Los árabes y la sexualidad

Por: Mauricio Amar, Cecilia Sánchez, Nicolás Chadud, Sabiola Samhan
Fuente: Revista “Hoja de Ruta”, N° 32 (Mayo 2010)

EDITORIAL

Los estados modernos se han caracterizado por constituir una organización política que se preocupa y concentra en disciplinarlos cuerpos de las poblaciones. De tal modo, que tiendan a tener ciertas conductas y no otras en sus vidas públicas y también privadas, por medio de una serie de instituciones que operan desde el primer minuto de vida del individuo. Nos referimos a los hospitales, escuelas, parroquias, policías e instituciones de corrección como los psiquiátricos o prisiones que se levantan a lo ancho y largo de cualquier estado.

A su vez, los estados despliegan una serie de instrumentos y mecanismos de “higiene pública”, caracterizada por una complicidad medica legal para cuantificar su población, medir su expectativa y calidad de vida, los índices de analfabetismo, desnutrición u obesidad. El estado a ratos fomenta la procreación, en ocasiones la desincentiva, regula o
no regula dependiendo de los objetivos políticos y las circunstancias económicas (economía política), de la misma forma que lo hace con la inmigración y, desde luego, con la sexualidad. De lo que se trataría es de normalizar sus conductas, de domesticarlas, hacer dóciles los cuerpos, condición para dominar y ejercer autoridad sobre los sujetos.

La preocupación por lo corpóreo, por los asuntos de la población desde la óptica estatal, es lo que se conoce como biopolítica que ha sido estudiado por autores como Michel Foucault. Pues bien, en los países árabes se constituyeron estados que adoptaron las teorías y prácticas de los modernos estados nación, agregándose también sus propias particularidades. Esto es importante de remarcar puesto que desde ése lugar que se ha autodenominado “Occidente” se exhibe como oponente radical a un “Oriente” y en particular a los árabes como seres exóticos, ardientes, sensuales, etcétera. Aunque, paradojalmente, se les muestra o representa como diría Edward W. Said, como seres irracionales, incivilizados, “con una determinada mentalidad estática” en donde, por ejemplo, la mujer es reprimida, enclaustrada en tareas domesticas, obligada a aceptar el marido que le imponga su familia y cosas por el estilo. Como si la sumisión histórica de la mujer, por medio del patriarcado, fuese monopolio o patrimonio exclusivo de la cultura árabe musulmana.

En el último tiempo, ha existido un esfuerzo intelectual, ideológico y político sistemático y permanente con el fin de homologar o relacionar lo árabe y/o musulmán con el fundamentalismo, concepto que se origina en la cultura protestante anglosajona. Es decir, árabe implica fundamentalismo a secas en cualquier contexto sociopolítico. De esta forma, se ha elaborado un sustento teórico y con ello una cierta legitimidad para justificar expediciones coloniales en países árabes o musulmanes. La invasión a Afganistán se justificaba no tan sólo porque los Talibanes y Osama Bin Laden se habían involucrado en un gran atentado contra Estados Unidos, sino también porque que eran personas fundamentalistas que reprimían a las mujeres, por ejemplo, por medio de la Burka. “Habría que rescatarlas de esos demonios humanos”. Simultáneamente, se oculta que fueron apoyados por Estados Unidos para combatir a los soviéticos durante los setenta.

Hace muy poco tiempo atrás una chica libanesa, llamada Rima Fakih, de 24 años fue coronada como Miss USA 2010, una elección inédita en la historia norteamericana, puesto que por primera vez se elegía a una mujer árabe para representar a la belleza estadounidense. Pero casi al instante la prensa conservadora comenzó a relacionar a la bella mujer de poseer nexos con Hezbollah. “El portal Jewish Internet Defense Force (JIDF) comentó que “era un día oscuro para EEUU” por el triunfo de Fakih, a la que acusaron de apoyar el fundamentalismo” [1]. Se dijo que Hezbollah [2] le había otorgado financiamiento, entre otras cosas. Pero más allá del ejemplo citado, se evidencia una intención de mostrar a los árabes en su vida pública y cotidiana como cerrados, represivos y conservadores. Cuando no se logra ello, se recurre a la vinculación de una persona o un acto con el fundamentalismo político y religioso.

Por otro lado, poco y nada dice la “élite política occidental [3]” y los medios sobre las persecuciones y encierros masivos de homosexuales en Egipto, en el cual no se encuentra tipificado el delito de ser homosexual, pero frecuentemente se les acusa de “práctica del libertinaje de manera habitual”, país gobernado por el Dictador Mubarak, aliado a Estados Unidos e Israel. A su vez, en el Reino de Arabia Saudita, existe una policía religiosa que corrige o castiga físicamente las conductas “impropias o inmorales”, situación del todo reprochable, pero no representativa del conjunto de los países árabes.

La sexualidad en los países árabes es representada como una sola, homogénea a sus más de 300 millones de habitantes y más de una veintena de países, no distingue realidades socioeconómicas, regiones (El Levante, Magreb, El Golfo, en fin), costumbres urbanas o rurales o las tradiciones preislámicas. El árabe es un ser, visto desde “aquí”, absolutamente objetivado e incapaz de salir de dichas categorías y estereotipos construidos de manera interesada por “los orientalistas” y por los medios de comunicación que citan a dichos “expertos sobre Oriente”. De la misma forma que el árabe es un sujeto no de derecho (y por tanto objeto de dominación) es que tampoco puede optar por elegir su orientación sexual o sentir plenamente su sexualidad. A su vez, a menudo se le sitúa como extremista, integrista o fundamentalista en la forma de vivir la política, la religión y, desde luego, su sexualidad. “Los árabes tienen un harén”, “tienen siete mujeres”, “la poligamia es parte de su cultura”. Se ha elaborado toda una mitología al respecto que se caracteriza por describir al árabe con una cierta “esencia” que lo hace diferente y distinguible del resto de la humanidad.

El presente número de Hoja de Ruta es una invitación a pensar críticamente el asunto de la sexualidad en los árabes, prescindiendo de los prejuicios acostumbrados para analizar dicho lugar del mundo, como si la “sexualidad occidental” fuese un ejemplo de iluminación para “el resto de la humanidad” en lo que respecta a materia sexual. Que a menudo no cuenta con la más mínima perspectiva autocrítica que de cuenta sobre lo que “somos hoy”, en la cual la supuesta libertad de la mujer, se manifiesta como un mero objeto de culto sexual, en una mercancía más, en un objeto de consumo o en una herramienta para incentivar el consumismo, en un fin y un medio, puramente instrumental, para satisfacer un estilo de vida y sexual en el cual pretendemos satisfacer “como unas máquinas” a todos (para cumplir) y terminamos sin satisfacer a nadie, quizás un buen
reflejo de nuestros tiempos.

NOTAS

[1] Véase en: http://www.abc.es/20100518/gentefamosos- latidos/acusan-miss- 201005180048.html. Consultado el 20 de mayo de 2010.
[2] Movimiento y partido islamista que fue crucial para la salida de Israel del sur del Líbano, por tanto tachado como Fundamentalista. El Estado de Israel hacia fines de los noventa ocupaba el 10% del Líbano.
[3] Como crítica al gobierno o estado egipcio y no para reflejar de manera interesada “la intolerancia árabe
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EL VELO DE OCCIDENTE

Por Mauricio Amar D.*

Al hablar sobre Oriente los medios de comunicación masivos no dudan en destacar ciertas características que, desde el punto de vista orientalista, estarían pegadas a la piel de todos quienes habitan ese topos imaginario. Me parece que en los últimos años se han destacado fundamentalmente tres: la ausencia de democracia, el terrorismo y el hiyab (código de vestimenta que cubre parte del cuerpo femenino). Las dos primeras han merecido invasiones, amenazas y embargos por parte de las potencias económico-militares de Occidente; mientras que la tercera, el hiyab, ha tenido una repercusión en los propios países que creen defender una cierta tradición propia y que no dudan en llamar
occidental.

Al enfrentarse al hiyab “en su propia casa” el Orientalismo asume una nueva posición defensiva que constantemente es representado como una amenaza. Basta con leer los textos de Oriana Fallaci, las reacciones airadas de los partidos conservadores europeos (y la tibieza de los “progresistas”) que buscan prohibir todo aquello que guarde relación con el Islam. Y es en el hiyab donde Occidente cree encontrar una evidencia de la barbarie árabe e islámica, toda vez que el cuerpo femenino es recluido en el secreto, en la oscuridad de un traje que contrasta con la sexualidad ‘abierta’ de las mujeres occidentales.

En el hiyab se lee dominación sobre las mujeres y sometimiento de sus cuerpos. No sería, de ninguna manera, una tarea fácil desmentir aquello, por el contrario, mas bien me parece que a todas luces el hiyab es una imposición de una cultura marcada por el patriarcalismo tradicional y que evidentemente es sólo la cara exterior de una discriminación abierta que impide a las mujeres un estatus de igualdad con los hombres. La transhumancia femenina acordada en el matrimonio, el escaso derecho de propiedad de las mujeres, la violencia física y psicológica a la que están expuestas por su permanente dependencia, entre otros elementos, nos muestra que el hiyab es el cobertizo de esta situación.

Pero también es cierto que una cultura que se posiciona como ‘diferente’ a otra y que constantemente trata de mostrar la irracionalidad y barbarie de su concebida contraparte, suele mirar mucho la paja en el ojo ajeno y poco la viga en el propio. Y claro, en temas de desigualdad e inequidad de género sería bastante inútil ponernos a enumerar carencia y avances de uno y otro lado para llegar a un empate técnico. No se trata en absoluto de eso, sino más bien de comprender cómo dos sociedades han enfrentado las relaciones de género y, en su contacto permanente, han generado reacciones basadas en identidades imaginadas que en realidad están presentes en todos ellos. Y estas identidades, a su vez,
se ven reforzadas precisamente por el contacto desigual entre los pueblos, de modo que para comprender el género en su versión ‘occidental’ y ‘oriental’ sería interesante intentar acercarse, al menos, a las relaciones políticas, económicas y culturales que se han dado a través de los últimos doscientos años entre ambos.

En primer lugar, sería bueno recordar que tanto el oriente islámico como el occidente cristiano provienen de una serie de raíces comunes, de espacios geográficos compartidos e intercambios permanentes en todos los ámbitos. El Islam nace en los márgenes del Imperio Bizantino y los países que conforman hoy este difuso concepto de árabes e islámicos son herederos de la ocupación griega y romana, precisamente aquellos imperios que Occidente considera elementos nucleares de su cultura actual. Asimismo, las distintas corrientes religiosas han tenido su lugar de disputa teológica precisamente en
el mediterráneo, donde es posible apreciar con mayor fuerza el intercambio cultural permanente entre Oriente y Occidente. San Agustín y su visión influyente sobre la represión corporal, que tanto ha marcado a la cultura europea, no era precisamente un romano, sino un hijo de bereberes africanos que predicó y combatió las herejías cristianas desde su obispado en Hipona, es decir, en África.

Lo que pretendo decir con esto, por si pareciera que estoy evitando el tema de fondo, es que es imposible concebir el mundo mediterráneo antiguo y de la Edad Media sin reconocer un espacio de influencia marcado por los imperios que hoy dan sentido de pertenencia a Occidente. Y es en ese espacio donde se ejerció permanentemente un trato desigual entre hombres y mujeres, el que hoy Occidente trata de mostrar simplemente como un fenómeno del pasado y no como un sustento cultural que ha compartido con los árabes.

Ahora bien, perfectamente podríamos decir que esta desigualdad ha sido superada por Occidente, mientras que en los pueblos donde el Islam ha tenido mayor preponderancia se ha reforzado una relación de poder negativa entre hombres y mujeres. Pero esta es una visión simplista que oculta dos cosas fundamentales. La primera de ellas es que en Occidente las mujeres han logrado avanzar mucho en materia de igualdad de género, pero no lo suficiente como para tratar el problema como algo superado.

Muy por el contrario, si consideramos que uno de los aspectos fundamentales para poder afirmar que se han superado, en parte, las barreras de género es la representación política que alcanzan las mujeres en las sociedades occidentales (los que evidentemente son espacios de toma de decisiones) lo cierto es que las diferencias no son muy grandes en ningún lugar del mundo, salvo en los países escandinavos donde la representación parlamentaria femenina actual llega a cifras cercanas al 40%. Mientras que en Tunes y en Irak las mujeres ocupan el 27,6% y el 25,2% respectivamente de los escaños de la Cámara Baja, en Francia e Italia las cifras son 18,9% y 21,3%[1] respectivamente. Sería apresurado sacar conclusiones generales a partir de un hecho puntual como este, pero también sería negligente obviar un dato tan relevante.

No quiero indicar con esto, de ninguna manera, que las mujeres musulmanas sean más libres ni que los derechos alcanzados por las mujeres occidentales sean una ilusión. Es evidente que el feminismo logró en Europa pasos de gran magnitud, pero también es bueno recordar que estas fueron luchas cuyos logros parciales se siguen enfrentando hasta nuestros días con el conservadurismo de la Iglesia Católica en los países donde ésta tiene todavía una influencia política. Por otra parte, la mayoría de estos logros ocurrieron durante el siglo XX, es decir, la mayoría tienen menos de cien años y forman parte del recuerdo reciente de las generaciones actuales.

Y esto se enlaza con el segundo elemento que quisiera destacar. Que la construcción de la desigualdad de género en Oriente está fuertemente marcada por el imperialismo contemporáneo y los logros obtenidos por el feminismo fueron encauzados por la industrialización, la conformación de movimientos obreros, el acceso universal a la educación, todos ellos fenómenos propios de un capitalismo que sólo se dio en Occidente, pues en Oriente adquirió características muy diferentes. Para el mundo árabe e islámico el capitalismo no solamente contenía como principio la venta de la fuerza de trabajo, sino que, al mismo tiempo, fue colonización.

Mientras los Estados occidentales explotaban el petróleo del Golfo Arábigo ocupaban militarmente a sus poblaciones, creaban dinastías reinantes que fuesen incapaces de discutir sus intereses en la zona y les daban, con el tiempo, una independencia que no alcanzaba para que pretendieran tener control de sus recursos naturales. Occidente y Oriente nunca estuvieron separados, sino que Occidente azoló Oriente y lo redujo a una provincia subdesarrollada. Mientras las monarquías de Europa perdían todo poder efectivo en la política y la democracia representativa era vista en Occidente como el único sistema viable de gobierno, estos mismos países protegieron las monarquías dictatoriales de todo el mundo islámico.

De ahí que en los países de Oriente hayan surgido movimientos sociales cuyo objetivo es reforzar la tradición frente a lo que ven como un peligro para sus pueblos, tal como los conservadores europeos miran con recelo a los inmigrantes africanos. La lucha contra el imperialismo occidental se afirma en determinados contextos en un retorno a la grandeza islámica y aquello es una mirada a la tradición, negando una concepción del mundo abierta como potencia y posibilidad, e incorporando la desigualdad de género como un bastión frente a una cultura Occidental que rápidamente pasó de la liberación del cuerpo a la venta masiva del cuerpo fragmentado de las mujeres. A propósito de aquello, una mujer
musulmana planteó, no sin argumentos, que es más libre la mujer con velo que aquella sometida a la talla 36[2].

Fátima Mernissi ha tratado incluso de comprender el significado histórico del hiyab, que habría sido impulsado por el Corán para proteger a las mujeres de agresiones sexuales masculinas. Y claro, hoy debiera ser posible, bajo la misma lupa occidental que tiene como lente la diversidad, admitir el hiyab como una prenda más. Otros, desde el Islam plantean que “…existen mujeres que usan hiyab por creer que se trata de un requisito de su religión, o por afirmar la tradición, o como signo de su espiritualidad, o por imposición de sus familias, o como signo de su pertenencia a una comunidad, o simplemente por coquetería. O por otra cosa, o por todo ello al mismo tiempo” [3].

Efectivamente pueden existir múltiples razones por las cuáles alguien decide ponerse un determinado atuendo y difícilmente podría imaginarse un vestuario que se construya fuera de las relaciones de poder que le dan sentido y forma. Y es necesario comprender también la resistencia cultural que significa el hiyab frente a la opresión que han vivido los países islámicos por parte del Occidente capitalista. Muchas mujeres se cubren su cabeza por responder al llamado de la tradición a resistir y por supuesto, muchas también porque en sus familias las llaman a resistir.

Tanto Occidente como Oriente existen movimientos que buscan permanentemente reificar la realidad y combatir permanentemente todo aquello que consideran peligroso para su fórmula de identidad estática. Precisamente la fórmula Oriente- Occidente contiene ya en sí misma la rigidez de una visión tradicional. Aún el capitalismo, que impone como valor la novedad, constantemente obliga a regirse por sus propios cánones estéticos y, por supuesto políticos. Articular por tanto una resistencia capaz de romper con los patrones de la tradición sólo es posible cuando existe la potencia de usar o no usar el hiyab.

* Mauricio Amar es sociólogo, Magíster en Estudios de Género y Cultura de la Universidad de Chile.

NOTAS

[1] Ver Unión Interparlamentaria, Women in Nacional Parliaments, URL disponible en: http://www.ipu.org/wmne/ classif.htm. Consultado el 20 de mayo de 2010.
[2] Ver Web Islam. URL disponible en: http://www.webislam.com/?idt=16008. Consultado el 20 de mayo de 2010.
[3] Abdennur Prado, ¿Es el hiyab un símbolo de discriminación de la mujer?, en El País de España, 21 de abril de 2010. URL disponible en: http://www.elpais.com/articulo/opinion/hiyab/simbolo/discriminacion/mujer/elpepuopi/20100421elpepuopi_1/Tes. Consultado el 20 de mayo de 2010.
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PRESENCIA/AUSENCIA DE LA FOTOGRAFÍA DE UN ROSTRO FEMENINO

Por Cecilia Sánchez*

1.- La representación política de la viudez

Este escrito consiste en la problematización de una foto del período de la dictadura, cuya característica es la de ser visual y discursiva. Me refiero a la foto del rostro de una mujer sin nombre que figura bajo la palabra “Viuda”. Se trata de una acción de arte en la que participaron Diamela Eltit y Lotty Rosenfeld, efectuada en el mes de septiembre del año 1985 a nombre del CADA. A nivel visual, la acción consistió en la inserción de una foto del rostro de una mujer popular en la revista Análisis, Apsi y La Época. A nivel discursivo, el texto que la acompañó es el siguiente:
“Mirar su gesto extremo y popular. Prestar atención a su viudez y sobrevivencia. Entender a un pueblo”.

Cabe recalcar que el cometido político de esta foto es hacer patente la existencia de los desaparecidos en los medios de comunicación. Según señaló Diamela Eltit en una entrevista, el propósito que esta acción tuvo fue “citar la muerte a través de la vida” [1]. En este sentido, la foto mencionada tiene la virtud de invertir el efecto de ausencia que produce el rostro de los desaparecidos, de quienes sólo apreciamos la espectralidad de una fotocopia desvaída. A la inversa, el retrato de la viuda muestra una presencia: un rostro femenino presente que tiene la responsabilidad de invocar una ausencia: su pareja o marido desaparecido. Podría decirse que la foto juega con una de las claves de la lingüística: el significante representa o remite a un significado. Asimismo, pareciera que esta foto también nos enfrenta a dos lenguas y a dos imágenes articuladas por un anverso y un reverso.

Me interesa advertir, además, que la foto descrita es equivalente a la ejecutado por las mujeres o las parientes mujeres de los hombres desaparecidos a modo de un duelo nacional. Nuevamente, es una mujer la que, al bailar sola un baile de pareja, se muestra en el lugar de quien sobrevive en el período de la dictadura. Irónicamente, esta soledad es referencial; está destinada a resaltar el lugar del desaparecido. Por una parte, se trata de ser el signo de otro que no está. Por otra parte, al operar como el signo de un desaparecido, el rostro femenino se imposibilita para representar o encarnar a una desaparecida, puesto que no se concibe la existencia de viudos ni en la foto ni en la cueca. A propósito del efecto de borradura de la mujer que opera en la foto, me interesa recalcar que sí hubo desaparecidas, pero la foto y la cueca subrayan -si es que puede decirse así- únicamente la ausencia masculina.

Así presentado el problema, reitero que el centro de este escrito es una foto que nos remite a la presencia/ausencia de cuerpos femeninos y masculinos. Sin embargo, no basta con indicar el género de los cuerpos y rostros, ya que el contexto de visibilidad e invisibilidad de estos cuerpos tuvo un carácter político y moral. Por cierto, no es mi interés en esta ocasión ocuparme de hechos políticos o de lo que pasó realmente, sino del modo de representación estético/político de una de las mayores catástrofes ocurridas en Chile, como es la de los desaparecidos y desaparecidas a causa del golpe militar.

2.- Visibilidad, enfoques y planos

Parto por el tema del enfoque. Desde ya informo que no soy fotógrafa, aunque en cierto modo todos y todas lo somos. Como aficionada, puedo decir que enfocar es centrar un objeto, pero la foto anteriormente mencionada tiene un foco equívoco que cuesta identificar. En relación al objeto enfocado, el libro La cámara lúcida de Barthes nos familiariza con el punctum; aquél efecto de inmediatez de una alteridad de la imagen; un indicio que nos afecta emocionalmente. A la vez que, con el studium, la fotografía se ofrece como un material de desciframiento o de explicación. Como semiólogo, Barthes desconfía de toda evidencia visible, acusándola de naturalizar un poder. Pero, desde una mirada “salvaje”, lo que prevalece es la inmediatez [2]. A partir de esta codificación, ¿qué pude decirse de la foto “Viudas” (por así llamarla)? ¿Tiene la potencia de la inmediatez o punctum? O bien, más que visibilidad sensible, tiene la potencia de una lectura que se sirve de la presencia al modo de una letra. Si es así ¿podría tratarse de un cuerpo no presente pero narrado?

No olvidemos que la presencia/ausencia de la foto y la del baile de la cueca refieren o relatan el paso que va de la vida a la muerte. Si toda foto muestra un cuerpo que ha sido, esta foto es especialmente fantasmal, ya que uno de los cuerpo (el masculino) lo es doblemente, pues al momento de tomar la foto había dejado de existir como para ser alcanzado por la impresión mecánica.

En el caso de la política y su relación con el espacio público, Hannah Arendt ha establecido varias ecuaciones entre luz e inmortalidad y su contraste metafórico entre oscuridad y muerte; demarcaciones usadas para referirse a cuerpos que brillan (los políticos) y a cuerpos oscuros cuyo lugar de circulación es privado, en el sentido de que sus actos se encuentran privados de luz (y de sentido).

Si volvemos a la foto y la examinamos desde la perspectiva política de la visibilidad, resulta paradójico constatar que este cuerpo visible es uno no- político; más bien está vivo en términos de vida animal (zoé). Si este cuerpo llega a entenderse de modo político, se debe a que asiste a otro que no es visible. En este sentido, la “Viuda” es semejante a la María Magdalena bíblica, quien alcanza algo de la santidad de Cristo debido a que lo asiste en su muerte.

Me interesa ahora interrogar el estatus discursivo de la foto. Se dice que la foto “Viuda” es una fotografía artística. Si es así, además de ser portadora del análogo de lo real, por así decirlo, ella es portadora de un segundo momento que sería, en palabras de Barthes, “El mensaje fotográfico”, es decir, la “connotación”. Como se sabe, ésta puede ser ideológica,
estética, provenir de la sintaxis, la pose o el encuadre de la escena ofertada. En el caso de la foto que comento, nos encontramos con un doble texto: el título “Viuda” y el texto añadido a pie de la foto que hace las veces de un comentario foco, pues permite desenfocar la escena frontal del rostro de la mujer para reacomodarla en un foco ausente.

En este sentido, el texto citado al comienzo, no es como en la prensa, un ilustrador de la imagen; más bien restituye o ilumina el lugar del desaparecido. Junto con entregar esta connotación moral, de pasada, el texto naturaliza una condición cultural: la de una viudez inherente a lo femenino pero no a lo masculino. El mensaje verbal parece participar de la objetividad de un mensaje que convierte el rostro de la mujer en una acompañante. De este modo, la foto logra proyectar la no-imagen del marido o pareja en un primer plano.

3. La transparencia metafórica de la feminidad

Por último, quisiera reparar en el mecanismo estético que acompaña al procedimiento de la foto. Con este propósito voy a citar una escrito del filósofo y ensayista español José Ortega y Gasset [3], quien se propuso revelar las ambigüedades de lo mirado o enfocado por un yo vidente de modo fenomenológico. Ortega y Gasset quiere resaltar el subjetivismo ingenuo en el que cae la relación sujeto/objeto, dado que el objeto visualizado es parte de un yo que tiende a ignorarse como yo. Cuando comenta las características de un objeto estético, en parte, repite el escrito de Heidegger “El origen de la obra de arte”, ya que Ortega y Gasset pasa de la consideración de la presencia corpórea o cosística de la obra a la peculiaridad del objeto estético en tanto intimidad. Con todo, se aleja de Heidegger, especialmente cuando compara a un objeto estético con un “cristal”, aproximándose a la tradición de la mirada del cogito. La esencia de un cristal, dirá, “es mirar a través del cuerpo cristalino”. Es curioso, pero, a juicio de Ortega y Gasset, en el objeto estético se daría esta condición: hay cosas que nos permiten ver a través de ellas cuando nos sirven de tránsito hacia otras. En este punto exclama: “¡extraña misión de humildad!”. Esta situación de humilde tránsito, rápidamente la adscribe a las mujeres al citar una expresión de Cervantes referida a lo femenino: “un cristal transparente de hermosura”. Así, llega a decir que las mujeres, tanto en lo corporal como en lo espiritual, parecen condenadas a ser tránsito hacia otros seres: al amante o al hijo. En este sentido, Ortega y Gasset fija la identidad de las mujeres a partir de la condición de transparencia que les atribuye, equivalente a la posición metafórica de un objeto estético.

Bien sabemos que la metáfora es un cuerpo espectral que nos empuja a otro mundo u objeto puesto que cumple un servicio de traslado. Si volvemos a la foto en cuestión, nos encontramos con este mecanismo: la imagen de la mujer anónima se encuentra en tránsito: es una suerte de plasma apta para recibir el significado de la desaparición de la imagen del otro ausente. Su imagen es la de una no-identidad. Pese al enfoque de primer plano, se encuentra desenfocada debido a que cumple la función de una transparencia. Como se dijo antes, se necesita que ella desaparezca o se transparente para hacer aparecer la intimidad de ladesaparición del otro.

La foto es narrativa pues invierte la mirada frontal, dado que el propósito de la figuración del rostro es entregarle su cuerpo a otro. ¿Se trata de un acto de amor? O bien, ¿no habría que advertir un mecanismo ideológico que la despolitiza y le niega a las mujeres el reconocimiento de su condición de desaparecidas?

Antes de terminar, me interesa aclarar que no responsabilizo de esta falta de reconocimiento a quienes hicieron circular la foto antes referida, dado que en ese momento se mostró lo inmostrable. Me refiero al hecho de hacer presente, en el medio de la prensa, a los desaparecidos. Sin embargo, considero necesario problematizar la estética que esta foto manipuló, debido a que contribuyó a invisibilizar la muerte política de las mujeres o, para usar la metáfora de Ortega y Gasset, de transformarlas en un cuerpo de cristal que se vacía para dejar lugar a otro cuerpo.

Podemos hablar, así, de una foto de cristal, ya que cuando la vemos y leemos su instrucción de prestar atención a su viudez, nos invita a que traspasemos su imagen tironeados por el hilo del ausente.

* Texto leído en el Coloquio “Fotografía y desaparición”, en la Universidad de Valparaíso, 31 agosto de 2007.

* Cecilia Sánchez es Licenciada en Filosofía, U. de Chile. Diplome dâ estudes apronffondies (DEA) Universidad de Paris VIII. Actualmente es profesora de Filosofía del cuerpo en el Magíster de Estudios de Género y Cultura de la Universidad de Chile.

NOTAS

[1] La entrevista aparece en la revista Cauce en octubre de 1985. Las preguntas las realiza Ernesto Saúl.
[2] Ver de Ronald Barthes, La cámara lúcida. Nota sobre la fotografía, Buenos Aires, Paidós Comunicación, 2005.
[3] Ver de José Ortega y Gasset, “Ensayo sobre estética a manera de Prólogo”, en La deshumanización del arte, Madrid, Austral, 2007.
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APUNTES PRELIMINARES SOBRE POLÍTICA, RELIGIÓN Y SEXUALIDAD. LO SAGRADO DE LA SANGRE

Por Nicolás Chadud D.*

Se hace interesante realizar un rastreo de corte antropológico preliminar para interrogarnos sobre las condiciones de emergencia que posibilitan las discontinuidades, las rupturas, los puntos de inflexión que ha logrado dislocar algo así como la historia humana y, con ello, la trayectoria histórica de los sistemas de pensamientos, para lograr entender en parte el cómo hemos llegado hasta “aquí, lo actual”. De tal forma, de apartarnos de la epistemología tradicional o epísteme que más bien opera bajo una concepción “progresista”, una línea de tiempo sucesiva en la cual se van acumulando empiricidades y encadenamientos; acontecimientos tras acontecimientos e invasiones tras invenciones. Líneas de temporalidades que se han reproducido una y otra vez, que han dividido en tajadas el tiempo, grandes bloques de una línea continua; la Prehistoria, la Edad Media, el Renacimiento, la Modernidad, el Fin de la Historia, la Post Modernidad, en fin.

Dicha perspectiva pierde capacidad explicativa y fineza en el análisis puesto que relata una historia como si el conjunto de la humanidad experimentase una misma situación contingente, un mismo lugar físico y simbólico, una misma subjetividad. Así por ejemplo, el descubrimiento de América para unos, era una expedición naviera digna y honorable. Y, para otros, una sangrienta penetración colonial. La decisión de venir a las Américas fue evidentemente política, pero cuando encontraron gentes, se propusieron evangelizarlos y cuando no pudieron domesticarlos o cristianizarlos, los mataron, los penetraron literal y metafóricamente, sin compasión. Lo mismo aconteció con las Cruzadas, pero en un sentido inverso, puesto que tenían como propósito principal la reconquista religiosa, principalmente de los lugares santos de Oriente Próximo, pero en realidad se trató de una expedición expansionista en donde se llevaron a cabo batallas, saqueos y se cometieron masacres de miles de personas[1]. Por de pronto, se presiente una ligazón e imbricación entre estos tres conceptos: Política, Religión y Sexualidad. Un origen común, que se sitúa en los albores de los primeros asentamientos humanos, larga data para nuestro ser.

Se hace relevante precisar que los anthropos durante miles de años se movilizaban “como bestias”, arrancando de las mismas y cazándolas para poder alimentarse. Era un animal eminentemente corredor, felino, recolector y sobre todo cazador. El hombre no se concebía, ni de lejos como individuo, no era posible la sobrevivencia por si solo. Conformaba parte de un grupo humano más grande que lograba cohesionarse para lograr resistir y vivir, como si fuesen un solo cuerpo. Nada de lo que conocemos hoy en día era posible concebirlo en ese entonces. No existía el espacio público o privado, la separación entre hombres y mujeres, las palabras ni las cosas, la idea de propiedad, las nociones de necesidad, producción, trabajo o el valor de la igualdad. A lo más, un instinto de sobrevivencia, de seguir comiendo y reproduciéndose, junto a otros grupos humanos, de conseguir un refugio, todo era momentáneo, todo se tornaba frágil, nada era sagrado, nada era para siempre.

La sangre y los pueblos de sangre. Las tribus y clanes

Los pueblos en si mismos no surgen hasta que los humanos evolucionan (darwinismo) y producen una fisura, un corte, una dislocación que va a condicionar el devenir de la existencia. Esto se produce cuando hace varios milenios, el ser humano comienza a asentarse en tierras que le parecen más fértiles, tierras de promisión. Cuando se transforma de nómada a sedentario, se produce la experiencia más revolucionaria conocida hasta ahora. Así el hombre comienza a domesticar a los animales, a alimentarlos, para abastecerse y alimentarse. Comienza a cultivar la tierra, hacerla fértil. La primera ciudad, la madre de las ciudades, la más antigua que todavía perdura es la ciudad de Jericó en Palestina, situada muy cerca del Río Jordán, que desemboca en el actual “Mar Muerto”, el lugar más bajo de la tierra.

No es mera coincidencia que la instalación de los primeros asentamientos humanos, las primeras ciudades se desarrollaron en la zona levantina; en Siria, Palestina e Irak (Mesopotamia) y sus alrededores. Ahí donde existía un clima propicio, más bien templado, abundancia de ríos, palmeras y mares. Lo que equivale a decir unas condiciones materiales propicias de existencia. Surgiendo la ciudad, la polis y con ello la organización, aunque primitiva, surge la política que no es otra cosa que la herramienta por excelencia para resolver los conflictos que nos son comunes (lo público), una instancia de interacción y organización social, de reconocimiento del otro. Desde ese entonces que la política lidia con la economía y exotérico, la religión. Cuando los humanos se proponen cultivar la tierra, penetrarla e inseminarla para que de alimentos que ayuden a sobrevivir [2]. Comienzan una serie de ritos y peticiones divinas para que la tierra sea fértil y de “los frutos” que se esperan.

Se ha dicho que los humanos se asientan en unas ciudades, en unas escasas hectáreas, que lógicamente no se asemejan en nada a lo que conocemos hoy en día como ciudad, una gran urbe llena de cemento, contaminación y asfalto, se comienza a labrar la tierra, a domesticar animales y a interactuar socialmente, surgiendo así la política. A su vez, como una necesidad de los recientes hogares que constituían la economía, (oikonomos) surge la religión. La escasez material hace que se invoque al más allá, proceso que ha perdurado en el tiempo, pero con religiones que se han hecho nítidas, altamente complejas, estructuradas y jerarquizadas, que incluso han mutado como estados: El Vaticano. Durante cientos de años la Iglesia ha sido una fuente de fe y consuelo para los creyentes. Por ello, la Iglesia insiste en “que los últimos serán los primeros” o “los pobres y los que padecen se salvarán”.

El surgimiento de la sangre hace sus primeras apariciones, hace más de dos milenios. Por medio del sacrificio de animales, la sangre lentamente comienza a tornarse un elemento sagrado, de adoración y culto. El punto de inicio, disruptivo y neurálgico del cristianismo es la “sangre que derrama Jesucristo para salvarnos” [3]. Por ello, se conoce y reconoce como el salvador. El mensaje: quien derrame su sangre se hace sagrado, se convierte en mártir, se eterniza y se sacraliza, e incluso resucita entre los vivos.

Cuando surgen las ciudades, se origina esa rica interacción arqueológica que ha sido brevemente descrita. A lo que se suma la utilización de herramientas más sofisticadas; la escritura, la aparición de símbolos de la cultura sumeria, el alfabeto cananeo o los jeroglíficos egipcios. Comienza el lenguaje, la comunicación, el discurso (logos), que es constitutivo y consustancial de lo político, su condición de posibilidad. Al aparecer las ciudades y con ello las propiedades, los humanos comienzan a diferenciarse en castas, pueblos, civilizaciones, tribus, clanes, etcétera. En una multiplicidad de categorías, culturas y subculturas. Pueblos enteros en un futuro no lejano pertenecerían a otros pueblos, a una ideología, al señor feudal, a un profeta o a un imperio, gradualmente se comenzarían a ejecutar grandes movilizaciones humanas, ya no para arrancar de las bestias, sino para capturar a otros y someterlos como esclavos, como mercancía, como “bestias”.

Esta lógica de la estirpe y la sangre, no se detendría ni un minuto. La penetración forzosa de un pueblo sobre otro, la idea caballeresca y de la honorabilidad, de conquistar más tierra, nuevas superficies y valles, construir grandes imperios, murallas y represas, el advenimiento de la geopolítica, creerse los dueños del mundo, desafiando a los demás e instrumentalizando a los seres divinos. Esta locura, “sin locos”, que ha tomado distintos matices y denominaciones, que no ha dejado a nadie indiferente, al margen, pero repleto de marginales. Esta idea de que no hay límites, “el hombre todo lo puede” (Superman) y “Dios se encuentra de nuestro lado”, como intentando desafiar la finitud propia de la naturaleza humana.

La manifestación del poder y el biopoder

Los primeros asentamientos producen desde luego una profunda ruptura con el pasado, pero al mismo tiempo abren una vena interminable de pueblos, lenguas, razas y sangres. Una cuestión interminable e infinita, se inicia una vocación para devorar y penetrar todo lo que se encuentre al alcance. Es el poder que se manifiesta implacable por mamíferos que se han vuelto locos, que se creen dueños o dominantes del universo y le han puesto nombre a todo. Es el poder el que hace pensar a los hombres que “todo es posible”, “que siempre se puede y debe conocer más” [4]. Es el poder a nivel macro, son los gérmenes del fascismo contemporáneo. ¿Acaso no es una tontería que existan pueblos, personas; generales, diplomáticos, directores de empresas, países o los actuales estados modernos que se crean dueños del mundo y también de la retórica del bien y el mal e incluso de la misericordia hacia los “débiles”? Es el poder que se manifiesta en múltiples facetas y escalas; a nivel mundial, global, social y cultural.

Pero también a un nivel micro, cuando un marido pretende dominar a su esposa, haciéndola sentir inferior, de otra casta, de otra estirpe, sin clase. Cuando los padres castigan o encierran a sus hijos. Sin duda, se ha propagado la cultura del biopoder; del encierro y el panoptismo; la escuela, la familia, la iglesia, la cárcel, el psiquiátrico, la fábrica, cada cual con sus peculiares reglamentos, formas de registro, cámaras y torres de vigilancia y domesticación del cuerpo, que se manifiesta cuando se inculca y penetra la disciplina para ser “normal”, “útil”, “productivo” a la sociedad, cuando al sujeto se le obliga rezar, adoptar una “postura recta o moral”, en fin. ¿Quién se encuentra en condiciones de dictar cátedra sobre política o comportamiento razonable, Estados Unidos o los hijos de Pinochet, quizás Israel, Sharon?, ¿Quiénes se encuentran facultados para regular nuestra sexualidad, los profesores, los curas o los padres que cargan con sus propias culpas? Es cierto, nada de lo que hoy conocemos se habría logrado sin la dislocación, punto de inflexión emergente desde la transformación de nómada a sedentario y la posterior “revolución científica e industrial [5]”, ¿pero es una premisa suficiente para no resistir, no repensar o criticar nuestro mundo para salir de los “lugares comunes” desplegados por este saber poder?

Una cosa sí se hace evidente, “lo sagrado de la sangre”. Cuando nos dividimos entre los humanos porque tenemos “sangre distinta”, lo que ha derivado en la construcción de grandes dinastías, imperios, clases sociales y empresas coloniales, se manifiesta lo político. Cuando se ofrece la sangre de los animales y humana para conseguir ciertos objetivos metafísicos o divinos, “para lograr la salvación y la vida eterna”, se hace presente lo religioso. Cuando se le exige a una niña-mujer su sangre para honrar a su familia por medio de la horrorosa práctica de circuncisión o ablación femenina. En donde el clítoris o parte de éste es extirpado. O cuando se le exige la sangre para demostrar la honorabilidad del marido por tener una mujer “casta, pura y virgen”, se presencia lo sexual, en un sentido catastróficamente carnoso.

La presencia de todo un entramado de sistemas de valores, verdades acumuladas y certezas milenarios no es prueba necesaria de sabiduría y aprendizaje humano. Desde luego la humanidad, si es que puede existir un concepto propiamente tal, se encuentra distante de una existencia libre de opresiones, en la cual se desarrollen las potencialidades humanas, sin certezas ni verdades, con cualidades como la libertad, apertura mental e identitaria, cooperación, socorro mutuo, solidaridad, fraternidad y complementación. La existencia cartográfica de los estados, de los hemisferios, de los golfos, de las penínsulas, de los continentes, no implica una perversión en si misma. Pero sí el reflejo de una división incesante, de un entramado casi infinito de poderes. De una permanente aspiración por el dominio y el control de todas las variables, de la subyugación, representación u omisión del “otro”. Esta locura que no ha sido designada, confirmada o diagnosticada por el poder psiquiátrico-legal -tan clásico de nuestros tiempos- conduce a que personas se encuentren dispuestas a “dar su sangre” o sacrificar ejércitos y poblaciones completas por una “causa”. La sangre y la sangre. En la política, en la religión y en la sexualidad.

Por la sangre; por la honorabilidad, por el orgullo de mi casta, de mi barrio, de mi prestigio social, de mi estado, de mi familia, de mi claustro, de mi ejercito, de mi religión. Nos hemos convertidos en unos “malditos de sangre”. Se dice que los hombres sin valor o coraje [6], no tienen sangre. ¿Sangre para qué; para invadir otro país, para asfixiar a otros, para aniquilarlos o humillarlos, para empobrecerlos? La sacralización de la sangre es el origen de nuestra tragedia, de nuestra historia que escribe para dominar a las nuevas generaciones; con nuevos métodos, inscripciones, tácticas y nomenclaturas, con nuevas omisiones. ¡Si los árabes palestinos no existen como pueblo, tal como se jactaban los dirigentes sionistas! ¡Es porque los pueblos y las razas humanas tampoco existen!

* Nicolás Chadud es politólogo, investigador y columnista.

NOTAS

[1] Recomiendo leer el libro “Las Cruzadas vista por los árabes” de Amin Maalouf.
[2] No se vislumbraba todavía la producción en gran escala o el excedente.
[3] El mismo convirtió el agua en vino. Por ello, en la liturgia católica romana el creyente recibe la ostia para recibir el cuerpo de Cristo y bebe vino para recepcionar su sangre.
[4] Michel Foucault sostiene en “El orden del discurso” que las mutaciones científicas quizás pueden entenderse como efectos de un descubrimiento, pero también pueden leerse como nuevas formas de la voluntad de verdad que se presentan como constructivas y fecundas.
[5] Juntos a los intentos por transformar y socializar el sistema capitalista.
[6] Por ejemplo, los que desertan de la guerra.
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MUJERES MUSULMANAS: LA MEJOR EXCUSA DE OCCIDENTE

Por Fabiola Samhan*

Para entender la presente perspectiva global en torno a la relación Islam-genero es preciso tomar en cuenta una importante variable independiente: Comprender la presente situación de las mujeres en el mundo musulmán requiere un inevitable escrutinio del legado Orientalista, en cuanto a la construcción de la sexualidad árabe-islámica y su reconceptualización permanente a través de la historia. El Orientalismo ha sido una estrategia sistemática de negación de las características y virtudes del “Otro”, una herramienta de confrontación, intervención y control, tanto político- económico como cultural, de parte del mundo occidental hacia aquella “otra” civilización (Said, 1990)

Las mujeres musulmanas y sus variadas penurias son “interpretadas”, según conveniencia del poder hegemónico, representado hoy por EEUU y sus lacayos europeos; asimismo son comparadas con un “ideal” occidental de libertad, derechos y bienestar. Modelo de vida lejano incluso para la mayoría de las mujeres de Occidente; pero escaso o nulo debate existe sobre aquello. Cuando se trata de aberraciones o maltratos, la imagen -cual reflejo condicionado-, siempre son las sufrientes musulmanas, ningunas otras.

El objetivo de este escrito no es negar los abusos. Ocurren, es un hecho. El detalle lvidado es que es un hecho masivo, repetitivo, histórico: permea democracias y dictaduras, riqueza y pobreza, ronda al ser humano, por tanto, al Islam, al cristianismo, hinduismo, budismo y/o judaísmo. Las mujeres musulmanas no son la excepción; no sufren ni más ni menos. Sí, están más expuestas, estereotipadas, salen en la tele; básicamente, están de moda; pero es el género el que está preso en una larga y dolorosa historia de jerarquía patriarcal.

Todos hacen sobremesa y comentan con horror la lapidación en Afganistán, la mutilación genital en Somalia o las muertes por honor en Palestina. Burkas y velos se han consagrado como símbolos innegables de subyugación y dolor. Los factores comunes cuando se analizan las causas de estas “particularidades” son, sin objeción, el Islam y lo “árabe”; aún cuando los países aludidos profesen el Islam, entre otras religiones, o bien no sean étnicamente “árabes”. En este caso, Somalia y Afganistán no lo son. Asimismo, respecto de la mutilación femenina es una practica pre-islámica que prevalece hasta hoy y es practicada en diversas zonas de Africa, independiente de la religión que se profese.

Hemos aprendido –hemos sido enseñados- a analizar la realidad a partir de asociaciones espurias, simples, poco sustanciosas… infantiles. El eficiente reduccionismo que ha marcado la lógica Islam-genero prefiere las profecías autocumplidas y olvida “detalles” dignos de incluir en el análisis, tales como: la extrema pobreza, analfabetismo, represión, bombardeos, saqueos y corrupción, todos los anteriores premeditadamente propiciados por Occidente, desde su primera incursión colonialista en zona, allá por el siglo XVIII, hasta su más reciente y aún vigente inmersión en Irak, iniciada en 2003, una práctica milenaria(pre islámica) que se hace en países con diversos credos.

Irónico y paradójico, nosotros, occidentales, estamos tan consternados desde nuestros sillones con las dramáticas historias musulmanas que llegan por tv, que financiamos con nuestros impuestos guerras y compras de armamento, respaldamos el envío de tropas para ir en una aventura salvadora de aquellos -lejanos y culturalmente incompresibles- niños y mujeres. Convenidos de nuestra superioridad moral desperdigamos humanismo a
lejanos confines sin percatarnos de nuestro más cercano entorno.

La efusividad no es la misma a la hora de aliviar las desdichas que aquejan a mujeres de Occidente. La determinación es escasa para combatir, por ejemplo, el lucrativo y perverso negocio de trata de blancas. Tampoco ninguna sanción o ayuda humanitaria para erradicar la prostitución de niñas brasileras, cubanas o ucranianas, entre otras. Ni para investigar y castigar a los culpables de las miles de muerte y desapariciones de las maquiladoras en Ciudad de Juárez…. Los femicidios en las zonas rurales de Los Andes…el trafico de drogas en los cuerpos de jóvenes analfabetas de Colombia y Peru…. Etc, etc, etc.

Las mujeres de occidente padecen tristes karmas al igual que las de Oriente pero hay escaso o nulo debate al respecto, ¿por que?. Pues, principalmente, porque a que las éticas liberadoras y los rescates humanitarios son una ilusión…una idea creíble, deseable pero, al fin y al cabo, falsa. El ideario rescatista de Occidente es el mejor constructo político y cultural, y a su vez la mejor excusa. El drama de la mujer musulmana es “útil” a los intereses de Occidente. El drama de las Occidentales no… por el contrario, develar e incrementar la lucidez acerca de la real situación en que vive gran parte de las mujeres occidentales es también minar el autocomplaciente discurso de superioridad valórica en el cual nuestra sociedad se funda y retroalimenta.

En este sentido, apuntar al mundo musulmán tiene múltiples propósitos. No es sólo el contrincante cultural al que hay que desacreditar e invalidar, es, por sobre todo, la llave, el catalizador de la permanencia y supremacía político-económica de Occidente. Que mejor estrategia que reducir la identidad del contendor a un conjunto de íconos y asociaciones negativas: sólo burkas, barbas, violencia e irracionalidad somos capaces de ver entre aquellos que profesan el Islam; lo cual justifica todo tipo de “operaciones de rescate” e intromisiones.

El tema de género y Mundo Árabe es apasionante, precisamente, porque permite revelar la compleja relación política entre Oriente- Occidente. A través de él podemos apreciar una sistemática y exitosa estrategia de consagración del exclusivismo de Occidente como modelo ideal de sociedad. En términos más amplios, las mujeres, su condición, sus desgracias, sus logros, han sido, desde los orígenes de la historia la herramienta política más eficaz; el objeto que permite observar la dinámica y tensión de una evolución sociocultural monopolizada por una tradición machista.

En el presente convulsionado escenario global, CNN, bastión por antonomasia de la política exterior estadounidense y del cual se pautean -conscientes o no-, todo el resto de los medios a nivel mundial, ofrece propaganda política disfrazada de objetividad noticiosa. La noción de la prensa como “4to poder” es, justamente, debido a su habilidad para “(de)construir” realidades, dramatizar y sensibilizar masas, fabricar estereotipos a partir de simplificaciones, fomentar egos, ignorancias, intolerancias. En concreto, disfrazar intervencionismos, guerras y castigos como deberes morales.

El principal resultado de lo anterior no ha sido más frustración y deterioro. Cada “operación de rescate” trae consigo mayor menoscabo de la condición de las mujeres en el mundo Islámico… mayor represión , mayor hambre, mayor muertes, mayores abusos sexuales, esto último propiciado particularmente por las propias tropas “de ayuda humanitaria”. (Hynes y Lopes Cardozo, 2000)

El caso de las mujeres afganas es emblemático. Ya no salen en CNN y eso no significa que su vejatoria condición haya cambiado al remover a los talibanes del poder. Recordemos que este grupo llegó gobernar Afganistán gracias al financiamiento de Estados Unidos y sus aliados para la compra de armas, construcción de madrasas e impresión de Coranes. El rigorismo religioso de este grupo fue fomentado como contrincante político de la influencia rusa en la zona, así como de la Alianza del Norte, grupo de saqueadores y violadores en ese entonces en el poder, abusivos en extremo con la población, especialmente con las mujeres.

En ese contexto, los entonces amigos talibanes hicieron el trabajo sucio: lavado de cerebro, reclutamiento, adiestramiento, guerra de guerrillas en poblados hasta que lograron la victoria en 1996. En cuanto a las mujeres, ellas seguían viviendo una dramática situación, pero no fue hasta que los talibanes se revelaron al amo cuando los sendos reportajes empezaron a mentalizar la opinión pública mundial. Finalmente, se da la venia a un nuevo bombardeo libertario en una zona que lleva desde 1837 lidiando con las vicisitudes colonialistas de Occidente. Hoy se habla de un Afganistán “democrático”, gobernado por el honorable señor Hamid Karzai, uno de los ex líderes de la corrupta y abusiva Alianza del Norte. Saque usted sus propias conclusiones al respecto.

Actualmente, el turno es de las iraníes, se dice que sufren por el rigorismo religioso de corte shiíta impulsado por el delincuente “nuclear” Mahmoud Ahmadineyad hoy en el poder. Curiosamente, estas nuevas las victimas están también oportunamente relacionadas con los objetivos estratégicos de las potencias occidentales….

En definitiva, las mujeres han sido las victimas y chivos expiatorios de la mayoría de los proyectos fallidos. La excusa a los reales problemas que las eternizan en esta situación de desgracia. No es el Corán el que le niega la dignidad a la mujer sino la instrumetalización política de la religión. El problema no es religioso es socioeconómico y tiene como principal víctima a la mujer.

Una efectiva solución a esta realidad pasa por erradicar el real mal que afecta a las sociedades, tanto islámicas como occidentales, principalmente el machismo, la ignorancia, la pobreza, el analfabetismo; la indefensión, en general. El remedio no está en imponer categorizaciones sino en el real entendimiento de la complejidad del fenómeno. La ignorancia no es una adecuada estrategia para enfrentar el convulsionado presente. “Cada uno debe encontrar la manera de entender y conocer al prohibido “otro” (Said & Barenboim, 2002 )

* Fabiola Samhan es Periodista de la Universidad de Chile y Diplomada en Cultura Árabe e Islámica de la Universidad de Chile.

4 comentarios

  1. que mamon puto jajaja

  2. okno pero bueno yo soy lesbi y tube sexo oral aora que ago?

  3. […] Los árabes y la sexualidad […]

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