El último reducto de la acracia

Por: Antonio Lorca Siero
Fuente: http://www.rebelion.org (20.04.18)

Rescatar la individualidad del estado de vasallaje puede resultar posible desde la acracia, porque en definitiva el individuo está atado a la autoridad externa y de lo que se trata es de liberarse de su influencia. A menudo, el problema que presenta la acracia en su sentido tradicional es tratar de salir de una forma de autoridad oficializada para caer en otra, entrando en la espiral de la alienación, dejando de ser uno mismo. Por otra parte, postular la supresión de toda autoridad supone tratar de imponer utopías. Al proponer la acracia como método no se trata de combatir la autoridad legal, ya que hacerlo sería, pretendiendo escapar de las creencias en busca de la razón, entregarse a nuevas creencias y a la arbitrariedad radical, porque la autoridad legal racional resulta imprescindible para el mantenimiento del orden y la vida en sociedad. En las instituciones del Estado reside el principio de autoridad que la acracia no puede combatir, pero sí disentir de los planteamientos de sus representantes. Solo subsiste como autoridad pura la del Estado, y lo hace como cauce de manifestación de la voluntad general que puede ser falseada. Por tanto, la propuesta es reconducir el sentido de la acracia a la mentalidad personal, al objeto de construir la individualidad sin injerencias autoritarias externas.
Reivindicar el papel de la acracia es tratar de blindar la individualidad de la influencia de creencias, carismas y falsos ídolos. La autoridad entregada a las elites y los líderes es un riesgo para el desarrollo de la individualidad, que se ha venido arrastrando desde tiempo inmemorial, porque pasan a ser conductores de individualidades ciegas. Un intento serio por recuperar la individualidad a nivel general vino con la Ilustración, en cuanto, como dijo Hegel, supuso poner freno a la superchería y las creencias para emprender el camino de la razón sin guías conductores. Todo pasa por liberar el pensamiento del peso de la autoridad externa en su propensión ideológica para retornar a uno mismo, al objeto de construir un proyecto de emancipación. Lo que, de forma realista, solo es posible acudiendo a la infraestructura de la materialidad como principio, a fin de mejorar las condiciones de vida del individuo para realizar el bienestar, porque sin bienestar no hay emancipación. Proyecto que en su momento propuso el movimiento burgués y que a la postre se ha falseado, al encerrar a los individuos en la esfera del consumismo sin posibilidad de escapar de sus limitaciones materiales.

Se hablaba de individualidad burguesa, mientras el capitalismo promovía la idea de masas respondiendo a sus intereses mercantiles. Aunque cuentan los individuos, han pasado a ser irrelevantes atendiéndose a intereses sociales, políticos y comerciales. La individualidad en el marco de las sociedades capitalistas se entiende como una estrategia de marketing, es decir, una forma de identificar a los miembros de una sociedad, de vender productos, de contribuir y de votar para conservar el sistema capitalista. La individualidad real se extingue en los reductos en los que ha sido confinada, ya que cualquier intento de construcción quedaría frenado por la pluralidad de convencionalismos que a su manera juegan en el plano del sentido económico dominante. Los derechos y libertades, junto con la democracia representativa son instrumentos para reforzar el poder y domesticar al individuo, aunque sirvan de soporte para formar la individualidad, pero con interferencias. Desde el lado económico ha sido básicamente desplazada al terreno del consumismo, a través de él se introduce una falsa representación de la individualidad en cuanto se habla de preferencias para la realización del bienestar, pero sin llegar a construir la individualidad más allá del plano de alcanzar el bien-estar personal. Allí termina el proceso. Vivir en la llamada sociedad posmoderna es jugar con la individualidad, presentarla como exponente de desarrollo social, cuando resulta que en la práctica queda entregada a la masa o dirigida a buscar la asistencia del grupo para, buscando afinidades, acabar siendo dominada por este, por la sociedad, la política y el mercado.

En el mundo moderno, el individuo se enfrenta a la soledad más descarnada y al vacío de ideas propias, lo que la lleva a buscar apoyo para vivir conforme a los dogmas del momento. En contraprestación se le ofrece estabilidad emocional a base de fármacos como el consumismo, es decir, sometiéndole a la mercantilizando de la existencia. Completando el proceso, para satisfacer al mercado, se fomenta el narcisismo y el hedonismo. Abocado al nihilismo, el individuo busca amparo en un grupo de cualquier naturaleza, porque solamente a través del grupo con el que siente vinculado empáticamente fabrica la creencia de que puede hacer valer su identidad. Sin embargo, a efectos de conservar la individualidad, tal pretensión es ilusoria. Integrarse en un grupo supone desaparecer como individuo para ser parte del grupo. Aunque siempre queda en expectativa recuperar un espacio de individualidad desde su voluntad de poder y someter a los agrupados, asumiendo la condición de líder, pero en todo caso construyendo la individualidad desde el grupo como soporte. Por si no fuera suficiente el consumismo y la dependencia del grupo, al individuo se le ha sujetado a la moral y a los convencionalismos sociales, con lo que cualquier intento de definirse con autonomía tiene que pasar por la superación de las limitaciones impuestas, acudiendo exclusivamente a la razón; tarea ardua porque no es libre, al estar condicionada.

La creencia en la individualidad resiste en el plano político cuando el ciudadano opina y vota. Lo primero es, por lo general, como la voz que clama en el desierto. Mientras que lo segundo, consiste en practicar el culto a la ilusión. Inevitablemente, al igual que en el plano social, pero como necesidad perentoria, hay que plantear la cuestión el términos de grupo, inclinarse por quienes concilian con el individuo en lo político. En la democracia representativa, desaparece la voluntad general para suplantarla por la voluntad de los grupos. El poder político suministra derechos y libertades, los deberes son para con el poder, que invoca valores para entretener a la individualidad, alejándola de las prácticas reflexivas. Frente a la moral social, el poder político avanza un paso más y exige sumisión a la ley; con lo que solo se puede ser individuo atado a lo legal para no caer en la contestación. Leyes, derechos y libertades otorgadas son las ligaduras de la individualidad dispuestas a impedir su desarrollo. La realidad es que el poder sujeta la individualidad a la ley, es decir, normas para ser controlada y cuya justificación es el orden.
Observando el panorama económico, el individuo ha pasado a ser la pieza clave del consumo, su existencia viene definida desde su condición de consumidor en un plano de mercado de masas. Se postula un individualismo de mercado, que no es real, sino aparente. Dirigido a dejar vacía la mente de todo aquello que va más allá de las normas mercantiles y las modas. Resulta paradójico, pero tal vez el carácter de lo individual puede manifestarse en el ámbito de lo mercantil a través de la elección del producto, cuando en lo demás, de forma explícita o tácita, se le dice lo que tiene que hacer. No obstante, en la posibilidad de elección ha perdido buena parte de su autonomía, afectada por las modas y las estrategias de marketing, que a su vez se ven influenciadas por las preferencias del consumidor, que de regreso condiciona las imposiciones del mercado. La cuestión sería indagar si la elección es el resultado de una conclusión personal o artificialmente generada. En todo caso, parece evidente que lo mercantil ha creado el soporte de la individualidad en el bienestar, en la mejora de la calidad de vida. Un principio válido, aunque haya que completarlo con el desarrollo del sentido de utilidad. El problema decisivo a superar es que, al igual que sucede con la sociedad y la política, la realidad económica trata de construir la individualidad utilizando el principio de autoridad, con lo que no es posible la emancipación como persona desde el momento en que los pensamientos son conducidos por dictado ajeno.

Dentro de un mundo dominado por el principio de autoridad, la individualidad solo puede encontrar refugio en la acracia mental y esta refugiarse en la esfera de la personalidad. Las realidades aportadas por el capitalismo, como el bienestar y en menor medida el utilitarismo, si se liberan del peso del consumismo, pueden servir de soporte a la racionalidad, como paso previo para la construcción de la individualidad. Por otro lado, la política ha dejado constancia de que hay que contar con el votante; en este punto, de lo que se trata es de superar los condicionamientos de la autoridad ignorando la propaganda. Frente al atavismo social, la opción es romper con las falsas morales de grupo e intereses de clase para retornar a la verdad de uno mismo. No como sentimiento, tal como proponía Tocqueville, sino como ejercicio de reflexión, renunciando a la autoridad externa para reencontrarse con la autoridad interna del individuo, sin excluirse de la convivencia en una sociedad de masas. Limitadas las posibilidades de acción de la acracia por el peso de la racionalidad, la legalidad, los intereses y los convencionalismos, solo le queda como último reducto la mente de cada uno, y es en este punto a partir del cual sería posible con su colaboración construir librem

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