Sumisión y rebeldía en Esteban De La Boétie (I, II parte y final)  

Por: Rodrigo Quesada Mongeii
Fente: www.scanercultural.cl (30.09.14)

Introducción.

Esteban de La Boétie es de esos autores a los que hay que leer y releer constantemente. Su reconocido texto Discurso sobre la servidumbre voluntariaiii, presenta todas las condiciones, textura y seducción para hablar, reflexionar y escribir largo y tendido sobre su contenido, sus provocaciones y la enorme cantidad de preguntas que nos heredó. La grandeza de este trabajo reside, a pesar de sus modestas dimensiones (ligeramente remonta las sesenta páginas), en la sabiduría con que las grandes interrogantes, sobre el poder y la autoridad, fueron planteadas por un joven La Boétie quien, con sus frescos y viriles diecinueve años, nos transmitió un retablo insuperable sobre las grandezas y miserias de los seres humanos en condición de sometimiento.

En este pequeño ensayo se encuentran las semillas de los complejos edificios teóricos que se avecinaban, en los que se reflexionaba sobre la dictadura, la tiranía, la opresión, la sumisión, la guerra, la violencia y esa penosa vocación hacia la “servidumbre voluntaria” de la mayor parte de la humanidad. Las herramientas hermenéuticas y metodológicas más importantes están en este trabajo, al servicio de la evaluación de los distintos mecanismos utilizados por las personas, con el fin de ejercer el poder de forma ilimitada, para la organización de las instituciones que cumplen su papel opresivo legítimamente, de los tiranos y de los ejércitos de ideólogos, militares, funcionarios y clérigos, que son requeridos para que la autoridad y el autoritarismo tengan y reproduzcan esa aura de misterio que siempre los ha caracterizado a lo largo de la historia.

Este es un ensayo que no acaba de sorprender, no tanto por haber soportado el peso de los siglos, sino también porque su carga de intuiciones no es coherente con la juventud de su autor. A pesar de la defensa, noble y generosa, que hiciera en su momento Michel de Montaigne (1533-1592), del joven autor y de su pieza maestra, única e irrepetible, no dejan de circular las consejas que han propalado el buen decir de que se trata no de un solo autor, sino de varios. Ha sido necesaria la genialidad inefable de una sola persona, para que la masa humana se apropiara de sus quehaceres y lo convirtiera en leyenda anónima, debido a la profundidad de su sabiduría y de sus enseñanzas. Tal cosa sucedió, como todos saben, con Homero (siglo IX AC) y con Rimbaud (1854-1891). La Boetié no podía ser la excepción.

A medida que se lee el texto y el lector se va internando en la claridad diáfana de su oferta humanística, puede percatarse de su brillante modernidad. No sólo se encuentran en él, las primeras revelaciones del pensamiento liberal, sino también los ingredientes indiscutibles del humanismo que definiría casi la totalidad de la factura cultural del siglo dieciocho, el siglo de la revolución francesa. No en vano el siglo diecisiete lo ignoró, pues, junto con el anterior, aquel en el que vivió y murió nuestro autor, son los siglos por excelencia de la monarquía absoluta. Y nadie pudo ser más reticente a ella que Esteban de La Boétie.

En esta ocasión vamos a tratar, en tres partes, de abordar este acercamiento a su sorprendente ensayo, compartiendo con el lector, una lectura nuestra en la que se busca reactivar las electrizantes intuiciones del autor y su vigorosa presencia en una modernidad todavía contrita y asfixiada de tantos afanes de autoritarismo y opresión. Las tres unidades que proponemos son las siguientes:

  • Servidumbre y obediencia.
  • Servidumbre y sumisión.
  • Servidumbre y rebeldía.
  • Servidumbre y obediencia

    I

    Los siglos quince y dieciséis, los de la transición hacia la modernidad capitalista y burguesa, no tomaron por sorpresa a Etienne de la Boétie. El siglo XVI en particular, reúne los ingredientes requeridos para definirlo como uno de los más ricos en todos los órdenes competentes al crecimiento y la expansión del Renacimiento. Tal riqueza, la cual se instrumenta en la ciencia, el arte, la filosofía, la religión, la política, la literatura y la arquitectura, reposa sobre una aparato institucional que ubica un pie en las lealtades primordiales del feudalismo en franco y abierto período de crisis, y una modernidad burguesa bamboleante, frágil e insegura, sostenida sobre una concepción de las relaciones entre los seres humanos, que fustiga el centralismo autoritario de reyes y príncipes, pero legitima una libertad poco expedita, sujeta prematuramente al voluntarismo del dinero y de los adinerados. El tránsito del trabajo servil al trabajo asalariado, todavía tendrá que esperar un largo capítulo de guerras campesinas, de guerras de religión, el descabezamiento de varios monarcas, la articulación del más grande de los imperios que haya conocido la historia, el imperio español, y una jerarquización del poder, la autoridad y el orden, como pocas veces se ha visto.

    II

    Cuando Etienne de La Boétie intenta explicarnos la más incomprensible perversión de todas, “la servidumbre voluntaria” que hace posible la tiranía de una sola persona sobre miles, en realidad él no ataca el principio básico de la delegación de la autoridad. Para él, el posible peligro procede de mostrar excesiva confianza, o gratitud, hacia el soberano, como si se tratara de una gratificante amistad privadaiv. “Nuestra naturaleza es tal que los deberes ordinarios de la amistad insumen una buena parte del curso de la vida. Es razonable amar la virtud, apreciar las buenas acciones, reconocer el bien allí donde se ha recibido y empequeñecerse muchas veces de buen grado para aumentar el honor y el provecho de aquel a quien se ama y lo merece. Así, pues, si los habitantes de un país hallaron un alto personaje que les demostró gran previsión para cuidarlos, gran valentía para defenderlos, gran cuidado para gobernarlos, y si, desde entonces en adelante, se comprometieron a obedecerlo y a fiarse de él tanto como para concederle ciertas ventajas, no sé si sería sabio sacarlo de donde obra bien para empujarlo adonde pueda hacer mal, y si no sería, por cierto, conveniente dejar de temer un mal de quien no se ha recibido más que bien”v.

    A los desenfrenos, la soberbia y la incredulidad de los humanistas del siglo XVI los cobijó “el estado como obra de arte”, según nos contaba el gran historiador suizo Jacob Burckhardtvi, para que el humanismo como forma de vida, de visión del mundo y de la práctica de las artes del buen gobierno se abriera sitio en un conglomerado de ciudades-estado en las que la obediencia, como principio rector de la política, era el sustrato del cual partía y al cual llegaba la imaginación, la controversia, la intriga y el hieratismo de los hombres de estado.

    Pero, bien o mal, la obediencia era el resultado de una pacto, de una forma de acuerdo mediante el cual el gobernado cedía parte de su libertad, para “obedecer” las disposiciones, decisiones e iniciativas tomadas por el gobernante, a quien, además, se le concedía un margen de maniobra que no podía remontar el perímetro establecido por los concesionarios de su autoridad. La crítica contra los humanistas, a finales del siglo XVI, de la cual nos habla el historiador suizo arriba mencionado, se activa a partir del momento en que a los mismos se les ocurrió aconsejar al gobernante sobre la posibilidad real de que remontara el perímetro referido, con lo que devenían en tiranos a quienes sus consejeros, los humanistas, acuerpaban con su supuesta sabiduría, las más de las veces adquirida en los libros, la conversación y los viajes.

    III

    Cuándo se daba el salto de la obediencia a la servidumbre era uno de los temas que más seducía a La Boétie, no tanto porque le interesara retratar al tirano, sino porque en este salto se encontraba, precisamente, la diferencia fundamental entre la monarquía y las otras múltiples formas de gobernar. Él pensaba que “aunque no quiero, por ahora, discutir la tan agitada cuestión de si las otras formas de gobierno son mejores que la monarquía, desearía, con todo, saber, antes que dudar del rango que la monarquía debe tener entre los gobiernos, si realmente le corresponde algún rango, porque es difícil creer que haya nada de público en este gobierno en el que todo es de uno”vii. Pero la autoridad concesionada del monarca, ya sea por medio de pactos de sangre, institucionales, tradicionales o por simple inercia, no estaba en cuestión. No eran sus posibles recursos intelectuales, económicos, emocionales o sexuales los que estaban en entredicho.

    La potencia del monarca para hacerse obedecer, los instrumentos con que pudiera contar en un momento específico, genéticos, históricos o coyunturales, no estaban siendo sometidos al escrutinio de la crítica de La Boétie. A éste lo sorprendía, y eso es lo que quería averiguar, por qué, en un determinado instante, los seres humanos pasaban, casi sin darse ni cuenta, de la obediencia a la servidumbre. Nos dice con franqueza: “En esta ocasión no quisiera sino averiguar cómo es posible que tantos hombres, tantas villas, tantas ciudades, tantas naciones aguanten a veces a un tirano solo, que no tiene capacidad de dañarlos sino en cuanto ellos tienen capacidad de aguantarlo, que no podría hacerles mal alguno sino en cuanto ellos prefieren tolerarlo a contradecirlo”viii.

    La vigencia de este asunto es asombrosa. Podrán haberse modificado las circunstancias históricas que hicieron posible esta clase de reflexiones, pero el vigor analítico y la invocación de las preguntas correctas, que permanecen sin respuesta satisfactoria, es un asunto que no se agota en la magia factible de poder plantearlas, sino en que nos ha dejado, a los hombres y mujeres del siglo veintiuno, colgando de las mismas dudas que el joven La Boétie tuviera en su momento. ¿Dónde reside el solaz de la escogencia entre autoridad y servidumbre? ¿Por qué los seres humanos, individualmente y en grupo, se pueden encontrar con el dilema de tener que discriminar entre obediencia y servidumbre? ¿Por qué la artesanía de una y otra, en los hechos, en la vida cotidiana, se les pasa casi inadvertida? ¿Lo hacen consciente o inconscientemente? Es incuestionable que el libro de La Boétie es grande por la cantidad de preguntas, dudas y pistas que nos legó; no tanto por sus respuestas.

    “Los mismos pueblos pues se dejan, o mejor, se hacen devorar, ya que con dejar de servir estarían a salvo; el pueblo se sujeta a servidumbre, se corta el cuello y, pudiendo elegir entre ser siervo y ser libre, abandona su independencia y toma el yugo, consiente en su propio mal o, más bien, lo persigue”. En la justa medida de una “desobediencia civil” prematura, La Boétie nos sugiere, ya desde el siglo XVI, no atender los requerimientos civiles, militares y financieros del gobernante. Bastaría con desobedecer para percatarse de la tremenda cadena de consecuencias políticas, culturales, civiles y militares que dicha decisión podrían detonar. Pero no es un asunto de cobardía, nos recuerda, que la desobediencia para transmutarse en autoridad civil deba desmontar el entramado gestionado por la obediencia al gobernante. Entre desobediencia y obediencia media la autoridad, su instrumentación institucional, el pacto social y político acordado entre gobernantes y gobernados. De tal manera que, para romper el ciclo entre una y otra, muchas veces fortalecido por la dictadura y la tiranía, el pueblo debería desconocer la autoridad. Pero La Boétie no nos habla absolutamente nada de esto. Aún así la intuición es genial, pues anuncia un conjunto de reflexiones en torno a la naturaleza del estado y del gobierno, que tendrán ocupados a los teóricos de la política durante los próximos doscientos años.

    IV

    Según La Boétie “para tener libertad no hace falta más que desearla, si no se necesita más que un simple querer”ix, una afirmación que la historia del siglo veinte hará saltar en pedazos. Si, en apariencia, con este argumento, el texto de La Boétie pasa por encima de siglos de revoluciones, protestas populares, persecuciones y duros enfrentamientos de clase, no pareciera ser un asunto que lo apure rematar, dado que en realidad le preocupa demostrar la inutilidad histórica de la tiranía y de las dictaduras en sus diversas formas. Para La Boétie los problemas de la obediencia, de la desobediencia, del autoritarismo y de la servidumbre son eminentemente problemas morales, que se solucionan con los buenos deseos y la desatención de las masas. No hace falta que nadie conduzca, oriente o dé dirección a los deseos enardecidos del pueblo civil por deshacerse del dictador de turno. Basta con desearlo. Pues resulta que, la revolución inglesa del siglo diecisiete, la revolución francesa del siglo dieciocho y la revolución bolchevique del siglo veinte, demostraron de forma abierta y contundente que no son suficientes los buenos deseos guardados en nuestro corazón, para acabar con las tiranías.

    “¿Se hallará en el mundo una nación que la considere todavía demasiado cara (a la libertad), cuando la puede lograr con un solo deseo, que se niegue a querer recobrar un bien que debería rescatar al precio de su sangre y cuya pérdida hace que todo hombre de honor considere desagradable la vida y la muerte deseable?”x. Ante los ojos deslumbrados de los hombres y mujeres del siglo veinte, esta clase de sustanciación de la desobediencia civil, podría ser poco menos que ingenua; más bien ilusa y remotamente práctica. Sin embargo, tiene una energía instrumental trémula y palpitante en las grandes luchas del siglo veinte, como aquellas emprendidas por hombres del calibre de Mahatma Gandhi (1869-1948), en favor de la independencia y de la libertad de su país, la India. Para La Boétie, si al tirano se le corta su fuente nutricia más vital: la obediencia servil, entonces, no es de extrañar que se tambalee en el poder y se desplome ruidosamente. “Los tiranos, cuanto más roban, más exigen, más arruinan y destruyen, más se fortifican y se hacen continuamente más robustos y vigorosos para aniquilarlo y destruirlo todo, pero si no se les da nada y no se los obedece, sin combatirlos ni golpearlos quedan desnudos y deshechos y no son ya nada, como cuando la raíz carece ya de jugo o alimento y la rama queda seca y muerta”xi.

    V

    No debería asombrarnos encontrar en el texto de La Boétie, en el siglo dieciséis, un aparato de intuiciones tan magistral, pues estamos en el punto de despegue de la revolución científica, la cual, hasta bien entrada la segunda parte del siglo siguiente, le cambiaría el rostro a la humanidad, en lo que compete a sus prácticas científicas, sus métodos y sus técnicas; sin dejar, para gloria de un futuro repleto de inventos y nuevos descubrimientos, el trazo establecido por la magia, la hechicería y la brujería, caldo de cultivo de las metáforas más hermosas que conozca la historia de las ciencias.

    Pero La Boétie, cinco siglos después, continúa dándonos motivo para el desencuentro. No hay nada diferente en el tirano, que el pueblo llano deba encontrar excepcional o digno de misterio, adivinación o encomio. Un tirano es un ser humano común y corriente. Quienes hoy en día quieren vendernos la conseja de que el dictador austriaco Adolf Hitler (1889-1945), quien redujo el mundo a cenizas en solo doce años, poseía poderes especiales, debería leer con cuidado a La Boétie, pues tiene mucho que remediarles. “El que tanto os domina no tiene más que dos ojos, no tiene más que dos manos, no tiene más que un cuerpo, y no tiene nada que no tenga el hombre más humilde de entre el gran e infinito número de los que habitan nuestras ciudades, a no ser la ventaja que vosotros le concedéis para que os destruya”xii.

    Otra de las grandes preocupaciones historiográficas de los historiadores profesionales del siglo XX ha sido, precisamente dónde establecer los límites, el horizonte que autoriza a un tirano como Hitler, a conducir a uno de los países más civilizados de Europa, al borde del cataclismo de su propia destrucción. La industrialización de la muerte, y la bestialización del trabajo que se dan en los campos de concentración y de trabajos forzados, tanto en la Alemania nazi, como en la Rusia de Stalin (1879-1953), tienen a una masa cómplice detrás de ellos, silente, acomodaticia, y capaz de cubrirle sus crímenes al tirano, para bien de sus mitos, sus liturgias y sus creencias más enraizadas. “¿De dónde ha sacado tantos ojos con que os espía, si vosotros no se los distéis? ¿Cómo tiene tantas manos para golpearos, si no las toma de vosotros? Los pies con que pisotea vuestras ciudades, ¿de dónde los saca sino de los vuestros? ¿Cómo se atrevería a convocaros a la guerra si no estuviera de acuerdo con vosotros? ¿Qué os podría hacer, si no fuerais encubridores del ladrón que os saquea, cómplices del asesino que os mata y traidores a vosotros mismos?”xiii.

    VI

    Combatir al tirano, para recuperar la libertad, la independencia y la dignidad, con los medios propuestos por La Boétie, anunciaba una forma de hacer política que, en apariencia, como ya hemos indicado, podría producir en muchos la impresión de que se trataba de un enfoque sumamente simple, bondadoso y sin gota alguna de violencia; pues en el texto de nuestro autor no se da el mínimo trazo evocativo de un desplome violento del tirano que nos acongoja y oprime. La Boétie no propone una determinada forma de organización; una estrategia; una táctica elaborada para tumbar al tirano. No piensa en la articulación de las masas, de las multitudes civiles, las cuales, bajo el liderazgo de una vanguardia específica, de una intelligentsia iluminada, sería capaz de remover al opresor por medios violentos, negociados o traficados con el afán de sacarlo del poder. A Boétie le importa un bledo la conquista de este último. Su argumento es profundamente ético.

    En primera instancia, el llamado de La Boétie va dirigido al corazón de las personas, pues cree que basta con dar el paso correcto en dirección a la claridad de la consciencia, para darse cuenta de lo que es capaz el político rapaz, simulador y mentiroso a quien se ha puesto en el poder. Él cita y recuerda a varios de estos grandes actores, negociadores y burladores quienes han pasado a la historia, al mismo tiempo, como grandes políticos, hombres de letras e iluminados consejeros de príncipes y gobernantes en general. La Boétie no argumenta en favor de lo que podría suceder si la suma de miles de consciencias, actuando en consonancia, sería capaz de lograr en contra del tirano. No lo hace porque tampoco argumenta a favor o en contra del miedo, del terror, del pánico, de la tradición, del mito, de la costumbre, de todos aquellos que ven en el opresor a la única tabla de salvación contra el hambre, el desamparo, y la humillación.

    Las reflexiones de La Boétie no portan una orientación clasista; su aspiración es puramente humanística. De esta forma, todo aquel que busque en La Boétie una propuesta de naturaleza partidista, estratificada o de índole financiero, puede resultar decepcionado, en vista de que su humanismo está por encima de las modestas fronteras establecidas en las luchas cotidianas de los seres humanos por la alimentación, la vivienda y el oficio. Nunca propuso que al tirano debía cortársele la cabeza. Todo lo contrario: “Resolveos a no servir más y he ahí que ya sois libres. No quiero que lo empujéis o lo tiréis por tierra, sino sólo que no lo sostengáis, y lo veréis, como a un gran coloso a quien se le ha sustraído la base, caer por su propio peso y romperse”xiv.

    El humanismo de La Boétie es dialéctico porque le niega al tirano su condición humana y lo convierte, más bien, en una fachada, una abstracción que debe ser eliminada, siempre y cuando los oprimidos logren ver en el espejo de su propia imagen, la posibilidad que ellos tienen de llegar a ocupar el mismo puesto, que aquel a quien se ha removido del poder y de la autoridad sin un gramo de violencia. Toda vez que la tiranía es una ilusión implantada en el corazón de las personas, por aquellos más hábiles para jugar con los espejos y vender imágenes ficticias de poder y riqueza, las cuales sujetan a los seres humanos a sus pequeñas tareas cotidianas, basta con llegar al corazón de los oprimidos y hacerles comprender la naturaleza de su condición, para que la servidumbre ceda terreno y abra espacio a la independencia y a la libertad.

    VII

    “En primer término está, creo, fuera de duda que, si viviéramos de acuerdo a los derechos que la naturaleza nos ha dado y a las enseñanzas que nos imparte, seríamos naturalmente obedientes a nuestros padres, súbditos de la razón y siervos de nadie”xv. El programa libertario que se desprende de fragmentos como este último, traza, incuestionablemente, una ruta moral para todos aquellos a quienes les mortifique la tiranía en todas sus expresiones. Porque la única obediencia a la que La Boétie reconoce como válida, es la obediencia debida a la autoridad moral de los padres. Asimismo, rescata uno de los ingredientes esenciales del humanismo; es decir, sólo es legitima la autoridad de la razón, ahí donde ésta haya sido reemplazada por el instinto y la pasión desenfrenados. Y, finalmente, nadie, por ninguna condición, debería ser siervo de nadie. Todavía menos de aquel con capacidades seriamente limitadas para gobernar, o para ejercer el supuesto derecho divino de imponer la autoridad donde los espacios éticos, espirituales e intelectuales no se pueden llenar simplemente con la fe. Esto hacía que, para La Boétie fuera posible establecer tres clases de tiranos: los que tienen el reino por elección del pueblo, los que lo han obtenido por la fuerza de las armas, y aquellos que lo han recibido por sucesión o estirpexvi. En ninguno de los tres casos la condición moral cobija el resultado de la buena suerte, la eficacia de los actos o la generosa disposición mental del favorecido. Por lo general, el tirano se apropia la mala fortuna que ha tenido la naturaleza material o social, de no haber sabido ponderar a quien concedía sus favores.

    Era una regla general, durante el período isabelino, o durante el reinado de Francisco I, así como lo fue en los años en que Carlos V y Felipe II establecían sus alianzas comerciales y espirituales, con los poderes terrenales y celestiales, para ejercer su frágil y cuestionada autoridad, que el poder de la virtud, de la cordialidad, la decencia y el respeto, sufragaba a favor de los privilegiados no porque el beneficio recibido de sus privilegios, estableciera los límites hasta dónde podía llegar aquella autoridad, sino porque dicho poder era la medida con la que se establecía la textura y la validez de tales privilegios. Es decir, el privilegiado lo era en función de la naturaleza misma de los privilegios, no debido a su condición sanguínea, económica, financiera, o moral. De acuerdo con La Boétie, esta situación era sencillamente un insulto al tenor promedio de los seres humanos, quienes terminaban sometidos por dictadorzuelos carentes de las más básicas condiciones de gobierno, y mucho menos para proveerse del poder que los dioses sabían no siempre estaban en consonancia con la provisión moral del beneficiado. “Verdad es, decía, que al principio se sirve obligado y vencido por la fuerza, pero los que vienen después sirven sin pena y hacen con gusto lo que sus antepasados habían hecho por necesidad”.

    Notas

    i Este será el estudio preliminar que acompañará una nueva edición de la obra de La Boétie, publicada en el 2015 por Ediciones Nadar, Santiago de Chile.

    ii Rodrigo Quesada Monge (1952), historiador costarricense. Catedrático Jubilado de la UNA-Heredia-Costa Rica. Su último obra se titula Anarquía. Orden sin autoridad (Santiago de Chile: Ediciones Eleuterio. 2014).

    iii Etienne de La Boétie. Discours de la servitude volontaire (Paris: Flammarion. 1983. Ed. Gayard-Fabre).

    ivYves Castan. Politics and Private Life. En Philippe Ariés and Georges Duby, General Editors. A History of Private Life. Passions of the Renaissance (The Belknap Press of Harvard University Press. Cambridge, Massachusetts and London. 1989. Roger Chartier, Editor. Arthur Goldhammer, Translator) P. 21.

    v Esteban de La Boétie. Discurso sobre la servidumbre voluntaria (Buenos Aires: Libros de la Araucaria. Colección La Protesta. 2006. Edición, traducción e introducción de Ángel J. Cappelletti). P. 36.

    vi Jacob Burckhardt. La cultura del Renacimiento en Italia (Barcelona: Ediciones Orbis. 1985. Traducción de Jaime Ardal) Vol. I. P. 200.

    vii La Boétie (2006). P. 34.

    viii Ibídem. Loc. Cit.

    ixIbídem. P. 40.

    x Ibídem. Loc. Cit.

    xi Ibídem. P. 41.

    xiiIbídem. P. 42.

    xiiiIbídem. P. 43.

    xiv Ibídem. Loc. Cit.

    xvIbídem. P. 44.

    xvi Ibídem. P. 49.

    Rodrigo Quesada Monge: Historiador (1952), escritor y catedrático costarricense jubilado de la UNA-Costa Rica. Premio (1998) de la Academia de Geografía e Historia de su país. Su obra más reciente es La fuga de Kropotkin (Santiago de Chile: Editorial Eleuterio. 2013).

    SUMISIÓN Y REBELDÍA EN ESTEBAN DE LA BOÉTIE (1530-1563)
    Parte 2 de 3

    Rodrigo Quesada Monge

    Servidumbre y sumisión

    I

    La primera causa de la servidumbre voluntaria es la costumbre, decía La Boétiei, recordándonos el tremendo daño ocasionado por habituarse a la condición del oprimido, al asumir que la opresión, la esclavitud del que se somete por propia voluntad, es parte indubitable de la naturaleza humana. La costumbre, el ripio cotidiano de aceptar, tolerar y justificar la liturgia que el tirano levanta cotidianamente con el afán de reproducir y fortalecer aquella, llega a convertirse, más temprano que tarde, en una especie de banalidad mortecina, que envuelve a las personas en sus melodías soporíferas de justicia, rectitud y santidad, para legitimar la tiranía de manera recurrente ahí donde se carece totalmente de otras alternativas. Pero el acostumbrarse a la tiranía, nos sugiere La Boétie, es sólo modificable con la educación de la consciencia, con la superación ineludible de la ignorancia y el hastío en el que caen las personas, cuando no vislumbran otra salida. Decía La Boétie: “(…) los libros y el saber dan a los hombres, más que ninguna otra cosa, el sentido y la capacidad de reconocerse a sí mismos y de odiar la tiranía”ii.

    Junto con la libertad se pierde el coraje, anotaba nuestro autor en otra parte de su textoiii. Al lado de la costumbre, la cobardía, la pereza, la desidia y la indiferencia, se vuelven otras causas, otras motivaciones esenciales para entender la génesis de la tiranía. Carece de sentido cambiar de tirano y conservar la tiraníaiv, cuando las estructuras institucionales del aparato de estado que está en orden de cuestionamiento, explican la misma por el lado más intolerable para la población en general, es decir el miedo, la suspicacia, el secretismo, la incertidumbre y la desesperanza. “Entre los hombres libres prima la emulación, cada uno por el bien común y cada uno por sí mismo; esperan tener todos su parte en el mal de la derrota o en el bien de la victoria”v.
    Con esta lúcida instrumentación del estoicismo, La Boétie, de nuevo, da un paso adelante con relación a su siglo, y antepone la emulación como una de las condiciones básicas para sobrevivir en régimen de tiranía. Pues si el tirano les hace mal a todos, entonces deberá temer a todos por igualvi. “Los teatros, los juegos, las farsas, los espectáculos, los gladiadores, las bestias extrañas, las medallas, los cuadros y otras drogas semejantes eran para los pueblos antiguos el alimento de la servidumbre, el precio de la libertad y los instrumentos de la tiranía”vii. A este respecto nada ha cambiado; la enorme vigencia de la reflexión elaborada por La Boétie eriza la piel de aquellos que aún ven en el tirano y en la tiranía, una forma de gobierno, una alternativa legitima para aquellos que no encuentran en la voz de las mayorías y de las individualidades sobresalientes, el punto de partida que asegure mecanismos de autocontrol diseñados con el objeto de que les devuelvan a las personas la soberanía sobre sus propias vidas. “Adormecer a los súbditos bajo el yugo”viii, continúa siendo todavía hoy uno de los recursos más penetrantes con el cual se logra someter la voluntad de los pueblos; sobre todo donde hay posibilidades de que líderes levantiscos les puedan correr el velo de intoxicación con que los tiranos y sus servidores cubren la realidad.

    II

    Sirviéndose de largas citas y ejemplificaciones sustentadas en su conocimiento histórico de la antigüedad romana, griega y asiática, La Boétie amplía su razonamiento de que, junto a la costumbre y a la cobardía (fomentada y agradecida por los pueblos, mediante las diversiones y la intoxicación con el espectáculo), el temor, el miedo, la desazón y la incertidumbre configuran también otros ingredientes de un cuadro psicológico y social con el cual busca explicar la rara inclinación de las personas hacia el dictador en condición de absoluto dominio sobre sus vidas.
    Los seres humanos fascinados con el terror, casi cotidiano, que ofrece el tirano (La Boétie piensa en Nerón, Vespasiano, Claudio y otros emperadores romanos) llegan a participar de él por omisión, en la medida en que su silencio cómplice faculta una naturaleza muy precisa de la tiranía. Con escasa frecuencia las personas se percatan de que una cosa es la dictadura y otra muy distinta es el dictador. De forma lúcida La Boétie lo hace notar por primera vez cuando nos habla de lo bien que operaba Julio César, casi mágicamente, sus movimientos entre uno y otro escenarios. El personaje, el dictador, logra despojarse de sus vestiduras, cuando no se encuentra en el sitio donde sus actuaciones adquieren el misterio, la alquimia de seducir a las masas. La Boétie sabía, con más antelación y malicia que muchos otros de sus contemporáneos, que la muerte de Julio César, su asesinato, es decir, la aniquilación del personaje, dejaría casi intacta a la tiranía, la cual continuaría funcionando durante mucho tiempo más, por encima de las ofertas de eternidad prometidas por el tirano. ¿A quién se le puede ocurrir hoy en día ni siquiera insinuar que muerto Adolf Hitler, se acabó el nazismo? ¿O que muerto Stalin se acabó el estalinismo?

    El tirano sabe, como bien lo sabían todos y cada uno de los tiranos invocados por La Boétie, para ejemplificar su análisis de la servidumbre, que los pueblos, las grandes masas de seres humanos anónimos y despersonalizados, están dispuestos a tolerar sus excesos, rituales y parafernalias mágico-religiosas hasta el instante en que sus rutinas, sus fiestas y sus prejuicios no sean modificados violentamente. Los dictadores saben que las condiciones materiales, militares, económicas y naturales brindadas a las masas pueden cambiar con rapidez, pero hay algo que cambia con una lentitud exasperante, y ese algo es la consciencia de los pueblos.
    Con regularidad encontramos en los ensayos y artículos escritos por Ricardo Flores Magón (1873-1922), el célebre luchador anarquista mejicano, un tratamiento similar al imaginado por La Boétie sobre los significados profundos de la tiranía, cuando ésta ha penetrado los entresijos del vivir diario de las personasix. Porque uno de los aspectos llamativos en el discurso de La Boétie es su capacidad para establecer las diferencias esenciales entre los actos y los anhelos ocultos de los seres humanos, cuando ocupan el poder y han tenido acceso a la autoridad de forma ilimitada. El tirano, nos recuerda La Boétie, ha recibido una tradición, un aparato institucional, y un conjunto de rituales, espejismos, misterios y liturgias que, originalmente, no fueron pensados para redituar de las relaciones entre el tirano y sus servidores. En realidad no existen réditos dignos de mencionarse entre el tirano y sus lacayos. Él apunta: “No se podrá creer a primera vista pero, en verdad, es cierto: son siempre cuatro o cinco los que mantienen al tirano, cuatro o cinco los que conservan a todo el país en la servidumbre. Siempre ha sucedido que cinco o seis han tenido acceso al tirano y se han aproximado por sí mismos a él o han sido por él llamados, para ser cómplices de sus crueldades, compañeros de sus placeres, alcahuetes de sus lascivias y copartícipes de sus pillajes”x.
    Aquel aparato de instrumentos y componentes citado arriba, que hoy diríamos fue concebido para servir y operar una ideología, al mismo tiempo ha sido estructurado para atender las necesidades cotidianas más perentorias de la chusma, en lo que compete a magia, misterio y milagros. El hábil manejo de lo desconocido, de lo oculto, de lo sinuoso y entreverado, hace del personaje construido por el tirano, un ente digno de pánico, distancia y ceremonias. Y hoy nos continúa dejando boquiabiertos, la precocidad de La Boétie, para detectar y establecer estos ingredientes que, a pesar de todo, según él, con relación a los reyes de Francia, no toda aquella interpretación se aplica, pues “habiendo tenido siempre reyes tan buenos en la paz y tan valientes en la guerra que aun cuando hayan nacido reyes parece que no fueron hechos como los otros por la naturaleza, sino elegidos por Dios todopoderoso, antes de nacer, para el gobierno y la conservación de este reino”xi.

    III

    “De ahí provenía el crédito del Senado bajo Julio César, el establecimiento de nuevas dignidades, la creación de cargos: no eran ciertamente, si bien se mira, modos de reformar la justicia sino nuevos sostenes de la tiranía. En suma, se llega a la conclusión de que por los favores o subfavores, por las ganancias o reganancias que se logran con los tiranos, al fin son casi tantos aquellos a quienes la tiranía parece ser provechosa como aquellos a quienes la libertad sería agradable”xii. Para La Boétie estaba bien claro que el tirano se hacía rodear de un séquito de aduladores, cuenta-cuentos, clientes y chismosos cuyos servicios estaban contemplados dentro de los presupuestos senatoriales de la antigua Roma. Es inimaginable la tiranía sin este ejército de funcionarios a sueldo, informantes, publicistas y sicarios que hacen del oficio político diario del tirano una actividad repleta de retribuciones materiales, económicas y hasta sexuales.
    “Sin embargo, al ver a esa gente que sirve al tirano para lograr sus fines con la tiranía y con la servidumbre del pueblo, frecuentemente me causa asombro su perversidad y algunas veces siento lástima de su estupidez, porque, a decir verdad, ¿qué otra cosa significa acercarse al tirano sino alejarse de la propia libertad y, por así decirlo, apretar con ambas manos y abrazar la servidumbre?”xiii. De esta forma, La Boétie precisa diferencias entre reyes buenos (como los franceses, según ya hemos visto) y los reyes malos, aquellos que devoran sin repugnancia a sus servidores más fieles e incondicionales, quienes le han servido con su carne, su espíritu y su mente. Éstos solo han cometido un pecado: amar con exceso la riqueza, las comodidades, la buena vida. Y no han tenido escrúpulos, no les ha temblado el pulso para desposeer de ellas a ricos, pobres, artesanos, obreros y campesinos, cuando lo han considerado necesario, dizque para servir a Su Majestad el Rey.
    De nuevo, el tratamiento brindado por La Boétie sobre el círculo interior de funcionarios, proxenetas, aduladores y conspiradores que rodean al tirano, al “rey malo” como le gustaba llamarlo, ofrece una cantidad superior de recursos para estudiar a cualquiera de las dictaduras de nuestro tiempo. Queda por ver hasta dónde llegan sus intuiciones, puesto que su enfoque es maniqueo ahí donde las alternativas morales se reducen a los antojos del “rey bueno” y del “rey malo”. Le concede a este último, quien constituye su primer tema de preocupación y análisis, lo que sería una dimensión institucional realmente vigorosa y difícil de erradicar. Esta clase de tiranos quien, según hemos visto, ha llegado al poder sirviéndose de varias vías ensangrentadas y oprobiosas, se sostiene en él porque una maquinaria milagrosa y efectiva de funcionarios hace, dice y piensa lo inimaginable para que la estructura no se caiga, puesto que de ella dependen su vida, la de su familia, la de sus amigos y hasta la de sus amantes. Servirse de mil recursos hoy llamados ideológicos, en la medida de su diseño para distorsionar la realidad de lo sucedido alrededor del “rey malo”, es una operación en la que puede participar todo un país, toda una nación. La Boétie tenía bien claro que a la gente le gusta todo esto, porque le conviene, engañarse a sí misma. De aquí procede su noción de la “servidumbre voluntaria”.

    IV

    “El labrador y el artesano, por más que estén sujetos a servidumbre, cumplen haciendo lo que les han dicho; pero el tirano ve a los otros que están junto a él briboneando y mendigando su favor; es preciso que no sólo hagan lo que él dice sino que piensen lo que quiere y, con frecuencia, para satisfacerlo, que adivinen aun de antemano sus pensamientos. No basta con que lo obedezcan, es necesario que se rompan, que se atormenten, que se maten trabajando en los asuntos de él y luego, que se complazcan con sus placeres, que abandonen los propios gustos por los suyos, que fuercen el propio temperamento, que se despojen de la propia naturaleza: es necesario que cuiden sus palabras, su voz, sus gestos y sus ojos, que no tengan ojo, ni pie, ni mano, que todo esté al acecho para espiar sus deseos y para descubrir sus pensamientos. ¿Es esto vivir con felicidad? ¿Esto se llama vivir? ¿Hay en el mundo algo menos soportable que esto, no digo para un hombre valiente, no digo para un bien nacido, sino sólo para quien tenga sentido común o, aunque sea, aspecto de hombre? ¿Qué condición más miserable que la de vivir así, sin tener nada propio, pendiente de otro la comodidad, la libertad, el cuerpo y la vida?”xiv.
    En este largo fragmento, reproducido con la venia del lector, se puede notar la perfecta claridad que poseía La Boétie sobre el significado vocacional del funcionario público en régimen de tiranía. En estos escenarios, tan bien descriptos por él, se desprende con naturalidad la metamorfosis sufrida por una persona que carece de ambiciones personales y se acerca a un tirano cuya capacidad de engullirlo todo y a todos es ilimitada. Pero La Boétie también nos brinda recursos epistémicos para detectar la labor del político que ofrece la imagen insulsa del mediocre, del santurrón o del megalómano, cuya rapacidad no se detiene hasta el momento en que se inmola por el motivo de sus desvelos, es decir el tirano.
    Muchas de las grandes dictaduras del siglo veinte presentan las características y la naturaleza perfiladas por La Boétie. En la historia de América Latina es fácil escoger, casi al azar, regímenes dictatoriales que reúnen muchos de los elementos evidenciados en el análisis realizado por La Boétie para su siglo. Nuestro autor, sin embargo, explica el surgimiento de este funcionariado parasitario porque, según él, “quieren servir para tener bienes, como si pudieran ganar algo que les perteneciera, cuando no pueden decir siquiera que se pertenecen a sí mismos”xv. Lo más curioso es que sus reflexiones, cuando se trata de artesanos y campesinos, insinúan intuiciones clasistas prematuras, pero no vislumbra mucho del origen de estos estratos, a los que califica de piratas y vividores, resultado inevitable de la formación primigenia del Estado moderno. Por eso, no está de más recordar que el estudio realizado por La Boétie es de una gran utilidad para comprender la dinámica afectiva establecida entre el tirano y sus secuaces. Pero es limitado cuando se le exige ver por encima de las “lealtades primordiales” y fijarse un poco más en los ingredientes clasistas, que explican y operacionalizan la opresión sistematizada desde la tiranía la cual, como hemos visto, no es únicamente producto de las volutas antojadizas de una sola persona.

    V

    La Boétie sugiere tres niveles de acercamiento afectivo al tirano, los cuales tienen muy poco que ver con el resbaladizo horizonte institucional donde reposa la tiranía misma. Rara vez el tirano cuestiona la tradición, porque ésta le sirve y lo protege. Se arriesgará a la pirueta, la pose y el exhibicionismo narcisista cuando aquella esté bien asegurada. Si hay algo que el tirano tiene bien claro es la diferencia práctica entre su personaje y la realidad política e ideológica que lo sostiene. Por eso evita mezclar ambas en todo momento de su vida. La vida pública y privada no puede, ni deberían cruzarse, nos dirá ciertamente convencido. Cuando se confunde con el personaje estamos en presencia de su locura. Algo muy frecuente en la antigua Roma, según nos recuerda La Boétie.
    En primer lugar está la obediencia, luego la sumisión y finalmente la total pérdida de identidad personal, la servidumbre, a la que La Boétie mira como la cosa más horrible que le puede suceder a cualquier persona. Para nuestro autor, los campesinos y los artesanos se encuentran atascados entre el primero y el segundo nivel, pero nunca alcanzan el tercero no por que no lo deseen o lo sueñen siquiera, sino porque los monigotes al servicio del tirano se han encargado de diseñar los instrumentos que harán imposible acercársele sin modificar la institucionalidad, la tradición y las buenas costumbres, a las que tanto respeta el tirano. Tales instrumentos son, nos lo dice otra vez La Boétie, la comodidad, la libertad, el cuerpo y la vida de los supuestos servidores incondicionales, esto es, sus siervosxvi.

    VI

    Los cuatro vórtices de una vida de servidumbre, mencionados al final del párrafo anterior, cuando la existencia de una persona se dibuja a partir de los caprichos y de los antojos de otro, en nuestro caso del tirano de turno, son, al mismo tiempo, la promesa irreparable de una vida independiente, libre y productiva. Debido a que La Boétie no piensa en el tirano como una expresión concreta y limitada del Estado totalitario, sino que se lo imagina como aquel con la buena fortuna de llegar a construir su tiranía, en base a la elección popular, o por la fuerza de las armas, o por sucesión de su estirpexvii, es posible establecer que su razonamiento atribuye a la tiranía una naturaleza fortuita, azarosa y compleja, pero en la que no cabe una explicación genético-evolutiva de sus orígenes.
    Preocupado por explicarnos mucho de la psicología del tirano, por buscar ejemplos y detallarnos sus análisis sobre los instrumentos utilizados por aquel para sostenerse en el poder, La Boétie no dice nada, o muy poco, sobre la maquinaria del Estado, el sustrato social, económico y cultural que lo ha hecho posible. No es válido argumentar insuficiencia teórica en virtud del siglo que lo vio nacer, pues otros pensadores, considerados más o menos sus contemporáneos, como Maquiavelo (1469-1527)xviii, ya habían elaborado algunos elementos de filosofía política, para tratar de comprender, precisamente, eso que tanto atrajo la atención de La Boétie, es decir, el ejercicio ilimitado del poder. La diferencia esencial entre ambos autores estriba en que para este último, el ejercicio de la servidumbre al tirano tiene implicaciones éticas y personales consumidas en la individualidad con que la persona construya su independencia y su libertad.
    “Queda demostrado, pues, que la libertad es natural y, por la misma razón, a mi juicio, que hemos nacido no sólo en posesión de nuestra independencia sino también con inclinación a defenderla”xix. ¿Cómo?, eso nunca lo explica. Se limita a sugerir que la única forma de tumbar al tirano es por medio de la indiferencia y de la desobediencia. En el caso de Maquiavelo, para el quehacer de la política, la ética es un producto derivativo, por el cual no es necesario sacrificar los resultados que la primera pueda garantizar cuando se trata de la gestión y del ejercicio del poder. Porque si a Maquiavelo le interesan sobre todo las posibilidades del poder, a La Boétie también, pero impidiendo a toda costa que el tirano se lo engulla todo. No le teme a las jerarquías, le teme al tirano. Al contrario de Maquiavelo, quien sí le teme a las jerarquías y no al tirano.

    VII

    Todopoderoso, el tirano en La Boétie, pareciera estar por encima del bien y del mal. Justo detrás de las tres posibles vías que lo han conducido al poder, no se encuentra más que su propia fuerza interior para hacerse con el poder, como les ha sucedido a figuras del calibre de Julio César, de los Treinta Tiranos de Atenas o de algunos de los más excelsos psicópatas romanos ya referidos. Los grupos sociales que se ubican detrás de ellos para sostenerlos y reproducir su dominación, son asumidos como un escenario posible entre muchos otros; de tal manera que, según se ha visto, no remontan su propia caricatura. El poder económico, convertido en el soporte material de la tiranía no tolera, para La Boétie, otra explicación que aquella en la cual solo predomina la mezquindad y la ambición por acumular bienes materiales, de parte de quienes juegan el triste papel de corifeos del tirano.
    El programa ético de La Boétie está por encima de las condiciones sociales, políticas, económicas e históricas que explican el surgimiento del tirano y de su tiranía. “Por eso, ciertamente, el tirano no es amado ni ama jamás. La amistad es palabra sagrada, es cosa santa, nunca se da sino entre gente de bien ni se establece sino gracias a una mutua estima, se conserva no tanto con beneficios sino con una vida buena. Lo que hace que un amigo confíe en el otro es el conocimiento que tiene de su integridad; los garantes que de ellos tiene son su buena naturaleza, la fe y la constancia”xx. El tirano, “hallándose éste por encima de todos y no teniendo compañeros, está más allá de los límites de la amistad, que tiene su verdadera fuente en la igualdad”xxi.
    Mas resulta que la supuesta asepsia del tirano nunca estuvo en relación directa con la impunidad de la que venía investido por la naturaleza de su cargo. De acuerdo con Maquiavelo, lo más importante es tomar el poder y conservarlo. Para La Boétie, adicionalmente, es el ejercicio del poder el que resulta contaminante, tóxico en todas sus expresiones. De aquí que la impunidad pase a ser algo así como una especie de comodín, al cual acuden todos aquellos vinculados al poder a través del tirano. En la medida en que éste se conserve limpio, clínicamente desintoxicado de las pequeñas miserias cotidianas de la gran mayoría de los seres humanos comunes y corrientes, podrá ubicarse por encima del bien y del mal, de la moral convencional, y de las leyes y legislación al uso. La supuesta divinidad que le es atribuida, por obra y gracia de sus seguidores más fieles y feroces, reposa sobre una impunidad jamás negociada, nunca condicionada, siempre expuesta a la revitalización cotidiana, cada vez con más rituales, más artificios ideológicos y culturales, más histrionismo rebuscado. El tirano siempre tiene a la mano todos estos instrumentos que hacen posible la vasta envergadura de su tiranía.

    VIII

    Por eso el tirano nunca tiene amigos sino cómplices, dice La Boétiexxii. La impunidad en todas sus expresiones posibles, tales como la impunidad ideológica, cultural, criminal; es decir, la omisión, el silencio, el guiño empático ante las acciones del asesino y del ladrón, necesitan de una estructura institucional y mental, ética y política de tales dimensiones que solo una amplia y sostenida comunidad de catecúmenos mohosos y constreñidos por su propia historia criminal hace posible. La tragedia de esta cuestión, apuntaba La Boétie, es contar con la habilidad para sostener indefinidamente la atmósfera moral, jurídica e institucional que la hace posible. Durante y luego de la Revolución Francesa del siglo XVIII, uno de los grandes retos de los jacobinos fue precisamente darle vida y vitalidad a la opresión, encontrar los recursos indicados para justificarla, no tanto en el largo plazo, sino sobre todo en el corto plazo. La mayor parte de las tiranías operan con un sentido del futuro en el cual realmente no creen, pues lo vislumbran como una posibilidad muy remota. Salvo que su sentido de la realidad se encuentre muy desarrollado ahí donde entra a jugar un papel fundamental el futuro, el mañana. Pero le venden a la gente, a sus allegados, aquellos que los sostienen en el poder, y legitiman su impunidad histórica, la idea de un milenio promisorio, un futuro repleto de delicias sin límite, con la plena consciencia de la estafa que están fraguando. De tal forma que los favoritos del rey malo, terminan devorados como la polilla por el encanto iluminado y fantasioso de la llama que ardexxiii.

    IX

    “El pueblo espontáneamente no acusa del mal que padece al tirano, sino a quienes lo gobiernan: los pueblos, las naciones, todo el mundo a porfía, hasta los campesinos, hasta los labradores, saben sus nombres, descubren sus vicios, amontonan sobre ellos mil ultrajes, mil villanías, mil maldiciones; todas sus oraciones, todos sus votos van dirigidos contra ellos; todas las desgracias, todas las pestes, todas sus hambrunas se las achacan y si alguna vez les rinden, por cumplido, un honor, al mismo tiempo los maldicen en sus corazones y sienten hacia ellos un horror más profundo que hacia las bestias salvajes”xxiv.
    Era difícil encontrar una mejor forma de expresar el odio de los pueblos hacia la incompetencia, el avasallamiento, la expoliación y el maltrato procedente de sus gobernantes. Humillar, ridiculizar y caricaturizar las esperanzas de los pueblos es uno de los grandes crímenes en que pueden abalanzarse el tirano y sus favoritos. Pero La Boétie es enérgico en su distinción, como lo hemos indicado varias veces, entre el tirano y sus sirvientes. Al establecer una disociación operacional entre tirano y gobernantes, La Boétie da un salto metodológico fundamental hacia los conceptos de dominación y hegemonía que luego en los siglos siguientes, desarrollarían a cabalidad teóricos y escritores del calibre de Antonio Gramsci (1891-1937). Pero la insinuación de La Boétie no libera de responsabilidades al tirano, principal artífice de los desmanes en que caen los gobernantes, sus cómplices directos, protegidos por un aura de impunidad de su propia arquitectura. Es aquí donde se encuentra la mayor cercanía de La Boétie hacia un análisis clasista del poder. Por qué no dio el salto cualitativo en esa dirección es un tema que le pertenece a los ejemplos y casos por él estudiados, para ejemplificar sus críticas a la tiranía y al tirano.

    Segunda parte de SUMISIÓN Y REBELDÍA EN ESTEBAN DE LA BOÉTIE (1530-1563)
    Este será el estudio preliminar que acompañará una nueva edición de la obra de La Boétie, publicada en el 2015 por Ediciones Nadar, Santiago de Chile.
    Continuará en el próximo número de la revista
    Primera parte del ensayo en: http://revista.escaner.cl/node/7491

    Rodrigo Quesada Monge: Historiador (1952), escritor y catedrático costarricense jubilado de la UNA-Heredia-Costa Rica. Premio (1998) de la Academia de Geografía e Historia de su país. Su última obra se titula Anarquía. Orden sin autoridad (Santiago de Chile: Ediciones Eleuterio. 2014).

    Imágen es de dominio público (libro de 1892) obtenida desde http://reflexionesmarginales.com

    Notas
    i Esteban de La Boétie. Discurso sobre la servidumbre voluntaria (Buenos Aires: Libros de la Araucaria. Colección La Protesta. 2006. Edición, traducción e introducción de Ángel J. Cappelletti). P. 59.
    ii Ibídem. P. 60.
    iii Ibídem. P. 63.
    iv Ibídem. P. 62.
    v Ibídem. P. 64.
    vi Ibídem. P. 65.
    vii Ibídem. P. 67.
    viii Ibídem. Loc. Cit.
    ix Ricardo Flore Magón. Tiranía y pueblo. Revista Regeneración.
    x La Boétie. Op. Cit. P. 77.
    xi La Boétie. Op. Cit. P. 74.
    xii Ibídem. P. 77.
    xiii Ibídem. P. 80. a
    xiv Ibídem. Pp. 80-81.
    xv Ibídem. Loc. Cit.
    xvi Ibídem. Loc. Cit.
    xvii Ibídem. P. 49.
    xviii Sidney Anglo. Machiavelli. A Dissection (New York: Harcourt, Brace & World. 1969) Capítulos 1- 7 y 9.
    xix La Boétie. Op. Cit. P. 46.
    xx Ibídem. P. 86.
    xxi Ibídem. Loc. Cit.
    xxii Ibídem. Loc. Cit.
    xxiii Ibídem. P. 87.
    xxiv Ibídem. P. 89.

    SUMISIÓN Y REBELDÍA EN ESTEBAN DE LA BOÉTIE (1530-1563)
    Parte final

    Por Rodrigo Quesada Monge
    Servidumbre y rebeldía

    I

    Con la última cita de La Boétie en la sección anterior, se pueden encontrar elementos muy ricos para explicar algunas de las insinuaciones hechas por el autor, al sugerir la rebeldía contra los tiranos y sus secuaces. El tratamiento que le da La Boétie a este asunto, es conservador, prudente, distante y hasta modesto en algunas de sus aspiraciones y aristas más connotadas. Él apunta con claridad meridiana que no es necesario tumbar violentamente al tirano y a sus servidores. Basta con desobedecerlo, con aplicarle una dosis contenida pero constante de indiferencia y total abulia para que los fundamentos sobre los cuales está apoyado se disuelvan y posibiliten su destronamiento.

    Sin embargo, para La Boétie, como para muchos de sus contemporáneos, la violencia contra el tirano y su círculo íntimo podía adquirir diversos matices, dependiendo, en gran medida, del contexto, en el que se estuviera viviendo. Ciertamente, su enfoque conservador no excluye la posibilidad de que al tirano se lo remueva del poder cuando es urgente salvaguardar la estabilidad y la salud física y emocional de las grandes mayorías. “¿Qué pena, que martirio es éste, Dios verdadero? ¡Estar día y noche listo para tratar de agradar a uno y temerlo, sin embargo, más que a ningún hombre en el mundo, tener siempre el ojo vigilante, la oreja alerta, para espiar de dónde ha de venir el golpe, para descubrir las emboscadas, para advertir la destrucción de los propios compañeros, para avisarle quién lo traiciona, sonreír a todos y, sin embargo, temer a todos; no tener ningún enemigo abierto ni ningún amigo seguro; mostrando siempre el rostro sonriente y el corazón transido, no poder estar contento ni atreverse a estar triste”i.

    Este acercamiento tan bien elaborado al miedo, las inseguridades y la incertidumbre que genera el servicio cotidiano que se le brinda al tirano, en las distintas órbitas donde se realiza su tiranía, nos facilita una comprensión mayor de aquellas insinuaciones y silencios que La Boétie dejó para las interpretaciones de la posteridad. El tirano sabe, es plenamente consciente, de que su forma de ejercer el poder y la autoridad está expuesta a la crítica, a los juicios devastadores de aquellos que no la comparten. Junto a ello, la maquinaria de terror e intimidación que ha echado a correr llega un momento en que es imparable. De tal forma que, no queda otra alternativa que ajustarse a sus requerimientos históricos y funcionales, en los cuales se expone la vida de amigos, compañeros y cómplices silentes que pueda encontrar en el camino. No es extraño, entonces, que las revueltas contra la tiranía lleven consigo el peso específico del tedio, la lenta disuasión que portan la historia y la costumbre, ahí donde los altercados contra las tiranías no remontan la simple supervivencia personal.

    Solo cuando las grandes mayorías, integradas por seres humanos individualizados y unigénitos, logran experimentar en carne propia la punzante realidad de que el tirano y sus sirvientes han logrado llegar hasta los rincones más íntimos de su existencia cotidiana, es posible contar con los primeros amagos de algo parecido a la rebeldía. “En esta ocasión no quisiera sino averiguar cómo es posible que tantos hombres, tantas villas, tantas ciudades, tantas naciones aguanten a veces a un tirano solo, que no tiene más poder que el que le dan, que no tiene capacidad de dañarlos sino en cuanto ellos tienen capacidad de aguantarlo, que no podría hacerles mal alguno sino en cuanto ello prefieren tolerarlo a contradecirlo”ii.

    Si la tolerancia al tirano y a su tiranía no reposa únicamente en el temor a la confrontación, sino además en lo refractario que puede ser el individuo humillado, mancillado y nulificado al extremo, ante la eventualidad de que su situación cambie, se modifique o se altere a profundidad con todas las consecuencias del caso, no debería sorprendernos entonces, que La Boétie mencione constantemente ejemplos históricos de pequeños grupos de hombres, soldados, guerreros y pensadores que fueron capaces de armarse de coraje, de fuerza y de violencia para defender su independencia, su libertad y su existencia misma, tumbando al tirano agresivamente cuando fue necesario. No está en el pensamiento de La Boétie, promover la violencia como fin en sí misma, pero nunca excluyó, a todo lo largo de su texto, la posibilidad de que los hombres apertrechados de un corazón duro y valeroso pudieran deshacerse de él, sirviéndose de los medios requeridos según las oportunidades brindadas por el desarrollo histórico de los pueblos.

    II

    Por otro lado, está la cuestión de la rebeldía como sistema de vida. Un hombre rebelde es aquel que sabe decir no cuando es necesario, y su independencia o su libertad se encuentran en entredicho. Se trata de un no que es instrumental, al estilo de Albert Camus (1913-1960); un no que es operativo en el aquí y en el ahora, como nos lo recuerda el eminente Michel Onfray en su último libroiii, sobre el controvertido escritor argelino. En cambio, el no que propone La Boétie es puramente ético; se trata de un no que se agota en la desobediencia civil, como lo hemos indicado a lo largo de este ensayo. La diferencia entre ambos escritores, que no es únicamente histórica, recoge uno de los elementos esenciales para nuestra comprensión del más allá que podría habernos propuesto La Boétie. ¿Por qué no lo hizo? Ese es un tema que merecería otro ensayo. No obstante, cuando nos habla de que no le preocupa dilucidar cuál es la mejor forma de gobierno, si la monarquía todavía funciona y brinda reyes a los cuales podríamos considerar buenos, sencillos y valientes, como ha sucedido con algunos de ellos en la historia de Francia, La Boétie estaría despachando de un plumazo la totalidad de la otra mitad de la discusión. Le angustia hallar los instrumentos prácticos, institucionales, civiles y morales que les faciliten a las personas deshacerse de los reyes malos, los tiranos y los dictadores. El grueso de su análisis está orientado en esta última dirección. La Boétie es un jurista atrapado por la política; es un estoico y al mismo tiempo “un puritano moralista”. Todo el panfleto, su Discurso, lo dice a gritos, “y no sólo maldice a la dictadura sino al libertinaje que, endulzando la servidumbre, se vuelve un modo de gobernar”iv.

    III

    No debería perderse de vista el momento histórico tan difícil en el que está viviendo, actuando y pensando La Boétie. Tres años mayor que Michel de Montaigne, con quien sostuvo una relación oscilante entre la verdadera amistad y la pasión (a pesar de que La Boétie estaba casado con una viuda con dos hijas); amistad a la cual el último le entregó mucho de su vida personal e intelectual; tanto así que, para el mismo Montaigne, con la muerte de La Boétie (en 1563 debida a la peste) se inicia una nueva etapa de su vida, éste bien pudo haber terminado en las filas de los protestantes más puritanos, tan reprimidos y perseguidos en aquel momento. Estando en el medio de las guerras de religión que sacuden no sólo a Francia, sino también al resto de Europa, y con la Noche de San Bartolomé (1572)vcomo punto de referencia en ese sentido, Montaigne hizo lo posible por proteger a su amigo de las posibles consecuencias que la escritura de un texto como el suyo podría haberle acarreado. Establecido que el Discurso no fue un proyecto antojadizo de un estudiante universitario cabeza-caliente, un escrito adolescente e inofensivo, como le gustaba presentarlo a Montaigne, sino una feroz reacción intelectual y emocional, ante la muerte por ejecución, de parte del Rey Enrique II, de su querido y admirado profesor en la Universidad de Orléans, Anne Du Bourg, resulta contraproducente continuar presentando a su autor como un enardecido opositor de los déspotas, pues siempre fue hasta su muerte un obediente y sumiso vasallo de los Valois.

    Aclarado esto es posible recuperar entonces, la evidencia de que todos los gestos de rebeldía realizados por La Boétie acarrean la impronta de ser el producto de una “volubilidad” generada por las circunstancias, a pesar de que personajes posteriores del calibre de Marat (1743-1793), Proudhon (1809-1865) y Réclus (1830-1905) se hayan servido de su Discurso para fines muy distintos. Aún así, como hemos dicho arriba, el enfoque de La Boétie sobre el problema de la tiranía continúa brindándonos un instrumental analítico excepcional (no en vano algunos autores lo llaman a él el Rimbaud de la sociología política). Partir de abajo hacia arriba, y no al revés, como se había hecho siempre, para escrutar los orígenes de la tiranía, era un paso adelante, si consideramos que otros estudiosos como Maquiavelo arribaron a conclusiones similares, utilizando atajos en los que el Estado siempre terminaba salvando la jornada. Que la gente se lanzara prácticamente en brazos de la servidumbre, la sumisión y la obediencia más abyectas, para salvaguardar las dimensiones del Estado, por costumbre o miedo, constituía un enigma cuya solución podía ubicar en primer lugar todo lo relacionado con la voluntad de poder, y el encendido anhelo de la gente de a pie por recuperar su independencia, su libertad y su dignidad.

    IV

    No cabe la menor duda de que todos los intentos realizados por Michel de Montaigne por deshacerse del azufre que despedía el texto de su amigo, terminaron prácticamente en nada, en vista de que el mismo tenía el futuro asegurado como uno de los trabajos fundamentales de la ciencia y de la sociología políticas en los inicios de la modernidad. Pero la rebeldía de que nos habla La Boétie, en tono discreto y remolón, era más bien un programa de restricciones que viajaban desde el estoicismo más lacerante hasta un hipotético puritanismo en el que no cabían el “libertinaje” y todos los excesos que venían con la fiesta, el jolgorio y el hedonismo recalcitrantes, tan bien retratados por Bajtin en su célebre trabajo sobre la Edad Media y el Renacimientovi.

    Era eso, posiblemente, lo que más encantaba y seducía al circunspecto pero enamoradizo Montaigne; esa extraña mezcla de euforia y disciplina que llevaron al huidizo jovenzuelo a exponer su carrera política y judicial en diferentes ocasiones, ante la impávida mirada de su interlocutor, quien, al morir aquel, testimonió que se sentía mutilado, desamparado y sin dirección alguna. Aparte de que después de la muerte de La Boétie, Montaigne inició la escritura de sus geniales ensayos, las lecciones recibidas le permitieron continuar reflexionando sobre el tremendo problema que la opción entre la vida y la muerte traía consigo, cuando se ejercían el poder y la autoridad.

    Conclusión

    Que el Discurso sobre la servidumbre voluntaria de Etienne (Esteban) de La Boétie haya sido gestado en medio de conflictos sociales, políticos y religiosos de dimensiones históricas decisivas, o que fuera el producto de una reacción visceral ante la muerte de su querido profesor universitario; o, finalmente, que hubiera sido el resultado de una voluntad y de un corazón antojadizos en materia política y social, son aspectos que realmente tienen poca relevancia, si hemos de rescatar sus intuiciones, su legado y sus propuestas, que bien podrían ser, por otro lado, el análisis iluminado de una mente joven, agresiva, productiva y genial.

    Tal y como decíamos hace un rato, La Boétie nos dejó más bien un conjunto importante de preguntas, antes que un racimo de respuestas amañadas u oportunistas. Sus preguntas continúan conminándonos a la reflexión, la inquietud y la hazaña de encontrarles respuestas, pues de ello depende en gran parte mucho de la teoría del estado, del poder y de la autoridad que fuera elaborada siglos después de su muerte. La tosquedad de sus intuiciones, inevitable en el contexto en el que vivió, jamás demeritó el hecho de que, aunque sus conclusiones no fueran necesariamente acertadas, sus valoraciones éticas le dieron un giro totalmente distinto al problema de la autoridad, que los humanistas de su época abordaban como si se tratara de un asunto personal, en el buen o mal quehacer de nuestra cotidianidad.

    Con La Boétie aprendimos a tomar consciencia de que la rebeldía, por omisión en el caso de su texto, es una condición indispensable para que los seres humanos puedan hallar el camino directo que conduce a la realización plena de sus vidas, sus trabajos, sus profesiones y familias. Una persona humillada, arrinconada por un déspota, por un tirano que le desfigura hasta sus pensamientos e ideas más íntimamente protegidos, tendrá serias dificultades para avanzar en sus proyectos existenciales y personales. Si hasta la sensualidad está regulada por el tirano, como hemos indicado en otras ocasionesvii, el arte, la música, la poesía y la ciencia sufrirán sus efectos indirectos. Stalin y Hitler eran soberbios maestros en el control de las pasiones cotidianas de los individuos. Pero también lo fue la Reina Victoria, y Ronald Reagan y Augusto Pinochet. Porque la tiranía se hace proteger de mil maneras, detrás de los afeites que garantizan la democracia, el ideal republicano, y hasta las utopías socialistas y anarquistas en algún momento cuando las masas se encuentran totalmente desamparadas. En La Boétie se encuentran algunas de las preguntas sobre cómo superar este desamparo. Las respuestas deben ser de nuestra creación.

    San José, Costa Rica, setiembre de 2014.

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