Medios de comunicación al servicio del capital: los sagrados sacerdores del Dios-Mercado

Por: Pedro Antonio Honrubia Hurtado
Fuente: Guerras simbólicas (11.10,16)

Ellos controlan el mensaje, ellos controlan la emocionalidad en los discursos, ellos manipulan tu mente y crean en ella diferentes “marcos” desde los que posteriormente deberás interpretar el mundo que te rodea, ellos, en consecuencia, modelan y controlan las conductas sociales de la mayoría social. Como en toda religión, como han hecho siempre los sacerdotes en toda comunidad de creyentes. Ello son grandes expertos en comunicación política.

Los medios de comunicación de masas son hoy en día los principales responsables de hacer llegar a la población la “palabra” y la “voluntad” del Dios-mercado, esto es, los encargados de garantizar que la mayoría social interiorice y reproduzca lo emanado de dicha voluntad, así como de que no haya desviaciones que puedan poner en riesgo el orden establecido. Crean y modelan el pensamiento dominante, lo que Gramsci llamaría “sentido común”, crean y modelan lo que se conoce como “opinión pública” y, sobre todo, hacen saber cuál es el camino que ha de seguir el sujeto, en consonancia con los mandatos del Dios-mercado, para ser ese sujeto virtuoso, adaptado plenamente al funcionamiento de la economía consumista/capitalista, que el sistema requiere para su normal funcionamiento.

Y lo hacen no solo porque ellos sean los principales soportes donde opera la publicidad comercial, sino porque a través de ellos se transmiten y consolidan los estereotipos individuales que la estructura productiva de la sociedad capitalista de consumo demanda como necesarios para su correcto funcionamiento, así como se enseña mediante ellos a venerar y concebir como absolutas e incuestionables la principales ideas sacralizadas por este modelo de sociedad.

Es a través de la intermediación de estos medios que el Dios-Mercado se expresa ante los sujetos de la sociedad, donde el Dios-mercado encarna su propia voluntad y llega hasta todos y cada uno de los individuos de esta sociedad. Operan sobre la mente de las personas como la palabra del sacerdote católico operaba en la sociedad católica-tradicional sobre las mentes de sus feligreses. Te dicen cómo debes vivir, cómo debes pensar y cuáles son los límites que no debes traspasar sino quieres que sea la propia sociedad la que te condene, antes incluso de que lo pueda hacer sistema jurídico alguno, por subversivo y traidor a la creencia común. Diseñan la realidad que la comunidad de creyentes debe aceptar como única y dictan los marcos de lo socialmente aceptable. En definitiva, predican, interpretan y expanden la voluntad del Dios-Mercado para que los sujetos que viven en el marco de esta sociedad consumista-capitalista la aprendan y la respeten; para que no vayan contra ella sin tener que atenerse a graves consecuencias.

Con ello no solo pretenden configurar el comportamiento que los individuos han de tener socialmente para rendir eficientemente como tales ante las estructuras productivas de la sociedad, también determinan el papel que estos representan dentro de la misma.

La construcción identitaria de la “clase media” como expresión de la normalidad sociológica

En un artículo publicado por Adela Cortina en 1999 para el periódico El País, la autora cita a Veblen al hablar de cómo el consumismo se apodera de las clases media y baja por temor a la exclusión social y por un anhelo de asemejarse a las clases alta. Pero el papel de los medios de comunicación al respecto no se detiene ahí. No es casualidad que programas de televisión del estilo de “Callejeros” o “Comando Actualidad”, junto a los programas del corazón, sean, al margen de los espectáculos deportivos y los reality shows, los programas de mayor impacto en las parrillas de las principales cadenas televisivas, especialmente en horas de la tarde-noche, cuando gente de todas las edades consume horas y horas de televisión.

No es casualidad que en apenas unas horas de diferencia, a veces incluso en el mismo programa , el espectador haya de enfrentarse a las dos caras más opuestas del panorama social: la exclusión y el éxito social, según vienen definidos por los propios valores capitalistas dominantes. El mensaje que se hace llegar con ello al telespectador es claro: señalar los extremos para que nosotros, ciudadanos de clase media que debemos creer ser, aprendamos a detectar donde está el centro, es decir, en nosotros mismos.

Si los programas del corazón nos traen primero la vida, obra y milagros de los personajes de la farándula, la alta burguesía, la nobleza o el deporte, todo rodeado de un aura de lujo y glamour, los programas como los mencionados con anterioridad nos traen la vida, obra y miserias de todo esos marginados y marginadas que inundan nuestros pueblos y ciudades, ya sean yonkis, camellos, chabolistas, o simplemente padres y madres de familia sin acceso a los manjares del capital, todo ello en un ambiente de exclusión y pobreza que resulta la antítesis de lo anterior.

Por ende, usted tiene que soñar con ser algún día como esos famosos y famosas, tan ricos, guapos y bien posicionados que salen en la pantalla de televisión o, si no ha podido serlo, soñar con que algún día podrán serlo sus hijos o nietos, pero, sobre todo, tiene que tener pesadillas con ser algún día como esos marginados y marginadas que malviven en los bajos fondos de su misma ciudad, o, si tuvo la suerte de no serlo, proteger en todo momento a sus hijos o nietos para que nunca lleguen a serlo.

Usted, en resumen, tiene que dejarse llevar y pensar: yo no estoy arriba, yo no estoy abajo. No soy rico, no soy un marginado. Soy un ciudadano común y corriente de clase media, que está en el centro de la escala social, y que, como tal, sueña con ascender lo máximo posible dentro de ella, así como alejarse lo máximo posible de los que tiene por detrás, de esos sucios y desarrapados marginados, a los que, por lo demás, y a diferencia de lo que ocurre con esos ricos y famosos con los que sueña ser, se suele cruzar por las calles cada día, ¿significativo, no?

Es posible incluso que sus condiciones socio-económicas le estén acercando peligrosamente a ese extremo de la escala social, pero eso no debe importarle, es más, no debe ni pensarlo: lo que importa es que siempre hay una esperanza de que usted o sus hijos pueda llegar a ser como los que están arriba.

Incluso puede que usted siempre haya sido de los de más abajo, pero ahí tiene su televisión para que pueda ver con sus propios ojos que hay quienes están aún peor que usted y que, por tanto, tan mal no estará.

Usted glorifica así el poder burgués, mientras el poder burgués lo margina a usted. ¿Se cree a salvo de acabar en una de esas situaciones de exclusión social que tanto detesta si es que no lo está ya?

Por cada uno como usted que alcance el éxito social que tanto venera, habrá cincuenta o cien como usted, o sus hijos o nietos, que caiga en la exclusión de la marginalidad que tanto detesta.

¿De dónde está más cerca? Los sacerdotes le dirán que, por supuesto, de los de arriba. Y así debe creerlo, pues los sacerdotes son depositarios de la verdad, nunca mienten.

La disputa semántica: las palabras y el sentido común

Otra de las funciones principales de estos sacerdotes, como depositarios de la verdad que son, consiste en dotarle a usted de significados para aquellas palabras de uso convencional que tienen una mayor influencia en la defensa del orden establecido.

Las personas sólo se tornan manejables si se les quita el poder de pensar por propia cuenta, a base de razones sólidas. Para llevar a cabo ese despojo nuestros sacerdotes cuentan hoy con muchos medios. El más poderoso de ellos es el lenguaje, usado con intención de confundir las mentes y pervertir las conductas mediante la acción ideológica apropiada sobre el significado de determinadas palabras. En especial cuando tales palabras están intrínsecamente vinculadas a los valores asumidos como incuestionables por la mayoría social y que, por tanto, tienen en sí mismas la capacidad de movilizar emociones positivas o negativas y generar sentimientos de adhesión o rechazo de los sujetos a quienes representan, defiendan, por un lado, o ataquen, por el otro, a tales conceptos.

Las palabras ejercen un poder absoluto sobre la realidad, son las palabras, sus significados asociados, las que sirven al sujeto para configurar su visión de la realidad, de tal forma que si se tiene la capacidad de condicionar ideológicamente el significado de las palabras, se consigue igual condicionar, en el mismo sentido, la visión de la realidad que tenga una determinada persona. Nuestros sacerdotes utilizan constantemente esta estrategia para conseguir que las mayorías sociales piensen, sientan, vivan y actúen, como tales sacerdotes quieren que piensen, sientan, vivan y actúen.

Para ello tienen al alcance de la mano infinidad de recursos y, sobre todo, el monopolio de los principales canales de comunicación mediáticos, tanto en prensa, como en radio, como en televisión. Como bien afirma el profesor Alfonso López Quintás, esta constante presencia se convierte en invasión anegante si se moviliza el poderoso recurso de la repetición, la insistencia, el volver una y otra vez sobre el tema desde ángulos distintos, con pretextos diversos, mediante entonaciones de la voz diferentes, pero siempre con la misma intención de fondo: grabar a fuego una idea en las mentes, sugerir una actitud, avivar un sentimiento, provocar una decisión, suscitar una filia o una fobia.

Así que nada mejor que adueñarse del significado de determinadas palabras que representan elementos ideológicos y/o simbólicos que haya quedado demostrado por el proceso histórico que resultan atractivos emocionalmente para las masas de una determinada época, ya que de alguna manera sintonizan con los deseos y reivindicaciones más profundos de éstas en su contexto histórico determinado.

Primero porque, como sugiere J.A. Schumpeter, las inquietudes cotidianas y las amenazas de dificultades con la que todo el mundo tiene que combatir en todo sistema social generan un impulso hostil hacia el normal funcionamiento del sistema que podría ser potencialmente dañino para la estabilidad del mismo, así que para superar el impulso hostil con el que reaccionamos ante estas dificultades se necesita una adhesión emocional al orden social. Si no hay adhesión emocional entonces este impulso se desarrolla libremente y termina por convertirse en un elemento permanente de nuestro sistema psíquico con el consecuente peligro que eso acarrea para el orden establecido.

Segundo porque tal adhesión emocional de las masas al modelo de sociedad que predican nuestros sacerdotes no puede estar exclusivamente relacionada con el modelo económico, ni siquiera mediante la transformación que nuestros sacerdotes hacen de los individuos de la sociedad hasta convertirlos en reproducciones a pequeña escala de las exigencias económicas del sistema.

Esta adhesión emocional requiere también una vinculación con los deseos más íntimos de los ciudadanos, una vinculación que sólo puede ser lograda a través de la vinculación del sistema dominante con una serie de valores que conecten directamente con las aspiraciones y deseos característicos de los ciudadanos de la época, ciudadanos que buscan dar respuesta a sus demandas de identidad y reconocimiento, siempre desde la perspectiva propia de la época.

Algunos autores, como Hegel, incluso han señalado a esta búsqueda humana por el “reconocimiento” como el verdadero motor de la historia. Obviamente, nosotros no compartimos esta perspectiva y sí creemos, como Marx, en la lucha de clases como motor de la historia, pero nos parece de interés la argumentación de Hegel para entender la relación establecida entre la manipulación ideológica de determinadas palabras y la adhesión de las masas al proyecto de sociedad que se enmarca tras esa ideología.

El punto de partida de esta perspectiva Hegeliana es que el hombre en no pocas ocasiones a lo largo de la historia se ha visto impulsado a la lucha motivado por la búsqueda del reconocimiento, hasta el punto de que incluso ha sido capaz de arriesgar su vida en combate mortal por ideas abstractas como dignidad y libertad. Entonces, según Hegel, la lucha por el reconocimiento debe ser elevada a principio motor de la historia expresado en “su voluntad de arriesgar la vida en una lucha por el mero prestigio…”. Ello muestra que “el hombre es capaz de superar sus instintos animales fundamentales…en aras a principios y metas más altos y abstractos”.

El término “thymos”, que es el utilizado por Hegel en sus disertaciones al respecto, alude a la lucha del hombre por satisfacer estas ansias de reconocimiento. La fuente originaria del thymos la encuentra en las ideas sobre la composición del alma en Platón: el “thymos” se refiere a “espiritualidad” que significa “ánimo” o “coraje”. El hombre tiene necesidad de darle valor a las cosas, de darse valor a sí mismo y a los demás hombres, de darle valor a las acciones humanas y a todas las cosas a su alrededor. El “thymos” es la parte del alma que da valor a los objetos y el “deseo de reconocimiento” es una ” actividad del thymos que exige que otra conciencia comparta la misma valoración”. El thymos hace que la esclavitud o la humillación de un hombre en cualquier parte, cause ira o indignación porque no se reconoce al individuo como ser humano.

El propio Fukuyama, seguidor de Hegel, reconoce que el capitalismo no podría haber tenido tanto éxito de no ser por estas motivaciones irracionales que en última instancia provocan que se genere una adhesión emocional del sujeto al funcionamiento global del sistema: “la economía liberal tiene éxito no sólo gracias a la fuerza de los principios liberales, sino que requiere también fuerzas irracionales de thymos”.

Igualmente, Fukuyama reconoce que ningún proyecto que pretenda consolidarse como hegemónico entre las masas puede tener éxito de no ser por su vinculación con elementos de este tipo, y que así debe ser visto por aquellos que pretendan hacer filosofía de la historia: “El marxismo, la teoría de la modernización o cualquier otra teoría de la historia basada radicalmente en la economía será radicalmente incompleta a menos que tome en cuenta también la parte thymótica del alma y la lucha por el reconocimiento como uno de los principales motores de la historia”.

Así, ideas de este tipo, que garantizan la adhesión emocional de las masas a un determinado sistema a través de una vinculación entre los deseos profundos del individuo en un contexto histórico determinado y las ofertas de reconocimiento que para tal efecto genera tal sistema, han estado presentes en todas las grandes religiones que alguna vez han servido como paradigma hegemónico de una sociedad determinada, consolidándose esta tendencia al reconocimiento a medida que los paradigmas se han ido sustituyendo los unos a los otros, en cuya evolución ideas como el amor, la igualdad, la justicia, etc., se han ido haciendo cada vez más presentes, probablemente porque, como bien observa Hegel, son estas las ideas que mejor satisfacen el deseo de reconocimiento de los individuos de una determinada sociedad que ha dejado atrás un modelo histórico que los oprimía socialmente.

Estas ideas, capacitadas en sí mismas para atraer la adhesión emocional de las masas a un determinado modelo de sociedad, son en realidad valores que tiene un carácter absolutamente sagrado dentro de tal sociedad, de tal forma que dudar de su valía supone el mayor sacrilegio que se puede cometer en esa sociedad determinada (mucho mayor incluso que dudar del modelo económico o el modelo ideal de individuo sacralizado), ya que sería como dudar de la capacidad misma que tiene el elemento sacralizado para garantizarse la adhesión emocional de las masas y, por ende, atacar a las propias motivaciones emocionales que subyacen en lo más profundo de los deseos, sentimientos y necesidades de éstas. Y si algo molesta al ser humano, sea cual sea su situación geográfica o histórica, es que se dude de la validez de sus sentimientos y estados de ánimo internos.

Obviamente, no basta con que un determinado modelo de sociedad cuente entre su proyecto ideológico, al menos en teoría, con un respeto por estos valores -otros modelos alternativos de sociedad también podrían tenerlo-, sino que se requiere de la monopolización y el secuestro de ellos por parte de ese modelo de sociedad, para que a una vez que las masas se adhieren irracionalmente a él rechacen a sus posibles alternativas. Es aquí donde nuestros sacerdotes entran en juego.

En nuestra actual sociedad consumista-capitalista son tres los valores “fetiches” -llamaremos así a este tipo de ideas- que han sido sacralizados de manera absoluta: La razón, la libertad y la democracia. Y han sido los medios de comunicación de masas los que, con su acción sistemática y cotidiana, han conseguido que tales valores queden asociados en exclusividad a la imagen que la mayoría de ciudadanos y ciudadanas tienen de la sociedad consumista-capitalista, vinculándolos de tal forma a tal modelo que han conseguido desarrollar entre las masas, con sus diarias predicaciones, la creencia de que tales valores sólo pueden funcionar correctamente, alcanzando su máxima expresión, dentro de este modelo de sociedad y que, por tanto, atacar o criticar al modelo consumista-capitalista es sinónimo de atacar o criticar a la razón, la libertad y la democracia en sí mismas.

Quien no acepta la sociedad consumista-capitalista, no acepta tampoco la razón, ni la democracia ni la libertad, pues sólo en una sociedad consumista-capitalista de corte liberal, la razón, la democracia y la libertad están garantizadas, y todo modelo de sociedad que no sea éste pone en peligro su correcta aplicación de cara a las demandas emocionales de los ciudadanos: ese es el mensaje.

Por ello es tan importante enfrentarse en todo momento, con todas nuestras armas comunicativas y mediáticas, a este secuestro semántico que el sistema ha hecho de tales palabras. Es necesario que la razón, la libertad y la democracia dejen de ser elementos que las mayorías sociales vinculan de forma inseparable con el sistema anterior. Y es necesario hacerlo desde la doble vía “afirmación/negación”.

Afirmar que nuestros proyectos políticos e ideológicos son los que mejor representan a esas ideas, los que mejor se ajustan a la razón, la libertad y la democracia. Que nuestras ideas no solo son plenamente racionales y plausibles, sino que, además, son las más necesarias y válidas para defender una verdadera libertad y una verdadera democracia.

Y con ello, sobre ello, en concordancia con ello y en apoyo a ello, negar que el sistema capitalista actual represente tales conceptos. El capitalismo es irracional, liberticidad y antidemoocrático. Su única razón es la razón instrumental (que antepone los fines a las personas, el dinero a los seres humanos, la producción a la conservanción del medio ambiente, etc.), su única libertad es la de poder elegir el amo que te gobierna y la de limitarte a elegir entre opciones dadas en las que las claes trabajadoras siempre pierden: es la libertad del pollo al que van a cocinar y le dejan elegir entre diferentes condimentos aquellos con los que quiere ser cocinado, pero no puede elegir entre ser y no ser cocinado. Además que de democracia no se puede hablar mientras gobiernen los mercados y no los pueblos, mientras esas políticas, necesarias para el normal desarrollo del capitalismo, beneficien a un ínfima minoría social y perjudique, excluyan y hagan sufrir a las grandes mayorías. No puede ser democrático un sistema que necesita de la existencia del desempleo masivo, los países empobrecidos, el robo sistemático de los recursos naturales de los pueblos para ponerlos al servicio de los intereses de las corporaciones, etc.

Hay que incidir permanentemente en todo ello porque a medida que la gente asocie razón, libertad y democracia con nuestros proyectos políticos, y, todavía mejor, los contraponga con el sistema capitalista, estaremos dando pasos de gigante en nuestra capacidad para ilusionar y movilizar masas en favor de nuestros planteamientos políticos e ideológicos. Justo lo que ahora mismo hace, por esa misma vía, y contra nuestros proyectos, el sistema capitalista, por obra y gracia de la acción de sus sacerdotes los grandes medios de comunicación.

El papel de las emociones en comunicación política: ángeles y demonios en la comunicación de masas

Todo este mecanismo de legitimación/deslegitimación de los discursos políticos según sean acordes o no a lo permitido por la voluntad de nuestros Dios-mercado -expresada a través de sus sacerdotes-, sirve además para generar mecanismos que garanticen tanto la adhesión de las masas al pensamiento dominante (la doctrina de fe predicada por nuestros sacerdotes) como la exclusión e incluso la auto-exclusión de las ideas que son contrarias a dicha voluntad divina.

Nuestros sacerdotes imponen un pensamiento único acorde a la defensa del orden social establecido. Silencian aquellas partes de la realidad que no les conviene que sean sabidas, y respecto de las que tratan abiertamente, repiten una y otra vez, haciendo uso de una aparente pluralidad informativa, un mismo argumento, justo aquel que representa la visión del mundo según la impone la doctrina de la fe propia de nuestro Dios-mercado.

Esto es algo que cualquiera mínimamente informado puede comprobar por sí mismo con apenas echar críticamente un par de ojeadas a cualquier medio de información en manos de la burguesía, da igual en prensa escrita, que en radio, en televisión o en Internet. Es algo, además, debidamente tratado y denunciado en cualquier medio de comunicación alternativa.

Hay algo, sin embargo, mucho más difícil de percibir a simple vista: la manipulación que estos medios hacen, a través del tratamiento informativo que dan a las noticias, de las emociones de la ciudadanía.

Detrás de la manipulación informativa no sólo se esconde la búsqueda de una tergiversación de la realidad, si no, sobre todo, la educación emocional de la ciudadanía ante los estímulos que recibe en forma de noticias. Despertar sentimientos emocionales -positivos o negativos- respecto de determinados estímulos mediáticos es el objetivo prioritario. Son los ángeles y los demonios con los que nos ilusionan y/o nos asustan nuestros sacerdotes. No importa tanto lo que el espectador pueda o no conocer de la realidad, como el modo en que dicho espectador reaccione emocionalmente a la noticia en cuestión, al estímulo mediático que se le presenta en forma de noticia.

Lo que importa de verdad es que el creyente escuche la palabra a la que nuestros sacerdotes han otorgado un carácter demoníaco y se eche a temblar: le genere un total rechazo. De la misma manera, cuando lo que se busca es que una determinada información tenga una acogida positiva entre la ciudadanía se hace justamente a la inversa: se refuerzan los mecanismos emocionales positivos que van asociados a tal o cual palabra o a tal o cual persona, de tal manera que el receptor de la información se sienta seguro ante las expectativas que le genera la recepción de la misma. Es puro condicionamiento previo.

Nuestros medios tratan de prefigurar nuestra percepción de la realidad, en especial la realidad económica, política y social, por medio de vincular etiquetas positivas o negativas a los temas sobre los que nos están “informando”, antes incluso de que algo sustancial se haya dicho del tema en cuestión.

Enseñan con ello a la ciudadanía a reaccionar de una determinada manera emocionalmente positiva o negativa ante un determinado estímulo y con ello se aseguran también que dicho ciudadano/a vea anulada su capacidad crítica y actúe desde la pura emocionalidad pre-racional. Fundamentalmente en lo referido a las reacciones de tipo negativo, aunque también en el caso de aquellas informaciones que son potencialmente negativas para los intereses políticos y económicos de la mayoría de la población (pero positivas para los intereses de las clases dominantes) y que nuestros sacerdotes consiguen presentar como positivas o, cuando menos, como no dañinas, para el global de la población, mediante su presentación a través de un lenguaje previamente condicionado a no desatar reacciones emocionales negativas en estas mismas personas que se ven en la práctica perjudicadas por lo relatado en la información en cuestión.

La emocionalidad negativa: criminalización, autoexclusión y espirales del silencio

La estrategia de comunicación política sustentada en la expansión de una emociónalidad negativa  en las masas respecto de determinados temas de contenido socio-político está destinada a la construcción de lo que podríamos calificar como “demonios mediáticos”: conseguir que un ciudadano/a reaccione de una manera emocionalmente negativa ante un determinado estímulo, es algo infinitamente más efectivo para los intereses de la burguesía, que cualquier sesgo informativo que puedan presentar determinadas informaciones.

De hecho, una de las principales funciones del sesgo informativo y la manipulación consciente de la realidad, es generar esa sensación emocional negativa en el espectador que recibe la noticia. La manipulación consciente de la noticia puede ser falsada y descubierta en cualquier momento, con lo que su efectividad puede resultar de corto alcance, pero si una reiteración de manipulaciones sobre un determinado tema acaban por hacer que el espectador, lector u oyente de los grandes medios asocie ese estímulo mediático con respuestas emocionales de tipo negativo (ira, odio, rabia, indignación, etc.), el éxito está garantizado para los objetivos políticos y económicos de los propietarios de tales medios de comunicación.

Esto es, una vez consiguen que una mayoría de la ciudadanía reaccione de manera negativa (con odio, rabia, indignación, malestar, etc.) ante un determinado estímulo informativo, tienen ganada la partida mediática. Por ejemplo, para que se entienda, veamos el caso del tratamiento que dan nuestros medios a todos lo que tenga que ver con la revolución bolivariana de Venezuela.

Las mentiras que cuenta a diario sobre ella, o aquellas otras cosas que ocultan porque pueden ser interpretadas de manera positiva por el receptor del mensaje, pueden ser fácilmente descubiertas y denunciadas, como de hecho se hace también casi a diario a través de los llamados medios alternativos o de “contra-des-información”. Sin embargo, de poco sirve esto cuando ya existe una amplia mayoría de la ciudadanía que con el simple hecho de escuchar las palabras “Chávez”, “Maduro”, “Chavismo”, etc., desata todo tipo de reacciones emocionales negativas.

Simplemente se vuelven sujetos irracionales, que movidos por esas emociones negativas aprendidas de manera condicionada, son incapaces de analizar la realidad desde otros puntos de vista diferentes al que previamente han interiorizado. Pero, ¿cómo se consigue tal reacción emocional negativa? Veamos.

Las crónicas, noticias y opiniones que se publican sobre Venezuela a diario, se asemejan a las crónicas, noticias y opiniones que se pudieran publicar de cualquier país en guerra. Es decir, pese a ser un país con una democracia consolidada, donde se realizan elecciones con normalidad (según reconocen todos los observadores internacionales enviados al país para las mismas), donde no existe siquiera un conflicto armado al estilo del que sí existe en Colombia (por ejemplo) o alguna organización armada que actúe de manera irregular en el país, las informaciones que nuestros medios nos proporcionan sobre este país sudamericano son tratadas como si de crónicas de guerra se tratase. Compárese, además, con las informaciones que nos dan sobre, por ejemplo, esa citada Colombia.

Estudiantes y opositores en huelga de hambre o siendo masacrados en las calles por las fuerzas policiales al servicio del gobierno, presos políticos que purgan su disidencia en las cárceles, manifestaciones pacíficas de la oposición reprimidas violentamente, cierres masivos de medios de comunicación, prohibición de series de televisión, tiroteos en las calles, inseguridad ciudadana, secuestros de empresarios, secuestros de bancos, escalada armamentística en el país, desabastecimiento de alimentos, prohibiciones de refrescos inocuos, declaraciones de guerra a vídeos juegos violentos, penalización de las protestas ciudadanas que pasan a ser delito por ley, amenazas a gigantes farmacéuticos, críticas internacionales al rearme del estado, denuncias de venta de armas a grupos “terroristas”, leyes mordaza, catastrófica situación económica, detenciones masivas de opositores, criminalización de las ONG por el gobierno, relaciones peligrosas con los países del “eje del Mal”, narcotráfico a gran escala, expropiaciones masivas de intereses legítimos, autoritarismo dictatorial alarmante, ataques a los derechos humanos, dramáticos llamamientos a la comunidad internacional contra el avance de la dictadura, veto a cantantes internacionales, existencia de grupos “terroristas” extranjeros en el país convertido en un narco-santuario, asesinatos de opositores, amenaza constante de crisis económica, adoctrinamiento infantil, implantación forzosa de la cultura chavista, linchamientos ilegales en las calles, desastrosa gestión gubernamental de los recursos del país, prisiones que son las más peligrosas de América Latina, dependencia petrolera, etc., esa es la realidad venezolana que nos cuentan cada día nuestros medios con todo lujo de detalles.

La de un país caótico, un país en guerra, un país que vive sometido por una cruenta dictadura que además no es capaz de proporcionar nada positivo al pueblo venezolano.

Todo es ruina, miseria, catástrofes, prohibición, represión, muerte, asesinatos, encarcelamientos, sangre, hambre, pobreza, en una palabra: caos. Cada información que se proporciona al lector, oyente o telespectador sobre este país va recubierta de contenidos que remiten al receptor del mensaje a emociones de tipo negativo.

Que el Gobierno de Chávez fuese uno de los pocos gobiernos que conseguió sobrepasar, ya en vida del anterior jefe de estado venezolano, el objetivo del programa de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas (de reducir la pobreza extrema a la mitad), disminuyéndola de un 25% de la población en el año 2003 a un 7,3% en 2011, que haya sido también uno de los países de América Latina que ha reducido más las desigualdades y el desempleo (y que, de hecho, sea el que tenga una menor tasa de desigualdad según el coeficiente de Gini), que haya sido el país de América Latina donde se ha incrementado más el número de beneficiarios de la Seguridad Social, doblándolo, que haya sido uno de los que ha reducido su deuda pública más extensamente, pasando de un 30% del PIB a un 14%, y que haya tenido el mayor crecimiento económico de toda la región habiendo aumentado su PIB de 99.000 millones de dólares en 1999 a más de 300.000 en 2014, entre otros datos positivos que se podrían proporcionar de la realidad venezolana y su gobierno, nada de eso importa.

Nada de eso se cuenta jamás en nuestros medios, o, de hacerse, de manera muy esporádica y con una cobertura de bajo impacto. Todo lo que hace el gobierno de Venezuela (antes con Chávez y ahora con Maduro) es prohibir, amenazar, reprimir, expropiar bienes legítimos, comprar armas sin ton ni son, llevar al país a la bancarrota, y nada más.

Tampoco en Venezuela, por supuesto, ocurre nada al margen del gobierno, y cualquier cosa negativa que pueda pasar allí es siempre culpa del gobierno.

Venezuela es un país caótico, su gobierno es un gobierno dictatorial e ineficiente, sus calles son un campo de batalla constante y todo aquello que sucede por allí es siempre algo negativo. Así que todo lo que ocurre en Venezuela es eso: cosas que remiten a nuestros más profundos temores (muerte, sangre, secuestros, hambre, asesinatos, falta de libertades, persecuciones políticas, pobreza, desabastecimiento de alimentos, censura, etc.) y además con un único responsable que, por supuesto, es el gobierno.

Si algún lector tiene dudas de lo dicho, que consulte lo que se ha contado sobre Venezuela en las hemerotecas on line de los principales medios españoles en cualquier periodo de tiempo que elija (desde la llegada de Chávez al poder, obviamente) y lo compruebe por sí mismo. Por si no quiere hacer ese esfuerzo, el profesor Viçent Navarro, en un artículo publicado en el diario Público de España en Julio de 2009, confirmaba esta estrategia de la siguiente manera: “Si miramos, por ejemplo, el número de artículos críticos hacia el presidente Chávez y su Gobierno en Venezuela que se han escrito en los últimos doce meses en los cinco diarios de mayor difusión en España, vemos que se han publicado nada menos que 72. Si buscamos, en cambio, artículos favorables al presidente Chávez o a su Gobierno, no encontrarán ni uno (sí, leen bien, ni uno)”. ¿Queda claro?

Así es, pues, como actúan nuestros sacerdotes ante determinados temas que les resultan incómodos y que no pueden sencillamente ocultar o manipular mediante el engaño.

No hay mejor arma de defensa del sistema que convertir aquellos elementos que pretenden combatirlo, o que pueden servir para derrocarlo, en estímulos informativos que despierten reacciones de malestar emocional en la ciudadanía. Es un condicionamiento previo para la alienación masiva de la ciudadanía, un sometimiento emocional a priori que anula la capacidad crítica del ciudadano/a y facilita la instauración de un pensamiento único, hegemónico, entre eso que denominan eufemísticamente “la opinión pública”.

Es una estrategia de manipulación emocional a gran escala que anula en la práctica toda posibilidad de que existan las condiciones propicias para desarrollar en las sociedades capitalistas actuales el diálogo racional del que nos hablan Habermas, Appel, y otros defensores de estas teorías utilitariamente encubridoras de la realidad dialéctica y de lucha de clases en la que nos vemos inmersos.

Cuando una mayoría social responde negativamente a un determinado estímulo informativo, porque previamente ha sido condicionada para ello a través de los medios de comunicación en manos de la burguesía, ir a contracorriente se puede convertir en un peligro. Que le pregunten, por ejemplo, a los actuales dirigentes de PODEMOS, y el permanente intento que nuestros medios hacer por vincularlos a lo que ellos ya saben que está previamente criminalizado: Venezuela, Cuba, etc.

Del mismo modo que una persona reacciona negativamente ante el visionado de una noticia sobre Venezuela en Televisión, está condicionado también para reaccionar negativamente ante quien se atreva a defender un argumento en favor de la revolución bolivariana, da igual que sea en una conversación en un bar, en el puesto de trabajo, o en una cena familiar. Prueben, si no, a hacerlo, y comprobarán lo que ocurre, y ya ni les digo si sobre lo que hablan es sobre el sistema político cubano o su gobierno.

Ese es el secreto de lo que se ha venido a llamar en sociología como “espiral del silencio”. La espiral del silencio, el miedo a hablar en ambientes concretos de la vida cotidiana sobre temas controvertidos cuando se tiene una opinión no acorde al pensamiento mayoritario, es el inevitable precio a pagar por un buen número de ciudadanos y ciudadanas cuando el monopolio de la información está en manos de unos pocos privilegiados cuyo único interés es defender sus privilegios de clase.

Se impone porque la mayoría social está previamente condicionada a reaccionar negativamente ante determinados estímulos informativos, lo que es percibido rápidamente por quien tiene una opinión discordante, y al final uno/a se acaba aplicando en no pocas ocasiones una suerte de autocensura que le hace evitar problemas en determinadas circunstancias cotidianas. Habermas y los suyos deberían hilar muy fino para explicar cómo es posible que en sociedades supuestamente democráticas siga imperando esta espiral del silencio, esto es, que las opiniones que van contra el pensamiento establecido como hegemónico se sigan silenciando en determinados ambientes cotidianos. Tan finos como para explicar, sobre la base de sus teorías, cómo es posible que quienes osan romper con esas espirales del silencio sean calificados aún hoy como “antisistemas”, “extremistas” o, peor aún, “populistas”. Palabras todas ellas, obviamente, con una carga emocional negativa que conocemos sobradamente.

Emociones positivas: el engaño “angelical” para hacer pasar por bueno lo que en realidad es malo

Esta es la otra cara de la moneda. Consiste básicamente en asociar elementos que generen emociones positivas en la ciudadanía con aquellas personas o informaciones temáticas que el poder quiera hacer pasar por positivas o que se pretenda que gocen de la aprobación y el respeto mayoritario. De igual manera, y de manera incluso más frecuente y de mayor importancia que lo anterior, consiste en revestir con elementos emocionalmente positivos informaciones sobre temáticas que, en esencia, encierran ataques contra los intereses de las mayorías sociales y que, por tanto, son potencialmente dañinas para los intereses del sistema.

Un ejemplo significativo del primer caso, en el estado español, podemos encontrarlo en el tratamiento que los medios han dado desde que asumiera el cargo al anterior Jefe del estado español, el Rey Juan Carlos de Borbón, y al conjunto de su familia.

Desde los primeros días de su reinado, los medios presentaron al Rey como una persona “campechana” (de hecho, así se le conoce sarcásticamente entre parte de la población, como el “campechano”), cercana al pueblo, defensor de los intereses de la mayoría, servidor y comprometido con la democracia, las libertades y el respeto a los derechos humanos.

Se construyó en torno a su figura incluso el mito de ser quien representó en su persona la defensa de la democracia tras el intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1981, pese a existir evidencias de que es bastante posible que estuviera enterado de antemano de la gestación y desarrollo de dicho golpe, o que incluso mostrase simpatía por la intentona golpista tal y como han afirmado algunos medios internacionales e incluso algunos de sus más cercanos colaboradores en aquel entonces, desde el ex general Alfonso Armada al semanario alemán Der Spiegel, que en febrero de 2012 publicó un informe desclasificado por el ministerio germano de Exteriores en el cual un ex embajador alemán relataba una conversación con el Rey poco después del intento de Golpe en el que Juan Carlos de Borbón se habría mostrado comprensivo con los golpistas.

El embajador alemán en España en 1981, Lothar Lahn, aseguró en un informe de la época que el rey Juan Carlos I, frente al intento de golpe de Estado del 23-F, “no mostró ni desprecio ni indignación frente a los actores, es más, mostró comprensión, cuando no simpatía”. Según el documento del entonces embajador, el rey le aseguró que “los cabecillas sólo pretendían lo que todos deseábamos, concretamente la reinstauración de la disciplina, el orden, la seguridad y la tranquilidad”. La respuesta de la Casa Real a la publicación en Alemania de este documento fue asegurar que “el papel y la actuación del rey el 23-F están ya consolidados por la historia, y el modo decidido y determinante como actuó en defensa de la democracia es conocido por toda la sociedad española y en todo el mundo”.

He ahí el ejemplo evidente de lo que supone asociar determinados estímulos positivos con un determinado personaje o acontecimiento: una vez dicha imagen ha calado entre la población funciona por sí sola y siempre se puede recurrir a ella aunque haya evidencia de lo contrario.

En general, el trato dado por la prensa española a la familia Real ha sido exquisito. Sus escándalos han sido silenciados sistemáticamente y nada que haya podido perjudicar su imagen ha sido publicado durante varias décadas. Solo en el año 2012, cuando los escándalos han sido tan grandes que no han podido ya ser silenciados (caso Urdangarín, etc.), y ayudados además por continuas “meteduras de pata” del propio ex-Rey (su foto cazando elefantes, entre otros casos), la prensa española se atrevió a publicar artículos o noticias críticos sobre la Casa Real, si bien de manera muy limitada y acompañados por editoriales (ABC, El País, etc.), reportajes televisivos (Antena 3, Telecinco, etc.) y otros elementos periodísticos de apoyo total a la institución y de lavado de cara a la misma.

Entre otras cosas, en septiembre de ese 2012, en medio de la mayor crisis de legitimidad vivida por la Casa Real española desde la segunda República, TVE confirmó la creación de un programa informativo semanal sobre las actividades de la Casa Real, “de corte blanco, muy institucional, con un tono divulgativo e informativo, para acercar el trabajo del Rey y el Príncipe a la ciudadanía”, según las propias palabras de los responsables de la televisión pública.

De la misma manera, el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), que depende de la Vicepresidencia del Gobierno, dejó de preguntar por la imagen de la Casa Real desde que la institución monárquica cosechó el primer suspenso de su historia en este sondeo. Ocurrió en octubre de 2011. En aquel barómetro de opinión la Corona sacó una nota de 4,8 puntos, casi medio punto menos que en noviembre de 2010, desde entonces no han vuelto a preguntar. Ya lo harán cuando toda la maquinaria de propaganda haya conseguido, si lo consigue, devolver tanto al nuevo Rey (la campaña lanzada para vendérnoslo como una persona muy “preparada” es más de lo mismo que comento), como a su familia toda esa aura de emociones positivas que siempre les había acompañado.

Otro ejemplo que podíamos poner aquí de como los medios influyen, en positivo, sobre la visión que los sujetos tienen de determinadas personas, hechos o instituciones, es el caso de la policía como institución social. Escogemos este caso porque, a la luz de los últimos acontecimientos que se vienen desarrollando en diferentes países, consideramos que el papel de la policía, como lo es también el de los medios de comunicación, está siendo clave en el sostenimiento del orden social establecido por el capitalismo que, desde luego, no es un orden social basado precisamente en la igualdad de oportunidades o la justicia social.

Por tanto, pese a que la policía se muestra cada vez más como aliada del poder establecido y enemiga de los pueblos a los que, en teoría, deben proteger y dotar de seguridad, nos resulta significativo el alto grado de aceptación social que esta misma policía ha tenido durante las últimas décadas entre quienes, precisamente, son los principales perjudicados por el orden social que la policía protege, cada vez con menos disimulo, con sus actuaciones.

Volviendo con las encuestas de opinión, en 1980, según el CIS, un 42% de los españoles calificaba como bueno el trabajo de la policía; lo calificaba regular el 33%, y malo, el 11%. Un 14 por 100 no se pronunció. En 2011, en cambio, un 71,2% decía tener mucha o bastante confianza en la labor de la policía nacional, un 71,4% en la de la Guardia Civil, únicos organismos policiales existentes en la época de la primera encuesta. Aunque los contextos son diferentes, y entonces se venía de una dictadura y la policía seguía siendo principalmente un cuerpo compuesto por agentes que venían del antiguo régimen, además de que en plena transición había victimas casi a diario causadas por la policía, lo cierto es que desde entonces no se produjo ninguna depuración en los cuerpos policiales, las torturas en dependencias policiales han seguido estando presentes y los abusos policiales no han desaparecido, como demuestran las muchas miles de denuncias presentadas al respecto desde entonces.

Entre medio, eso sí, multitud de series de televisión, reportajes, noticias, que presentan a la policía como una institución de plena confianza, siempre al servicio del global de la ciudadanía, dispuesta incluso a entregar la vida de sus integrantes por defender los derechos y libertades de todos los ciudadanos y ciudadanas. Series como “Policías”, “El Comisario”, “Los hombres de Paco”, por citar solo algunas de producción española, hacen casi imposible tener una visión negativa de una institución, por lo demás siempre polémica, como es la policía. Además de la última moda, copiada de los EEUU, de emitir programas donde los policías son protagonistas directos del mismo (el último en La Sexta y de emisión semanal).

Nunca veríamos en estos productos televisivos, por ejemplo, policías torturando en sus comisarías (práctica habitual en el estado español según han denunciado diferentes organismos de derechos humanos estatales e internacionales) o apaleando ciudadanos con sus porras. La imagen que de la labor policial se ha transmitido con ellas a los ciudadanos es una imagen pulcra y cargada de todo tipo de componentes de carácter emocional positivo.

Policías que luchan contra los “malos” de la sociedad. Policías que arriesgan cada día sus vidas para protegernos de los delincuentes y dotarnos de seguridad. Policías que se mueven por intereses altruistas y siempre en busca del bien común. Policías que, en nuestro nombre, y por nosotros, se enfrentan a los peligros más peligrosos (valga la redundancia), a los delincuentes más inmorales, a las organizaciones más terroríficas, a todo lo que pueda hacernos un daño actuando desde fuera de la ley. Policías, en definitiva, que velan por el buen funcionamiento de la democracia y por la protección de los derechos y las libertades de todos y cada uno de nosotros, sin excepción.

Una imagen que, desde luego, sin que por ello esto quiera decir que no existan policías que sí actúen basados en todas o algunas de estas premisas, no es la que, a la hora de la verdad, muchas personas se encuentran en la calle, tal y cómo se viene demostrando periódicamente con la actuación de las fuerzas policiales cada vez que hay manifestaciones de movimientos como el 15-M, Huelga Generales u otros hechos similares, desde que, en 2008, estallara la actual crisis económica y la indignación popular, así como el número de protestas y manifestaciones fuese en aumento.

Esa labor siempre en apoyo de la ciudadanía que los medios, a través de estas series televisivas y otros elementos periodísticos, han construido durante años como propia de la policía, desde luego, es, cuando menos, cuestionable, a la luz de las cargas policiales que se han vivido en el estado español desde 2010 u observando el papel que las fuerzas policiales han desempeñado en temas de tanta conflictividad social como los desahucios.

Pero eso tiene usted que verlo con sus propios ojos en la calle o sentirlo en sus propias carnes, porque los medios de comunicación no se lo contarán salvo que sea ya imposible taparlo y, en caso de tener que contarlo por tal razón, lo harán siempre mostrando a la policía como defensora del orden y la ley, por tanto, a las personas afectadas por las agresiones policiales como enemigos de tal orden y de tal ley. Los violentos, los que en tales informaciones irán asociados con elementos emocionales de tipo negativo (antisistemas, etc.), serán los manifestantes agredidos, mientras que los que se verán reforzados en su imagen por una asociación de ella a elementos de tipo emocionalmente positivo (defensores de la ley, etc.), serán los agresores policiales. Analicen las informaciones que se dan en la mayoría de sus medios sobre cada actuación policial en manifestaciones o similares, así como el trato que se da a las personas afectadas por esas agresiones, y entenderán a la perfección de lo que estamos hablando. Nuestros sacerdotes siempre defienden públicamente a sus guardianes.

Pero si hay un ejemplo donde estas emociones positivas, estas ilusiones angelicales, se ven con toda claridad, ese es el trato que nuestros sacerdotes dan a todo lo que tiene que ver con las políticas de recortes en derechos sociales y laborales que aplican los gobiernos de manera sistemática desde 2008 en multitud de países de Europa, en especial en los de la periferia europea (España, Italia, Portugal, Grecia, etc.). Estos recortes, como es obvio, atentan directamente contra los intereses de los trabajadores y trabajadoras, pues son ellos y ellas quienes, en última instancia, se verán perjudicados en la aplicación de estas políticas neoliberales. Cuando los medios dan información al respecto, en consecuencia, se puede esperar que el trabajador o trabajadora que recibe la información se pueda sentir atacado y desate reacciones de tipo emocional negativo ante la recepción de tales informaciones. Nuestros sacerdotes lo saben y actúan en consecuencia. Manipulan y deforman el lenguaje de tal manera que el mensaje acabe por revertirse de elementos emocionalmente positivos o, cuando menos, que anule su capacidad de generar elementos emocionales negativos.

Los recortes no son recortes, son “reformas”. Como el que tiene una casa con algunos daños y quiere reformarla para mejorarla, ya saben. No solo no es que no le vayan a afectar negativamente esas medidas de recortes, es que le van a afectar positivamente, porque lo que se busca es reformar para mejorar, y, por supuesto, esa mejora irá en favor del global de la sociedad. Nada negativo debe uno extraer de ahí.

Los ataques al presupuesto público, en temas tales como educación, sanidad, cultura, igualdad, cooperación al desarrollo, son, en realidad, “ajustes”, “políticas de ajuste”. Ajustar, según la RAE, quiere decir “Hacer y poner algo de modo que case y venga justo con otra cosa”. No se atacan, pues, sus derechos, se busca que la economía case y venga justa con otra cosa. Esa otra cosa, por supuesto, es el crecimiento económico, la creación de empleo, tal y como los poderes políticos que aplican esos “ajustes” no se cansan de repetir en cada intervención en la que tengan que presentar o hacer públicos dichos “ajustes”. No es, por tanto, algo negativo, sino, una vez más, todo lo contrario: se hacen por su bien, para que se pueda generar crecimiento económico y creación de empleo. ¿Puede usted desarrollar emociones de tipo negativo ante la recepción de tal mensaje?

La crisis en sí misma no es una crisis del sistema generada por la avaricia de los especuladores capitalistas, es una “recesión temporal” o una etapa cíclica de “crecimiento negativo”, puede que incluso sea una “Tormenta financiera”. Tal término fue uno de los más utilizados al comienzo de la crisis en 2008 y durante los años sucesivos. Al usar la palabra tormenta, se evoca la idea de algo natural, no provocado por nadie en concreto, y sobre la cual no hay control alguno. La única respuesta posible es la resignación, “esperar a que escampe” que “ya vendrán tiempos mejores”.

Pagar dos veces por un mismo servicio, a través de los impuestos y por el pago in-situ, no es un doble pago, es un “copago”. Así, si es un pago compartido, un co-pago, quiere decir que alguien está pagando “a medias” con usted, y si alguien le está pagando parte de lo que usted debería pagar ¿se va a enfadar?

De hecho, por no poder enfadarse, no puede enfadarse usted ni con el capitalismo, porque el capitalismo no existe es “la economía de mercado” o la “economía de libre mercado”. Tampoco hay entonces culpables detrás de la crisis ni hay nadie que esté presionando para que se tomen determinadas medidas políticas, son “los mercados” quienes “obligan” a tomar medidas “duras pero necesarias”. Si no puede culpar a nadie, entonces, ¿con quién va usted a enfadarse? Y si además son medidas necesarias ¿dónde puede usted encontrar motivos para el enfado?

Quitar derechos laborales no es ir contra usted tampoco, sino “liberalizar el mercado de trabajo”, y ya sabe usted, porque se lo han enseñado antes esos mismos sacerdotes, que todo lo que sea “liberalizar”, es decir, avanzar en la libertad que tiene un algo -en este caso, el mercado laboral-, es bueno. Socializar las perdidas de la banca y pagar sus desmanes con dinero público, ese mismo que “ajustan” de cosas como la sanidad o la educación, no es eso que usted puede creer que es -un robo-, no, es “un rescate”. Pero no un rescate a los intereses económicos de los accionistas de esos bancos o de sus prestamistas, sino un rescate a usted, al ciudadano. Se rescatan bancos para poder así rescatar a la sociedad en su conjunto. Rescatar, según la RAE, quiere decir “recobrar por precio o por fuerza lo que el enemigo ha cogido, y, por extensión, cualquier cosa que pasó a mano ajena”. O, en su acepción más cotidiana, “liberar de un peligro, daño, trabajo, molestia, opresión, etc. ¿Puede usted sentirse enojado por ello? No es que su dinero, el dinero público, el dinero que se usa para pagar los servicios sociales a los que usted tiene derecho, entre otras cosas, se los estén llevando intereses privados, es que a usted lo van a salvar de un peligro, cuando no que van a hacer posible que algo que pasó a manos ajenas, vuelva a usted.

Y todo ello se hace, por supuesto, en nombre de la “austeridad”, que, según la RAE, es la cualidad del austero, esto es, aquella persona que es “severo, rigurosamente ajustado a las normas de la moral” o “sobrio, morigerado, sencillo, sin ninguna clase de alardes”. Es decir, que esas famosas políticas de austeridad que tan de moda están, no son más que políticas rigurosamente ajustadas a las normas de la moral (¿acaso quiere usted ser un inmoral?), sobrias, que evitan el despilfarro de los alardes. Es la manera que los políticos tiene de “hacer los deberes” porque, ya lo debe saber, usted “ha vivido por encima de sus posibilidades”, y ahora, claro, debe pagar las consecuencias. ¿Acaso hay algún motivo de indignación en que los políticos se vean obligados a hacer por usted los deberes que usted dejó pendientes cuando vivió por encima de sus posibilidades?, ¿no, verdad?

Usted lo que debe hacer es confiar en el “diálogo social”, que es allí donde el gobierno, los “emprendedores” (mucho ojo que usar la palabra burgués, eso es otro de tantos pecados) y los sindicatos se sientan a negociar y hacer posible marcos de convivencia donde todos salgan beneficiados, aunque de dicho diálogo lo que salga sea un aumento en la edad de jubilación, un pacto para la “contención salarial” (también llamada moderación salarial pero nunca, jamás, reducción generalizada de salarios), o cualquier otra cosa que, a primera vista, a usted le podría parecer negativa, pero que como nace del “diálogo social”, pues, en realidad, ya lo sabe, no lo es.

Vaya que, como dijo José Ramón Bauzá, político del Partido Popular, durante la campaña electoral de 2011, justo antes de que tal partido se alzase nuevamente con el poder y aplicase todas esas medidas tan positivas de “ajustes” y “austeridad” por las que usted no debe enfadarse sino todo lo contrario, “Sabemos lo que hay que hacer y lo vamos a hacer, y por eso haremos lo que hemos dicho que vamos a hacer y vamos a seguir haciendo lo que toca hacer”, que, en síntesis, viene a ser lo mismo que poco antes había afirmado Joan Rosell, Presidente de la principal organización de “emprendedores” de España, la CEOE, cuando en un acto público de dicha asociación dijo “hay que hacer, lo que hay hacer”. Lo que hay que hacer, ya lo saben, es ajustar y ser austeros para que haya crecimiento económico y se pueda crear empleo. No es ya que no haya otra solución posible para paliar los efectos de la “tormenta financiera” dada desde 2008 en “la economía de libre mercado”, con su consecuente “recesión temporal” o “etapa cíclica de crecimiento negativo”, sino que, además, todo lo que se hace se hace por su bien, para rescatarlo a usted. Se lo dicen sus sacerdotes cada día de tal forma que en ningún caso puedan desarrollarse en usted emociones de tipo negativo cuando se lo dicen. ¿No es genial?

El espectador como creyente de comunión y misa diaria

En definitiva, los sacerdotes propios de nuestra sociedad religiosa no son sujetos con nombres y apellidos, hombres o mujeres de carne y hueso, como lo fueron en otras sociedades religiosas pasadas, sino que son un soporte virtual donde, a través del trabajo y las acciones de muchos de estos hombres y mujeres de carne y hueso, se encarna la voluntad de nuestro Dios-mercado para poder llegar, sin excepción, hasta todos y cada uno de los individuos que viven en la sociedad consumista-capitalista.

Nuestros sacerdotes son a la vez canal y emisor del mensaje divino, de la doctrina de fe que es propia de nuestro Dios-mercado. Son la mediación simbólica personal de Dios; la visibilización corporal de su voluntad. Actúan, como todo sacerdote de cualquier sociedad religiosa, en nombre de Dios y a nombre de Dios, ejerciendo como intermediarios de la comunidad de creyentes consumistas-capitalistas con la voluntad de su Dios-mercado, sirviendo de puente entre tal comunidad y Dios.

Siguiendo al sacerdote, respetándolo y cumpliendo con lo que predica u ordena, el sujeto de nuestra sociedad respeta la voluntad del Dios-mercado, se fusiona con ella y, por intermediación de la figura sacerdotal, consigue encarnarla en sí mismo. Esa es, en resumen, la principal labor de nuestros medios de comunicación de masas entendidos como los sacerdotes de nuestra religión consumista-capitalista: convertir al espectador, lector u oyente radiofónico en un creyente de misa y comunión diaria.

Es decir, los medios de comunicación de masas influyen sobre el comportamiento y el pensamiento de las personas, modificando sus modos de vida, sus elecciones racionales, sus costumbres, sus hábitos consumo, así como actúan directamente en la formación de lo que se denomina como “opinión pública”. Al ser percibidos por el sujeto como portadores de verdades objetivas, especialmente en sus apartados informativos de noticias, las afirmaciones, patrones culturales o códigos simbólicos que de ellos emanan, son aceptados como si se tratase de la verdad en sí misma, como si no fuera posible dudar de su validez. Así se consigue que esto influya sobre la manera de actuar o de pensar de las personas, se logra modificar la forma en que los hombres conocen y comprenden la realidad que los rodea.

El sujeto acepta como reales y considera importantes sólo aquellos acontecimientos que muestran las cámaras de televisión, que son elementos de portada en los diarios principales, o que ocupan espacios en las tertulias radiofónicas. Se convierte al sujeto en un miembro más de la cultura de masas, a la vez que se le va manipulando la información según interese a los propietarios de dichos medios, que no son otros que los propios miembros integrantes de las clases más favorecidas de la sociedad.

Los medios de comunicación de masas generan matrices de opinión que deben ser aceptadas (y de hecho lo son) como una verdad indudable por parte de la ciudadanía. Para generar una matriz de opinión se requiere comunicar masivamente, todos los días y en todos los periódicos, emisoras de radio y televisión posibles, de una determinada comunidad, una idea o un pensamiento específico (sin importar que sea una simple conjetura o especulación o directamente una mentira) con el tono y de la forma conveniente para que las personas de dicha comunidad, al ser bombardeados de manera incesante, y al haber aceptado previamente estos medios como transmisores de la verdad objetiva, crean vehementemente en ello hasta el punto de ni siquiera preguntarse si será cierto o no, aceptándose como una verdad objetiva en sí misma.

Cuando existe algún tipo de acontecimiento social, político, económico o mediático en el mundo que pueda poner en peligro el normal funcionamiento de los intereses de las clases dominantes, la transmisión de información es puesta inmediatamente al servicio de la defensa de estos intereses, haciéndose llegar los hecho a la ciudadanía de tal manera que no supongan problema alguno para los objetivos propuestos en su modelo ideal de sociedad por las clases dominantes, cuando no directamente siendo silenciados por estas (en caso de no poder ser convenientemente manipulados) o interpretados de tal forma que acaban siendo banalizados y puestos al servicio de sus intereses.

Una misma noticia puede ser tratada en aparente pluralidad por diversos medios de comunicación que, también en apariencia, responden a diferentes orientaciones políticas, y sin embargo estar diciéndote una misma cosa sobre un determinado tema, tal cual es el interés de las clases dominantes en relación con ese tema. La supuesta pluralidad de los medios no es tal cuando de defender los intereses políticos y sociales de las clases dominantes se trata.

Por más que los matices que se den en los diferentes medios puedan ser de una manera u otra, el análisis de fondo de determinadas informaciones que puedan poner en peligro el funcionamiento de la sociedad consumista-capitalista es siempre el mismo. La divergencia informativa puede existir en temas políticos o sociales que afecten a nivel interno a la vida de un determinado país, pero se anula por completo cuando lo que está en juego es la defensa del sistema socio-económico vigente o los intereses de las clases dominantes que lo publicitan y sustentan.

Por ejemplo, en el caso del estado español, los diferentes medios de comunicación pueden diferir entre ellos al tratar asuntos relacionados con la política partidista interna, y unos pueden estar más cercanos al PP y otros al PSOE, se podrán enfrentar en guerras mediáticas en asuntos como la “teoría de la conspiración del 11-M”, pero, sin embargo, defenderán siempre la misma matriz de opinión cuando de temas relacionados con los procesos revolucionarios que se están dando en países como Venezuela, Ecuador, Bolivia, Cuba, etc., se trata (países donde los grupos oligárquicos que controlan los medios de comunicación españoles tienen intereses económicos que son cuestionados y puestos en peligro por estos gobiernos revolucionarios). Unos podrán darle un matiz a la información y otros matices diferentes, ser más o menos agresivos con su tratamiento, pero todos, absolutamente todos, defenderán la idea de que estos procesos y sus líderes son intrínsecamente malos, y por ello negativos respecto del modelo socio-político que existe en el estado español. Si algunos de estos estados decide tomar algún tipo de decisión política que afecte a los intereses de las multinacionales españolas que operan en esas naciones, como pudo verse, por ejemplo, en el caso de la nacionalización en 2012 de la compañía YPF por el gobierno argentino -hasta ese momento en manos de REPSOL-, absolutamente todos estos medios darán un tratamiento a la información que presente al líder político en cuestión como un sujeto detestable, autoritario y corrupto que está atacando los intereses de todos los ciudadanos del estado español, pero ninguno de ellos entrará a valorar si realmente estas decisiones responden a una necesidad del estado en cuestión, o a una reacción frente a las prácticas abusivas de las multinacionales españolas en esos países, el juicio ya está escrito de antemano y es presentado al ciudadano del estado español como una verdad indudable.

Además de esto, los medios de comunicación de masas son utilizados por las clases dominantes para mantener entretenidos a los ciudadanos y alejados de pensamientos críticos y deseos de cambios políticos amplios en el sistema socio-económico vigente. No sólo se difunde a través de ellos todo el cuerpo simbólico de lo sacro-religioso consumista-capitalista como verdades absolutas en sí mismas, sino que se proporciona al espectador, lector u oyente –especialmente en el medio con mayor repercusión social: la televisión- una programación de baja calidad cultural, de nula estimulación crítica y de absoluta falta de consideración revolucionaria.

Como bien dice José Javier Esparza, autor que no es precisamente sospechoso de ser de izquierdas, con los medios de comunicación de masas “no sólo no se ha accedido al conocimiento del mundo, sino que cuanto más se pretende aumentar la audiencia de un mensaje, menor es el nivel cultural de éste. Existe una proporción inversa entre la altura de los mensajes culturales y la cantidad de audiencia posible. Cuanto más elevado es el mensaje, menor es el número de gente que lo comprende. Cuanto más audiencia se quiera tener, menor habrá de ser el nivel del mensaje (…) El resultado lo conocemos bien: pesa más, cuantitativamente, la opinión de un actor o un presentador de concursos, que la de un catedrático, un filósofo o un científico, y no en razón de la personalidad del sujeto, sino en razón de su función social, que es la amable tarea de divertir al personal. ”.

¿Será, acaso, que es precisamente eso lo que se busca con los medios de comunicación de masas? Para qué más voces especializadas sobre cuestiones sociales que la que ellos ejercen en global como sacerdotes consumistas-capitalistas. Ellos controlan el mensaje, ellos controlan la emocionalidad en los discursos, ellos manipulan tu mente y crean en ella diferentes “marcos” desde los que posteriormente deberás interpretar el mundo que te rodea, ellos, en consecuencia, modelan y controlan las conductas sociales de la mayoría social. Como en toda religión, como han hecho siempre los sacerdotes en toda comunidad de creyentes. Ello son grandes expertos en comunicación política.

http://lagranlucha.com/medios-de-comunicacion-emociones-y-comunicacion-politica-los-sagrados-sacerdotes-consumistascapitalistas/

*Pedro Antonio Honrubia Hurtado. Autor del libro “El Reino del Dios-Mercado. Crítica a la sagrada hegemonía consumista capitalista”. Publicado por la editorial “La Linterna sorda”. A la venta en la web de la editorial y en diversas librerías a través de la web. Más información en: https://www.facebook.com/elreinodeldiosmercado?fref=nf

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