Teologia: de ciencia a creencia

Por: Mikel Arizaleta
Fuente: http://www.kaosenlared.net (17.03.12)

La teología que postula la Iglesia oficial carece de estatuto académico, no es ciencia, se convierte en creencia, en orden, en obediencia, en resultado prefijado, en gato por liebre

La ciencia verdadera se corrige a sí misma permanentemente. El saber se basa en lo fundamentado racionalmente; la creencia se envuelve en irracionalidad. El Vaticano advierte a los teólogos no para que sean serios y consecuentes en su trabajo sino a que se sometan a los obispos. El pastor de Palencia, Esteban Escudero, descalifica al teólogo Juan José Tamayo .

La concepción de la Biblia como palabra de Dios y la idea de la virginidad de la primera Iglesia ha sido hasta el siglo XVII punto de partida del dogma cristiano. Esto cambió cuando la revolución causada por la visión científica del mundo y la llegada del método crítico-histórico propiciaron una gran ruptura. El método crítico histórico despojo a la Biblia de su divinidad y al primigenio cristianismo de su inocencia. Condujo a una nueva visión también de aquel mundo en el que surgió el primigenio cristianismo. Todo se convirtió en un caos. Se refutaron los datos de los autores de la mayor parte de los escritos bíblicos; re reconoció que la Biblia era un colección de escritos del sector cristiano vencedor del siglo II y que el retrato y la imagen de la primitiva Iglesia, como mujer pura, tan sólo era un deseo piadoso de una agrupación cristiana que trasladó y colocó en origen, en los inicios del cristianismo, su propia visión sobre la doctrina verdadera y falsa.

La investigación histórico-crítica de los textos “sagrados” provocó una crisis, que sigue acompañando hasta nuestros días a los intérpretes de la Biblia: los teólogos son anatematizados por creyentes ignorantes y báculos de ordeno y mando. Lo que para el reformador Martín Lutero era el sentido literal de las escrituras, todavía aún con su contenido histórico, con la aplicación del método histórico-crítico se vino abajo. Se vio la gran brecha entre historia y anuncio. Y el historiador moderno de la Biblia sabe que conoce muchas cosas mejor que los autores de las fuentes que analiza. Y esto no sólo vale para las cuestiones referentes a la visión antigua del mundo sino también para los numerosos puntos que afectan al meollo de la fe. Por ejemplo, con seguridad María quedó preñada de un hombre. El nacimiento virginal se reconoce como una interpretación, así no pocos hombres importantes de la antigüedad como por ejemplo Cesar Augusto o Alejandro Magno debieron ser también paridos por virgen. Las fuentes más primigenias del primitivo cristianismo, las cartas de Pablo y el Evangelio de Marcos, nada saben del nacimiento de virgen.

Los cristianos primigenios creían que Jesús de Nazaret era el Mesías (“Cristo”) enviado por Dios, en el que se lleva a cabo la salvación o la condena. Para ello aluden a la Sagradas Escrituras del denominado Antiguo Testamento. Teólogos entendidos derivaron del Antiguo Testamento toda la actuación de Jesús y “demostraron” las particularidades de su vida –nacimiento de virgen, padecimiento, muerte, resurrección, así los acontecimientos esperados en el futuro: venida de Jesús sobre las nubes del cielo, juicio, vida eterna…- por la Escritura. Obispos católicos, desde el siglo II, confeccionaron el Nuevo Testamento con escritos del cristianismo primigenio. La historia de Israel, contada en el Antiguo Testamento, no hay que confundirla con el desarrollo histórico, y del mismo modo en el Nuevo Testamento no está expuesta de manera fiel la historia primigenia de la Iglesia

Las facultades de teología provienen de la Universidad del medioevo. Su existencia en Universidades o Escuelas superiores actuales se basa en contratos entre la Iglesia y el Estado. Es verdad que la teología evangélica, sobre todo la alemana de los siglos XIX y XX, puede mostrar un gran balance positivo, es componente importante de la historia intelectual europea. Su marcha triunfal por las universidades de los últimos siglos es impresionante. Pero nada extraño que la teología, que se desarrolla en las facultades bajo el control de epíscopos y jerarcas eclesiales, haya perdido el papel destacado que gozó en tiempos, cuando poseyó cierta libertad en la investigación. La teología que postula la Iglesia oficial carece de estatuto académico, no es ciencia, se convierte en creencia, en orden, en obediencia, en resultado prefijado, en gato por liebre. Esa forma de hacer teología parte de condicionamientos a los que sólo los creyentes pueden estar obligados, por ejemplo que la religión cristiana emana “de la automanifestación de Dios en Jesucristo” o que la Biblia es “la palabra del Dios trino en la que él se da a conocer”.

Los profesores de teología se abaten y mueven entre la cátedra y el púlpito. No se puede ser profesor y apologeta del dogma y de la doctrina oficial al mismo tiempo, es imposible someterse a las leyes de la ciencia y sostener dogmas o partir de textos intangibles revelados desde lo alto, pregonando obediencia al papa o al obispo. Eso es catecismo y panfleto, no ciencia. Si quiere conservar el status de ciencia debe liberarse de la sacralidad de determinados escritos puesto que para la exégesis científica no hay distinciones ni diferencias entre escritos sagrados y profanos; debe liberarse de la exigencia de hacer distinciones entre ortodoxia y herejía, traspasando límites que van más allá y escapan al examen de las reclamaciones históricas.

El método histórico rehúsa una respuesta a la cuestión religiosa de la verdad y sólo puede registrar distintas exigencias de verdad y compararlas entre sí, siendo crítico ideológicamente. Sus condicionamientos tienen que seguir siendo revisables y que se mantengan en pie sólo por su acción clarificadora y explicativa y no por la voluntad autoritaria de la Iglesia. La clarificación e ilustración no admite la cadena del dogma. Avanza como corriente impetuosa, derribando cualquier esclusa y dique impuestos por credos

Tras años de dura e intensa investigación, narra el gran exegeta Gerd Lüdemann, profesor en la Universidad de Gotinga, me atreví en marzo de 1998 por primera vez a describir el conflicto que me agobiaba desde que comencé mi estudio de teología y confesé públicamente mi ateísmo. Aludiendo a los resultados conocidos por la investigación histórica –la mayoría de las palabras de Jesús contenidas en el Nuevo Testamento son falsas, la cena pascual no fue instituida por Jesús, la resurrección se basa en una visión de los discípulos- escribí: Hay muchas razones sin duda para ser cristiano pero no hay ninguna razón de peso y convincente; nadie, a la vista de la inconsistencia histórica de las afirmaciones centrales de la Biblia puede ser todavía cristiano, yo ya no soy.

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