Civilización y cultura: IV. La ética social

Por: Mario Rodríguez Guerras
Fuente: Especial para http://www.hernanmontecinos.com ((18.06.13)

1.- La verdad y el interés

Se podría suponer que, en una sociedad, el error se acabaría por desterrar ya que la sociedad no desearía el mal a sus miembros. Pero eso sería suponer una sociedad ideal, es decir, con aspiraciones a alcanzar valores universales. Pero, en la sociedad, el más poderoso logra imponer su voluntad y a su voluntad la llama valor o, bien, ley pues la sociedad se ha construido sobre los intereses de los poderosos.

Toda consideración posee una forma. Al igual que el arte, el pensamiento evoluciona y las nuevas formas acaban por destronar a las antiguas que, según entendemos, son superiores. El uso de nuevos razonamientos tiene su fundamento en la evolución del pensamiento que va parejo a una necesidad de cambio. Quienes no poseen el poder le alcanzan justificando el valor superior de las nuevas formas generadas de entender la vida social. De esa manera, se manifiesta el cambio de pensamiento, es decir, el medio para lograr los cambios sociales ha sido el interés de los oponentes por alcanzar un poder y, en ese hecho, hay un tanto de justificación natural y demasiado de interés personal. Si solamente hubiera un valor superior en el nuevo pensamiento, los antiguos hombres poderosos le habrían adoptado inmediatamente.

2.- La verdad temporal

Las verdades admitidas poseen mayor fuerza que las rechazadas debido a uno de dos factores, bien a que son conformes con una nueva forma de pensar, o son conformes con las fuerzas efectivas, de forma que su existencia influye en el pensamiento general.

Aún así, aunque haya verdades temporales que sustituyen a las viejas, las instituciones son,
en cierto modo, inmunes a grandes cambios. Por ejemplo, la sociedad puede estar sujeta a la novedad pero no aceptaría ser cuestionada. Podremos cambiar la forma de hacer la sociedad, pero nunca dejar de hacerla.

Por comparación de posturas opuestas, una vez superado el tiempo en que sirvieron a un interés, se revelan los defectos de las posturas más antiguas y que nosotros afirmamos como más valiosas, pero valiosas como ideas, no cómo fenómenos, aspecto en el que las posiciones interesadas demuestran algunas ventajas.

Al dar valor en el mundo social a los acuerdos y las imposiciones se altera el sentido de las cosas y los ciudadanos, sometidos por ancestral costumbre a aceptar las normas sociales, y ahora porque saben que pueden influir en ellas para obtener alguna ventaja, deducen que existe un principio universal que las justifica. Las mismas partes que las establecen creen poseer un sentido del orden por el que sus intereses llegan a coincidir con la verdad. El mundo real acaba siendo un desconocido para el ciudadano y su fe en la evidencia del mundo social produce una inversión del proceso del conocimiento. En lugar de establecer el valor de las cosas según su esencia, el mundo social logra, a partir de normas, usos y costumbres, configurar un sentido para el mundo social que se confunde con el real, por lo que el sentido de las cosas queda alejado de la verdad, y la verdad, perdida. Con ésta interpretación, ninguna norma o convenio que se alcance puede nunca cuestionarse. Lo cuestionable sería el nuevo sentido que se introduce en las cosas pero ese juicio llevaría a cuestionar el valor de la sociedad, lo cual ningún ciudadano puede plantearse (la antigua fe ha sido superada y la siguiente deberá esperar su turno). De vez en cuando, aparece algún hombre que obra según la conducta natural pero es incomprendido y enterrado. Malo es que se sustituya el valor original por el valor de lo social pero imperdonable resulta que no se perciba esta alteración. Existen dos mundos y el mundo artificial se ha impuesto al mundo real que se ha ocultado pero no puede desaparecer. Esta sustitución es un hecho cierto e inmutable pero, como hecho, debe quedar reflejado.

3.- El adoctrinamiento televisivo

Las nuevas formas de presión, presentadas como la verdad recientemente descubierta, son evidentes en la vida cotidiana pero hace falta saber identificarlas. La forma más apropiada para analizarlas y, por ello, para presentarlas, es el arte, en este caso el cine, mejor dicho, la televisión. La serie americana CSI muestra, en distintos grados las ideas socializadoras.

Los episodios de Las Vegas se limitan a mostrar el mal contra la sociedad y a decirnos que el delito siempre es descubierto y el culpable condenado, por lo que no compensa ser delincuente.

El guión de los episodios de Miami es harina de otro costal. Aquí hay una censura no contra el delito sino contra el delincuente. La característica de estos episodios es la condena social de las conductas personales. La condena legal, como correspondería a una serie policíaca, se amplía a una condena moral pero aquí es dónde se riza el rizo y lo que se llega a despreciar es la autonomía del individuo, mostrada solo a través de actos ilegales, con lo se nos quiere convencer de la necesidad de exigir a los individuos que viven en una comunidad el cumplir con las normas de la comunidad pero, curiosamente, esas exigencias las establece la propia serie para cada caso. En definitiva, si la autonomía es la causa de ese delito, debemos negar toda autonomía al hombre.

Los episodios de Nueva York no llegan tan lejos como los de Miami, aunque van en la misma línea socializadora. Aquí lo que se presenta es la necesidad impuesta a los ciudadanos de recurrir a la justicia y a las fuerzas públicas para resolver los problemas. Entonces, se aplaude al ciudadano que reconoce el poder social, es decir, a quien renuncia a su autonomía.

Pero, es evidente, que los ciudadanos de hoy en día, estos hombres que van con los tiempos, nos imponen, como las series de televisión, su moral con su conducta y, con una especie de autoridad autoconcedia por su condición de representantes del nuevo pensamiento, nos obligan a limitar nuestra autonomía y lo hacen, no por amor al bien y odio al mal, sino por el placer de ejercer su poder, por su simple afán de dominio, para someter a los demás hombres. La nueva verdad es la disculpa para buscar su beneficio y ejercer su poder.

Tanto en Miami como en Nueva York existe una doble moral que se aplica de forma distinta a los ciudadanos de a pie y a los investigadores de la serie, es decir, a los hombres corrientes y a “ellos”. En Miami se descalifica moralmente al ciudadano que se queja de que la justicia no pueda condenar al culpable como diciendo, si la sociedad ha hecho todo lo posible, debe darse por satisfecho y no exigir imposibles. Pero el señor inspector, que representa los valores de su tiempo, se queda a solas con un delincuente sexual, al que la justicia no puede condenar, para ejercer su derecho al resarcimiento, ese mismo derecho que niega al hombre corriente. En Nueva York, el inspector, que detiene delincuentes, dice que no es quien para juzgar al subordinado que se ha tomado la justicia por su mano. Esa interpretación es una auténtica joya de la hipocresía, la función de un comisario no es juzgar, su labor es detener a quien comete un delito pero los hombres sociales con poder, o sea, “ellos”, confunden las obligaciones cuando no desean tenerlas claras

4.- La desnaturalización de la autonomía

En los tres casos, hay una especie de paternalismo de los superiores hacia los subordinados, pero lo que se intenta establecer no es una autoridad paternalista, pues los nuevos tiempos niegan la autoridad, lo que se busca es que el subordinado tenga satisfechos todos sus derechos, los reconocidos y los que él quiera reconocerse, para lo que conviene seleccionar un superior que carezca de autoridad real y cuyos actos sean de la complacencia de los subordinados. Esta nueva inversión de valores, la de la autoridad del subordinado sobre el superior, se disfraza de paternalismo y magnanimidad para que las decisiones no puedan presentarse como imposiciones externas.

Los tres episodios cuestionan el método científico para alcanzar la verdad. Le emplean para conocer la verdad pero le rechazan cuando su verdad no coincide con la oficial, la de “ellos”. Uno indica la necesidad de profundizar en la ciencia para no errar. Los otros dos cuestionan un método que no contempla ciertos aspectos de la naturaleza humana la cual solo “ellos” han descubierto por lo que pueden corregir los errores de la justicia gracias a su conocimiento superior. Vemos amor a la lógica, al poder social y la crítica de la conducta humana.

En estas series no se busca la verdad, se trata de desprestigiar la antigua corriente de pensamiento para justificar la nueva. De ella se resaltan las virtudes; pero se olvidan las verdades que defendía el pensamiento antiguo y esas verdades quedan pisoteadas por las nuevas. Siempre el interés se superpone a la verdad.

El fin los socializadores es justificar la valoración del hombre por la sociedad. Las instituciones pueden actuar con diferentes criterios que no pueden ser cuestionados dado que, por definición, la sociedad no puede juzgarse ella misma. En resumen, el hombre debe quedar sometido a la lógica, al poder o a la interpretación social sin que importe la verdad. Nada perjudicaría más a la existencia de la sociedad que reconocer la diferencia entre lo cierto y lo falso. Por ello, la verdad debe quedar oculta y sustituida por intereses bien justificados argumentalmente.

Tan peligrosas como estas series son The closer y Ley y orden. En ellas, el método para descubrir al delincuente es la astucia, con lo que la astucia queda justificada. Ahora, la razón no es empleada para la búsqueda de pruebas materiales, aquí, es empleada como un juego mental, gracias a la psicología, para descubrir el engaño del delincuente a gente de su confianza del que se sirvió para lograr sus fines pues el delincuente quebranta las leyes del estado y las de la amistad. Ninguna de ellas resulta muy edificante. Nada impide que, según su ejemplo, se emplee en adelante la astucia para perseguir intereses particulares. Estas dos series persiguen el delito y, al hacerlo sin recurrir a la violencia física, el método empleado puede parecer algo legítimo. Un análisis un poco más profundo hará notar que la misma astucia induce al delito. Como habrán entendido quienes no hayan quedado anulados por las corrientes de pensamiento moderno, la astucia, ese producto de la alabada razón, consiste en ocultar los verdaderos intereses que se persiguen, lo cual implica una absoluta falta de honradez por parte de la persona astuta, lo que, a la larga, conduce a la delincuencia, si es que no es el carácter delictivo de la persona lo que la ha conducido al empleo de la astucia, evitando, astutamente, el empleo de la violencia física que pudiera descalificar socialmente sus intereses. El método resulta poco edificante pero la supuesta ironía que emplean, que no es tal sino burla y desprecio, no merece otro calificativo que el de repugnante. Las series, en cambio, presentan esa “ironía” como muestra de la superioridad de su actuación por estar libre de violencia física, aunque, a pesar de tanta inteligencia, no comprenden que el desprecio es, en el mundo del análisis, lo que la violencia en el mundo material. Pero, si analizamos las series en su contexto cultural, encontraremos que lo que hacen es mostrar lo que ya se ha indicado, la forma en la que el pensamiento actual se manifiesta en fenómenos concretos.

En otras series, como NCIS y, no digamos, en House, se mantiene la autonomía humana que conocimos en obras de cine como las de Eastwood que, en sus últimos trabajos, ha decidido buscar el favor del público adoptando el pensamiento de las corrientes actuales.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: