad del hombre occidental, al que Michel Foucault llama “sujeto” para destacar que es una invención que sustenta el discurso liberal y que su existencia depende del mismo; sobre la objetividad del conocimiento observan que cada sociedad tiene sus propios regímenes de verdad en función de una ideología, la moderna está basada en la ciencia que impulsa una verdad falseada ya que la ciencia modela intereses políticos. Dentro del laboratorio los posmodernistas lo consideran el nexo para las relaciones de poder dentro de lo cual no pasa nada extraordinario, pues la realidad que ofrece no escapa al lenguaje al que pertenece; el científico selecciona en función del discurso que respalda. Nietzsche y Heidegger consideran que el curso de la historia no es lineal, y que durante algún momento lleve a una época de prosperidad, es decir no están de acuerdo con la superioridad de las épocas y ven nulo el estudio de la causalidad, contrario a la objetividad que profesaban los historiadores de la modernidad. “El hombre no se puede separar del objeto que estudia, sino que siempre le da un valor”.

Foucault y Derrida – en relación con la historia – tienen un estudio propio en sus estudios con la prisión, la sexualidad, la locura, etc. Tratan de hacer ver que el hombre moderno es producto de disciplinas y de discurso de poder. El segundo critica a los pensadores desde la antigüedad por haber caído en la trampa de las categorías occidentales como el bien contra el mal, el ser con la nada etc. Compartieron la importancia que le dieron al lenguaje y al discurso. Foucault sostenía que “el discurso es el que produce el conocimiento y no al revés”. El sujeto es para ambos, es incapaz de hacer juicios subjetivos y buscar la verdad. Para Foucault la verdad es la voluntad del poder; para Derrida es imposible conocer la verdad ante la variabilidad de significaciones; como el lenguaje es el que crea la verdad, es el que impone la imposibilidad de conocerla y por lo tanto hay una inexistencia de la separación del “yo” y el objeto del conocimiento.
La influencia de la crítica posmodernista entre los historiadores comenzó a hacerse ver en la década del 30 cuando Karl Becker y Charles Bears bajo el relativismo histórico afirman que cada hombre construye su historia con su versión única y por lo tanto no existía una objetividad histórica. Para ellos conocer los hechos pasados era una ilusión, ya que el historiador elige los hechos en relación a una ideología, empieza a cuestionar la cientificidad de la historia. Para la época todo lo anterior no tuvo tanta voz, ya que entre los historiadores estaban de moda las reflexiones marxista o la escuela de los anales. Para los años 70 y 80 cuando empezaron los cuestionamientos a éstas, debido en parte a la democratización de las universidades la propuesta de la historia cultural influye en sí mismo en pensadores marxistas o de los anales. Empezaron a surgir un sinfín de estudios de tipo histórico de índole cultural, en que daban existencia a grupos humanos en el cual habían permanecidos inexistentes en la historia que se presentaban antes, como ser grupos étnicos, mujeres, etc.

Para Estados Unidos representaba problema que se estuvieran hablando de “actores” que no se podían incluir en su versión de unidad como nación blanca, protestante, próspera, de autoconfianza de individuos libres. Se mostró igual que los científicos más notables habían hechos sus estudios en función de intereses políticos, religiosos y sociales. La forja de la nación con base en la ciencia solo tenía cabida en determinado contexto social; con el propósito de ofrecer una versión más completa de la historia, y al particularizar en varios puntos su estudio. Se empezó a notar que las historias anteriores habían carecido de mucho al mismo tiempo empezaron al poner en peligro la existencia de su disciplina al hacer ver que la historia no podía ser objetiva ya que se escribía siempre bajo la ideología de elites gobernantes con intenciones propagandísticas, raciales o políticas.

Principales tópicos de la posmodernidad

Será necesario entonces para ir dilucidando el límite entre lo que es modernidad y posmodernidad, seguir a Zygmunt Bauman, el cual sostiene en su prólogo de “Modernidad Líquida” esta interesante analogía: “La era de la modernidad sólida ha llegado a su fin. ¿Por qué sólida? Porque los sólidos, a diferencia de los líquidos, conservan su forma y persisten en el tiempo: duran. En cambio, los líquidos son informes y se transforman constantemente: fluyen”. Valga la expresión con el término “sólido” a lo que perdura, y “líquido” al o que se diluye y se pierde. El pos-modernismo es algo profundamente distinto. El pos-modernismo acaba con las ilusiones de la modernidad lo podríamos caracterizar como el pensamiento de la incerteza, de la duda. El saber parece dominar la razón social por la vía de la comercialización de sus productos.

Todo puede ser mercancía, marketing, (hasta las fantasías sexuales de los sujetos). La reacción posmoderna trajo consigo un desencanto respecto de la Modernidad, sus promesas y expectativas; dice Habermas en su libro “La Posmodernidad”, que el proyecto moderno alcanza su apogeo con la ilustración en el siglo XVIII. Sus esfuerzos se concentraron en desarrollar una ciencia objetiva, leyes universales y morales y un arte autónomo. Pero el objetivo último de esta cultura especializada era el enriquecimiento de la vida cotidiana: “Los pensadores de la Ilustración tenían la extravagante expectativa que las artes y las ciencias no solo promoverían el control de las fuerzas naturales, sino también la comprensión del mundo y del yo, el progreso moral, la justicia de las instituciones e incluso la felicidad de los seres humanos”.

En sociología se refiere a un proceso cultural observado a principios de los 70 esta otra acepción de la palabra se explica bajo el término “posmaterialismo”. Mientras que la modernidad se despliega en un tiempo orientado, va en alguna dirección, a una parte en línea contínua de progreso y la posmodernidad se refugia en el espacio, (en un espacio que es según Maffesoli, tiempo condensado): en el aquí y ahora, o sea en el presente mismo. Dicho en otras palabras, no va a ninguna parte en particular, aunque quizá pueda ir a cualquier parte.

Ya antes el conocimiento que la modernidad produce es
puesto en tela de juicio por Nietzsche más que por ningún otro, al introducir una mirada que incluye nuevas perspectivas. Esto origina podríamos decir cuatro cuestionamientos; A) epistemológico (duda de esa topología en cuyo interior existiría una entidad de acceso privilegiado, denominada “mente” y de que la verdad esté ahí fuera para ser aprehendida por el sujeto; B) ontológico (duda de la existencia de esencias universales; c) metafísico ( duda de que haya una naturaleza humana eterna e inmutable, C) de “la creencia en una estructura estable del ser que rige el devenir y da sentido al conocimiento y normas de conducta”); D) político (duda de la función de los grandes relatos y de la posibilidad de un gran proyecto emancipador de la humanidad); E) ético (duda de la posibilidad de una ética universal fundamentada sobre sólidas bases epistemológicas, antropológicas y ontológicas.

Ahora bien, no solo debemos quedar en una posición cuestionadora sino que tenemos que construir un discurso que nos permita pensar aquí y ahora nuestras sociedades, que sea útil en el planteamiento de objetivos y formas eficaces para la acción. De lo contrario, la comprensión del conflicto modernidad / posmodernidad es por sí misma estéril, a no ser que obtengamos estructuras formales productivas (herramientas) útiles para construir sea una vida privada, sea una pública o social, donde el deseo transite con toda su fuerza creadora. Quienes vivimos en este continente no podemos menos que pensar como latinoamericanos. En gran medida, el rechazo a las descripciones posmodernas de la sociedad y del sujeto es producto del miedo y de la incomprensión. Nos resulta difícil pensar, por ejemplo, que el terror impere bajo el manto del criterio de eficiencia, nos negamos a aceptar la imposibilidad, por lo menos inmediata, de los grandes proyectos emancipadores fundados en los metarrelatos, y atribuimos estas descripciones a las mentes alucinadas de quienes las exponen. Visto en otra perspectiva, la lógica de las grandes ideas se dispersa, o se distienden en la posmodernidad, los grandes relatos y los ideales van perdiendo protagonismo opacados cada vez más por un exacerbado individualismo y cultura del “yo”.

El pensamiento posmoderno, sucesor de los rasgos románticos y artísticos de la modernidad enfatiza la afirmación de la diferencia, la importancia del saber narrativo, de sus contenidos. Pero el análisis puede llevar a la acción, conduce la praxis, con conocimiento de causa, como diría Lyotard, y por ello, tal vez con mayores posibilidades de éxito. Aunque la empresa no tenga presentaciones universales, evita el riesgo de idealizar la sociedad, sus instituciones e individuos. De hecho, los latinoamericanos tenemos ya mucho de posmodernos. Hay que sostener, todavía, que los análisis pos-modernos están apareciendo con gran fuerza en el campo de la disciplinas físicas, así son varios los físicos teóricos que describen las teorías cosmológicas – el Big-Bang, por ejemplo, se habla ya de 11 dimensiones -ya no como hechos “objetivos” – , es decir realmente sucedidos, sino como narraciones que son el resultado de una manera específica de observar la realidad física y de juntar datos recogidos separadamente (como en las rapsodias antiguas, donde “rapsodia” etimológicamente quiere decir “coser junto historias distintas”. Los pos-modernos entienden la imposibilidad de utilizar, en las ciencias humanas, los esquemas del siglo XIX de los cuales Foucault sería un “posmoderno” no por el hecho de que priorice el concepto de poder, sino porque descubre filosofía en la historia de la medicina, de la locura, o de la prisión denunciando las contradicciones y los aspectos perversos.

La ciencia se despide de la objetividad clásica de la modernidad, y afirma que aún el tiempo y el espacio deben ser considerados como construcciones conceptuales y no un hecho del mundo objetivo, es decir los pensadores no sólo epistemológicos de la ciencia, sino toda la matriz conceptual moderna “El concepto de saber se desplaza radicalmente de lo que consideramos científico y confiable hacia la afirmación de que estas son coordenadas de nuestra experiencia. De aquí surge la base del constructivismo radical, en el cual el saber no tiene función de reflejar la realidad objetiva sino de capacitarnos para obrar y alcanzar objetivos en nuestra experiencia, adecuarse, pero no coincidir”. El saber entonces es poder obrar adecuadamente. Surgieron después pensadores más radicalizados que se inscribieron en los denominados sistémico-constructivistas. Sus dos principales exponentes son Von Foerster y Von Glaserfeld. Ellos profundizan el antiobjetivismo de la realidad. Famosa es la cita de Von Foerster al afirmar que la objetividad es una ilusión de que las observaciones pueden hacerse sin un observador. Por ello este pensador plantea que “el mundo que tenemos que tener en cuenta es un mundo dependiente de la descripción y que incluye al observador” y, es más, señala: “Esas propiedades son propiedades de descripciones (representaciones) y no propiedades de objetos. En realidad, como veremos los objetos deben su existencia a las propiedades de las representaciones”.

Lo “moderno” se manifiesta con la Ilustración del siglo XVIII y, en política, con las revoluciones burguesas liberales y después con las revoluciones socialistas, es decir con la Revolución francesa, americana, las Latino-americanas, y más adelante, la rusa y la china. Sus antecedentes se encuentran en el Racionalismo del siglo XVII y, por algunos aspectos, en el Renacimiento. La idea fundamental es la de “progreso”: se cree que la humanidad pueda progresar indefinidamente si el hombre llega a conocer las leyes básicas – biológicas, físicas, psicológicas, históricas, político-sociales, etc.- que rigen la naturaleza y la vida humana individual y colectiva. La otra creencia básica se refiere a la “realidad”: se cree que hay una “realidad objetiva” que se puede indagar con los procedimientos de las ciencias físicas, es decir con el método galileano de la hipótesis que tiene que ser comprobada o rechazada a través del experimento. Pero esta “realidad objetiva” tiende a involucrar no solo al mundo material sino también al mundo social, histórico y psicológico. Valdría sostener entonces, que la realidad humana se la asemeja a la realidad físico material, el hombre se transforma en una suerte de maquina biológica que se estudia con las mismas metodologías de las ciencias físicas.

Ahora bien, qué podemos decir desde éste, nuestro lugar de analistas en esta realidad que nos toca vivir y donde la posmodernidad que nos atraviesa pareciera fundar y validar una nueva ética: todo puede hacerse, decirse, mostrarse, no tiene límites. No hay Juicio Final, hay Punto Final, obediencia debida, es decir: completa impunidad. Instalando una cultura de la desaparición y de la impunidad, no hay muertos, hay desaparecidos, no hay culpables, hay indultados. O sea que también los eufemismos son utilizados como un disfraz a decir una verdad que es evidente. Somos enfrentados a los hechos como si fuera posible acceder a ellos desconociendo el orden significante.

Un sujeto no puede encontrarse con los hechos como tales. Siempre los hallará ordenados según las leyes del lenguaje. El sujeto accede a los hechos por el orden simbólico. La ilusión ya no es posible como freno a lo real. En “Las estrategias fatales”, Jean Baudrillard presenta el paradigma de la posmodernidad como una “escalada a los extremos”. Reivindicando el carácter antagónico de la cultura, consigna que estamos ante la victoria absoluta de la seducción del objeto por sobre el sujeto y su deseo. Lo cultural, aún en sus aspectos más obscenamente violentos, se presenta a través de los medios como un espectáculo contínuo, predominantemente visual, atrapante para el espectador. Todo es transparente, todo puede verse, todo es efímero, se agota en el vértigo de la mirada. En la sociedad moderna, como lo refiere Colette Soler, “cada uno vale lo que tiene para vender, cada quién se procura un espacio donde exponer su saber o su saber-hacer para luego poderlo vender, la pluralidad de los saberes se cotiza en el mercado y marcan diferencias entre las personas, cuanto más complicado o inaccesible es ese saber, mas alto el valor del mercado”.

En la posmodernidad se muestran los acontecimientos como anomalías sin consecuencias, que no dependen de ninguna ley. Eventos en los que coinciden causa y fin, sucesos cerrados sobre sí mismos, ininteligibles. No hay forma de conceptualizar, la velocidad y cantidad de la información producen un abrumador efecto, donde el sentido escapa, huye de nuestra comprensión y donde pareciera, ya no ser importante. En ellas faltan las líneas de unión que marcan la incidencia del tiempo en la producción de los sucesos. Aparecen rotundamente, de un solo golpe. La inmediatez de la catástrofe nos hunde en la indiferencia y la parálisis. A los psicoanalistas, por ejemplo, les preocupan en este fin de siglo las “patologías del acto” (alcoholismo, drogadicción).

Esta destitución de la palabra pone en jaque nuestro instrumento privilegiado. El “borramiento” que en la posmodernidad se impone sobre la función mediadora de la familia, cuya especificidad es establecer los primeros lazos afectivos y moderar, a través del discurso que en ella se origina, la violencia que la cultura ejerce sobre el sujeto, esto produce efectos devastadores. La violencia reaparece en sus formas más crueles, como destrucción del otro y, sobre todo, como autodestrucción. El desamparo se manifiesta no solo en el aflojamiento de los lazos afectivos, sino, por sobre todo, en la absoluta inconsistencia del sujeto para afrontar un modelo que se centra en los objetos y anonada el deseo. Donde “Ello” (impersonal) goza, dirá Lacan, el “Yo” (je) que habla debe advenir.

Conclusiones

A nuestros tiempos de contratiempos, vale decir que el rumbo de la historia ya no marcha sobre rieles visibles, sino sobre una dimensión abstracta y difícil de pronosticar. Mientras que los pilares de la modernidad iban montadas en un eje filosófico (descartes), el de la Revolución francesa (eje político) y en el Luterano (eje religioso). Tenía un “paradigma fuerte”, el ser tenía un fundamento, y la historia tenía un sentido; mientras que la posmodernidad lo hace en terreno inestable, es decir, basado en construcciones, conceptos nuevos y un paradigma débil.

Esta historia a nuestros días parece desintegrarse en otra dimensión espacio –temporal, no es ya direccional ni busca un racionalismo. Nos encontramos en una nueva era del desencanto, que empezó en gran medida en los años 90. El auge de diversas variedades de religiones que tienen como estandartes la satisfacción de un modo de vida, un fetiche que se le impone al feligrés a consumir, de pretender que se den respuestas expeditas en cuanto a la salud, el marketing y la publicidad que nos sugiere elecciones son algunas de las postales de esta posmodernidad. El tiempo de las tribus urbanas como forma de expresión, la desintegración de los partidos políticos y la distención en sus ideologías; una escuela sobrepasada y con elevada pérdida de identidad, y que con mayor frecuencia debe atender un sin números de problemas que se relacionan con la violencia – llámese por rótulo “bullyings” de todo tipo – un docente cada vez menos valorado y sin dirección alguna. Se suele defender el ambiente, pero se celebra la economía de consumo. El amo y señor de nuestra civilización es el mercado y la lógica voraz del consumo de objetos en forma globalizada, es decir, para todos los mismos objetos que pronto pasan a ser obsoletos.

Una vida cotidiana marcada por nuevos términos o eufemismos hacen de la vida cotidiana un nuevo barrote, que como sostenía Max Weber: “es un nuevo barrote en la jaula de la realidad cada vez más racionalizada”, que antes que solucionar la vida al hombre, lo corrompe cada vez más. Un planteo interesante es el que hace el politólogo Francis Fukuyama, sobre el llamado “Fin de la historia”, al tratar de justificar el triunfo hegemónico de occidente con su liberalismo, democracia, globalización y libre mercado sobre oriente, y en especial sobre el llamado “socialismo real” y el comunista, donde también al hablar de posmodernidad, va tomando sustento con acontecimientos que tienen que ver con el fin del comunismo, la caída del Muro de Berlín, desintegración de la URSS y países de Europa del Este.

Desde el papel de la cultura se rompe con el encasillamiento y el delimitamiento de la cultura de cada sociedad o pueblo, (la identidad) y la transforma en relativismo cultural o ambigüedad cultural. Cada vez estamos más occidentalizados y predomina la “hibridación cultural”; un lema fuerte de la posmodernidad podría ser: “ni si, ni no, sino todo lo contrario”.

El consumismo desbordado, el hedonismo como modo de vida, la comodidad, la tecnología, y el individualismo se visualizan como principales corolarios de estos tiempos. Un mercado y una publicidad que cada vez más apuntan a los jóvenes, usando un lenguaje cada vez más menos entendible para otras generaciones, bombardean constantemente el espacio en los medios de comunicación masivos; incluso el morbo, la violencia y los contenidos de sexo son contenidos usuales en los diarios web. El espacio de la intimidad es cada vez más invadida por cámaras y se convierte la realidad y la vida misma en un gran reality show dantesco. Una realidad forjada desde el diseño, desde lo visual, lo multimedial y desde el ámbito 2.0 de la web, nos marcan un modo de vida cada vez más rápida y que se entrelazan con una falta de direccionamiento lineal en la vida misma del hombre. La inmediatez, la simultaneidad, “los 15 minutos de fama”, el pragmatismo y el poco papel de la cultura – reducida cada vez más al mundo de la informática y la vidriera de los medios – son condimentos que hacen de la posmodernidad una etapa complicada de vivirla.

Entonces, y como para redondear en una frase a este periodo actual se puede mencionar esta lapidaria y a la vez contradictoria frase: “¿te acuerdas qué bien estábamos cuando estábamos mal?”

Leonardo Innamorato. Licenciado en sociología

Bibliografía

Arriarán, Samuel (1997). “Filosofía de la posmodernidad. Crítica de la Posmodernidad desde América Latina”, México D.F., Ed. Facultad de Filosofía y Letras.
Bauman, Zigmunt (1999). “Modernidad líquida”, Bs As, Ed. Fondo de Cultura Económica.
Díaz, Esther (1999). “Posmodernidad”, Bs As, Ed. Biblos.
Fukuyama, Francis (1992). “El fin de la historia y el último hombre”, Bs As, Ed. Planeta.
Habermas, Jürgen (y otros). (2002) “La Posmodernidad”, Barcelona, Ed. Kairós, 6° edición.
Hugtington, Samuel (1996). “El choque de las civilizaciones”, Barcelona, Ed. Paidós.
Lefebvre, Henri (1967). “Obras de Henri Lefebvre”; Introducción a la modernidad, Bs As, Ed. A. Peña Lillo.
Lyotard, Jean-François (1979). “La Condición Postmoderna”, Barcelona, 4° Edición, Ed. Cátedra.
Maffesoli, Michel (2004). “El tiempo de las tribus: el declive del individualismo en sociedades de masas”, México, Ed. Siglo XXI.
Soler, Colette (1994). ¿Qué Psicoanálisis?, Ed. EOL, Bs.As.

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