Deseo queer

Por: Beatriz Gimeno
Fuente: http://www.pikaramagazine.com (17.05.14)

Cuando pensamos en lo queer pensamos en alguien queer, en personas queer. Cuerpos que no siguen la normatividad corporal, identidades que rompen con la coherencia que se espera entre género y sexo, orientaciones completas del deseo que rompen también con la relación entre cuerpo, identidad y deseo, roles sociales y sexuales no normativos…Todas estas cosas podemos pensarlas como propias de personas queer, pero pocas veces pensamos en la posibilidad de un deseo queer autónomo de lo anterior. Pero el deseo, y no me refiero a las prácticas, ni a la orientación sexual tal como la conocemos, puede ser queer aunque pocas veces hablemos de ello o lo visibilicemos. El deseo “raro” permanece sumergido en la invisibilidad o se visibiliza, como mucho, en los márgenes, en la oscuridad de los espacios mentales y físicos en los que ocultamos lo que, por la razón que sea, sabemos que no es aceptable, que no goza de legitimidad para expresarse.

Hombres y mujeres pueden sentir un deseo autónomo por mujeres heterosexuales con pene, por hombres heterosexuales sin pene, por lesbianas con pene, por lesbianas sin tetas, por gais con tetas, clítoris o vagina… Y estas y más combinaciones corporales o identitarias podemos mezclarlas con identidades diversas, con orientaciones diferentes, con roles sexuales y sociales y con prácticas diversas que muestran poca o ninguna coherencia con la norma sexual y social

Por ejemplo, sabemos, todo el mundo lo sabe, que muchos hombres sienten deseo por cuerpos biológicamente masculinos, o genitalmente masculinos al menos, pero que tengan al mismo tiempo tetas y que asuman un rol social femenino, aunque puedan asumir roles sexuales masculinos…(o no). Por lo general, el único espacio en el que este deseo concreto se visibiliza es en la prostitución, en la demanda de mujeres transexuales con genitales masculinos funcionales. El hecho de que el único espacio de visibilización sea en la prostitución hace muy fácil estigmatizar este deseo o convertirlo en algo sórdido, como todo lo que rodea la prostitución.

Solemos despachar el asunto con el argumento fácil y rápido de que en realidad, los demandantes de este tipo de prostitución son gais vergonzantes que se hacen pasar por heterosexuales, que en realidad lo que buscan cuando dicen buscar una mujer es una buena polla. Así, los heterosexuales respetables los desprecian por gais y las personas LGTB los despreciamos por armarizados, por imaginarles presos de una enorme dosis de homofobia internalizada. Es una manera de poder dar coherencia a todo el lío; si buscan una polla son gais, sin más y el resto: el cuerpo, el rol sexual o la identidad femenina son la excusa para hacerse pasar, ante sí mismos y ante los demás, como heterosexuales. Pero, ¿y si no fuera así? ¿Y si simplemente hay hombres heterosexuales que desean mujeres con pene y si las buscan en la prostitución es porque es el único lugar donde encontrarlas? ¿Y si un deseo como éste –u otros- fuera autónomo de ninguna razón, de ninguna explicación, de ninguna falta?

Aunque supongo que habrá entre todos esos hombres algunos, o muchos, gais con un alto grado de homofobia internalizada, podemos suponer también que no tienen por qué serlo todos ellos; podemos pensar que el deseo, el de las mujeres y el de los hombres, puede simplemente dirigirse a cuerpos, a identidades, a orientaciones, a roles queer, es decir, extraños, no coherentes, no normativos. Hombres y mujeres pueden sentir un deseo autónomo por mujeres heterosexuales con pene, por hombres heterosexuales sin pene, por lesbianas con pene, por lesbianas sin tetas, por gais con tetas, por lesbianas femeninas con pene, por lesbianas masculinas con tetas, por lesbianas sin tetas, por gais con clítoris y vagina… Y estas y más combinaciones corporales o identitarias podemos mezclarlas con identidades diversas, con orientaciones diferentes, con roles sexuales y sociales y con prácticas diversas también que muestran entre ellos poca o ninguna coherencia con la norma sexual y social. Y eso sin contar, además, con la posible fluidez de cualquier deseo, con el cambio, con la posibilidad de estar en un determinado lugar del deseo y cambiar y estar en otro.

Los deseos queer son deseos sin más, que no expresan ningún problema de quien los siente, aunque son deseos socialmente peligrosos porque ocupan espacios sociales y mentales que rompen con la coherencia normativa que rige respecto a la sexualidad.

Estos deseos, y cualquier otro que se nos ocurriera, además, pueden darse sin que el deseo en sí tenga por qué decir nada de la persona que los experimenta, sin que dichos deseos expresen ninguna falta, ningún problema; son deseos sin más, aunque son deseos socialmente peligrosos porque ocupan espacios sociales y mentales que rompen con la coherencia normativa que rige respecto a la sexualidad. Todos estos deseos se expresan en espacios, materiales e imaginarios, que se suponen imposibles de pensar y que, sin embargo se piensan y que también encuentran siempre manera de gozarse. Con la expresión de estos deseos se rompe el edificio de la sexualidad hegemónica y normativa y no es posible identificar al cuerpo y la identidad dominadora (el hombre) y al cuerpo y la identidad dominada (la mujer) con lo que se pone de manifiesto la artificialidad de todo el edificio.

Por tanto hay personas queer y hay deseos queer que pueden darse –y que de hecho se dan- en personas que no son queer o que no se identifican como tales; hay deseos raros, hay deseos no normativos, hay deseos que luchan por visibilizarse desde los márgenes, desde lo que no se considera legítimo y, desde luego, tampoco igual. En todo caso, es hora de (re)pensar el deseo y no sólo las identidades, las orientaciones y los cuerpos.

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