La libertad y la igualdad no existen

Por: Roberto Meza (Periodista. Magíster en Comunicaciones y Educación PUC-Universidad Autónoma de Barcelona.)

Fuente: http://www.elmostrador.cl (10.04.12)

La interesante polémica entre los columnistas Marinovic y Poduje, sobre la colisión entre libertad e igualdad, pone en la mesa de las discusiones públicas actuales un tema de gran relevancia, dada la importancia que tienen las reformas sociales y económicas que el Gobierno está impulsando. En efecto, ambos parecen coincidir en que la libertad es un “valor” principal: por un lado, la primera la defiende afirmando que la “desigualdad” no sería un problema, sino apenas un dato y que no vale la pena abocarse a resolverla, puesto que es resultado de una libertad que, por lo demás, explica nuestro desarrollo; el segundo, aunque también la valida, advierte que el ejercicio de la libertad exige de ciertas condiciones mínimas de igualdad para hacerla realmente posible a todos quienes conforman nuestra sociedad.
No obstante, para precisar este espacio de discusión es necesario previamente señalar que tanto “libertad” como “igualdad” no forman parte del ámbito de lo que “es”, es decir, no existen por sí mismas, como entidades ajenas al sujeto, sino como conceptos abstractos surgidos histórica y culturalmente, por lo que habrá que coincidir en que su uso está referido al área de los “valores”.
Siendo “valores”, dichos términos no representan algo que “sea”, que exista independiente del hombre, sino que, cuando hablamos de aquellos, describimos situaciones respecto de las cuales son las personas las que hacen sus “juicios de valor”, porque no hay algo así como la “libertad” o “igualdad” per se, que pueda medirse y tratarse como una cosa que está en el campo de lo “objetivo”. De allí que decimos que estos conceptos son abstracciones culturales —temporales, espaciales, históricas o contextuales— de cada cual.
Así las cosas, libertad e igualdad son “generalizaciones” conceptuales, de un contenido impreciso, cuyo significado queda al arbitrio de los contextos sociales y de aprendizaje de cada usuario, de acuerdo a su “habla”, la que, a su turno, está determinada por condiciones históricas, sociales, políticas y económicas en la que el hablante aprendió sus usos y aplicaciones.
Relativizadas así ambas palabras, no obstante su inexistencia en el campo de lo que “es”, tienen, empero, su categorización en el ámbito de lo que “vale”, es decir, nos permiten apreciar “situaciones que son”. Por ejemplo, un niño puede declarar que algo es “desigual” cuando su padre le regala a su hermano un camión más grande y colorido que el que el mismo recibió, u otro afirmar que no es “libre”, luego que su madre le impide salir a jugar en las horas en que debe hacer sus tareas. En ambos casos se describen —con mayor o menor precisión filosófica— ciertos actos en que esas palabras son utilizadas para “valorar”, hacer “juicio de valor”, sobre determinadas experiencias que se relatan según la apreciación que de ella hacen sus actores.
Así las cosas, libertad e igualdad son “generalizaciones” conceptuales, de un contenido impreciso, cuyo significado queda al arbitrio de los contextos sociales y de aprendizaje de cada usuario, de acuerdo a su “habla”, la que, a su turno, está determinada por condiciones históricas, sociales, políticas y económicas en la que el hablante aprendió sus usos y aplicaciones.
De allí que, en el caso de los contendientes citados, aunque sus líneas argumentales muestran consistencia lógica y coherencia interna, curiosamente divergen en sus conclusiones, hecho que se explica tanto porque se habla de conceptos vagos, como porque los axiomas o principios ontológicos sobre los que ambos sostienen —sin declararlos expresamente— sus posturas, tienen una valoración y/o jerarquización distinta.
Más allá de las consecuencias lógicas a las que obliga la fidelidad a los principios sobre los que basan sus raciocinios, si la libertad es considerada un valor sustantivo y primero para alcanzar una mejor sociedad, para que esta sea viable y considerando el hecho que la libertad genera desigualdades, como dice Marinovic, no debiera olvidarse que los principios sobre los que se construye cualquier visión del mundo están imbricados, además, con una particular concepción de orden social que siempre tiende a “valorar” unos bienes espirituales por sobre otros, en una prelación que le da a dicha sociedad su particular modo de vida.
Siendo pues, el orden instalado el que otorga la apreciación de unos principios por sobre otros; y sus contrapoderes, quienes los reinterpretan y enfrentan en el “mercado de las ideas”, la discusión final es política y depende, en definitiva, de la voluntad de los actores de poder y de contrapoder, que son quienes van definiendo el escenario ético sobre el que actúa la sociedad. Es decir, la prelación de valores es impuesta —con mayor o menor éxito— por una estructura de poder político en un largo proceso cultural que va desde el habla individual al lenguaje social, desde el lenguaje general al habla personal, conformando nuestras percepciones del entorno mediante la “representación” de realidad que vamos construyendo con las palabras y que tantas veces confundimos con la realidad misma.
Por consiguiente, si nuestras definiciones de igualdad y/o libertad surgen de un orden previo, fáctico, del que dependen nuestras valoraciones de la realidad, sea que asumimos las tesis de los poderes o de los contrapoderes, se sigue que lo que pensamos a través del lenguaje para mejor operar sus efectos en la sociedad corresponde al “orden de la polis” y, allí, las decisiones no obedecen a una mayor o menor lógica argumental y ni siquiera a las definiciones de los conceptos que describen esos valores sociales, sino que al conjunto de reacciones “reales” (indignación, aceptación, rechazo, etc.) que las personas tendrán frente a la libertad o la igualdad —o su ausencia— y a las percepciones que cada cual tiene de su propio ejercicio.
En tal caso, la desigualdad ya no es un problema inexistente —aunque efectivamente lo sea en el ámbito “de lo que es” o simplemente un “dato” como dice Marinovic, puesto que la “desigualdad” es un valor que “vale” en la subjetividad de cada cual— por lo que políticamente es mejor, como señala Poduje, atender las insuficiencias, emparejar la cancha y escuchar las quejas “reales” de quienes las aprecian, dado que no hacer nada contra la desigualdad o inequidad —como quiere Marinovic— podría implicar que quienes la “sufren”, terminen por degradar la libertad, transformando su lucha por una igualdad nunca bien precisada, en el valor sustantivo, arrastrando al conjunto de los chilenos hacia un modelo social en el que la libertad sea avasallada.

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