Sexo contra Sexo o Clase contra Clase

Por: Evelyn Reed
Fuente: PSOCA Editorial®, Centroamérica, (04.03,12) Primera edición

Presentación

La festividad del 8 de Marzo comenzó como día internacional de lucha de la mujer trabajadora, pero en el transcurso del tiempo fue institucionalizado por la burguesía y el imperialismo, como el “Día de la Mujer”.
Las luchas de las mujeres trabajadoras permitieron obtener importantes conquistas democráticas durante el siglo XX, que comienzan a ser revertidas por la crisis del sistema capitalista.
En la actualidad el feminismo ha sido intoxicado con las políticas de género y de feminismo burgués y pequeño burgués que promueven el Banco Mundial y demás organismos financieros internacionales, que no están interesados en la lucha por la emancipación de la mujer, sino por aumentar la productividad y reducir las tasas de natalidad en todo el mundo.
La liberación de las mujeres no será producto de la lucha contra los hombres, sino de la lucha conjunta de hombres y mujeres contra el sistema capitalista que explota a ambos, pero que sume en una doble explotación a la mujer trabajadora.
El Machismo es un producto directo del sistema explotador, envilece a los hombres y perjudica directamente a las mujeres, pero el combate contra el Machismo y por la verdadera emancipación de las mujeres, debe ser un combate, no de sexos entre si sino de todos contra el sistema, que lo crea y recrea constantemente.
Por ello, como homenaje a la mujer trabajadora, y para rescatar el verdadero significado del 8 de marzo, como día de lucha internacional de la mujer trabajadora, el Partido Socialista Centroamericano (PSOCA) publica este texto olvidado, escrito por la feminista marxista norteamericana, Evelyn Reed (1905-1979).
Esperamos que la lectura y estudio de este Cuaderno, ayude a los colectivos feministas y organizaciones que luchan por los derechos de las mujeres, a encontrar el análisis marxista sobre la opresión de la mujer, que fue enterrado por la ofensiva ideológica de los explotadores.
La reunificación socialista de Centroamérica será posible si logramos que las mujeres se incorporen a la lucha revolucionaria.

Centroamérica, 4 de marzo del 2012
Julia Barrientos Marroquín

PREFACIO DE LA AUTORA

Después de años de letargo y de sumisión a un statu quo, un número cada vez mayor de mujeres americanas levanta cabeza para unirse a los negros rebeldes y a los estudiantes radicales en su lucha contra el sistema capitalista. Esta vanguardia de mujeres militantes reclama el fi n del estado de inferioridad al cual ha quedado relegado nuestro sexo, y somete las instituciones y los valores de la sociedad actual a una dura crítica. Sus reivindicaciones van desde la abolición de las discriminaciones practicadas contra el sexo femenino en el campo laboral, hasta la revisión de las leyes reaccionarias sobre el aborto, sostenidas por la Iglesia y el Estado.
Los grupos de liberación de la mujer, surgidos en torno a esta lucha por la igualdad, debaten seriamente los diferentes problemas teóricos y prácticos que surgen. Exactamente igual que lo hacen los afro-americanos cuando intentan comprender por qué fueron relegados a un estado de esclavitud y cómo les será posible liberarse rápidamente, del mismo modo estas mujeres recientemente concienciadas quieren saber cómo y por qué han estado subyugadas por las leyes machis-tas y qué puede hacerse para remediarlo.
Sin embargo, cuando buscan una explicación, descubren con sorpresa que hay poquísima información disponible sobre este tema. Existen muchos estudios que tratan del desarrollo del género humano en su conjunto, desde los tiempos más antiguos hasta nuestros días. Pero ¿dónde encontrará, si quiere llegar más allá en sus indagaciones, un sumario fiable dedicado a la evolución de la mujer, que pueda servirle para arrojar alguna luz sobre ciertas cuestiones desconcertantes que se refi eren a su situación social cambiante a través de los tiempos?
La escasez de datos sobre un tema que es del máximo interés para la mitad del género humano, no debe sorprendernos. La historia ha sido escrita hasta nuestros propios días desde el punto de vista de las clases dominantes y del sexo dominante.
Así ha podido suceder que todavía esté por escribir una relación completa de las contribuciones que ha realizado la mujer al progreso social.
La documentación auténtica de todo lo que ella ha realizado hasta ahora ha sido escamoteada, limitada, subvalorada; del mismo modo y por las mismas razones que las luchas y las victorias de la población trabajadora y de las minorías oprimidas.
Todos los oprimidos, incluidas las mujeres, necesitan ahora urgentemente escribir y reescribir su propia historia, para sacarla a la luz y corregir las falsificaciones. Al mismo tiempo, esta tarea debe ser realizada en medio del calor de la lucha por su emancipación y como instrumento para la misma.
Un estudio amplio de la historia de la parte femenina del género humano, tendrá que iniciarse necesariamente en los mismos orígenes de la sociedad. El período más antiguo, el del estado salvaje, es, o debería ser, un campo muy específico de la antropología. Como ciencia dedicada al estudio de la prehistoria o de la pre civilización, la antropología tiene una enorme importancia para la “cuestión de la mujer”, y esto es lo que intento exponer aquí. Sus descubrimientos, interpretados y comprendidos en su justo valor, pueden servir para destruir muchos de los mitos que todavía prevalecen y prejuicios que existen sobre la mujer, y pueden convertirse en una valiosa ayuda para el movimiento de su liberación.
Por ejemplo, las mujeres de la sociedad pre civilizada eran tanto económicamente independientes como sexualmente libres. No dependían de unos maridos, padres o patronos para conseguir su subsistencia, y no eran humildes ni se mostraban agradecidas por cualquier migaja que se les cediera. En la sociedad comunitaria trabajaban junto con otras mujeres y otros hombres en beneficio de toda la comunidad, y dividían los resultados de su labor sobre una base igualitaria. Según las costumbres, decidían ellas mismas autónomamente acerca de su comportamiento sexual. No eran objetos que se pudieran poseer, oprimir, manipular y explotar. Como productoras y procreadoras eran la cabeza reconocida de una sociedad matriarcal, y eran tenidas en el más alto honor y respeto por los hombres.
Sin embargo, cuando estos hechos fueron descubiertos por primera vez por los antropólogos del siglo pasado, estas versiones de las formas primitivas de organización social ofendieron y alarmaron a los guardianes del statu quo, exactamente como sucede todavía en nuestros días. Sus objeciones han tenido efectos negativos sobre el desarrollo sucesivo de la ciencia de la antropología, y han servido incluso para impedir y retardar la elaboración de una historia de la mujer que fuese auténtica y completa.
Existen razones políticas para esta obstinada resistencia. El descubrimiento de que las mujeres no siempre han sido consideradas como el “segundo sexo”, relegadas a un estado de inferioridad, sino que por el contrario, han disfrutado en su día de una inmensa capacidad creativa, social y cultural, contenía implicaciones peligrosamente “subversivas”: amenazaba con minar la supremacía del hombre tanto como el dominio capitalista. Porque si resultaba verdad que el sexo femenino había tenido una participación fundamental en la construcción de la sociedad comunitaria primitiva ¿por qué no iba a poder hacer lo mismo en la reconstrucción de las relaciones sociales, a un nivel histórico más elevado?
Una vez que las mujeres actuales, frustradas y rebeldes, hubieran comprendido lo que habían podido realizar sus antecesoras en su tiempo y cuál había sido la posición infl uyente que poseían, difícilmente se contentarían con permanecer en su actual estado de inferioridad. Las adeptas de los movimientos de liberación de la mujer no solamente se sentirían reforzadas, sino mucho mejor equipadas en su lucha por la abolición de la sociedad capitalista que las humilla, y por la construcción de una nueva sociedad, una sociedad mejor, en la cual todos los seres humanos y ambos sexos serían libres.
Los escritos de los fundadores del socialismo científico, Marx y Engels, y de sus discípulos, apuntaban en esta dirección. Ellos creían que la opresión y la degradación a que están sometidas actualmente las mujeres, no pueden ser consideradas aparte de la explotación de las masas trabajadoras por los propietarios capitalistas. Por lo tanto, las mujeres podrían asegurarse un pleno control sobre sus vidas y conformar su propio destino únicamente como fuerza integrante de la revolución socialista mundial.
Este libro desea constituir una pequeña contribución a la tremenda labor que espera a la mujer en nuestra época revolucionaria. Al conformar nuestro presente y nuestro futuro, tendremos que reconstruir también nuestro pasado, por difícil que ello pudiera resultar. Conforme se extienda el actual proceso de concienciación, no me cabe duda alguna que un número cada vez más amplio de mujeres revisará críticamente la larga marcha del género humano, realizará nuevos descubrimientos y divulgará todo aquello que ya se ha llegado a conocer acerca de la verdadera historia de nuestro sexo.

NOTA DE LA AUTORA A LA QUINTA EDICIÓN NORTEAMERICANA

Cuando el día 26 de Agosto de 1970 decenas de millares de mujeres ocuparon las calles de todas las ciudades americanas para conmemorar el 50 Aniversario de su conquista del voto, habíamos entrado en una nueva fase de la lucha por nuestra liberación; y en el transcurso de un año, ésta ha adquirido dimensiones nacionales y carácter de masa. Nadie que haya podido participar en la grandiosa manifestación que tuvo lugar en el centro de Manhattan, cuando 35.000 mujeres bloquearon la Quinta Avenida y marcharon orgullosamente hasta el gran centro de reunión de Bryant Park, podría dudar de nuestro poder y nuestra unidad. Esta convicción fué expresada mediante un altavoz por Kate Millet, que mirando la vasta asamblea exclamó: “¡Realmente, ahora somos un movimiento!”.
En la marcha y el encuentro de Nueva York había mujeres de todas las edades y de toda la escala social. Participaron en aquella marcha no solamente mujeres negras y puertorriqueñas, obreras y estudiantes, sino también numerosos hombres simpatizantes. Somos una masa significativa e imponente que no puede ser ignorada, ridiculizada o despreciada por más tiempo, como si no tuviese importancia. Hemos afirmado en forma clara e inequívoca nuestra determinación de introducir cambios fundamentales en la situación que ocupa la mujer en la actual sociedad americana.
Nuestro programa, ampliamente aceptado, se estructura en torno a las tres consignas principales de la lucha de la mujer por la igualdad, y que son: 1) guarderías gratuitas abiertas durante 24 horas, bajo control comunitario; 2) aborto libre; 3) oportunidades iguales de trabajo y de educación.
Estas reivindicaciones son elementos para el progreso, pero también son algo más: en el transcurso del año pasado, ha surgido una verdadera marea de literatura que ha sido puesta en circulación para satisfacer la demanda de clarificación y de información sobre este movimiento.
Podemos presumir que esta labor no disminuirá, sino que se verá incrementada y abarcará nuevos aspectos, ya que la lucha por la liberación implica cuestiones varias y complejas, desde la reconstrucción de nuestra historia “escamoteada” hasta la valoración de la naturaleza de la vida contemporánea y la transformación de las relaciones humanas.
Este libro intenta aclarar algunos de los problemas teóricos fundamentales que han sido debatidos por el movimiento. Es natural que existan divergencias e incluso confl ictos de opinión en el ámbito de un movimiento tan joven y tan fl uido, que acoge a mujeres procedentes de los ambientes más dispares y por lo tanto con puntos de vista muy diversos. Tendrá que transcurrir algún tiempo antes de que el movimiento en su conjunto, y su vanguardia en particular, sepan defi nir exactamente sus posiciones y elaborar una estrategia unitaria para llevar adelante la lucha con la mayor eficacia.
Esta quinta edición ampliada contiene dos apartados nuevos. El primero se titula: “Mujeres: ¿casta, clase o sexo oprimido?” y fue presentado en un seminario sobre “Las causas de la opresión de la mujer”, que sostuvo la Sexta Conferencia de Intelectuales Socialistas, celebrada en Nueva York del 13 al 14 de Junio de 1970, y que fue publicado después en septiembre de 1970 en “International Socialist Review”; el otro, titulado “Cómo perdió la mujer su autonomía y cómo podrá reconquistarla”, fue presentado durante una serie de conferencias realizadas de una costa a otra del país, por más de treinta escuelas y universidades, en primavera y otoño de 1970.
Ambos son contribuciones marxistas para la clarificación de determinados problemas muy urgentes que el movimiento de mujeres está intentando resolver. Las respuestas que ofrecemos no pretenden ser definitivas o dogmáticas, si nó que representan una parte del diálogo y de los intentos de investigación que se han realizado en este sector complejo y controvertido.

Septiembre 1970
Evelyn Reed

LA MUJER: ¿CASTA, CLASE O SEXO OPRIMIDO?

En la actualidad, el movimiento de liberación de la mujer está a un nivel ideológico superior al del movimiento feminista en el siglo pasado.
Casi todas las corrientes comparten el análisis marxista del capitalismo y se adhieren a la clásica explicación de Engels sobre el origen de la opresión de la mujer, basada en la familia, la propiedad privada y el Estado.
Pero aún perduran notables equívocos e interpretaciones erróneas de la posición marxista, que han conducido a algunas mujeres, que se consideran radicales o socialistas, a desviaciones y a una desorientación teórica. Influenciadas por el mito de que las mujeres han estado siempre condicionadas por sus funciones reproductoras, tienden a concluir que las raíces de la opresión femenina son, al menos en parte, debidas a diferencias sexuales biológicas. En realidad, las causas son exclusivamente históricas y sociales.
Algunas de estas teorías sostienen que la mujer constituye una clase especial o una casta. Estas defi niciones no sólo son ajenas al marxismo, sino que llevan a la falsa conclusión de que no es el sistema capitalista, sino el hombre, el principal enemigo de la mujer. Propongo poner a discusión esta tesis.
Las aportaciones del marxismo en este campo, fundamentales para explicar la génesis de la degradación de la mujer, pueden resumirse así: Ante todo, las mujeres no han sido siempre el sexo oprimido o “segundo sexo”. La antropología o los estudios de la prehistoria nos dicen todo lo contrario. En la época del colectivismo tribal las mujeres estuvieron a la par con el hombre y estaban reconocidas por el hombre como tales En segundo lugar, la degradación de las mujeres coincide con la destrucción del clan comunitario matriarcal y su sustitución por la sociedad clasista y sus instituciones: la familia patriarcal, la propiedad privada y el Estado.
Los factores clave que llevaron al derrocamiento de la posición social de la mujer tuvieron origen en el paso de una economía basada en la caza y en la recogida de comida, a un tipo de producción más avanzado, basado en la agricultura, la cría de animales y el artesanado urbano. La primitiva división del trabajo entre los sexos fue sustituida por una división social del trabajo mucho más complicada. La mayor eficacia del trabajo permitió la acumulación de un notable excedente productivo, que llevó, primero, a diferenciaciones, y después a profundas divisiones entre los distintos estratos de la sociedad.
En virtud del papel preeminente que habían tenido los hombres en la agricultura extensiva, en los proyectos de irrigación y construcción, así como en la cría de animales, se apropiaron poco a poco del excedente, definiéndolo como propiedad privada. Estas riquezas potencian la institución del matrimonio y de la familia y dan una estabilidad legal a la propiedad y a su herencia. Con el matrimonio monogámico, la esposa fue colocada bajo el completo control del marido, que tenía así la seguridad de tener hijos legítimos como herederos de su riqueza.
Con la apropiación por parte de los hombres de la mayor parte de la actividad social productiva, y con la aparición de la familia, las mujeres fueron encerradas en casa al servicio del marido y la familia. El aparato estatal fue creado para reforzar y legalizar la institución de la propiedad privada, el dominio masculino y la familia patriarcal, santificada luego por la religión.
Este es, brevemente, el punto de vista marxista sobre el origen de la opresión de la mujer. Su subordinación no se debe a ninguna deficiencia biológica como sexo, sino que es el resultado de los acontecimientos sociales que destruyeron la sociedad igualitaria de la gens matriarcal, sustituyéndola por una sociedad clasista patriarcal que, desde sus inicios, se caracterizó por la discriminación y desigualdad de todo tipo, incluida la desigualdad de sexos. El desarrollo de este tipo de organización socioeconómica estructuralmente opresiva, fue la responsable de la caída histórica de las mujeres.
Pero la caída de las mujeres no se puede comprender completamente, ni se puede elaborar una solución social y política correcta para su liberación, sin considerar lo que sucede actualmente con los hombres. Muy a menudo no se tiene en cuenta que el sistema patriarcal clasista, que ha hecho desaparecer el matriarcado y sus relaciones sociales comunitarias, ha destruido también la contrapartida masculina, el patriarcado, esto es, la fraternidad tribal de los hombres. La derrota de las mujeres anduvo pareja con la dominación de las masas de trabajadores por la clase de los patronos.
La esencia de este desarrollo se puede ver más claramente si se examina el carácter fundamental de la estructura tribal que Morgan, Engels y otros han descrito como “sistema de consumo primitivo”. El clan comunitario era tanto una hermandad de mujeres como una hermandad de hombres. La hermandad, esencia del matriarcado, tenía claramente caracteres colectivos. Las mujeres trabajaban juntas como una comunidad de hermanas; su trabajo social proveía ampliamente al mantenimiento de toda la comunidad. Criaban a los hijos también en comunidad. Una madre no hacía distinción entre sus hijos y los de otra mujer del clan, y los niños, por otra parte, consideraban a todas las hermanas mayores como madres. En otras palabras, la producción y la propiedad en común iban acompañadas de la educación común de los hijos.
La contrapartida masculina de esta hermandad era la fraternidad, modelada según los mismos esquemas comunitarios. Cada clan, y el conjunto de clanes que comprendía la tribu, se caracterizaba por la “fraternidad” desde el punto de vista masculino, y por la “hermandad” o “matriarcado” desde el punto de vista femenino. En esta fraternidad matriarcal, los adultos de los dos sexos, no sólo producían para mantenerse, sino que alimentaban y protegían a los niños de la comunidad. Estos aspectos hicieron de la hermandad y fraternidad un sistema de “comunismo primitivo”.
Así, antes de que la familia tuviera como cabeza un padre individual, la función de la paternidad era social y no familiar. Además, los primeros hombres que desarrollaron funciones “paternales” no fueron los compañeros o “maridos” de las hermanas del clan, sino sus hermanos. Y esto no sólo porque los procesos fisiológicos de la paternidad eran desconocidos, sino más bien porque este hecho era insignifi cante en una sociedad fundada en el colectivismo productivo y en el cuidado común de los hijos.
Aunque actualmente nos pueda parecer extraño a nosotros, que estamos acostumbrados a la forma particular de educación de los hijos, era perfectamente natural en la comunidad primitiva, que los hermanos del clan, o sea, los maternos, ejercieran estas funciones paternas hacia los hijos de las hermanas, que más tarde fueron asunto del padre individual respecto a los hijos de la esposa.
El primer cambio en este sistema de clan hermano-hermana se debe a la creciente tendencia de la pareja, o de la “familia a dos”, como lo han llamado Morgan y Engels, a vivir juntos en la misma comunidad y casa. Sin embargo, la simple cohabitación no alteró sustancialmente las relaciones colectivas o el papel productivo de las mujeres en la comunidad. La división del trabajo según el sexo, efectuada entre hermanas y hermanos del clan, se transformó gradualmente en división sexual del trabajo entre marido y esposa.
Pero mientras prevalecieron las relaciones colectivas y las mujeres continuaron participando en la producción social, permaneció, en mayor o menor medida, la originaria igualdad entre los sexos. La comunidad entera continuó proveyendo a cada miembro de la pareja, quizás porque cada miembro de la pareja contribuía también en la actividad laboral.
Por lo tanto, la familia de pareja, tal como aparece en los albores del sistema familiar, era radicalmente distinta del actual núcleo familiar. En nuestro sistema capitalista, desordenado y competitivo, cada familia debe salvarse o ahogarse, contando sólo con sus posibilidades y no puede contar con la ayuda externa. La esposa depende del marido, y los hijos deben contar con sus padres para su subsistencia, aunque estén sin trabajo, enfermos o muertos. En el período de la familia de pareja no existía este tipo de dependencia de la “economía familiar”, porque la comuna entera se hacía cargo de las necesidades fundamentales de cada individuo desde la cuna hasta la tumba.
Esta fue la causa concreta de la ausencia, en la comunidad primitiva, de las opresiones sociales y los antagonismos familiares, tan frecuentes actualmente.
Se ha dicho a veces, explícita o implícitamente, que la dominación masculina ha existido siempre y que las mujeres han sido siempre tratadas brutalmente por los hombres. O también, a veces, se ha creído que las relaciones entre los sexos, en la sociedad matriarcal, eran exactamente lo contrario de las nuestras —con las mujeres dominando a los hombres.
Ninguna de estas afirmaciones ha sido confirmada por los descubrimientos antropológicos. No es mi intención alabar la era salvaje ni auspiciar un retorno romántico a alguna pasada “edad de oro”. Una economía basada en la caza y el aprovisionamiento de comida representa el estadio más bajo del desarrollo humano, y sus condiciones de vida eran desagradables, crueles y duras. Sin embargo, debemos reconocer que las relaciones entre el hombre y la mujer eran fundamentalmente distintas a las nuestras.
En el clan no existía la posibilidad de que un sexo dominara al otro, de la misma forma que una clase no podía explotar a la otra. Las mujeres ocupaban un lugar preeminente porque eran las principales productoras de bienes y de nuevas vidas. Pero esto no las indujo a oprimir a los hombres.
Su sociedad comunitaria excluía la tiranía de clase, de raza o de sexo. Como ha dicho Engels, con la aparición de la propiedad privada del matrimonio monogámico y de la familia patriarcal, entraron en juego nuevas fuerzas sociales, tanto en la sociedad en su conjunto, como en la organización familiar, que abolieron los derechos que anteriormente tenía la mujer.
De la simple cohabitación de la pareja, se pasó al matrimonio monogámico legal y rígidamente regulado, que puso a la esposa y a los hijos bajo el control completo del marido y padre, el cual daba su nombre a la familia y determinaba sus condiciones de vida y su destino.
Las mujeres, que habían vivido y trabajado juntas, educado en común a sus hijos, se dispersaron como esposas de un sólo hombre, destinadas a su servicio y al de una sola casa. La primitiva e igualitaria división sexual del trabajo entre los hombres y las mujeres de la comunidad, cedió paso a una división familiar del trabajo, en la cual la mujer era alejada cada vez más de la producción social-, para convertirse en sier-va del marido, de la casa y de la familia./Así, las mujeres, en un tiempo “administradoras” de la sociedad, con la formación de las clases fueron degradadas al papel de administradoras de los hijos de un hombre y de su casa.
Esta degradación de las mujeres ha sido un aspecto permanente en los tres estadios de la sociedad de clases, desde la esclavitud, pasando por el feudalismo, hasta el capitalismo. Mientras las mujeres dirigían, o por lo menos, participaban en el trabajo productivo de la comunidad, fueron estimadas y respetadas, pero cuando se desmembraron en una unidad familiar separada y ocuparon una posición subalterna en la casa y en la familia, perdieron su prestigio, su influencia y su poder.
¿Nos puede extrañar que unos cambios sociales tan drásticos haya llevado a un antagonismo tan profundo y duradero entre los dos sexos?
Como dice Engels: “La monogamia no ha signifi cado en absoluto, desde el punto de vista histórico, una reconciliación entre el hombre y la mujer, y menos aún, constituye la forma más alta de matrimonio. Por el contrario, ha representado el sometimiento de un sexo por el otro y la aparición de un antagonismo entre los sexos, desconocido en la historia precedente…
El primer antagonismo de clase aparecido en la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre hombre y mujer en la monogamia, y la primera opresión de clase con la del sexo femenino por parte del masculino» (El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado).
Es necesario hacer una distinción entre los dos tipos de opresión que las mujeres han sufrido en la familia monogámica y en el sistema basado en la propiedad privada. En la familia productiva campesina de la era preindustrial, las mujeres gozaban de un ‹status› social más elevado y de un respeto mayor del que goza actualmente en nuestras ciudades el núcleo familiar doméstico.
Mientras la agricultura y el artesanado dominaron la economía, la familia campesina, que era numerosa o «extensa», continuaba siendo una unidad productiva vital. Todos sus miembros tenían funciones concretas e importantes, según el sexo y la edad. Las mujeres ayudaban a cultivar la tierra y hacían trabajos en la casa, mientras los niños y los demás producían su parte según sus capacidades.
Todo esto cambió con el nacimiento del capitalismo industrial y monopolista y con la formación del núcleo familiar. Cuando grandes masas de hombres fueron expoliados de la tierra y de sus pequeñas empresas, y se convirtieron en trabajadores asalariados en las fábricas, no tuvieron para vender, y sobrevivir, más que su fuerza de trabajo. Sus mujeres, alejadas de las fábricas productivas y del artesanado, devinieron completamente dependientes de los maridos para su mantenimiento y el de sus hijos. De la misma manera que los hombres dependían de sus patronos, las mujeres dependían de sus maridos.
Privadas gradualmente de su autonomía económica, las mujeres perdieron también la consideración social. En las fases iniciales de la sociedad clasista fueron alejadas de la producción social y del liderazgo, para convertirse en productoras en el ámbito de la familia agrícola, trabajando con el marido para la casa y la familia. Pero con la sustitución de la familia campesina por el núcleo familiar propio de las ciudades industriales perdieron su último punto de apoyo en terreno sólido.
Las mujeres se encontraron entonces frente a dos tristes alternativas: buscar un marido que las cuidase y hacer de ama de casa en un apartamento de la ciudad, criando la próxima generación de esclavos asalariados; o bien, para las más pobres y desafortunadas, hacer los trabajos marginales de las fábricas (junto con sus hijos), y ser explotadas como la fuerza de trabajo más esclavizada y peor pagada.
En las generaciones pasadas, las mujeres trabajadoras lucharon por el empleo junto a los hombres, por aumentos salariales y mejoras en las condiciones laborales. Pero las mujeres, en calidad de amas de casa dependientes, perdieron estos medios de lucha social. Sólo podían lamentarse o pelearse con el marido y los hijos por la miseria de su vida.
El contraste entre los sexos se vuelve más profundo y áspero con la degradante dependencia de las mujeres respecto a los hombres.
A pesar del hipócrita homenaje rendido a las mujeres como «madres santas» y devotas amas de casa, su valor disminuyó, alcanzando el punto más bajo con el capitalismo. Puesto que las amas de casa no producen bienes, ni crean ningún excedente para los explotadores, no son importantes para los fines del capitalismo. En este sistema existen sólo tres justificaciones para su existencia: el ser amas de cría, guardianas de la casa y compradoras de bienes de consumo para la familia.
Mientras que las mujeres ricas pueden hacerse sustituir por las criadas en el desempeño de los trabajos más aburridos, las pobres están ligadas a esta inaguantable cadena para toda la vida. Su condición de servilismo aumenta cuando están obligadas a un trabajo externo para contribuir al mantenimiento de la familia. Asumiendo dos responsabilidades, en lugar de una, están doblemente oprimidas.
Pero incluso las amas de casa de la clase media son víctimas del capitalismo del mundo occidental, a pesar de sus privilegios económicos.
La monótona condición de aislamiento y de aburrimiento en que se encuentran, las induce a «vivir a través» de sus hijos —relación que alimenta muchas de las neurosis que afligen hoy en día la vida familiar. Tratando de aliviar su aburrimiento, son manipuladas y depredadas por los especuladores del campo de los bienes de consumo. La explotación de la mujer como consumista forma parte de un sistema que se desarrolló, en primer lugar, con la explotación del hombre como productor.
Los capitalistas tienen miles de razones para exaltar el núcleo familiar. Su ambiente es una mina de oro para todos los especuladores, desde los agentes inmobiliarios a los vendedores de detergentes y cosméticos.
Si producen automóviles para uso individual, en lugar de desarrollar adecuadamente los transportes públicos, es porque es más rentable, como lo es vender casas pequeñas en parcelas privadas, cada una de las cuales necesita su lavadora, su frigorífico y otras cosas similares.
Por otra parte, el aislamiento de las mujeres en casas particulares, ligadas todas a las mismas tareas con la cocina y con los hijos, les impide unirse y llegar a ser una fuerza social o una seria amenaza política para el poder constituido.
¿Cuál es la lección que se puede extraer de esta panorámica sobre el largo cautiverio de las mujeres en la casa y con la familia, propia de la sociedad clasista —tan distinta de su situación de fuerza e independencia en la sociedad preclasista?.
Nos muestra que el estado de inferioridad de las mujeres no ha sido el resultado de un condicionamiento biológico ni del embarazo. Este no constituía un handicap en la comunidad primitiva; lo ha empezado a ser, principalmente, en el núcleo familiar de nuestros días. Las mujeres pobres están destrozadas entre la obligación de cuidar a los hijos y la casa y, al mismo tiempo, trabajar fuera para contribuir al mantenimiento de la familia. Las mujeres, por lo tanto, han sido condenadas a su estado de opresión por las mismas fuerzas y relaciones sociales que han llevado a la opresión de una clase sobre otra, de una raza sobre otra, de una nación sobre otra. Es el sistema capitalista —último estadio del desarrollo de la sociedad de clases— la fuente principal de la degradación y opresión de las mujeres.
Algunas mujeres del movimiento de liberación critican estas tesis marxistas fundamentales. Dicen que el sexo femenino representa una casta distinta o una clase. Ti-Grace Atkinson, por ejemplo, sostiene que las mujeres son una clase aparte. Roxanne Dunbar afirma que son una casta aparte. Examinemos estas dos posiciones y las conclusiones que de ellas se derivan.
Primero consideremos si las mujeres son una casta. La jerarquía de castas apareció antes y sirvió de modelo al sistema clasista. Surge después de la desaparición de la comunidad tribal, con las primeras diferenciaciones evidentes de los estratos sociales, según la nueva división del trabajo y las funciones sociales. La pertenencia a un estrato superior o inferior estaba garantizada por el sólo hecho de nacer dentro de su ámbito.
Es importante notar, además, cómo el sistema de castas llevaba en sí mismo, desde el principio, al sistema de clases. Por otro lado, mientras el sistema de castas alcanza su pleno desarrollo sólo en algunas partes del mundo, como India, el sistema de clases se desarrolló hasta convertirse en mundial y engullir al de castas.
Esto se puede ver claramente en India, donde cada una de las cuatro castas fundamentales —los brahamanes o sacerdotes, los soldados, los propietarios terratenientes o mercantiles y los trabajadores, junto a los «sin casta» o parias— tienen un lugar preciso en la sociedad explotadora.
En la India actual, donde el viejo sistema de castas sobrevive de forma decadente, las relaciones y el poder capitalistas prevalecen sobre las instituciones precapitalistas heredadas del pasado, comprendidos los vestigios de la sociedad estructurada en castas.
Por otro lado, aquellas regiones del mundo que se han desarrollado más rápidamente y de forma más consistente, han abolido el sistema de casta. La civilización occidental, iniciada con la antigua Grecia y Roma, se desarrolló pasando por la esclavitud, y el feudalismo, hasta llegar al estadio más maduro de la sociedad de clases, el capitalismo.
Ni en el sistema de castas ni en el clasista —y ni siquiera en la combinación de los dos— las mujeres han constituido una clase o casta aparte. Las mismas mujeres han estado divididas en las distintas castas y clases que han formado el sustrato social.
El hecho de que las mujeres tuvieran una posición de inferioridad, como sexo, no implica, ipso fado, que fueran una casta o una clase inferior.
En la antigua India, las mujeres pertenecían a castas distintas. En un caso, su ‹status› social venía determinado por el nacimiento en una casta, en el otro era determinado por su riqueza o por la del marido. Y esto es válido para los dos sexos, que pueden pertenecer a una casta superior y tener más dinero, y poder y consideración social.
¿Qué entiende entonces Roxanne Dunbar cuando dice que todas las mujeres (sin tener en cuenta su clase) pertenecen a vina casta aparte? El contenido exacto de sus afi rmaciones y de sus conclusiones no me resulta claro, y quizá tampoco a los demás. Hagamos entonces un estudio más profundo.
En términos de poder, nos podemos referir a la mujer como una «casta» inferior —como se hace a veces cuando se definen como «esclavas» y «siervas»— cuando se tiene simplemente la intención de señalar que han ocupado una posición subordinada en la sociedad masculina. El uso de la palabra «casta» serviría, pues, sólo para indicar la pobreza de nuestra lengua, que no tiene una palabra precisa para indicar el sexo femenino como sexo oprimido. Pero parece que el escrito de Roxanne Dunbar, en febrero de 1970, tenía implicaciones más amplias respecto a sus anteriores posiciones sobre esta cuestión.
En aquel documento dice que su caracterización de las mujeres como casta no representa nada nuevo: que incluso Marx y Engels «juzgaron de la misma forma la posición del sexo femenino». Pero esto no es realmente así: ni Marx en El Capital ni Engels en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, ni otros notables marxistas, desde Lenin a Luxemburgo, han definido nunca a la mujer como perteneciente a una casta en virtud
de su sexo. Por lo tanto, no se trata simplemente de una confusión verbal en torno al uso de una palabra, sino de un claro alejamiento del marxismo, si bien presentado con carácter marxista.
Me gustaría poseer clarificaciones de Roxanne Dunbar sobre las conclusiones que ella extrae de su teoría; puesto que si todas las mujeres pertenecen a una casta inferior, y todos los hombres a una casta superior de ello se desprende que el punto central de la lucha por la liberación consistiría en una «guerra de castas» de todas las mujeres contra todos los hombres. Esta conclusión parecería confirmada por la afirmación de que «nosotras vivimos en un sistema internacional de castas».
Tampoco esta afirmación es marxista, ya que los marxistas dicen que vivimos en un sistema clasista internacional y que por lo tanto no se requiere› una guerra de castas, sino una lucha de clases de todos los oprimidos, hombres y mujeres, para obtener la liberación de las mujeres junto con la liberación de todas las masas oprimidas. Roxanne Dunbar, ¿está de acuerdo o no con esta posición respecto al papel determinante de la lucha de clases?
Su confusión replantea la necesidad de usar un lenguaje preciso en una exposición científica. Si bien las mujeres están explotadas bajo el capitalismo, no son esclavas ni siervas de la gleba o miembros de una casta inferior. Las categorías sociales de esclavo, siervo y casta se refieren a estadios y aspectos concretos de la historia pasada, y no definen correctamente la posición de las mujeres en nuestra sociedad.
Si queremos ser exactos v científicos. las mujeres deberían definirse como un «sexo oprimido». La otra posición, que caracteriza a las mujeres como «clase» especial, podemos definirla como aún más errónea.
En la sociología marxista una clase puede definirse según dos consideraciones independientes: el papel que juega en el proceso productivo y si posee la propiedad de los medios de producción. Los capitalistas tienen mayor poder porque poseen los medios de producción, y por lo tanto, controlan el Estado y dirigen la economía. Los trabajadores que crean la riqueza no tienen más que su fuerza de trabajo para vender a los patronos y poder vivir.
¿En qué relación se encuentran las mujeres con estas dos clases opuestas? Pertenecen a todos los estratos de la pirámide social Las pocas que están en la cima pertenecen a la clase de los plutócratas; algunas pertenecen a la clase media, la mayoría al proletariado. Existe una enorme diferencia entre las pocas Rockefeller, Morgan y Ford, y los millones que viven con subsidios de todo tipo. Resumiendo, las mujeres, como los hombres, son un sexo ínter clasista.
No se trata de un intento de dividir a las mujeres, sino simplemente de reconocer una división que ya existe. La idea de que todas las mujeres, como sexo, tienen en común más de lo que tienen los» miembros de una misma clase, es falsa. Las mujeres de la alta burguesía no son simplemente compañeras de cama de sus ricos maridos. Generalmente existen otros lazos más fuertes: son colaboradoras económicas, sociales y políticas, unidas al marido en la defensa de su propiedad privada, del beneficio, del militarismo, del racismo y de la explotación de las otras mujeres.
Para decir verdad, existen excepciones individuales a esta regla, especialmente entre las jóvenes. Recordemos que la señora Frank Leslie, por ejemplo, renunció a la herencia de dos millones de dólares para sostener la causa del sufragio femenino, y otras mujeres de la alta burguesía han entregado su dinero en favor de la causa de los derechos civiles de nuestro sexo. Pero una cosa completamente distinta es esperar que muchas mujeres ricas sostengan una lucha revolucionaria que amenaza sus intereses y privilegios capitalistas. La mayor parte de ellas se burlan del movimiento de liberación, diciendo explícitamente o implícitamente:
«Pero, ¿de qué cosa nos tenemos que liberar»?
¿Es realmente necesario insistir en este punto? Decenas de miles de mujeres participaron en la manifestación de Washington, en noviembre de 1969 y después en mayo de 1970. ¿Tenían más cosas en común con los hombres militantes que marchaban a su lado, o con la señora Nixon, sus hijas y la esposa del procurador general, señora Mitchell, que miraban con desagrado desde su ventana y veían en aquella masa una nueva revolución rusa? ¿Quiénes serán los mejores aliados de la mujer en el combate por la liberación, las esposas de los banqueros, de los generales, de los abogados hacendados, de los grandes industriales, o los trabajadores negros y blancos que luchan por su propia liberación? ¿No serán, tanto los hombres como las mujeres de ambas partes? Si no es así, la lucha ¿debe volverse contra los hombres, más que contra el sistema capitalista?
Es cierto que todas las sociedades clasistas han sido dominadas por el hombre y que los hombres han sido adiestrados, desde la cuna, para que sean chovinistas. Pero no es cierto que los hombres, como tales, representen el principal enemigo de las mujeres. Esto no tendría en cuenta a la masa de hombres explotados que están oprimidos por el principal enemigo de las mujeres, el sistema capitalista. Estos hombres tienen un lugar en la lucha por lá liberación de la mujer; pueden convertirse y se convertirán en nuestros aliados.
Si bien la lucha contra el chovinismo masculino es una parte esencial de los objetivos que tienen las mujeres del movimiento, no es correcto hacer de ello el eje principal. Esto nos llevaría a no tener en cuenta o infravalorar el papel del poder constituido que no sólo alimenta y se aprovecha de toda forma de discriminación y opresión, sino que además es responsable del chovinismo masculino. Recordemos que la supremacía masculina no existía en la comunidad primitiva, basada en la relación entre hermanas y hermanos. La discriminación sexual, así como la racial, tienen sus raíces en la propiedad privada.
Una posición teórica errónea lleva fácilmente a una falsa estrategia en la lucha por la liberación de la mujer. Este es el caso de una fracción de las «Redstockings» que dicen en su Manifiesto que «las mujeres son una clase oprimida». Si todas las mujeres forman una clase, entonces todos los hombres deben constituir la clase opuesta —la de los opresores—, ¿Qué conclusión se puede deducir de esta premisa? ¿Que no existen hombres en la clase oprimida? ¿Dónde colocamos a los millones de obreros blancos oprimidos que, como los negros oprimidos, puertorriqueños y otras minorías, son explotados por los capitalistas? ¿No tienen todos ellos un lugar primordial en la lucha por la revolución social? ¿Dónde y bajo qué bandera estos pueblos oprimidos de todas las razas y de ambos sexos se unen por una acción común contra su enemigo común? Oponer las mujeres como clase a los hombres como clase sólo puede constituir una desviación de la auténtica lucha de clases.
¿No existe una relación con la afirmación de Roxanne Dunbar de que la liberación de la mujer es la base de la revolución social? Estamos muy lejos de la estrategia marxista, puesto que se invierte la situación real.
Los marxistas dicen que la revolución social es la base para una total liberación de las mujeres —como es la base de la liberación de toda la clase trabajadora. En última instancia, los verdaderos aliados de la liberación de la mujer son todas aquellas fuerzas que están obligadas por sus propios intereses a luchar contra los imperialistas y a romper sus cadenas.
La causa profunda de la opresión femenina, que es el capitalismo, no puede ser abolida jamás solamente por las mujeres, ni por una coalición de mujeres de todas las clases. Es preciso una lucha mundial por el socialismo por parte de la masa trabajadora, hombres y mujeres, unidos a todos los grupos Oprimidos, para derribar el poder del capitalismo, que actualmente tiene su máxima expresión en los Estados Unidos.
En conclusión, lo que debemos preguntarnos es cuáles son los nexos entre la lucha por la liberación de las mujeres y la lucha por el socialismo.
Ante todo, si bien los últimos objetivos de la liberación de las mujeres no podrán ser realizados antes de la revolución socialista, esto no significa que la lucha por las reformas deba posponerse hasta entonces. Es necesario que las mujeres marxistas luchen, desde ahora, codo a codo, con todas las mujeres militantes por sus objetivos específicos. Esta ha sido nuestra política desde que se presentó una nueva fase del movimiento de liberación de la mujer, hace cer.ca de un año e incluso antes.
El movimiento feminista empieza, como otros movimientos de liberación, planteando algunas reivindicaciones elementales como son: igualdad de oportunidades para hombres v mujeres en lo que respecta a la educación y al trabajo: a trabajo igual, salario igual; derecho al libre aborto para quien lo solicite; guarderías financiadas por el Estado, pero controladas por la comunidad. La movilización de las mujeres por estos objetivos no sólo nos da la posibilidad de obtener mejoras, sino también pone en evidencia, domina y modifica los peores aspectos de nuestra subordinación en la sociedad actual.
En segundo lugar, ¿por qué las mujeres deben llevar a cabo su lucha por la liberación si, en última instancia, para la victoria de la revolución socialista será necesaria la ofensiva de toda la clase trabajadora? La razón es que ningún sector oprimido de la sociedad, tanto los pueblos del Tercer Mundo como las mujeres, pueden confiar a otras fuerzas la dirección y desarrollo de su lucha por la libertad —aunque estas fuerzas se comporten como aliados. Nosotros rechazamos la posición de algunos grupos políticos que se dicen marxistas, pero que no reconocen que las mujeres deben dirigir y organizar su lucha por la emancipación, de la misma forma que no llegan a comprender porqué los negros deben hacer lo mismo.
La máxima de los revolucionarios irlandeses —»quien quiere ser libre debe luchar personalmente»— se adapta perfectamente a la causa de la liberación de la mujer. Las mujeres deben luchar personalmente para conquistar la libertad, y esto es cierto tanto antes como después del triunfo de la revolución anticapitalista.
En el curso de nuestra lucha y como parte de la misma, reeducaremos a los hombres que han sido inducidos a creer ciegamente que las mujeres son por naturaleza el sexo inferior debido a alguna tara en su estructura biológica. Los hombres deberán aprender que su chovinismo y su superioridad son otra de las armas en manos de los patronos para conservar el poder. El trabajador explotado, viendo la condición, aún peor que la suya, en que se encuentra su esposa, ama de casa y dependiente, no puede estar satisfecho de ello —se les debe hacer ver la fuente del poder opresor que les ha envilecido a los dos.
En fin, decir que las mujeres constituyen una casta o clase aparte, lleva lógicamente a conclusiones extremadamente› pesimistas respecto al antagonismo entre los sexos, en contraste con el optimismo revolucionario de los marxistas. Ya que, a menos que los dos sexos estén completamente separados y los hombres sean exterminados, parece que están destinados a una guerra perenne entre ellos.
Como marxistas, nosotras tenemos un mensaje más realista y lleno de esperanza. Negamos que la inferioridad de la mujer esté determinada por su estructura biológica, y que haya existido siempre. Lejos de ser eterna, la subordinación de las mujeres y la amarga hostilidad entre los sexos no tienen más que unos pocos miles de años. Fueron producto de los drásticos cambios sociales que introdujeron la familia, la propiedad privada y el Estado.
La historia nos enseña que es necesaria una revolución que altere radicalmente las relaciones socio-económicas, para extirpar la causa de las desigualdades y obtener una plena emancipación de nuestro sexo. Este es el fin prometido por el programa socialista por el que nosotras luchamos.
El chovinismo masculino suscita gran indignación entre las mujeres y fomenta un profundo antagonismo entre los dos sexos. Existen dos maneras distintas de tratar este aspecto de la liberación de la mujer.
Una es la marxista. Sabemos que las mujeres están obstaculizadas y humilladas en una sociedad dominada por el hombre, y también que están plenamente capacitadas para organizarse activamente contra estos males.
Al mismo tiempo el marxismo nos enseña que la subordinación de un sexo es parte y consecuencia de una opresión más amplia y de la explotación de la masa trabajadora por parte de los capitalistas detentadores del poder y la propiedad. Por lo tanto, la lucha por la liberación de las mujeres es inseparable de la lucha por el socialismo.
El otro punto de vista sostiene que todas las mujeres, como sexo, están en la misma barca y tienen objetivos e intereses idénticos, independientemente de su posición económica y de la clase a que pertenecen. Por lo tanto, para obtener la emancipación, todas las mujeres deberían unirse y llevar a cabo una guerra basada en la diferencia de sexo contra los machos chovinistas, sus enemigos acérrimos. Esta conclusión, unilateral y desviada, puede causar un gran daño a la causa de la libertad de la mujer.
Es cierto que las mujeres en general, incluso las de clases superiores, sufren de alguna forma el chovinismo masculino. En algunas ocasiones y para algunos objetivos es útil y necesario que las mujeres pertenecientes a estratos sociales distintos constituyan organizaciones propias y actúen unitariamente para eliminar injusticias y desigualdades impuestas a su sexo. Un ejemplo es el movimiento para la legalización del control de natalidad y del derecho al aborto.
Sin embargo, ni siquiera la garantía de ver realizadas estas reformas urgentes eliminará las causas fundamentales de la opresión de la mujer, que radican en la estructura de clase de nuestra sociedad. Respecto a todas las cuestiones fundamentales, concernientes a la propiedad privada, las mujeres ricas están a favor del mantenimiento del statu quo y de su posición privilegiada, exactamente igual que los hombres ricos. Cuando esto sucede, traicionan a su sexo en favor de sus intereses y privilegios de clase.
Por lo tanto, clase contra clase debe ser la línea directiva de la lucha
por la liberación de la humanidad en general, y de la mujer en particular.
Solamente una victoria revolucionaria sobre el capitalismo, dirigida por los hombres y mujeres trabajadoras y apoyada por todos los oprimidos, puede rescatar a las mujeres de su estado de opresión y garantizarles una vida mejor en una nueva sociedad. Esta afirmación teórico-política marxista ha sido confirmada por la experiencia de todas las revoluciones victoriosas, Rusia, China y Cuba. Cualesquiera que sean sus límites, las mejoras que estas revoluciones han garantizado a la condición de la mujer han sido realizadas no a través de un lucha entre los sexos, sino a través de una lucha de clases.
No importa lo radical que pueda parecer; la sustitución de la lucha de clases por la hostilidad entre sexos, por parte de las mujeres activistas, sería una peligrosa desviación de la verdadera vía de liberación. Esta táctica sólo podría hacer el juego a los peores enemigos de las mujeres y de la revolución social.
Este error ultrarradical, que contrapone sexo contra sexo, en lugar de clase contra clase, se puso de manifi esto en una controversia en el partido socialista (Socialist Workers Party) en 1954. Durante aquel debate fueron tratados temas importantes sobre el uso de los cosméticos, la moda y todos los medios dedicados a proporcionar a las mujeres el patrón de belleza deseado o exigido, y hacerlas así atractivas a los hombres. Se produjo una curiosa condescendencia por parte de las mujeres que más gritaban en contra de esto, frente al chovinismo masculino, y, sin embargo, éste debería ser un aspecto interesante para las mujeres radicales que se ocupan actualmente del problema.
Lo que sigue es una parte de mi contribución en aquella discusión (que fue publicada originariamente en octubre de 1954).

COSMETICOS Y MODA EN EL COMERCIO DE LA BELLEZA

Las distinciones de clase entre las mujeres trascienden su identidad como sexo. Esto es cierto principalmente en la sociedad capitalista moderna, en la que la polarización de las fuerzas sociales es más fuerte.
Históricamente, la lucha entre los sexos formó parte del movimiento feminista burgués del siglo pasado. Se trataba de un movimiento reformista, llevado a cabo dentro del sistema y no contra el mismo. Fue, sin embargo, una lucha progresista, puesto que las mujeres se rebelaron en contra del dominio casi total del hombre. Con el movimiento feminista, las mujeres obtuvieron un considerable número de reformas. Pero aquel tipo de movimiento feminista hizo ya su labor, alcanzó sus limitados objetivos, y los problemas que actualmente se nos presentan debemos situarlos en el contexto de la lucha de clases.
La “cuestión femenina” puede resolverse solamente con la alianza de los hombres y de las mujeres trabajadoras, contra los hombres y las mujeres que detentan el poder. Esto significa que los intereses comunes de los trabajadores, como clase, son superiores a los intereses de las mujeres como sexo.
Las mujeres pertenecientes a las clases dominantes tienen exactamente el mismo interés en la conservación de la sociedad capitalista que el que tienen sus maridos. Las feministas burguesas lucharon, entre otras cosas, por el derecho de las mujeres, a tener propiedades registradas a su nombre igual que los hombres. Y obtuvieron este derecho. Hoy, las mujeres plutócratas poseen fabulosas riquezas registradas a su nombre.
Sobre temas políticos y sociales fundamentales no simpatizaron ni se aliaron con las mujeres trabajadoras, cuyas necesidades pueden ser satisfechas solamente con la desaparición de este sistema. Por esto la emancipación de las mujeres trabajadoras no se obtendrá a través de una alianza con las mujeres de la clase enemiga, sino por el contrario, con una lucha contra ellas, como parte de la lucha total contra el capitalismo.
El intento de identificar los intereses de las mujeres como sexo toma una de sus formas más insidiosas en el campo de la belleza femenina.
Surgió el mito de que, puesto que todas las mujeres quieren ser bellas, tienen todas el mismo interés por los cosméticos y la moda, considerados hoy indispensables para la belleza. Para sostener este mito se ha dicho que el deseo de ser bellas se ha dado en todas las épocas de la historia y en todas las mujeres. Los traficantes en el campo de la moda daban como testimonio de ello el hecho de que, incluso en la sociedad primitiva, las mujeres pintaban y decoraban su cuerpo. Para destruir esta creencia, veamos brevemente la historia de la cosmética y de la moda.
En la sociedad primitiva, en la que no existía la competencia sexual, no eran necesarios los cosméticos ni la moda como subsidios artificiales de la belleza. Los cuerpos y las caras, tanto de los hombres como de las mujeres eran pintados y “decorados”, pero no por razones estéticas. Estas costumbres nacieron de distintas necesidades relacionadas con la vida primitiva y con el trabajo.
En aquella época, cualquier individuo que perteneciese a un grupo familiar necesitaba estar “marcado” como tal, según el sexo y según la edad. Estas “marcas” comprendían no sólo ornamentos, anillos, brazaletes, refajos, etc., sino también grabados, tatuajes y otros tipos de decoración del cuerpo, e indicaban no sólo el sexo de cada individuo, sino también la edad y el trabajo de los miembros de la comunidad, a medida que pasaban de la infancia a la edad madura y a la vejez. Más que decoraciones, estas contraseñas se pueden considerar como una forma primitiva de evidenciar la historia de la vida de cada individuo, como actualmente hacemos nosotros con los álbumes de familia. Puesto que la sociedad primitiva era comunitaria, estas señales indicaban también una completa igualdad social.
Después vino la sociedad de clases. Las marcas, símbolos también de igualdad social en la sociedad antigua, fueron transformadas en su opuesto.
Se convirtieron en modelos y decoraciones, símbolo de desigualdad social, expresión de la división de la sociedad entre ricos y pobres, entre gobernantes y gobernados. La cosmética y la moda empezaron a ser prerrogativa ie la aristocracia.
Un ejemplo concreto se puede encontrar en la Corte francesa, antes de la Revolución. Entre los reyes, los príncipes y la aristocracia terrateniente, tanto los hombres como las mujeres vestían según los dictados de la moda.
Eran “dandis” con las caras pintadas, los cabellos empolvados, cintas coloradas, ornamentos de oro y todo lo demás. Los dos sexos eran “bellos” según los estándares en boga. Pero ambos sexos de la clase dominante se distinguían, particularmente por sus cosméticos y sus vestidos, de los campesinos pobres, que sudaban por ellos en la tierra y que, ciertamente, no eran bellos, según los mismos estándares. La moda en aquel período fue símbolo de distinción de clase, y abarcaba a los dos sexos de la clase privilegiada contrapuestos a los dos sexos de la clase trabajadora.
Más tarde, cuando las costumbres burguesas sustituyeron a las feudales por diversas razones históricas, los hombres dejaron el campo de la moda principalmente a las mujeres. Los hombres de negocios afirmaban su posición social con la exhibición de esposas adornadas, y abandonaron los pantalones dorados y las cintas coloreadas. Entre las mujeres, sin embargo, la moda aún distinguía a Judy O’Grady* de la mujer de un coronel.
Con el desarrollo del capitalismo, se produjo una enorme expansión de la producción, y con ella la necesidad de un mercado de masas. Puesto que las mujeres constituían la mitad de la población, los capitalistas empezaron a explotar el campo de la belleza femenina. Así, el capítulo de la moda salió del estrecho marco de los ricos y se impuso a toda la población femenina.
Para corresponder a las exigencias de este sector industrial, las distinciones de clase fueron suavizadas y escondidas tras la identidad del sexo. Los agentes de publicidad difundieron la propaganda: Todas las mujeres quieren ser bellas, por lo tanto, todas las mujeres tienen interés por los cosméticos y la moda. La moda se identificó con la belleza y a todas las mujeres se les vendieron estos accesibles productos de belleza sobre la base de su “necesidad” y “deseo” común.
Actualmente, el campo de la “belleza” alimenta miles de industrias: cosméticos, vestidos, pelucas postizas, productos para adelgazar, institutos de belleza, joyas verdaderas y falsas, etc. Se ha visto que la belleza es una fórmula muy flexible. Todo lo que debe hacer un empresario para hacerse rico es descubrir un nuevo producto y convencer a las mujeres de que “tienen necesidad” de él y lo “quieren”. Ver cualquiera de las campañas de publicidad de Revlon.
Para mantener y aumentar esta ganga hacía falta propagar otros mitos en apoyo de los capitalistas. Estos son:
1.— Desde tiempo inmemorial las mujeres han competido con las otras mujeres para atraer sexualmente al hombre. Esta es virtualmente una ley biológica, de la cual nadie se sustrae, y, puesto que siempre ha existido y siempre existirá, las mujeres se someten a su destino y están en perenne competición, una con la otra, en el mercado del sexo capitalista.
2.— En la sociedad moderna, la belleza natural de las mujeres, en realidad, no cuenta. Se insinúa, incluso, que la naturaleza ha abandonado a las mujeres en lo que respecta a su belleza. Para superar su falta de atractivo y sus deformaciones, deben recurrir a ayudas artificiales, que gentiles industriales han puesto a su disposición. Examinemos esta propaganda.

LA COMPETICION ENTRE LOS SEXOS: ¿NATURAL O SOCIAL?

El estudio de la biología y de la antropología nos demuestra que la competencia sexual entre las mujeres no existe ni en la naturaleza ni en la sociedad primitiva. Es exclusivamente un producto de la sociedad de clases, y era desconocida antes de su existencia.
En el mundo animal no existe competencia entre las hembras para reclamar la atención de los machos. La única competencia sexual que existe en el mundo animal es aquélla que la naturaleza impone a los machos que luchan uno contra otro por la posesión de la hembra. Esto es, simplemente, un modo natural de asegurar la perpetuación de la especie.
Pero a causa de sus efectos destructivos para la cooperación social, este aspecto de la competición sexual masculina fue eliminado cuando se formaron y consolidaron las primeras organizaciones sexuales comunistas.
La ausencia de la competencia sexual en la naturaleza fue una de las razones que permitieron a las mujeres tener un papel determinante en la creación de un sistema social carente de relaciones competitivas destructivas. La ausencia de competencia sexual y de celos entre las mujeres primitivas no la ponen en duda ni los antropólogos conservadores, aunque a veces la ven con sorpresa, o como una “rareza” o costumbre original.
Después aparece la sociedad de clases, basada en un espíritu adquisitivo y competitivo, sobre la dependencia de las mujeres respecto al hombre. Con la lucha competitiva entre los hombres por la propiedad y la riqueza, surge la lucha competitiva entre las mujeres para poseer hombres ricos y poderosos. Pero esta lacra social no tiene nada de natural; es exclusivamente artifi cial, históricamente creada y condicionada.
La competencia sexual entre las mujeres surge con el “mercado” del sexo o con el matrimonio. El mercado del sexo es un aspecto parcial del mercado comercial en general, fundamental en la sociedad capitalista de clase. Al difundirse el sexo como mercancía, el estándar de la belleza femenina se transformó gradualmente, llegando a ser artificial y “a la moda”. Este proceso ha llegado a su punto más alto en la sociedad contemporánea.
En el primer período de la economía de trueque, las mujeres eran cambiadas por animales, y los animales por mujeres. La belleza natural y la salud de la mujer constituían un valor de la misma forma que lo era la salud de los animales. Los dos eran necesarios y fundamentales para la vida productiva y reproductora de la comunidad, en la que los ejemplares más bellos y sanos estaban en condiciones de desarrollar mejor sus funciones.
Más tarde, con la consolidación del patriarcado y de la sociedad de clases, algunas mujeres fueron “acumuladas” por los hombres ricos, como cualquier forma de propiedad. Nace la costumbre de embellecer a estas esposas y concubinas con decoraciones y ornamentos, de la misma manera y por las mismas razones por las que se adornaban y decoraban los palacios. Un ejemplo extremo lo encontramos en los palacios y los harenes asiáticos. Las mujeres eran consideradas propiedad sexual del príncipe o Khan, y cuanto mayor era la cantidad de estos artículos de lujo que poseía, más quedaba resaltada su condición de hombre rico y poderoso. En esa época, la competencia sexual entre las mujeres estaba a la sombra de la competencia entre los hombres por la acumulación de tales propiedades. La mujer misma era un “bien” o una mercadería.

* Alusión a la concentración y centralización de la riqueza en manos de las sesenta familias más poderosas de los Estados Unidos.

Cuando la monogamia sustituyó a la poligamia y las condiciones materiales se convirtieron en la base del matrimonio, las mujeres ricas tuvieron, respecto a las pobres, ventaja en la competencia sexual. Una rica heredera que cuidara su belleza y su salud, continuaba siendo todavía una esposa deseable para un hombre que quisiera acumular propiedad y viceversa. Un hombre, teniendo posibilidad de elección, hubiera preferido una mujer más bella, pero las consideraciones económicas, en general, tenían preferencia. Estos matrimonios, que implicaban fusiones de propiedad, se efectuaban como negocios entre las familias de la pareja y sólo tenían en cuenta incidentalmente los deseos de las dos partes implicadas. Este matrimonio, realizado mediante pactos entre las familias y con intermediarios, estuvo en vigor durante todo el largo período agrícola, cuando la propiedad era principalmente la de la tierra.
Aparece más tarde el capitalismo con sus relaciones monetarias y la “libre empresa”. Esta se introduce, no sólo en el “libre trabajo” competitivo y en la competencia comercial, sino también en la competencia sexual femenina. Entre los ricos, realmente, los matrimonios-fusión continuaron como forma de fusión de la propiedad, y las dos cosas, a menudo, no se podían distinguir. Después, con el surgir del capitalismo monopolista, los dos tipos de fusión llevaron a los plutócratas al poder, hasta llegar a las sesenta Familias Americanas*.
Sin embargo, aunque América fue fundamentalmente burguesa desde su nacimiento, se dieron ciertas peculiaridades. Las barreras de clase podían ser infringidas por un hombre rico, a diferencia de lo que sucedía en la Europa feudal, donde las distinciones de clase venían establecidas al nacer. Así, en los inicios del capitalismo, un trabajador o un burgués podían por suerte o casualidad, hacerse ricos y cambiar así su posición social.
Lo mismo podía sucederle a una mujer. Por casualidad o por belleza podía casarse con un millonario y cambiar su condición. Esta Cenicienta, estilo América capitalista, está muy bien representada por Bobo Rockefeller, hija de un minero, que se casó con uno de los hombres más ricos de América y después se divorció, obteniendo una pensión de dos millones de dólares.
Estas peculiaridades de la vida americana prepararon el terreno sociopsicológico para un mercado de consumo de masas, el mercado de masas del sexo y la competencia sexual de masas entre las mujeres. De la misma forma en que los relatos de Horario Alger se convirtieron para los hombres en un manual de cómo pasar del establo a las estrellas, los relatos para mujeres enseñaban cómo atrapar y casarse con el hijo del amo, o incluso con el mismo amo. Todo lo que debían hacer era correr a la perfumería y comprar todos los productos necesarios para transformar una Cenicienta en una Princesa.
El mundo de la cosmética y de la moda se convierte en una mina de oro, con perspectivas virtualmente ilimitadas. Los empresarios del ramo sólo debían cambiar la moda con suficiente frecuencia e inventar productos de belleza cada vez más numerosos y nuevos para llegar a ser cada vez más ricos.
Así, en el capitalismo moderno, la venta de las mujeres como mercancía ha sido sustituida por la venta de mercancías a las mujeres. Actualmente se ha difundido el mito de que la belleza depende de la moda, y que todas las mujeres tienen la misma necesidad de seguirla, puesto que todas tienen las mismas exigencias estéticas.

ESPECULADORES DEL CUERPO FEMENINO

Existen tres clases fundamentales de especuladores que persuaden, explotan e inducen a la gran mayoría de mujeres a tirar el dinero en la búsqueda de la belleza:
1) Los que se aprovechan de la manipulación del cuerpo femenino para reducirlo a la talla y a la medida de la moda.
2) Los que pintan y llenan de crema el cuerpo ya manipulado, por medio de cosméticos, tintes, lociones, perfumes, etc.
3) Los que adornan el cuerpo manipulado y pintado con vestidos de moda, joyas, etc.
Según la primera categoría, una mujer para ser bella tiene que tener un cierto tipo, pesar un tanto, y ni un gramo de más ni de menos, tener unas determinadas medidas de cadera, cintura y pecho. Las que se apartan de estos esquemas establecidos no son bellas.
Esto es causa de enormes aflicciones para las mujeres que no entran en los cánones establecidos. Oprimidas y frustradas por las dificultades reales de la vida en el mundo capitalista, cuyas raíces no comprenden, las mujeres que trabajan, principalmente, tienden a identificar su “deformidad” imaginaria con la fuente de sus problemas. Se convierten en víctimas de los complejos de inferioridad. Y por ello acuden a los miles, decenas de miles y millones de manipuladores y decoradores del cuerpo femenino, dejando en manos de estos aprovechados el dinero que ganan con su sudor.
Estos patrones corporales son mantenidos y presentados como modelo, por medio de las divas cinematográfi cas y los concursos de belleza.
“Bellezas” seleccionadas son exhibidas ante los ojos hipnotizados de gran parte de las mujeres, por todos los medios: en el cine, en la televisión, o en las revistillas para hombres. Pero la monótona uniformidad de estas “bellezas” es empalagosa. Cualquier sombra de variedad, característica de la verdadera belleza, ha sido eliminada. Como si se tratara de galletas, hechas todas con la misma pasta y el mismo molde.
La categoría siguiente comprende a los vendedores de cosméticos, tintes y cremas para estos cuerpos uniformes. Seguramente, sólo los que trabajan en las fábricas de estos productos saben que la misma materia prima, de coste irrisorio, se encuentra también en frascos de 50 céntimos.
Sin embargo, a las mujeres ingenuas y crédulas, les parece que el frasco de 10 dólares contiene algún potente fi ltro mágico que no posee el más barato. Así lo dice la publicidad, y así debe ser. Estas pobrecitas disminuyen sus recursos financieros para obtener el producto milagroso, esperando transformarse así de trabajadoras en ricas herederas.
Finalmente, se impone a las mujeres, en el campo de la moda, una dolorosa elección. ¿Deben comprar un vestido por su duración o teniendo en cuenta los caprichos de la moda momentánea? Las mujeres ricas pueden hacer las dos cosas y tener vestidos para cada circunstancia y ocasión: para la mañana, para el mediodía, para el cocktail, para la tarde y también numerosos conjuntos para la noche. Además, se necesita una gran cantidad de accesorios para “acompañar” cada tipo de vestuario.
Y toda esta montaña de modelos, impuestos a las mujeres, pueden considerarse pasados de moda con la imposición de nuevos modelos a la semana, mes, o temporada siguiente. En un artículo publicado en el “New York Times” viene —resuelto claramente— el dilema de si las mujeres compran aquello de lo que tienen necesidad o están forzadas a tener necesidad de aquello que compran. El artículo decía que Christian Dior, el famoso sastre para mujeres ricas, cuyo estilo copian en versiones más baratas para las pobres, tenía el poder de alargar o acortar la falda a cincuenta millones de americanas ¡en el transcurso de una noche!
Una diferencia de tres o cuatro centímetros en el dobladillo puede ser un drama para las mujeres que sienten la exigencia de estar constantemente a la moda. Para la mujer rica puede ser divertido tirar todo su vestuario y renovarlo, pero es demasiado costoso para la mujer pobre.
De esta manera, cuando se sostiene que las mujeres tienen el derecho de usar cosméticos, vestidos elegantes, etc., sin distinguir claramente este derecho de la presión social que obliga a someterse a esta explotación, se cae directamente en la trampa de la propaganda capitalista. Las mujeres de vanguardia, que luchan por las transformaciones sociales, no deberían nunca, ni siquiera contra su voluntad, reforzar a los aprovechados de este campo. Su misión, por el contrario, debería ser la de desenmascarar a quienes se benefi cian de esta esclavitud de las mujeres.

OPOSICIÓN – INADAPTACIÓN

Se sostiene que, mientras impere el capitalismo, nosotras, como mujeres, debemos someternos a los decretos de la moda y de la cosmética; pues de lo contrario se nos dejará en la retaguardia económica y social.
Es cierto que para mantener el empleo y por otras razones debemos tener en cuenta la dura realidad. Pero esto no significa que debamos aceptar estos condicionamientos, arbitrarios y costosos, con complacencia y sin protestar. Los obreros que trabajan en las máquinas están muchas veces obligados a aceptar incrementos de ritmo, disminución de salarios y ataques a sus sindicatos, pero lo aceptan protestando y continuando la lucha contra ello organizándose en movimientos que contraponen sus necesidades a los deseos de sus explotadores.
La lucha de clases es un movimiento de oposición y no de adaptación, y esto deberá ser cierto no sólo para los obreros de las fábricas, sino también para las mujeres, trabajadores o amas de casa. En el campo de las mujeres, consideradas como sexo, las metas no son tan claras, y por ello algunas han caído en la trampa de la adaptación. A este respecto debemos cambiar nuestra línea. Expliquemos que los modernos estándares de belleza no han existido siempre y que las mujeres trabajadoras pueden y deben decir alguna cosa sobre esta cuestión.
Podemos decir, por ejemplo, que el uso de los cosméticos es una innovación bastante reciente. En el siglo pasado, una mujer en busca de marido veía disminuir su posibilidad si usaba cosméticos, que entonces eran una prerrogativa de las prostitutas. Ningún hombre respetable se habría casado con una “mujer pintada”.
También en el campo del vestuario femenino se verificaron cambios radicales después de la entrada de un gran número de mujeres en la industria y las oficinas, durante y después de la Primera Guerra Mundial.
Aquellas eliminaron los corsés con varillas, las innumerables enaguas almidonadas, los peinados voluminosos y los enormes sombreros, adoptando vestidos más adecuados a sus exigencias laborales. Los hermosos trajes “desaliñados” que usamos actualmente, nacieron de estas exigencias de las mujeres trabajadores y fueron, posteriormente, adoptados por las mujeres ricas para los deportes y las diversiones.
Actualmente, incluso los monos de los trabajadores se han convertido en prendas prestigiosas. Seguramente, las mujeres ricas, fascinadas por el aspecto sexualmente atrayente de las que usaban monos y maillot, decidieron adaptarlos para la vida en el campo y en sus fantásticas fincas.
Con este ataque al chanchullo de la moda no quiero expresar un rechazo por los vestidos bonitos, ni discutir los cambios necesarios y previsibles en el tipo de vestuario que queremos llevar. Nuevos tiempos, nuevas condiciones sociales y productivas, traerán cambios de todo tipo. Estoy en contra de la carrera indiscriminada detrás de la moda y el desperdicio de tiempo, atención y dinero que requiere. El tiempo es la más valiosa de las materias primas, puesto que el tiempo es vida, y nosotras tenemos cosas mejores que hacer que malgastarla en esta costosa, deprimente y vulgar manía de andar tras la moda.
Con el socialismo, el hecho de si una mujer quiere o no pintarse y adornarse no tendrá mayores consecuencias sociales que las que tienen las máscaras de los niños en la fiesta de Carnaval u otras, el maquillaje de los actores en el escenario o de los payasos en el circo. Algunas mujeres se sentirán más bonitas pintadas y otras no, pero será solamente una opinión personal y nada más. Someterse a estas costumbres ya no será una obligación económica o social para todas las mujeres. Es por todo ello que no defendemos a los buitres que explotan a las mujeres en nombre de la “belleza”.

LA PROPAGANDA MASIVA

En estos últimos años se ha prestado cada vez más atención a las mujeres como importantes compradoras de artículos de consumo de todas clases: casas y objetos de decoración, automóviles, frigoríficos, vestidos, objetos para las madres y así sucesivamente. Muchos de estos productos son útiles y necesarios, y por lo tanto no necesitan ser “vendidos” con una publicidad intensa que aumenta luego los costes. Pero en el anárquico sistema capitalista, con su enorme y dispersa proliferación de productos, las industrias compiten una con la otra para sacar una tajada mayor en este lucrativo mercado. Así, la industria de la publicidad, apéndice parasitario del mundo de los negocios, se ha convertido ella misma en una gran industria.
Todos los medios de comunicación sociales, la radio, la televisión y la prensa, que plasman la opinión pública, se basan y están sostenidos por los publicitarios que, a su vez, están apoyados por los traficantes capitalistas. En todos los sectores de la industria se presiona para la venta de artículos de consumo, incluso para la propaganda que difunde la ideología y la sicología necesarias para conservar el sistema capitalista y su poder de explotación.
Las mujeres, debilitadas a causa de numerosos conflictos y frustraciones, son muy susceptibles a estas manipulaciones sicológicas que las empujan a comprar cosas como solución a sus problemas. Por otra parte, en la prensa en general un número cada vez mayor de revistas se dedican exclusivamente a las mujeres, principalmente en el campo de la moda y la belleza. Se trata, generalmente de productos buenos, imprimidas en papel de calidad, pero de contenido muy ambiguo, puesto que no sólo venden belleza a paladas y otras ventajosas mercancías, sino también un incentivo a la compra altamente eficaz aquello de que las mujeres que más compran son las más felices y las que tienen más éxito.
La publicidad nos ofrece sugestivas fotos de productos de lujo de todo tipo junto a mujeres bellísimas. El Gran Sueño Americano se convierte realidad para las bellas mujeres que pueden comprar coches aerodinámicos, televisores o cualquier otra cosa e incluso, parece, una vida sexual fantástica y una familia ideal. Las que no llegan a poder comprar todas estas cosas se preguntan en qué han fallado como mujeres para ser excluidas de este Gran Sueño Americano. Y se reprochan a sí mismas el no haber nacido ricas y bellas.
Esta sensación de inferioridad personal es alimentada por las novelas y artículos que llenan los espacios que deja la publicidad. Los escritores capaces de explicar el origen capitalista de esta sensación que masas de mujeres notan, no son nunca invitados, por supuesto, a difundir sus opiniones en estas revistas. Las opiniones “científi cas” que en ellas se expresan están destinadas a conservar la explotación capitalista de las mujeres, y no a eliminarla.
Así, especialistas comprados para escribir artículos para las angustiadas amas de casa, les aconsejan ocuparse lo máximo posible de los niños, ser madres amorosas, ocuparse de la familia, y todo esto, que quede bien claro, se puede hacer adquiriendo múltiples y costosos objetos. También discuten los problemas de las mujeres que estudian una carrera y dan a entender, insidiosamente, que sus felices hogares y su vida emotiva han sido dañados por el trabajo exterior. Incluso en estos casos parece que el peligro se puede evitar incrementando el número de adquisiciones.
Al contraponer la mujer que trabaja a la mujer ama de casa y viceversa, se deja a las dos con sentimientos de culpa, conflictos y frustraciones.
Cuando, además, una mujer trabaja y hace las tareas domésticas, estas sensaciones se hacen gigantescas. Estas mujeres están perpetuamente carcomidas por un conflicto de intereses que no llegan nunca a resolver.
Pero este malestar y esta sensación de derrota que sienten las mujeres son extremadamente ventajosas para los especuladores, puesto que empujan a las mujeres a nuevas compras, con la pretensión de superar su ansiedad e inseguridad. Muy a menudo, para recuperar rápidamente la fe en sí mismas, corren a comprar un vestido nuevo o cualquier milagroso producto de belleza.
Resumiendo, primero el sistema capitalista degrada y oprime a la masa de mujeres, luego explota el descontento y el miedo para así fomentar ventas y beneficios. Tampoco este inexorable abuso ejercido sobre las mujeres se puede superar con una guerra entré los sexos, sino con la lucha de clases.
Nuestra misión es, por lo tanto, la de clarificar que la fuente de estos males es el sistema capitalista, junto a la máquina propagandística que hace creer a la¿ mujeres que el camino que lleva al éxito y al amor pasa por la adquisición de objetos. Pasar por alto y aceptar los modelos capitalistas en todos los campos —desde la política a la cosmética— significa perpetuar este desordenado sistema, basado en la explotación, y por lo tanto, hacer de las mujeres unas víctimas.
El artículo fue escrito hace quince años y es interesante y gratificante ver cómo en este período de tiempo incluso el campo de la moda ha sido sacudido por una nueva rebelión que ha alterado los viejos esquemas estéticos y ha creado otros nuevos. Muchas mujeres jóvenes han abandonado el uso de los cosméticos y la “permanente”. Llevan los cabellos largos, lacios e incluso desgreñados, o se los cortan muy cortos, de la forma que prefieren o como creen más conveniente. Las rodillas, que antes eran consideradas como la parte “fea” de la mujer y había que ocultar, han sido descubiertas implacablemente con la minifalda, y así sucesivamente.
En lugar de ser los Reyes de la Moda los que manejaban a las mujeres, se ha dado el caso contrario, por lo menos durante algún tiempo. Los diseñadores de la moda seguían los gustos de las jóvenes descuidadas y desaliñadas, adaptándolos de tal forma que hicieran los productos igualmente caros. Como consecuencia, el precio se ha convertido más claramente en símbolo de “belleza”, esto es, de distinción de clase; por lo tanto, si una mujer quiere pertenecer al “gran mundo”, como llaman a los ricos, lo poco o mucho que lleve de vestido debe ser visible y claramente costoso.

LA MUJER Y LA FAMILIA: UNA VISIÓN HISTÓRICA UNA VISIÓN HISTÓRICA

Todos los que están presentes aquí son conscientes de que estamos viviendo en un período de creciente agitación y tensión sociales. Esto resulta evidente por las manifestaciones de protesta y por los movimientos de liberación que desde hace tiempo ocupan los titulares de los periódicos.
En primer lugar fi gura la repulsa contra la guerra de Vietnam, en la cual Washington está derrochando miles de millones de dólares, mientras descuida las necesidades más elementales del pueblo americano en lo que se refiere a viviendas, educación, cuidados médicos, bienestar social, etc.
Tenemos las revueltas en las comunidades negras, que buscan el fi n de su pobreza y del racismo. Los estudiantes, ofendidos por el sistema prevalente de coerción y de lavado de cerebro, intentan liberar las universidades y las escuelas de la injerencia de la gran industria y las personalidades poderosas. Por lo tanto, no resulta nada sorprendente que junto con estas olas de descontento y de militancia, haya vuelto a despertar el interés y se hayan desarrollado de nuevo los movimientos por la liberación de la mujer.
En la vanguardia figuran las jóvenes de hoy, sobre todo las universitarias, que cuestionan las antiguas normas y costumbres que constriñen la vida de la mujer al marido, al hogar y a la familia. Sospechan que han sido engañadas cuando se las ha hecho creer que las mujeres representan el segundo sexo, algo inferior, algo que debe darse por satisfecho con ser un poquito más que una mujercita hacendosa de su casa o vivir una vida ociosa. Ellas creen con toda justicia que poseen cerebro y talento suficientes, tanto como órganos sexuales y reproductores, y que han sido defraudadas y despojadas de su libertad para expresar sus capacidades creadoras en casi todas las esferas de la vida social.
Sin embargo, se encuentran con dificultades cuando se trata de articular sus quejas y formular sus demandas por una vida más rica en significado y unas perspectivas más amplias que aquellas a las cuales se han visto restringidas. Esto no resulta sorprendente en vista de la magnitud y del alcance del problema. La “cuestión femenina” no afecta a un grupo minoritario; las mujeres representan la mitad de la especie humana. Por otra parte, toca temas importantes y muy sentidos como son las relaciones sexuales, los lazos familiares y otros problemas íntimos entre las personas.
Uno de los mayores obstáculos con que nos encontramos, es la falta de información concreta sobre el trasfondo histórico de la mujer y de la familia. Esto resulta útil para mantener a la mujer en su ignorancia y su sometimiento a los mitos que se propagan en torno a ella. Las jóvenes rebeldes sienten instintivamente que de algún modo, en algún momento y por medio dé unas fuerzas invisibles, han sido arrojadas a la esclavitud y relegadas a un estado de inferioridad. Ellas no saben cómo ha podido suceder esto, y tienen necesidad de saber cómo hemos llegado a este punto y quién o qué es responsable de ello.
La mayoría de las mujeres no comprenden que su problema no existía antes de que la sociedad clasista fuera instaurada y las desclasara de la elevada posición de igualdad que disfrutaban en la sociedad primitiva.
Sólo vagamente se dan cuenta del hecho de que la actual sumisión de las mujeres va pareja con la explotación de la clase obrera en su conjunto, y con las discriminaciones practicadas contra los negros y otras minorías.
Por esta razón, ellas mismas no entienden que una vez abolida la sociedad capitalista, e instauradas unas relaciones de tipo socialista, las mujeres se verán emancipadas como sexo por las mismas fuerzas que liberarán a todos los obreros y minorías raciales de su opresión y alienación.
Por estas razones he presentado la “cuestión de la mujer” empezando por la prehistoria de la humanidad. Esta nos lleva al campo de la antropología, con sus importantes descubrimientos sobre la evolución de la mujer, la familia y la humanidad en su conjunto. Daremos primero un breve repaso al desarrollo de la propia antropología, para comprender por qué tantos de estos conceptos han sido distorsionados y mistifi cados. La antropología es una de las ramas más jóvenes de las ciencias sociales.
Tiene poco más de cien años. En sus comienzos era considerada por sus fundadores como ciencia de los orígenes sociales y de la evolución. A través de su investigación, esperaban poder trazar el desarrollo de la humanidad desde los orígenes prehistóricos hasta la civilización, o sea hasta llegar al período histórico. La antropología, por lo tanto, puede definirse como estudio de la “prehistoria”.
Pero precisamente porque era una ciencia de la evolución, la antropología ha sido objeto de violentas controversias. Al igual que la biología, que se ha desarrollado contemporáneamente en el curso del siglo XIX, esta ciencia ha hecho tambalearse los conceptos erróneos que prevalecían acerca del pasado de la humanidad, y, además, empezó a derrumbar los prejuicios existentes en torno a la cuestión de la mujer.
Por esta razón fue considerada por las fuerzas conservadoras como una ciencia potencialmente subversiva, y se construyeron bastantes barreras en el camino de su libre y completo desarrollo.
La primera batalla entre el dogmatismo trasnochado y los descubrimientos científicos se ha desarrollado en el campo de la arqueología. Según el Antiguo Testamento, la humanidad no solamente tenía un origen divino, sino que su historia pasada era breve, contaba menos de cinco mil años. No obstante, los huesos fósiles y útiles excavados por los arqueólogos pioneros, demostraban que la vida humana se había iniciado muchos milenios más atrás. Esto representaba un desafío a los dogmas religiosos y a las ideas petrificadas que prevalecían en el último siglo, y al principio estos hallazgos fueron acogidos con rencor y desconfianza. Tan sólo después de varias décadas y después de haber acumulado pruebas concluyentes se desvaneció esta resistencia. Actualmente es aceptado por todo el mundo científico que la vida humana empezó un millón o más de años antes, y que otras formas subhumanas u homínidas precedieron a la evolución del hombre hacia el homo sapiens.
La siguiente gran batalla contra el oscurantismo se produjo en torno a la teoría darwiniana de la evolución orgánica, que puso en evidencia el origen animal de la humanidad. Este fue un golpe mucho más serio al dogmatismo místico religioso, que el de extender simplemente la historia de la humanidad hacia tiempos más remotos, porque implicaba que el hombre no es la creación de un ser divino, sino que se deriva de la evolución de una rama evolucionada de los primates. La ira y la furia que rodearon esta teoría anti-religiosa duraron varias generaciones. En algunos Estados, la ley prohibió enseñar la teoría de la evolución en las escuelas. Tan sólo este mismo año el Estado de Arkansas ha sido empujado a la fuerza, entre puntapiés y gritos, hacia el siglo XX, gracias al coraje y al espíritu de lucha de una maestra que forzó al Estado a que admitiera la enseñanza de la teoría de la evolución en sus escuelas. Esta resistencia fue rota mucho antes en los estados más progresistas del mundo, y hoy día la teoría darwiniana es aceptada como premisa fundamental en la investigación científica sobre los orígenes de la humanidad.
El término de estas luchas, que entraban en confl icto fundamental con los dogmas teológicos, no resolvió todas las disputas surgidas en torno a la joven ciencia de la antropología. La batalla más áspera, que continúa todavía hoy, no fue la que tuvo que sostenerse contra la religión, sino la que se da en el campo de la sociología. Las conclusiones que sacaron los fundadores de la antropología demostraban que anteriormente a nuestro sistema existía un tipo de sociedad totalmente diferente, y que en ciertas esferas de las relaciones humanas, aunque no en otras, aquella había sido superior a la nuestra, ya que la organización social primitiva se basaba en una democracia auténtica y en una igualdad completa, incluida la igualdad sexual.
Las autoridades constituidas en la sociedad capitalista no pueden tolerar unas ciencias, desde la antropología a la economía, que proclamen abiertamente toda la verdad de lo que representa nuestra sociedad, como una sociedad que explota y oprime tanto a los obreros como a las mujeres.
Por lo tanto, no resulta sorprendente que hayan surgido nuevas escuelas de antropólogos, en el transcurso del siglo XX, que rechazan los métodos y descubrimientos de sus predecesores, desviando esta ciencia por caminos y en dirección completamente diferentes.
En manos de estos revisionistas, la antropología decayó desde sus comienzos prometedores, como ciencia de la evolución social, convirtiéndose en un simple catálogo descriptivo de una “variedad” de culturas. Dado que muchas personas, incluidos los estudiantes de la antropología, son poco conscientes de este desarrollo, veamos cómo es posible que esto llegara a verificarse.
Los dos más célebres investigadores de la antropología, en el siglo XX, fueron Lewis Morgan, en los Estados Unidos, y Edward Taylor, en Inglaterra. Estos y sus colegas partían de un punto de vista evolucionista, y procedían sobre la base del hecho de que la humanidad se había desarrollado a través de una serie de estados progresivamente ascendentes, desde el mundo animal hasta la civilización. Eran también sustancialmente materialistas, es decir, empezaban por considerar las actividades laborales que suministraban los, géneros de primera necesidad o que servían para que la vida fuese más cómoda, y sobre esta base económica analizaban las instituciones superestructurales, las costumbres, las ideas y las creencias de los pueblos primitivos.
El más notable exponente de este método evolucionista y materialista fue Lewis Morgan, que lo utilizó para caracterizar los tres estados principales del progreso humano: desde el estadio salvaje hasta la civilización pasando a través de la barbarie. Hoy día podemos establecer incluso la duración de cada una de estas tres épocas. La primera, el estadio salvaje, fue la más prolongada, pues ocupa casi el 99°/o de la vida humana sobre la tierra. La barbarie empezó con la agricultura y la cría de ganado hace unos 8.000 años, y la civilización se inició más o menos 5.000 años atrás.
Es digno de observar el hecho de que Marx y Engels, los creadores del socialismo científico, se vieran influenciados e inspirados por los estudios tanto de Darwin como de Morgan. Marx quedó tan impresionado con los descubrimientos de Darwin que incluso quería dedicarle la obra más importante de su vida, El Capital. Engels retomó más adelante la cuestión clave, planteada por Darwin, a la cual él mismo no había podido dar respuesta: ¿cómo habían conseguido nuestros progenitores, los primates, realizar el paso hacia la etapa de los seres prehumanos? En su ensayo El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre, Engels explica que fue la actividad laboral sistemática lo que convirtió a los antropoides en humanoides. Con esta exposición, Engels fue el primero en presentar lo que puede llamarse propiamente la “teoría del trabajo como origen de la sociedad”. Y como veremos más adelante, esto tuvo implicaciones muy importantes para la “cuestión de la mujer”.
En el caso de la antropología, el libro de Morgan, denominado La Sociedad antigua, le llegó a Marx desde los Estados Unidos, por mano del sociólogo ruso Maxim Kovalevsy. Marx empezó inmediatamente a tomar notas sobre el mismo, para sacar sus propias conclusiones sobre el primer período de evolución social. Después de la muerte de Marx, estas notas fueron publicadas por Engels en su famosa obra Origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, publicada en 1884. Como dijo en su introducción a la primera edición, “en América, Morgan había redescubierto a su manera el concepto materialista de la historia, elaborado por Marx 40 años antes”.
El libro de Engels subrayaba los ásperos contrastes entre la sociedad primitiva sin clases y nuestra sociedad clasista, y sacaba las inevitables conclusiones sociológicas del material recogido por los antropólogos.
Morgan, Tylor, Rivers y otros no buscaban una sociedad igualitaria, y no se imaginaban ni lejanamente que esta sociedad hubiese existido jamás, pero siendo investigadores escrupulosos, que informaban honestamente y con exactitud acerca de los resultados de sus estudios, redescubrieron que las instituciones clasistas fundamentales de nuestra sociedad brillaban por su ausencia en la sociedad salvaje. Estos puntos fueron elaborados por Engels en su obra.
En primer lugar, los medios dé producción eran de propiedad común, y cada miembro de la comunidad trabajaba sobre bases igualitarias con todos los demás. Esto es fundamentalmente diferente de lo que sucede en nuestra sociedad. No existía una clase rica dominante que explotara a la clase obrera para acrecentar su poder. Por lo tanto, Morgan y otros definieron a la sociedad primitiva como un sistema de “comunismo primitivo”.
En segundo lugar, no existía un aparato estatal coercitivo, con sus cuerpos de hombres armados y de policías que sirvieran de brazo armado a la clase rica gobernante, para mantener sojuzgado al pueblo trabajador.
La sociedad primitiva tribal era autónoma y democrática, una sociedad en la cual todos los miembros eran iguales, incluidas las mujeres.
En tercer lugar, mientras nuestra sociedad clasista es patriarcal en su constitución, con la familia paterna como unidad fundamental, la sociedad primitiva era matriarcal, y su unidad estaba constituida por la gens materna o el clan. Además de esto, la supremacía machista, que se sustenta sobre el mito de que las mujeres representan un sexo inferior, existe únicamente en nuestra sociedad patriarcal clasista. En el primitivo sistema matriarcal, basado en principios comunistas, no existía ninguna forma de dominación de un sexo sobre el otro, al igual que no existía el dominio de una clase rica sobre la masa de trabajadores.
Finalmente, los primeros antropólogos descubrieron que la unidad familiar, tal como nosotros la conocemos, tampoco existía. La sociedad tribal estaba compuesta por una red de clanes, formado cada uno por los hermanos y las hermanas correspondientes. Con este sistema de clasificación a través del parentesco, todos los miembros se identificaban no por medio de sus propios lazos familiares, sino a través de sus relaciones tribales y del clan.
De este modo, al aplicar su método histórico comparativo, los primeros antropólogos pusieron involuntariamente en evidencia las instituciones clave de nuestra sociedad capitalista, descubriendo su total ausencia en la sociedad primitiva. Gracias a estas consideraciones, el título del libro de Engels resultó tan extraordinariamente indicativo: Origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado. Engels subrayó también el hecho de que cuando no existían estas instituciones clasistas, las mujeres ocupaban una posición relevante, gozando de gran libertad e independencia, en abierto contraste con el papel subordinado y degradante que les asigna la sociedad de clases.
El descubrimiento de esta notable diferencia entre ambos sistemas sociales —el primitivo sistema igualitario y nuestro opresivo sistema capitalista— descargó un fuerte golpe sobre algunas de las ficciones más importantes que circulan en nuestro sistema cultural. Sería difícil decir qué resultaba más doloroso para el poder constituido: el hecho de que la sociedad primitiva fuera colectivista, igualitaria y democrática, o el hecho de que fuera matriarcal y que las mujeres ocuparan en ella posiciones influyentes y respetadas por la comunidad. Igualmente aparecía como revulsivo el hecho de que la familia paterna, de la cual se había afirmado que siempre ha existido, se había instituido de hecho muy tarde en la historia, y que su origen coincidía con el paso del sistema social matriarcal al patriarcal.
Fueron estos descubrimientos, y todavía más las conclusiones radicales que de ello sacaban los marxistas, lo que provocó largas y amargas luchas entre las diversas escuelas antropológicas. Las nuevas tendencias que surgieron en el siglo XX repudiaron los métodos y descubrimientos de los precursores, tachando a Morgan, Tylor y los demás de ser “anticuados y estar fuera de lugar”. Aunque se dividen a su vez en varias tendencias, los “difusionistas”, los “funcionalistas” y los “estructuralistas”, las diferencias entre ellos son menores, en comparación con su oposición común a cualquier apreciación histórico materialista de la antropología.
Sus posiciones quedan perfectamente representadas por los discípulos de Franz Boas en los Estados Unidos, Radcliffe Brown en Inglaterra, y Levi-Strauss en Francia. Todos estos interpretadores, de diversa orientación, han rechazado cualquier concepto unifi cado del progreso histórico del hombre, y se limitan principalmente a estudiar las culturas y las costumbres de grupo separados de pueblos primitivos, comparando unos con otros o con la sociedad civilizada. Su objetivo principal es establecer que siempre ha existido una variedad o diversidad de culturas. Este hecho es desde luego innegable. Pero una observación elemental de este tipo no excluye la necesidad científica, más avanzada, de establecer las etapas de desarrollo social que la humanidad ha atravesado en el curso de su larga y compleja evolución. Como dice de estos “descripcionistas”, el profesor Leslie A. White, de la Universidad de Michigan: “Además de ser antimaterialistas, son antiintelectuales y antifilosóficos —porque miran con desprecio cualquier teorización— y son también antievolucionistas. Su misión ha sido demostrar que no existen leyes ni significados en la etnología, que no hay un ritmo o una razón en los fenómenos culturales, que la civilización es —en las palabras de R. H. Lowie, el exponente más ilustre de esta filosofía”— más que una, “mezcolanza sin planificación un “embrollo caótico “(filosofia del futuro).
De hecho, este “embrollo caótico” no existe ni en la historia ni en la propia prehistoria, sino en las mentes y en los métodos de estos antropólogos. Estos han tomado un proceso histórico unitario y lo han desmembrado, para obtener una “mezcolanza sin sentido” de datos descriptivos. Al hacerlo así, se han dejado fuera el período más prolongado y más temprano de la historia de la humanidad, que es el período del sistema matriarcal de organización social. Pero es precisamente este período el que nos proporciona la información esencial para comprender los problemas relacionados con la mujer y la familia. Sigamos examinando, pues, este aspecto de la prehistoria.
Una de las fábulas favoritas de nuestra sociedad es la de que las mujeres son por naturaleza un sexo inferior, y que son inferiores debido a sus funciones reproductoras. La historia se explica así: la mujer está obligada a quedarse en casa porque tiene que cuidar de su hijo, por lo tanto, su puesto está en el hogar. Como “cuerpo doméstico”, naturalmente representa, desde el punto de vista social, un “cero”, el “segundo sexo”; mientras que los hombres, que sobresalen en la vida económica, política e intelectual, representan el sexo superior. De acuerdo con esta propaganda patriarcal, las funciones maternas de la mujer se instrumentalizan para justificar las desigualdades existentes – entre los sexos en nuestra posición subalterna que ocupa la mujer.
El descubrimiento del papel dominante asumido por la mujer en la sociedad matriarcal primitiva destruye este mito capitalista. La mujer de la época salvaje daba a luz a sus hijos y seguía siendo libre, independiente, y representaba el centro de la vida social y cultural. Esto toca un punto muy doloroso, porque no solamente afecta a la “cuestión femenina”, sino también a la “sagrada familia”. El contraste queda agravado por el hecho de que esta igualdad y estas libertades iban emparejadas también con unas relaciones sexuales libres, tanto por parte de las mujeres como de los hombres, en agudo contraste con las rígidas restricciones sexuales impuestas a la mujer en nuestra sociedad dominada por el hombre.
Otro aspecto de la sociedad primitiva, difícil de aceptar para los conservadores, es el hecho de que los primitivos no sabían y no se preocupaban de saber quién era el padre de cada uno de los hijos que nacían. Los niños no eran una propiedad como los demás artículos de propiedad privada, ni eran extraños uno al otro, según la riqueza, la clase o la raza de la familia. Todos los adultos de un clan se consideraban padres sociales de todos los niños, y se preocupaban de ellos por un igual. No existía una situación tan trágica y anormal como la de un niño sobrealimentado por un Lado y niños abandonados, enfermos o hambrientos por el otro.
En la sociedad comunitaria, en la que no existía todavía la familia como núcleo aislado, era irrelevante e inútil saber quién era el padre biológico, o incluso la madre biológica.
Estos descubrimientos fastidiosos eran difíciles de digerir y tropezaron con gran resistencia. Las objeciones presentadas por los disidentes pueden resumirse en dos puntos: 1) no ha existido jamás una sociedad matriarcal constituida; las mujeres de la época salvaje estaban tan degradadas como sus hermanas civilizadas de hoy. Lo que puede afirmarse como máximo es que, en la “variedad” de culturas, algunos grupos habían adoptado la curiosa costumbre de la descendencia y del parentesco matrilineal, aunque queda por explicar el cómo y por qué se puso en práctica esta situación tan extraña; 2) el núcleo familiar tal como lo conocemos hoy no es un producto histórico tardío, como afirman los primeros antropólogos y los marxistas: siempre ha existido y siempre ha habido un padre de familia.
Estas dos afirmaciones, la de que el matriarcado nunca ha existido y en cambio sí ha existido siempre un padre de familia, van parejas. Forman el bloque principal que dificulta el futuro avance teórico en el campo de la antropología, y la adquisición de un cuadro verdadero de la historia primitiva de la mujer. Por lo tanto, vamos a resumir brevemente algunas pruebas que hablan en favor de la existencia inicial del sistema matriarcal de organización social.
El término “matriarcado” fue acuñado después de ser publicado, en el año 1861, el estudio de Bachofen, Das Mutterrecht, en el cual el autor subrayaba la posición predominante que tenía la mujer en la sociedad antigua. Intentando comprender la razón de ello, sacó la conclusión de que puesto que habían prevalecido unas relaciones sexuales libres y los padres de los niños eran desconocidos, esto proporcionaba a la mujer su estado privilegiado, en un período que él llamó de “derecho materno”.
En lo esencial, esta tesis acentúa las funciones maternales de la mujer como fuente de poder. Esto resulta paradójico, porque en nuestra sociedad la razón principal que se aduce para justifi car el estado de inferioridad de la mujer, es precisamente su función procreadora. ¿Cómo puede ser entonces que aquello que nosotros consideramos como el más grave handicap de la mujer, su función materna, pueda haber dado lugar a una posición preeminente en las sociedades primitivas? Este enigma desconcertante permaneció sin respuesta hasta el año 1927, cuando Robert Briffault publicó su estudio Las Madres. En el demostró que las mujeres habían adquirido su posición de privilegio en la sociedad primitiva no solamente porque eran procreadoras, sino porque, como resultado de esta función específica, se habían convertido en primeras productoras de géneros esenciales para vivir. En otras palabras, en un determinado punto de la lucha por la supervivencia y por nutrir y cuidar de sus pequeños, habían emprendido la vía de la actividad laboral, y esta nueva función les dio la capacidad de organizar y dirigir las primeras formas de vida social.
Muchos estudiosos, como V. Gordon Childe, Sir James Frazer, Otis Tufton Masón y Briffault, han citado detalladamente la amplia gama de actividades productivas que desarrollaron las mujeres primitivas, y el papel crucial que tuvieron con ello en la elevación del género humano por encima de la modesta economía de la edad salvaje. Para resumir, durante un período en el cual los hombres se ocupaban exclusivamente de la caza y de la guerra, las mujeres desarrollaron la mayor parte de los instrumentos, de los conocimientos y las técnicas que estaban en la base del progreso social. De la recogida espontánea de frutos pasaron a la horticultura
sencilla y después a la agricultura. Entre la gran variedad de artes que practicaban, se incluye la alfarería, el curtido, los tejidos, la construcción de viviendas, etc.; fueron ellas las que desarrollaron los rudimentos de la botánica, la química, la medicina y otras ramas del conocimiento científico.
De este modo las mujeres fueron no solamente las primeras trabajadoras industriales y las primeras agricultoras, sino que desarrollaron también su mente y su inteligencia gracias a la variedad de sus labores, convirtiéndose en las primeras educadoras al trasladar sus conocimientos y su herencia cultural a nuevas generaciones de productores.
Según puso en evidencia Engels, todas las sociedades se han basado en los dos pilares de producción y procreación. Así pudo ser que las mujeres —productoras tanto de nueva vida como de los medios para satisfacer las necesidades materiales de la vida— se convirtieran en cabeza social y dirigente de sus comunidades. Y si pudieron realizar esta tarea es porque trabajaban juntas, como comunidad colectiva de productoras, sin estar dispersas en hogares separados, donde cada mujer puede ser encerrada para que realice las mismas tareas para sus propios hijos. Podían hacerlo porque no existía un poder dominante que las obligara a hacer lo que se les mandara; o restringiera sus esfuerzos.
Esto explica también por qué la sociedad primitiva era matriarcal en su estructura, y por qué las mujeres ocupaban un lugar central en la misma. Sus actividades productivas eran la fuente de su poder social.
En América, los aborígenes llamaban a sus mujeres “gobernadoras” del clan y de la tribu, y las tenían en la más alta consideración. Cuando los primeros conquistadores llegaron procedentes de las naciones patriarcales civilizadas de Europa, donde las mujeres hacía tiempo que estaban subordinadas, se quedaron sorprendidos de que estos “salvajes” no pudieran tomar decisiones colectivas importantes sin el acuerdo y el consenso de sus mujeres.
Aquí tenemos pues, con el testimonio del pasado, una negación del mito de que las mujeres siempre han sido un sexo inferior, y de que su puesto siempre ha estado en el hogar. Si pasamos a sumar la teoría de Briffault sobre el matriarcado, con la teoría del trabajo en los orígenes de la sociedad de Engels, nos encontraremos con que lejos de ser “cuerpos domésticos”, las mujeres fueron las creadoras y custodiadoras de la primera organización social de la humanidad.
Según demostró Engels, fue a través de las actividades productivas como la humanidad pudo evadirse del mundo animal. Más concretamente, fue la mitad femenina de la humanidad la que inició y condujo estas actividades productivas, por lo cual se nos debe el crédito de una mayor participación en el gran acto de creación y de elevación del género humano. Esta es una visión de la participación que ha tenido la mujer en la historia, muy diferente de la visión bíblica de Eva, que en la posterior era patriarcal fue considerada responsable de la “caída del hombre”. En realidad, lo que sucedió en el punto más importante de la evolución social fue la caída de la mujer.
¿Cómo pudo producirse esta inflexión tan grave? La realidad es que se inició con la introducción de grandes cambios en la estructura de la sociedad, y con la ruptura del original sistema comunista. Mientras las mujeres mantuvieron sus instituciones colectivistas, no pudieron ser desposeídas; pero cuando surgió el nuevo sistema de propiedad privada, el matrimonio monógamo y la familia, las mujeres se dispersaron, y cada una se convirtió en esposa solitaria y madre confi nada en un hogar aislado.
Mientras se mantuvieron unidas, representaron una gran fuerza social. Separadas y aisladas unas de otras y confinadas a la cocina y al cuidado de los niños, perdieron todo su poder. Este proceso histórico, sin embargo, ha sido negado y oscurecido por aquellos que desean mantener los mitos que afi rman la existencia eterna de la institución matrimonial y la familia.
Edward Westermark, que ha sido considerado durante mucho tiempo como la máxima autoridad en el campo del estudio del matrimonio y de la familia, ha intentado trazar las raíces de esta institución hasta el propio mundo animal. Su tesis es errónea porque no distingue entre necesidades naturales y funciones que compartimos con los animales, y las instituciones sociales exclusivamente creadas por el ser humano. Así, mientras compartimos con los animales las funciones fisiológicas del sexo y la procreación, no hay nada en el mundo animal que se parezca a la institución del matrimonio o de la familia patriarcal. Es posible hablar hasta cierto punto de una familia materna, aunque debería denominarse más exactamente «descendencia materna». En la naturaleza, es la madre la que alimenta y se cuida de sus descendientes, hasta que son suficientemente mayores para ocuparse de sus propias necesidades. Entonces se rompe incluso esta familia matriarcal y los individuos se dispersan cada uno por su lado.
Cuando pasamos del mundo animal al mundo humano antiguo, tampoco nos encontramos todavía con la familia. Nos encontramos con la gens materna o clan. Se trata de un grupo de personas que viven y trabajan juntos, como hermanos y hermanas, dentro de un clan. En otras palabras, la sociedad antigua no solamente era un matriarcado, sino una hermandad de hombres. Para los niños, todas las mujeres mayores eran madres, y todos los hombres mayores eran hermanos de las madres o tíos maternos. De hecho en muchas lenguas primitivas el término clan también se traduce como parentesco materno o fraterno.
Esta sociedad basada en el clan representa una diferencia significativa frente a las condiciones de vida animal. No existe una hermandad de hombres en el mundo animal, por el contrario, el mundo de la naturaleza está sometido a las discordias y a la lucha de los animales que compiten entre sí por arrebatarse los alimentos y las parejas. En la sociedad tribal, por otra parte, todos los hombres del clan estaban unidos solidaria y fraternalmente sobre la base de los principios colectivistas de la vida productiva y social.
Esta posición de los hombres como hermanos de las madres, es una de las pruebas más significativas de la prioridad del sistema matriarcal. En todo el mundo primitivo, y mientras no había aparecido todavía la familia paterna o estaba poco desarrollada, son los hermanos de las madres los que realizan aquellas funciones que en nuestra sociedad son asumidas por los padres. Una buena descripción de esta institución nos la proporciona el antropólogo E. Adamson Hoebel: «La base nuclear del susu (matriarcado) es la relación de parentesco entre hermano y hermana. El marido no tiene allí nada que ver… su papel, excepto como procreador, es sustituido total o parcialmente por el hermano de la madre… el peso principal de la educación de los muchachos para que asuman el trabajo de los hombres, recae sobre el hermano de la madre. Sus sobrinos heredan de él casi todos sus bienes… allí donde el susu está fuertemente institucionalizado, el padre, tal como nosotros lo conocemos, queda totalmente fuera de juego” (El hombre en el mundo primitivo).
Estos datos sobre el clan madre-hermano, como unidad económica original de la sociedad tribal, niegan la afi rmación de que siempre haya existido el padre de familia. Normalmente esta afirmación se asienta sobre la base de la dependencia económica de la mujer: si no tuviera marido ¿quién mantendría a la mujer y a sus hijos? En otras palabras, nos hacen creer que las mujeres siempre han sido unos seres indefensos y dependientes, y que sin un padre a la cabeza de cada una de las pequeñas unidades familiares, la sociedad acabaría prácticamente en un colapso.
Pero los hechos de la primera historia de la humanidad nos prueban lo contrario. La sociedad primitiva no solamente sobrevivía, sino que prosperó, .y ello porque en el sistema comunitario todas las mujeres cumplían colectivamente con sus funciones maternas, y todos los hombres cumplían colectivamente con sus funciones paternas, frente a todos los niños de la comunidad. Ninguna mujer dependía de un hombre para su sustento, y ninguna criatura dependía de un padre o incluso de una madre para mantenerse.
En el transcurso del tiempo aparecieron las primeras “parejas maritales” o “familias emparejadas”, y los maridos de las mujeres consiguieron suplantar a los hermanos del clan como nuevos participantes económicos en el sistema. No obstante, mientras la comunidad retuvo sus principios colectivistas, no llegó a existir una dependencia o desigualdad familiar.
Toda la sociedad proveía a las necesidades de cada uno de sus miembros, y todos los adultos eran, hablando socialmente, “madres y padres” de todos los niños de la comunidad. La hermandad seguía formando la base de las relaciones sociales.
Cuando los conquistadores europeos llegaron a América buscando oro y encontraron a los aborígenes que lo habitaban, ninguna de estas dos partes pudo comprender el punto de vista, las costumbres y el nivel de desarrollo de la otra; hablaban diferentes lenguajes sociales. Por ejemplo, cuando el padre Le Jeune pregunta a un indio iroqués cómo podía amar tanto a unos niños, que admitía que no eran suyos, el indio le miró insolentemente y le respondió: “Tú eres insensato. Tú amas solamente a tus propios hijos, nosotros amamos a todos los niños de la tribu… somos todos padres y madres para ellos”.
Otro misionero jesuita, confundido por el contraste entre la sociedad civilizada, estúpida y ávida de dinero que había dejado atrás en Europa, y la generosidad de los aborígenes entre los cuales se había establecido, escribe lo siguiente: “Estos salvajes no distinguen entre lo que es mío y tuyo, por lo cual puede decirse que lo que le pertenece a uno, le pertenece también al otro… sólo los cristianos que viven a las puertas de nuestras ciudades utilizan el dinero. Los demás no lo tocan. Ellos lo llaman la “serpiente de los franceses”, y dicen que entre nosotros la gente roba, calumnia, traiciona y vende al otro por dinero… consideran extraño que alguien pueda tener más bienes que otro, y que aquellos que poseen más sean más estimados que aquellos que poseen menos. Ellos nunca se pelean ni luchan entre sí, ni se roban unos a otros ni se calumnian” (citado por Robert Briffault en: Las madres).
La desintegración de esta sociedad comunal se inició hace unos seis u ocho mil años, con la introducción de la agricultura y la ganadería a gran escala. Estos sistemas permitieron una acumulación material necesaria para llegar a Una economía más efi ciente y a un nuevo modo de vida. La agricultura exige grupos de personas estabilizados en tomo a un trozo de tierra, para cultivar el suelo, criar el ganado y trabajar en las industrias de la localidad. La antigua comuna tribal, ya en plena descomposición, empezó a ceder en todo. Se formaron primero clanes separados, después familias que vivían en granjas separadas, denominadas frecuentemente “familias amplias”, y finalmente la familia individual, que hoy llamamos la “familia nuclear”. Fue en el transcurso de este proceso cuando la familia paterna llegó a reemplazar totalmente al clan como unidad fundamental de la sociedad.
Resulta significativo el hecho de que en el primer período agrícola muchas familias patriarcales operaban todavía sobre la base de los principios de igualdad y de democracia heredados del pasado. Siendo familias agrícolas, constituían amplios grupos productivos, y todos sus miembros trabajaban conjuntamente para mantenerse a sí mismos, a sus propios hijos y a los viejos. Además, toda la familia de una comunidad agrícola cooperaba en las empresas de mayor proyección, como la preparación de nuevas tierras, en sembrar y guardar el grano y la cosecha, la construcción de viviendas, los* proyectos de riego, etc. Los padres de estas familias constituían los padres del lugar, que supervisaban estos proyectos y se preocupaban del bienestar de toda la comunidad. En estas condiciones de vida familiar colectiva, las mujeres seguían manteniendo una posición relativamente prestigiosa en la vida productiva y social.
No obstante, empezaron a introducirse en el juego nuevas fuerzas sociales procedentes de Oriente Medio, aquel sector del mundo que ha sido llamado “cuna de la civilización”, y que minaron y destruyeron las relaciones colectivistas, introduciendo todo un nuevo sistema basado en la propiedad privada, la familia y el estado. La parte mayor de las riquezas cayó en manos de una minoría privilegiada que consiguió dominar y hacerse con el mando, para así someter a explotación al mayor número de los trabajadores. De entre los antiguos padres- del lugar empezaron a surgir los reyes-sacerdotes, los nobles, los guerreros y sus séquitos, los cuales vivían en templos y palacios y gobernaban al resto de la población.
Empezando con reinos de tipo agrícola y madurando con las civilizaciones griegas y romana, surgieron los poderes opresivos del Estado, para así legalizar y perpetuar el gobierno de la clase rica sobre la masa trabajadora.
Este proceso no solamente destruyó la hermandad o “fraternidad entre los hombres”, sino también al matriarcado. Los juristas romanos que codificaron las leyes sobre la propiedad privada, formularon también al principio de la “patria potestas”, es decir, dieron todo el poder al padre. Briffault nos dice lo siguiente sobre los orígenes de la constitución patriarcal de la sociedad de clases: “El principio patriarcal, la ley por la cual el hombre transmite la propiedad a su hijo, fue evidentemente una innovación de los patricios, es decir, de los partidarios del orden patriarcal, los ricos, los propietarios. Estos desintegraron el primitivo clan materno formando familias patriarcales que “condujeron fuera del clan”. Los patricios establecieron la línea de descendencia paterna, y consideraron al padre y no a la madre como base de parentesco” (Las madres).
Más graves que este cambio en la base del parentesco fueron las nuevas leyes sobre la propiedad. Antes, toda la propiedad era comunitaria y era entregada por los clanes maternos a los clanes de las hijas, en ventaja y beneficio de todos los hermanos y hermanas que pertenecían al clan. Ahora la propiedad era sólo del padre individual, y era transmitida, dentro de la línea familiar, de padre a hijo. Los miembros femeninos de la familia eran mantenidos por el padre hasta que contraían matrimonio, y entonces la responsabilidad de su sustento pasaba a sus maridos. Sucede, pues, que el dominio y el poder del hombre no se deriva de ninguna
superioridad biológica, física o mental del macho sobre la hembra, sino de las exigencias socio-económicas de su reciente adquisición del monopolio de la propiedad, y de su transmisión a través de la línea de descendencia masculina.
Han sido los drásticos cambios sociales impuestos por las instituciones de la clase patriarcal, en forma de familia, propiedad privada y Estado, lo que ha conducido al derrocamiento histórico del sexo femenino. En la nueva sociedad los hombres se convirtieron en principales productores, mientras las mujeres eran encerradas en casa y quedaban limitadas a la servidumbre familiar. Desposeídas de su antiguo puesto en la ‘sociedad, no solamente se vieron privadas de su independencia económica, sino incluso de su antigua libertad sexual. La nueva institución del matrimonio monogámico surgió para servir las necesidades de la propiedad que a partir de entonces poseía el hombre.
Un hombre rico necesita de una mujer que le proporcione herederos legales, que sean portadores de su nombre y hereden su propiedad. Por esta razón se introdujo y pudo prevalecer la monogamia. De hecho, significó siempre monogamia $ólo para la mujer, ya que únicamente la mujer es gravemente castigada por el esposo o por la ley cuando rompe los votos matrimoniales. Reprimida por todos, la mujer se convirtió en un animal doméstico, cuya función fundamental en la vida es la de servir al marido, que es su señor y patrono. El propio término “familia”, que empezó a utilizarse al establecerse el sistema de propiedad privada, significa originalmente esclavitud doméstica. Engels dice: “Famulus significa esclavo doméstico, y familia es el conjunto de esclavos que pertenecen a un solo hombre… esta expresión fue inventada por los romanos para designar a un nuevo cuerpo social, cuyo jefe tenía una mujer, hijos, y un número de esclavos sometidos a él y sobre los cuales poseía, de acuerdo con la ley romana, el derecho a disponer de su vida y su muerte” (El origen de la familia…).
Generalmente no es conocido que el matrimonio legal fue instituido originalmente tan sólo para las clases poseedoras. La gente trabajadora que se mantenía mediante sus labores agrícolas, se juntaba sencillamente, tal como habían hecho en el pasado, ya que en la sociedad primitiva el matrimonio legal no era necesario ni deseable. Pero con el surgimiento de la vida urbana y de la iglesia, el matrimonio se extendió gradualmente a la población industrial, con el fi n de obligar legalmente a los que trabajaban a mantener a su mujer y a sus hijos, que no tenían otros medios de subsistencia. Las consecuencias fueron, según los sociólogos americanos Reuter y Runner, las siguientes: “Cuando la mujer dejó de producir, se convirtió en un ser dependiente. El mantenimiento total de la mujer y de la familia fue confiado al hombre, y el matrimonio, por primera vez en la existencia de la humanidad, se convirtió en un peso económico grave. La ley y la religión lo apoyaron y lo propagaron y reforzaron con una nueva idea: la de que el mantenimiento de las mujeres y de los hijos era una obligación natural y un deber del hombre” (La familia).
En otras palabras, surge un nuevo mito para ocultar el hecho de que no solamente las mujeres, sino también los trabajadores eran sometidos a explotación y al robo por la sociedad capitalista. Antiguamente era toda la comunidad la que mantenía y protegía a sus miembros, adultos y niños, desde la cuna hasta la tumba. A partir de ahora, esta inmensa responsabilidad es asignada a cada unidad familiar aislada, que debe arreglárselas sola como mejor pueda. Lejos de ser aquello que se dice que representa, el matrimonio y la familia se han convertido en una cárcel, en la cual todo el peso del mantenimiento de la familia de dependientes recae sobre un progenitor, y como máximo sobre ambos padres. Peor aún, no existe ninguna garantía de qué el padre y la madre tengan un trabajo garantizado o un salario adecuado para cumplir con sus obligaciones.
He aquí, pues, el panorama histórico que nos permite observar la gran importancia que tiene la antropología como guía para el estudio de la situación de la mujer y de la familia. Es capaz de destruir muchos mitos que han sido propagados acerca de este tema, y nos ofrece una visión de la realidad de los hechos.
Por ejemplo, de acuerdo con el Antiguo Testamento, nos dicen que el mundo empezó a existir hace unos cinco mil años, cuando en realidad tan sólo el mundo patriarcal fue el que se inició en aquellos tiempos, y fue precedido por casi un millón de años de historia matriarcal. Asimismo nos dicen que nuestra sociedad, basada en la propiedad privada, con sus discriminaciones, opresiones, su egoísmo y su avidez, han existido siempre, y que sus males son debidos a una “naturaleza humana” inmutable. La antropología, sin embargo, nos enseña que existió en las sociedades primitivas una forma totalmente diferente de naturaleza humana, y precisamente existió así porque aquella era una sociedad colectivista.
Finalmente, nos dicen que las mujeres han sido siempre el sexo inferior, y que ello es debido a sus funciones procreadoras. Se hace responsable a la madre naturaleza de la degradación de las madres de la raza humana.
Una vez más, la antropología nos enseña exactamente lo contrario. No ha sido la naturaleza, sino la sociedad de clases la responsable de la desigualdad sexual. Únicamente cuando su propia sociedad comunitaria quedó derrocada, fue cuando estas antiguas gobernantas de la sociedad quedaron derrocadas y fueron remitidas, dispersas y separadas, a sus hogares solitarios, y quedaron limitadas a las tareas sofocantes de la cocina y de la crianza de los niños.
Todos estos conocimientos, que podemos conseguir a través del estudio de la prehistoria, no solamente ayudarán a la mujer a comprender su actual dilema, sino que proporcionarán también directrices sobre cómo proceder en la lucha por la emancipación de la mujer, que está surgiendo ahora. Se han escrito muchos artículos y se han alzado muchas voces en demanda de la liberación de la mujer. Más importante todavía, las mujeres han empezado a salir de’ sus pequeños hogares aislados para reunirse en las calles en manifestaciones de protesta, tanto contra la guerra como en pro de otras demandas que afectan específicamente a la mujer. Todos estos desarrollos están todavía en su fase inicial, pero son signos de otros sucesos más importantes que se van a producir.
En esta nueva fase de la lucha es imperativo para las mujeres elaborar una teoría y un programa que respondan a sus necesidades y les permitan realizar sus objetivos. Esto todavía está por hacer. Por ejemplo, el “New York Times” realizó el año pasado una entrevista a ciertas mujeres del grupo de liberación denominado NOW, la National Organisation for Women, encabezada por Betty Friedan, autora de La mística de la feminidad.
El artículo del “Times” se titula “La segunda ola feminista”. La primera surgió el siglo pasado, con el movimiento de las sufragistas. En aquel momento las mujeres conquistaron cierto número de importantes reformas: el derecho a inscribir propiedades a su propio nombre, el derecho al voto, etc. Y este artículo se pregunta: “Qué es lo que quieren ahora estas mujeres?”.
De acuerdo con las pancartas que las mujeres llevan en sus manifestaciones, lo que quieren son más derechos: el derecho a mejores puestos de trabajo y mejores salarios; el derecho al aborto; más puestos en las comisiones del gobierno, etc. En general, el artículo resume sus demandas como de “plena igualdad para todas las mujeres de América, en real y auténtica paridad con los hombres, AHORA. “ Pero no menciona las fuerzas clasistas que han impedido esta igualdad, ni se exponen en el artículo los métodos de lucha que se necesitan para conquistar estas demandas.
Otras tendencias, y entre ellas el Movimiento de Liberación de la Mujer con base en Boston, están buscando seriamente un programa básico y una orientación correcta. Algunas, como la organización llamada SCUM (Sociedad para la Exclusión de los Hombres), poco tienen que ofrecer, fuera de una filosofía de “odio al hombre”. Los nombres pintorescos y las actitudes agresivas de grupos como WITCH (Las Brujas), o Internacional de Conspiración Terrorista de las Mujeres del Infierno, han originado cierto escándalo. Esto no está del todo mal, porque llama la atención sobre el hecho de que las mujeres se oponen conscientemente a la supremacía machista, y desafían abiertamente el mito de la superioridad del hombre.
Las ideas nuevas y los pasos activos que se dan, generalmente provocan escándalo precisamente porque rompen con el statu quo y molestan a aquellos que están satisfechos con que las cosas se queden como están. No obstante, no es suficiente causar sensación. Es esencial conseguir una firme base teórica para ejercer una acción consistente, dirigida hacia la consecución de un importante cambio social. Y esto es lo que he intentado hacer con este discurso.
(Este discurso fue pronunciado el 9 de Mayo de 1969 en una reunión patrocinada por los “Estudiantes por una Sociedad Democrática* en Emory University, Atlanta, Georgia, y al mismo tiempo, y esto es curiosamente interesante, en que Se celebraba el concurso para la elección de “Miss” Emory. El discurso formaba parte del programa de la primera Conferencia Socialista Meridional, celebrada en aquel fi n de semana por la Alianza de Jóvenes Socialistas).

* SDS.: Students for a Democratic Society.

EL MITO DE LA INFERIORIDAD DE LA MUJER

Una de las principales características del capitalismo y de la sociedad clasista en general es la desigualdad de los sexos. Los hombres son los amos en la vida económica, cultural, política e intelectual, mientras que las mujeres tienen un papel de subordinadas e incluso de sumisas.
Sólo muy recientemente la mujer ha empezado a salir de la cocina y del cuidado de los niños para protestar contra el monopolio del hombre. Pero la desigualdad inicial permanece.
Esta desigualdad de los sexos ha caracterizado la sociedad de clases desde su inicio, hace unos dos mil años, permaneciendo a través de sus tres períodos más importantes: esclavismo, feudalismo y capitalismo.
Por esta razón, la sociedad de clases se caracteriza esencialmente por’ la dominación masculina, y esta dominación ha sido difundida y perpetuada por el sistema de la propiedad privada, por el Estado, la Iglesia y las instituciones familiares, que sirven a los intereses del hombre. Sobre la base de esta situación histórica se ha divulgado el mito de la pretendida superioridad social del sexo masculino. Se dice, generalmente, como un axioma inmutable, que los hombres son socialmente superiores porque son naturalmente superiores. Según este mito, la supremacía masculina no es un fenómeno social, característico de un momento particular de la historia, sino una ley natural. Los hombres, se afirma, han sido dotados por la naturaleza de atributos físicos y mentales superiores.
Para la mujer se ha propagado un mito equivalente, defendiendo así esta pretendida superioridad del hombre. Se afirma, como axioma inmutable, que las mujeres son socialmente inferiores, porque son naturalmente inferiores a los hombres. Y, ¿cual es la prueba? Que las mujeres son madres. La naturaleza, se afirma, ha condenado al sexo femenino a una posición inferior.
Esto es una falsificación de la historia, natural y social. No es la naturaleza, sino la sociedad de clases la que ha rebajado a la mujer y elevado al hombre. Los hombres han obtenido su supremacía social a través de la lucha contra la mujer y su conquista. Pero esta lucha entre los sexos era sólo una parte de la gran lucha social: la desaparición de la sociedad primitiva y la institución de la sociedad de clases. La inferioridad de la mujer es el producto de un sistema social que ha causado y promocionado otras innumerables desigualdades, inferioridades, discriminaciones y degradaciones. Pero esta realidad histórica ha sido disimulada tras el mito de la inferioridad femenina.
No es la naturaleza, sino la sociedad de clases la que ha robado a la mujer su derecho a participar en las tareas más altas de la sociedad, exaltando sólo sus funciones animales de maternidad. Y este robo ha sido perpetrado mediante una doble mistificación. Por un lado, la maternidad se presenta como una aflicción biológica que le corresponde a la mujer como tal. Por el otro, este materialismo vulgar se presenta como una cosa sagrada. Para consolar a las mujeres de su posición de ciudadanas de segunda clase, las madres son santificadas, adornadas de una aureola y dotadas de “intuiciones” especiales, sensaciones y percepciones por encima de la comprensión masculina. Santificación y degradación son simplemente dos aspectos de la explotación social de la mujer en la sociedad de clases.
Pero ésta no ha existido siempre; tiene sólo unos pocos millares de años. Los hombres no han sido siempre el sexo superior, puesto que no han sido siempre los dirigentes industriales, intelectuales y culturales. Por el contrario, en la sociedad primitiva, en donde no eran santificadas ni degradadas, las mujeres eran las dirigentes de la sociedad y de la cultura.
La sociedad primitiva era un matriarcado, lo que significa, como la misma palabra indica, un sistema en el cual quien organizaba y dirigía la vida social no eran los hombres, sino las mujeres. Pero la distinción entre los dos sistemas sociales va más allá de este cambio del papel dirigente de los dos sexos. La dirigencia social de las mujeres en la sociedad primitiva no estaba fundada sobre la opresión del hombre. Por el contrario, la sociedad primitiva no conocía desigualdades sociales, inferioridades o discriminaciones de ningún género. Se fundaba sobre una base de igualdad completa. Por lo tanto, realmente a través de la dirección de las mujeres los hombres han pasado de unas condiciones atrasadas a un papel social y cultural más elevado.
En esta sociedad primitiva,” la maternidad, lejos de ser vista como una aflicción o un signo de inferioridad, se consideraba como un gran don de la naturaleza. La maternidad investía a las mujeres de poder y prestigio; y había buenas razones para que así sucediese.
La humanidad nace del reino animal. La naturaleza ha dotado sólo a uno de los dos sexos, al sexo femenino, de los órganos y funciones procreadoras. Este don biológico ha sido el que ha hecho posible la transición del reino animal al humano. Gracias a alimentar, cuidar y proteger a los pequeños, como Robert Briffault ha demostrado ampliamente en su trabajo The Mothers.
Sin embargo, como Marx y Engels han demostrado, todas las sociedades tanto pasadas como presentes, se basan en el trabajo. No era sólo la capacidad de las mujeres de reproducir lo que tuvo un papel decisivo, puesto que, realmente, todas las hembras animales paren.
Lo decisivo para la especie humana fue el hecho de que la maternidad impulsa al trabajo, y sobre la fusión de la maternidad y el trabajo se fundó verdaderamente, el primer sistema social. Fueron las madres las primeras que tomaron el camino del trabajo, y con el trabajo se inició el camino de la humanidad. Fueron las madres quienes se convirtieron en la mayor fuerza productiva; las obreras y las campesinas, las dirigentes de la vida científica, intelectual y cultural. Y lograron convertirse en todo esto precisamente porque eran madres: y al principio, la maternidad se fundía con el trabajo. Esta unión permanece aún hoy día en el lenguaje de los pueblos primitivos, donde el término “madre” significa “procreadora-productora”. Pero no concluimos de todo ello que las mujeres, por naturaleza, son el sexo superior. Cada sexo fue el producto de una evolución natural y cada uno tiene su papel específico e indispensable. Sin embargo, si tuviéramos que hablar en términos de dirigencia social, para las mujeres del pasado como para los hombres de hoy, diríamos que las mujeres, en la sociedad, fueron dirigentes mucho antes que los hombres y por un período más largo.
Nuestro objetivo en esta presentación es la de destruir, de una vez por todas, el mito perpetuado por la sociedad de clases de que Tas mujeres son naturalmente inferiores. La forma más efi caz para demostrarlo es, ante todo, analizar detalladamente el trabajo de las mujeres primitivas.

CONTROL SOBRE LOS ALIMENTOS

Para cualquier tipo de sociedad la búsqueda de comida ha sido siempre la preocupación más inmediata, precisamente porque si los hombres no hubieran estado alimentados habría sido imposible cualquier tipo de trabajo. Mientras los animales han vivido siempre procurándose la comida día a día, la humanidad ha tenido que establecer algunas normas de control sobre sus provisiones para poder progresar y desarrollarse. Control significa no sólo alimento sufi ciente para hoy, sino un excedente para mañana y la capacidad de conservarlo para un futuro. Desde este punto de vista la historia humana puede dividirse en dos períodos principales, el período de la recogida de alimentos, que dura unos cien mil años, y el período de la producción de alimentos, que se inicia con la invención de la agricultura y la domesticación de animales, no hace más de ocho mil años.
En la época de la recogida de alimentos, la división del trabajo era muy simple. Se describe generalmente como una división entre los sexos o división del trabajo entre macho y hembra (los niños daban su aportación enseguida que podían hacerlo; las niñas se educaban para trabajos femeninos y los niños para trabajos masculinos). Esta división del trabajo determinaba una diferenciación entre los sexos en los métodos y en la manera de recoger comida. Los hombres eran cazadores, ocupación a tiempo completo que los tenía lejos de la casa o del campamento durante períodos más o menos largos. Las mujeres recogían los productos vegetales del campo y de las cercanías de las viviendas.
Debemos por lo tanto comprender que, a excepción de áreas particulares en el mundo y en un período histórico determinado, la fuente más segura de provisiones de alimentos no eran los animales (proporcionados por el hombre), sino los vegetales (proporcionados por la mujer).
Otis Tufton Masón escribe: “En todas las partes del mundo en que la raza humana ha adelantado, las mujeres descubrieron que los productos típicos de aquella tierra se convertirían en su seguridad. En Polinesia, el taro o árbol del pan, en África la palmera y la tapioca, el mijo y la patata dulce. En Europa, los cereales. En América, el trigo y la patata, etc,” (Women’s Share in Primitive Culture).
Alexander Goldenweiser puntualiza: “En todas las partes del mundo, el sostenimiento de la familia ha sido garantizado con mayor regularidad y certeza por las tareas de la mujer, ligada a la casa, que por las del marido o hijos cazadores que estaban lejos. Realmente, en los pueblos primitivos era un espectáculo habitual el hombre que volvía a casa, después de una cacería más o menos ardua, con las manos vacías y muerto de hambre. Las provisiones de vegetales debían, por lo tanto, bastar para sus necesidades y para las del resto de la familia” (Anthropology).
Las provisiones alimenticias con que se podía contar eran, por lo tanto, las que recogía la mujer, y no el hombre. Pero las mujeres eran también cazadoras, si bien practicaban otro tipo de caza distinto. Además de desenterrar raíces, tubérculos, etc., recogían gusanos, cucarachas, lagartijas, moluscos y otros pequeños animales como liebres, marsupiales, etc. Esta actividad de las mujeres era de fundamental importancia, por el hecho de que parte de esta pequeña selva la llevaban al campamento aún viva, y estos animales fueron la base de las primeras experiencias de domesticación.
Fue, por lo tanto, bajo la guía de las mujeres que se iniciaron las técnicas más importantes de domesticación de animales, técnicas que alcanzaron luego el nivel más alto con la cría de animales. El hecho de que la mujer domesticara animales tiene relación con su instinto materno. Sobre este punto, Masón escribe: “La primera domesticación es simplemente la adopción de crías abandonadas. El cazador lleva vivo a casa al pequeño cabrito, cordero o ternero. La mujer y los niños lo cuidan y acarician, e incluso lo amamanta con su pecho. Se pueden aportar ejemplos interminables de cómo las mujeres sabían capturar y domesticar los animales de la selva. Las mujeres, de todas formas, se han ocupado mayormente de aquellos animales que dan leche y lana”. (Op cit.).
Vemos que, mientras un aspecto de la actividad femenina en el campo, la recolección de alimentos, nos ha llevado a la domesticación de los animales, otro aspecto nos conducirá al descubrimiento de la agricultura.
Uno de los trabajos de la mujer era excavar con la estaquilla —uno de los primeros utensilios de la humanidad— el terreno para buscar alimentos.
Aun actualmente, en algunas zonas subdesarrolladas del mundo, la estaquilla se considera una parte inseparable de la mujer, casi como su hijo. Por ejemplo, cuando los hombres blancos descubrieron a “los indios shoshones dé Nevada y de Wyoming, les llamaron “los excavadores” (The Diggers) porque incluso hoy usan esta técnica para procurarse alimentos.
Precisamente gracias a esta actividad, las mujeres descubrieron finalmente la agricultura. Sir James Frazer nos da una bonita descripción de este proceso en sus primeros estadios.
Poniendo como ejemplo a los nativos del Victoria Central en Australia, escribe: “El instrumento que usaban para sacar las raíces era un palo que medía cerca de 7 a 8 pies de largo, endurecido al fuego, y con una punta al final, que les servía de arma, tanto ofensiva como defensiva. A partir de aquí podemos descubrir cuáles fueron los pasos que se dieron hasta llegar al cultivo sistemático del suelo.
“Un largo palo se hunde en la tierra y se sacude varias veces para remover la tierra que, a su vez, es recogida con la mano izquierda y lanzada hacia otra parte. De esta manera excavan rápidamente, pero la cantidad de trabajo es- demasiado grande en relación a los resultados. Para coger una patata de una circunferencia de media pulgada, aproximadamente, deben excavar un agujero de un pie cuadrado por dos de profundidad como mínimo. Las mujeres y los niños dedican una parte considerable de tiempo a este trabajo.
“En los terrenos fértiles, donde la patata dulce crece en abundancia, la tierra se criba y se pasa literalmente por el cedazo. El efecto de excavar la tierra alrededor de las raíces y la patatas dulces fue el de enriquecer y fertilizar el suelo, y de esta manera aumentar la recolecta de raíces y hierbas. La caída de la semilla, en la tierra anteriormente revuelta con el palo, contribuyó a obtener el mismo resultado; además, las que el viento se llevaba, mientras hacían el hoyo, daban otros frutos poco después”.
(The Golden Bough).

Con el paso del tiempo, las mujeres aprendieron a ayudar a la naturaleza extirpando los hierbajos de los campos y protegiendo las plantas que estaban creciendo. Finalmente, aprendieron también como plantar y sembrar.
No solamente se mejoró la cantidad y la calidad, sino que también fueron descubiertas nuevas especies de plantas y vegetales. Chapple y Coon dicen: “Con el cultivo, el proceso selectivo produjo muchas nuevas especies de vegetales o alteró profundamente las características de las ya existentes. En Melanesia llegan a hacer crecer patatas de 6 pies de largo y cerca de 1 pie de espesor, e incluso más. Mientras que las míseras raíces que los australianos excavaban de la tierra no eran más grandes que un garbanzo” (Principies of Anthropology).
Veamos cómo Masón resume los pasos dados en la agricultura: “La evolución de la agricultura primitiva pasa por la búsqueda de vegetales, el aposentamiento cerca de los mismos, la excavación del terreno, la siembra, el cultivo, primero a mano y fi nalmente con el uso de animales domésticos”. (Op. cit.).
Según Gordon Childe, todas las plantas comestibles, como también el lino y el algodón, fueron descubiertas por las mujeres en la época primitiva. (What Happened in History). El descubrimiento de la agricultura y la domesticación de animales permitió al género humano superar la época de la búsqueda de alimentos para pasar a la de su cultivo; ello representó para la humanidad la primera victoria sobre el problema del aprovisionamiento de víveres. Esta conquista, fue realizada por la mujer. La gran Revolución agrícola, que proporcionó alimento a los hombres y a los animales, fue la coronación del trabajo femenino desde el día en que usó el palo para excavar.
De todas formas, poder controlar las provisiones alimenticias, significó mucho más que confiar simplemente en la fertilidad de la naturaleza. Significó, principalmente para la mujer, entregarse a su trabajo, a la experiencia, a sus capacidades de inventiva y de innovación. Las mujeres tuvieron que descubrir todos los métodos particulares de cultivo adaptados a cada especie de planta o semilla. Tuvieron que aprender las técnicas de la trilla, de la limpieza del grano, de la molienda, etc., e inventar todos los utensilios adecuados para cultivar el terreno, recoger y guardar la cosecha, y finalmente transformarla en comida.
En otras palabras, la lucha por controlar los productos alimenticios trajo no sólo el desarrollo agrícola, sino que puso las bases para la producción y la ciencia.
Masón escribe: “Toda la vida industrial de la mujer se construyó a partir de la provisión de alimentos. Desde el primer viaje a pie para buscarlos, hasta el momento de cocinarlos y comerlos, realizaron una serie de experiencias y experimentaciones propios de las circunstancias” (Op. cit.).

LA MUJER EN LA INDUSTRIA, EN LA CIENCIA Y EN LA MEDICINA

La primera división del trabajo entre los sexos se describe, a menudo, de una forma muy simplifi cada y deformada. Los hombres, se dice, eran cazadores y guerreros mientras las mujeres permanecían en el campamento o en la casa para cuidar a los niños y hacerles la comida.
Esta descripción da la impresión de que la familia de entonces fuera el equivalente, en primitivo, de la familia moderna. Mientras los hombres se ocupaban de todas las necesidades sociales, las mujeres lo hacían solamente de la cocina y los niños. Este concepto es realmente una gran distorsión de los hechos.
Con excepción de la división en la búsqueda de alimento, no existía, entre los sexos, ninguna otra diferencia ni en las formas más altas de producción, por la simple razón de que toda la actividad industrial en la sociedad estaba en manos de las mujeres. Cocinar, por ejemplo, no debe entenderse como lo entendemos nosotros ahora en la familia moderna.
Cocinar era sólo una de las técnicas que las mujeres habían adquirido como resultado del descubrimiento y del uso del fuego y de la capacidad de utilizar el calor.
Todos los animales de la naturaleza temen al fuego y se apartan de él. Y sin embargo, el descubrimiento del fuego tiene por lo menos medio millón de años, antes incluso de que la humanidad hubiera alcanzado un nivel completamente humano. Sobre esta cuestión, Gordon Childe escribe: “Logrando utilizar el fuego, el hombre controlaba una potente fuerza física y una importante transformación química. Por primera vez en la historia, un ser vivo lograba controlar una de las grandes fuerzas de la naturaleza. Y el uso de una potencia condiciona a quien la controla… “Al encender y apagar el fuego; al transportarlo y usarlo, el hombre logró apartarse completamente del comportamiento de los otros animales. El hombre afirmó su humanidad, y se convirtió en Hombre” (Man Makes Himself).
Todas las bases técnicas de la cocina, que siguieron al descubrimiento del fuego, fueron inventadas por las mujeres: cocer, asar, hervir, etc. Estas técnicas implicaban experimentos constantes sobre las propiedades del fuego y la utilización del calor. Fue precisamente gracias a estas continuas experiencias como la mujer logró desarrollar las técnicas de conservación de los alimentos para el futuro. Con la aplicación del fuego y del calor, logró desecar y conservar, para las exigencias futuras, tanto los vegetales como los animales.
Pero el fuego representó mucho más. El fuego es el instrumento por excelencia de la sociedad primitiva; puede equipararse al control y al uso de la electricidad e incluso de la energía atómica en la edad moderna. Y fue la mujer la que desarrolló las primeras formas de industria y, al mismo tiempo, la que descubrió el uso del fuego como instrumento de su trabajo.
La primera actividad industrial de la mujer estaba centrada en la búsqueda de toda clase de alimentos. Preparar y conservar la comida presupone la invención de todo el equipamiento subsidiario: vasijas, utensilios, hornos, almacenes, etc. Las mujeres fueron quienes construyeron inicialmente las primeras despensas, graneros, depósitos para alimentos.
Algunos de estos graneros consistían en agujeros excavados en la tierra y luego revestidos de paja. En los terrenos húmedos o acuosos plantaron palos y encima construyeron los depósitos. La necesidad de proteger, de los reptiles y otros pequeños animales, los alimentos de los graneros, fue resuelto con la domesticación de otro animal, el gato. Masón escribe: “Para la invención de los graneros y la protección de los alimentos, de los pequeños animales, el mundo debe agradecer a la mujer la domesticación del gato… La mujer amansó al gato salvaje para la protección de su granero”. (Op. cit.)
Fue siempre la mujer la que logró distinguir las sustancias nocivas o venenosas de los alimentos. Con el uso del fuego transformaba los alimentos, que en su estado natural no eran comestibles, en un alimento nuevo.
Citando nuevamente a Masón: “Plantas que en su estado natural son venenosas o demasiado ásperas y picantes, las mujeres de estos países comprendieron que haciéndolas cocer o simplemente hervir se podían convertir fácilmente en comestibles” (Idem).
La mandioca, por ejemplo, es venenosa en su estado natural. Pero la mujer logró transformarla en un alimento-base a través de un complicado proceso de compresión mediante una prensa primitiva, para eliminar así las sustancias venenosas, cociéndola después para eliminar cualquier otro residuo desagradable.
Muchas otras plantas y sustancias no comestibles fueron usadas por las mujeres en sus actividades industriales o transformadas en medicinas.
El Dr. Dan Mckenzie ha catalogado un centenar de medicinas homeopáticas descubiertas por las mujeres, precisamente por su profundo conocimiento de la vida vegetal. Algunas de estas medicinas se usan todavía hoy sin haber sido modificadas. Otras han sido sólo ligeramente mejoradas. Entre éstas hay muchas sustancias usadas por sus propiedades narcóticas.
La mujer, por ejemplo, descubrió la propiedad de la resina de pino, de la trementina y del aceite de chaulmoogra que se usa aun actualmente como remedio contra la lepra. Descubrió elementos medicinales en la acacia, en las almendras, en el caucho, en la cebada, y así sucesivamente.
Estos descubrimientos se dieron en Sudamérica, en China, en Europa, en Egipto, etc., según donde se encontraban estas sustancias naturales.
Las mujeres lograron incluso transformar sustancias animales en fármacos. Por ejemplo, transformaron el veneno de la serpiente en un suero contra las mordeduras de serpiente (el preparado equivalente se llama en la actualidad antiveneno). En la industria ligada a la conservación de los alimentos se empezaba a tener necesidad de recipientes y vasijas de todo tipo para conservar, transportar y cocer los alimentos. Y nacieron los primeros recipientes de madera, de piel, de corteza, según fuese en una u otra parte del mundo.
Sólo posteriormente la mujer descubrió la técnica de hacer vasijas de arcilla. El fuego se usaba también en la fabricación de utensilios de madera. Masón nos describe esta técnica y se puede comprender fácilmente cómo de este procedimiento se pasará luego a la construcción de las primeras canoas y embarcaciones.
“Quemaban con cuidado la parte cóncava controlando la llama. Luego, estas maravillosas y versátiles mujeres alejaban el fuego, e improvisando una escoba de madera cortaban los residuos. Con un rascador de piedra quitaban la resina hasta obtener una superficie de madera completamente lisa. La parte cóncava era rascada y quemada hasta obtener la forma requerida. Completada la pileta, estaba lista para ser usada como olla para cocinar”. (Op. cit).
Con esta transformación, una sustancia como la madera, que es fácilmente consumida por el fuego, podía ser usada como recipiente para cocinar y, por lo tanto, ser puesta al fuego.
Pero estas primeras actividades femeninas que nacieron precisamente de la lucha por la conservación de los alimentos, sobrepasaron muy pronto este limitado horizonte. Apenas una necesidad era satisfecha, en seguida nacían otras y éstas, a su vez, eran satisfechas en una espiral siempre creciente de nuevas necesidades y nuevos productos. Y fue en este continuo reproducirse las necesidades, y las soluciones a las mismas, como las mujeres pusieron las bases para una futura cultura más elevada.
La ciencia se desarrolló al mismo tiempo que la industria. Gordon Childe puntualiza que para transformar la harina en pan se necesita una larga serie de descubrimientos colaterales que terminan con el conocimiento de la bioquímica y el uso de un microorganismo, la levadura. El mismo conocimiento de la bioquímica que hizo posible la producción del pan, hizo posible también los primeros licores fermentados y una serie de otros descubrimientos.

DE LA CUERDA AL TEJIDO

El construir cuerda puede parecer quizás una ocupación muy humilde, pero entrelazar estas fibras fue solamente el principio de una larga cadena de actividades que culminaron con la industria textil. Construir estas cuerdas requiere no sólo habilidad manual, sino también un conocimiento de qué material escoger y cómo tratarlo.
Chapple y Coon escriben: “Todos los pueblos usan la cuerda, sea para ligar las asas de los utensilios, o para hacer redes para los conejos, bolsas o brazaletes. En los lugares en que se usan más frecuentemente las pieles de animales, como entre los esquimales, estas cuerdas consisten por lo general en tiras de cuero cortadas de las pieles de los animales o de tendones de los mismos animales. Los pueblos que viven en el campo usan, por el contrario, fibras vegetales como el hibisco o raíces delgadas que no necesitan ningún tratamiento para ser utilizadas. Otras fibras, demasiado cortas, son enroscadas entre sí hasta formar una cuerda larga”. (Op. cit.).
De la técnica del entrelazamiento nace la industria de la cestería. Según la localidad, los cestos se hacían de mimbre, cortezas, hierbas, raíces o pelos. Algunos eran entrelazados y cosidos id mismo tiempo. La variedad de canastos y otros artículos entrelazados es enorme. Robert H. Lowie enumera algunos: cestas para transporte, botijos de agua, tazones, escudos, sombreros, abanicos, zurrones, esteras, etc. Algunas de estas canastas estaban tan estrechamente entrelazadas que eran impermeables y se usaban para cocinar o para conservar los alimentos. (An Introduction to Social Anthropology).
Algunos son tan bonitos, escribe Briffault, que no pueden ser reproducidos ni siquiera por la moderna tecnología: “Los llamados sombreros de Panamá, los más bonitos de los cuales pueden comprimirse hasta hacerlos pasar a través de un anillo, son quizás el ejemplo más típico” (The Mothers).
En este tipo de industria las mujeres utilizaron todos los recursos que la naturaleza ponía a su disposición. En la tierra donde nacía la nuez de coco se hacían las cuerdas mas bonitas, utilizando los fi lamentos de las cáscaras.
En las Filipinas, una especie de banana no comestible producía la famosa abacá, o cáñamo de Manila, también para la fabricación de cuerdas. En Polinesia se cultivaba expresamente una especie de morera cuya corteza se batía largamente hasta transformarla en una especie de tejido del que las mujeres lograban fabricar camisas para ellas y para los hombres, además de correas, bolsas, etc.
La industria textil nace con la gran Revolución agrícola. En esta compleja actividad vemos la fusión de las técnicas aprendidas en la agricultura y en la industria. Gordon Childe escribe: “La industria textil no sólo requiere el conocimiento de sustancias particulares como el algodón, el lino y la lana, sino también la cría de ciertos animales y el cultivo de plantas especiales” (Man Makes Himself).
La industria textil requiere un alto grado de capacidad técnica y mecánica y una larga serie de invenciones colaterales. Para desarrollar esta industria, continúa Childe, “se necesita una compleja serie de descubrimientos e invenciones y un conocimiento científi co igualmente complejo. Entre las invenciones prioritarias, el telar es la más importante.
“Debemos considerar que el telar es un instrumento más bien complicado, demasiado complicado para poderlo describir aquí. Y su uso no es menos complejo. La invención del telar fue uno de los grandes triunfos del ingenio humano. Sus inventores no tienen nombre, pero realizaron una contribución esencial al bagaje cultural del hombre” (Ídem)
La caza, sin tener en cuenta su importancia en cuanto contribuía a aumentar las provisiones de productos alimenticios, fue un factor de gran valor para el desarrollo humano. En la caza organizada, el hombre debía colaborar con otros hombres, actitud desconocida en el mundo animal, en el que la competencia individual es la regla.
Sobre esta cuestión, Chapple y Coon escriben: “La caza es un óptimo ejercicio tanto para el cuerpo como para la mente. Estimula la cooperación, el autocontrol, la contención de la agresividad, el ingenio y la inventiva y, por último, un algo grado de destreza manual. El género humano no habría podido tener una mejor escuela en su período formativo” (Op. cit.).

TRABAJADORAS DE LA PIEL

Puesto que la caza era una actividad típicamente masculina, los historiadores están siempre dispuestos a glorifi carla sin límites. Sin embargo, para ser sinceros, los hombres contribuían realmente con la caza en las provisiones, pero eran las mujeres las que preparaban y conservaban la comida y utilizaban los productos derivados para sus actividades. Fueron las mujeres las que desarrollaron las técnicas del curtido y la conservación de las pieles y quienes fundaron la primera gran industria de pieles.
Trabajar la piel es un proceso largo, difícil y complicado. Lowie describe la primera forma de este tipo de actividad, que es la que aún emplean las mujeres Ona de la Tierra del Fuego: “Cuando los cazadores traen al campamento la piel de un guanaco, la mujer —escribe— se arrodilla sobre la piel desollada y rasca laboriosamente, con su hoja de cuarzo, los tejidos grasos y la capa transparente que tiene debajo. Luego, con los puños, amasa la piel trozo a trozo, yendo de arriba a abajo muchas veces a lo largo de toda la superficie e incluso masticándola con los dientes para reblandecerla. En caso de que se le tenga que cortar el pelo, se usa el mismo método que para rascarla.”
El rascador del que habla Lowie es, juntamente con el palo o bastoncito, uno de los más antiguos utensilios de la humanidad. Al mismo tiempo que el palo de madera, usado para recolectar verduras, nace este trozo de piedra, rascador o hacha de puño, usado en las más variadas actividades.
A este respecto, Briffault escribe: “Estas especies de rascadores, que constituyen la mayor parte de los utensilios primitivos, fueron usados e inventados por la mujer. Nacieron muchas controversias sobre los posibles usos de estos objetos, pero es un hecho que aun actualmente las mujeres esquimales emplean utensilios idénticos a los que sus hermanas europeas dejaron en gran abundancia en la época de la Era Glaciar.
“Los rascadores o cuchillos, usados por las mujeres esquimales, están generalmente muy elaborados y montados artísticamente con empuñaduras de hueso. En África del Sur la tierra esta llena de estos objetos, idénticos a los que se encontraron en Europa, pertenecientes a la era paleolítica. Según testimonios de personas que conocían bien las costumbres de los bosquimanos, estos objetos eran fabricados por las mujeres” (Op. cit.).
Masón añade: “El rascador es el utensilio que primero se usa en cualquier menester. Su utilización entre las mujeres aborígenes de Montana se transmite de madres a hijas, de generación en generación, y así sucesivamente desde el nacimiento del género humano” (Op. cit.).

CURTIDO

Trabajar las pieles, como la mayor parte de las demás actividades requería mucho más que el simple trabajo manual.
También para desarrollar este trabajo la mujer tuvo que aprender los secretos de la química, y, de experiencia en experiencia, aprendió incluso a emplear una sustancia para transformarla en otra.
El curtido es esencialmente una alteración química de la piel en crudo. Entre los esquimales, escribe Lowie, esta transformación química fue descubierta dejando macerar las pieles en un recipiente lleno de orina. En América del Norte, por el contrario, las mujeres indias usaban el cerebro de los animales, preparado especialmente, con el que empapaban las pieles. El verdadero curtido, sin embargo, requiere el uso de la corteza de encina u otras sustancias vegetales que contengan ácido tánico.
Una parte del proceso para trabajar la piel era ahumarla al fuego lento. Los escudos de los indios de Norteamérica eran tan resistentes que estaban a prueba, no sólo de las fl echas, sino incluso de los proyectiles.
Los productos de piel alcanzan una extensa gama, principalmente en lo que se refiere a recipientes. Lowie cita algunos de los usos de la piel. Los asiáticos la utilizaban para hacer una especie de botellitas; los africanos orientales como escudos o estofas; entre los indios norteamericanos se usaba a veces para vestidos, camisas, mocasines o pantalones. Sólo más tarde se utilizó la piel para hacer chozas y cunas. El elaborado surtido de productos en piel de las mujeres indias no ha cesado nunca de maravillar a los visitantes de los museos en donde están expuestos estos objetos.
Briffault puntualiza que las mujeres debían conocer primero la naturaleza de las pieles que debían preparar, y decidir qué productos serían los más adecuados: “El producto que se debe emplear varía según el uso que se le quiera dar. Las pieles blandas se alisaban hasta conseguir un espesor uniforme, y también se empleaba la capa a la que quedaba pegado el pelo. Las pieles más duras se usaban para cabañas, escudos, canoas o botas. Las más ligeras y lavables, para vestidos. Todo esto requería especiales trabajos técnicos que habían sido elaborados precisamente por las mujeres.”
Masón escribe: “En el continente americano, sólo las mujeres sabían cómo tratar cualquier tipo de piel de animal, como gatos, zorros, lobos, hurones, osos, ovejas, antílopes, cocodrilos, tortugas e incluso reptiles y peces”. (Op. cit.)

ALFARERAS Y ARTISTAS

La cerámica, a diferencia de las demás industrias femeninas, lleva a la creación de sustancias completamente nuevas que no existen en estado natural.
Sobre este punto, Gordon Childe escribe: “La cerámica es quizá la primera utilización consciente de un proceso químico por parte de la humanidad… El factor esencial del arte de la alfarería es que la mujer pudo modelar el trozo de arcilla como deseaba y luego, utilizando el fuego, darle la forma definitiva (calor por encima de 600 grados centígrados). A los hombres primitivos este cambio de la calidad de un material les debió parecer una especie de transustanciación mágica. La conversión del barro o la tierra en piedra…
“El hecho esencial de este descubrimiento consiste en lograr controlar y utilizar el proceso químico que antes hemos citado. Pero, al igual que los otros descubrimientos, la aplicación práctica implica otros nuevos. Para que la arcilla esté en condiciones de ser trabajada, se tiene que mojar, pero si se pone el objeto aún húmedo en el fuego, se rompe. El agua que lleva la arcilla debe secarse poco a poco al sol o cerca del fuego antes de cocerse. También la arcilla debe cortarse, ser preparada, y lavada para eliminar todos los residuos de otras sustancias.
“Durante la cocción de la arcilla cambia no sólo su consistencia física, sino incluso el color. El hombre ha tenido que aprender a controlar estos cambios y a utilizarlos para mejorar la belleza del vaso…
“El arte de la alfarería, incluso en su estadio más burdo y generalizado, era ya compleja. Implicaba un cierto número de procesos muy distintos y la aplicación de numerosos descubrimientos. Construir un vaso fue un magnífico ejemplo de la creatividad humana” (Man Makes Himself).
La mujer primitiva, como primer alfarero, cogió el polvo de la tierra y modeló una infinita gama de nuevos productos. Las artes decorativas, también en manos de las mujeres, se desarrollaron a la par con esta industria. El arte nace del trabajo.
Lowie escribe: “Un fabricante de cestas puede convertirse en un decorador sin tener intención de hacerlo, pero en el momento en que un modelo determinado deslumbra los ojos, se busca ya expresamente. La cuerda retorcida de un cesto puede parecer una espiral, unos arabescos, etc. El hecho esencial es que una vez considerada decorativa esta forma geométrica, se aplica también a otras formas de arte. Un alfarero puede pintar fi guras en su vaso, un escultor puede imitarle en su madera”. (Op. cit.).
Los objetos de piel hechos por las mujeres son muy apreciados no sólo por su aspecto práctico, sino también por la belleza de su decoración. Y cuando la mujer empezó a hacerse los vestidos, empezó también a tejer bellísimos dibujos en las telas e inventó el color y la técnica de la tintura.

CONSTRUCTORAS Y ARQUITECTAS

Quizás la actividad menos conocida de las mujeres primitivas eran sus trabajos de construcción, arquitectura e ingeniería. Briffault escribe: “No estamos acostumbrados a pensar que el arte de construir casas o la arquitectura fueran ocupaciones tan femeninas como la fabricación de botas u objetos de terracota. Y sin embargo, las cabañas de los australianos, de los isleños de Andaman, de los habitantes de la Patagonia, los toscos refugios de los Seri, los habitáculos de piel de los indios de América, la “yurta” de los nómadas de Asia Central, la tienda de piel de camello de los beduinos, son todos ellos trabajos exclusivamente femeninos.
“A veces estas viviendas, más o menos estables, eran muy elaboradas. La “yurta”, por ejemplo, es generalmente una casa muy grande, construida sobre un armazón de árboles en forma de círculo que tiene encima una especie de enrejado de madera, todo ello recubierto de una espesa capa de fieltro que da a la casa una estructura de cúpula. El interior está dividido en numerosas estancias. A excepción de la madera, todo lo demás ha sido construido y puesto por las mujeres turcomanas.
“Los “pueblos” de Nuevo Méjico y de Arizona recuerdan las formas pintorescas de las ciudades orientales. Son grupos de casas construidas una encima de la otra; el techo llano de una sirve de base a la que hay encima. Los pisos más altos son accesibles con escaleras de poleas o con escaleras exteriores, y los muros son bastiones con merlos ornamentales… Patios, plazas, calles y curiosos edifi cios públicos que sirven tanto de lugares de reunión como de templos… como testimonian las innumerables ruinas” (Op. cit.).
Los misioneros españoles que se establecieron entre el pueblo indio quedaron atónitos frente a la belleza de las iglesias y conventos que aquellas mujeres habían construido para ellos. Y escribieron a sus compatriotas europeos: “Ningún hombre ha contribuido lo más mínimo en erigir una casa. Estos edificios han sido construidos solamente por las mujeres, las niñas y las jóvenes de la misión. Entre estos pueblos era costumbre que fueran las mujeres las que construyeran las casas” (Briffault, Op. cit.).
Bajo la influencia de los misioneros, los hombres emprendieron también esta actividad, pero sus primeros esfuerzos fueron recibidos con gran hilaridad por la misma gente. Como escribió un misionero español: “Los pobres fueron rodeados por una alegre multitud de mujeres y niños que reían y les tomaban el pelo, y pensaban encontrarse ante la cosa más divertida que nunca habían visto, ¡un hombre ocupado en la construcción de una casa!” (Ibidem).
Hoy es justamente lo contrario, se ridiculiza a la mujer arquitecto o ingeniero.

SOBRE LOS HOMBROS DE LA MUJER

La mujer no era solamente la experta trabajadora de la sociedad antigua, sino que se ocupaba también de trabajos muy duros y pesados, como transportar mercancías, equipajes, etc.
Antes de que los animales domésticos aliviaran a las mujeres de estas cargas, al menos en parte, eran ellas las que transportaban sobre sus hombros todo lo necesario. Y no sólo transportaban las materias primas para su industria, sino también depósitos enteros de mercancías, cuando la tribu entera se trasladaba de un lugar a otro.
Cuando la tribu emigraba, y esto sucedía con mucha frecuencia antes de que se desarrollaran los pueblos estables, eran las mujeres quienes desmontaban y montaban las tiendas y cabañas. Las mujeres transportaban los objetos más pesados y a sus hijos de un campamento a otro. Y en la vida diaria era también la mujer la que transportaba los grandes trozos de leña para el fuego, el agua, los alimentos, y todos los demás productos esenciales. Incluso hoy, las mujeres de la tribu Ona de la Tierra de Fuego, como escriben Chapple y Coon, transportan pesos de más de 100 libras cuando emigran. Entre los Akikuyus de África Oriental,
escriben los Routledge, los hombres no estaban en condiciones de soportar pesos de más de 40 o 60 libras, mientras que las mujeres soportaban pesos de 100 libras o más: “Cuando un hombre dice: esta carga es demasiado pesada, está hecha para ser soportada por una mujer y no por un hombre, no hace más que expresar una realidad” (Scoresby y Katherin Routledge, With a Prehistoric People).
Sobre este aspecto del trabajo femenino, Masón escribe: “De los hombros de la mujer, al carro y a la majestuosa nave, he aquí la historia del más grande de los artificios que empuja a nuestra raza a explorar el mundo entero. No me extraña que el carpintero tallara en madera la cabeza de una mujer sobre la proa de su nave, y que la locomotora fuera nombrada en femenino” (Op. cit.).
¿Indican acaso estas intensas actividades laborales que la mujer estaba oprimida, explotada o degradada? De ningún modo. Totalmente al contrario. Sobre este punto, Briffault escribe: «La fantasiosa opinión de que las mujeres estuvieron oprimidas en la sociedad primitiva deriva, en parte, de la complacencia del hombre civilizado y, en parte, del hecho que las mujeres trabajaban duramente. Puesto que las mujeres realizaban trabajos fatigosos, su estado era considerado como de esclavitud y opresión. No podía existir mayor equívoco…
«La mujer primitiva es independiente, y no a pesar de su trabajo. En general, es justamente entre los pueblos en que trabajaban más duramente, en los que las mujeres son más independientes y tienen mayor influencia. En los que las mujeres gandulean y el trabajo lo realizan los esclavos, son, por lo general, poco más que esclavas sexuales…
«En la sociedad primitiva, todos los trabajos, incluso los más insignificantes, eran voluntarios, y nunca la mujer hizo ningún trabajo teniendo que obedecer órdenes arbitrarias.
Hablando de las mujeres zulúes, un misionero escribe: «Cualquiera que hubiese observado el comportamiento de las mujeres atentas a su trabajo, su alegría, su cháchara, su risa y sus canciones, no podía menos que compararlo con el de nuestras mujeres que trabajan» (Op. cit.).
No es el trabajo sino la explotación y el trabajo forzoso lo que atormenta a los seres humanos.
Cuando las mujeres empezaron a trabajar nadie les había enseñado cómo hacerlo. Tuvieron que aprender de la manera más difícil, con su coraje y perseverancia. Algunas primeras nociones las obtuvieron probablemente de la misma naturaleza. Masón escribe:
«Las mujeres aprendieron de las arañas el hacer redes, de las abejas y las hormigas a conservar los alimentos y a trabajar la arcilla. Esto no significa que estos animales crearan escuelas para enseñar a trabajar a aquellas obtusas mujeres, sino que sus mentes despiertas estaban siempre a punto de apoderarse de cualquier experiencia que viniera de fuente. Fue en la época de la industrialización cuando la mujer demostró mayormente su talento. Estableció desde el principio el camino que era necesario recorrer, y se atuvo a él sin reservas». (Op. cit.).

LAS PRIMERAS COMUNIDADES

Precisamente por la humildad con que la mujer inició las primeras actividades, muchos historiadores presentan la industria femenina como básicamente familiar o artesanal. Es importante, sin embargo, tener en cuenta que antes de que se desarrollaran las máquinas no existía ninguna forma de arte que no fuera el artesanado. Antes de que surgieran las fábricas especializadas, en los países y en las ciudades no existía otra fábrica que la casa.
Sin estas formas artesanales primitivas no habrían nacido, sin duda, las grandes corporaciones de la Edad Media. Y ni siquiera el mundo moderno se habría desarrollado con sus haciendas agrícolas mecanizadas y sus innumerables industrias.
Cuando las mujeres empezaron a trabajar, elevaron al género humano por encima del reino animal. Fueron las primeras trabajadoras y las fundadoras de la industria, la primera fuerza que elevó a la humanidad por encima de su estado de simio. Junto con el trabajo nace el lenguaje.
Como Engels escribe: «El desarrollo del trabajo, al multiplicar los casos de ayuda mutua y de actividades sociales, hacía, necesariamente, que se reunieran cada vez más los miembros de la sociedad… La única teoría correcta sobre el origen del lenguaje es la de que nace y se desarrolla junto al proceso del trabajo. Primero nació el trabajo y luego, en consecuencia, se desarrolló el lenguaje articulado». (El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre).
También el hombre, sin duda, empezó a articular alguna palabra durante la caza organizada, pero el desarrollo decisivo del lenguaje nació de la actividad laboral femenina. Como escribe Masón:
«La mujer, precisamente porque cada día se ocupaba de todas las actividades industriales, inventó y fijó un lenguaje en relación a las mismas”.
El Dr. Brinton escribe en una carta privada que, en muchos lenguajes primitivos, no sólo se encuentran una serie de expresiones propias de las mujeres, sino que en muchas partes del mundo se encuentran, con frecuencia, lenguajes usados solamente por las mujeres y completamente distintos a los de los hombres.
«Los hombres primitivos, cuando iban a cazar o a pescar, estaban generalmente solos, y estas actividades les imponían el silencio. Las mujeres, por el contrario, estaban juntas y hablaban todo el día, y esto es tan cierto que, prescindiendo de los ambientes culturales, las mujeres tienen aún hoy un vocabulario más rico y son las mejores oradoras y escritoras» (Op. cit.).
El trabajo y el lenguaje, más que cualquier otra cosa, representan el nacimiento de la colectividad. Los animales están obligados por las leyes de la naturaleza a una continua competencia individual. Las mujeres, a través del trabajo, sustituyeron las relaciones establecidas por la naturaleza por nuevas relaciones humanas, gracias al trabajo colectivo.

LA FAMILIA – LA COMUNIDAD

La familia era toda la comunidad. No existía individualismo, sino colectivismo social. Sobre este punto, Gordon Childe escribe: «El arte en el Neolítico aparece como una ocupación familiar. Ni siquiera las tradiciones artesanales son individuales, sino colectivas. La experiencia y la sabiduría se pone constantemente en evidencia y, con ejemplos y explicaciones, se transmite de padres a hijos. La hija ayuda a la madre a trabajar los vasos, la mira atentamente, la imita y recibe de ella las explicaciones, las advertencias y los consejos necesarios. Las ciencias aplicadas, en el Neolítico fueron transmitidas por lo que actualmente llamamos sistema de aprendizaje.
«En un pueblo moderno de África, la mujer no se aisla para modelar o cocer sus vasos. Todas las mujeres del pueblo trabajan juntas, hablan, confrontan sus experiencias y se ayudan mutuamente. Todas las actividades son públicas, sus reglas son el resultado de experiencias comunes… Y la economía neolítica en su conjunto no habría podido existir sin esfuerzos comunes» (Man Makes liimself).
Así, el resultado más importante de las actividades femeninas fue la fundación y la consolidación del primer gran colectivo humano. La vida colectiva y el trabajo, sustituyendo al individualismo animal, abrieron un abismo insuperable entre la sociedad humana y la de los animales. Hicieron posible la primera gran conquista de la humanidad, la domesticación de los animales.
A través de estas experiencias, las mujeres se convirtieron en las primeras trabajadoras y labradoras, las primeras científicas, doctoras,
arquitectas, ingenieras; las primeras maestras, educadoras y artistas, y transmitieron la herencia social y cultural. Las familias que dirigían no eran simplemente cocinas colectivas o salas de cocinar, sino que eran también las primeras fábricas, los primeros laboratorios científicos, centros médicos, escuelas y centros sociales y culturales. El poder y el prestigio femenino que surge de las funciones procreadoras alcanza su punto máximo con la primacía de sus actividades socialmente útiles (L›emancipazione del l›huomo).
Durante todo el tiempo en que la caza a tiempo completo fue una ocupación indispensable, el hombre estuvo relegado a una experiencia de segundo orden. La caza alejaba a los hombres, durante períodos muy largos, de la comunidad y de la participación en las formas más altas de trabajo.
El descubrimiento de la agricultura y de la domesticación de animales por parte de la mujer supuso también la emancipación de los hombres.
La caza ya no era socialmente indispensable, y esta actividad se redujo muy pronto a un simple deporte; los hombres estuvieron entonces libres para participar en la vida cultural e industrial de la comunidad. Con el aumento de las provisiones de alimento creció también la población. Los campamentos nómadas se transformaron en pueblos estables y más tarde en villas y ciudades.
En el primer período de su emancipación, los hombres eran menos capaces que las mujeres en las actividades laborales; se limitaban, por lo tanto, a cortar los hierbajos de los campos y a preparar el terreno para los cultivos que hacían las mujeres. Cortaban árboles y abastecían de madera para los trabajos de construcción. Sólo más tarde empezaron a trabajar en la construcción, así como en el cuidado de los animales y su crianza.
Pero, al contrario que las mujeres, no debieron empezar desde el principio. En poco tiempo lograron aprender, no sólo aquellos menesteres en los que hacía falta una cierta habilidad, sino que efectuaron grandes mejoras en lo que respecta a los utensilios de trabajo, enseres y tecnología en general. La agricultura se incrementó considerablemente con la invención del arado y el uso de los animales ya domesticados.
Durante un breve período de tiempo, históricamente hablando, la división del trabajo entre los sexos fue una realidad. Hombres y mujeres juntos aumentaron el bienestar social y consolidaron los primeros pueblos estables.
Pero la Revolución agrícola, promovida por la mujer, que divide la época de la recogida de alimentos de la época de la producción de los mismos, separa de la misma forma la barbarie de la civilización y, más adelante aún, señala el desarrollo de un nuevo sistema social y una inversión de la dirigencia económica y social de los sexos.
Estas nuevas condiciones de vida, que empezaron con la abundancia de alimentos necesarios para una población creciente, liberaron una nueva fuerza productiva y, con ella, nuevas relaciones productivas. La vieja división del trabajo entre los sexos fue reemplazada por una nueva división social del trabajo. El trabajo agrícola se separó del trabajo industrial urbano, el trabajo intelectual del trabajo manual. Y las actividades femeninas pasaron gradualmente a los hombres.
Con el torno, por ejemplo, los especialistas del oficio se apoderaron del arte artesanal femenino de modelar los vasos. Como Childe escribe: «La etnografía nos demuestra que los alfareros que usan el torno son en general hombres, no mujeres, y el antiguo método artesanal de modelar los vasos, para ellos no es más que un deber familiar, como cocinar o hilar. (What Happened in History).
El hombre se apoderó de los hornos inventados por las mujeres y los transformó en fraguas y forjas para fundir los metales en bruto y obtener cobre, oro y hierro. La edad del metal fue como el alba de la edad del hombre. Y el apellido más común actualmente, Mr. Smith, tiene sus orígenes justamente en aquella época (de smithies: herrería).
Las mismas causas que llevaron a la emancipación del hombre condujeron a la caída del matriarcado y a la esclavización de la mujer. En el momento en que el hombre se apropió de los medios de producción, la mujer fue relegada exclusivamente a sus funciones biológicas de madre y se le negó toda forma de participación en la vida social productiva. Los hombres tomaron las riendas de la sociedad y fundaron un nuevo sistema social al servicio de sus necesidades. De la destrucción del matriarcado nació la sociedad de clases.
En este resumen de las actividades laborales de la mujer en el sistema social primitivo, hemos visto como los dos sexos contribuyeron a la edificación de la sociedad y al progreso de la humanidad hasta el estadio actual. Pero esta contribución no se dio al mismo tiempo ni de la misma forma. El desarrollo de los sexos fue, indudablemente, desigual. Y esto no es más que una expresión del desarrollo desigual de la sociedad en general.
Durante el primer gran período de desarrollo social, fue la mujer quien logró hacer progresar a la humanidad hasta levantarla por encima del reino animal. Y puesto que los primeros pasos son siempre los más difíciles, no podemos más que considerar decisiva la contribución social y productiva de las mujeres. Fueron sus descubrimientos en el campo productivo y cultural los que hicieron posible la civilización. Fueron necesarios cientos de miles de años para que las primeras mujeres pudieran poner las bases sociales, pero justamente porque colocaron estas bases tan sólidamente, han sido necesarios menos de 4.000 años para que la civilización alcanzase su estado actual.
Por ello no es científico querer discutir la superioridad del hombre o de la mujer sin tener en cuenta la experiencia histórica. En el transcurso de la historia asistimos a una gran inversión en la superioridad social de los sexos. El papel dirigente perteneció primero a la mujer, biológicamente dotada por la naturaleza, y luego a los hombres, socialmente dotados por las mujeres. Entender estos hechos históricos significa evitar caer en la trampa de valoraciones arbitrarias basadas solamente en el instinto y en los prejuicios. Y comprender estos hechos significa destruir el mito que hace de las mujeres seres naturalmente inferiores.
Fourth International, primavera de 1954

¿ES EL FACTOR BIOLÓGICO EL QUE HA CONDICIONADO A LA MUJER?

Muchas mujeres del movimiento de liberación, principalmente aquellas que han estudiado El origen de la Familia, la propiedad privada y el Estado, de Engels, han comprendido que las raíces del envilecimiento y la opresión de la mujer están en la sociedad de clases. Correctamente, han aplicado el término de «sexista» para describir el sistema social capitalista, último estadio de la sociedad de clases, que discrimina a la mujer en todos los sectores.
Lo que aún no tienen claro las mujeres, es si su estructura biológica había influido en que se les considerase y mantuviese como sexo inferior o «segundo sexo». Esta duda es muy comprensible en una sociedad dominada por el hombre, en la cual, no sólo la historia está escrita de manera que mantiene el statu quo, sino que además toda la ciencia está en sus manos. Dos de estas ciencias, la antropología y la biología, son fundamentales para comprender a las mujeres y su historia. Y las dos están decididamente orientadas a favorecer el sexo masculino, escondiendo en vez de revelar la verdad sobre la mujer.
Quizá la propaganda seudocientífica más perjudicial, sobre la inferioridad del sexo femenino, es la que se ha hecho en nombre de la biología. Según los fabricantes de mitos en este campo, las mujeres están biológicamente impedidas por los órganos y las funciones reproductoras.
Se dice que este handicap se remonta al mundo animal y convierte a las mujeres en indefensas y dependientes del sexo masculino superior por abastecerlas a ellas y a sus pequeños. La naturaleza es la responsable de la eterna condena a la inferioridad infinita de las mujeres.
Es obvio que las mujeres son biológicamente distintas a los hombres por el hecho de que solamente el sexo femenino posee los órganos y las funciones aptas para la maternidad. Pero no es verdad que la naturaleza sea la responsable de la opresión de la mujer; esta degradación es exclusivamente el resultado de las instituciones, de las leyes hechas por el hombre en una sociedad de clases patriarcal. No existía en la sociedad primitiva, ni existe en el mundo animal.
Esta falsificación de la historia natural y social ha sido difundida para disculpar una sociedad sexista. La opresión de la mujer se justifica sobre la base de su estructura biológica. La consecuencia es obvia: ¿Por qué las mujeres deben luchar contra su opresión y buscar la liberación si sus males derivan de cuestiones genéticas? ¿Qué se puede esperar del cambio de la sociedad, si no se puede cambiar la estructura biológica? Este sonsonete viene martilleando nuestras cabezas por todos los medios. Si queremos creer a los machos dominantes que se expresan como científicos, el factor biológico es el que ha condicionado a la mujer, y por lo tanto es mejor que lo reconozcamos y nos sometamos a ello.
En realidad, no es más falso decir que el factor biológico condiciona a la mujer que decir que condiciona a los hombres. Ello reduce a los seres humanos al nivel de los animales. Porque, si las mujeres no son más que amas de cría, los hombres no son más que sementales. Pero este concepto no tiene en cuenta las diferencias fundamentales que existen entre los seres humanos y los animales. Los seres humanos son, primordialmente, seres sociales que se han alejado desde hace mucho tiempo de sus orígenes animales. Para entender la diferencia entre los sexos, examinemos primero la que existe entre los seres humanos y los animales, y que hace de la humanidad una especie completamente nueva y única.

LOS SERES HUMANOS, UNA ESPECIE ÚNICA

Desde que Darwin demostró que los seres humanos derivaban de los primates, se han hecho numerosos estudios sobre las analogías entre los hombres y los animales. Pero existen aún muy pocos estudios sobre un aspecto aún más importante: las enormes diferencias que existen entre los seres humanos y los animales, y que hacen de nosotros una especie única, más allá y por encima de cualquier forma de vida animal.
La fuente que determina esta unicidad fue dada por los marxistas. Es la capacidad de trabajar y producir lo necesario para vivir. Ninguna especie animal lo hace. Esta «teoría del trabajo» sobre los orígenes humanos fue expuesta, por primera vez, por Engels en el ensayo El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre.
Todos los acreditados arqueólogos y antropólogos como Sherwood Washburn, William Howells, Kenneth Oakley, V. Gordon Childe y otros, usan como criterio de distinción entre los hombres y los animales la capacidad de fabricar utensilios. Como dice Washburn, «Fue la utilización de los utensilios más simples la que marcó el inicio de la evolución humana y llevó a la civilización actual». (Scientifi c American, septiembre de 1960).
Gordon Childe sostiene la ‹tesis de Engels diciendo: «La arqueología prehistórica nos demuestra cómo el hombre se convierte en humano a través del trabajo»… (What Happened in History, Penguin Books, p. 27).
Aquellos que atribuyen escasa importancia al trabajo afirman, a menudo, que hasta los simios usan objetos naturales como instrumentos y que, por lo tanto, el trabajo no puede considerarse como el factor principal de la humanización de nuestra especie. Pero lo importante no es lo hábiles que sean los primates en el uso de las manos —enjaulados se les puede enseñar un considerable número de cosas— el punto clave está en que ninguna especie animal, incluidos los primates, son capaces de fabricar instrumentos. No existe división del trabajo entre los sexos en los primates, y ninguna especie prehumana depende de una actividad laboral sistematizada para su supervivencia. «Les bastan las manos para recoger y los brazos para llevarse a la boca la presa comestible.
Esta es la técnica usada por nuestros antepasados antropoides», dice E. Admson Hoebel (El hombre en el mundo primitivo, Mc Graw Hill Book Co., Inc p. 92).
Por el contrario, los seres humanos dependemos de una forma tan total del trabajo, que si cesara esta capacidad productiva, muy pronto pereceríamos como especie. El trabajo, por lo tanto, ha comportado una nueva forma de desarrollarse y sobrevivir para una sola especie: la humanidad. Nosotros no somos solamente reproductores, sino también productores de los bienes vitales.
La importancia de la producción se puede comprender por los drásticos cambios que la actividad laboral ha comportado en las relaciones entre los seres humanos y la naturaleza. Los animales, fundamentalmente, son esclavos de la naturaleza, sujetos a fuerzas y a procesos biológicos sobre los que no ejercen ningún control. Los seres humanos, por el contrario, han invertido esta relación. Con el trabajo han infl uido en la naturaleza.
En otras palabras, una especie, la humana, no sólo se ha liberado de un control biológico directo, sino que se ha convertido en el controlador de su ex-amo, la naturaleza. La historia de los animales se hace a pesar de ellos; sólo los seres humanos empezaron también a crear nuevas necesidades, las cuales tampoco existen en el mundo animal. Mientras los animales se limitan a satisfacer las mismas viejas necesidades de alimento y procreación, los seres humanos han desarrollado una serie infinita de nuevas necesidades, todas ellas superiores culturalmente (por lo menos en el sentido de que son más sofisticadas). Para dar un ejemplo en el campo técnico: de la primera hacha de mano surge la necesidad de un hacha con mango. Del primitivo bastón para cavar se pasó al invento del arado. De la simplicidad del huso y del telar, se llegó a la compleja industria textil. La exigencia de tener un cobijo ha producido las primeras cabañas cubiertas de paja y, más tarde, los rascacielos. El carro tirado por bueyes fue dejado de lado cuando la necesidad de transportes rápidos, surgida después de la revolución industrial, creó el tren, el automóvil, el jet y las naves espaciales.
Exigencias culturales de todo tipo, en la educación, en el arte, y en la ciencia, surgen como parte de la nueva actividad y de las nuevas relaciones humanas en la vida social. Incluso las exigencias biológicas fundamentales de nutrición y sexo fueron alteradas y adaptadas a la vida humana. Los seres humanos no comen, se emparejan y procrean como los animales, sino según sus mudables niveles culturales. Como ha escrito Marx: «La mujer es la mujer: pero aquélla, satisfecha con carne cocida, comida con cuchillo y tenedor, es muy distinta de la mujer que devora carne cruda, con las manos, las uñas y los dientes» (Contribución a la crítica de la economía política, Charles H. Kerr, p. 279).
Con los notables cambios en la naturaleza externa, o sea, el ambiente, los seres humanos realizaron también importantes cambios en su propia naturaleza interna. Se nota también que, en lo que respecta a su apariencia física, los seres humanos perdieron el pelo y otras características simiescas. Pero más importante aún es la pérdida de sus primitivas reacciones animales, que fueron sustituidas por una naturaleza social humanizada. Hoy hemos perdido casi todos los instintos animales, que han sido sustituidos por un comportamiento inducido. (Ver Evelyn Reed, Una respuesta al «mono desnudo», Pathfi nder Press).
Este breve examen de algunas de las diferencias vitales entre los seres humanos y las demás especies refuta la tesis de que los humanos «no son más que animales» con alguna cosa de más. Es mucho más exacto decir que, aun teniendo alguna característica biológica en común con los animales, estamos muy por encima de su limitada existencia. Nosotros hemos sido formados y transformados por nuestra actividad productiva y por las fuerzas sociales que nos han liberado de nuestra estructura biológica. Como dice el antropólogo Marshall Shlins: «La liberación de la sociedad humana de un directo condicionamiento biológico ha sido su gran fuerza evolutiva… La vida social humana está cultural y no biológicamente determinada («Scientific American», septiembre 1960, p.77). Este es el punto de partida para destruir el mito de que el destino de la mujer está determinado por los factores biológicos. Empezando por la afirmación principal de esta propaganda, encontramos lo que yo llamo la «Teoría uterina» de la inferioridad femenina.
La biología, como la antropología, es una ciencia joven e igualmente sujeta a malentendidos, a conclusiones superficiales y a equívocos reales y propios sobre cuestiones que tienen implicaciones sociales y políticas muy graves. Esto ha hecho que fuera doblemente difícil descubrir la verdad sobre el sexo femenino, y también porque muchos biólogos y antropólogos están sujetos a la ideología capitalista. Estos dicen que puesto que la mujer ha nacido con un útero, no podrá liberarse nunca del condicionamiento biológico directo y permanecerá para siempre esclava de sus funciones reproductoras.
Esta «teoría del útero» no es más válida que su corolario, «la teoría del pene» sobre la superioridad masculina. Por misteriosas y extrañas razones, se supone que estos órganos sexuales y reproductivos han determinado todos los demás aspectos. La mujer se vuelve estúpida por sus funciones uterinas, y es incapaz de desarrollar su cerebro, su talento y su capacidad cultural. El hombre, por otra parte, con su órgano sexual prominente, en lugar del ignominioso útero, ha podido desarrollar la inteligencia y todas las capacidades que de ella se desprenden. Ambas afirmaciones forman parte de la fantasía, no de la ciencia.
En realidad es el macho y no la hembra quien tiene handicap en el mundo animal. Ello se debe a las características destructivas de la sexualidad del macho en la naturaleza. Los machos son fuertemente competitivos y se pelean con los otros machos para poseer a la hembra. A esto se le llama también «celosía», pero no son celos en el sentido que nosotros le damos al término, o sea, al deseo de poseer una mujer en particular. Se trata más bien de un instinto brutal, combativo, no modificado por ningún sentimiento de preferencia individual o de cariño, lo que lleva al macho a intentar poseer una hembra cualquiera. Los animales de algunas especies pueden luchar entre ellos simplemente para defender su territorio.
Otros animales luchan incluso en ausencia de las hembras. Como dice Sir Solly Zuckerman, «la combatividad de los animales excitados es la expresión de su condición sicológica y no está necesariamente determinada por la presencia de las hembras» (The Social Life of Monkeys and Apes, Routledge and Kegan Paul Ltd., p. 69).
Debido a esta característica de su sexualidad, los animales machos son separatistas, individualistas e incapaces de unirse en grupos para cooperar recíprocamente. Como máximo llegan a tolerar la presencia de otro en el mismo territorio de caza. En alguna especie, como los grandes carnívoros, son depredadores solitarios. En estado natural, la incapacidad de los machos para cooperar es un serio obstáculo para el desarrollo de las relaciones de grupo.
La hembra, por el contrario, gracias a sus funciones maternales, no tiene estos problemas. Ellas son parte de un núcleo, formado por la madre y los pequeños, en el que existe la cooperación y se desarrollan lazos filiales. En alguna especie, como los primates e incluso entre las leonas, se reúnen un cierto número de hembras con sus pequeños formando un grupo más amplio. Por otra parte, mientras el macho debe tenerse en cuenta sólo a sí mismo en la lucha por la supervivencia, la hembra, debido a sus funciones maternales, debe alimentar y proteger a los pequeños, además de a sí misma. Con el ejercicio constante de estas funciones de grupo, normalmente es la hembra la más inteligente, sagaz, astuta y capaz. Este hecho lo reconocen hasta los mismos cazadores, que consideran a la hembra, especialmente la que está con sus crías como más peligrosa; y ante› la que, por lo tanto, deben tomar mayores precauciones.
Esta sutil sagacidad de las hembras está desarrollada al máximo en los mamíferos superiores —porque las funciones maternales de cuidado de los pequeños dura más tiempo— y alcanza la cima en los primates. Incluso Robert Ardrey, ardiente partidario de la superioridad masculina, admite: «Cuanto menos se abandona el reino animal más aumenta el poder de la hembra… la torpeza de los machos ha sido una fuente de poder para las hembras durante mucho tiempo» (African Genesis, Dell Publishing Co., p. 125). Robert Briffault defi ne claramente a los animales machos como más estúpidos que las hembras.
Estas consideraciones demuestran que en la naturaleza no existe ningún fundamento a la «teoría uterina» de la inferioridad femenina. En todo caso, la naturaleza ha favorecido al sexo femenino, porque es la base de la perpetuación de la especie. La realización de las funciones maternales ha aventajado a la hembra en la lucha por la supervivencia, porque ha hecho a los antropoides capaces de pasar de la supervivencia natural a la humana, a través de la actividad laboral. En el paso del mono al hombre, fueron las hembras y no los machos las que llevaron la delantera.
Habiendo desarrollado sus tendencias a la cooperación, la hembra empezó la vida productiva y fundó la especie humana, nueva y única. (Ver «El mito de la inferioridad de la mujer»).
Y he aquí por qué de los lazos maternos en el mundo animal surge el sistema de clan materno o «matriarcado» en el antiguo mundo humano. Solamente en la sociedad clasista patriarcal, que aparece un millón de años después de nacer la especie humana, la mujer fue reducida al nivel animal, obligada a ocuparse de sus funciones maternales con perjuicio de los más altos valores humanos, al margen del curso de la vida social.
En una sociedad fundada sobre la propiedad privada, la familia y la superioridad masculina, las dotes naturales de la mujer —su útero y las funciones maternales— fueron transformados en elementos de explotación y de opresión. Pero esta es una situación creada por la sociedad, y no por la naturaleza.
Generalmente aquellos que sostienen la «teoría uterina» intentan apoyar sus falsas conclusiones sobre la mujer con una teoría igualmente falsa sobre la eterna superioridad del macho. Convirtiendo la biología en fantasía científica, proyectan la imagen de la familia patriarcal moderna en el mundo animal. Para ellos, la «familia» animal, como la humana, tiene un macho que la guía, alimentando y protegiendo a la hembra y a los cachorros que dependen de él, y esto es lo que lo hace superior. A este heroico animal, se le llama, generalmente, «el macho dominante».
Así descrito por los fantasiosos escritores, es la contrapartida animal del esposo y padre de la sociedad patriarcal. Los más caprichosos lo describen, además, como una especie de príncipe soberano, rodeado de un harén de esposas, concubinas o esclavas a las que controla su vida y su destino.
¿Cuál es la verdad que se esconde tras estas fantasías?

EL «MACHO DOMINANTE»: REALIDAD Y FANTASÍA

El fenómeno llamado «macho dominante» existe en la naturaleza, puesto que los machos, como hemos dicho antes, son muy competitivos y combativos. En el campo sexual, cada uno intenta ser el primero, eliminando a los rivales. El animal que gana domina a los otros machos, por lo menos durante un cierto tiempo, o bien hasta que es sustituido por un macho más fuerte.
Pero generalmente no se considera, o se distorsiona, la cuestión más importante en esta lucha por el poder. Se trata de una lucha entre machos, pero incluso después que el vencedor ha eliminado a sus rivales, esto no le confiere, también, el dominio sobre la hembra del grupo o sobre la que se ha ganado el acceso. Por lo que respecta a las hembras, éstas pueden aceptar al macho vencedor como semental, pero nada más. Aún más, esta aceptación termina cuando la hembra queda embarazada, abandonando a los machos para ocuparse del parto y del cuidado de los pequeños.
Cualquiera que sea el resultado de la lucha entre los machos, las hembras permanecen completamente autónomas y proveen a los pequeños, sin tener necesidad de la aportación de los machos. Contrariamente a todas las fábulas que se cuentan sobre este argumento, escritas además por hombres que se dicen científicos, no existe nada parecido a la familia paterna en el mundo animal. En algunas especies de pájaros y peces, los machos pueden participar en la incubación de los huevos, pero ello no los convierte en parte integrante de la familia, sino que se trata más bien de una forma especial de procreación. En la gran mayoría de las especies, particularmente en los mamíferos, que son los ascendentes directos del hombre, es solamente la madre la que desempeña todas las funciones inherentes al cuidado de los recién nacidos. Como subraya Briffault, «todos los animales adultos, machos o hembras, se proveen por sí solos de sus necesidades económicas, y la única excepción es la ayuda de la madre a los pequeños».
En otras palabras, la sexualidad masculina en el mundo animal no comporta funciones paternas; al contrario, la combatividad que conlleva la sexualidad masculina es un obstáculo para el desarrollo de estas funciones.
Solamente en el mundo humano encontramos una real contrapartida a la maternidad, que llamamos paternidad. Esta apareció cuando los machos empezaron a emanciparse del condicionamiento biológico directo —instinto— y cultivaron nuevas relaciones humanas. Ha sido en la vida social y a través de la misma como los hombres han adquirido funciones paternas.
A veces se dice o se sobreentiende que, puesto que los machos son combativos, también son «los protectores» de su hembra. También esto es pura fantasía.
Entre ciertas especies de primates, algunos machos giran alrededor de un núcleo central de hembras y crías y, de una manera indirecta, forman un grupo externo de «centinelas» que dan la alarma en caso de peligro.
Pero los animales machos no luchan para proteger su hembra y sus crías, sino solamente por defender su propia vida.
En el mundo animal todos se defi enden con la lucha o la huida. La única excepción a esta regla es la hembra que lucha por defender a sus crías.
Por lo tanto, la llamada familia animal no es más que la prole protegida y alimentada por la madre. No existe ni la más mínima semejanza con la familia patriarcal de nuestra sociedad, en la que el padre provee a la mujer y a los hijos, gobernando por encima de ellos.
Otro de los argumentos familiares que, se supone, debe probar la superioridad natural y el predominio del sexo masculino sobre el femenino, se basa en el hecho de que en alguna especie (aunque ciertamente no en todas) los machos son más grandes que las hembras y tienen una fuerza muscular superior. No hay duda que la tendencia combativa de los machos ha contribuido a esta musculatura extraordinaria. Como ha dicho Henry W. Nissen, de los Laboratorios Yerkes, sobre los machos primates:
«El animal más grande logra apropiarse de la mayor cantidad de comida, el más fuerte de la mayor cantidad de hembras» (Scientifi c American, septiembre 1960).
Pero es erróneo pensar que la musculatura representa una fuente de superioridad de los machos sobre las hembras: se trata solamente de la superioridad del riacho más fuerte sobre los más débiles. En la naturaleza son las hembras quienes deciden admitir o no al macho en su ámbito, y ocurre así incluso para los machos más fuertes. Cuando esta admisión se realiza, es válida solamente durante el período en que las hembras están en celo y mientras consideran útil su presencia. Ello se deduce del hecho de que, cuando una hembra se retira, como en el momento del parto, los machos la dejan completamente sola Es, por lo tanto, una grosera mistificación de la vida animal, pintar a la hembra como una criatura dependiente e indefensa, que no puede sobrevivir sin el cuidado y la protección de un macho dominante, que asume el papel de marido y padre. La familia paterna es una institución exclusivamente humana que, además, apareció muy tarde en la historia social, coincidiendo con el desarrollo de la propiedad privada y la división en clases. Así, el mito de la «familia paterna» animal va a la par con la «teoría del útero», a fi n de ratificar la inferioridad de la mujer. La verdad biológica es distorsionada y falsificada para ocultar las raíces sociales de la opresión de la mujer.
Veamos ahora cómo se distorsiona la antropología para sostener una biología falsificada. Yo lo llamo la «teoría de la caza» sobre la inferioridad de la mujer».
Esta teoría se basa en la primera división del trabajo entre los sexos, que habitualmente se describe así: los hombres eran cazadores y guerreros, mientras las mujeres recogían el alimento y trabajaban en el campo o en la casa. La caza realizada por el hombre está descrita, naturalmente, como el trabajo de gran duración más importante, mientras que el trabajo de las mujeres es considerado inferior. A causa del handicap que sufren por haber nacido con un útero, debían quedarse en el campamento y en su casa para cuidar a los niños.
Esta interpretación invierte la situación real. La labor más importante en la división del trabajo primitivo no la hacían los machos cazadores, sino las mujeres en la casa. Empecemos con el aprovisionamiento de comida, el requisito primero y fundamental, puesto que la gente debe comer primero para poder hacer cualquier otra cosa. Eran las mujeres recolectoras, y no los machos cazadores, quienes suministraban provisiones más abundantes y menos precarias. Cuando la caza era, aún insegura y los hombres volvían a menudo del campo con las manos vacías, el hambre de la comunidad era satisfecha con la comida que habían recogido las mujeres. Por otro lado, las mujeres controlaban las provisiones, no sólo porque preparaban la comida cada día, sino porque guardaban una parte para el futuro. Las mujeres eran el sostén de la comunidad primitiva.
Esto era solamente el comienzo del trabajo femenino. No es necesario detenerse aquí sobre los numerosos testimonios del enorme trabajo de las mujeres primitivas (Ver «El mito de la inferioridad de la mujer»).
Mientras los hombres estaban ocupados en la búsqueda de animales de caza, las mujeres desarrollaban distintas formas de producción, desde la elaboración del cuero curtido, a la vajilla, a las manufacturas y todo tipo de construcciones, la medicina y los primeros rudimentos científicos.
Mientras un aspecto del trabajo femenino, el cultivo del suelo con bastones de cavar, llevó a la agricultura, otro aspecto, la domesticación de animales salvajes, llevó a la cría de ganado. Estos importantes progresos no sólo pusieron las bases de la civilización, sino que liberaron al hombre de la necesidad de cazar, dándole una participación —y eventualmente la dirección— en estas formas superiores de producción. No fueron, por lo tanto, los hombres cazadores, sino las mujeres productoras, precientíficas, ganaderas, maestras y transmisoras de una herencia social, cultural y técnica, las que hicieron la parte más importante en esta primera división sexual del trabajo.
El gran error cometido por los que están ofuscados con la presunta superioridad del sexo masculino, ha sido el no tener en cuenta esta amplia producción social de las mujeres primitivas, y considerarla como simples tareas domésticas al servicio del pequeño ámbito familiar. En el sistema primitivo de clan no existían familias aisladas y autoabastecidas, así como no existía una clase rica dominante que redujera a la mujer al estado de servidumbre doméstica. Los núcleos familiares primitivos eran el pilar de la vida comunitaria y representaron las primeras fraguas, laboratorios, centros médicos, escuelas y centros sociales. Las mujeres de la comunidad matriarcal, que trabajaban colectivamente, no se parecen en nada a sus actuales descendientes, que viven arrastrándose en el restringido ámbito familiar.
Esto no significa que queramos infravalorar la capacidad y la técnica que desarrollaron los hombres yendo a cazar. Simplemente restablecemos un equilibrio justo y colocamos el trabajo de los hombres en el lugar correcto y en la perspectiva adecuada. De hecho, no sólo ha sido despreciado el trabajo de la mujer, sino que tampoco el trabajo del hombre, la caza, ha gozado de su merecida consideración. El aspecto más importante de los grupos de cazadores no es el que se refi ere a la fuerza bruta del hombre ni tampoco a la exigencia de aumentar las provisiones; se trata del progreso cualitativo que hicieron los hombres respecto a los animales, colaborando mutuamente en una actividad.
Se ha dicho también que la caza requiere menos fuerza que habilidad para vencer a los animales grandes y peligrosos, y esto es verdad. Por el contrario, lo que muy raramente se ha dicho, y es un aspecto aún más importante, es que el hombre ha tenido que superar su innata naturaleza animal, la rivalidad, el separatismo y el individualismo para poder unirse al grupo de los cazadores. Ha tenido que transformar sus relaciones animales competitivas y agresivas en relaciones humanas de acercamiento y cooperación. La superioridad de los grupos de cazadores respecto a una manada de animales deriva del inderogable principio de que los hombres que cazan no deben nunca, en ninguna circunstancia, cazar y matar a uno de su misma especie. Esta es una regla exclusivamente humana que no existe en el mundo animal. Igualmente, respecto al aumento de las provisiones de comida para la comunidad, solamente pudo alcanzarse este objetivo cuando los hombres empezaron a ejercitar la caza en colaboración.
¿Cómo se verificó este cambio tan decisivo? Todo hace pensar que proviene de la sociedad colectivista creada por el clan materno. Como escribe Robert Briffault sobre esta cuestión: “En las sociedades humanas existe siempre la forma de crear sistemas de comunicación y de seguridad, y siempre son posibles lazos de amistad y fraternidad que no existen ni pueden existir entre los animales. Por lo tanto, la humanidad primitiva no tiene la misma necesidad de satisfacer sus instintos sexuales por medio de una lucha puramente competitiva… Los animales destruyen por la comida a sus propios compañeros, e incluso a sus parejas-hembras, mientras que cualquier componente de un grupo social, incluso el más primitivo e incivilizado, moriría de hambre antes de no compartir con sus compañeros su parte de comida… De la misma forma, en ninguna sociedad humana, por primitiva que sea, existe una lucha sin cuartel para la posesión de la hembra» (The mothers, George Alien y Unwin, vol. II p. 118).
Era necesaria una Sociedad comunista, que abasteciese las necesidades de todos sus miembros por igual, para inducir a los hombres, aislados y hostiles como los animales, a colaborar. En aquella sociedad, los hombres y las mujeres realizaban una parte del trabajo, según la división que los pueblos primitivos consideraban más práctica en aquellas condiciones de vida y en aquel estadio de desarrollo socio-económico. Muchos escritores han subvalorado la importancia real del trabajo desarrollado por las mujeres, exaltando, por el contrario, el de los hombres, o sea, la caza. El arqueólogo Graha-me Clark, por ejemplo, ve a las mujeres como seres inferiores porque «igual que sus antepasadas simias» son solamente recolectoras de comida, mientras describe la brillante figura del «Hombre cazador», prototipo del «Hombre Guerrero», como sexo superior. (From Savagery to Civilization, Corbett Press, p. 8). Estos son prejuicios masculinos.
Elman R. Service, antropólogo de Michigan, tiene una visión similar, pero aún más mezquina, sobre esta cuestión. Sostiene que los machos fueron los cazadores, no solamente porque “eran probablemente más fuertes, veloces y combativos, sino, esencialmente, porque las mujeres están frecuentemente imposibilitadas a causa del embarazo y del cuidado de los hijos” (Primitive Social Organization, Random House, p. 39).
Podemos aceptar la deducción de que la mayor combatividad de los machos les había convertido en más aptos para la caza; pero refutamos la conclusión de que las mujeres fueran incapaces de cazar porque estaban imposibilitadas, desde el punto de vista biológico, a causa de sus úteros.
Basta observar el comportamiento de los carnívoros, animales cazadores, para ver la falacia de este argumento, ya que las hembras son cazadoras tan hábiles y veloces como los machos. No existen obstáculos uterinos que conviertan en inferiores a las leonas y tigresas.
Para ser exactos, la especie humana derivó de los primates, recolectores de comida, y no de los carnívoros, cazadores. Por lo tanto, las mujeres que quieran poner en duda la «teoría de la caza» sobre la inferioridad femenina, no están obligadas a esclarecer las complejas razones por las que las mujeres no fueron cazadoras en la primitiva división del trabajo.
Basta mostrar la enorme variedad de trabajos desarrollados por la mujer, comparado con el de los hombres cazadores. La exclusión de una sola ocupación —cualquiera que fuese la razón— significa simplemente que las mujeres no la consideraron como parte de sus múltiples actividades laborales.
En fin, la «teoría de la caza» sobre la inferioridad femenina es absurda e insostenible, al igual que la del útero, de la que deriva. La primera es una distorsión de la antropología, y la otra de la biología. Sin embargo, las dos juntas constituyen una plataforma seudocientífica sobre la habladuría de que las mujeres han sido siempre inferiores.

LAS MUJERES, ¿HAN ESTADO SIEMPRE OPRIMIDAS?

Hasta el nacimiento del movimiento de liberación de la mujer, algunas escritoras y antropólogas estaban influenciadas hasta tal punto por estas afirmaciones acientíficas, que llegaban a una conclusión muy pesimista.
Las mujeres, decían, han sido el sexo oprimido no sólo en la sociedad patriarcal, sino en toda la historia humana. Según este punto de vista, si bien las mujeres no estuvieron sujetas a sus maridos y padres,, como sucede en los estados patriarcales, en la comunidad primitiva estaban sometidas a los hermanos y tíos. Esta puede definirse como la «teoría del tiarcado» sobre la opresión femenina. ¿Cuál es la verdad?
Existen comunidades primitivas muy parecidas, esparcidas por todo el mundo, en las que las prácticas y costumbres matriarcales sobreviven en mayor o menor medida. Habitual-mente se les llama comunidades «matrilineales», puesto que la línea de ascendencia y descendencia se traza teniendo en cuenta solamente a las madres. Más aún, en estas regiones, la fi gura del padre de familia está aún muy poco desarrollada. Un hombre puede ser reconocido como el marido de la madre y, sin embargo, no como el padre de sus hijos; y aunque lo sea, tiene con ellos unos lazos muy débiles. Como se dice vulgarmente, los hijos pertenecen a la madre y a su familia.
Esto significa que los hijos pertenecen no sólo a la madre, sino también a los hermanos de la comunidad matrilineal. En otras palabras, los hermanos de la madre, o tíos maternos, desarrollan aquellas funciones paternas con los hijos de su hermana, que más tarde se convertirán en asuntos del padre respecto a los hijos de la esposa. Por esta razón, a esta comunidad se le llama también «tiarcado». El término «tiarca» se refiere al hermano de la madre, como el término «patriarca» se refiere al padre.
Estas comunidades matrilineales son supervivencias de la época matriarcal, y aunque han sido alteradas por la aparición del patriarcado, testimonian la prioridad de aquel antiguo sistema social. En efecto, cuando se empezaron los primeros estudios antropológicos del siglo pasado, la mayor parte de los clanes primitivos habían alternado en cierta forma su composición. Las parejas, o lo que Morgan ha llamado «familia de pareja», hicieron su aparición en comunidades que anteriormente estaban compuestas, exclusivamente, de madres y hermanos del clan (o hermanas y hermanos).
Pero la familia de pareja, que era también una parte del sistema materno colectivista, era completamente distinta de la familia patriarcal, aparecida con la sociedad de clases. Un hombre nuevo, extraño al clan, se introducía en el grupo materno —el marido de la mujer que se convertía en su esposa. Sin embargo, aunque participaban en el sostenimiento de la esposa y de los hijos, mientras prevaleció el sistema de clan, los maridos permanecieron subordinados y marginados respecto a los hermanos de la madre. Los hermanos de las madres continuaron siendo los colaboradores económicos fundamentales de las hermanas y los tutores de sus hijos.
Los antropólogos que rechazan las aproximaciones históricas, se encuentran en un serio dilema cuando estudian esta comunidad primitiva.
Por ejemplo, Malinowski, en sus estudios sobre los indígenas de la isla Trobriand, describe este pueblo y sus «principios del derecho materno» como sigue: «Encontramos en Trobriand una sociedad matrilineal, en la que la descendencia, la parentela y todas las relaciones sociales son reconocidas legalmente solo a través de la madre, y las mujeres participan activamente en la vida tribal, teniendo un papel directivo en la economía, las ceremonias y las actividades mágicas…» (The sexual life of Savages, Brace and World, Inc. p. 3).
Pero, puesto que “estos nativos tienen una institución matrimonial bien definida”, cohabitando por parejas, Malinowski se adentra en una tortuosa búsqueda del padre. Pero, el marido de la madre no se ha convertido aún en el padre, en el verdadero sentido de la palabra. Según los mismos nativos, el tema, que Malinowski insiste en llamar “padre”, no es más que “el marido de mi madre”. En algunos casos no es ni siquiera esto; es un tomakava, un “extranjero”, o, como dice más correctamente Malinowski, un “extraño” (Ibid, p. 6). En otras palabras, el hombre extraño al clan, que ha sido reconocido como marido por la madre, no ha asumido aún un papel paterno propio y verdadero.
Existe, sin embargo, un hombre que desempeña las funciones paternas para los hijos de la hermana, en particular para los hijos masculinos, y es el hermano de la madre. Malinowski escribe: “La posición social se transmite, a través de la línea materna, de un hombre a los hijos de la hermana, y esta concepción exclusivamente matrilineal de la parentela es de primordial importancia… las personas unidas por lazos de parentela materna forman un grupo estrechamente unido, con una identidad de sentimientos, de intereses y de atracciones sexuales. E incluso quienes se unen a ellos, con el matrimonio o con una relación padre-hijo, son drásticamente excluidos del grupo… (Idem, p. 4).
Es significativo que el mismo Malinowski describa lo que llama “doble influencia” o “dualidad’ que impera en la comunidad matriarcal, como resultado de la imposición del matrimonio sobre la matrilinealidad. Los hijos masculinos ven dos hombres adultos ligados a la madre, y se sienten divididos entre ellos. Por una parte, está la vieja institución del hermano de la madre, por la otra, el recién llegado, el marido de la madre. Lo que Malinowski no dice es que los isleños de Trobriand representan una comunidad matrilineal en transición hacia una forma patrilineal.
Los primeros antropólogos del siglo pasado encontraron muchos ejemplos de comunidades matrilineales en transición hacia formas de organización social patrilineales y patriarcales. Como subraya E. Sidney Hatland, el sistema patriarcal “realizaba intrusiones continuas sobre el derecho materno en todo el mundo; por lo tanto, casi todas las instituciones matrilineales se encontraban en estadio de transición” (Primi-tive Society, Methuen and Co., p. 34).
La posición de la mujer en algunas de estas comunidades en transición ha permanecido casi inalterada, y en ellas continuaba gozando de la independencia económica y de la estima social. En otras regiones, sin embargo, particularmente en las que las relaciones de clase, el sistema patriarcal y la supremacía masculina se impusieron a una economía rudimentaria, las mujeres fueron consideradas inferiores, como sus compañeras en la sociedad clasista. En estas regiones, las mujeres podían estar oprimidas por sus hermanos y por sus maridos o padres.
Australia se cita a menudo como prueba de la condición inferior de las mujeres primitivas. Pero, según Spencer y Gillen, las más eminentes autoridades en estudios sobre las tribus centrales, existe una “gran diferencia” entre el viejo período tradicional y el actual. Dicen que la mujer, anteriormente, tenía una posición muy distinta y más importante que en los tiempos recientes. (The native tribes of Central Australia, MacMillan and Co., Ltd, pp. 195-196).
Robert Briffault, sobre la base de éste y otros informes, sostiene que el sistema matriarcal, el dominio masculino y la condición de inferioridad de la mujer “son características de origen relativamente tardío” que han sustituido a las anteriores condiciones.de influencia y consideración que tenían las mujeres. “Los indígenas australianos son, no solamente primitivos, sino que en muchos aspectos, son también una raza oprimida”, y esto lo dice porque la dominación masculina, una vez establecida, ha llegado “a
sus consecuencias más extremas” (The Mothers, vol. I p. 338). Esto no debería sorprendernos en un continente en el que, por enfermedades y otras calamidades, la población aborigen de 500.000 habitantes ha sido reducida a 50.000, en el transcurso de un siglo, después de la llegada del hombre blanco.
Existen otras regiones que contrastan profundamente, en las que las costumbres matrilineales se han conservado y no existe una tal infravaloración ni del hombre ni de la mujer. Ejemplos de este tipo se pueden encontrar entre los indios de América del Norte, donde no existía la supremacía del hombre ni la opresión de la mujer, hasta que no fueron introducidos el whisky y los fusiles por los civilizadores europeos. Briffault cita del misionero J.F. Lafitau: “Nada es más real que la superioridad de las mujeres. En la mujer se basa la realidad de la nación, la nobleza de la sangre, el árbol genealógico, el orden de las generaciones, la conservación de la familia. En ella descansa la autoridad real: los bosques, los campos y todo lo que se recolecta le pertenece. Ella es el alma de los consejos, el árbitro de la guerra y de la paz” (Ibid. p. 316).
Según Alexander Goldenweise, la influencia de la mujer era decisiva en la elección de los jefes, que era seguida y controlada por las “matronas”, especialmente en las cuestiones referentes a la guerra, y si su actividad no satisfacía a las mujeres, se procedía a la destitución del jefe. En el período de la Confederación iroquesa, dice, “las mujeres tenían una influencia mayor que los hombres en la elección de los jefes, más que en su destitución… La opinión del grupo estaba influenciada, de una forma mucho más decisiva, por las mujeres que por los hombres.” Muchas guerras devastadoras, añade, “fueron evitadas por los sabios consejos de las matronas”. (Anthropológy, F.S. Crofts and Co., p. 365). El poder real de las mujeres se demuestra por el hecho de que las actas de traspaso de las tierras del Gobierno Colonial, están casi todas firmadas por mujeres.
Briffault hace una de las comparaciones más interesantes, entre los hombres iroqueses, y los blancos que consideraban a las mujeres como sexo inferior. El selecto orador de los iroqueses, “Good Peter”, se dirigió al gobernador Clinton, para explicarle la gran consideración que los nativos americanos tenían hacia las mujeres, con estas palabras: “¡Hermanos!, nuestros antepasados consideraban una gran ofensa despreciar los consejos de sus mujeres, en particular de las Gobernadoras. Estas eran consideradas como dueñas de la tierra. ¿Quién, decían nuestros antepasados, nos ha dado la vida? ¿Quién, sino la mujer, cultiva la tierra, tiene acceso al fuego, prepara nuestra comida? Nuestras mujeres, hermano, dicen que están preocupadas… Esperan que la veneración que nuestros antepasados tenían hacia las mujeres no se olvide y no sean despreciadas: el Gran Espíritu las ha creado. Las Gobernadoras piden licencia para hablar con la libertad concedida a las mujeres y deseada por el espíritu de nuestros antepasados… Porque ellas son la vida de la nación. (Briffault, The Mothers, pp. 316-7).
Briffault cita también a W.W. Rockhill, que había dicho: “Es un problema digno de consideración el modo en que habían generalizado su papel directivo, y cómo habían logrado que fuera aceptado por una raza de bárbaros sin leyes que se sometían de mala gana a sus jefes”. (Ibid. p. 327).
Estas no son descripciones de mujeres “eternamente oprimidas”.
El hecho de que algunas mujeres en las regiones primitivas estuvieran oprimidas como las de las naciones civilizadas patriarcales, no prueba que las mujeres hayan estado siempre oprimidas. Lo único que demuestra es que en algunas regiones no en todas, la degradación de las madres y de las hermanas comportó la degradación de los hermanos de las madres.
Algunos hermanos ejercieron la supremacía y oprimieron a las mujeres exactamente igual como los hombres patriarcales que les servían de modelo.
Pero históricamente, antes del patriarcado, no existía la supremacía del hombre sobre la mujer —ni al contrario, la supremacía femenina sobre los hombres. El clan era comunitario y comunista: hermandad de hombres y mujeres. El hecho clave de toda la estructura social era la igualdad en todos los sectores de la vida, el económico, el social y el sexual. Por lo tanto, las mujeres no estuvieron siempre oprimidas. Su opresión empezó como parte integrante de una sociedad opresora que destruyó y suplantó la vieja comunidad matriarcal. La “teoría del tiarcado” para demostrar la eterna opresión femenina es, simplemente, una variante más sofisticada de la “teoría del útero” sobre la inferioridad femenina. Tanto una como otra tienen que ser rechazadas por las mujeres del movimiento de liberación.
Desgraciadamente, esto no ha sucedido en algunas influyentes escritoras como Kate Millet. Si bien ella no comparte la afirmación de que el factor biológico condiciona a la mujer, está aún influenciada por los antropólogos antihistóricos. En su libro Sexual Politics (Doubleday and. Co.), escribe que “tanto el mundo primitivo como el civilizado son mundos masculinos” (p. 46) y que las mujeres han estado siempre oprimidas, si no por el patriarca, por el “tío”. Es muy extraño, sin embargo, que afirme esto cuando admite no saber si ha existido o no un período matriarcal.
Shulamith Firestone en su libro “The Dialectic of Sex” (William Morrow and Co.), persevera en el error de la eterna opresión de la mujer.
Repite la letanía masculina sobre este argumento. Según Firestone, la opresión femenina es más antigua que la historia; llega hasta “el mismo mundo animal” (p. 2). A causa de su estructura biológica, dice, el trabajo productivo estaba por encima de las fuerzas femeninas —mostrando así su ignorancia sobre los testimonios de los numerosos trabajos hechos por la mujer primitiva. Dice también la autora, que, debido a su estructura biológica, la mujer “permanecía encadenada a los misteriosos procesos vitales” (p. 82). Firestone repite pura y simplemente las afirmaciones hechas por otros hombres en lo que respecta al cuidado y alimentación de los hijos. Así, concluye, las mujeres han estado “siempre a merced de su estructura biológica”, que las ha hecho “dependientes de los machos”, ya fuera de los hermanos, del clan, o de los esposos y padres.
Firestone ha caído de lleno en la “teoría uterina” sobre la inferioridad femenina. Dejando aparte a Marx y Engels, que “no saben casi nada” sobre la mujer como “clase oprimida”, sostiene que “ha sido el ciclo reproductor de la mujer el que ha determinado originalmente su opresión y la ha prolongado hasta la no imprevista, ni mejor identificada, revolución patriarcal”, (p. 83). Firestone, feminista, repite como un papagayo el tema antifeminista de que “el factor biológico ha determinado el destino de la mujer”, sin preocuparse por examinar críticamente los hechos.
Es una desgracia que incluso mujeres antropólogas hayan caído en semejantes errores, a pesar de sus estudios sobre esta cuestión. Influidas o quizás intimidadas por la supremacía masculina y la ideología burguesa que empapa la antropología, hasta ellas defienden el mito de la eterna inferioridad y opresión de las mujeres. La antropóloga inglesa Lucy Mair dice: “En la sociedad más primitiva, así como en la industrializada, no son nunca completamente independientes…”. Siempre han tenido que depender de los machos, hayan sido hermanos, maridos o padres. (An Introduction to Social Anthropology, Oxford University Press p. 83).
Esta afirmación no es ni siquiera cierta en lo que respecta a algunas supervivencias matrilineales de tiempos recientes, en las que las mujeres han conservado su independencia económica y la consideración social.
Y tampoco es, en absoluto, cierta por lo que respecta a la época de organización social matriarcal, antes de que apareciera la supremacía masculina.
Kathleen Gough Aberle, de Vancouver, ha hecho la mejor aportación con el libro Matrilineal Kinship (University of California Press), publicado en 1961, centenario del libro Das Mutterrecht de Bachofen. A pesar de que piensa, aún, que las mujeres han estado sitmpre oprimidas. En un reciente artículo escrito para el movimiento de liberación de la mujer dice: “El poder de los hombres de explotar sistemáticamente a las mujeres nace de la existencia de una riqueza acumulada, apoyada por el poder estatal”.
Esto coincide con el punto de vista marxista, pero luego se separa del materialismo histórico cuando dice, “incluso en la sociedad basada en la caza parece que las mujeres fueron, de todos modos, el “segundo sexo”, con una mayor o menor subordinación al hombre” (Up from Under, enero febrero 1971).
Mientras esto podría ser cierto en alguna comunidad cazadora, modificada en tiempos recientes, no es en absoluto verdad en las antiguas, existentes en el período de comunidad matriarcal. Dejadme repetir que no fue la caza la que dio al hombre la superioridad sobre la mujer —fue la introducción de la propiedad privada, de la división en clases y de la familia patriarcal, lo que condujo a la supremacía masculina y a la opresión femenina.

LA DIVISIÓN DEL TRABAJO SOCIAL CONTRA LA FAMILIA

Esto nos conduce al punto concluyente en el embrollo de mitos destinados a probar que las mujeres han sido siempre el segundo sexo.
Se trata de la distinción entre la división del trabajo por sexos, en la comunidad primitiva y en la civilizada. Según la opinión más difundida, la división del trabajo entre los sexos ha sido la misma, con el trabajo de las mujeres limitado a la casa y a la familia. Se cree que la división del trabajo entre los sexos, desde el inicio de la historia humana hasta nuestros días, ha sido siempre la división del trabajo entre marido y mujer de una familia.
El marido se va fuera a trabajar mientras la esposa se queda en casa para ocuparse de las labores domésticas y de los hijos. Algunas mujeres del movimiento de liberación están indignadas porque ai marido se le paga por su trabajo, mientras que a la mujer no. Pero la injusticia es más profunda, y se refiere también a la vida embotada, dependiente y culturalmente estéril de la mujer encerrada en la jaula doméstica, desarrollando tareas embrutecedoras.
Las mujeres están privadas del trabajo social que les daría su independencia económica: este trabajo está, en su mayor parte, reservado a los hombres. El matrimonio y la familia se, consideran la mejor carrera que puede seguir una verdadera mujer. Las leyes reaccionarias sobre la contracepción y el aborto obligan a las mujeres a tener hijos, tanto si los quieren como si no, y en ausencia de guarderías, nadie les aligera del peso de su crianza.
Según la Iglesia y los defensores del orden establecido, el lugar de la mujer está en casa, al servicio del marido y de los hijos, porque la familia siempre ha existido. Pero no es cierto que la procreación, que es una función natural, se identifique con la familia, que es una institución inventada por el hombre. Las mujeres, aunque siempre han sido procreadoras, no han estado siempre aisladas y encerradas en sí mismas, cada una al servicio de un marido y de una familia. La tomadura de pelo de “la eterna familia” no es más que la expresión fi nal de la “teoría uterina” sobre la inferioridad femenina.
La primera división del trabajo entre los sexos no fue, como hoy en día, una división entre el marido y la esposa, con el hombre que desarrolla el trabajo externo y la mujer que permanece en casa. En la sociedad primitiva, los dos sexos hacían un trabajo social. Esto era posible porque en su sistema de producción comunitario se le encomendaba a la comuna el cuidado y la educación de los niños. Las niñas eran adiestradas por las mujeres en sus ocupaciones futuras, y los machos, a partir de una cierta edad, eran ahijados por los hombres que se convertían en sus tutores y guardianes. Tanto la producción como el cuidado de los hijos eran, en un principio, funciones sociales, desarrolladas tanto por las mujeres como por los hombres. Fue solamente a la caída de la comunidad matriarcal y de sus relaciones igualitarias entre los sexos, cuando las mujeres fueron excluidas de la producción social y relegadas a la esclavitud doméstica.
Los hombres perdieron su lugar en la nueva división del trabajo. Los historiadores señalan, también, que con el advenimiento de la nueva economía, basada en la agricultura y la cría del ganado, surgieron nuevas divisiones del trabajo, que sustituyeron la vieja división según el sexo. Para dar algunos ejemplos, las actividades inherentes a la ganadería fueron separadas de la agricultura: la metalurgia, la construcción de casas y barcos, la industria textil, de utensilios de cocina y otras manufacturas, se especializaron. Con esta división del trabajo artesanal, surgieron especializaciones en la esfera social, de los sacerdotes a los poetas, de los científicos a los artistas.
Los papeles de los sexos fueron radicalmente transformados en este proceso. Y estas divisiones y subdivisiones del trabajo crecieron y proliferaron concentrándose siempre más —y al final exclusivamente— en manos de los hombres. Las mujeres fueron excluidas del trabajo social y cultural, y relegadas a la casa y a la familia. Con la aparición del poder estatal y eclesiástico, se enseñó a las mujeres que su vida debía desarrollarse entre las cuatro paredes, y que las mejores mujeres eran las que servían a sus maridos y a la familia sin añoranza. Con esta exaltación del hombre y degradación de la mujer, ésta fue obligada a renunciar no sólo a su papel en la producción social, sino también al antiguo sistema de
educación comunitaria de los hijos.
A decir verdad, las mujeres de las clases pobres, “el pueblo”, siempre han trabajado. Durante el largo período agrícola trabajaron en los campos y en la producción de objetos de artesanía, y esto lo hacían al mismo tiempo que cuidaban de los hijos y de la casa. Pero trabajar solamente en y por una casa, un marido y una familia no signifi ca, realmente, participar en un trabajo socializado de una sociedad comunitaria. La participación en la producción social desarrolla el cuerpo y la mente; el aislamiento y las ocupaciones domésticas lo debilitan y restringen la visión de las cosas.
En otras palabras, la división del trabajo entre los sexos no ha sido siempre la misma. La división del trabajo hecha por los hombres y aparecida con la sociedad de clases, la propiedad privada y la familia patriarcal, representó una colosal expoliación de las mujeres. Y esto es aún más cierto actualmente, con la transformación de la gran familia campesina y productiva en el núcleo familiar consumidor de la era urbana.
Refutar los mitos que han contribuido a la opresión de las mujeres —desde la “teoría uterina” a “la eterna familia”—, no quiere decir simplemente hacer una corrección científica e histórica. Esto tiene profundas implicaciones para el movimiento de liberación de la mujer.
El argumento de que la estructura biológica de la mujer es responsable de su inferioridad social es el caballo de batalla de los defensores de la supremacía masculina. Si se demuestra que esta afirmación es infundada, se derrumba todo el edificio.
Las mujeres, por naturaleza, no están obstaculizadas, respecto a los hombres, por sus funciones biológicas. Y en la sociedad preclasista, las mujeres no fueron inferiores a causa de su papel materno. Se las tenía en gran consideración por su doble función de procreadoras-productoras.
La posición de la mujer en la sociedad, por lo tanto, ha sido determinada y redeterminada por notables condiciones históricas. La drástica transformación que sufrió el comunismo matriarcal trajo consigo la caída del sexo femenino. Fue al surgir la sociedad de clases patriarcal cuando la estructura biológica de la mujer se convirtió en el pretexto ideológico que justifica proseguir con el alejamiento de las mujeres de la vida social y cultural, y el mantenimiento de las mismas en un estado de servidumbre.
Solamente reconociendo esto, las mujeres podemos tener clara la causa real de nuestra esclavitud y degradación, que hoy están ligadas a la estructura del sistema capitalista. Nuestra lucha por la liberación estará obstaculizada mientras que nosotras nos dejemos convencer de que es la naturaleza, y no la sociedad, la fuente de nuestra opresión.
Una pancarta llevada por mujeres en una reciente manifestación decía: “El factor biológico no constituye un condicionamiento para la mujer”. Esta debería convertirse en una frase obligatoria del movimiento feminista.
International Socialist Review, Diciembre de 1971

¿COMO PERDIÓ LA MUJER SU AUTONOMÍA Y COMO PODRÁ RECONQUISTARLA?

Los problemas del sexo, del matrimonio y de la familia, que afectan profundamente el destino de la mujer, son particularmente importantes para el movimiento de liberación. ¿Se trata de cuestiones puramente privadas o tienen acaso algún interés público? Esta pregunta podrá sorprender a muchos, que consideran que estas relaciones íntimas son asuntos suyos personales, que deberían mantenerse estrictamente en privado. Incluso pueden sentirse consternados por la idea de que estas cuestiones, que implican frecuentemente experiencias personales penosas y conflictivas, puedan ser consideradas como de interés público. Pero ¿cuál es la situación real en las presentes condiciones de vida de la sociedad capitalista?
En su libro The Sociological Imagination*, C. Wright Mills aclara este punto. Al hablar de la diferencia entre “problemas personales” y “temas públicos”, dice que “un problema es un asunto particular cuando afecta únicamente a un solo individuo y al estrecho círculo que le rodea”. En cambio los “temas de interés público se refieren a cuestiones que trascienden de la esfera individual y afectan a toda la estructura social”.
Nos ofrece muchos ejemplos para mostrarnos la diferencia entre ambos.
Tomemos el ejemplo del problema del paro. Mills dice que cuando en una ciudad de 100.000 habitantes hay un solo hombre desocupado, éste es su problema personal. Este caso podría incluso explicarse a través del carácter particular de aquel hombre, su falta de habilidad o de oportunidades inmediatas. “Pero cuando en una nación de 50 millones de trabajadores, hay 15 millones de hombres en paro”, la cuestión asume una dimensión muy diferente. Indica cuando menos un colapso parcial de la estructura social, y se convierte por lo tanto en un tema de interés público y político.
El segundo ejemplo que nos cita demuestra una vez más la realidad de la transformación del elemento cuantitativo en cualitativo, que se mantiene incluso en lo que se refiere a las relaciones más íntimas entre hombre y mujer: “Consideremos el matrimonio. Dentro de su estructura, un hombre y una mujer pueden experimentar dificultades personales, pero cuando

* La imaginación sociológica, Fondo de Cultura Económica de México.

el índice de divorcios durante los primeros años de matrimonio alcanza el número de 250 de cada 1.000 parejas, esto nos indica que existen problemas estructurales relacionados con las instituciones del matrimonio y la familia y otras que se asientan sobre éstas.”
Han transcurrido 10 años desde que Mills escribió su obra, y entretanto los divorcios han ido en constante aumento. Ahora se separa uno de cada tres matrimonios, y en el estado de California el índice es aún más elevado: un matrimonio de cada dos acaba en divorcio. Estas cifras nos demuestran que los altibajos en las relaciones personales más íntimas entre hombre y mujer han traspasado actualmente los límites de una cuestión personal y representan un tema público de proporciones masivas. Como concluye el propio Mills, “la cuestión de un matrimonio satisfactorio no puede mantenerse dentro del ámbito de las soluciones puramente personales”.
Existe todavía otro aspecto del problema. Dado que el matrimonio está estrechamente relacionado con la familia, sucede que lo que afecta a uno, afecta también vitalmente a la otra. Por lo tanto, la crisis del matrimonio a gran escala implica una crisis correspondiente para la familia. Esta evolución contradice la propaganda de la iglesia y del Estado, que sostienen que la familia es una unidad estable, indisoluble, que constituye el fundamento de la propia sociedad, sin la cual sería impensable toda vida humana.
La crisis de la familia ha despertado un profundo interés entre muchas mujeres del movimiento de liberación, que han realizado estudios teóricos, sobre la historia y el papel de la familia. Esto les ha llevado a cuestionar prácticamente todas las antiguas creencias en torno a esta institución.
El resultado es que hoy día el movimiento de liberación de la mujer parte de un nivel ideológico mucho más elevado y con una visión más avanzada de la que tenía su predecesor, el movimiento feminista del siglo pasado. En aquel entonces, incluso las mujeres más progresistas limitaban su lucha a reclamar derechos iguales a los de los hombres, en lo que se refiere a la propiedad y a la familia, iguales derechos civiles, como el derecho al voto, etc. Pero, salvo pocas excepciones, las primeras feministas no cuestionaron la institución del matrimonio y la familia burguesa más allá de su cuestiona-miento del propio sistema capitalista y de la propiedad privada. Para ellas, el matrimonio seguía siendo aún el “sagrado vínculo” y la familia era la “sagrada familia”, una relación humana intocable, incuestionable, eterna e indiscutible.
Hoy día, sin embargo, estas actitudes y estos valores que antes eran aceptados comúnmente, están cambiando profundamente, tanto en la vida real como en el terreno de los nuevos valores morales que se están difundiendo a través del país. Las partidarias del movimiento de liberación de la mujer buscan nuevas respuestas, más científi cas y documentadas, para sustituir los antiguos prejuicios y la propaganda sobre el problema del matrimonio y de la familia, que se han convertido desde entonces en temas de la más ardiente actualidad pública.
¿Cómo iniciar esta investigación? Desde mi punto de vista, es necesario ante todo rechazar la opinión tan difundida pero errónea, de que la familia es una unidad «natural» que siempre ha existido y que existirá siempre, porque radica en las más profundas necesidades biológicas del sexo .y de la procreación, que sienten todos los seres humanos. La historia se desarrolla así: el hombre y la mujer se sienten recíprocamente atraídos a través de su necesidad natural urgente de tener relaciones sexuales, y por ello contraen matrimonio. Esto les lleva a la procreación cuando la mujer da a luz. El padre va a trabajar para proveer a las necesidades de su
familia, mientras la mujer se queda en casa para cuidar de ella.
Este cuadro simplista afirma o implica que no existe otro modo para satisfacer las necesidades y las funciones naturales más que a través del matrimonio y de la familia patriarcal.
Incluso se dice que puesto que los animales, al igual que los hombres, se juntan y procrean, las raíces del matrimonio y de la familia trascienden al mundo animal. De este modo, dichas relaciones se convierten no solamente en un punto fijo e inamovible de-la vida humana, sino que al ser relaciones verificadas por el tiempo, representan el modo mejor y más deseable de satisfacer las necesidades naturales.
Estas afirmaciones sin embargo, no resisten una investigación más severa. ¿Cómo han podido ganar entonces tanta difusión?. El error fundamental consiste en identificar la necesidad natural del sexo y de la procreación que el ser humano comparte con los animales, con las instituciones sociales del matrimonio y la familia, que son exclusivos de la humanidad. Los fenómenos biológicos y los sociales están muy lejos de ser idénticos. Los biológicos son «naturales», los sociales son «hechos por el hombre».
Desde el momento en que sólo el ser humano es capaz de condicionar e imponer un control sobre las necesidades naturales, es el único que puede crear una institución nacida de estas necesidades naturales, pero que las, gobierna y las controla. Las relaciones sexuales en la sociedad están gobernadas por el matrimonio, y la procreación por la familia. Estas leyes humanas no tienen su contrapartida en el mundo animal, en el cual las relaciones sexuales existen sin matrimonio, y la procreación existe sin familia patriarcal.
Mientras que el matrimonio y la familia constituyen una fusión de necesidades naturales y factores sociales, son en cambio en realidad los factores sociales los que resultan decisivos para definir y determinar sus características. Según la ley del matrimonio monogámico, el hombre adquiere un poder legal para exigir la exclusividad sexual de su mujer y la prestación de sus servicios domésticos. El derecho familiar otorga al padre la obligación legal de proveer a la manutención de su mujer y de sus hijos. Siendo el proveedor principal en este sistema determinante de la economía .familiar, el hombre ocupa una posición central en la familia, le da su nombre, determina sus condiciones de vida según su nivel de ocupación, su clase y su estado.
Así pues, la familia, como todas las demás instituciones sociales, es un producto de la historia humana y no de la biología. Está hecha por el hombre y no por la naturaleza. A la vez que se basa en las necesidades biológicas del sexo y de la procreación, las modela, domina y condiciona mediante factores legales, económicos y culturales.
En segundo lugar, no es verdad que esta institución haya existido siempre, ni siquiera como medio humano y social para gobernar las necesidades naturales. El matrimonio y la familia no existían en la sociedad pre-clasista o matriarcal, que estaba organizada no sobre la base de la unidad familiar, sino sobre la base del clan materno. Lejos de ser primordial y eterna, esta institución ha tenido una vida relativamente breve en la historia de la humanidad —y está ahora ya minada en sus cimientos.
Finalmente, tampoco es verdad que la institución del matrimonio y de la familia represente para el ser humano el mejor modo de satisfacer sus necesidades. Según demuestran las estadísticas, las relaciones sexuales institucionalizadas y la familia se están disolviendo ante nuestros propios ojos. Es absurdo por lo tanto sostener que estas relaciones deben ser estables por naturaleza o por naturaleza humana, por mandamiento de Dios o del gobierno, como las más satisfactorias por toda la eternidad. La amplitud y la profundidad de su crisis demuestra precisamente lo contrario —que esta institución no puede servir ya ni serle útil a las necesidades del ser humano. Por necesarias que puedan haber sido hasta nuestros días, es evidente que ahora han quedado vencidas por el tiempo.
Pero las instituciones pueden cambiar. Cualquier cosa que haya sido hecha por el hombre en el transcurso de la historia, una vez ha perdido su utilidad, puede ser modificada, rehecha o totalmente sustituida por el hombre y por la mujer. Dado que las mujeres como «segundo sexo» son hoy las más frustradas y oprimidas por esta institución arcaica, podemos esperar que serán ellas las que tomen la iniciativa y promuevan los cambios necesarios, en la sociedad y en sus instituciones, que contribuyan a su liberación.
Este es el motivo por el cual un número creciente de mujeres se revela contra el statu quo, buscando una clarificación teórica para las siguientes cuestiones:
1) ¿Qué tipo de sociedad necesita de la institución matrimonial y de la familia y por qué?
2) ¿Cómo reprime esta institución las necesidades humanas y degrada a la mujer?
3) ¿Cuáles son sus perspectivas y qué debe hacerse para que la mujer pueda recuperar su autonomía?
En lo que se refiere a la primera cuestión, muchas mujeres del
movimiento de liberación conocen ya, al menos en parte, la respuesta.
Han leído la obra clásica de Engels sobre el Origen de la familia, de la Propiedad Privada y del Estado que, aunque fue escrita hace un siglo, goza hoy de notable difusión e influencia propia, por el deseo que sienten las mujeres radicalizadas de aprender todo lo que les sea posible saber sobre este tema. Por esta obra han podido comprender que fue la sociedad patriarcal clasista quien instituyó el matrimonio monogámico, y que su propósito original era servir los intereses de los ricos, por cuanto protegía y ayudaba a la conservación y a la transmisión de su propiedad privada.
En la antigua historia “de Grecia y de Roma, cuando se consolidaron estas instituciones, la base económica del matrimonio monogámico se expresaba con suficiente brutalidad. Los juristas romanos que formularon el principio de la patria potestad, codificaron también las leyes referentes a la propiedad, que forman la base de la ley matrimonial. Estas leyes siguen siendo fundamentalmente las mismas en los tres estados principales de la sociedad clasista: la esclavitud, el feudalismo y el capitalismo.
En el primero de estos estados, el matrimonio era prerrogativa de los patricios, es decir, de las clases nobles y ricas únicamente. Los esclavos no se desposaban; incluso su cópula quedaba sometida al capricho y a la voluntad de su patrono. Pero tampoco los plebeyos se casaban, en aquel estado temprano de desarrollo social, en el sentido formal del término; simplemente cohabitaban por parejas, según las viejas costumbres y tradiciones populares.
El matrimonio comenzó como una innovación introducida por las clases superiores, en exclusivo beneficio de los ricos propietarios de bienes.
Este papel decisivo que juega la propiedad privada en la constitución del matrimonio como institución de clase, es resumido por Briffault como sigue: “El matrimonio patriarcal romano fue instituido deliberadamente por los patricios para sus propios fines… Los patricios no reconocían los pactos matrimoniales de aquellos que no poseían nada, como matrimonio propiamente dicho. Los plebeyos no conocían a sus padres, y sus “matrimonios” eran poco más que una promiscuidad entre bestias… Pero los patricios no se limitaron a ridiculizar el matrimonio de los plebeyos; no les permitían adoptar el sistema matrimonial patricio, que consideraban privilegio suyo. Y este privilegio consistía en tener un heredero legal, reconocido como capacitado para heredar a su padre”. (The Mothers).
Otra fuente nos dice que “cuando vemos que en Atenas, en el año 300 a. J., entre una población de 515.000 personas únicamente 9.000 tenían el derecho a esposarse, podemos deducir de ello que el matrimonio era fundamentalmente una institución de clase”. (“Sex and Social Struggle” de V.F. Calverton, ed. Calverton y Schmalhusen, Sex and Civilization).
Así pues, en un principio, la base económica del matrimonio y de la familia patriarcal era mucho más evidente que ahora. Con las leyes del matrimonio monogámico, un hombre se aseguraba la posesión exclusiva de su mujer, que le generaba herederos legales, y la absoluta autoridad sobre ella y sus hijos. Para demostrar la evidente degradación de la mujer en este período, Engels cita una comedia de Eurípides, en la cual la mujer es definida como “oikurema”, un sustantivo neutro que indica un objeto para el hogar, y de hecho, aparte de dar a luz a sus hijos, no tenía para los atenienses otra utilidad que la de servir a su marido. (Origen de la Familia).
La base originaria del matrimonio resulta menos transparente en la siguiente fase de la sociedad de clases, en el periodo feudal, cuando se extiende a una parte de las clases inferiores. Los nobles y los aristócratas.
Para ellos el matrimonio legal seguía siendo prerrogativa de los ricos. Sin embargo, al surgir el cristianismo, la iglesia consideró útil, por múltiples razones, extender el matrimonio a los pobres. Por la ley canónica, todos los cristianos quedaban obligados a servirse de este nuevo privilegio, el sagrado vínculo del matrimonio. De este modo, y aunque solo fuera limitado a los cristianos, una parte de la gente común fue llevada al seno de la institución matrimonial, conjuntamente con los ricos; sin embargo el matrimonio formal y legal todavía no había adquirido aplicación universal.
El matrimonio generalizado, extendido a todas las clases, se impone en la civilización occidental cuando surgen relaciones de tipo burgués. Incluso entonces necesitó algún tiempo, sin embargo, para madurar como obligación legal. Los pobres y los desposeídos pasaron por un período matrimonial basado en la “ley común”, antes de adquirir y obtener las mismas leyes matrimoniales sancionadas por el Estado, que disfrutaba la clase rica. Hoy día, con o sin matrimonio eclesiástico, todas las parejas obtienen el mismo certificado matrimonial, legalizado por el Estado, que las convierte en oficial y legalmente casadas.
En este estado de la evolución del matrimonio y la familia, la base económica originaria de la misma queda oscurecida por el hecho de que los pobres y desposeídos están tan obligados a ingresar en el estado matrimonial legal como lo están los ricos. El matrimonio se convirtió en obligatorio para todas las clases. El que no cumplía con esta obligación se exponía a penalizaciones legales de diverso género, como por ejemplo la que marcaba a la mujer no casada y la hacía ser considerada como “prostituta”, calificando de ilegítimos a sus hijos. La madre soltera y sus hijos llegaron a ser tratados como marginados sociales, condición que frecuentemente era considerada aun peor que la muerte.
Esto nos lleva a preguntarnos cómo y por qué una institución creada por la clase rica para servir sus propios intereses económicos, ha podido extenderse a las masas trabajadoras que poco o nada poseen. Cómo ha podido suceder que una institución concebida como institución de clase, se haya convertido en una institución de masas en el curso de un desarrollo sucesivo. La respuesta debemos buscarla en el modo capitalista de explotación de clases.
El capitalismo ha introducido la industrialización a gran escala, y con ella ha hecho surgir las masas proletarias que habitan las ciudades y aglomeraciones fabriles. Esto ha significado un cambio en la posición económica de la mujer. Mientras la agricultura y el pequeño artesanado seguían dominando en la producción, todos los miembros de una familia, incluyendo mujeres y niños, ayudaban en la labor que mantenía a la familia y a la comunidad. El trabajo en colaboración, dentro del ámbito familiar, era el modo característico de vida en las regiones agrícolas, en los pequeños talleres artesanales e industriales domésticos. Pero con el surgimiento del capitalismo industrial, la familia productiva de la época pre-industrial quedó desplazada por las familias consumidoras, no productivas, propias de las zonas urbanas. Al trasladar grandes masas de hombres desde las granjas y los pequeños talleres, y colocarlos como obreros asalariados en las ciudades industriales, las mujeres perdieron su antiguo puesto en el trabajo productivo, quedando relegadas a la crianza de los hijos y a las labores domésticas. Se convirtieron en consumidoras totalmente dependientes de que alguien ganara su sustento y “trajera el pan a casa”.
En estas circunstancias, había que encargar a alguien la responsabilidad, de por vida, de cargar con el cuidado de las mujeres indefensas y los hijos, y esta responsabilidad fue atribuida al marido y padre por medio de un matrimonio generalizado, aunque, por otra parte, no se daba a estos asalariados garantía alguna de que tendrían siempre un trabajo o una paga suficiente para cumplir con sus obligaciones familiares.
Para ocultar esta explotación económica se inventó un nuevo mito. Según la doctrina de la iglesia, los matrimonios se “celebraban en el cielo “ y disfrutaban de un reconocimiento divino. A partir de ahí se divulgó la idea de que la familia es una unidad “natural”, sin la cual el ser humano no puede satisfacer su necesidad normal de amor y de tener hijos. A partir de entonces se convirtió en obligación “natural” del padre y/o la madre el proveer a las necesidades de sus pequeños —sin tener en cuenta el que estuvieran parados o incapacitados, o incluso muertos.
Tenemos aquí la respuesta a nuestra primera pregunta, acerca del tipo de sociedad que precisa de la institución matrimonial y de la familia y para qué fines. Es la sociedad clasista la que las necesita para servir a los intereses de los ricos. En su inicio, la institución servía a un único propósito, que se relaciona con la propiedad y la hereditariedad de la propiedad privada. Pero actualmente la familia sirve a un doble fin: se ha convertido en instrumento suplementario, en manos de la clase explotadora, para despojar a las masas trabajadores. El matrimonio universal impuesto por el Estado se ha convertido en un instrumento ventajoso para los especuladores, conforme ha ido surgiendo el sistema industrial de esclavitud asalariada. Esto descarga a los capitalistas de toda responsabilidad social en cuanto al bienestar de los obreros, y grava con una pesada carga económica a los pobres, en forma de obligaciones familiares. Cada una de estas pequeñas familias “nucleares” tiene que sobrevivir o perecer por su propio esfuerzo, con poca o ninguna asistencia desde afuera.
Una de las diferencias entre la explotación en la fábrica y la que se desarrolla en la familia, es que la primera es fácilmente reconocible por lo que representa, mientras que la otra no lo es. No conseguiremos hacer comprender jamás a los obreros asalariados que su dependencia económica de los patronos es sagrada o natural; por el contrario, ellos saben muy bien que son explotados. Pero en el caso de la familia, la madre naturaleza y la divinidad son conjuradas para disfrazar la base económica que tiene, declarando que es tanto “sagrada” como “natural”. En realidad, lo único sagrado para la clase capitalista dominante es el omnipotente dólar y el derecho a la propiedad privada. En estas circunstancias, la necesidad humana de amor, sea sexual o materno o paterno, no se beneficia, sino que se aprovecha y distorsiona en una institución que no está basada en el amor, sino en consideraciones económicas.
Esto nos lleva a una segunda cuestión: ¿cómo ha llegado la mujer a ser considerada como un ser inferior y degradado y cómo han sido subvertidas sus necesidades por esta institución?
Es digno de observar que una de las demandas fundamentales de los movimientos de liberación de la mujer es el control de su propio cuerpo. Actualmente esta demanda se centra casi siempre en las funciones reproductoras y el derecho al aborto. Pero hay otros aspectos relacionados con el derecho de la mujer a la determinación de su propio destino, y entre éstos se incluye el derecho al desarrollo irrestringido de su inteligencia y su talento para la vida intelectual y cultural, como el poder desarrollar unas relaciones sexuales y afectivas satisfactorias. Todas estas necesidades humanas, sociales, sexuales e intelectuales, han sido reprimidas y mutiladas por el tipo de vida mezquina impuesta a la mujer a través del sistema del matrimonio y la familia.
Podemos medir la importancia de esta privación, comparando la vida social y las relaciones sexuales libres que disfrutaba la mujer en la sociedad preclasista, con las rígidas restricciones a las cuales está sometida en la sociedad clasista. En la sociedad primitiva, basada en la producción colectiva, las mujeres sobresalían como seres productivos y culturales.
Ocupaban una posición preeminente en los asuntos comunitarios de la tribu, y no existía limitación por parte de los hombres para su capacidad intelectual o su libertad sexual.
En este tipo de sociedad, basada en derechos iguales para todos, incluyendo la igualdad sexual, no existía necesidad funcional de un matrimonio legal. Existía en su lugar una simple cohabitación de la pareja, o “familia apareada” según la denominan Morgan y Engels. Las mujeres al igual que los hombres, ejercían el derecho de su libre elección en cuestiones de amor, y la unión de la pareja persistía únicamente mientras resultara satisfactoria para los deseos de cada una de las partes. Las separaciones no afectaban los intereses de la mujer o de los hijos, ya que los mantenía la comunidad en que vivían, y no un sistema de “economía familiar”.
En breves palabras, una mujer no necesitaba a un marido como medio de subsistencia; era económicamente independiente como miembro productivo de la comunidad. Esto proporcionaba a las mujeres, al igual que a los hombres la libertad de seguir sus inclinaciones personales en el campo de las relaciones sexuales. La mujer tenía opción de seguir durante toda su vida con el mismo marido, pero no existía obligación legal, moral o económica alguna que la forzara a ello.
Esta libertad quedó destruida con el advenimiento de la sociedad de clase, la propiedad privada y el matrimonio monogámico. Una vez perdida su función productiva dentro de la comunidad, la mujer depende del matrimonio como medio de subsistencia. Fue entonces cuando el matrimonio se convirtió en la preocupación principal de la vida de una mujer. Entre las clases ricas fue considerado y utilizado como cualquier otra transacción comercial. El padre de la mujer entregaba al hombre que se había desposado con su hija, una propiedad llamada “dote”. Los atenienses “ofrecían una dote para inducir a los hombres a desposar a sus hijas, y toda la transacción del matrimonio griego se basaba en esta dote”, dice Briffault. Y añade que la dote era el punto crucial para la “elaboración jurídica de la institución matrimonial”.
La mujer se convirtió en una propiedad del marido, junto con esta dote: quedaba obligada a someter su cuerpo y su cerebro, su matriz y sus servicios domésticos a disposición del marido. En esta transacción matrimonial, la mujer cedía el control sobre su cuerpo —y también sobre su mente, convirtiéndose en “cuerpo y alma” en propiedad privada del esposo, que tomaba las decisiones importantes y decidía todo en su nombre, controlándola a ella y a su descendencia.
Estos aspectos ponen en evidencia el fundamento económico de esta institución, de la cual se deriva la degradación de la mujer. En la antigua Grecia, como dice Engels, la mujer se convertía en un bien propio del marido, que la encerraba y guardaba en las habitaciones destinadas a las mujeres dentro de su casa particular, para que estuviera durante toda su vida a su servicio.
En esta situación, en la cual la matriz de la mujer era de importancia decisiva, evidentemente su cerebro no podía tener peso alguno. Como nos demuestra la historia de la sociedad clasista, la mente y el talento de la mujer tuvieron muy pocas oportunidades para desarrollarse. Una vez quedó reducida al angosto recinto doméstico, encerrada en el hogar, el intelecto de la mujer permanece en estado de subdesarrollo, sufriendo el sexo femenino un bloqueo de su desarrollo cultural. Las mujeres como sexo han padecido la misma situación que los países coloniales han experimentado bajo el dominio imperialista.
Estas no fueron las únicas desventajas infringidas a la mujer cuando perdió el control de su destino y su autonomía: también se vio privada de una vida afectiva y sexual satisfactoria. Como ha subrayado Engels, la monogamia, desde el principio, fue impuesta únicamente a la mujer.
Según un código moral rígido, la mujer debe limitar sus relaciones sexuales al propio marido; pero mientras ella no puede tener relaciones con otro hombre y es severamente castigada por cualquier infidelidad, no se imponen las mismas restricciones al marido, que puede acostarse libremente con otras mujeres. A sus ojos, las mujeres se dividen en dos categorías, y la menos deseable de ellas son las esposas. En Grecia, las mujeres más atractivas eran las hetairas, que desdeñaban el matrimonio algunas de las cuales han sido famosas por su talento intelectual y artístico; después venían las concubinas, también sexualmente accesibles, y como último recurso, la esposa.
De este modo, aunque la mujer ocupa un lugar preferente según la ley, es la última a la hora de gozar de la compañía intelectual y sexual del marido. Demóstenes, el gran orador político griego, resumió esta situación como sigue: “Tenemos a la hetaira para nuestra delicia, a la concubina para las exigencias cotidianas de nuestro cuerpo, a la mujer para tener hijos legítimos y una casa ordenada (The Mothers)».
En estas circunstancias, las relaciones sexuales entre un hombre y su esposa, desinteresada y limitada al hogar, quedan reducidas al mínimo.
Como observa Engels, el hombre siente estas relaciones como una «carga», como «un deber que ha de cumplir y nada más». No resulta sorprendente, por tanto, que a causa de este amplio desinterés por las esposas, «en Atenas la ley obligara, no solamente a contraer matrimonio, sino también a cumplir con un mínimo de los llamados deberes conyugales por parte del hombre».
Es evidente que el matrimonio no ha sido introducido para favorecer las exigencias humanas normales de afecto sexual y de compañía, y menos aún para la mujer. El matrimonio ha sido establecido abierta y declaradamente para servir los intereses de los hombres poseedores de propiedad privada, y sigue manteniendo abiertamente esta función suya en el siguiente estado de la sociedad clasista: el medioevo.
En el periodo del feudalismo, los señores y nobles establecían sus tratos sobre las tierras, y la mujer era entregada conjuntamente con la tierra que llevaba como dote, permaneciendo indisolublemente ligada a esta. Muchas veces estos matrimonios eran contratados cuando la mujer era todavía una niña. Veamos el ejemplo que nos ofrece Will Durant: «A los cuatro años de edad, Grace de Saleby fue entregada en matrimonio a un noble que pudiera administrar sus ricas propiedades; pero aquél murió y entonces fue desposada a los 6 años, con otro señor; a los 11 años contrajo matrimonio con un tercero… en estos negocios, el derecho de la propiedad privada predominaba sobre el amor y el matrimonio era una cuestión fi nanciera» (The Age of Faith).
Es cierto que los amores románticos florecieron durante todo el periodo feudal, pero siempre tenían lugar fuera del matrimonio. Incluso las esposas de los señores gozaban del placer de un amor ilícito, y aunque se esperaba de ellas cierto disimulo y discreción, la necesidad de mantener el secreto generalmente no pasaba de una-simple formalidad. En breves palabras, pocos esfuerzos se hacían para enmascarar el hecho de que el matrimonio nada tenía que ver con el amor, y en el código caballeresco, incluso se consideraba vulgar que un amor culminara en matrimonio.
La fusión entre amor y matrimonio llegó con las relaciones «libremente contratadas» que fi guraban en la base del capitalismo, y con el surgimiento de la clase proletaria de trabajadores asalariados. Esto no significa que la combinación resultara un éxito brillante, porque el amor se enfrentaba con muchos factores adversos. Ciertamente es verdad que, normalmente, entre la gente trabajadora que posee poco o nada, la base para el matrimonio son la atracción recíproca y el amor. Pero no es verdad, según quieren hacernos creer los cuentos, que después del matrimonio la pareja viva feliz para siempre. Las estadísticas nos demuestran que los matrimonios de la gente trabajadora entran en crisis y fracasan con la misma frecuencia y rapidez que los de la clase media y rica.
Una vez más, por lo tanto, las relaciones afectivas y sexuales satisfactorias o duraderas no se ven favorecidas por una institución que se basa en la explotación de la clase trabajadora a través de un sistema de «economía familiar». Esto resulta especialmente cierto en el caso de la mujer. Cuando poca cosa puede escoger una mujer como forma de vida, aparte de la de convertirse en esposa, el término «buen partido» se convierte en sinónimo del término «esposo». Hoy día, la mujer casada, aunque trabaja en gran número fuera del hogar, sigue soportando la carga básica de todas las tareas y responsabilidades domésticas. Representa el sexo doblemente oprimido, explotado en el trabajo por sus patronos y oprimido en el hogar a través de la servidumbre familiar.
Aquí tenemos, pues, la respuesta a nuestra segunda pregunta, de cómo y por qué las necesidades humanas y la mujer se ven degradadas por esta institución. Creada por la clase rica para servir sus propios intereses, esta institución no fue en su origen ni es actualmente un medio para satisfacer las necesidades humanas, sobre todo las necesidades de la mujer trabajadora. Es un instrumento de explotación utilizado por una sociedad clasista explotadora.
Sin embargo, es precisamente el hecho de que la mujer se vea doblemente oprimida, como obrera y como mujer, lo que ha dado nueva vida y vigor al actual movimiento de liberación de la mujer. Para decirlo más exactamente, la transformación de muchas mujeres en mujeres trabajadoras les ha proporcionado tanto los medios como el incentivo para poner en duda este sistema opresor. Ha sido el afl ujo creciente de la mujer como trabajadora asalariada a la industria, a las ofi cinas y a las profesiones liberales, lo que ha introducido un factor nuevo en su vida, algo que la mayoría de sus predecesoras del siglo XIX jamás llegó a poseer: la independencia económica.
Es cierto que la mujer en general se verá relegada a los trabajos más humildes y subalternos, con una paga inferior a la de los hombres, pero su inserción en la economía social se ha convertido en el punto de partida que necesitan las mujeres para alcanzar su liberación. Alcanzarán así la posibilidad de escoger una vida diferente a la de la dedicación total al hogar y a la familia, y diferente al aislamiento y a la dependencia a que estaban condenadas. Ello implica la posibilidad de reunirse y trabajar junto con otras mujeres y otros hombres, y descubrir que tienen aspiraciones y problemas comunes, tanto referentes al trabajo como a la familia. De este modo, su aflujo al mercado laboral ha significado un rechazo creciente de un género de vida social e intelectualmente estancado.
El número de mujeres que trabajan fuera del hogar, casadas o no, ha ido aumentando constantemente a partir de la primera Guerra Mundial.
Las mujeres trabajan, a plena jomada o a jomada parcial, o incluso sólo durante algún período de su vida. Considerando todas estas categorías, el 90c)b de las mujeres americanas trabajará, según un informe del Ministerio de Trabajo, aunque sólo sea durante algún periodo de su vida.
Estos datos son citados por M. y J. Roundtree en su artículo publicado en «Monthly Review» en Enero 1970, y titulado «Algo más sobre la política económica del movimiento de liberación de la mujer». A modo de conclusión exponen: «El mantenimiento de un determinado nivel de vida para la familia, y en muchos casos la posibilidad de evitar la pobreza, depende ahora sustancialmente de que sean dos personas las que ganen dinero en la familia. Se trata de un proceso irreversible. La participación de la mujer en el trabajo asalariado no puede ser considerada ya por más tiempo como una situación «transitoria». Ha pasado el tiempo cuando la mujer todavía podía volver al hogar».
Estos hechos son los que proporcionan su importancia y su contenido a las reivindicaciones del movimiento de liberación de la mujer. Significan que ha pasado el tiempo en que las mujeres se sometían silenciosas e indefensas a la desigualdad, a la discriminación y al estado de inferioridad que les tenía destinado, como sexo, la sociedad capitalista. Las militantes han desencadenado una ofensiva para recuperar el control de su cuerpo, de su mente, y de su propia vida, que durante muchos miles de años han sacrificado a los intereses de la propiedad privada. Yo creo y afirmo que también éste es un proceso irreversible, que se extenderá continuamente a nuevas capas de mujeres.
Hemos llegado así a la última cuestión: cuáles son las perspectivas de la familia y qué hay que hacer para que las mujeres reconquisten su autonomía. Resulta significativo que casi todas las mujeres del movimiento de liberación, que reconocen la necesidad de reestructurar la familia, se den cuenta también que este objetivo está estrechamente ligado a la reestructuración de la propia sociedad. Al mismo tiempo, no se limitan a esperar pasivamente la revolución social que les aporte su liberación, sino que trabajan por conseguir este objetivo mediante una presión constante sobre los poderes constituidos. Se han producido ya importantes cambios en el terreno del sexo, del matrimonio y la familia.
Tomemos como ejemplo una de las reivindicaciones más importantes que hoy avanza la mujer: la legalización del aborto. Las mujeres dicen que hasta que no se descubra una píldora completamente inocua y eficaz u otros medios de control de nacimientos, deben tener el derecho a poner término a un embarazo no deseado. Se han conseguido ya muchos e importantes éxitos legales como respuesta a esta demanda, y podemos predecir que le seguirán otros. Pero existe otro aspecto más profundo de esta batalla: las mujeres están contestando directamente el sistema social actual, dominado por el hombre, en su lucha por adquirir el control de sus propios procesos reproductivos.
Esta no es la única ofensiva lanzada por las mujeres para recuperar el control de su cuerpo. El aumento continuo de divorcios indica que la mujer empieza a disponer de su vida sexual sin preocuparse mucho de su regularización matrimonial. Durante años la «revolución sexual», como ha sido denominada, ha avanzado más o menos secretamente. Ha quedado ahora plenamente expuesta a la luz, gracias al movimiento de liberación de la mujer.
Las mujeres desprecian y rechazan hoy la hipocresía de «la doble moral», que garantiza a los hombres una libertad sexual que niega a la mujer. Esta «explosión sexual» ha alcanzado a casi todos los sectores de nuestra sociedad. Unas relaciones sexuales prematrimoniales, extramatrimoniales y no matrimoniales son hoy algo tan corriente que, como ha dicho Marya Mannes en la televisión, en un programa sobre educación: «El matrimonio yace en ruinas en torno a nosotros».
Se registra un progreso notable en comparación con las actitudes y las perspectivas de las mujeres, incluso las más avanzadas, del siglo XIX, que luchaban por sus derechos civiles, pero seguían siendo conservadoras en cuestiones de sexualidad femenina. La mayoría de ellas sostenía aún la validez de la ética puritana, que condenaba el amor fuera del lecho matrimonial como una «lujuria», como algo inmoral y pecaminoso.
Hoy día, sin embargo, las cartas han sido puestas boca arriba. Las mujeres del movimiento de liberación no solamente luchan por poseer el control de su cuerpo y de su mente, sino que reclaman un tipo completamente nuevo de moralidad sexual y social. Rechazan la hipocresía, la culpa y la vergüenza, en relación con sus necesidades sexuales, con que se pretende mantenerlas ligadas así al matrimonio. Como dijo una mujer «la gente debe sentirse ligada por el amor y no por un contrato».
Del mismo modo, la mujer ha desencadenado una ofensiva contra su degradación sexual en la publicidad y en los medios comerciales, destinados a vender cantidades de bienes de consumo. Denuncian a sus explotadores, que para vender su mercancía, envilecen el sexo femenino con todos los trucos pornográficos que tienen a su disposición.
Este es otro de los aspectos de la campaña lanzada por la mujer para poner en evidencia el moralismo hipócrita de la sociedad capitalista. Otro aspecto es el que constituye su rechazo de aquellos hombres que intentan aprovecharse de la libertad sexual de la mujer únicamente para satisfacer su propio egoísmo machista.
Y esto no es todo: la tendencia hacia nuevas normas sociales y sexuales impulsada por las mujeres del movimiento de liberación, se ha extendido al campo de la moralidad familiar. Durante años las mujeres han oído decir, y muchas se lo han creído, que la más elevada y más satisfactoria expresión de amor es la que se encuentra en la unidad y en el afecto familiar. Muchas descubren ahora que también esto es una falsificación de la realidad. El amor familiar ha salido dañado y mutilado por una sociedad basada en el consumo, en la competencia brutal en las distinciones clasistas y racistas, y en la alienación que estas condiciones comportan.
Las mujeres, a la búsqueda de una nueva moralidad familiar, están articulando y comprendiendo qué es lo que está equivocado actualmente en esta institución. En nuestra sociedad comercializada, especialmente en los hogares de la clase media, el amor se mide por el número de cosas que los padres compran a sus hijos y por lo que hacen por ellos, bajo la forma de privilegios especiales. Esto, por otra parte, hace que los niños se conviertan en propiedad privada de sus padres, y permanezcan bajo su control como cualquier otra forma de propiedad. Esto ha sido expuesto así: «El amor es una palabra que exige una nueva definición… es un arma de control. Es el intento por parte de uno para convertir al otro en objeto que satisfaga el propio egoísmo y las necesidades propias de seguridad. De este modo uno se convierte en una especie de mueble costoso y muy elaborado en la vida del otro» (Carola Hanisch y Elisabeth Sutherland Martínez, «The Militant», 26 diciembre 1969).
Un punto de vista análogo es expuesto por Linda Gordon en una excelente revista teórica publicada en Baltimore, «Women: a Journal of Liberation». Ella escribe: «El hecho de que frecuentemente confundamos el amor materno o paterno con la propiedad, nos hace comprender hasta qué punto el amor mismo se ha convertido en un artículo de consumo en nuestra sociedad capitalista. Amor no significa propiedad. La propiedad, cuando afecta a un ser humano, se llama esclavitud».
El núcleo familiar, restringido, paralizado, frecuentemente amargado, en que las disputas y la animosidad recíproca prevalecen muchas veces sobre la armonía, está muy lejos de ser la mejor muestra de relaciones humanas. La conocida «rivalidad entre hermanos» que algunos nos quieren hacer creer que sale de los propios genes, es simplemente un reflejo, dentro de la unidad familiar, de la competitividad, el temor, la inseguridad, los celos y la envidia que prevalecen en toda la sociedad capitalista. Los mismos factores que llevan a la alienación a los miembros de la familia, convirtiéndolos en extraños el uno para el otro, dividen también a una familia de la otra, impidiéndoles reconocer quién es su enemigo común y emprender una acción común para combatirlo. Para que descubran todos estos aspectos reaccionarios de la familia, que ha sido durante tanto tiempo glorificada como la mejor de todas las instituciones posibles, y resulten transparentes a las masas femeninas, tendrá que pasar bastante tiempo todavía.
Las dificultades con que se encuentra la mujer blanca se multiplican cuando se trata de mujeres negras y procedentes del tercer mundo. Francés Beal, coordinadora nacional del Comité de Liberación de Mujeres de Color del SNCC, ha realizado un excelente análisis de lo que significa ser mujer y ser negra en esta sociedad, en un artículo publicado en la antología The Black Woman, editada por Toni Cade. E. Maxine Williams, de la Alianza de Jóvenes Socialistas de Nueva York, y de la Alianza de Mujeres Negras, nos ha proporcionado un análisis clarificador sobre La mujer negra y la lucha por la liberación, en «The Militant» del 3 de julio de 1970.
¿Qué contribución han aportado estos artículos? El elemento fundamental que impulsa el movimiento de liberación es, para las mujeres, la reconquista de su autonomía. Para alcanzarla se ven obligadas, por un lado, a continuar la batalla por sus derechos como mujeres trabajadoras, y por la completa igualdad de trabajo y de salario con los hombres. Por otra parte, como mujeres, se ven obligadas a criticar severamente la institución del matrimonio y de la familia, que les había sido descrita como natural y eterna. Han empezado a llegar a la inevitable conclusión de que una institución que sirve a los intereses de los capitalistas, no puede servir a los de la clase obrera o a los intereses de la mujer.
Más aún, las mujeres del movimiento de liberación miran más allá de la unidad familiar hacia el propio sistema capitalista, y cuestionan su existencia. Al menos en los sectores más avanzados se aceptan las premisas básicas de Engels, que son premisas marxistas, acerca de la naturaleza de la sociedad capitalista. Conforme van madurando las jóvenes rebeldes, al igual que los hombres, ven que es indudablemente el sistema más inmoral y degenerado de toda la historia. Vivimos en una sociedad de guerras exterminadoras, de opresión racial y sexual, de embrutecimiento del pobre y del indefenso; una sociedad que poluciona su cielo, su alimento, su aire y su agua, que genera políticos corruptos. En breves palabras, es un sistema en el cual todo está subordinado y sacrifi cado a la propiedad privada y al beneficio.
Todo esto es tan revulsivo para las mujeres rebeldes, que el movimiento de liberación arranca con una fuerte componente anticapitalista. Como dice la editorial de la publicación de Baltimore: «Las mujeres no piden nada menos que la transformación total del mundo». Esta corriente anticapitalista y filosocialista probablemente irá aumentando.
El punto en el cual la mayoría de estas mujeres se muestran indecisas, es el del tipo de sociedad que sustituirá al capitalismo, y los medios y las fuerzas necesarias para este cambio. Algunas se han «desviado» hacia los diferentes grupos «radicales» que no son genuinamente marxistas, y no comprenden lo que significa el movimiento de liberación de la mujer.
Se muestran correctamente críticas frente a las burocracias de los países postcapitalistas, como la Unión Soviética, que no han puesto en práctica un programa orgánico por la liberación de la mujer. Muchas, sin embargo, descubrirán en breve, y bastantes lo han hecho ya, que el programa y las tradiciones de Marx y Engels siguen estando presentes, incluso hoy, en las organizaciones revolucionarias de la Alianza de Jóvenes Socialistas y del Partido Socialista Obrero.
Entretanto, en el breve espacio de un año, el movimiento de liberación de la mujer ha dado pasos gigantescos, tanto que el intento inicial de ridiculizar a las mujeres empeñadas en la lucha ha fallado y en algunos terrenos ha desaparecido totalmente. Crece en su lugar el respeto por el movimiento, y crece, incluso, la esperanza por parte de algunos hombres simpatizantes, de que la lucha por la liberación de la mujer pueda apoyarles en la lucha por su propia liberación. Richard E. Farson se ha expresado en este sentido en un artículo titulado «La rabia de las mujeres», publicado en «Look» del 16 de diciembre 1969: «Podría haber una salida magnífica a todo esto», escribe, refiriéndose al papel «humanizante» que las mujeres han tenido en la historia. «El efecto sobre los hombres puede ser realmente saludable. Puede ser que incluso él sea liberado». Y concluye: «La revolución de la mujer puede conducir a una real y genuina revolución humana, en la cual no aceptaremos ya sistemas inferiores a nuestro potencial, no permitiremos que seamos explotados y decepcionados, no admitiremos ya la contaminación de nuestro ambiente ni el peligro a que están expuestos nuestros hijos, en la cual no soportaremos la vanidad y la superficialidad de las relaciones humanas, en las cuales no toleraremos más que la guerra y la violencia resuelvan los conflictos humanos».
De hecho, este llamamiento a la «revolución humana» no es otra cosa que un llamamiento por la revolución socialista, que nosotros, militantes del movimiento marxista, nos hemos empeñado en llevar adelante con cualquier medio a nuestra disposición. Sabemos que la lucha por la liberación de la mujer no podrá conducir por sí misma a la solución de nuestro dilema actual. Las mujeres, tienen necesidad de aliados en la lucha cruel por una nueva y mejor sociedad. Los encontraremos entre los obreros militantes, entre los estudiantes rebeldes, entre los negros y entre otros sectores oprimidos.
Al mismo tiempo, conforme el movimiento de liberación de la mujer adquiere mayor credibilidad y penetra más profundamente entre las mujeres trabajadores, puede actuar como catalizador para poner en movimiento el potencial anticapitalista de las fuerzas de la clase obrera.
Como resultados de estas experiencias y luchas conjuntas, adquirirá nuevo significado la vieja consigna marxista: «No tenemos nada que perder más que nuestras cadenas, y tenemos todo un mundo por ganar».

(Este informe fue presentado, entre otros, en la Conferencia Meridional para la Liberación de la Mujer, celebrada en M. Beulah, Mississipi, del 8 al 10 de Mayo 1970).

Evelyn Reed
PSOCA
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