Magia, ocultismo y sectas

Por: Hernán Montecinos
(05.12.10)

Tomado de mi ensayo “Del pensamiento mágico al posmoderno” (Editorial ”Pluma y Pincel”, año 1996, actualizado, 220 páginas)

Retrocedamos un poco. Los cables se agolpan en los teletipos. Se trata, ni más ni menos del suicidio colectivo de 53 personas pertenecientes a la secta religiosa suiza, Orden del Templo Solar. Se informan detalles en el sentido de que algunos cadáveres presentaban balas en sus cabezas y se encontraban cubiertos con bolsas plásticas.
Aunque la comparación parezca grotesca, este hecho se asoma irrelevante en la medida que hagamos la comparación con la masacre de 913 personas en Guyana, liderada por el reverendo Jim Jones, líder de la secta agrupada en el Templo del Pueblo en el año 1978. De otra parte, aún está fresca en la memoria la Tragedia de Waco, ocurrida en 1993, en donde el fanatismo llevó a la muerte a 80 seguidores de David Koresh. El mismo asesinato de la actriz Sharon Tate no pasaría a la historia si no hubiera sido por los rituales de sangre y elementos satánicos que condicionaron el hecho. Las investigaciones confirmarían la participación de miembros de la secta Iglesia de Satanás, liderada por el fanático Charles Mason.
No resulta casual el que hayan tenido lugar, en los últimos quince años, diversos suicidios o crímenes rituales en diferentes países del mundo que, por la menor cantidad de víctimas que pudieran tener, aparecen perdidos en nuestras memorias. Incluso, en Chile, han sucedido hechos de esta naturaleza, de los cuales podemos recordar el de la secta Nedara en la ciudad de Coronel, en donde murieron tres de sus líderes. En todos los casos, la vida ha sido despreciada por la fe ciega en un líder y el deseo de trascendencia de algunas sectas. El dramatismo de estos hechos adquiere mayor relevancia en la medida que comprobamos que en estas masacres o suicidios se han involucrado también la vida de niños.
Los hechos relatados aparecen extraños cuando se podría pensar que en nuestra actual sociedad, científica por excelencia y moderna por definición, toda forma de magia, ocultismo y sectas tendría que haber sido desplazada definitivamente. Sin embargo, más allá de sus orígenes, en las épocas más primitivas en todos los períodos de la historia, el hombre no ha dejado de efectuar algún tipo de práctica y pensamiento ocultista. Porque no hay que olvidar que elementos esenciales de la magia han permanecido hasta nuestros días, sólo que ahora han evolucionado adquiriendo nuevos nombres y formas. Surge, así, un nuevo lenguaje conceptual que hoy reconocemos como ocultismo, espiritismo, gnosticismo, prácticas teosóficas, holísticas, etc. No es de extrañar que, en nuestro tiempo, el ocultismo, la magia y el esoterismo sean el último refugio para acoger a las tantas almas huérfanas que andan deambulando por el mundo.
Lo inexplicable queda de manifiesto si pensamos que la universalización de la educación en el tiempo moderno ha sido incapaz de opacar la irracionalidad involucrada en todo este tipo de manifestaciones; muy al contrario, no han minimizado en nada la fascinación que la gente siente por lo oculto, lo misterioso y lo prohibido. No en vano, la astrología que ofrecen los periódicos son leídos de un modo compulsivo tanto por hombres como mujeres y los nuevos «yuppies», antes de iniciar sus transacciones bursátiles, se apoyan en las cartas astrales y toda suerte de horóscopos. Se demuestra así que la inclinación por lo misterioso se muestra más fuerte que el materialismo y la racionalidad de nuestra era.
Podríamos concluir que en ninguna otra época ha sido practicado el ocultismo en sus más diversas formas y de un modo tan amplio como ahora, a pesar que aún vivimos en la fría lógica científica. Esta extraña dicotomía no ha sido únicamente expresión de nuestro tiempo contemporáneo ya que ha existido siempre en mayor o menor grado, sólo que ahora ha quedado definida de un modo más nítido. Las raíces explicativas de este fenómeno tienen causas muy variadas pero ciertamente la más fundamental es que el hombre se ha desacostumbrado a pensar y reflexionar, en la medida que este hecho le ha dejado las puertas abiertas para entrar fácilmente al campo de todo tipo de pensamientos irracionales.
Ahora bien, si el desarrollo espiritual es una necesidad innata en todo ser humano, no es menos cierto que se hace difícil entender el por qué muchas de sus prácticas y manifestaciones suelen mostrarse no sólo rodeadas de misterios, sino que a la vez llenas de elementos irracionales y del todo confusos. A pesar de estas y otras limitaciones, la cultura occidental ha debido aceptar que la necesidad espiritual sea considerada como parte integral de nuestra existencia, tan normal y común como, por ejemplo, el nacimiento, el crecimiento físico y la muerte misma. La cultura oriental no sólo la acepta como parte de la existencia, sino que la considera como centro para lo que son sus actividades terrenas.
En este contexto se han logrado desarrollar sofisticadas prácticas de meditación y ocultismo para estimular el crecimiento espiritual con la creación de distintas sectas. Aunque el surgimiento de las sectas no es un fenómeno nuevo, ha superado con creces al de épocas anteriores por la cantidad y variedad. Así se ha ido completando un ciclo en que los primitivos chamanes, hechiceros y brujos fueron cediendo el paso a los curas y sacerdotes de las distintas iglesias y religiones. Hoy día, estos últimos, están encontrando un pertinaz competidor en los diversos gurús, líderes y jefes de sectas que emergen a cada instante y para todos los gustos.
Pero la magia y el ocultismo nunca se mantuvieron ajenos al hombre, aún en pleno auge y optimismo de la ciencia que alumbraba los pensamientos en los comienzos de la presente época. Así, si aceptamos que la edad moderna empieza con los descubrimientos científicos de Galileo, podemos observar que este nuevo pensamiento científico no puede desprenderse del todo de los pensamientos mágicos que operaban en el periodo precedente. Así y todo, los nuevos astrónomos no tenían tiempo que perder en la antigua afirmación babilónica de que el nacer bajo un buen signo del Zodiaco daba suerte y ventajas. En aquella época científica no se podía esperar que los hombres de ciencias se dedicasen a explorar las manifiestas tonterías ocultistas. Sin embargo, según se sabe, por ejemplo, Newton, el mayor científico matemático de su tiempo estaba profundamente dedicado a los estudios ocultistas de la numerología bíblica. Desde luego, Newton era la encarnación de la nueva época, pero también era inevitablemente el producto de la larga tradición de creencias que le habían precedido.
Ya en el siglo XIX, era de cambios visibles y de progreso material, la gente de todas las clases sociales sentía una incertidumbre por el futuro y el resultado fue una repentina pasión por las artes adivinatorias. Y esta práctica, condenada en otro tiempo como brujería, se convirtió en la diversión de moda. Los naipes eran leídos con avidez tanto en los barrios elegantes como en los pobres y, si lo revelado resultaba ser cierto, se daba crédito a los naipes y no a los poderes telepáticos de la médium, ya que en dicha época se sabía muy poco de los niveles inconscientes de la mente.
A su vez la imaginación del romanticismo no podía encontrarse ajena a la creación de espíritus sobrenaturales. En este sentido, el Diablo o Satán ejerció atracción para muchos de los románticos, personaje que se encuentra registrado en la literatura y la poesía del periodo. Victor Hugo, Edgar Allan Poe, William Blake, Lord Byron, el mismo Charles Baudelaire y otros, no pudieron dejar de sentirse atraídos por este personaje que llenó las páginas de sus escritos. Charles Baudelaire, por ejemplo, consideraba absurdo el principio materialista de su época y era un escéptico respecto del cientificismo y de la religión, lo que lo llevaba a la convicción de que la irrupción súbita en la mente de pensamientos intensamente destructivos sólo se podría explicar por la existencia de un poder situado más allá de la conciencia humana. En una carta explicaba que: «siempre me ha obsesionado la imposibilidad de explicar ciertas acciones o pensamientos humanos sin la hipótesis de una fuerza exterior maligna». La obra maestra de Baudelaire fue su colección de poemas Las flores del mal. Se la ha calificado de satánica, pero su verdadero propósito es llamar a enfrentar el mal reconociendo el poder que tiene sobre nosotros.
En la mitad del siglo XIX empiezan a tener fama, en Inglaterra y los Estados Unidos, los espiritistas y los médium. El espiritismo es una doctrina fundada en la creencia de la existencia de los espíritus a los que se invoca por medio de una persona sensible a la que se llama médium. El espiritismo resultaba incomprensible para la época enteramente científica. Las pruebas no podían ser valoradas, complicándose la situación porque se había comprobado que la mayoría de los médium eran unos simples y puros chamanes o charlatanes. Sin embargo, el hecho de llegar a mover vasos sobre las mesas y llegar a levitar las mismas, y aún a las personas, vino a poner un signo de interrogación e inexplicabilidad de estos hechos, incluso en nuestros días.
Pero, si la búsqueda de lo sobrenatural era una diversión para los ricos de la época, para los pobres resultaba un medio necesario, en la medida que corrían a buscar refugio para sus penurias a las iglesias, lo que dio margen a que se empezaran a formar nuevos movimientos religiosos para satisfacer el hambre espiritual de éstos. Así, surgen en Inglaterra nuevas sectas evangélicas, siendo la más poderosa El Ejército de Salvación, dado que llenaba el estómago de los pobres antes de predicarles.
La apocalíptica destrucción de las ciudades durante la Primera y Segunda guerras mundiales dio un tremendo ímpetu al crecimiento de todo tipo de ocultismo. Los diarios de la época se encuentran repletos de testimonios de cómo los videntes estafaban enormes sumas a los padres preocupados por encontrar a sus hijos perdidos o desaparecidos en combate, utilizando el método de adivinación por péndulo colocado sobre el mapa de Europa. En tanto que los espiritistas se encontraban muy atareados tratando de obtener noticias con llamadas al espíritu del combatiente, logrando en algunos casos aliviar a los desconsolados padres.
En Europa, tras la Segunda Guerra Mundial, empieza a desarrollarse una gran expansión de sectas. Esta difusión siguió al desembarco de las tropas norteamericanas que estaban acompañadas por misioneros de grupos religiosos, principalmente testigos de Jehová y mormones. La segunda ola de sectas es la de las «jugendreligionen», esto es, religiones de los jóvenes, cuyo origen se sitúa también en los Estados Unidos posterior al año 1968. Se trata, sobre todo, de la Conciencia de Krisna, del gurú-Maharaj Ji, de los Neosannyas, de la Meditación Trascendental, de Los Hijos de Dios, de la Iglesia de la Cientología. Añadamos, además, La Iglesia de la Unificación del Cristianismo Mundial, etc.
Estas nuevas religiones o sectas tienen una estructura especial: un maestro divino, el gurú, es el que detenta la autoridad, el jefe, el guía. El conoce la fórmula de la salvación, la verdad sobre el hombre, el modo de transmitir el mensaje. Todo se lleva a cabo a través de la iniciación en grupos que unen a los jóvenes dándoles una seguridad y prometiéndoles un mundo mejor. La libertad es sustituida por la fascinación y la manipulación. La inspiración es oriental: India, Corea, China, Japón. Las doctrinas derivan del hinduismo, del budismo, del taoísmo, con algún elemento tomado del Evangelio.
Algunas de estas nuevas sectas constituyen una microsociedad en que la familia es sustituida por el grupo y los padres por el líder. La secta desarrolla su propaganda sobre el tema de la inmanencia, el peligro en un mundo en crisis, la guerra y la aniquilación, peligro nuclear, mundo dominado por Satanás, etc.
No resulta fácil definir una secta. La palabra viene del latín que significa seguir o cortar. Mientras para algunos, una secta es un grupo de personas que siguen una doctrina que no es la normal, para otros, es un líder religioso que se sale de los cauces de la iglesia oficial. Así, tenemos, por ejemplo, que para la iglesia católica y protestante, secta es una «disidencia», un grupo de gente que se separa de ella. Gran número de sectas que manejan muchos recursos económicos adquieren propiedades en las ciudades o sectores alejados para constituir sus comunidades. Ahí se refugian jóvenes solitarios o idealistas dándose una estructura teocrática, vertical, totalitaria, donde la palabra de los dirigentes es dogma de fe. Hay un rompimiento de los jóvenes miembros con sus lazos sociales, con sus padres, parejas, familia, trabajo, estudio. Viven en una comunidad cerrada en total dependencia del grupo. Suprimen las libertades individuales y el derecho a la intimidad. Propugnan un rechazo total de la sociedad y sus instituciones. Utilizan sofisticadas técnicas neurofisiológicas enmarcadas bajo la «meditación» o el «renacimiento espiritual», que sirven para anular la voluntad y el razonamiento de sus adeptos. Son grupos no necesariamente religiosos, ya que los hay teosóficos, filosóficos, ocultistas, esotéricos, etc.
En lo sustantivo, el surgimiento de numerosas sectas echa por tierra toda pretensión de que un mundo que se mueve en función de lo científico podría quedar libre de espíritus sobrenaturales o terrenos, y que por tal, podrían abordarse los problemas de la sociedad con el solo recurso de la razón. Sin embargo, los hechos han sido más porfiados y esta suposición se viene a tierra, en la medida que asistimos al espectáculo de una pobre razón que se ve abocada cada día al abismo.
Pero, a partir de la década del sesenta, la juventud empieza a formar movimientos más masivos en la perspectiva de evadirse y refugiarse respecto del sistema y de lo que le entregan las iglesias tradicionales. Se pretende así mostrar una disconformidad con prácticas concretas alternativas y fuera de las prácticas espirituales tradicionales, vale decir, nos encontramos frente a movimientos que mezclan espiritualidad con disconformismo y una cultura nueva que señala inequívocamente una protesta. Algunos grupos empiezan a alejarse de los centros urbanos e industriales para establecerse en comunas rurales que les permitan estar en contacto con la tierra. Emerge toda una cultura pop que con su culto a lo natural y a la desnudez irá, eventualmente, atrayendo como estilo de vida a un importante número de jóvenes de la sociedad occidental. Surgen, entonces, los grupos comunitarios holísticos en donde se pone en comunión la mente y el cuerpo con la naturaleza cósmica.
En ésta década asistimos al nacimiento de un nuevo tipo de movimiento con raíces generacionales, esto es, el movimiento hippie. Este movimiento significa una repulsa sistemática de la vida actual, de la sociedad de consumo, en la cual, cada aumento de ingresos se concibe para provocar un aumento de gastos. Los hippies rechazan semejante sistema. Se distinguen de la sociedad hasta por su manera de vestir, a menudo inspirada en los pueblos primitivos. Es un estado de ruptura y separación con las reglas y costumbres de la sociedad urbana. El fenómeno hippie también denota un alcance intelectual que se manifiesta, sobre todo, por su interés en las filosofías de la India, por las filosofías del renunciamiento y del no ser. Pero, en lo esencial, este movimiento recusador del pensamiento occidental constituye un fenómeno de fuga, que empieza con el consumo de la marihuana, quedando así a un paso de aquella otra fuga mayor, vale decir, el consumo de drogas más duras.
Pero, como los condicionamientos sociales en las urbes van cambiando, en los años setenta emerge, desde los suburbios de las grandes ciudades inglesas, el movimiento punk que desplaza a los hippies. Expresan el desencanto de una juventud sin proyecto de vida, llamando la atención por su aspecto: pelos teñidos y cortados caóticamente a lo mohicano, uso de metal, cuero y bototos militares. El punk no busca la paz como los hippies, al contrario, no buscan nada, denotando un escepticismo total de la vida manifestado en un estado nihilista de negación total, característica de lo que se ha dado en llamar sociedad posmoderna. Los hippies querían la mejoría del mundo, en cambio, los punk, quieren que éste pronto se acabe.
En los años ochenta, en los EE.UU. nace el movimiento trush, con una base de fuga exclusivamente musical. Tocan un rock and roll sumamente estridente y acelerado con contenidos místicos, pero ateos, en que dioses y demonios ignoran las religiones formales. Por ello se asegura que son satánicos. Paralelamente, también en los EE.UU., las pandillas de jóvenes negros socialmente marginados crean una nueva forma musical llamada raps. Una forma rítmica que incorpora sus raíces africanas y permite una forma de hablar cantando que luego los jóvenes marginados de Europa y del resto del mundo acogen desarrollándolo. Pero, no solamente los raps, sino también los movimientos hippies, punks y trush no demuestran interés en ser integrados a lo que les ofrece la sociedad y el sistema. Más que una condición espiritual responden a un estado de fuga, en que se mezclan algunos elementos espirituales, musicales, satánicos, costumbres y modos de vida alternativos; en suma, una disconformidad con la vida.
Al margen de otra serie de movimientos que se puedan escapar, aterrizamos en “las maras”, denominación que reciben grupos de pandillas juveniles, constituidas originalmente por jóvenes salvadoreños deportados de los Estados Unidos reconocidos por su agresividad, formas violentas de cohesión interna y defensa de su territorio y actividades, entre las que se presume vinculación con redes internacionales de narcotráfico. No obstante, y pese a los continuos reportes de los medios de comunicación, -tendenciados generalmente para producir sensacionalismo y espectacularidad-, todavía se está lejos de entender, desde adentro, este acelerado deslizamiento hacia la violencia extrema y la delincuencia de los jóvenes agrupados en estos grupos. Con todo, se tiene entendido que esta «nueva» expresión de cultura juvenil se origina de aquella raíz común de necesidad de agrupamiento para construir identidades, referentes, y sentido de pertenencia. Es decir, formas de respuesta a la incapacidad de las instituciones modernas (la escuela, las iglesias, el trabajo, la propia familia) de ofrecer alternativas a las crisis, tanto estructural como de sentido, que a finales de la década de los 80 iniciaron la espiral de precariedades y colapsos que apadrinaron la creciente escalada de violencias juveniles que hoy ocupan un lugar central en las agendas públicas.
En fin, como quiera que sea, estos nuevos movimientos juveniles no responden estrictamente a grupos de prácticas ocultistas, ni menos, religiosos. Es por ello que reemplazan los tradicionales estados de fuga que necesitaban recurrir a la creación de representaciones sobrenaturales, por estados de fuga nuevos, que se expresan a través de creación de costumbres y culturas propias cuya esencia es desarraigarse de lo establecido. Su causa proviene de la angustia, angustia cuya fuente deriva de la falta de pertenencia, la del problema de la identidad. Angustia que nace cuando un joven tiene que desarrollarse en una sociedad compleja con tanta competitividad y sin mayor solidaridad, sin una espiritualidad que pueda acopiarse a través de la vida cotidiana. Por eso, la única posibilidad que ven es la de generar grupos que les permitan tener identidad, reconocer una pertenencia y tener una red de solidaridad que les permita ver la vida como algo posible.
En definitiva, no es necesario ahondar más sobre el tema, por cuanto, lo que queda claro de ello es que todas estas expresiones que tienen su nacimiento en periodos antiguos, se reactivan ahora en la sociedad actual en búsqueda de una espiritualidad nueva. Lo anterior, en la medida que nuestra época se encuentra sobresaturada de ciencia, lleva en los hechos a disminuir aquel tradicional optimismo por la razón como sinónimo de producir siempre cosas razonables. Renunciamos entonces a pensar, a explicarnos los hechos, para refugiarnos en una amorfa marea de percepciones y creencias que aparecen convenciéndonos de estar explicando lo inexplicable. Partiendo de esta realidad, no sin razón, Umberto Eco ha señalado:
«A partir de estos fenómenos culturales se perfila un nuevo medioevo de místicos laicos, más inclinados al retiro monástico que a la participación ciudadana. Habrá que ver si todavía va a ser posible que sirvan de antídoto las viejas reglas de la razón, la lógica, la dialéctica y la retórica. Si bien es posible que el que todavía se obstine en practicarlas sea acusado de impío».
Cualquiera que sea la opinión negativa que tengamos sobre las sectas, el hecho cierto es que la gente se adscribe a ellas porque éstas responden a sus necesidades satisfaciéndolas mejor que las iglesias institucionalizadas y oficiales. Vienen a constituir el refugio de aquellas almas que, estando insatisfechas, buscan consolarse en un lugar que no les parezca tan impersonal y que dé las garantías de un ambiente más comunitario y fraterno.
En conclusión, podemos señalar que el hedonismo posmoderno, al aumentar la capacidad de goce del momento presente, conduce a que la búsqueda de proyectos y metas grandilocuentes, como forma de conseguir la satisfacción, se vuelva cada vez menos fuerte. Como resultado, la vida es menos una lucha y más una aventura o un juego fantasioso. En nuestra época, muchos investigadores en el campo de la psicología transpersonal creen que un mayor interés por las distintas formas de espiritualidad representarían una tendencia evolutiva hacia un nuevo nivel de la conciencia humana. Algunos incluso van mucho más lejos, al considerar seriamente la posibilidad de que este acelerado desarrollo espiritual refleje un esfuerzo por parte de las fuerzas de la evolución para revertir el actual curso autodestructivo que amenaza a la raza humana. Los favorables augurios de estos «investigadores» con pretensiones científicas, sin embargo, no toman en cuenta el contrasentido que implica el hecho de que el aumento de la búsqueda espiritual encuentra su base en los pensamientos irracionales, y que es precisamente esto último, vale decir, la mayor emergencia de los pensamientos irracionales, lo que tiene a la humanidad al borde del despeñadero. Lo que si está claro, es que bajo un supuesto pseudo cientificismo ha emergido un nuevo grupo de «profesionales» que han visto, en la búsqueda de las posibilidades espirituales, un muy pingüe negocio. Montan clínicas y editan revistas cuyos costos de impresión no son de las más baratas. En fin, el anhelo y el ansia de la gente es fundamento seguro para asegurar generosos recursos. El marketing y la publicidad hacen el resto.
En una sociedad posmoderna en que todos los elementos de la naturaleza ya se han transformado en valores de cambio (pagamos el agua, ahora estamos pagando el aire que respiramos), no es de extrañar que las necesidades espirituales también tengan que pagarse. Modernos chamanes montan lujosas clínicas y recorren el mundo prometiéndonos la salvación en publicitadas conferencias. Así, ya nadie se esfuerza por rescatar nuestra racionalidad, al contrario, se privilegia un discurso que estimula lo irracional. No se tiene clara conciencia de que, mientras más se nos estimula a fugamos del mundo real, ello beneficiará, como siempre, al poder de unos cuantos. Porque a no olvidarlo, las técnicas modernas del poder necesitan de los espíritus adormecidos, y mejor aún, de los ignorantes. Ya que, como quiera que sea, la realidad acuciante no se puede afrontar fugándose o escapándose de ella. A lo más podría producir un auto conformamiento, pero ello no impedirá que la realidad siga su curso, alcanzando con su brazo, aún, a los que hayan creído fugarse. Cuando un barco se está hundiendo y el capitán trata de impedir la catástrofe, es un asunto secundario conocer la categoría de las personas que van adentro, vale decir, saber quiénes responden a tal o cual espíritu, o quiénes obedecen las órdenes de tal o cual gurú. Es el buque en su totalidad al que se tiene que salvar; por tanto, la única manera lógica que se sabe para poder enfrentar las dramáticas realidades que se dan en la sociedad moderna es enfrentándola en su realidad y no fugándose de ella.

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