Hay Marx para rato, a mi manera

Por: Guillermo Rochabrún
Fuente: http://www.mientrastanto.org (25.09.12)

Este texto del interesante marxista crítico peruano Guillermo Rochabrún circula por internet; aunque ya antiguo, nos ha parecido representativo de un nuevo pensamiento latinoamericano.
* * *

El «folklore» marxista —como me place llamar a los clichés que han poblado los manuales de marxismo-leninismo— ha caracterizado al capitalismo como el conflicto de dos clases: burguesía y proletariado. Esta imagen ha dado lugar a innumerables dibujos en los cuales un gordo rebosante de grasa, vestido con frac y sombrero de tarro, se enfrenta fumando un puro a un grupo de obreros de overall que llevan una llave de tuercas en la mano. La pregunta que debemos hacernos es si el pensamiento de Marx sirve solamente para inspirar este tipo de caricaturas. Así pareciera creerlo Federico Salazar, cuando —quizá pensando con el hígado— dice que «si se hiciera la encuesta de los panfletarios del milenio, ahí sí, sin duda votaría por Marx» (Domingo, n.º 74, p. 19. Diario La República, 24 de octubre de 1999).

Si algo ha caracterizado al marxismo ha sido su proclama de ser a la vez una teoría y una práctica conscientes de sí mismas. A fin de cuentas es en gran parte gracias a él que hoy podemos pensar que todo pensamiento está ligado, lo sepa o no, a determinadas formas de intervención en el mundo. Sin embargo, el marxismo ha pretendido para sí ser mucho más que eso: ha reclamado la máxima lucidez posible como condición necesaria para realizar la única práctica que estaría a la altura de dicha autoconciencia: la práctica revolucionaria. Es decir, una teoría totalizadora que formaría parte de una práctica totalizadora. Como podría haber dicho Mafalda, «¡Pavada de ocurrencia, ¿eh?!».

¿Quién, fuera de Marx, ha podido reclamar para sí la pretensión de saber que al escribir El Capital estaba develando el «secreto más recóndito» de la forma capitalista de producción, y que al hacerlo estaba disparando «el más terrible misil que jamás se haya lanzado hasta ahora a la cabeza de la burguesía»? (Carta de Marx a Johann Becker, 17 de abril de 1867). Alguna base habrá tenido esta convicción, pues si el pensamiento científico no ha perdido mucho tiempo combatiendo a modernos profetas y gurús, en cambio las críticas, réplicas y refutaciones científicas a Marx en defensa del orden existente han formado un mar prácticamente insondable. Por algo será.

Y no obstante, desde un momento difícil de precisar —aunque ciertamente viene desde mucho antes de la caída del muro de Berlín— esta unidad de teoría y práctica con miras revolucionarias, no va más. Simple y llanamente se agotó. Lo que más daño ha sufrido —amén de haberlo provocado— es el marxismo como política: como forma de actuación identificable con fuerzas «de izquierda» que se reclamaban marxistas. Ello ha ocurrido, entre otras causas, por el desgaste teórico y sobre todo práctico de la categoría revolución entendida como asalto súbito al poder para desde ahí realizar una transformación más o menos instantánea y definitiva de la sociedad. Pero la explicación de esta caducidad podría ser mucho más compleja. A fin de cuentas, ¿tiene el mundo de hoy algo en común con el de Marx y su época?, ¿por qué una figura como la suya, tan propia del siglo XIX, tendría que importarnos hoy en día? Y, sin embargo…

¡FLASH!: MARX EN LA BBC. El cable trajo la noticia. En octubre de este año una encuesta de la British Broadcasting Company hecha a través de internet sobre quién era «el pensador del milenio» daba a Marx como ganador. El significado exacto de este resultado es imposible de establecer si no se conocen los términos de la encuesta, su metodología, quiénes la respondieron, y mil detalles más [1]. Pero ya es significativo que, en un mundo poscomunista, Marx haya podido quedar, digamos, entre los cinco o diez primeros. Es decir, podemos suponer que una fracción significativa de quienes votaron por él lo disociaban del mundo soviético y del comunismo en general. Pero ¿con qué lo asociaban? No tengo cómo saberlo, pero puedo responder por mí mismo: ¿tiene el pensamiento de Marx, a mi modo de ver, alguna relevancia hoy? Quisiera por eso esbozar algunas reflexiones echando una mirada a dos temas infaltables en las discusiones de nuestros días.

GLOBALIZACIÓN Y POSMODERNIDAD. Globalización y posmodernidad son dos categorías en las cuales no creo, pero absolutamente centrales del debate contemporáneo, aunque cada una se presenta ante la otra bajo signos aparentemente antitéticos. Mientras el discurso de la globalización proclama la unidad, la homogeneidad, la cuantificación, la ausencia de alternativas al actual orden capitalista mundial, y la objetividad técnica y científica; la posmodernidad, por el contrario, agita las banderas de la fragmentación, la diversidad, el azar y la subjetividad. Sin embargo, están lejos de enfrentarse, y antes bien se complementan. La globalización viene a colocar el férreo marco en el cual se sitúa el caleidoscopio de la posmodernidad. La diversidad de ésta sería poco más que un inocuo divertimento, pues a fin de cuentas ambos proclaman el fin de la historia, así como la futilidad de la revolución. La primera, porque considera que el orden actual es el único posible, y la segunda porque —poco más o menos— el orden no existe.

La posmodernidad tiene uno de sus puntos de apoyo en la actual crisis de las llamadas ciencias «duras», crisis según la cual ellas habrían pasado a ser las más «blandas» de cuantas existen. De ahí las humanidades y las ciencias sociales la han tomado como pretexto. Pero, sin embargo, la posmodernidad no ha penetrado en la ciencia económica. No en vano ésta se presenta, si no como el discurso, al menos como la gramática de la globalización. Pues bien, en razón de nuestro tema la pregunta básica viene a ser si el orden económico mundial sigue siendo capitalista. ¿Tiene algún sentido este término? ¿Marx nos sirve en algo al respecto? [2]

UN CAPITALISMO SIN MÁQUINAS NI CAPITALISTAS Y CON ASALARIADOS CAPITALISTAS. Veamos. El capitalismo de la época de Marx era industrial, mientras el de hoy ya no lo es. Obsolescencia del marxismo, se dirá. En particular desde esa fase industrial, el capitalismo no hace sino revolucionar una y otra vez las fuerzas productivas. A diferencia de revoluciones económicas y sociales anteriores, que buscan la estabilidad una vez que han triunfado, el capitalismo es una «revolución permanente». En los últimos tiempos esto ha llevado a lo que se llama la «desmaterialización» de la producción: la producción más importante hoy en día no sería la que produce objetos, sino la que genera, almacena y transmite conocimiento e información. Los libros de Alvin Toffler, amigo lector, nos instruyen sobre esto. En sus propias palabras: «los nuevos medios de producción no se encuentran en la caja de herramientas de un artesano ni en la pesada maquinaria de la era de las chimeneas. Antes al contrario, palpitan dentro del cráneo del empleado, donde la sociedad encontrará la fuente, de por sí más importante, de riqueza y poder para el futuro» (El cambio del Poder, p. 260).

Por su parte dice Peter Drucker que en el capitalismo de nuestros días no hay capitalistas, o en todo caso éstos son los trabajadores asalariados. Según él, los mayores inversionistas en EE.UU. son las cajas de pensiones [3], cuyos propietarios son… precisamente los asalariados. En rigor no son propietarios, dice Drucker, sino solamente fideicomisarios, y sus fondos no son sino sueldos diferidos. En rigor, tampoco serían capital. (La sociedad post-capitalista, pp. 84 y ss.).

Estos cambios trascendentales, ¿tomarían por sorpresa a Marx? Para el folklore marxista todo ello vendría a ser devastador, o cuando menos, muy difícil de tragar. Pero la sorpresa viene aquí, en estas líneas escritas hace más de 140 años:

«La naturaleza no construye máquinas, ni locomotoras, ferrocarriles, telégrafos eléctricos, hiladoras automáticas, etc. […] Son órganos del cerebro humano, creado por la mano humana; fuerza objetivada del conocimiento. El desarrollo del capital fijo revela hasta qué punto el conocimiento o saber social general se ha convertido en fuerza productiva inmediata, y, por lo tanto, hasta qué punto las condiciones del proceso de la vida social misma han entrado bajo los controles del intelecto colectivo y remodeladas conforme al mismo.» «[…] el trabajo inmediato se ve reducido cuantitativamente a una proporción más exigua, y cualitativamente a un momento sin duda imprescindible, pero subalterno frente al trabajo científico natural, a la aplicación tecnológica de las ciencias naturales…» (Elementos fundamentales para la crítica de la economía política, 1857-1858, vol. 2, pp. 229-230 y 222. Siglo XXI, 1976).

De otro lado, la noción de «industria» no es una categoría teórica en Marx. Sí lo es, y muy importante, para predecesores suyos como Saint-Simon, o para contemporáneos nuestros como Dahrendorf o Bell. En cambio, la categoría central es para Marx… el capital. Y de él hace una definición estricta: no es el dinero, no son los medios de producción (lo que en su época serían sobre todo las máquinas, y en la nuestra el conocimiento aplicado). Es, valor que se autoexpande. En lenguaje corriente, algo así como inversiones que necesitan dar utilidades, que deben ser rentables. ¿Es que la riqueza ha dejado de funcionar de esta manera, por ejemplo, ahora que asumiría formas inmateriales e intangibles? La respuesta es No. Y que los personajes asuman nuevas fisonomías precisamente por el desarrollo de las fuerzas productivas es lo primero que afirmaría Marx. Si en razón de estos cambios hay que decir con André Gorz «¡adiós al proletariado!», en buena hora. La contradicción central del capitalismo no estaba para Marx en el antagonismo entre «burgueses» y «proletarios», sino en la antítesis entre el carácter crecientemente social de la producción, y el carácter privado de la apropiación.

Por último, y aunque usted no lo crea, tampoco para Marx la categoría de «propiedad» tenía un papel clave, sino la de apropiación. Lamentablemente esto tendré que demostrarlo en otra ocasión, pero a quien le interese vea El Capital, tomo I, sección VII, el numeral 1 del capítulo «Transformación del plusvalor en capital». Sin embargo, para decirlo en una frase, también los obreros pueden comportarse como capitalistas si usan sus recursos como «valor que se autoexpande».

LA ESCENA CONTEMPORÁNEA. Nuestra escena contemporánea está caracterizada, hoy más que nunca, por el desarrollo de fuerzas productivas que van más allá de lo que el capitalismo puede controlar (estoy pensando en las amenazas planetarias a la ecología, por ejemplo). Son los cambios en las fuerzas productivas y de su lugar en la sociedad [4], la raíz de un escenario social tan fragmentario donde prácticamente no hay actores sociales ni políticos. De esta manera hay a la vez la aparición de múltiples pequeños poderes sociales y culturales, y el mantenimiento de los grandes poderes económicos y políticos. Así, lo que se da en llamar la posmodernidad no es un fenómeno pasajero sino constitutivo de los tiempos en que vivimos. Pero hay al mismo tiempo la creciente polarización entre países desarrollados y subdesarrollados, así como la aparición en los primeros de fenómenos de exclusión que antes eran sólo típicos de los segundos.

Ahora bien, para quien la noción marxista de capitalismo siga siendo significativa, no puede menos que rechazar de la posmodernidad su carácter dogmáticamente estático. A diferencia de Fukuyama, para quien la historia llegó a su fin, para la posmodernidad nunca habría existido; por lo tanto, o el capitalismo es eterno, o nunca tuvo lugar. De esta manera no sólo no puede responder de dónde viene ella misma, sino que tampoco puede plantearse la pregunta. No me parece que esta abstrusa incapacidad pueda ser racionalmente admitida.

UNA TRAGEDIA Y UNA SITUACIÓN INMEJORABLE. Al inicio mencioné la caducidad de la unidad de teoría y práctica en la revolución. Creo que hay ahí un peso muerto del que el pensamiento de Marx se ha liberado. Igualmente de la idea del proletariado como clase revolucionaria. De otro lado muchas ideas de Marx, adecuada o inadecuadamente comprendidas, han dejado hace tiempo de ser «marxistas», pues son aceptadas por todo el mundo, a veces con desconocimiento de su origen [5]. Con los argumentos que he esbozado aquí alguno podría pensar que la tragedia de su pensamiento habría estado en su utilización ideológica como arma de combate. No soy de esa opinión; sería como si las religiones hubiesen debido limitarse a escribir tratados teológicos, y no debieran haber redactado catecismos para no quedar distorsionadas.

La verdadera tragedia ha estado en que nunca, ni siquiera los más lúcidos —y a la vez independientes pero comprometidos intelectuales marxistas—, dialogaron, debatieron, discutieron, con los más lúcidos «intelectuales orgánicos» del capitalismo, de modo de conocer y reconocer mejor las transformaciones de éste. Eso es precisamente lo que hizo Marx. El hecho es que el «marxismo realmente existente» quedó sumamente desfasado frente a los cambios en la economía y la sociedad capitalista. Pero el potencial del pensamiento de Marx, así como sus límites, se mantiene intacto para quien sepa y quiera aprovecharlos.

ALGUNOS HITOS. Creo, hasta nuevo aviso, que:

1) La idea de revolución, entendida en la forma en que la hemos indicado, ha quedado en justicia desprestigiada.
2) No hay, en consecuencia, una alternativa súbita al capitalismo.
3) Al mismo tiempo éste sigue padeciendo las mismas contradicciones económicas y socioculturales que Marx diagnosticara (por ejemplo, la incapacidad de dar un uso socialmente significativo al tiempo libre).
4) Por lo que cabe luchar, aun con todo lo improbable que pueda parecer, es por una autotransformación del capitalismo, que será lenta, gradual, errática y penosa. Me baso en que según sus mismos ideólogos el capitalismo muestra estar agotando sus límites conocidos y tendería hacia formas socializantes en la empresa y en lo que Aníbal Quijano denomina lo público-social [6].
5) Pero estos ideólogos soslayan o evaden la centralidad de problemas tales como el desempleo y la exclusión que en los países desarrollados sufren aquellos que no logran insertarse en los escalones superiores del sistema. Esto, sin pensar en los inmigrantes a tales países, y amén de la brecha creciente entre sociedades desarrolladas y subdesarrolladas. Si bien ello no es lo mismo que el aumento de la pauperización de la que habló Marx, sí se parece mucho al crecimiento de la miseria social.
La «vigencia» del pensamiento de Marx, no tiene por qué significar lo que Sartre pensaba hace medio siglo («el horizonte insuperable de nuestra época»), y menos aún lo que Lenin decía ochenta años atrás: «el marxismo es todopoderoso [sic] porque es verdadero». Muy por el contrario, ahora podemos tener una claridad mucho mayor sobre sus límites teóricos (las críticas de Habermas a partir de la comunicación y la cultura me parecen muy pertinentes).Por último, es indudable que a partir de la última década de este siglo [XX] estamos en una situación inmejorable: el derrumbe del comunismo nos da una libertad inédita hasta ahora para explorar con Marx los problemas del capitalismo contemporáneo, sin tener que pagar tributo a ninguna ortodoxia política.

Notas

[1] Bromeando al respecto podría suponerse que legiones de comunistas desocupados no habrían encontrado nada mejor para pasar el rato que convertirse en «marxonautas» del «ciberespacio». Es decir, habrían cambiado a los PC por los PC (personal computers).
[2] No quiero usar estas breves páginas en extraer citas que demuestren la «actualidad» de Marx, pero tampoco puedo resistir la tentación de incluir esta cita de Alain Touraine: «Relea el Manifiesto comunista de 1848 y quedará sorprendido al percibir lo actual que es. Sustituya, desde las primeras páginas ‘burguesía’ por ‘globalización’ y reencontrará inmediatamente el entusiasmo de los comerciantes y financistas de hoy y el poder aparentemente ilimitado de las fuerzas económicas victoriosas… La economía es poderosa otra vez. Se habla por todas partes del achicamiento de los estados nacionales, del desmoronamiento de los movimientos sociales… El escenario social y político aparenta estar vacío. No se habla de otra cosa sino de la economía mundial, tan poderosa, tan omnipresente, que parece estar fuera del alcance de los esfuerzos liliputienses de aquéllos que todavía intentan controlarla… Ningún texto define mejor la situación actual que la primera parte del Manifiesto comunista» (Alain Touraine, «El Manifiesto, documento actual», Revista de Ciencias Sociales, n.º 5, pp. 343 y 344. Universidad Nacional de San Agustín, Arequipa, noviembre de 1998).
[3] Salvando algunas distancias, vienen a ser algo así como nuestras AFP.
[4] Esto incluye la difusión electrónica de la información y el papel protagónico de los medios de comunicación masiva. Sin dejar de ser tales, las fuerzas productivas se han expandido fuera de la producción.
[5] Vayan como ejemplos, que el hombre es actor y autor de su propia historia, que esa historia no es la que los hombres querían, que las ideas sólo pueden entenderse a partir de las condiciones existentes y de aquellas a las que los hombres aspiran, que la realidad social está cruzada de conflictos, y muchas veces estructurada por ellos. Pero no olvidemos, como atingencia importante, que en materia de ideas no hay comienzos absolutos.
[6] Por ejemplo, Drucker afirma que las empresas actuales requieren trabajadores responsables y comprometidos. Pero ello a su vez supone que las empresas se responsabilicen y comprometan con sus trabajadores (¿lo tolera el mercado capitalista de trabajo, fuera del Japón?). Además —continúa— las empresas requieren ser socialmente responsables, y los trabajadores ser solidarios con sus comunidades más allá de la empresa: se requiere participación y trabajo voluntario. Es decir, buscar un sentido a la vida más allá del trabajo. Calculo que Marx estaría muy complacido de conocer estas cosas.

[Publicado en el n.º 121 de la revista peruana Quehacer, hace ya algunos años; algunos textos de este interesante pensador son accesibles en internet. Especialmente recomendable es su libro Batallas por la teoría. En torno a Marx y el Perú, Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 2007, 559 pp.]
25/9/2012

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