Realities, mercantilización y racismo

Por: Pablo Torche (Escritor y consultor en políticas educacionales)
Fuente: http://www.elmostrador.cl (09.08.12)

La gran demanda por acceso en una sociedad segregada y clasista ha tenido también efectos en la televisión chilena de la última década. Así, hemos pasado de una pantalla dominada por estelares seudoelegantes e hipócritamente conservadores, y teleseries ambientadas casi exclusivamente en grandes casas de Las Condes, a un mundo un poco más diverso, donde la clase media y baja tienen al menos alguna probabilidad de aparecer. Hasta antes de esto, y salvo muy escasas excepciones (por ejemplo los programas de Carlos Pinto), realmente parecía que Chile fuera una mala parodia de Mónaco o de Beverly Hills.

El ingreso de los sectores medios (digamos, de “gente normal”) a la televisión se ha producido a través de programas de talentos, concursos de belleza, y, sobre todo, realities y docurealities. No en todos estos géneros el acceso ha sido equitativo, y menos gratuito. Los programas de talentos son quizás el efecto más destacable, donde de verdad se trata de dar curso a un principio de meritocracia para darle la oportunidad a cualquier persona de llegar a la tele y jugársela por cumplir un sueño. Hay un poco de abuso y de sobreinstrumentalización —todo hay que decirlo—, pero tampoco nos vamos a poner puristas.

Los realities son algo distinto. Aquí no hay nada de talento involucrado (es más bien lo contrario), todo es simplemente exposición e instrumentalización de la vida privada y la intimidad. Esta es la gran transacción y el gran negocio de los realities: acceso a la pantalla, a cambio de utilización y comercio de la identidad.

En este contexto, no es raro que los panelistas de estos programas no hayan tenido nada que decir respecto del flagrante caso de racismo suscitado en el programa “Intrusos”, a propósito del reality “Amazonas” de Chilevisión, que está a punto de generar una fricción internacional con Perú, en la fase previa al fallo de La Haya. Simplemente no les parece ningún problema, ni siquiera en el sentido de que “no es para tanto”, sino de que no ven el conflicto, no entienden por qué alguien se puede enojar por hacer escarnio de su etnia, humillarlo y burlarse de él, si a cambio de eso le están pagando. “Pero si ese es el trato” parecen pensar los comentaristas de la farándula nacional, “nosotros te pagamos, y por eso tenemos derecho a utilizar tu vida, tu identidad, y tu etnia para lo que queramos”.

Los analistas de televisión, y desde luego los ejecutivos, aducen siempre que es un género que permite conectarse con la vida real y conocer dramas y conflictos de gente común y corriente, como si se tratara poco menos que de programas educativos. Pocos dicen que además son extraordinariamente rentables, ya que los realities son programas de factura comparativamente muy barata, y de gran audiencia. Es obvio que esta es la verdadera razón de su larga permanencia en las pantallas, los réditos económicos que dejan, o, para usar una palabra más de moda, el “lucro”, tanto para los participantes como para los mismos canales. Para los involucrados, aquí hay un solo papel que importa, y es uno que tiene un signo peso y un sello de agua.

En cierta forma, los realities que inundan la pantalla local son una metáfora muy precisa del modelo chileno. La promesa de ingresar y disfrutar los beneficios siempre esquivos de un sistema, pero a cambio de transar y comercializar todo, incluso la propia identidad. La mercantilización no ya de la salud, o de la educación, sino de la propia forma de ser, y las conductas personales, de preferencia privadas, ojalá sentimentales y, en el mejor de los casos, incluso sexuales, para alimentar el morbo y la siempre fracturada conversación nacional.

La farándula es obviamente otra expresión del mismo fenómeno. La obtención de fama (aunque sea mala) y dinero (este nunca es malo) a cambio de transformar la vida privada en una teleserie, mientras más decadente, más rentable. Hace mucho tiempo ya que se ha alcanzado un límite grotesco en este verdadero “género” televisivo: parejas que terminan por televisión, lucran con su ruptura, ventilan las infidelidades, enrostran a él o la amante de su pareja, aburren con sus interminables escenas de sexo casual —como si fuera algo rebelde, o trasgresor—, lloran y sufren en cámara, para luego conmutarlo todo convenientemente por un suculento cheque, y a nadie parece importarle. ¿Sufren? ¿Piensan? Y, aunque suene pasado de moda, ¿aman? Difícil de decir.

En Chile ya pocas veces reparamos en esto. Estamos tan acostumbrados a mercantilizarlo todo, a transformarlo todo en un bien transable, un buen negocio, que no sólo no nos resulta extraño que algunas personas expongan su vida privada a cambio de dinero, sino que por el contrario, a muchos les parece hasta valorable, o “choro”, es como una nueva “ética” nacional, una ética “La Polar”, la llamaría yo: nada importa, ni los demás ni yo mismo, simplemente ganar más dinero, vivir en un mejor barrio y usufructuar más de este sistema.

Así lo han expresado, en innumerables ocasiones, los mismos panelistas de los programas de farándula, cada vez que alguien osa cuestionar el tema: “Puede que a usted le parezca ridículo lo que yo hago, señor X” (no sé por qué se tratan siempre de usted), “pero a cambio de eso me ha ido bastante bien en la vida, y he ganado mucho dinero”. Ese argumento lo he escuchado muchas veces y cada vez que alguien lo esgrime, el otro guarda un respetuoso silencio, como si fuera una razón inexpugnable.

En este contexto, no es raro que los panelistas de estos programas no hayan tenido nada que decir respecto del flagrante caso de racismo suscitado en el programa “Intrusos”, a propósito del reality “Amazonas” de Chilevisión, que está a punto de generar una fricción internacional con Perú, en la fase previa al fallo de La Haya. Simplemente no les parece ningún problema, ni siquiera en el sentido de que “no es para tanto”, sino de que no ven el conflicto, no entienden por qué alguien se puede enojar por hacer escarnio de su etnia, humillarlo y burlarse de él, si a cambio de eso le están pagando. “Pero si ese es el trato” parecen pensar los comentaristas de la farándula nacional, “nosotros te pagamos, y por eso tenemos derecho a utilizar tu vida, tu identidad, y tu etnia para lo que queramos”.

El día martes en la tarde el programa Alfombra Roja abordó “a fondo” esta polémica. En los 20 minutos que vi (simplemente no tuve estómago para más), no escuché un solo comentario, no voy a decir inteligente, pero al menos razonable. Era algo que daba vértigo, realmente no sé si habría algún ejecutivo de Canal 13 viéndolo, espero que no la verdad. Uno de los panelistas decía algo del tipo “pero cuál es el problema, si al indio le están pagando”, otra argumentó en la línea de “pero es obvio que si hay alguien vestido con ese traje y plumas la gente se va a reír”, otro lo comparó con los mapuches, derivó hacia una argumento de peligrosas resonancias racistas y finalmente prefirió quedarse callado. Curiosamente, y a diferencia de lo que sucede siempre en este tipo de programas, ellos mismos se quedaban callados a mitad de camino, como si se dieran cuenta que estaban metiendo la pata, o a punto de hacerlo. Me recordaron a Ruby Robacorazones, la famosa chica menor de edad involucrada en las “fiestas” de Berlusconi, recitando a trastabillones un discurso obviamente aprendido de memoria para exculpar al Premier Italiano. Hacía pausas o se detenía a mitad de camino, miraba al cielo con ojos vacuos y luego recordaba como proseguir su parlamento, algo que era obviamente una mentira. Era tan patético el espectáculo, que los periodistas ni siquiera se atrevían a confrontarla, nadie le decía nada.

Algo parecido pasa en Chile. Nadie dice nada, y seguimos topando fondo. Mientras tanto, el mercado impone su ritmo y su reparto: a algunos les toca más —los que están dispuestos a venderlo todo—, otros se quedan fuera y los excluyen, pero al menos tienen material de conversación para divertirse por un rato. Mala encrucijada. Hay una forma de salir de ella, pero para eso hay que atreverse a enfrentarla.

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