La interpelación feminista

Por: Luna Follegati
Fuente: http://www.elciudadano.cl (26.03.13)

Una de las demandas más explícitas e históricas de los movimientos feministas tiene que ver con el acceso al espacio público y político. Desde el sufragismo hasta el feminismo radical, apelan por la igualdad de las mujeres, denunciando su exclusión explícita. El feminismo se ha articulado entonces, en relación a una serie de problemáticas que buscan subvertir la condición de opresión y subordinación de las mujeres, fomentando la conciencia pública y social en torno a situaciones como la violencia de género, el aborto, la feminización de la pobreza, las brechas políticas, la inequidad laboral, etc.

Hoy en día las mujeres en el mundo occidental, gozan de una presencia real en el espacio público. Cimentado por el ingreso al contexto laboral, el siglo XX se encargó de convertir la mano de obra femenina en un enclave propicio para el fortalecimiento del sistema económico: las mujeres somos igual de productivas. Por otra parte, su acceso a los puestos y partidos políticos evidenció que el orden democrático y capitalista no sufriría mayor desbarajuste. Más bien, reluciría de mejor manera la insignia igualitaria de un sistema que continuaba perpetuando inequidades, explotaciones y muertes. Ambos factores –el laboral y el político- fueron suficientes para que el orden hegemónico apelara a la clausura de la demanda feminista, siendo por cierto olvidada y relegada por los distintos sectores políticos y sociales.

En este sentido, preguntarse por la igualdad de las mujeres y su posición subordinada en el actual escenario, parecería una disyuntiva retórica, un alegato casi inconsistente. Sin embargo, las cifras de femicidios, índices de pobreza, cesantía y precarización laboral[1], dan la respuesta señalando la inequidad en relación a los hombres. Como quizás dirán muchos compañeros politizados, militantes y activistas de distintos movimientos, el feminismo actualmente se subsume dentro de una problemática mayor: el capitalismo y su aparataje político democrático. Y es cierto, anclar la lucha feminista en un escenario económico es real en la medida que apelamos de igual manera a relaciones sociales basadas en la reciprocidad, solidaridad e igualdad, desvinculadas del ámbito económico que hoy impregna en las sociedades neoliberales.

Entonces, ¿cuál es la vigencia del feminismo? Desde una perspectiva de izquierda, el feminismo no sólo debe ser parte de las retóricas académicas, institucionalizadas, sino también de la lucha diaria, militante y organizada. Los movimientos sociales que en el Chile democrático se inauguraron a partir del 2011, nos llaman a reivindicar esas otras formas de lucha. Me refiero a otras formas apelando al feminismo no como un espacio sectario, excluyente de participación, sino más bien a una forma de construcción social cuya mirada se basa en la denuncia y resistencia a las formas de poder discriminatorias que se sustentan en la diferencias: sexual, social y étnica, entre otras.

La vigencia del feminismo en la actualidad apunta a la democratización de los espacios políticos, sociales e institucionales. Denunciando el contexto cultural actual donde se naturaliza la diferencia sexual, como también al sistema patriarcal en tanto eje estructurante de las divisiones sexuales y sociales. Para las izquierdas, prolongar una lectura que minimice, excluya, infantilice o estereotipe al feminismo es continuar con un análisis que perpetúa las inequidades en todas sus esferas. Esto lo podemos reconocer en una serie de aspectos, que es necesario profundizar y levantar desde el feminismo:

La transformación de la sociedad desde un punto de vista libertario apela a la lucha por abolir todo tipo de dominación, reconociendo que los/as sujetos/as de estas luchas son los/as trabajadores/as y el movimiento popular en general. El feminismo desde tales esferas no será necesariamente un elemento subsidiario a la lucha de clases, sino que un genuino complemento al estar las mujeres –junto con otros grupos sexuales- en una condición de explotación, y al ser parte vital de la transformación social. El binarismo con que la izquierda ha leído el problema del género y la clase, habla también del machismo implícito en las organizaciones de izquierda: muchas veces se circunscribe el feminismo como una lucha secundaria, apostando a la ‘pelea mayor’. Reformular esta lectura mediante la autoformación, organización y activismo desde el feminismo no es sólo una tarea, sino que una urgencia para los movimientos sociales.

La masculinización de la política implica que se establezcan ciertos códigos, formas y vicios de hacer la política. Para el feminismo, no existe una forma de hacer política, sino que por el contrario, la forma históricamente de hacer política está basada en la estructura patriarcal que impera en las sociedades. Transformar dichos vicios implica reformular los espacios desde donde se toman las decisiones, apuntando a las camarillas políticas, egocentrismo y autoritarismo que domina en todo espacio organizativo que carezca de un proceso horizontal en la toma de decisiones. La lucha contra la masculinización de la política no significa necesariamente que las mujeres tomen la voz, sino también que su voz represente la exclusión, en la medida que ellas puedan, -en la práctica- resistir y subvertir las inequidades y exclusiones que se reproducen en los sistemas organizados.

El feminismo debe dejar de ser un movimiento sólo de mujeres. Si bien somos nosotras quiénes podemos vivenciar la condición subalterna en la que nos encontramos, el sistema patriarcal y el sistema sexo-género, enclaustran y restringen las posibilidades de los grupos de GLTTB[2], y los hombres. Estos últimos, -sobre todo en los ambientes de izquierda- continúan con el ‘deber ser’ que cimenta la masculinidad hegemónica. Este concepto, desarrollado por los estudios de género, apunta a un modelo de identidad que poseen los hombres en las sociedades occidentales. Su caracterización en como varones heterosexuales, sexualmente activos, desvinculados de las tareas del hogar y poco conectados con sus emociones, son rasgos que llevan no sólo a una clausura de su masculinidad, sino que también a la resaltar situaciones como la homofobia y la huída de todo rasgo reconocido como femenino. Es por ello que el feminismo en la actualidad debe no solamente incluir a compañeros en la luchas, sino que también fomentar el desarrollo de análisis en relación a la condición del ‘ser hombre’ en los espacios sociales actuales.

Un último aspecto que me interesa resaltar, tiene que ver con la necesidad de extraer hacia el mundo popular la lectura de la perspectiva de género afincada en el aparato institucional universitario. El desarrollo de los estudios de género en los últimos veinte años ha desplegado una importante cantidad de conocimiento vinculado a una enorme multiplicidad de áreas: salud, violencia, educación, queer, trabajo, filosofía, masculinidades, etc. Sin embargo, a la par de los procesos institucionalización de las demandas sociales, la perspectiva de género se ha ido cada vez alejando más de los sectores no académicos. Por ello, el feminismo como lucha real y contingente, debe saber utilizar los conocimientos y avances, propiciando una ‘bajada’ del conocimiento utilizando, de forma práctica, sus aportes. Cabe señalar que el género de por sí no representa la instrumentalización del feminismo, sino que más bien apunta a una lectura analítica de las construcciones político-sociales basadas en la diferencia sexual.

La vigencia del feminismo, hoy día, es la vigencia del movimiento social en general. Es la apertura para la inclusión de más personas en una lucha revolucionaria cuyo objetivo sea la transformación de la sociedad en todos sus planos. La vigencia de los feminismos es hoy, más que nunca, una prioridad y urgencia revolucionaria.

[1] Ver Encuesta Casen 2009, donde se despliegan una serie de cifras al respecto.

[2] Gays, Lesbianas, Travestis, Transexuales y Bisexuales.

Por Luna Follegati

Magister en Comunicación Política de la Universidad de Chile

Publicado en Perspectiva Diagonal

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