Por: Jaime Richart
Fuente: http://www.kaosenlared.net (06.09.10)
Idealismo es «la creencia en que nuestras ideas son lo único real y lo único que podemos conocer» y fanático es el «partidario exaltado e intolerante de una creencia».
Pero esas son dos definiciones de dos diccionarios muy especiales. La primera definición es del insuperable diccionario de Oxford; la segunda, del no menos insuperable diccionario de María Moliner. De acuerdo con ambos textos, los conceptos idealista y fanático están muy próximos…
Pero, ateniéndome a María Moliner que en definiciones parece dios, yo no soy fanático. Y no lo soy, porque sencillamente me creo todas las creencias. Pero sí soy idealista según el de Oxford, y según él, yo sería un retrasado mental. La fuerza que tienen los diccionarios más usados, intencionadamente, en el capitalismo…
La cuestión es que, admitiendo que el idealista cree exclusivamente en sus ideas y el fanático no es más que el idealista de una sola creencia que sustituye a las ideas, ¿quién es el árbitro de “lo real” y decide quién es idealista?, y ¿quién lo es de la “exaltación” e intolerancia del fanático? ¿no podrá ser otro idealista y otro fanático de “realidades” contrapuestas? Ese es el problema, mi problema.
Pues me da la impresión de que los jueces que deciden quiénes son idealistas y fanáticos son siempre los mismos. Son los que, por razones utilitarias y soberbias, necesitan ser ellos quienes fijan «la verdad»; ignoran adrede el relativismo einsteniano que prueba que todo depende del color del cristal con que se mire cada cosa. ¿Pero, a todo esto, cuáles son?, pues el Vaticano, los medios, los lobbies judíos, los padres del neoliberalismo, las Academias, los Ateneos, los Tribunales y las Universidades… y luego, los pentágonos, la plana mayor de los ejércitos y de las policías, los parlamentos y las asambleas tipo Bildenberg. Todos, como vemos, muy lejos de cada uno de nosotros. Pero todos disponiendo de las “claves” de una verdad única: la suya, y de un pensamiento único: el suyo.
Así es que, si no quieres pasar por idealista o por fanático y jugártela en tiempos en que todos los ciudadanos ínfimos corremos el riesgo de ser perseguidos y encarcelados por terrorista o por apologista de terrorismo tú, con tus verdades, tendrás que postrarte ante esas instituciones. Es más, deberás felicitarte, tonto de ti, pues por ellas sabrás si estás o no equivocado. A eso esta sociedad le llama tener libertad de pensamiento… No obstante, no te confíes y jamás te hagas estas dos preguntas: ¿por qué he de creer a los doctores (que tanto se han equivocado a lo largo del tiempo aunque a veces han reconocido sus errores para mejor cometer otros) y no en mí mismo? ¿No prefiero equivocarme yo solo a que me equivoquen esos sabios anónimos y en todo caso los demás?
Pero ni se te ocurra. Deja a un lado la tentación de plantearte semejante ejercicio intelectivo, pues si insistes serás tenido por contumaz y heterodoxo; y más aún, si tratas de llevar la contraria a la economía de mercado, a la democracia burguesa y al capitalismo. En cambio, si no te manifiestas como idealista ni como fanático serás escuchado, serás leído y entendido; serás un hombre de provecho, una mujer respetable o un gay prudente; todo te irá bien y, con tal de que a tus ideas les des una atractiva construcción, casi todo el mundo te dará la razón, tendrás una buena paga y serás feliz. Incluso te harán un hueco en los periódicos que difunden las verdades “reales” para que las refuerces, y hasta podrás salir en la televisión para lo mismo.
Has de evitar, pues, que los Oráculos te tachen de visionario, de esquizofrénico o de conspiraparanoide y en último caso de gilipoyas. Si sabes valorar tu salud nerviosa, tu estabilidad mental y tu bolsillo, ya sabes lo que te conviene: abandonar la funesta idea del idealista o del fanático. Porque el idealismo y el fanatismo se curan. Y si tienes alguna duda de cómo debes pensar correctamente, mira antes en la bola de cristal de los diccionarios de postín: los administradores del saber que acabo de relacionar los consultan. Claro que ellos son los que los han elaborado y editado…
Así es que, depurado ya del idealismo y redimido del fanatismo, grita conmigo: ¡viva el pragmatismo, viva el utilitarismo, viva el negocio y el beneficio! ¡abajo el fanatismo y mueran los ideales… según los centros donde se aloja la única verdad!
Pero tranquilo, no olvides que, aunque estas definiciones pesan, hay otras del pensamiento que no es único. Por ejemplo, ésta de “fanático” que parece enemiga del diccionario de Oxford: “el que defiende con tenacidad desmedida y apasionamiento, creencias u opiniones, sobre todo religiosas o políticas. Preocupado o entusiasmado ciegamente por una cosa” Con arreglo a ella otros jueces más equitativos que no sean los que dominan, dirían que la tenacidad y la pasión incluso pueden ser consideradas como virtudes en un mundo que tiende a la homogeneidad y a la monocromía. Y en cuanto a idealismo, en filosofía el Idealismo abarca las teorías que -en oposición al Materialismo- sostienen “que la realidad extramental no es conocible tal como es en sí misma, y que el objeto del conocimiento está preformado o construido por la actividad cognoscitiva”. O bien esta otra. Idealismo: “sistema filosófico que considera a la idea como el principio del ser y del conocer”.
De manera que aléjate de “fuentes de conocimiento” viciadas por el dogmatismo postmoderno, y busca y acércate a las que atenuarán tu aprensión de verte como un fanático de la justicia social o aliviarán tu tontuna de sentirte un idealista tardío: descubrirás que han querido desorientarte y manipularte una vez más para que entres en el redil del “pensamiento único”.
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