Si cada revolución tiene sus formas, es el momento de tomar las riendas

Fuente: http://www.versvs.com
(17.02.11)

Que la vida te conceda la oportunidad de vivir tiempos interesantes. Dicen que es una de las bendiciones más bonitas que podemos hacer a aquellos que queremos; y a nosotros alguien debió querernos mucho: el devenir del mundo en que viviremos no podría estar más abierto, ser más interesante.

Cada nuevo avance, cada revolución, ha destruido el mundo en el que nació y se forjó para dar lugar a uno nuevo. Internet y las comunicaciones que hacen posible las nuevas redes escriben la crónica de nuestro tiempo y el Día Garum no podía ignorarlo. En palabras que Rushkoff usó en su último libro, pero también en la charla de apertura del Día Garum:

«tenemos boca para hablar y no sólo orejas para oir. sabemos leer pero necesitábamos escribir y por eso aprendimos a escribir. Ahora tenemos computadoras, redes de computadoras, y no podemos limitarnos a saber cómo se usan. necesitamos saber cómo se programan, ser conscientes de que la programación existe y lo gestiona todo.»

Es algo que supimos desde el principio, por eso siempre fuimos partidarios e impulsores del software libre. Pero hay mucho más: si la sociedad tiene algo remotamente asimilable a un sistema operativo, éste existe aunque no seamos conscientes de ello. Tenemos cabeza y manos para crear proyectos, y no sólo para ponerlos al servicio de un proyecto ajeno. Para ser activistas no podemos ya ser meramente declarativos. necesitamos dejar de decir cómo se podrían hacer las cosas y empezar a hacerlas.

Conviene no olvidar que para tener un mundo capaz de cumplir las promesas de un mundo digital, no podemos heredar las viejas formas de la era industrial; formas que, pese a su declive, están lejos de desaparecer. Esta sencilla premisa invalida, si nos detenemos a pensarlo el tiempo suficiente, la mayoría de mecanismos actuales encargados de gestionar la vida pública, que están diseñados para que una persona diga a muchas cómo pensar y trabajar y cómo se tienen que comportar. Para que una persona eduque a muchas y, de nuevo, para que una persona gestione una enorme parte de la vida pública de millones de otras personas. Para así obtener un sistema compuesto por hordas moldeadas, marabuntas uniformes absolutamente predecibles sobre las que conocer perfecta y previamente la reacción agregada ante algo. Para así poder puntualizar, de forma predecible, la producción futura y el consumo futuro, para así apuntalar el orden civil y la paz social futuras. Pura ingeniería de la gestión humana a mayor gloria de la disciplina impuesta desde fuera.

Si la revolución digital promete un mundo diverso y distribuido, éste no puede componerse con una forma de organización nacida hace siglos para un mundo con otra naturaleza: desde una organización piramidal, de arriba a abajo, no se puede organizar un mundo digital que tiene su mayor potencial en la relación directa entre iguales.

Esta estructura piramidal del mundo no será útil si miramos hacia adelante. La vidas grises del funcionario y del trabajador asalariado no son el espejo en el que mirarnos, y por eso me gustó especialmente, en la presentación de Jose Ignacio Goirigolzarri, que diga que el cambio cultural que necesitamos es especialmente urgente en aquellas culturas en las que una fracción creciente de las personas tienen como meta última el convertirse en funcionarios.

Un cambio cultural que desahucie esa mentalidad que nos focaliza durante las dos primeras dos décadas de nuestra vida para encontrar un trabajo, y no para crear trabajo. Y es que si cada revolución tiene sus formas, la del mundo digital pasa por tomar las riendas de la propia vida.

Y tomar el control de nuestra vida en un mundo digital va más allá de tomar el control de las herramientas, nunca inocentes, que usamos. Requiere hacer el esfuerzo de configurar un modo de vida, tampoco inocente, en el que las personas involucradas en un proyecto estén representadas en el mismo, trabajando en lo que Monty Widenius denominó ayer «hacker business model». Un modo de hacer las cosas en el que aflore, como de costumbre, el hacker.

Porque para que muchos más se atrevan a salir al mercado y ganarse la vida en libertad y con igualdad de condiciones es importante promover una cultura emprendedora. Y parece una insignificancia pero no lo es porque, como mencionaba Yubal Cohen, los emprendedores son «los verdaderos héroes de nuestro tiempo»; y, por extensión, de todos los tiempos: fueron los mercaderes medievales los que derrocaron al caduco orden feudal. No será diferente ahora.

Y es que hay elementos comunes a todas estas figuras del mercader, el emprendedor, el hacker, comenzando por la semántica de combate que se lanza contra ellos. Como bien nos recordó Rudy Rucker, un hacker de toda la vida:

«Hacker en el sentido original, antes que la prensa tomara la molesta costumbre de asociar hacker con criminal. Una costumbre muy molesta porque estábamos orgullosos de ser hackers. Queríamos explorar el caos»

Una vez leí que la falta de idealismo nos está matando. Siempre me sentí un tanto idealista y opté por defender un cierto realismo idealista. Defenderlo con una práctica vital, diaria, cotidiana; una actitud sencilla que merezca la pena: había llegado el momento de estar orgullosos de ser hackers, ahora emprendedores, héroes de nuestro tiempo dispuestos a explorar el caos y salir victoriosos. No ser negligentes con nosotros mismos delegando nuestra responsabilidad individual y, como explicaba Goiri en su discurso de cierre, tomar la iniciativa y afirmar que nosotros, y nadie en nuestro nombre, escribimos la historia.

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